Susurros
Capítulo 1
La superficie estaba tan lejos… Iba a morir… Ella le había matado. «¿Por qué? Oh, Dios mío, ¡ayúdame! Salta aquí, llama a la policía, haz algo.»
Intentó nadar hacia arriba, pero ¡quienquiera que fuese que le agarraba los pies no le soltaba! Todo su cuerpo gritaba agónico. La imagen por encima de su cabeza se ondulaba a medida que intentaba salir. Era un rostro débil y tenue iluminado por las luces del muelle. Un rostro distorsionado por el horror que sentía. Las esposas en los tobillos parecían apretarle, como si la muerte personificada se lo estuviera llevando rápidamente, asegurándole así una muerte horrible.
No había más tiempo. En un último esfuerzo, Harley pataleó e intentó gritar.
Sus torturados pulmones se agotaron. Expulsó el aire, formando burbujas hacia la superficie. Con ella partía cualquier oportunidad de sobrevivir. El agua salada inundó su garganta. Tan fría como la muerte, le quemaba como el mismo infierno. El agua abrasadora lo iba destruyendo ola tras ola, y entonces llegó… la oscuridad. Una tranquilidad sorprendente y seductora venció a su cerebro, acabando con él mientras dejaba de resistirse y sus pulmones expulsaban el último aliento. Tenía los ojos abiertos. Estos le ofrecieron una última imagen del mundo a través de la cortina de agua.
Pudo ver el fantasmagórico rostro de su asesina mientras avanzaba alejándose de la luz, hacia la oscuridad.
Capítulo 1
Todo vale en el amor y en la guerra.
O así es el dicho. Kane no estaba completamente seguro de poder adoptar ese dicho, cuando el futuro de Claire Holland estaba en juego, pero qué
diablos, de todos modos a ella nunca le había importado. Nunca se había dignado a fijarse en él excepto una vez, en que bajó la guardia. Puso con fuerza el freno de mano mientras apagaba el motor y se recordaba a sí mismo que estaba casada. Separada, pero casada, y que su nombre ahora era Claire St. John.
La lluvia salpicaba el parabrisas. Las gotas caían sobre el cristal como afilados rayos mientras Kane miraba la choza que había heredado: una cabaña de tres habitaciones a la orilla del lago Arrowhead. Faltaban tejas, había dos ventanas cubiertas con maderas y pintadas con graffiti, las cañerías eran de color naranja por el óxido y llevaban años atascadas debido a las hojas y a la suciedad. El porche estaba hundido como la espalda curvada de un caballo de carga. Había leños, cortados con una motosierra y ennegrecidos por la lluvia de los años.
Llevaban allí desde antes de convertirse en obras de arte de su padre. La ventana del desván, única fuente de luz natural en aquel espacio incómodo que había sido su habitación, se había roto, y aún quedaban trozos de cristal esparcidos por el porche.
«Bienvenido a casa», pensó con amargura mientras salía de su coche. Cargó su bolsa de lino y el petate sobre el hombro, y agachó la cabeza para evitar el viento helado. Un dolor punzante le vino a la cadera, recuerdos de trozos de metralla que había recibido en su última misión extranjera. Se estremeció y se colocó mejor la bolsa en el hombro mientras maldecía el hecho de que aún cojeaba un poco, lo bastante para demorar su paso cuando tenía prisa.
Frente a la puerta, introdujo la llave en la vieja cerradura, y el pestillo cedió.
La puerta se abrió con un chirrido. Cayó serrín del cerrojo inservible y estropeado.
Años de polvo, aire corrompido y un sentimiento general de sueños perdidos le invadieron a medida que cruzaba el umbral. En segundo lugar, pensó en sus compañeros por primera vez desde que decidió aceptar esta misión. Quizá volver había sido una mala idea. Puede que la persona que
inventó el dicho «no despiertes al león dormido» sabía algo que Kane desconocía.
Desastroso. Pasó por encima de una mesita de café patas arriba. Ya no era el momento de echarse atrás. Dejó su bolsa y saco de dormir sobre un sofá que había en una esquina. En su momento era un sofá de color rosa, moderno y dividido. Ahora era de un color gris rosado debido a la suciedad. Tenía el relleno fuera de la funda y manchado. Los marcos de las ventanas estaban secos y descascarillados, cubiertos de esqueletos de insectos, restos del alimento de las arañas. En una esquina del techo, donde las tejas estaban inclinadas, había un nido casi podrido y a punto de caerse. Los muros hechos con madera de pino estaban llenos de moho, y el olor a humedad penetraba por toda la cabaña como una sombra fétida.
Había acampado en lugares peores que ése a lo largo de los años. Había visto tugurios de Oriente Medio y Bosnia que hacían parecer un palacio a esta cabaña. Pero nunca había llamado hogar a ninguno de aquellos desagradables lugares. Solamente en este lugar sentía cómo su alma sangraba y se encontraba desnuda. Era la casita destartalada donde su madre le había criado durante los primeros años de su vida. Una madre cuyas suelas de zapatos eran finísimas, debido a todo lo que tenía que andar detrás del mostrador de Westwind Bar and Grill.
–Tienes que cuidarte, cariño -decía ella, tocándole suavemente en el hombro y mostrándole una sonrisa triste-. Llegaré tarde a casa, así que cierra la puerta con llave. Papá volverá pronto. – Mentira. Siempre era mentira, pero él nunca preguntaba. Su madre le regalaba un beso en la mejilla. Alice Moran siempre había olido a rosas y a humo, una mezcla de perfume barato y contacto con los cigarrillos. Durante años, el cajón de su aparador había estado lleno de cupones de cajetillas de cigarrillos, guardados y usados para comprar algo especial diferente a los artículos de primera necesidad. La mayoría de los regalos de Navidad y cumpleaños que Kane había recibido habían sido gracias al vicio de la nicotina de su madre.
Pero aquello había sucedido hacía mucho tiempo, cuando la vida, aunque difícil, era simple para un niño de ocho o nueve años. Fue alrededor de la
época en que murió papá cuando sus desdichadas vidas cambiaron a peor.
No había muchas razones por las que dar vueltas al pasado, así que Kane ignoró la ira salvaje que sentía en las tripas al igual que hacía con el dolor que sufría en la cadera. Encontró un periódico amarillento de hacía quince años y se sintió como entonces: un adolescente rebelde, torpe y cachondo.
Deseaba conseguir algo más de la vida, saborear nuevas cosas, un deseo de ser tan bueno como los Holland o los Taggert, las familias más ricas del lago. Eran la élite de aquella diminuta localidad costera y también de la ciudad de Portland, a unas noventa millas al este.
Había deseado a Claire. Había fantaseado con ella, con una lujuria que había cegado sus sentidos y con fuego entre sus piernas. Con la rica e inalcanzable hija de Dutch Holland.
Hizo una bola con el viejo periódico, apretándolo con la mano. Mientras tanto, recordaba cuántas noches había permanecido despierto en la cama, intentando diseñar un plan para estar con ella. Ninguno de ellos se materializó en otra cosa que no fuera frustración, sudores, y una erección en el pene que se lo hacía tener tan rígido como un asta de bandera en un día sin viento.
No quería pensar en Claire. Sólo le traía a problemas, y además nunca había sido lo bastante bueno para ella. No. En la adolescencia Claire se había fijado en Harley Taggert, hijo del mayor competidor de su padre. Excepto una vez. Una mañana mágica.
–Diablos -refunfuñó, intentando recordar la imagen de Claire. A pesar de la lluvia, abrió las ventanas, dejando entrar la brisa áspera y húmeda impregnada de la fragancia del océano Pacífico. Tal vez aquel aire frío haría esfumarse los insistentes sentimientos de desprecio y esperanzas perdidas.
Sentimientos que se aferraban, como telarañas que no quieren irse, a las cortinas descoloridas y trozos de mobiliario barato de aquel basurero.
Dejó la puerta completamente abierta mientras iba una vez más al Jeep para coger su maletín, el teléfono móvil, el ordenador portátil, y una pinta de
güisqui irlandés, cuya etiqueta mostraba la bebida barata que más le gustaba a su padre. Era irónico, él tomando el mismo licor que papá, un hombre al que había detestado, pero después de todo parecía algo normal. Hampton Moran había sido un miserable hijo de puta, esquelético. Después del accidente que le dejó en silla de ruedas, se convirtió en un borracho violento, lleno de autocompasión y de cólera. Ya antes de la caída que le dejó lisiado, bebía demasiado y pegaba a su mujer y a su hijo. Más tarde, cuando sólo quedaba Kane para cuidarle, se redujo a restos amargados de un hombre que buscaba consuelo y alivio en la botella. Black Velvet se convirtió en su mujer favorita, cuando se lo podía permitir; Jack Daniels en un amigo, a veces demasiado caro. Casi siempre alimentaba sus sueños rotos con güisqui irlandés de mala calidad.
No se preguntaba adónde había ido la madre de Kane. No había tenido otra salida. Un hombre rico la había cortejado, le prometió una vida mejor siempre y cuando dejara a Hampton y a su hijo. El tipo no necesitaba al rebelde chico, era equipaje extra; ya había medio criado a dos niños propios. Y a una mujer. Kane nunca supo el nombre de aquel cabrón, pero cada mes, como un reloj, llegaba un sobre por correo, sin carta alguna, con trescientos dólares a nombre de Kane. Hampton, sobrio por primera vez en treinta días, esperaba al cartero, a que Kane se hiciera con el sobre, y le obligaba a cobrar el cheque sin nominar. Papá era generoso. Le daba a Kane cinco dólares, y el resto se lo quedaba él.
–Has oído hablar del dinero manchado de sangre, ¿no, chico? Pues bien, éste es dinero sucio, ganado por tu madre por abrirse de piernas con ese hijo de puta rico. Recuerda eso, Kane: ninguna mujer merece que le entregues tu corazón o tu cartera. Son la escoria del planeta. Putas. Jezabeles -y entonces empezaba a citar las escrituras, mezclando versos que no tenían sentido.
Kane recordó el día en que su madre se marchó.
–Volveré -prometió con lágrimas recorriéndole por las mejillas mientras abrazaba a su hijo, sin desprenderse de él, como si supiera que nunca más le iba a volver a ver-. Volveré para alejarte de él.
Papá dormía, roncando, descansando de la última juerga.
Kane no hizo más que levantar las manos para abrazarla y decirle adiós.
Ella entró en un coche grande y negro. Lo conducía un hombre de rostro serio. Kane simplemente la miraba con los ojos acusándola de traidora y de haberle fallado.
–Te lo prometo, cariño. Volveré.
Pero no fue así. Su mentira no era más que otro eslabón en la cadena estropeada de promesas rotas que se habían sucedido en la vida de Kane.
No la volvió a ver, y tampoco se preocupó de averiguar qué le había sucedido. Hasta ahora.
Y la verdad duele, duele de verdad.
No se molestó en coger un vaso, simplemente abrió la botella y le pegó un buen trago. Limpió la fórmica con la manga de su abrigo. Encendió el ordenador y se sentó a la mesa de patas metálicas, lugar donde había comido la mayoría de las veces durante los primeros veinte años de su vida.
La compañía eléctrica debía de haber reconectado los viejos cables porque la pantalla parpadeó y el portátil hizo sonido de funcionamiento.
Abriendo su maletín, sacó una carpeta, llena de notas, recortes y fotos de la familia Holland. Esparció las fotografías como si fueran las cartas de una baraja. La primera carta boca arriba era el rey de diamantes, el viejo Dutch Holland, patriarca y aspirante a gobernador del Estado. Un hombre que decía ser del pueblo, pero Kane sabía que era tan retorcido como un nudo marinero.
La segunda era la foto de la ex mujer de Dutch, Dominique, todavía una modelo preciosa, pero que vivía fuera del país por entonces. Se supone que sería una buena fuente de información para su búsqueda, siempre y cuando se le ofreciera la cantidad de dinero adecuada. Luego estaban las dos fotos de las dos hijas de los Dutch: Miranda y Tessa. La última foto era de Claire.
Claire estaba metida en aquel asunto, metida hasta el fondo, según Kane.
Kane tensó las mandíbulas cuando miró los dos rostros sin sentimiento, con poses forzadas por algún anónimo aunque caro fotógrafo. Dejó las dos fotografías de Miranda y Tessa, la mayor y menor de las hijas, en la mesa, junto a las de sus padres. Sin embargo examinó la de Claire con más detenimiento. La fotografía le llevó a recordar tiempo atrás. Iba montada a horcajadas sobre un pony, del cual sólo se podía ver la parte trasera y el cuello. Pero Claire aparecía justo en el centro del objetivo de la cámara. Su cámara.
Ojos claros, nariz recta, pómulos claros y rizos sueltos color marrón canela que enmarcaban un rostro ovalado. Dios, era preciosa. Tenía una sonrisa tímida y enigmática, una excitación inocente. Demonios, aún sentía aquella aceleración discreta del pulso cuando pensaba en ella, la chica que lo tenía todo, que le había mirado con desdén y pena.
Pero nunca más.
Ahora las tornas habían cambiado. Él tenía el control. Remordimientos de conciencia salpicaron su cabeza, porque sabía que lo que estaba a punto de hacer podría exponer a Claire a la más absoluta vigilancia. Su vida se pondría del revés y sería sacudida hasta que toda la porquería se destapara.
Todos los secretos escondidos se expondrían como los huesos blancos de los cadáveres del desierto.
Muy mal. Si se le dañase… Bueno, era parte de la vida. Las brechas. A veces el dolor no se puede evitar. Un hombre había muerto, había encontrado su lecho de muerte en el fondo del mar hacía años. Y el culpable era alguien que había vivido en la casa de los Holland. Kane estaba dispuesto a averiguar quién había golpeado el cráneo de Harley Taggert y había escondido el crimen durante alrededor de dieciséis años. Tenía razones personales para descubrirlo, razones que iban más allá de la necesidad urgente de ganarse la vida. Una de ellas era la absoluta certeza de que Harley podría no haber sido la única víctima de las mentiras y engaños escondidos bajo la superficie del lago Arrowhead.
Hojeó unas cuantas páginas de sus notas y luego colocó el ordenador delante. Movía los dedos con destreza. Escribió la primera página: Juego de poder:
El asesinato de Harley Taggert
por
Kane Moran
Pegó otro trago a la botella y empezó a escribir. Incluso aunque el esqueleto de su investigación indagaba discretamente en los secretos de la familia Holland, ése era sólo el principio. Kane se dio cuenta de que antes de que acabara, el asesino de Harley tendría que enfrentarse a los cargos de aquel crimen de hacía dieciséis años. El cabrón de Dutch Holland no tendría ninguna posibilidad de convertirse en gobernador de Oregón, y cada uno de los miembros de la familia Holland, incluida Claire, odiarían a Kane Moran.
Así sería. La vida no era fácil, algo tan cierto como que el infierno no es justo. Había aprendido varias lecciones muy dolorosas hacía años, y Claire había sido una de sus maestras. Poner al descubierto los secretos de la familia Holland sería su venganza y catarsis.
Un nuevo comienzo.
Bebió de nuevo de la botella. Un trago de güisqui le causó ardor en el estómago, y Kane se preguntó por qué, en lugar de sensación de satisfacción, sentía una premonición espantosa, como si inconscientemente diera un paso hacia el infierno.
–No me importa que tengas que besar el feo culo de Moran o llevarle a juicio durante el resto de su vida. Encuentra algo que podamos usar en su
contra. ¡Soborna o mata a ese estúpido bastardo con tus propias manos, Murdock! ¡Pero encuentra la manera de sabotear ese maldito libro! – Dutch colgó de golpe el teléfono del coche-. Cretino inútil -refunfuñó, aunque en realidad, Ralph Murdock, su abogado y representante de campaña, era una de las pocas personas en este mundo en las que Benedict Holland confiaba.
Sujetando el puro que llevaba entre los dientes, pisó el acelerador y el Cadillac salió disparado. Los neumáticos derraparon en la estrecha carretera, dejando aquel tramo de árboles. El cuentakilómetros marcaba más de noventa y los abetos, cubiertos de musgo, se convirtieron en una imagen borrosa.
¿Quién iba a pensar que el fantasma de Harley Taggert iba a aparecer ahora, en un momento crítico de su vida? ¿Y quién demonios se pensaba que era Kane Moran, el hombre que escribía la historia sobre la muerte de Harley?
La última vez que Dutch le había visto, hacía años, Moran era un crío malhumorado y rencoroso, un gorila metido en problemas con la justicia.
De algún modo, había sacado algo de provecho del colegio y se había convertido en un periodista tonto y arriesgado que, debido a alguna maldita herida, había decidido volver a su casa de Oregón para escribir un libro acerca de la muerte de Harley Taggert.
Mientras su coche corría por la montaña, Dutch experimentó de nuevo la tensión en su pecho. La misma vieja sensación de pánico que le recorría cada vez que recordaba al crío de los Taggert morir. En lo más profundo de la oscuridad de su corazón, sospechaba que una de sus hijas había golpeado el cráneo del chico.
¿Cuál de ellas? ¿Cuál de las chicas lo había hecho? La mayor, Miranda, una abogada que trabajaba para la oficina del abogado del distrito, era ambiciosa hasta el punto de convertirse en un defecto, y muy orgullosa. Se parecía tanto a su madre que le espeluznaba. Randa había heredado el pelo fuerte y oscuro de Dominique y sus ojos azules. Había escuchado comentarios acerca de que Miranda era altiva, que por sus venas no corría sangre, pero realmente no era lo bastante fría o estúpida para matar al crío de los Taggert. No, Dutch no lo creía. Randa era muy dueña de sí misma,
una mujer que sabía qué quería conseguir en la vida.
Claire, la mediana, era la tranquila, romántica por naturaleza. De niña era torpe, simple en comparación con sus hermanas, pero fue creciendo y Dutch sospechaba que sería una de esas mujeres que mejoran a medida que pasan los años. Cuando murió Harley, se convirtió en una mujer de voz suave y cuerpo atlético. Ella, la mediana, a la que no había prestado nunca mucha atención. Nunca le causó ningún problema, excepto cuando se enamoró de Harley Taggert.
Por último estaba Tessa, la pequeña. Y la rebelde. No había ninguna razón por la que quisiera ver muerto a Taggert. Al menos ninguna que Dutch conociera. La idea le revolvía el estómago.
Hasta hacía poco, a Dutch no le había importado el fallecimiento de Taggert.
Ahora tenía los dedos sudorosos sujetando el volante. Claire, de encantadores ojos y pecas, no era una asesina. No podía serlo. Señor, no era posible. ¿O sí? ¿Qué pasaba con Miranda? Quizá no conocía a su hija mayor tanto como creía.
El sol brillaba bajo las colinas del oeste, cegándole con sus rayos brillantes.
Bajó la visera. La carretera se dividió y tomó el camino hacia la pequeña ciudad de Chinook. Se dirigía a la vieja cabaña de nativos americanos que había comprado a un precio muy bajo.
El Cadillac se tambaleó cuando Dutch tomó la curva demasiado rápida, pero apenas lo notó, ya que conducía por en medio de los dos carriles. Una furgoneta que iba en dirección contraria tocó el claxon y patinó sobre la gravilla para evitar el choque.
–Bastardo -refunfuñó Dutch, todavía sumido en sus pensamientos.
Su hija menor, Tessa, era, y siempre había sido, la inconformista de la familia. Era rubia y tenía los ojos azules. A los doce años su cuerpo ya tenía
curvas obscenas. Tessa siempre había sido la oveja negra de la familia.
Mientras Miranda había intentado agradar, y Claire había pasado inadvertida, Tessa desafiaba a Dutch descarada e intencionadamente cada vez que podía. Sabía que era su favorita. Se rebelaba a cada momento. Un problema, eso es lo que Tessa había sido, pero Dutch no podía creerlo. No creía que fuera una asesina.
–Que se vayan al diablo -murmuró mientras acababa de fumarse el puro.
Ojalá hubiera tenido la suerte de tener hijos. Las cosas hubieran sido diferentes. Bastante diferentes. Dios le había jugado una mala pasada con esas chicas.
Las hijas siempre traen desgracias a los hombres.
Aflojó el acelerador al llegar a un pino inclinado. Lo había plantado hacía una eternidad, cuando había comprado aquel lugar para Dominique.
Condujo el coche hacia el camino privado que llevaba a la finca. Había estado enfermo de amor en la época en que plantó aquel pequeño pino en la tierra, pero los años le habían cambiado, aquel amor se había gastado tanto que había acabado haciéndose añicos, como el cristal al romperse.
Abrió las puertas y condujo por el asfalto agrietado que tiempo atrás era un paseo bien cuidado. El agua cristalina del lago centelleaba seductora por entre los árboles. Cómo le había encantado este lugar.
La nostalgia le empañaba el corazón a medida que tomaba la curva final y veía la casa, una cabaña de caza vieja y de formas complicadas. A su alrededor había plantado un abeto y un roble, y tenía cuatro plantas.
Hogar.
Un lugar para el triunfo y el dolor.
Pensando que a su mujer le gustaría tanto como a él, compró aquel enorme terreno repleto de árboles para Dominique. Desde el momento en que ella vio aquellos árboles tan rudos y las vigas, odió todo lo que tuvo que ver con
su nuevo hogar. Sus ojos evaluaron los ángulos del techo, las paredes de cedro, el suelo tableado, y el techo inclinado. Tocó la barandilla esculpida a mano de la escalera. Tenía figuras de criaturas del noroeste decoradas artesanalmente. Los orificios nasales le llameaban como si de repente estuviera respirando un olor fétido.
–¿Compraste esto para mí? – preguntó, incrédula y con una profunda decepción. La voz resonó a través del desnudo vestíbulo-. ¿Esta… esta monstruosidad?
Miranda, que no llegaba a los cuatros años, la viva imagen de su madre, miraba seria la vieja casa como si esperara que pudieran aparecer allí todo tipo de fantasmas, duendes y monstruos.
–Supongo que sí. – Dominique señaló con el dedo el salmón esculpido que había en la parte inferior de la barandilla-. ¿Se supone que eso es arte?
–Sí.
–Por el amor de Dios, Benedict, ¿por qué? ¿Qué se apoderó de ti para que compraras esto?
Dutch había sentido la primera sensación de horror en su corazón. Extendió las manos.
–Es para ti y para las niñas.
–¿Para nosotras? ¿Aquí fuera? ¿En la mitad de ningún sitio? – Se escuchaban taconeos indignados mientras caminaba por el vestíbulo y el comedor. El techo lo formaban bóvedas y había tres lámparas de araña formadas por docenas de cornamentas de ciervo juntas-. ¿Lejos de mis amigos?
–Es un buen lugar donde criar a las niñas.
–La ciudad lo es, Benedict. Donde pueden ver a otros niños de su edad, en
una casa que les hace justicia, donde se expondrán a una cultura y a personas adecuadas -suspiró, luego siguió a Claire con la mirada, que empezó a caminar hacia las puertas francesas abiertas, situadas en la parte trasera que daba al lago. Dominique empezó a correr, golpeando con los tacones cada vez más rápido-. Esto va a ser una pesadilla. – Cogió a Claire del porche cubierto antes de que se acercara a la orilla, se volvió y lanzó una mirada de odio a su marido-. Vivir aquí no funcionará.
–Claro que funcionará. Construiré pistas de tenis y una piscina con su casita. Tú puedes tener un jardín y un estudio propio en el garaje.
Tessa, pequeña y quisquillosa como siempre, dio un fuerte berrido y se acercó a los brazos de la niñera.
–Shhh -susurró al querubín de rostro colorado. Bonita apenas llegaba a los dieciséis años de edad y permanecía ilegal en los Estados Unidos.
–No puedo vivir aquí. – Dominique se mantenía firme.
–Seguro que sí.
–¿Cómo aprenderán francés las niñas?
–Contigo.
–No soy una profesora.
–Contrataremos a una. La casa es grande.
–¿Qué pasará con las clases de piano, violín, esgrima, equitación…? Oh, Dios mío. – Miró examinando lo que le rodeaba. Tenía los ojos azules húmedos, y se apretaba los labios con sus cuidados dedos.
–Funcionará, te lo prometo -insistió Dutch.
–Pero probablemente no pueda… No estoy hecha para ser una criada… Voy
a necesitar más ayuda aquí, a parte de la de Bonita.
–Lo sé, lo sé. Ya he hablado con una mujer, una mujer india que se llama Songbird. Tendrás más ayuda de la que necesites, Dominique. Podrás vivir como una reina.
Dominique hizo un sonido de desaprobación desde la garganta.
–La reina de ningún sitio. Una buena definición ¿no crees?
A partir del día siguiente odió vivir allí, a pesar de estar cerca del lago.
Predijo que nada bueno sucedería en ningún lugar cercano a las orillas de lago Arrowhead.
Dutch bajó la ventanilla del coche un poco más, dejando entrar el húmero aire del verano. El agua, salpicada por los rayos del caluroso sol, parecía apacible, incapaz de causar tanto dolor y agonía.
–Hijo de puta -murmuró, con el puro colocado firmemente entre los dientes, mientras cogía la botella de güisqui escocés que había comprado en la ciudad.
Salió del coche, y caminó por encima de numerosas pinas y hojas que había frente a la puerta delantera. Se abrió fácilmente, como si le estuviera esperando. Las suelas de los zapatos se le enganchaban al polvoriento suelo de madera, y creyó oír un ratón escabullándose en una esquina a oscuras.
En la cocina, revolvió los armarios y encontró un vaso, lleno de polvo debido a los años de abandono. Había hecho unas llamadas y la electricidad, teléfonos, gas y agua habían vuelto a funcionar. Los cinco días siguientes la casa se limpiaría de arriba abajo, y sus hijas, ya mayores, volverían, quisieran o no.
Limpió el vaso con los dedos y se echó un buen chorro de güisqui. Luego subió las escaleras en dirección a la habitación que había compartido con Dominique durante años. La cama, rodeada por cuatro columnas, no tenía