Susurros
Capítulo 31
Claire no podía comer ni dormir. Tras las revelaciones de la noche anterior, había pasado horas agitada y dando vueltas en la cama, mirando el reloj y recordando a Harley, al dulce y encantador Harley. Le había querido con un amor inocente de juventud, y no se había cuestionado sus sentimientos hacia él, hasta que apareció Kane. A pesar de sus errores, de sus defectos, no merecía morir y Tessa tampoco merecía ser una asesina.
Claire se duchó y vistió. Llevó a los niños a Stone Illahee, para que asistieran a sus clases de tenis y pasaran el día en la piscina. Más tarde, volvió a casa y se preguntó qué podría hacer para recuperar un poco de orden en su vida. Consideró la idea de llamar a la policía. Alcanzó el teléfono en varias ocasiones, pero luego decidió dejar a Miranda al mando.
Después de todo, Miranda trabajaba en la oficina del fiscal del condado de Multnomah, la ciudad más grande de Portland. Así pues, como funcionaría de la justicia, debía de ceñirse a la verdad y seguir las leyes al pie de la letra. Las autoridades de Chinook acabarían siendo informadas.
«¿Y tú qué? ¿Es que no te preocupa lo que está bien y lo que está mal? ¿La muerte de Harley? ¿La violación de Weston a Miranda? ¿La pérdida del bebé de Miranda y Hunter?»
El dolor le desgarraba el corazón. Todo aquello la atormentaba. La atormentaba muchísimo.
Igual que cuando era una niña, sintió la necesidad de salir corriendo, de ignorar todo aquello que le quedaba por hacer. Caminó hacia la cuadra y contempló las nubes flotando en el cielo. ¿Qué más daba? En pocos minutos estaba ensillando la pequeña yegua y trotando hacia su habitual sendero cubierto de hierbajos, en dirección al terreno sagrado de las tribus nativas americanas. Se trataba de aquel claro del bosque situado en el risco, sobre el que Ruby le había advertido hacía años. Aquel lugar especial donde
Kane y ella habían hallado el amor.
Kane. El corazón se le encogió al pensar en él. Seguramente Kane descubriría la verdad, destaparía las mentiras. De un modo u otro averiguaría que Sean era su hijo. ¿Y entonces qué? ¿Odiaría a Claire durante el resto de sus días, la abandonaría, lucharía por la custodia? Las ideas le daban vueltas en la cabeza. Oh, Dios, tenía que contárselo, y pronto.
Una bandada de gaviotas volaba por encima de los árboles, y las telarañas, entre las ramas, brillaban con el rocío de la mañana. Mientras la yegua trotaba segura en dirección a las nubes, varias hojas abofetearon el rostro de Claire.
Una vez en el risco, Claire aminoró el paso y dirigió la yegua hacia la zona de acampada donde se había encontrado con Kane. Sin embargo, aquel día no estaba y, excepto los restos de cenizas frías de una hoguera apagada, no había indicios de que nadie hubiera estado allí. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral, la carne se le puso de gallina y se preguntó si Ruby tendría razón, si los espíritus de los muertos habitaban en aquel pedazo de tierra.
Desilusionada, dejó que la yegua pastara y, sobre la silla de montar, contempló el océano oscuro y misterioso desde la cumbre. Las nubes se agolpaban en el cielo, amenazantes. Se dio cuenta de que en realidad no le apetecía cabalgar, sino que lo que quería era volver a ver a Kane. No necesitaba volver a ver aquel lugar lúgubre, sino a Kane.
Y eso era lo que haría.
–¡Arre! – Tiró de las riendas. Hizo que el caballo girara en dirección a casa, presionó fuerte con las rodillas y ordenó a la yegua galopar. Por alguna razón, parecía sentir que el tiempo se le agotaba, que si no encontraba a Kane y le contaba la verdad sería demasiado tarde.
La última persona a la que Weston esperaba encontrar en su oficina era a Tessa Holland. Pero allí estaba, sentada en el sofá, con sus bonitas piernas cruzadas y un cigarrillo consumiéndosele en la mano. De algún modo, había conseguido burlar a la nazi de su secretaria, pero a Weston no le importaba.
Tessa estaba tan sexy como siempre. Llevaba un jersey blanco ajustado y una falda negra corta. Weston sintió cómo su pene empezó a palpitar.
Maldijo en silencio su libido hiperactiva, pues siempre conseguía meterle en problemas. En serios problemas.
–Tessa -dijo, intentando parecer despreocupado. Apoyó el trasero en una esquina de su escritorio y se dio una palmada en la rodilla con las manos-.
¿A qué debo el honor?
–Creí que ya era hora de poner las cartas sobre la mesa.
–¿Las tuyas?
–No. Las tuyas. – Dio una calada a su cigarrillo y expulsó una bocanada de humo-. ¿Te has enterado de que han encontrado el cuerpo de Hunter Riley en la zona de excavación de la ampliación de Stone Illahee?
Weston tenía que andarse con cuidado. Obviamente, Tessa sabía más de lo que él pensaba.
–Escuché que habían encontrado a un chico, que suponen que es Riley por un anillo que llevaba, pero que no tendrán los resultados definitivos hasta que se realicen las pruebas dentales.
–Es sólo cuestión de tiempo. – Tessa ladeó la cabeza y miró a Weston de una manera que le produjo escalofríos-. Fuiste tú, Weston -le dijo-. Todas lo sabemos, porque mentiste cuando contaste que estaba trabajando en la plantilla de Canadá. – Chasqueó con la lengua-. Sabes, pensaba que eras más listo.
–Así que, has venido aquí para… ¿acusarme de asesinato? – rió-. Vamos, Tessa. Relájate. Según recuerdo, lo pasamos bien juntos. ¿No es por eso por
lo que has venido, por lo que has vuelto?
–Ni en tus sueños. Sólo quería jugar contigo.
–Tessa, cariño…
–Según recuerdo yo, a veces también lo pasamos mal -dijo, abriendo un poco más sus ojos azules-. Como cuando me golpeaste y me obligaste a agacharme y a chupártela.
–Bueno, yo no…
–¿Y qué me dices de cuando violaste a Miranda? ¿Te acuerdas? Sufrió un aborto. ¿Lo sabías? – Tessa se levantó y avanzó rápidamente hacia Weston.
Se colocó cerca de él y le clavó en el pecho dos de sus dedos, con los cuales continuaba sujetando el cigarrillo, marca Virginia Slim. Tenía una actitud autoritaria y vengativa. Ya no era aquella niñita asustadiza-. Tu ataque fue tan brutal que perdió el bebé. Y yo estaba tan débil, tan jodidamente inútil, que ni siquiera pude ponerme en pie para ayudarla. Debí haberte matado entonces, Weston, y ahorrárselo al Estado cuando te condenen por el asesinato de Hunter Riley.
–Yo no lo hice…
–Entonces sabes quién fue. – Dejó caer la ceniza en la moqueta-. Más vale que consigas un buen abogado, porque lo vas a necesitar.
–No tienes ninguna prueba de lo que estás diciendo -replicó Weston, sereno por fuera, pero deshecho por dentro-. ¿Y quién te va a creer? ¿Cuántos psiquiatras has visitado en los últimos quince años? ¿Cinco? ¿Diez? ¿Y no corrían rumores de que te tirabas a uno de tus terapeutas? Por Dios, Tessa, no sé de qué estás hablando. No eres más que otra psicópata chiflada.
Tessa no retrocedió ni un milímetro.
–¿Y qué me dices de Jack Songbird? ¿Sabes que encontraron su cuchillo
junto al cuerpo de Hunter? – Sonrió de una forma extraña, curvando sus labios carnosos pintados con pintalabios rojo brillante. Se dio un golpecito en la cabeza, como si le hubiera venido algo a la cabeza, y continuó preguntando-: ¿No te vi yo con aquel cuchillo? ¿Recuerdas? Justo después de que te rayasen el coche.
Weston empezó a sudar, pero estaba demasiado acostumbrado a aquel tipo de juegos para dejarse vencer.
–Estás chiflada, ¿verdad?
–Vas a caer, Taggert, es cuestión de tiempo. Sólo quería que supieras que estoy deseando testificar, no sólo por lo del cuchillo, sino también por todo lo demás. No tengo nada que perder y, ¿sabes qué? me siento bien.
Weston rió, aunque lo que de verdad quería era estrangularla.
–Adelante. No tengo nada que ocultar. ¿Por qué iba yo a querer asesinar a Riley o a Songbird?
–Buena pregunta, pero ya sabes -dijo apagando el cigarrillo en una bandeja de metal que había situada sobre la mesa, cerca del sillón-, a la policía se le da bien averiguar los móviles. Ah. – Se detuvo, como si se hubiese olvidado de algo, aunque su actuación era tan impecable que Weston estaba seguro de que lo tenía todo preparado- supongo que sabrás que también están investigando tus negocios.
–¿Mis negocios? – se le hizo un nudo en la garganta.
–Sí, no estoy segura de qué rama del gobierno lo está investigando, Hacienda, el Estado o algo así, pero más te vale rezar para que tus cuentas estén en regla. – Cogió el bolso, y se dirigió hacia la puerta-. Vine a darte la buena noticia porque imaginaba que te lo debía, dado todo lo que has hecho por mí y por mi familia. – Le tiró un besó y agarró el pomo de la puerta-.
Nos vemos en los tribunales.
Y se fue de la oficina, dejando atrás el aroma a humo y a perfume caro.
Estaba tirándose un farol, tenía que ser eso. ¿O le odiaba tanto que era capaz de humillarse testificando contra él? ¿No existía un artículo de prescripción para los casos de violación y agresiones o… había cambiado?
En cuanto al asesinato… «Piensa, Taggert. Piensa. Has estado en aprietos peores que éste. ¡Tiene que haber una solución! »
Rodeó el escritorio y se sentó en la silla. El corazón le iba a mil por hora y tenía el cuerpo empapado en sudor. Creyó que iba a perder el control de su estómago, pero la sensación desapareció cuando se dio cuenta de que guardaba un as en la manga. Todo lo que tenía que hacer era librarse de Tessa. Y también de Sean. El chico era hijo de Harley, una amenaza para la herencia, así que tendría que encargarse de él. Weston había trabajado mucho y duro. Había tenido que quitar a más de una persona de en medio con tal de conseguir todo el dinero de los Taggert. El único rival que le quedaba en la repartición de la fortuna era Paige, pero nunca había podido librarse de ella. Necesitaba que Paige cuidara del viejo. Además, había algo en ella, en aquella forma que tenía de elevar la barbilla, o en el brillo de sus ojos, que le advertía que podía ser muy peligrosa. Weston estaba convencido de que Paige, aunque nunca le había dicho nada, conocía todas las barbaridades que él había cometido; las mantenía ocultas y esperaba el momento oportuno para utilizarlas en su contra.
Se dispuso a utilizar el teléfono de la mesa, pero lo pensó mejor, y sacó el móvil de su maletín. Abrió el teléfono. Con dedos hábiles marcó el número de Denver Styles. Saltó el buzón de voz, y dejó un mensaje para Styles, en el que le pedía que se viesen aquella misma tarde.
Claire nunca había estado en la pequeña cabaña al otro lado del lago. Sabía que allí vivía Kane, incluso había navegado por aquella zona, pero nunca se había detenido en aquel lugar, y su relación con Kane antes de que éste se fuera al ejército había sido tan corta y fugaz que no había habido tiempo.
Además, por aquellos días, Kane siempre buscaba excusas para dejar la casa y al borracho de su padre.
A medida que se acercaba con el coche hacia la zona de aparcamiento de la casa, el corazón le latía cada vez más fuerte. El jeep de Kane estaba aparcado en el camino. Tenía que enfrentarse a él y contarle que él era el padre de Sean. Basta de mentiras. Tenía los dedos húmedos por el sudor.
Encontró un millón de excusas para posponer lo inevitable, pero no podía.
Era la hora.
Comenzó a subir los peldaños del porche, cuando Kane abrió la puerta.
–¿Me buscabas? – preguntó.
Parecía más distante de lo normal. No le dio un beso, ni siquiera le dedicó una sonrisa. Sin embargo, estaba tan atractivo como siempre, igual de varonil. Una parte en Claire quiso rodearle con los brazos el cuello, besarle y no separarse nunca de él.
–Tenemos que hablar.
Kane levantó una ceja dorada en señal de interés.
–¿Sobre qué? – preguntó con aire despreocupado.
Claire pudo notar un tono… ¿condenatorio?… en su voz.
–Sobre muchas cosas.
Kane tenía la boca en línea recta y los ojos a la defensiva. Dejó la puerta abierta y Claire se atrevió a pasar. La casa estaba ordenada, excepto el escritorio donde Kane trabajaba, lleno de papeles, bolígrafos, carpetas y clips. También había un ordenador. Claire notó la presencia de Kane tras ella, esperando. Intentó encontrar las palabras para que él pudiera comprenderla.
–Hay… algo que tienes que saber. – Estaba temblando por dentro. ¿Durante cuánto tiempo había esperado aquel momento? ¿Durante cuánto tiempo había soñado con ello y también lo había temido? Y ahora las palabras no
querían salir de su garganta. Dieciséis años de mentiras. Dieciséis. Había veces en las que ella misma dudaba de la verdad.
–Date la vuelta, Claire -le dijo, tocándola en el hombro. Dándole la vuelta con delicadeza, obligándola así a que le mirara a los ojos.
–Es que es difícil -se aclaró la voz-. Es… es sobre Sean.
Los labios de Kane se tensaron una fracción.
–No es hijo de Paul.
–¿Qué? No, pero… -Oh Dios, ¡lo sabía!
–Sino mío.
Las palabras parecían resonar en el cerebro de Claire, pero no había más que silencio en la habitación. ¿Era rencor lo que reflejaban los ojos de Kane? ¿O simplemente enfado?
–Sí.
–¿Por qué no me lo dijiste?
–Yo… no podía. Cuando lo supe estaba casada. Había acordado con Paul que diríamos que el hijo era suyo, y pensaba… Quiero decir, hasta que Sean tuvo tres o cuatro meses, creía que… -Los ojos se llenaron de lágrimas. La vergüenza coloreó sus mejillas.
–Creías que era hijo de Taggert.
–Sí -La voz le temblaba-. Yo… Oh… Kane, lo siento mucho. – Nunca había sido tan sincera. Se arrepentía tantísimo de habérselo ocultado, de todo el tiempo perdido.
Claire se echó a los brazos de Kane y notó su cuerpo rígido.
–Pensaba que era de Harley. Durante el embarazo y los tres primeros meses de vida, creía que el padre de Sean había muerto, que nunca más volveríamos a verle. Pero luego… a medida que los meses y los años pasaron, se hizo evidente que era hijo tuyo, pero me quedé embarazada de Sam y era más fácil simular que éramos una familia normal y feliz. –
Parpadeó con los ojos llenos de cálidas lágrimas-. Naturalmente, no lo éramos.
Kane sintió cómo un escalofrío le recorría el cuerpo. Algo en su interior pareció resquebrajarse. Sus brazos, distantes instantes antes, estrecharon fuertemente el cuerpo de Claire, abrazándola, como si quisiera poseer su alma y cuerpo.
–Ya está -le dijo contra su pelo, mientras notaba cómo las rodillas se le doblaban. ¿Qué había hecho ella para merecer comprensión? La besó en la coronilla.
Claire emitió un pequeño sollozo ahogado.
–Te quiero -le dijo Claire.
Kane la abrazó incluso con más fuerza.
–Te quiero. – Subió las manos y movió la cabeza de Claire hacia arriba, para poder mirarle a los ojos-. Ya sabía lo de Sean.
Claire se quedó inmóvil.
–¿De verdad?
–Lo descubrí ayer.
–¿Qué?
Dios mío, lo sabía y había dejado que se humillara, que se arrastrara ante él.
Intentó apartarlo, pero él continuó sujetándola, presionando la cabeza de Claire contra su hombro.
–Conseguí una copia del certificado de nacimiento.
–Oh, no -Claire quería que la tierra se la tragase.
–Al principio pensé que era hijo de Taggert. Pero después, pensándolo, vi que se parecía mucho a mi familia. El tipo de sangre también encaja. Lo he comprobado.
–Yo no lo supe hasta que fue demasiado tarde. Luego pensé que sería mejor para él pensar que Paul era su padre biológico, dado que estábamos casados
-sollozó-. Otra equivocación.
–Todo va a salir bien -dijo, sorprendiendo así a Claire. Deseaba que Claire le creyera, que confiara en él.
–No sé cómo.
–Quiero que te cases conmigo, Claire -le dijo, mirándola y dedicándole sólo un esbozo de sonrisa-. Hemos perdido demasiado tiempo, pero creo que podemos recuperarlo. Todos.
Anonadada, Claire le miró. ¿Casarse? ¿Kane quería casarse?
–Pero Sean y Samantha…
–Ambos serán mis hijos.
–No creo que… es decir… Kane, estás escribiendo un libro sobre Harley.
Todo estaba sucediendo demasiado deprisa. Dieciséis años era demasiado tiempo para repararlo en un segundo.
–Se acabó. Tengo que hacerte una confesión.
Kane llevó a Claire al sofá, donde se hundieron el uno junto al otro. Una vez sentados, le pasó la mano a Claire por encima del hombro y le explicó lo sucedido la noche anterior. Le contó que había caminado a orillas del lago, con el fin de enfrentarse al hecho de que Sean fuera su hijo, que luego había oído la conversación de las tres hermanas y que había sido incapaz de dejar de escuchar.
–No debí quedarme allí escuchando a escondidas -dijo, obviamente, con la culpa aún carcomiéndole.
De nuevo, Claire se quedó helada al pensar que Kane había oído aquella conversación privada. El dolor de Miranda y la escalofriante confesión de Tessa.
–Pero no podía irme. Créeme, vuestro secreto está a salvo conmigo.
–Ya no hay nada a salvo. – Aquella era la única certeza en su vida.
–Shh. – La besó, notando el sabor salado de sus lágrimas-. Tú sólo confía en mí, Claire.
–Lo hago. – Se estremeció y emitió un pequeño suspiro de rendición.
¿Cuánto tiempo llevaba esperando escuchar aquellas palabras? Hubo un tiempo en que Claire nunca habría pensado que llegarían a estar juntos.
–Cásate conmigo.
–Sí… sí, quiero -prometió con lágrimas en los ojos.
Weston arrió el foque y el velero cortó el viento. Había llamado a Denver Styles para pedirle que se reunieran. Ahora se encontraban a solas en el Stephanie, rumbo mar adentro. Navegando en aquel impresionante velero, Weston se preguntó hasta qué punto podía confiar en Styles. El muy hijo de puta avaricioso haría cualquier cosa por dinero, de eso estaba seguro, y
según le había demostrado, Styles no tenía escrúpulos. Era un detective privado solitario que probablemente mantenía lazos con el mundo criminal.
–Tengo un problema -reconoció Weston, manejando el velero en el sentido del viento.
–¿De qué tipo? – Styles desvió la mirada en dirección a Weston.
–Uno que espero me ayude a solucionar.
–Tal vez.
–Necesito que algunas personas… desaparezcan.
El viento sopló sobre el pelo de Styles, tapándole parte del rostro. Sin embargo, el tipo no cambió de expresión. Continuó mirando a Weston con aquellos ojos grises del mismo color que el acero.
–¿Qué quiere decir con «desaparecer»?
–Pues que nos dejen para siempre.
Styles se frotó la mandíbula.
–Quiere que se los carguen.
Weston elevó un hombro y dijo:
–Eso sería lo más fácil, supongo. Un accidente en la 101, donde la carretera zigzaguea por encima del mar… el quitamiedos podría ceder y el coche podría precipitarse fuera de la carretera. Caería por el acantilado, zambulléndose en el océano.
Styles apretó los dientes, casi imperceptiblemente.
–¿Y quiénes irían en el coche?
–Tessa Holland y su sobrino, Sean St. John.
–¿Y si digo que no?
–Hay mucho dinero en juego.
Styles dudó y Weston supo que le tenía. A aquel cabrón sólo le motivaba el dinero.
–¿Cuánto?
–Medio millón de dólares. Todo lo que tiene que hacer es encontrar la manera de raptarles y hacer que Tessa ingiera licor, tal vez el chico también, dado que es un gamberro y apuesto a que está harto de beber cerveza.
Después de emborracharles, colóqueles en el coche de Tessa, y mientras todo el mundo acude a la fiesta que Dutch celebra mañana por la noche para anunciar su candidatura a gobernador, ambos sufrirán un accidente.
–Y usted tendrá una coartada. – No había un ápice de inflexión en la voz de Denver.
–Exacto. – Weston giró el velero en dirección al canal que conducía a la bahía-. ¿Qué me dice?
–¿Quinientos mil?
–Eso es. Cien mil por adelantado.
Los fríos ojos de Styles echaron chispas, un minúsculo indicio de duda o remordimiento de conciencia. Poco después, sonrió de oreja a oreja.
–De acuerdo, Taggert -dijo-. Pero quiero mi dinero mañana por la noche, en cuanto termine la fiesta. Luego, desapareceré. Nunca más volverá a saber de mí.