Susurros
Capítulo 21
podía concretar, pero por primera vez en meses se sentía liberada.
–Todo saldrá bien -se dijo mientras maniobraba con el volante y pasaba por debajo de la señal de neón en forma de arco que anunciaba el puerto deportivo. Tenía que salir bien.
¿Y que pasaba con Kane?
Agarraba el volante con las manos sudadas. Kane no era el tipo de chico del que pudiese depender una mujer. Iba a unirse al ejército.
No podía enamorarse de él. No lo haría.
Sin embargo, mientras conducía a través de las colinas, en dirección a casa, sabía que se estaba engañando. Le gustase o no, ya estaba medio enamorada de él.
Capítulo 21
Claire pisó el pedal del freno, y el jeep se detuvo en una señal de stop próxima al garaje. Seguía temblando. Se miró la mano izquierda, donde ya no llevaba el anillo, e intentó reprimir las lágrimas. Había pasado las tres últimas horas conduciendo en círculos, evitando los lugares que solía frecuentar Harley para no encontrárselo. No quería volver a casa por temor a que la llamase. Harley necesitaba tiempo para pensar y despejarse. Claire necesitaba espacio para pensar bien en el nuevo rumbo que iba a tomar su vida.
En el preciso instante en que Claire abandonó el puerto deportivo estalló la tormenta que tanto había amenazado desde las alturas aquel día, el día de su ruptura con Harley. El viento golpeaba las ramas de los árboles,
sacudiéndolos y haciéndolos danzar. Diluviaba. La lluvia caía con fuerza sobre el parabrisas, acribillando el asfalto. Su vieja casa, la que tanto había apreciado, tenía un aspecto desolador y amenazante.
No había nadie en casa. El coche de Randa no estaba aparcado en su plaza habitual, y Dutch iba a pasar la mayoría de las noches a Portland, en reuniones con arquitectos, abogados, y contables, con el propósito de planificar la siguiente fase de Stone Illahee. Dominique, en esta ocasión, había partido con él, aunque Claire no sabía por qué. A medida que el verano daba paso al otoño, parecía que sus padres cada vez tuvieras menos cosas en común.
Dominique nunca había sido de las que se resignaran en silencio. Claire recordaba perfectamente sus quejas cuando se mudaron a aquel «lugar en mitad de ninguna parte, alejado de la mano de Dios».
Tessa probablemente también había salido. Dónde o con quién era algo que Claire desconocía. Su hermana pequeña y ella nunca habían estado demasiado unidas, y aquel verano su relación se había hecho incluso más tirante. Tessa era como un barril de pólvora a punto de explotar. Claire se mostraba disgustada, a la defensiva, debido a su relación con Harley.
Pero su relación había terminado. Tal vez ahora Tessa y ella podrían limar asperezas.
Miranda era la única persona de confianza en la familia con la que Claire podía contar.
Quitó las llaves del contacto, se colocó bien el cuello de la camisa, salió del jeep, y oyó, mezclado con el borboteo de la lluvia y las cañerías, el zumbido rítmico de un motor potente. Detrás de los árboles aparecieron unas luces de coche. El corazón se le encogió. Harley. ¡Se le había pasado la borrachera y venía a buscarla!
No podía volver a enfrentarse a él. Sin embargo, se quedó paralizada, mirando cómo el coche tomaba la última curva. Inmóvil, igual que un
animal al verse sobresaltado por los faros de un coche. Claire cobró el ánimo, con el fin de mantenerse firme frente a él e insistir en que lo mejor era romper. Encontraría la manera de convencerle.
El Camaro de Miranda chirrió al llegar a la zona de aparcamiento. Claire respiró aliviada. El coche patinó en el stop, a poco más de tres metros de Claire.
–¡Entra! – chilló Miranda por la ventana abierta del coche. Su voz sonaba desesperada-. ¡Ahora!
–¿Qué?
–No discutas, Claire. No tengo tiempo para explicaciones. Simplemente entra en el maldito coche.
Las palabras de Randa tenían un tono desesperado, por lo que Claire no se atrevió a contradecirla. Abrió la puerta del copiloto y encontró a Tessa, sufriendo una crisis nerviosa, hundida en el asiento contiguo al de Miranda.
Su hermana pequeña estaba tan blanca que parecía un cadáver, sus ojos parecían ausentes, los dientes le castañeteaban. Miranda tenía un aspecto igual de horrible. Su cabello negro estaba revuelto, sus ropas desgarradas, y tenía el rostro rígido como una roca. En los extremos de su boca se podía adivinar una sensación semejante al miedo. Miraba a su alrededor como si supiera que algo o alguien malvado la estuviese persiguiendo y escapase de ello para salvarles la vida a Claire y a Tessa.
–¿Randa…?
–¡Entra, maldita sea!
Con el corazón acelerado a causa de un temor desconocido, Claire se sentó en el asiento trasero.
–Pero ¿qué pasa?
–¡Cierra la puerta! – ordenó Randa, y Tessa obedeció, como si no pudiera pensar por sí misma.
Miranda giró el volante, pisó el acelerador y salió disparada hacia el paseo.
Los árboles, centinelas oscuros que protegían las aguas plateadas del lago, se convirtieron en una mancha debido a la vertiginosa velocidad que tomó el coche.
El corazón de Claire latía con fuerza. Empezó a sudar por las palmas de las manos.
–Pero ¿alguien me puede explicar qué es lo que ocurre, por favor?
–¿Has visto a Harley esta noche? – preguntó Miranda mientras el coche doblaba una esquina y el neumático trasero se hundía en el barro. La rueda empezó a dar vueltas como loca hasta que consiguió volver a pisar el asfalto.
–Sí.
–¿En el puerto?
–Sí, sí. ¿Qué es esto? ¿Un interrogatorio?
Sin cambiar de marcha, Miranda tomó rumbo al norte por la carretera del condado que bordeaba el lago. Inconscientemente, estaba dirigiendo a Claire hacia las proximidades de la casa de Kane. Claire intentó sofocar la sensación de horror que le oprimía los pulmones. ¿Qué sucedía? ¿Por qué parecía que Tessa y Miranda hubiesen presenciado el Apocalipsis? Tessa comenzó a sollozar en el asiento del pasajero.
–¿Cuándo le viste? – preguntó Miranda.
–¿A Harley? – Claire volvió a pensar que Miranda debía cambiar de marcha-. Mmm… Pues a las diez y media. ¿Por qué? Por el amor de Dios, Randa, ¿me vas a decir…?
Un coche de policía, con luces rojas, blancas y azules, corría a toda velocidad por el carril contrario.
–¡Mierda! – dijo Miranda. Giró por un camino de tierra, lleno de baches.
–Miranda…
–Un momento, ¿vale? Sólo quiero que nos apartemos de todo ese follón.
–¿Qué follón? – gritó Claire.
Miranda pisó el pedal del freno con fuerza. El Camaro patinó en un stop, a punto de llevarse por delante un poste. Ramas de zarzamora chocaron contra el lado derecho del coche.
–Salid del coche.
Miranda dejó el motor encendido, pero apagó las luces.
–¿Qué? Pero si acabo de entrar.
Miranda ya había abierto la puerta del coche. Pisó el suelo fangoso, y Claire, con el corazón a mil, hizo lo mismo.
Durante los pocos segundos que la luz interior del coche tardó en apagarse Claire se percató de que Miranda tenía manchas de sangre en la falda.
¿Sangre? Se le revolvió el estómago. ¿Sangre? ¿Pero cómo? ¿Por qué? Se le hizo un nudo en la garganta. Apenas se atrevía a respirar. De pronto no quería saber lo que había sucedido. En un momento de clarividencia se dio cuenta de que su vida y la de aquellos que amaba estaban a punto de verse alteradas para siempre. Iban a cambiar a peor. Miró de reojo a Tessa, acurrucada junto a la puerta: tenía el rostro lleno de lágrimas, el rimmel corrido y se envolvía las rodillas con los brazos. Claire fue consciente de que algo horrible les iba a suceder a las tres.
–No tenemos mucho tiempo, así que escúchame -le dijo Miranda cuando salía del coche.
La agarró por los hombros tan fuerte que Claire quiso gritar. Miranda tenía una mirada feroz, la mandíbula desencajada, los ojos más salvajes que Claire hubiese visto jamás. La lluvia caía como cuchillos desde el cielo. La nariz de Randa goteaba y tenía el cabello empapado. Claire notaba las gotas recorriéndole la nuca.
–Harley ha muerto.
–¿Qué? – La voz de Claire se convirtió en un hilo y las rodillas se le empezaron a aflojar.
Miranda la sujetó enseguida, apoyándola sobre el guardabarros del coche para evitar que se cayera.
–Ha muerto hoy, en el embarcadero.
–Randa…
–Es verdad, Claire.
–Pero… pero…
–¡Está muerto!
De nuevo las piernas le empezaron a temblar, y esta vez cayó al suelo.
Miranda todavía intentaba sujetarla. La voz se Miranda se resquebrajó.
–Yo… no tengo todos los detalles, sólo sé que lo encontraron flotando en la bahía hace aproximadamente una hora.
–No. ¡Oh, por Dios, no! – Claire se agitaba nerviosamente. Todo su interior tembló y se dijo que todo aquello era un sueño, una horrible pesadilla.
Pronto despertaría y nada de aquello habría sucedido.
–Es verdad.
–Pero si le acabo de ver…
Se negaba a aceptarlo. Se aferraba a la idea de que no podría ser cierto.
Miranda estaba mintiendo. Eso es. ¿Pero por qué? Quizá se hubiese enterado mal de lo sucedido. Eso, se trataba de un error, un horrible y desagradable error.
–Te lo… te lo estás inventando.
–Oh, Claire, ¿por qué?
–No lo sé, ¡pero no es verdad! ¡No puede serlo! No te habrías enterado, ¡eso es!
Mirando soltó un sollozo de dolor.
–Lo siento mucho. Sé cuánto le querías.
Aquellas palabras no penetraron en Claire, simplemente retumbaron en su cerebro como una roca que roza la superficie del agua. Negó con la cabeza.
–Te equivocas, Randa. Harley está bien. Sólo está borracho.
–Está muerto, Claire. Muerto. Murió hace un par de horas. Se ahogó en la bahía.
–No.
Miranda sacudió a su hermana con tanta fuerza que los dientes le chocaron.
–¡Escúchame, maldita sea!
Entonces fue cuando la realidad la golpeó con la misma fuerza que una ola.
Se zambulló en la realidad, una realidad que la asfixió. Jadeó, sacudió la cabeza, hasta que Randa la cogió por ambos lados y la obligó a que la mirase a los ojos, los cuales tenían una expresión de angustia. Jesús, María y José, ¡era cierto!
Emitiendo un horrible gemido capaz de igualar el sonido del viento, Claire apretó los puños y empezó a dar golpes contra el suelo fangoso, salpicando la suciedad y el barro sobre su ropa y rostro.
–Pero si estuve con él hace menos de tres horas.
–Lo sé, el guarda de seguridad te vio.
–Harley, oh, por favor, no…
La pena y la culpa le atormentaban el alma. Si no hubiese accedido a verle, a subir al barco con él, si no le hubiese dejado… quizás ahora aún estaría vivo. Por su culpa estaba muerto. ¡Por su maldita culpa!
–No saben si fue un accidente, un asesinato o un suicidio -continuó Randa.
Su voz sonaba lejana, aunque estaba lo bastante cerca de Claire para que ésta notase el calor de su aliento-. El caso es que nos van a interrogar a todas, sobre todo a ti, Claire, dado que estabas saliendo con él y fuiste una de las últimas personas que le vieron con vida.
Claire, revolcándose aún en el fango, apenas la escuchaba. Todo lo que sabía era que Harley, su adorado Harley, estaba muerto. El alma se le partió y la abandonó.
–Es por mi culpa -dijo.
–No, no digas eso.
Randa, apoyada en un neumático trasero, abrazó a Claire, meciéndola sobre el barro, acariciándole las mejillas como si fuese una niña pequeña que se
hubiese lastimado.
–Rompí con él y…
–¿Qué hiciste?
–Rompí el compromiso. Oh, Dios, todo es por mi culpa.
–¡No!
–Pero yo… Oh, Harley. – Claire sintió como si el cuerpo se le rompiera en mil pedazos. Había amado a Harley, había creído en él. Comenzó a sollozar profunda y desesperadamente. Multitud de lágrimas inundaron sus ojos. La culpa por haber lastimado, de alguna manera, a Harley, le carcomió la conciencia. Miranda, mientras tanto, la agarraba con fuerza, balanceándola con dulzura-. ¿Cómo… cómo lo sabes? ¿Cómo te has enterado? – preguntó, aunque en realidad le daba igual. De repente se encontraba demasiado cansada para preguntar por los detalles.
–Estaba en la ciudad cuando escuché la noticia -dijo Miranda evitando dar más detalles-. Sabía que habías ido a verle, pero pensé que probablemente ya habías vuelto a casa, así que me dirigí hacia allí. Encontré a Tessa haciendo autostop. La recogí y nos dirigimos a casa para hablar contigo.
–¿Pero qué? ¿Qué te ha pasado a ti? – preguntó Claire, tocando la blusa desgarrada de Miranda y evitando mirar las manchas de su falda. Sangre.
¿De quién? ¿De Randa? ¿De Harley? Dios Santo, ¿había estado Randa con Harley? ¿Había ido a buscarla y se había encontrado a Harley completamente borracho y… luego qué? ¡No! ¡No! ¡No! Nada de aquello tenía sentido. Ojalá pudiera retrasar unas cuantas horas el tiempo y modificar los hechos de aquella noche…
–Es una larga historia. No tenemos tiempo -dijo Miranda, mientras Claire gemía-. ¿Qué has estado haciendo desde que dejaste a Harley?
–Conducir.
¿Por qué Randa se mostraba tan fría?
–¿Quién te ha visto?
–No lo sé. Seguramente nadie. – Le entraron arcadas. Estaba a punto de vomitar allí mismo.
–¿Estás segura?
–No… No lo sé. – Los dientes le castañeaban y tenía la carne de gallina.
–Bueno. No podemos preocuparnos por eso ahora, Claire. Tenemos que tranquilizarnos. ¿Claire? – Miranda volvió a sacudirla.
Claire empezó a vomitar, gateando por la cuneta, por donde el agua fluía y los hierbajos le arañaban el rostro. Su estómago se contrajo, provocándole más náuseas, una y otra vez, hasta que no le quedó nada que expulsar.
Sintió la mano de Randa sobre su hombro.
–¿Estás bien?
–¡No!
–¿Me oyes? ¿Puedes volver a subir al coche? Tenemos que irnos ya.
¿Claire?
–No… No sé si puedo… -Se limpió la boca con el dorso de la mano, pero el sabor amargo persistía, al igual que la presencia de la muerte en su alma.
–Inténtalo. Ahora, las tres, vamos a inventar rápidamente una historia. ¿Me seguís? Tenemos que inventar una coartada que explique dónde estábamos en el momento en que Harley murió.
–No lo entiendo…
–Las tres tenemos que ser capaces de explicar dónde estábamos.
–¿Por qué? – preguntó Claire, pero al mirar a Miranda a los ojos comprendió que no sólo se trataba de que Harley hubiese muerto, sino de que Miranda parecía tener problemas. De un modo u otro ella tenía algo que ver con todo lo ocurrido. Claire sintió como si una mano con dedos congelados la agarrase por el cuello bloqueándole la tráquea.
–Entonces, estuvimos en el autocine de la costa. Vimos esa serie especial que tienen, las tres viejas películas de Clint Eastwood: Cometieron dos errores, Escalofrío en la noche y Harry el Sucio. Mientras veíamos la segunda, decidimos volver a casa, así que nos fuimos antes de que acabase.
Me quedé dormida al volante, saliéndome de la calzada y yendo a parar al lago.
–¿Qué? Eso es de locos. ¿Por qué?
Miranda no contestó, sólo miró fija y severamente a su hermana. Un sentimiento de comprensión fluyó entre ambas.
–Confía en mí, Claire. No tenemos elección. Si Harley fue asesinado, y creo que así fue, tú serías la principal sospechosa. Yo también estuve esta noche en el embarcadero.
–¿Qué?
–Y Tessa.
La voz de Miranda sonaba como si estuviese al final de un túnel, con eco y poca claridad. No obstante, la mayor parte de lo que decía penetraba en el confuso cerebro de Claire.
–Todos nuestros nombres saldrán a la luz, y ninguna de nosotras posee una coartada.
–Pero yo no maté a Harley. Ninguna. Y tú y Tessa tampoco. ¿No podemos simplemente decir la verdad?
–Esta vez no -dijo Miranda, junto con un suspiro procedente de su corazón hecho jirones-. Esta vez decir la verdad conllevaría que condenasen al menos a una de nosotras y, créeme, los Taggert no se detendrán hasta vernos muertas.
Claire parpadeó bajo la lluvia.
–Pues no sé por qué… -comenzó a replicar, pero enseguida calló. Miranda estaba metida en aquello hasta el cuello. Fuese lo que fuese lo ocurrido, pintaba muy mal para ella… Necesitaba una coartada. Tragando saliva con dificultad, Claire asintió-. De acuerdo.
Miranda la ayudó a ponerse en pie, abrió la puerta del coche. Tessa permanecía dentro, inmóvil, mirando al vacío a través de la ventana.
–Siéntate en medio, no quiero que te quedes detrás.
Claire se arrimó a Tessa, mientras Miranda empezó a conducir el coche en dirección a la zona más alejada del lago.
–Ninguna de nosotras contará jamás lo que de verdad ha sucedido esta noche a nadie, ni hablaremos entre nosotras, ni con mamá o papá, ni con nuestros mejores amigos. Con nadie. A partir de este momento, nuestra historia es y será siempre que estuvimos en el autocine. Claire, vas a tener que ayudarme con Tessa cuando el coche se zambulla en el lago.
–¡No irás a hacer eso de verdad! – dijo Claire, de repente aterrorizada-.
¡Sólo vas a decir qué es lo que sucedió!
–¡Tengo que hacerlo! Tiene que parecer real, ¿entiendes? El lago no es tan profundo en la zona norte. No nos pasará nada -giró en dirección a la carretera del condado.
–Esto es una locura. La gente se ahoga incluso en bañeras. Y Tessa… ni siquiera está completamente consciente.
El coche cogió velocidad y Miranda cambió de marcha.
–Prométeme que te ceñirás a la historia.
–Has perdido la cabeza…
Entraron en una curva. A través de los árboles podían ver el lago Arrowhead. Las aguas estaban oscuras y agitadas, formando olas blancas en la superficie debido al viento.
–Randa, ¡no!
Cada vez más rápido, el Camaro se precipitó por el camino, con el limpiaparabrisas apartando las gotas de agua. Las ruedas rechinaban sobre el pavimento.
–Vamos, Claire, estamos juntas en esto, ¿no?
Miranda pisó con fuerza el pedal del acelerador. La arboleda dio paso a una playa cubierta de hierba.
–¿Y qué hay de Tessa? – le preguntó Claire, muerta de miedo.
–Está de acuerdo.
–Pero si no ha dicho una sola palabra.
–¡Está de acuerdo!
–¡Vale, vale!
–¡Agárrate! – Miranda giró el volante.
El Camaro se sacudió bruscamente. Los neumáticos patinaron sobre la gravilla del arcén. El coche botó por encima de piedras, hierba y guijarros, avanzando cada vez más rápido hacia el lago, el cual se convirtió en un enorme agujero negro cada vez más cercano.
–Dios, ayúdame.
Miranda pisó a fondo el pedal del freno. Se formaron surcos profundos en la arena, donde las ruedas intentaban aferrarse. El coche se zambulló en el agua con fuerza. Claire se golpeó la cabeza contra el techo, emitiendo un chillido tan fuerte que casi le rompe el tímpano. El agua se coló por las ventanas y el motor dejó de sonar.
–¡Vale, ahora! ¡Ayuda a Tessa!
Miranda abrió la puerta y Claire, inclinándose por encima de su hermana, también consiguió abrir la suya. El agua entró a raudales. Claire salió con dificultad, tosiendo, arrastrando a Tessa hacia la superficie. Poco después, comprobó que podía hacer pie. Hundió los pies hasta los tobillos en el fondo fangoso, sacando la cabeza por encima del agua.
«Harley, oh, Dios, Harley, lo siento.» El dolor de su corazón se extendió por toda su alma.
–Vamos, vamos. – Miranda colocó un hombro por debajo de brazo muerto de Tessa, y se dirigió de vuelta a la carretera, caminando a través de las aguas oscuras-. A ver, ¿qué películas vimos?
– Cometieron dos errores.
–¿Y?
– Escalofrío en la noche. Vamos, Randa, ¿cómo va a enterarse Tessa de nada tal como está?
–¿Tess? – instó Miranda.
No hubo respuesta. El agua les llegaba hasta las rodillas.
– Harry el Sucio -susurró.
–Pero ésa no la vimos, nos marchamos antes de que empezara. Recuérdalo.
Tenemos que mantenernos unidas, no dejes que intenten confundirnos.
Parecía que aquellas voces procedieran de algún lugar en tuncuna parte. En el arcén de la carretera vieron las luces de una furgoneta a través de la lluvia. Un hombre con un chubasquero amarillo se dirigió corriendo hacia ellas.
–¡Ey! – gritó, con voz ronca y sobresaltada-. ¿Estáis bien? Por el amor de Dios, ¿qué demonios os ha pasado? ¡Primero el chico de los Taggert y ahora esto!
Así que era verdad. Claire tenía las piernas tan pesadas como el plomo.
A continuación, más coches se detuvieron. El primer hombre las alcanzó y sujetó a Tessa con sus fuertes brazos.
–Chicas, ¿estáis bien? ¿Queda alguien más en el coche?
–No -dijo Randa-. Estamos… estamos bien.
–¿Seguro? – Se volvió en dirección a Tessa, quien pudo percibir el apestoso hedor a cerveza-. ¿Qué hay de ti?
–Bien… Estoy bien.
–¿Qué ha pasado? – preguntó una mujer, mientras más coches se agolpaban alrededor de la camioneta-. Por el amor de Dios, ¿algún coche se ha hundido en el lago?
–Yo… he debido de quedarme dormida al volante. Estaba en la carretera, y
segundos después… -dijo Miranda, con los dientes castañeteándole.
La farsa acababa de empezar. Claire sintió un escalofrío.
–Dios mío -dijo una mujer-. Bueno, os haremos entrar en calor. George, George, saca la manta del maletero, estas chicas van a coger una pulmonía.
Paralizada, Claire dejó que la condujeran hasta el pequeño grupo de vehículos esparcidos arbitrariamente por el borde de la carretera.
–¿Te lo puedes creer? – dijo un anciano.
–Tienen suerte de estar vivas -continuó esta vez una mujer, cuya silueta con gabardina se podía adivinar entre las luces de los coches.
–No como el chico de los Taggert.
Las rodillas de Claire se doblaron, pero alguien la sujetó, ayudándola para que no se cayera y siguiera caminando. El dolor le penetraba tan profundamente como un cuchillo. Empezó a temblar con violencia.
–¿Ha llamado alguien a una ambulancia?
–Aguantad, chicas -dijo una voz suave y masculina-. Os pondréis bien.
Claire reconoció aquella voz, no recordaba su nombre, pero sabía que era alguien que trabajaba en la gasolinera donde solía repostar.
–¿Alguna de vosotras ha sido herida de gravedad?
Claire no pudo articular palabra.
–No creo -contestó Miranda.
Claire consiguió hacer un gesto de asentimiento a Tessa, quien sólo susurraba:
– Harry el Sucio.
Aquello iba a salir mal. Muy mal.
–¿Qué ha dicho? – preguntó una mujer.
–No sé qué de sucio o algo así. – Probablemente las tres sufran una conmoción.
Claire cerró los ojos bajo las gotas de lluvia. Estaba temblando de frío.
Tenía la ropa sucia, pegada al cuerpo y empapada, de la misma manera que tenía el corazón empapado de dolor.
–George, por Dios, ¿no te he dicho que les des la manta que hay en el maletero del coche?
En algún lugar cercano, probablemente en uno de los vehículos aparcados en el arcén de la carretera, un bebé lloraba tan fuerte que el llanto se convirtió en hipo. En la parte trasera de una camioneta un enorme perro empezó a ladrar como loco.
–¡Cállate, Rosco!
El perro se calló.
–Oye… -susurró una mujer lo bastante alto para que todo el mundo la pudiese oír-. ¿No son las hijas de Dutch Holland?
–Alguien debería llamar a sus padres.
–El ayudante del sheriff está en camino.
–¿Cómo demonios han podido caerse al lago? Dios santo, tienen suerte de que haya ocurrido aquí. En cualquier otra parte se hubieran estampado contra los árboles.
Una de las mujeres condujo a Claire a su coche.
–Chicas, entrad. No os preocupéis por ensuciar el coche, es de plástico. Se puede lavar. Yo siempre dejo montar a mis perros. Necesitáis entrar en calor.
Abrió la puerta, y Claire se deslizó por el interior. Tessa y Miranda la siguieron. Las tres se arrimaron las unas a las otras, envueltas con mantas.
La dueña del coche, una mujer de rostro arrugado y dentadura mellada, ofreció a Claire una taza del café que llevaba en un termo. Otro buen samaritano ofreció otras dos tazas a Tessa y Miranda. Ellas las aceptaron, meciéndolas en las manos, mientras el vapor humeaba.
Luces de linternas alumbraban a través de la lluvia. Las mujeres formaron grupos y los hombres empezaron a buscar el coche.
–¿Alguien ha llamado a la grúa?
–De eso se encargará la policía.
Debido al calor del café y a la respiración de las tres hermanas, las ventanas del sedán se empañaron. Claire dio gracias por la intimidad que les ofrecía aquel cristal, frágil y empapado, protegiéndolas de ojos curiosos.
Sonó una sirena en mitad de la noche. Luces rojas, blancas y azules inundaron la zona. Claire dio un bote, vertiendo el café en la manta india que la envolvía.
Dirigió la mirada hacia Miranda y sintió como si su corazón se ahogara.
Estaba asustada por ella, por su plan. Miranda tenía el rostro blanco como la tiza y salpicado por el barro, el pelo lacio y empapado. A continuación, Claire miró a Tessa y tragó saliva.
–Acordaos -dijo Miranda mientras se aproximaba un coche de la oficina del sheriff.
Dos agentes salieron del coche. Dos figuras vagas a través de las ventanas empañadas. Uno de ellos se quedó junto a la carretera, moviendo su linterna para dirigir el tráfico. El otro se acercó al coche.
Se detuvo y habló, durante unos segundos, con algunas personas de las que se encontraban allí. Les hizo algunas preguntas, de las cuales Claire sólo pudo oír partes sueltas. Poco después el agente abrió la puerta del asiento trasero. La luz interior del coche se encendió. El hombre, alto y corpulento, llevaba una especie de impermeable. En la cabeza, las gotas caían por el ala ancha de su sombrero.
–Hola, chicas. Soy el ayudante del sheriff Hancock. Antes de nada, me gustaría saber si alguna de vosotras está herida y, si es así, que me digáis la gravedad de dichas heridas. La ambulancia está en camino. Luego tenemos que saber lo que ha ocurrido para que pueda preparar mi informe.
Les dedicó una sonrisa tranquilizadora, aunque Claire se sintió realmente asustada. Se preparó para su primer encuentro con la ley.
–Ha sido culpa mía -dijo Miranda mirando a Hancock a los ojos-. Yo…
perdí el control del coche. Supongo que me quedé dormida al volante.
–¿Alguna está herida?
Claire negó con la cabeza.
–No creo -dijo Miranda.
–¿Y tú, cariño? – El ayudante miró a Tess.
Ella levantó los ojos, tiritando.
– Harry el Sucio…
–¿Perdona? – preguntó, levantando ambas cejas a la vez.
–Estuvimos en el autocine -intervino Miranda-. Harry el Sucio es la película que nos quedó por ver, ya que decidimos volver a casa antes de que estallara la tormenta.
–Ah. – Se frotó la barbilla y miró hacia el cielo-. Una mala noche para ir al autocine.
–Sí… fue… fue un error.
Hancock golpeó ligeramente la linterna en el lateral del coche.
–Bueno, podéis contármelo todo después de asegurarnos de que realmente no necesitáis atención médica. He llamado a una ambulancia y a una grúa.
–No hace falta que nos lleven a un hospital -protestó Miranda-. Estamos bien.
–Vamos a dejar que sean los médicos quienes determinen eso.
Otra sirena gritó en mitad de la noche y la taza de café que Claire sujetaba se escurrió entre sus dedos.
Daba igual. Todo daba igual. Harley estaba muerto y ella estaba sentada en el asiento trasero del coche de una desconocida. Estaba demasiado cansada para pensar, demasiado mareada para intentar imaginarse lo que en realidad había sucedido, por qué Miranda había insistido en que mintieran. No obstante, cuando contempló el miedo reflejado en el rostro de su hermana mayor y la conmoción grabada en las facciones de Tessa, se dijo que mentiría piadosamente por las dos. Sus hermanas eran todo lo que le quedaba en la vida.
¿Y qué pasaba con Kane?
Se iba a marchar. Iba a unirse al ejército al día siguiente.