Susurros
Capítulo 11
Weston soltó la vela mayor y aseguró el botalón, mientras la espuma del océano le refrescaba la cara. En ocasiones disfrutaba navegando. A solas, en el océano infinito, enfrentándose a la intemperie, a la vez que sentía el rumor de la olas del mar. Pero aquella noche no era así.
Las luces del puerto deportivo brillaban en la oscuridad, sobre la superficie del agua, constantemente en movimiento. Usando la fuerza del motor, dirigió el elegante velero a través de la bahía, de vuelta al amarre. Lo ató con fuerza. Pensó por un instante en Crystal, pero seguidamente descartó la idea de quedar con ella de nuevo. Crystal era cálida y servicial, una chica que haría cualquier cosa por complacerle, algo que le aburría soberanamente. Necesitaba una nueva conquista, un reto.
Lo malo es que sabía que nunca estaría satisfecho. Ninguna nueva e inocente conquista le satisfaría, no si se trataba de un objetivo fácil, ni siquiera aunque Kendall aceptara su oferta. Por Dios, qué cabrón había sido con ella pidiéndole que echaran un polvo para dejarla embarazada, pretendiendo quedar como una buena persona. La verdad es que lo único que quería era probar aquel coño Forsythe. Además, la idea de tener un niño y que lo tuviera que criar Harley evidenciaba la parte más perversa de su naturaleza. No sólo Kendall tendría que estar en deuda con él de por vida, sino que quedaría, una vez más, por encima de su estúpido hermano.
Miró hacia el camarote y se dio cuenta de que prefería a una de las hermanas Holland en lugar de a Kendall.
¿Por qué? Porque las había tenido delante durante casi veinte años y su padre siempre se las había prohibido. Eran el enemigo, la descendencia del malvado Dutch Holland, aunque una descendencia bellísima.
Aquella enemistad las hacía incluso más interesantes. Y ahora que Harley había tenido pelotas de declarar abiertamente que estaba saliendo con Claire, Weston no veía razón alguna para no actuar acorde a sus impulsos masculinos. Sí, le había contado una buena historia a Harley sobre todas aquellas tonterías de que su padre le desheredaría, pero el viejo nunca se precipitaría de tal modo, y Weston nunca haría nada que pusiese en peligro el puesto número uno en el testamento. Había pasado muchos años haciéndole la pelota a su padre, jugando a su juego, poniendo buena cara a todo lo que hacía para estropearlo ahora. Neal Taggert no se andaba con rodeos a la hora de admitir que Weston era su preferido y, como tal, heredaría la mayor parte de la fortuna de la familia. Weston jamás estropearía y perdería aquello.
¿Pero qué sucedería si apareciera el otro hijo, aquel que nadie conocía, el bastardo?
Cuando Weston le mencionó a Neal que corría aquel viejo rumor sobre él, una vez más, su padre empezó a insultar y a culpar a Dutch Holland por propagar aquellas mentiras. Por alguna razón desconocida, Dutch odiaba a Neal y no se detendría ante nada con tal de arruinarle la vida.
Ante aquella respuesta, Weston se tranquilizó, al menos por el momento, pero robó una copia del testamento de su padre de la oficina en Portland.
Neal acababa de modificar el documento, pero no le había mentido. Cuando su padre falleciera, Weston tendría la vida asegurada.
Si no la jodia. Y no lo haría. Era demasiado precavido para fastidiar algo tan importante, pero, oh, algo en los pantalones le picaba, y el motivo era Miranda Holland. Daría lo que fuera por ver como un animal en celo a aquella mujer de hielo, de lengua afilada y sangre caliente. Weston era un buen amante y podría enseñarle cosas que la dejarían sudando, con el corazón a mil y rogando que siguiera.
Aquel pensamiento hizo que sonriera. Cada vez que Weston había dedicado una sonrisa a Miranda, ella había bajado la cabeza. La imagen de Miranda
rogándole, su cabello húmedo y sudado, su cara enrojecida, sus suaves dedos bajándole la cremallera, hicieron que su pene se excitara.
–Algún día -dijo en voz baja.
Algún día Miranda descubriría en lo que podría convertirla un hombre de verdad. Sonriendo, se colocó bien el pantalón, dejando el velero y el embarcadero tras él, mientras cruzaba por debajo del cartel de neón ovalado del Club Náutico de Illahee, donde se detuvo para encender un cigarrillo.
Una visión más de Miranda Holland le vino a la mente, otra de las muchas que había tenido mientras estaba navegando, y también a lo largo de los días. Por el amor de Dios, se estaba poniendo tan enfermo como Harley, excepto que Claire parecía querer acostarse con su hermano pequeño, y Miranda más bien le escupiría en vez de hablar con él.
Subiendo a su descapotable, imaginó de nuevo cómo sería hacerlo con Miranda. Alta, piernas largas, ojos fríos como el hielo azul, había rechazado proposiciones de la mayoría de los chicos. Siempre tenía metida en un libro aquella nariz recta, casi perfecta. Pero Weston tenía la sensación de que tras esa pose de mujer helada se escondía una mujer de sangre ardiente, que podía comportarse como una animal en la cama. Perspicaz y de lengua afilada, era una mujer inaccesible que tenía planificada toda su vida. Le gustaba hacer creer al mundo que no tenía tiempo para prestar atención al sexo opuesto.
Pero aquello no era cierto.
Weston recordó una ocasión en que siguió a Miranda cuando iba hacia su Camaro negro hacía una semana. Había un chico con ella, Hunter Riley, el hijastro del portero de Dutch Holland. Según Weston, Riley era un completo perdedor. Miranda y Hunt se conocían seguramente desde hacía años, por supuesto, y puede que hubiesen quedado para dar un paseo por la ciudad. Pero había algo extraño, demasiado íntimo en la manera en que Miranda le miraba y le sonreía, o en la manera en que casualmente el brazo de Hunt rozaba los hombros de Miranda, acariciándole suavemente la nuca con los dedos.
–Hijo de puta -murmuró de repente, furioso con Riley.
¿Quién era? Un don nadie que trabajaba en la empresa maderera de su padre. También estaba empleado a jornada parcial haciendo collares y atendía el jardín de los Holland con su padre. Un cero a la izquierda. Hunter Riley había superado a duras penas los créditos suficientes para aprobar el instituto, y en la actualidad asistía a una escuela local para adultos, cuyas asignaturas aprobaba con verdaderos esfuerzos.
Así pues, ¿qué es lo que la sofisticada Miranda veía en aquel bruto?
«Mujeres», pensó mientras tomaba una curva demasiado rápido y las ruedas le derraparon. Daría un trozo de su pene solamente por entenderlas.
Con la capota del Porsche bajada, condujo a gran velocidad hacia Stone Illahee, el complejo turístico que tanto odiaba su padre. Necesitaba un revolcón, uno bueno. Así que fue a por él. Una vez más. Tenía que conseguirlo, el fuerte calor que sentía entre las piernas le dominaba. Weston no sabía si era debido a aquella increíble necesidad sexual o a su aptitud extremadamente competitiva que en ocasiones escogiera a parejas que realmente no merecían la pena. En realidad, tampoco le importaba.
–Miranda -murmuró.
Ella era la única que merecía la pena, aunque Claire había demostrado ser más mujer de lo que había imaginado. Al principio había pensado que Claire era sosa como una mojigata, pero a medida que la vio crecer y madurar, la miró de otra manera. Era la más atlética de las hijas de Dutch, siempre a caballo o navegando, nadando o escalando, una chica tímida que se había convertido en una mujer que se atrevía a todo. Posiblemente por eso salía con Harley.
¡Harley! Qué patético amago de hombre era. Siempre gimoteando. A Weston le costaba creer que fuesen hermanos. Harley era demasiado sensible, demasiado fácil de manipular para llegar a convertirse en un
hombre de verdad. Al pasar por la entrada de Stone Illahee, Weston sonrió, e instintivamente, condujo a través de las numerosas puertas del exclusivo complejo turístico. Pasó por el campo de golf, las pistas de tenis y una extensa zona vallada con setos que separaba la piscina del aparcamiento principal. Eran las diez pasadas. Weston había oído que el viejo Holland estaba fuera de la ciudad durante todo el fin de semana, así que no estaría por el complejo. Ninguno de los empleados de Dutch se atreverían a echar a un Taggert si lo encontrasen.
Estaba a salvo.
Entonces, ¿por qué estaba preocupado? ¿Por qué presentía que ir allí era un error de proporciones inconmensurables y catastróficas?
Dobló la esquina, y vislumbró el primer edificio hecho con piedra gris lisa y madera oscura. Tenía cinco pisos de formas irregulares, con luces tras los cristales. El edificio, próximo a la playa, estaba rodeado de cedros, que sobresalían por encima de la cornisa. Junto a la puerta delantera había una cascada iluminada, cayendo ruidosamente entre pinos y rododendros.
Sintiéndose como un intruso, Weston aparcó el coche. Se guardó las llaves en el bolsillo y se dirigió al interior. La música procedente del bar flotaba a través de las ventanas abiertas, atrayéndole como un canto de sirenas. No esperaba ver a ninguna de las hijas de Dutch aquella noche, pero podría haber alguna mujer dispuesta, esperando en la barra del bar. La conciencia le remordió un poco al recordar a Crystal. Habían hecho el amor en el barco la tarde del día anterior, por lo que ella había tenido que faltar al trabajo.
Crystal era preciosa, con la piel lisa y dorada, los ojos oscuros y aquel increíble pelo negro. Pero era demasiado fácil, era como una esclava sexual.
Le daba todo lo que él quería. Todo. Actuaba como si él fuera su dueño y señor, y en ocasiones, incluso jugaban a ese juego. Pero Crystal empezaba a aburrirle con tanto consentimiento. Necesitaba un reto mayor, una mujer con más carácter. Alguien a quien tuviera que convencer para llevársela a la cama, y que luego se dejase abrir de piernas.
Deseaba a Miranda Holland.
–Eres tan tonto como Harley -se dijo en voz baja.
Empujó la puerta de roble y cristal que llevaba al interior del bar. Bajó un pasillo, en dirección a la música en directo y al aroma del humo de tabaco.
Una banda de Portland, cuya cantante llevaba un mini vestido ajustado de cuero, estaba tocando una canción de jazz que Weston no conocía, una canción que tenía demasiado saxofón y poco bajo. Weston se colocó tan lejos del escenario como le fue posible. Tamborileaba nervioso con los dedos en la mesa. Miraba las paredes de cedro cubiertas de redes depescar, flotadores, peces disecados de todo el mundo y útiles de pesca. Arpones, lanzas, palos y otros artilugios se entremezclaban entre los salmones, peces espada y tiburones, todos con ojos de cristal.
Una camarera con falda negra, camisa blanca y corbata roja se acercó a él.
Weston pidió una cerveza y sonrió cuando la camarera le pidió el DNI para comprobar que tenía veintiún años.
–Weston Taggert -dijo luego, curvando los labios en una sonrisa mayor al reconocerle-. Vuelvo enseguida.
Sonrió. Varias mujeres le llamaron la atención, pero no le interesaban. Eran demasiado fáciles, y por lo que sus ojos desesperados dejaban entrever, habían jugado a simular que esperaban a alguien en un bar demasiadas veces.
No, quería algo diferente aquella noche. No quería apagar aquel picor con un revolcón fácil.
–Aquí lo tienes, cariño -le dijo la camarera, mientras depositaba una copa de cerveza en la mesa.
La cerveza estaba fría, pero no consiguió enfriarle el cuerpo. Weston acabó la bebida enseguida, a la vez que pensaba que dejarse caer por la sagrada propiedad de Dutch Holland no era una emoción fuerte, ni mucho menos.
Dejó un billete de cinco dólares en la mesa. Se dirigía hacia el coche cuando la vio, la hija pequeña de Dutch: Tessa. Su pelo rubio parecía plata bajo los focos del aparcamiento. Llevaba unos pantalones cortos hechos jirones, una camiseta diminuta y un chaleco de piel también cortado y decorado con lentejuelas que destellaban a la luz las farolas. Tessa no parecía, en absoluto, una de las chicas más ricas de aquella región.
Los rumores decían que era una calientabraguetas, siempre paseándose por la ciudad con pantalones cortos y diminutas camisetas que dejaban ver sus enormes pechos y la firme piel de su abdomen. A menudo se ponía una chaqueta de piel, pero nunca se la abrochaba. Siempre dejaba que todo el mundo admirara su increíble figura, como en aquella ocasión.
Estaba sentada en la repisa que rodeaba la cascada de agua, fumando un cigarrillo y contemplando la fuente con desdén.
Tessa no era la mujer que Weston deseaba. No era Miranda.
Pero estaba allí, y Weston iba cachondo.
–Sabes, justo estaba pensando en ti y en tus hermanas, y aquí estas tú -dijo, ajustándose las mangas de la chaqueta y aprovechando la realidad de aquella situación.
Tessa volvió la cabeza bruscamente. El corazón le dio un vuelco. Le asustaba mirarle fijamente. Luego volvió a mirar el agua arremolinándose.
–¿Eso te suele funcionar?
–Es la verdad.
–Vale. Y yo soy la reina de Inglaterra.
–No lo creo. Dicen que es algo mayor que tú.
Tessa dejó los ojos en blanco un segundo y dio dtra calada.
–¿Qué estás haciendo aquí? Pensaba que este lugar estaba fuera de los límites de los Taggert. Cualquiera con tu apellido que cruce estas puertas corre el riesgo de ser expulsado y descuartizado.
Weston sonrió. Al menos la chica no se callaba.
–Quizás es hora de que alguno dé marcha atrás en esta competición.
Tessa le miró de nuevo, con aquellos increíbles ojos azules. Seguidamente, se encogió de hombros, como si realmente le importara un bledo lo que él o su familia hicieran.
–Haz lo que quieras.
–¿Estás esperando a alguien?
Se sentó a su lado, en la repisa. Esperaba que ella se apartara un poco, poniendo distancia entre los dos cuerpos, pero no lo hizo. Tessa dio una intensa calada al cigarrillo y expulsó el humo por un extremo del labio.
–Supongo.
–¿No lo sabes?
–Eso es. No lo sé -contestó ella levantando la barbilla con actitud desafiante.
Weston vio, más allá de la pose rebelde y orgullosa, a una chica más joven y vulnerable de lo que simulaba ser. Aquel instante, en el que vislumbró su interior, a Tessa le pareció una eternidad. Parpadeó, vistiendo de nuevo aquella coraza, aquella armadura agrietada.
–¿Va a venir alguien a recogerte?
–Puede ser.
–¿Necesitas dar un vuelta?
Tessa sonrió y arrojó el cigarrillo en el agua. La colilla chisporreteó, rebotó entre los remolinos de espuma y desapareció bajo la cascada.
–Puede.
–¿Dónde quieres ir?
Tessa dudó, arqueó sus perfectas cejas rubias.
–Quizá me da igual.
Weston sonrió de lado. Aquella chica realmente tenía narices para desafiarle.
–Quizá no debería dártelo.
–¿En qué estás pensando? – Su voz era débil e insinuante. Estaba jugando a un juego que a Weston le encantaba. Lo entendía a la perfección, había jugado a ello antes, y siempre había ganado.
–Eso depende de ti.
–¿Ah, sí? – se incorporó súbitamente, y se colgó del hombro un bolso negro de flecos. Dirigiendo una mirada final de desprecio al complejo de su padre, dijo-: De acuerdo. Entonces vamos. Puedes darme una vuelta por Seaside.
–¿Qué hay allí? – preguntó él.
La sonrisa de Tessa iluminó la noche.
–¿Qué no hay?
Harley llegaba tarde. Claire, caminando por el muelle donde se encontraba amarrado el velero de su padre, estaba a punto de dejarle plantado, no sólo en aquella ocasión, sino para siempre. La idea le causó un escalofrío en el corazón que le puso los brazos con piel de gallina.
–Oh, Harley -susurró, sintiéndose tonta, tal y como sus hermanas la habían llamado.
El dulce y perfecto Harley había cambiado. Últimamente parecía preocupado, siempre llamándola para cambiar los planes. Cuando empezaron a salir, todo el tiempo del mundo para estar con ella no le parecía suficiente, y nada, nada le habría impedido verla. Cuando Neal, su padre, se enteró, no dejó de despotricar, pero a Harley aquello le había entrado por un oído y le había salido por el otro. Las advertencias de Weston, su hermano mayor, sólo le habían hecho volverse más atrevido, y los lloriqueos de Paige parecían haber avivado el fuego de su pasión.
Claire también habría hecho cualquier cosa por estar con él aquellas primeras semanas. Harley era amable, dulce, alegre y adoraba a Claire.
Había renunciado a todo, incluida su anterior novia, y había tenido que soportar la ira de su padre y las burlas de su hermano al prometer quererla.
Y ella, con su corazón joven e ingenuo, le había creído.
Pero las cosas habían cambiado, pensaba, reclinada en la baranda del embarcadero, mientras miraba las oscuras aguas donde podía ver el reflejo de las luces que quedaban sobre su cabeza, una línea brillante de puntos arriba y abajo en la superficie del agua. Podía notar el cambio de Harley en el ambiente, como si se tratara de un cambio en la dirección del aire, una ligera alteración en la necesidad que sentía por estar con ella.
El error había sido haber hecho el amor con él. Desde aquella tarde, en que cruzaron la línea invisible entre dos amantes, una barrera que habían jurado no traspasar, su relación había cambiado.
Sucedió un día en que estaban solos, navegando con canoa. Se detuvieron en una pequeña cueva en la orilla norte del lago. Harley llevaba una botella
de vino que había cogido de la bodega de su padre. Juntos, bajo el sol veraniego acariciándoles la piel, bebieron, brindaron, nadaron, chapotearon, rieron y se besaron, locos de amor.
Claire nunca antes se había sentido tan mareada. Ya había probado el alcohol, pero aquella tarde había algo mágico. Dejó de preocuparse por los riesgos, rodeada de aquella suave brisa que le acariciaba las mejillas y alborotaba el cabello negro de Harley.
Harley estaba más atrevido aquella tarde, más intenso de lo normal, y las ideas de Claire comenzaron a desordenarse. Los besos de Harley se hacían más intensos, agotadores, mientras que Claire abría la boca de buena gana y dejaba que Harley le rozara su atractivo cuerpo con las manos. Aquellos dedos se deslizaban sin vergüenza alguna por encima del traje de baño, y se deshicieron de los pedazos de ropa en un movimiento rápido y diestro, como si lo hubiera hecho cientos de veces antes. Abrazándola con fuerza sobre el agua, le besó los pechos por encima y por debajo de la superficie.
Claire sintió un hormigueo y un cálido deseo se extendió por todo su interior.
–Pon las piernas alrededor de mi cintura -le pidió dulcemente, con las pestañas salpicadas por gotitas de agua dellago.
Tras hacer lo que le pidió, envolverle con los muslos el musculoso torso, se dejó caer hacia atrás, con el pecho desnudo bajo el cálido sol de verano.
Harley susurró:
–Esto es una chica -y la besó en el abdomen.
Claire estaba flotando, dejándose llevar por una nube de sensaciones.
Mientras, Harley la conducía a la orilla y empezó a acariciarle el pecho fervientemente. Se lo tocaba y chupaba, lo que producía un remolino de pasión en ella. Harley cogió la mano de Claire y se la llevó a la entrepierna, gimió y le juró amor eterno. Se bajó el bañador y Claire lo vio, por primera vez, desnudo. Tenía el pene rígido y preparado, algo que asustó un poco a Claire, pero él, decidido, le quitó el resto del bikini.
Ambos estaban desnudos. Continuaron besándose, felices, frotándose el uno contra el otro, gimiendo y deseándose. Él no preguntó, y Claire no puso objeción alguna. La acostó sobre la arena, le separó las piernas con sus rodillas, y, empujando con un movimiento rápido, le robó la valerosa virginidad que ella había guardado durante diecisiete años.
Le había dolido, sí, había llorado, pero Harley la besaba, y las lágrimas desaparecieron después de que, tras tres rápidos empujones, él se desahogara. Harley dejó caer el cuerpo sobre ella, jadeando de éxtasis, y juró que la querría hasta el fin de sus días.
No habían planeado lo sucedido, pensó mientras recorría con una mano la desgastada baranda y un gato negro y flaco salía disparado por entre las sombras. Habían hablado sobre la posibilidad, por supuesto, ya que ambos habían experimentado y se habían acariciado, pero habían acordado esperar a ese último acto de consumación hasta estar casados.
Pero aquella tarde, bajo el caluroso sol que les animaba y con aquel vino que les había empañado el juicio, habían hecho el amor.
Claire tenía los dedos sobre la baranda, y cuando cerró los ojos todavía podía recodar a Harley aquella tarde: su cuerpo sudoroso, sus músculos contrayéndose, su cara con expresión de triunfo cada vez que entraba en ella. Claire estaba ciega de deseo, caliente, con un ansia que le hacía pensar que él era el único hombre que podía complacerla. Feliz y tonta como una enamorada.
Por aquel entonces habían jurado estar siempre juntos, casarse, tener hijos, cicatrizar las heridas que existían entre las dos familias, pero luego Harley había cambiado. No sonreía con tanta facilidad y quería practicar el sexo a todas horas. Siempre que estaban juntos, algo que no sucedía a menudo en las últimas semanas, esperaba que Claire le hiciera el amor. Parecía como si desde aquel día en el lago todo lo que deseara de ella fuese su cuerpo.
Aquello era de locos. Él la amaba, ¿no?
Claire oyó el coche de Harley y el corazón se le aceleró porque una parte de ella se preguntaba si volvería a dejarla plantada. Las pisadas golpeaban en el embarcadero, y Claire sonrió cuando le vio correr hacia ella.
–Siento llegar tarde -le dijo, mientras la rodeaba con sus brazos y escondía la cabeza en el ángulo de su cuello-. Dios, ¡cómo te he echado de menos! –
Metió los dedos entre su pelo, y suspiró por encima del sonido del viento que soplaba sobre la bahía.
El corazón de Claire volvió a latir con normalidad y le perdonó. Aquel era su amado y dulce Harley, el chico al que amaba con toda su alma y corazón.
Cerró los ojos, le apretó contra ella, dejando atrás todas las dudas, miedos o preocupaciones que habían intentado acabar con su amor.
–Yo también te he echado de menos -le contestó, con la voz ronca y a punto de que se le saltasen las lágrimas.
–Perdóname.
El corazón de Claire casi dejó de latir.
–No tengo por qué perdonarte.
–Oh, Claire, ojalá lo supieras.
La desesperación de su voz resonaba en el alma de Claire.
–¿Saber qué?
Harley contrajo todo el cuerpo, y la agarró tan fuerte que Claire apenas podía respirar.
–¿Saber qué, Harley?