Susurros

Lisa Jackson · Capítulo 31 de 37

Páginas del PDF

Susurros

Capítulo 30

–Kane -le susurró Claire al oído, mientras Kane comenzaba a jadear.

El cuerpo de ella empezó a sudar, inclinándose hacia Kane en cada uno de sus empujes, hambrienta de deseo. Kane se movía cada vez más deprisa, agarrándola. Mantenía los ojos cerrados con fuerza, mientras la culpa le retumbaba en el cerebro. No podía hacerlo, no podía traicionarla, no podía amarla con tanta intensidad que dolía. Y después destruirla, a ella y a su familia.

Y entonces alcanzó el climax. Con un grito pronunciado y un empujón final, cayó sobre ella, fundiendo sus cuerpos en una unión maldita por todos los demonios del infierno.

Atormentado, la besó en la frente, notando el sabor salado de su sudor.

Podía sentir las vibraciones del cuerpo de Claire a medida que disminuía su orgasmo.

–Nunca pretenderé hacerte daño -le dijo, apartándole el pelo de la cara con los labios.

–No lo harás -contestó ella confiada, mientras levantaba la cabeza para mirarle.

Kane la volvió a besar, larga e intensamente. Sabía que no tenía elección. A pesar de todas las promesas que se había hecho, estaba destinado a traicionarla. Así pues, no importaba lo que pasara, Claire le odiaría el resto de sus días.

Capítulo 30

–Basta. Me estás volviendo loca. ¿Se puede saber qué te pasa? – preguntó Paige, lanzando una mirada de odio a Weston mientras jugaban al bridge.

Cogió un puñado de frutos secos revueltos y se dejó caer una almendra en la boca.

–A mí nada -mintió Weston, agitándose mentalmente con el fin de no mostrar sus emociones.

Había estado dando vueltas una y otra vez por la cocina y el estudio, donde Paige, Stephanie, Kendall y Neal estaban jugando a las cartas. Neal estaba sentado en su silla de ruedas, y aunque desde el derrame que había sufrido no podía caminar y apenas podía mover la parte derecha de su cuerpo, hablaba y usaba la mano izquierda lo bastante bien como para jugar semanalmente una partida de bridge.

–Algo te pasa -dijo Neal, observando a su hijo con un ojo entrecerrado-.

Siempre te muestras inquieto cuando algo te preocupa.

–A papá no le pasa nada -interrumpió Stephanie-. Dejadle en paz. Mamá, te toca.

Weston se sintió abrigado. Stephanie siempre se ponía de su lado, defendiéndole contra el resto del mundo. Con aquel pelo rubio color trigo y aquellos ojos chispeantes, había heredado la combinación perfecta de genes para convertirse en una chica que quitaría el hipo. Aquella era su niñita.

Pero los demás tenían razón. Se estaba volviendo.

Paige, que todavía sufría sobrepeso y llevaba siempre aquella molesta pulsera ruidosa, podía ver a través del alma de su hermano, algo que a Weston le aterraba. En ocasiones, Paige sonreía a Weston de un modo espeluznante, de un modo que parecía sugerir que conocía algo que podría utilizar en su contra, algo que podría amenazar su vida, algo que evitaba que Weston se pasara de la raya con ella. Paige incluso le había lanzado indirectas sobre aquel tema: «Será mejor que no termine muerta en un accidente o algo así, Weston, porque eso no funcionará. Si sufro una muerte

inesperada y repentina, la policía irá a por ti», dijo en una ocasión. Weston se rió y le pidió que se explicase, pero Paige sonrió con aquella risita escalofriante y añadió: «No es broma.»

–No nos dejas concentrarnos. – Paige le lanzó una mirada severa y a continuación dirigió la atención a las cartas-. Siéntate o vete.

–No tienes que irte a ningún sitio, papá. – Buena chica, Stephanie. Díselo.

–Estás nervioso -dijo Kendall. En los extremos de su boca se percibía una actitud de desaprobación.

El perro trotó por la cocina, y se detuvo junto a su cuenco de agua.

Weston no podía soportar más sentirse encerrado.

–Tengo que ir a la oficina -dijo.

Kendall le siguió con los ojos. Nunca había confiado en él, creía que Weston iba detrás de cualquier cosa que llevara falda. Aquello no era totalmente verdad, pero Weston se había ganado esa fama debido a todas sus relaciones, ya fuesen buenas o malas.

–¿Nuevos negocios? – preguntó Neal, que siempre mostraba interés en lo que sucedía en Industrias Taggert.

–No. Es sólo que me quedan algunos cabos por atar.

Weston cogió las llaves y se dirigió a la puerta trasera. Se había levantado un viento que agitaba las ramas de los árboles. Había humo, procedente de unas cuantas hogueras en la playa. El olor se mezclaba con la brisa salada del mar.

Condujo alejándose de la casa y trató de calmarse. Su hermana tenía razón.

Estaba histérico. Por varias razones. La primera, y la más importante, era porque Denver Styles llevaba trabajando para él casi una semana y hasta el

momento no había conseguido información nueva sobre Dutch o sobre cualquiera de las Holland.

Nada. Nothing. Zilch. El tipo no estaba haciendo su trabajo, o quizá no le estaba contando nada. Probablemente Dutch le había ofrecido más dinero, lo que sería un error por su parte. Un gran error.

La segunda razón era que estaba teniendo lugar la excavación de la fase más reciente de Stone Illahee. A Weston se le revolvió el estómago, y la bilis le alcanzó la garganta. Como colofón, Dutch iba a hacer oficial el anuncio de su candidatura a las próximas elecciones a gobernador en una fiesta que tendría lugar el próximo fin de semana. A Weston le ponía enfermo la simple idea de que Benedict Holland tuviera una posición de poder en el Estado. No, no podía ser.

Weston conducía como poseído, superando el límite de velocidad permitido, derrapando por las curvas, hasta que finalmente su oficina. Iba a encontrarse con Styles aquella noche, y no podía esperar. Debía conseguir que el dinero que había invertido en aquel tipo sirviese de algo. En algún lugar de su mente se preguntó si Styles le había estafado. ¿Por qué Denver Styles se había embolsado el dinero que Weston le había entregado y no le había informado a cambio? Weston había tomado una decisión. O Styles le proporcionaba información, importante información, o haría que se las pagase.

Weston apretó los dientes y los labios se le tensaron, presionando contra la dentadura. No le gustaba que le engañasen. Había trabajado duro durante mucho tiempo precisamente para que no le engañasen. Así pues, si Styles estaba jugando con él, se las pagaría. Se las pagaría con su puñetera vida.

Como todos los que habían intentado burlarse de él en el pasado.

Cuando llegó al edificio donde se encontraba su oficina, abrió con llave la puerta trasera, tal y como le había dicho a Styles que haría. Seguidamente, cogió el ascensor hasta su oficina. Se acababa de servir un buen chorro de brandy y de aflojar el nudo de la corbata, cuando Denver Styles, vestido de negro, entró en la oficina.

Weston avanzó hacia el mueble bar, pero Styles sacudió con la cabeza, rechazando la oferta. Styles se apoyó en el ventanal y miró hacia el exterior.

–¿Qué ha averiguado?

Styles elevó un hombro.

–No mucho.

La rabia hizo que le empezara a hervir la sangre.

–Seguro que en una semana ha podido descubrir algo.

–Unas cuantas cosas. Nada importante. Nada acerca de la noche en que su hermano murió, que es lo que más preocupa a Dutch.

Weston intentó tener paciencia. Sabía que lo mejor era que Styles consiguiera la información a su manera y a su ritmo. No obstante, le hubiese encantado agarrar a aquel tipo por el pescuezo y sacudirle hasta conseguir respuestas.

–¿Cree que alguna de las chicas mató a Harley?

–No lo sé. – Hizo una pausa-. Todavía.

–¿Y qué es lo que sabe? – preguntó Weston, sin poder evitar el tono desagradable al pronunciar aquellas palabras.

–Que Dutch está nervioso, preocupado por que alguien pueda descubrir que una de sus hijas es una asesina, a pesar de que no haya pruebas que apoyen esa teoría, y también que descubran que cuando Claire Holland marchó de Chinook, hace dieciséis años, estaba embarazada.

Weston se quedó pasmado.

–¿Embarazada? ¿Claire? – «Pero si era Miranda quien estaba embarazada.»

Weston hizo cálculos mentalmente-. ¿Quiere decir de su actual hijo?

–Sí. Sean Harlan St. John no nació en julio, como ella dice, sino en abril.

Lo que significa que estaba embarazada antes de conocer a su marido.

–¿El bebé era de Harley? – De repente las piernas de Weston no podían soportar su peso, y tuvo que tomar asiento.

Era imposible. No podía haber otro Taggert… Harley no podía ser padre de un niño y sin embargo… Su memoria volvió a recordar otro certificado de nacimiento, uno que había quemado años atrás, la prueba de que su padre no había sido fiel a Mikki. Le entraron ganas de vomitar, los intestinos le empezaron a dar punzadas. ¿Había otro heredero de la fortuna de los Taggert? Cerró los puños con fuerza. Había trabajado mucho para heredar todo, y ahora este niño, este intruso… ¡Oh, mierda!

Sintió el sudor en el bigote, provocado por los nervios. De pronto parecía como si las costillas le oprimiesen los pulmones y no le dejasen respirar.

¡No! ¡No! ¡No! Ahora no. No cuando estaba seguro de que iba a heredarlo todo, excepto un pequeño porcentaje del patrimonio de su padre. Así se había dictado en su voluntad. Incluso Paige sabía que, siendo mujer y sin trabajar en la empresa, sólo heredaría la vieja casa en la que habían crecido.

Sin embargo, ahora… con el hijo de Harley… No, no podía ser.

–¿Quién más lo sabe?

–Sólo Claire St. John, aunque estoy seguro de que Moran también lo descubrirá.

–¡Maldita sea!

–El chico no tiene ni idea, y su supuesto padre, Paul St. John, tiene ya suficientes problemas para preocuparse de que la verdad salga a la luz.

–¿Cree que Moran lo hará público?

La mente de Weston trabajaba cada vez más deprisa, hasta llevarle a la conclusión inevitable: que finalmente se probaría que Sean St. John era un Taggert. Su padre se alegraría muchísimo, a pesar de que la madre fuese una Holland. Uno de las mayores decepciones en la vida de Neal era que no había tenido herederos varones que llevaran el nombre de Taggert. Kendall se había negado a tener más hijos, incluso se había operado para asegurarse de que nunca más volvería a quedarse embarazada. Lo había pasado muy mal con el embarazo de Stephanie. No estaba dispuesta a volver a pasar por el mismo sufrimiento emocional y físico nueve meses más. Tener a Stephanie había merecido la pena, pero Kendall no quería volver a tener otro hijo.

Y ahora este problema.

–Supongo que Moran publicará cualquier cosa que difame a Dutch -dijo Styles-. Le odia y con razón. Su padre sufrió un accidente mientras trabajaba en la maderera y quedó paralítico. Nunca le compensaron completamente por los daños causados. Se convirtió en un maltratador, aunque no físicamente, sí emocional. La madre de Moran, Alice, abandonó a su hijo y a su marido cuando Moran era muy joven. Casualmente, terminó viviendo en Portland como amante de Dutch, y nunca volvió a tener contacto con su hijo durante todo el tiempo que éste creció junto a un padre borracho y violento.

–Hijo de puta -murmuró Weston, y pensó sobre su propia experiencia con Dutch Holland.

En su mente, aún podía ver la pecosa espalda de Dutch sobre el edredón viejo, con las piernas de Mikki envolviéndole mientras follaban como dos animales asquerosos. Aquella imagen le obsesionaba, había tenido sueños en los que aparecía… sueños perturbadores en donde Weston mataba a Dutch, a continuación montaba a la puta de su madre, pero cuando la miraba no era Mikki Taggert, sino una de las hijas de Holland, Miranda, Claire o Tessa.

–Aparte de eso, no tengo nada más -continuó Styles, interrumpiendo a Weston, absorto en sus espantosos pensamientos.

–Siga investigando -le dijo Weston, todavía dando vueltas a la información.

Al menos Styles no parecía estar ocultándole lo que sabía.

–Lo haré. Sobre todo indagaré acerca de la noche en que murió Harley. – Se volvió y miró a Weston por primera vez. Sus ojos fríos y severos se clavaron en Weston con una expresión de venganza personal, lo que provocó en Weston que casi se le detuviese el corazón-. Pienso igual que Moran. Algo de lo sucedido aquella noche no encaja.

Se encontraban sobre terreno peligroso. Según Weston, cuanto menos se supiera acerca de la noche en que Harley murió, mejor. Styles se sacó del bolsillo de la chaqueta un trozo de papel. Se trataba de una copia de un artículo que mostraba una fotografía de una pistola.

–Moran parece obsesionado con esta prueba -dijo, acercándole el trozo de papel a Weston-. ¿Usted qué piensa?

Weston miró la fotografía.

–No sé.

–El arma se encontró no muy lejos del cuerpo.

–Lo sé, pero la policía no la relacionó con el crimen.

–Pero es extraño, ¿no cree?

«No tanto», pensó Weston, mientras le arrancaba a Styles el papel de las manos y lo doblaba con cuidado. No quería recordar que habían encontrado el arma de su madre en la escena del crimen. Nadie reclamó el pequeño revolver, y no estaba registrado, naturalmente. No obstante, todos en la familia Taggert sabían que aquel arma había desaparecido hacía semanas del cajón de la cómoda de Mikki Taggert.

–Sí -dijo, asintiendo con la cabeza y mirando a los ojos inquisitivos de Styles-. Muy extraño.

–¿Me estás diciendo que Sean es hijo de Harley Taggert? – preguntó Dutch mirando a Denver con el rostro colorado y un puro entre los dientes.

Estaban sentados el uno frente al otro, en la barra del bar del Hotel Danvers, muy conocido en Portland.

–Podría ser. Aunque aún tengo que comprobar el tipo de sangre.

–¡Por el amor de Dios! ¿Cuánto tiempo puede llevarte eso?

–No mucho. Unos días. Incluso podría tenerlo para mañana.

–¿Por qué pudo haber mentido Claire?

–Tendrás que preguntárselo a ella -contestó Styles.

No había probado su café con coñac; en cambio, Dutch iba por la segunda taza.

–¿Y qué hay de la noche que murió Taggert? ¿Sabía él algo del bebé?

Styles se encogió de hombros.

–La única que conoce la respuesta a eso es Claire.

Dutch terminó la bebida y frunció el ceño.

–Supongo que ésta no es la peor noticia que podía esperar, pero tampoco es que me entusiasme.

–Házselo saber al director de su campaña, Murdock, él hará algo para evitar

que salgas perjudicado con todo esto.

Dutch se frotó la barbilla y suspiró.

–La gente cuenta conmigo. No puedo permitir que ningún viejo escándalo me salpique. Tienes que conseguir llegar al fondo de todo este asunto, Styles, antes de que lo hagan mi oponente o Moran. Si conseguimos averiguar a qué nos enfrentamos, tendremos una oportunidad, si no… Oh, Dios, prefiero no pensarlo. Tú solamente descubre qué sucedió aquella noche.

–Eso haré -prometió Denver.

Y era lo que se proponía, a pesar de que mantener informado a Benedict Holland no era una de sus prioridades.

Después de trabajar el viernes, Miranda condujo directamente al lugar donde estaban trabajando en la ampliación de Stone Illahee. Según le había comunicado la secretaria de su padre en Portland, Dutch iba a supervisar las obras durante todo el fin de semana. Miranda necesitaba hablar con él antes de que éste anunciara su candidatura en la fiesta del domingo por la noche.

Sólo Dutch podía pedirle a Denver Styles que se detuviera.

El tipo la estaba vigilando, sin duda. Había pasado por su oficina y por su casa en diversas ocasiones, y siempre que estaba con ella hacía que Miranda se sintiera nerviosa. No se debía a las preguntas que le hacía, sino por su presencia. Misterioso, pensativo, con facciones que podían cambiar de agradable a distante en un segundo. Styles la desconcertaba, a ella, que se sentía orgullosa de su frialdad ante cualquier situación; a ella, que no perdía la calma ante ningún abogado defensor, testigo desfavorable o sospechoso inestable. Aquel hombre había conseguido asustarla. Había conseguido que se cuestionara y que casi cambiase la versión de su historia.

–Tranquilízate -se dijo mientras cruzaba con el coche las puertas abiertas de la alambrada que cercaba el lugar de la excavación. El polvo sopló por

encima del parabrisas del Volvo y el aire se resecó, en ausencia de la humedad característica del océano.

Había varias furgonetas aparcadas desordenadamente en una zona donde se amontonaban las rocas, hierba y árboles arrancados de la tierra. El Cadillac de Dutch estaba aparcado entre un camión de media tonelada de color gris y una furgoneta pintada de varios colores, abollada y con guardabarros que no eran los originales. Dutch no estaba dentro del coche, pero Miranda le encontró enseguida.

Dutch estaba arrancando el extremo de un puro junto a un grupo de trabajadores. Observaba una excavadora inmóvil, que expulsaba humo negro en la cálida atmósfera del verano.

Los hombres estaban serios y hablaban en voz baja. Al salir del coche, Miranda sintió un nudo en el estómago. Se trataba de un presentimiento anunciando que algo iba mal, muy mal. A lo lejos, oyó el primer bramido de una sirena, y, en un instante, a medida que el sonido se aproximaba, se dio cuenta de que, por alguna razón, la policía se dirigía hacia allá. Aceleró el paso por el camino de tierra, mientras el miedo le recorría el cuerpo.

¿Qué sucedía? ¿Le había pasado algo a alguien en la obra? Cuando se acercó al lugar, oyó trozos de conversación.

–…llevaba años aquí -masculló un hombre enorme con casco y mono de trabajo.

–Dios santo, ¿quién será? – dijo otro trabajador flaco, con poco pelo y gafas sin montura.

–A mí no se me ocurre nadie -volvió a decir el hombre enorme.

¿De qué estaban hablando? ¿De quién?

–A mí no me suena.

–A mí tampoco -dijo Dutch, dando una calada a su puro y mirando a sus

pies, donde la tierra se removía mientras la máquina excavaba en el agujero.

–Me pregunto si llevará DNI.

Detrás de Miranda, aullaba una sirena. Un coche de policía cruzó las puertas a toda velocidad. Miranda, que aún caminaba, miró de reojo hacia el coche, el cual se detuvo cerca de su Volvo. Dos ayudantes del sheriff salieron y se apresuraron hacia el lugar donde estaba congregado el grupo de hombres. Justo en ese momento Miranda llegó junto a su padre. Miró hacia abajo, hacía el terraplén que tenía a sus pies, hacia el enorme agujero abierto en la tierra, donde la arena era húmeda y fresca. Allá, entre los escombros de hojas, rocas y basura, había un cuerpo, poco más que un esqueleto, con algunos trapos enganchados en los huesos.

A Miranda se le revolvió el estómago, estuvo a punto de vomitar.

–Oh, Dios -dijo.

En ese momento su padre se percató de su presencia.

–Randa, ¿qué haces aquí? Deberías estar…

–He visto cadáveres antes -replicó ella. Sin embargo, había algo en aquel cuerpo descompuesto que le inquietaba.

Los ayudantes del sheriff se acercaron, cuando Miranda empezó a sentir de nuevo aquel horrible presentimiento.

–Bueno, veamos qué tenemos aquí. ¡Jesús! Mira esto.

–Vamos a acordonar la zona -le dijo el segundo de los agentes-. No toquen nada más. – Miró hacia la máquina excavadora como si fuese una herramienta del diablo. A continuación, dirigió la mirada hacia la pequeña multitud-. Los forenses tendrán que ver todo esto. Que nadie toque nada.

Pero Miranda apenas podía escuchar la orden. Tenía los ojos clavados en la

mano derecha del cadáver, en el anillo que llevaba el esqueleto, casi suelto, en uno de los dedos.

¡No! ¡Imposible! El corazón se le rompió. Dejó escapar de sus labios un pequeño grito.

–¡No! – gritó- ¡No! ¡No! ¡No!

–Pero ¿qué demonios…?

Las rodillas se le doblaron, y su padre la sujetó por los brazos. El dolor le resonaba en el cerebro. No podía ser… Oh, Dios, por favor, no. Hunter no.

No su amado…

–Miranda, por el amor de Dios, ¿qué…?

–Hunter -dijo con lágrimas cayéndole de los ojos-. ¡Oh, no, Hunter!

Intentó negarse a aceptar lo que veían sus ojos, pero no podía, porque allí, en aquella mano sin vida, se encontraba el anillo que Hunter Riley llevaba justo antes de desaparecer. Miranda, temblorosa y luchando por no derrumbarse, se dio cuenta de que Hunter no había huido a Canadá. De alguna manera, por alguna razón, alguien le había asesinado.

Sentado a su escritorio, Kane apretó los dientes mientras observaba las pruebas de las mentiras de Claire. Los archivos del Estado de Oregón sobre el nacimiento de Sean Harlan St. John no coincidían con la fecha que le había dicho Claire. Ella le había contado que Sean había nacido en julio.

Sin embargo, el niño había nacido a finales de abril, justo nueve meses después de la muerte de Harley. Así pues, Sean no era un St. John, sino un Taggert.

¿O no?

Se le ocurrió otra idea, más condenatoria que la primera. Al principio la

descartó, por si se tratase de imaginaciones suyas, pero más tarde volvió a su cabeza y decidió a tenerla en cuenta como una posibilidad real. ¿Por qué no podría ser Sean su hijo? ¿Acaso no había hecho el amor con Claire una y otra vez justo antes de irse al ejército, la mañana siguiente a la noche que murió HarleyTaggert? El período de tiempo encajaba a la perfección. ¿Era posible? ¿Podía tener un hijo?

Un sentimiento desconocido y poco grato le recorrió el cuerpo. Un hijo.

¡Podía ser padre!

–Joder.

Salió de casa en dirección al porche delantero. Las aguas del lago eran oscuras, debido a la oscuridad de la noche, y algunas estrellas habían empezado a parpadear en el cielo color púrpura. El chico se parecía a él, mucho más que a los Taggert, pero quizá sólo estaba hablando su ridículo orgullo masculino. Le gustaría pensar que él era el padre del hijo de Claire, en lugar de Harley Taggert. Pero no podía ser. ¿Acaso Claire no le había puesto el nombre a su hijo por Taggert? Sean Harlan St. John.

Arrugó el papel culpable de todo aquello en el puño. ¿En qué estaba pensando Claire, haciendo pasar a Sean como hijo de un hombre, cuando en realidad la verdad era que… quién demonios conocía la verdad?

Sólo Claire, quien le había mentido a él, al mundo entero, durante dieciséis largos años.

Introdujo la copia del certificado en el bolsillo delantero de sus vaqueros, se dirigió a zancadas hacia el camino de hierbajos que llevaba al embarcadero, subió al viejo bote y calentó el motor. Enseguida el motor se apagó, pues no tenía gasolina. Kane podía conducir en coche hasta el lado opuesto del lago, pero decidió que necesitaba tiempo para pensar, para calmarse. Así que empezó a caminar a paso lento, bordeando el lago Arrowhead. A pie tardaría cerca de una hora en llegar, pero por el momento lo que necesitaba era aclarar las ideas, que se le pasase el enfado.

Con la luz pálida de la luna como única guía, continuó avanzando, por las playas de arena y de rocas, a través de árboles y maleza, sin detenerse, decidido a llevar a cabo su propósito. Se acabaron las mentiras. De ahora en adelante sólo le importaba la verdad, por muy dolorosa o desagradable que resultase.

Claire iba a contarle todo lo que le estaba ocultando, fuese lo que fuese.

Sudoroso, vio la luz en la planta baja de la vieja casa. Había dejado atrás la cuadra y los prados donde los caballos, al notar su presencia, habían resoplado para después seguir pastando. Con el certificado de nacimiento ardiéndole en el bolsillo, se dirigió por el césped hacia el camino que llevaba a la puerta de la casa. Sin embargo, al aproximarse, unas voces llamaron su atención y se dirigió hacia el porche trasero, donde vio a las tres hermanas. Estaban sentadas alrededor de una mesa con una única vela que apenas alumbraba.

Kane estuvo a punto de saludarlas, pero se dio cuenta de que una de las mujeres estaba llorando en voz baja. Se quedó inmóvil. Ninguna de ellas le había visto aún, dado que la noche era oscura y un seto le proporcionaba escondite. Los niños no estaban por allí. Kane supuso que ya estarían en la cama, durmiendo en sus habitaciones, puesto que ya era más de medianoche.

–¿Estás segura de que era Hunter? – preguntó Claire.

Su voz penetró en Kane como ninguna otra lo hacía.

–Sí, sí. – Miranda sorbió-. Su ropa, su anillo… -sollozó. A continuación se recuperó.

La cabeza de Kane daba vueltas. ¿Hunter? ¿Hunter Riley?

–¿Así que nunca se fue a Canadá? – preguntó esta vez Tessa

–No creo. No sé -Miranda iba retomando el control. Por la mente de Kane

rondaban numerosas preguntas.

¿Había vuelto a la ciudad?

–Quienquiera que le matase, no quería que le encontraran nunca.

¿Matarle? ¿Riley había muerto?

Kane no movió un solo músculo. Se sintió culpable por escuchar a escondidas, no podía irrumpir en aquella conversación privada, pero tampoco podía dejar de escuchar.

–¿Piensas que fue asesinado? – preguntó Claire, incrédula.

–Por supuesto. Gozaba de buena salud, y aunque la policía no sepa cómo…

cómo murió, le enterraron en el bosque y nadie supo nada de él durante…

¿cuánto? Quince, no, dieciséis años.

–Por Dios -dijo Tessa.

–Oh, Randa, lo siento mucho -suspiró Claire.

–Sólo una persona sabe lo que sucedió. – La voz de Miranda se hizo más fuerte y condenatoria-. Weston Taggert me mintió. El día que fui a verle, a preguntarle sobre Hunter. Me contó que estaba en Canadá, trabajando para Industrias Taggert. Y era mentira.

–¿Crees que Weston le mató? – preguntó Tessa mientras encendía un cigarrillo. La llama del encendedor le iluminó el rostro. También tenía los ojos empañados en lágrimas.

–O sabe quién lo hizo.

–Todo esto es horroroso. – Tessa expulsó una columna de humo hacia el tejado del porche y el aroma a tabaco llegó hasta Kane-. ¿Qué podemos hacer?

–Ir a la policía -dijo Claire convencida.

Kane podía ver su rostro a través de las ramas del seto: medio a oscuras a la luz de la vela, seguía igual de bello.

–No sé si podemos.

–¿Por qué no? Mira, Randa, estamos hablando de asesinato. Y según lo que sabemos, lo hizo Weston.

–Hay algo más -dijo Miranda-. Vi un objeto no muy lejos del cuerpo.

Kane, maldiciéndose en silencio, continuaba escuchando.

–¿Qué? – preguntó Tessa.

–Un cuchillo. Ya lo había visto antes.

–¿Era el arma del crimen? – Tessa dio una profunda calada al cigarrillo, cuyo extremo rojo intenso brilló en mitad de la noche.

–No lo sé. Pero era el cuchillo de Jack Songbird. Aquel que nadie pudo encontrar después de su muerte.

–¿Así que piensas que Jack mató a Hunter? – La creativa mente de Tessa ya estaba llegando a sus propias conclusiones.

–No, no. Hunter aún estaba vivo cuando enterraron a Jack, pero… pero quienquiera que matase a Hunter, probablemente mató a Jack.

¿Y a Harley Taggert? Kane tenía la mandíbula tan tensa que le dolía. ¿Qué demonios estaba sucediendo allí? Debería interrumpir repentinamente a las hermanas, ordenarles que le contasen la verdad. Sin embargo, no podía invadir su privacidad y dolor.

Claire se inclinó y tocó a Miranda en el hombro, y Randa, siempre la dura del grupo, pareció hundirse. Un lamento suave de profundo duelo escapó de su garganta.

–Yo le quería. – Randa sacudió la cabeza y se envolvió el torso con los brazos, como si intentara autoprotegerse. La fiscal dura había desaparecido y había dado paso a una mujer angustiada y triste-. Le quería más de lo que pensaba que era posible -musitó.

–Lo sé -susurró Claire.

–El amor duele. – Tessa expulsó el humo de su cigarrillo. Luego apagó la colilla en una bandeja situada sobre la mesa.

–A veces -asintió Claire, y respiró hondo-. Esta nueva investigación seguro que lo reabrirá todo, sabéis, todo el caso de Harley Taggert, el de Jack y el de Hunter.

Tessa resopló.

–Kane Moran y Denver Styles ya se han encargado de eso. Dios, ese Moran es como un grano en el culo, y Styles… ese tío me da escalofríos. Nunca sabes en qué está pesando.

–A mí Weston Taggert me da escalofríos -dijo Claire.

–Amén. – Miranda cerró los ojos y empezó a balancearse ligeramente, como si tratase de consolarse.

–De acuerdo, escuchad. Todo lo que sucedió aquella noche va a salir a la luz. Kane, Denver Styles y papá no son los únicos que están interesados en que así sea -dijo Claire.

–Claire tiene razón -comentó Miranda, su voz tenía un tono catastrófico-.

La gente empezará a preguntarse qué sucedió.

–Y Ruby y Jack Songbird empezarán a molestar acerca del cuchillo de Jack.

Periodistas de todo el país y rivales en la carrera de papá como gobernador, e incluso los ciudadanos que recuerden lo sucedido aquella noche, comenzarán a hacer preguntas, a meter sus narices. Van a descubrir la verdad.

–Oh, Dios -susurró Tessa y empezó a temblar.

–Nos ceñiremos a la historia. – La voz de Miranda volvía a sonar calmada.

Volvía a tomar el control de la situación.

–Pero la historia carece de fundamento -Claire estaba de pie, paseando por el porche. Su silueta oscura se reflejaba en las ventanas iluminadas, caminando de un lado para otro-. Y yo ni siquiera sé qué pasó aquella noche.

Kane sintió una sensación de alivio. Claire no había tomado parte en aquello, fuese lo que fuese. «Pero te mintió, ¿no? ¡Sobre tu hijo!»

Claire tocó a Miranda por el hombro de nuevo.

–Nunca me contasteis lo que sucedió.

–Es mejor que no lo sepas -dijo Miranda, mientras Claire continuaba paseando.

–¿Bromeas? Me he vuelto loca durante años, preguntándome por qué estábamos mintiendo, intentando imaginarme lo que sucedió. – De repente se detuvo y se arropó con los brazos, como si intentara proteger su corazón de la verdad.

Kane expulsó aliento. No había asesinado a Harley. No es que Kane hubiese pensando alguna vez que Claire hubiera tenido algo que ver, pero sabía que le había mentido. A él y al mundo entero. Sin embargo, Claire ni siquiera sabía por qué.

–Es… es por mi culpa -dijo Tessa, con voz débil.

–No, Tessa, no…

–Cállate, Randa. Aceptaste la responsabilidad de todo esto por protegerme.

«¿Tessa? ¿La asesina?»

Tessa metió los dedos de ambas manos entre su pelo rubio y corto.

–Aquella noche estaba borracha e iba con Weston. Estábamos en la casita de la piscina cuando Randa entró y se puso histérica al vernos.

–Debí haberlo matado -dijo Randa.

–Randa ya había intentado hacer que rompiese con él. Me había dicho que Weston era un perdedor. Pero aquella noche yo había bebido mucho y cuando él vino a verme… Oh, mierda, era una imbécil, siempre yendo detrás de él, ya sabes.

Claire no hizo ningún comentario, sólo se quedó mirando a su hermana pequeña.

–No pude soportarlo -le comentó Miranda-. Weston casi me había violado aquella noche en su oficina. Conseguí librarme de él dándole un rodillazo en la entrepierna. Así que cuando le vi con Tessa… enloquecí. Intenté separarles y Weston… decidió darme una lección, así que… Oh, Dios…-su voz tembló-…así que cuando le ataqué se desabrochó el pantalón y… y…

Claire, me violó tan brutalmente que yo…

–Perdió al bebé -susurró Tessa.

Kane apretó el puño. Se le hizo un nudo en el estómago.

Claire se quedó paralizada.

–¿Perdiste al bebé?

–Estaba embarazada de Hunter.

–¡Oh, Randa! – Claire avanzó hacia la silla de Randa, cayó de rodillas y abrazó a su hermana fuertemente-. Yo… lo siento tantísimo.

–Eso no es todo -añadió Tessa-. Yo me quedé allí mirando cómo lo hacía.

Estaba demasiado borracha, demasiado aturdida para hacer algo, excepto mirar cómo la golpeaba, le arrancaba la ropa, la echaba en el sofá, le bajaba las bragas y… y… Oh, Randa, lo siento, no sabes cuánto, cuánto lo siento.

–Shhh.

A Kane le entraron arcadas y pensó que estaba a punto de vomitar. Si volviese a ver a Weston Taggert se encargaría personalmente de darle una paliza a aquel cabrón, y luego acabaría con su vida. Pero todavía no había acabado.

–Estaba… estaba tan alterada, que cuando pude mover las piernas fui a por Weston -dijo Tessa-. En cuanto llegué a su casa, le vi salir otra vez. –

Respiró hondo y con dificultad-. Le seguí hasta el puerto deportivo.

–Oh, Dios.

–Tessa, no -dijo Miranda, con los ojos completamente abiertos-. No es una buena idea.

–Pero es la verdad, maldita sea. Pensaba que estaba siguiendo a Weston en dirección al barco, pero estaba oscuro y yo iba borracha y… y él parecía distinto. Supongo que confundí a Harley con Weston, así que le golpeé con una piedra que había cogido. Él se dio la vuelta… y era Harley y… cayó por encima de la barandilla. Yo no quería… no quería… -Empezó a llorar y a toser-. Le vi intentando luchar para no hundirse, agitándose pero… pero…

no podía nadar. Era como si estuviera atrapado y… y… Oh, Dios… salí corriendo. Le dejé allí. Yo… yo…

–No -susurró Claire, con la voz quebrada por el dolor-. No. No. No.

–Me la encontré volviendo a casa, atontada. Aún llevaba la piedra -

interrumpió Miranda, con la voz sorprendentemente tranquila-. Me contó lo ocurrido. Yo hice una llamada anónima a la policía desde una cabina, pero la policía ya se había personado porque el dueño de otro barco había visto el cuerpo. Entonces me dirigí con el coche hacia casa y fue cuando te encontramos.

–¿Y la sangre de tu falda era por el bebé?

–Sí -susurró Miranda-. El bebé de Hunter.

–¿Y qué… qué pasó con la roca con la que Tessa golpeó a Harley?

–No lo sé. Me deshice de ella cuando paramos el coche para decirte que Harley había muerto. ¿Te acuerdas de aquel tramo de la carretera?

Claire asintió con la cabeza. Tenía el rostro pálido como la muerte, y el gesto desencajado por el horror. No tenía ni idea de lo que le estaban contando sus hermanas.

–La lancé hacia el bosque.

Claire se puso de pie y corrió hacia el extremo opuesto del porche. Una vez allí, se apoyó en la baranda y vomitó todo lo que llevaba en el estómago.

Lloraba y seguía vomitando desesperadamente.

Mientas tanto, todo lo que podía hacer Kane era permanecer escondido entre las sombras. Quería correr hacia ella, estrecharla entre sus brazos, consolarla. A pesar de sus mentiras. A pesar de todos los años y todas las circunstancias que les habían separado. Pero no podía.

Tampoco podía escribir la historia sobre la muerte de Harley Taggert. Ahora no, cuando conocía la verdad. Podría arruinar demasiadas vidas inocentes.

La venganza personal contra Dutch Holland había acabado. Así debía ser.

Dutch, el cabrón, era el padre de Claire y también el abuelo de su propio hijo. Kane, cobijado bajo la sombra del seto, decidió que destruiría todos sus archivos. Si las hermanas querían delatarse, allá ellas, pero él no lo haría ni llevaría a Tessa ante los tribunales. Si Weston Taggert era realmente el asesino de Jack y Hunter, pronto se descubriría.

En cuanto a Claire y a sus mentiras sobre Sean, tenía que hablar con ella en otro momento. Kane vio cómo Miranda echó de repente la silla para atrás y se dirigió hacia Claire.

–Todo irá bien -susurró, mientras las dos hermanas se abrazaban.

–Pero ¿qué pasa con Weston? – dijo Tessa-. No podemos dejar que se libre de todo esto.

Miranda tenía una expresión seria.

–La policía se dará cuenta de que falseó los documentos laborales de Hunter. Atarán cabos. Además, he estado investigando con la ayuda de un amigo del departamento, Frank Petrillo. Alguno de los negocios de Weston, en particular el que intenta cerrar con una tribu para abrir un casino, no está en regla. Así que va a tener más problemas con la justicia de lo que jamás hubiese pensado. Aunque eso ya no importa.

–Claro que importa -dijo Tessa, con tono distante-. Tiene que pagar.

–Shh. No hables así -le pidió Miranda-. Y ten esperanza. Sé que es difícil, pero las cosas acabarán saliendo bien.

–Nunca irán bien -dijo Tessa.

Kane, con sentimiento de culpa sobre los hombros por escuchar a escondidas como un vulgar fisgón, se escabulló en dirección al camino que bordeaba el lago. Sin embargo, pudo escuchar la voz de Tessa tras él.

–Pienso que estamos condenadas -continuó como absorta-. Cada una de nosotras.

OceanofPDF.com