Susurros

Lisa Jackson · Capítulo 23 de 37

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Susurros

Capítulo 22

Oyó pisadas de botas. Aquellos pasos, que hacía crujir la gravilla, le retumbaron en el cerebro. Ojalá pudiese ver a Kane en aquel preciso momento, hablar con él, abrazarle… Empezó a llorar justo cuando les ayudaron a salir del coche. Una docena de espectadores las observaban. Las guiaron a través de la multitud y los médicos las examinaron mientras llegaban más agentes al lugar de los hechos.

Claire apenas era consciente de que había una persona cercando la zona con una cinta amarilla. También vio aparecer, como si lo contemplara desde lejos, una enorme grúa. Mezclado con el ruido, oyó el monótono zumbido de una motocicleta.

Se dio la vuelta hacia la carretera, pero el motorista solitario pasó de largo.

La enorme máquina apenas redujo la velocidad cuando el agente le hizo signos con la mano.

¿Era Kane? Claire retorció las manos bajo la manta húmeda.

–Menuda noche -dijo un agente al otro-. Primero el chico de los Taggert, ¡y ahora esto!

Claire se estremeció al volver a la realidad en aquel lugar, lejos de sus fantasías de Kane Moran.

Harley había muerto y, en cierto modo, ella había sido la responsable. Fuese lo que fuese lo que hubiese ocurrido tras dejarle en el barco, había sido a causa de su ruptura con él. Lo sabía. Harley, el dulce Harley, podía no haber sido el amor de su vida, a pesar de creerlo así en una ocasión, pero no merecía morir.

Capítulo 22

Claire no lograba conciliar el sueño. Daba vueltas en la cama mientras imágenes de Harley y Kane le ardían en la mente. Había pasado la noche llorando en voz baja o tumbada con los ojos secos y entumecidos por el llanto.

Miró el reloj y escuchó el crujido de su casa con la tormenta de fondo. En algún lugar, una rama golpeó contra una ventana. La lluvia chapoteaba ruidosamente en las cañerías hasta que, antes de que amaneciera, de pronto dejó de llover.

No había podido dormir. En su mente se repetían las últimas tres horas como un disco rallado en el que sonaban las mismas notas una y otra vez.

Después de que un médico las examinara y de que varios ayudantes del sheriff las interrogaran, soltaron a las hermanas Holland y pudieron volver con sus padres, quienes tuvieron que regresar a Chinook desde Portland.

Dominique, llorando, las mimó y su padre les prometió el mejor abogado de la costa oeste. Nadie, ni siquiera el maldito Neal Taggert, iba a vencerles.

Dutch dijo a las chicas que creía en lo que le habían contado, que por supuesto ninguna de ellas había matado al chico de los Taggert. Sin embargo, en las palabras de su padre faltaba convicción y empatía. La muerte de Harley no era más que otro obstáculo en la desordenada vida de Dutch.

Cuando Claire se acurrucó en el asiento trasero del Lincoln de su padre, pudo percatarse de la mirada severa e intransigente de Dutch reflejada en el espejo retrovisor. Claire se dio cuenta de que la preocupación de su padre no se debía a la pena producida por la pérdida de una vida joven, sino por el escándalo que envolvía a sus hijas. Sólo le importaba lo que los accionistas de Stone Illahee y de los demás terrenos pudiesen pensar.

Claire recordó el atractivo rostro de Harley y sus ruegos para que no rompiera el compromiso con él. «No puedo perderte. Lo daría todo por ti.

Todo. Por favor, Claire, no… No me digas que se acabó.»

Las lágrimas empezaron a recorrerle el rostro.

–Harley -musitó.

Jamás había querido hacerle daño. Y ahora estaba muerto. Le habían encontrado, según había oído decir en la oficina del shenff, flotando boca abajo en la bahía, víctima quizá de un accidente, un suicidio o un asesinato.

¿Suicidio? Por Dios. Claire rogó para que no fuera así. ¿Asesinato? ¿Quién podría odiarle tanto para matarle?

Miranda tenía restos de sangre en la falda; Tessa estaba casi catatónica.

Ambas habían estado en el embarcadero y ambas necesitaban una coartada.

«Oh, Harley, ¿qué he hecho?»

Cerró los ojos con fuerza e intentó apartar la imagen de Harley de su mente.

No podía pasar el resto de su vida sintiéndose culpable porque él hubiese muerto la misma noche en que habían roto su compromiso. Sin embargo, en lo más profundo de su corazón, sabía que innumerables dudas la acompañarían el resto de sus días.

Se incorporó hasta sentarse y se tapó la cara con las manos. Aquello no la ayudó. Recordó a Kane, alto y de facciones duras, vistiendo aquellos vaqueros desgastados y aquella cazadora de piel negra. Se sentía atraída por su rudo rostro, sus ojos de color dorado intenso y su voz ronca.

«Me gustaría hacer cualquier cosa y todo lo que pudiera contigo. Me gustaría besarte y tocarte y dormir contigo entre mis brazos hasta mañana.

Me gustaría recorrer con mi lengua tu cuerpo desnudo hasta que te estremecieras de placer y, más que nada en este mundo, me gustaría hundirme en ti y hacerte el amor durante el resto de mi vida… Y, créeme, yo nunca, nunca te trataría como te trata ese cabrón de Taggert.»

No pudo aguantar un minuto más. Se destapó y se quitó el camisón. En silencio, se puso un pantalón vaquero que había dejado al borde de la cama y una camiseta que había tirada y arrugada en el suelo. Se puso como pudo

un par de calcetines limpios y cogió las botas con las manos sudorosas.

Dejó atrás la habitación de Tessa, completamente cerrada, y la de Miranda, por cuya rendija se colaba la luz de una lámpara de noche, alumbrando con su rayo la alfombra desgastada del pasillo. Despacio, Claire echó una ojeada al interior de la habitación. Miranda estaba sentada en la repisa de la ventana. Tenía las rodillas escondidas debajo del camisón y se abrazaba las piernas con ambos brazos. Contemplaba el lago como ausente. Sus ojos eran el espejo de la tristeza que inundaba su alma, una tristeza que Claire nunca antes había visto.

Entró sigilosamente en la habitación.

Miranda dirigió la mirada hacia ella.

–¿Qué haces?

–Voy a salir a dar un paseo.

–Ya no hay luz.

–Lo sé, pero volveré pronto -susurró Claire-. No puedo permanecer en la cama ni un minuto más.

De repente se sintió incómoda y fuera de lugar en aquella habitación triste y sombría, cuyas paredes de madera estaban cubiertas de estanterías por todas partes.

–¿Qué te pasó anoche? – se atrevió a preguntar, a la vez que avanzaba a través de la habitación y apoyaba la cadera en el extremo de la repisa de la ventana que quedaba libre.

Miranda lucía una sonrisa sin sentimiento. Su rostro estaba pálido. Una expresión de tristeza le empañó los ojos, lo que la hizo parecer mucho mayor.

–Crecí.

–¿Qué quieres decir?

–No lo querrías saber. – Volvió a mirar por la ventas na-. Y tampoco se lo querrías contar a nadie.

–Tenías… tenías sangre en la falda.

Randa asintió y deslizó los dedos por el marco de la ventana abierta.

–Lo sé.

–¿Era tuya?

–¿Mía? – susurró-. En parte sí.

–Oh, por Dios, Randa. ¿No me vas a contar qué sucedió?

Miranda miró a su hermana mediana con aspereza, parecía mucho mayor de lo que era en realidad.

–No, Claire -dijo convencida-. No se lo voy a contar a nadie. Tengo dieciocho años, ¿recuerdas? Soy adulta. Puedo tomar mis propias decisiones.

«Y el tribunal de Oregón también te considerará adulta. Por cualquier acto ilegal que hayas realizado te enviarán a prisión en lugar de a un reformatorio.» Claire no le dijo lo que pensaba. No hacía falta decírselo.

–Sólo recuerda nuestro pacto. Cíñete a nuestra historia. Todo saldrá bien.

Aquellas palabras sonaron horribles, pero Claire no discutió. Pasó de largo por la habitación de sus padres, de donde pudo oír los fuertes ronquidos de su padre y el tictac del antiguo reloj de cristal de Dominique.

Sigilosamente, igual que un gato persigue a un pajarillo, Claire bajó las

escaleras y cruzó la cocina. Por primera vez desde la muerte de Jack, dio gracias a Dios porque Ruby no estuviese allí, ya que en ocasiones llegaba a casa a las cinco de la mañana.

Fuera, el sol estaba a punto de poner fin a la noche. El amanecer era fresco, como consecuencia de la tormenta de la noche anterior, presente aún en los charcos y en las ramas esparcidas por todo el jardín. El aire olía a limpio y la bruma sobre el lago empezaba a desaparecer.

Claire entró en el establo, colocó las bridas sobre la cabeza de un sorprendido Marty. Condujo al caballo hacia un prado y abrió la verja. Se montó en su lomo desnudo y comenzó a trotar.

El caballo al principio se resistió, pero una vez que Claire lo montó y le presionó ligeramente con las rodillas en las costillas, el caballo respondió, tomando el sendero habitual, salpicando sobre los charcos y saltando por encima de algunos troncos caídos.

Imponentes árboles octogenarios, con sus abundantes ramas, se cernían sobre sus cabezas, dejando penetrar en el bosque muy poca luz del sol matutino.

–Vamos, vamos -ordenó bordeando el sendero.

Subía cada vez más, dejando atrás un peñasco con pinturas rupestres. Se dirigían hacia la cresta del risco, el lugar sagrado y mágico para los nativos americanos, el lugar donde Kane había acampado en anteriores ocasiones.

El caballo tomó una curva. Claire se lamió los labios nerviosa. Examinaba los troncos ennegrecidos por la lluvia.

Su corazón se aceleró bruscamente, anticipándose a los hechos. Llegó al claro del bosque y divisó a Kane apoyado en la corteza musgosa de un árbol. La sombra de la barba le oscurecía el mentón. Tenía el pelo revuelto y despeinado. Llevaba aquella estropeada chaqueta de piel y unos Levis gastados y descoloridos. Un cigarrillo se consumía lentamente entre sus

dedos.

Los ojos de Claire se empañaron con lágrimas de liberación a la vez que disminuyó el paso.

Una hoguera apagada desprendía un rizo de humo. Había una lona situada entre dos árboles para proteger la motocicleta y el petate.

–¿Me buscabas? – preguntó calmado. Sus labios delgados apenas se movieron. Sus ojos, tal y como Claire los recordaba, eran del color intenso del buen güisqui.

A Claire se le rompió el corazón.

–Sí -contestó.

–Pensé que vendrías, por eso te esperé.

Lanzó el cigarrillo al fuego y se acercó a ella. Claire desmontó en un instante y corrió a través del terreno irregular hasta echarse en los brazos de Kane. Lágrimas corrían por sus mejillas. Lo único que quería era abrazarle.

Abrazarle para siempre y no separarse de él nunca.

Kane la rodeó con los brazos, ofreciéndole cálido refugio, prometiéndole, sin decir palabra, que todo saldría bien.

–Me he enterado de lo de Taggert.

Claire emitió un llanto prolongado de dolor y volvió a la realidad.

–Dios, Kane, ha sido por mi culpa.

El cuerpo de Kane se endureció.

–¿Por tu culpa?

–Rompí el compromiso. Le devolví su anillo -sollozó. Las palabras fluían de su boca a toda prisa, igual que al agua fluye de una presa desbordada-.

Abajo, en el embarcadero. Él estuvo bebiendo en el barco y… yo le dejé allí.

–Shhh -Kane le besó la coronilla y el aroma a tabaco, cuero y almizcle la envolvieron en una agradable nube-. No ha sido culpa tuya.

–Pero estaba enfadado y… y… le dije al vigilante nocturno que le vigilase… pero…

–Pero nada -la cogió de la mano y la llevó a la tienda de campaña situada bajo la empapada lona. El suelo estaba seco. Continuaba abrazándola, ofreciéndole su apoyo-. Todo va a salir bien.

–¿Cómo? Está muerto, Kane. ¡Muerto! – Sollozos entrecortados escaparon de su garganta mientras golpeaba sin fuerza la cabeza contra el pecho de Kane.

–Y tú estás viva. No te dejes vencer, princesa.

–No me llames…

–De acuerdo. Aguanta. Estoy aquí, Claire. Sabías que estaría esperándote,

¿verdad?

Por supuesto que lo sabía, por eso había ido hasta allí. La culpa inundaba con creces su alma al descubierto.

–Es sólo que… no le amaba lo suficiente. – Sorbió y retiró la cabeza para poder mirar a Kane a los ojos-. Por ti.

–Tú no tienes la culpa -su mirada descendió hasta sus labios. Tenía los ojos rojos y húmedos, la piel con manchas-. Tú no hiciste nada malo, Claire.

Nada.

Claire supo que iban a besarse. Él acercó su cabeza a la de ella y sus labios se fundieron. No fue un beso delicado, sino que la besó con una pasión y excitación que Claire jamás había sentido. Los labios, deseosos e impacientes, pedían más. Kane la abrigó con sus fuertes brazos hasta el punto que Claire no pudo ni respirar ni pensar. El dolor poco a poco dio paso al deseo. Una profunda sensación empezó a palpitar en su interior.

Kane bordeó con su lengua los labios de Claire, quien abrió la boca ofreciéndosela a él, a su cuerpo y a su alma, permitiendo que el viento se llevase su prudencia, consciente de que Kane pronto se iría.

En alguna parte de su cerebro, Claire supo que besar a Kane era una equivocación, que se encontrada demasiado afectada emocionalmente para tomar decisiones correctas, pero no le importaba. Kane era cálido y le hacía sentirse bien. La tocó con sus manos ásperas. El interior de Claire desprendía una sensación húmeda y ardiente.

Los dedos de él toparon con el dobladillo de la camiseta de ella. Empezó a tocarle la espalda, siguiendo con sus dedos la curva de su columna vertebral, transmitiéndole su deseo a través de la sangre, apagando su pena y su dolor, alojada sólo en la parte más superficial de su conciencia.

Mientras Kane gemía, descubrió que Claire no llevaba sujetador. Acercó las manos a sus senos y los acarició. Yacían el uno junto al otro sobre el petate, con las piernas entrelazadas. Claire notó el sexo duro de Kane a la altura de la bragueta, la presión que la erección ejercía contra sus piernas debajo de aquel pantalón vaquero.

Kane le quitó la camiseta y contempló sus pechos. A continuación, elevó la vista, sus ojos oscuros de deseo. Un músculo le palpitaba en la sien.

–Eres más hermosa que… que…

Juntó sus senos y frotó los pezones con el dedo pulgar. La pasión dominó a Claire. Estaba excitada, salvaje, descontrolada. Gemía mientras él le besaba los labios. Kane descendió, lamiéndole el cuello y el esternón.

Seguidamente alcanzó sus senos y los mordisqueó dulcemente.

–Kane -le llamó ella, excitada.

Él le puso las manos sobre las nalgas. Tenía los dedos rígidos y deseosos.

En el exterior, los árboles comenzaron a agitarse. Claire sintió cómo un calor húmedo se arremolinaba en los lugares más recónditos de su feminidad. La barba de Kane era áspera, su lengua húmeda, sus manos firmes, cuyos dedos presionaban contra los glúteos de Claire. Colocado sobre ella, su pene estaba duro como una piedra, le latía al ritmo de la lujuria.

«¡Esto está mal! No le quieres. Ni siquiera le conoces. Piensa, Claire, ¡se está aprovechando de ti!», le gritaba una voz en su cabeza, pero no le hacía caso. No la escuchaba. Sumergida en una corriente de pasión, alargó sus brazos y le quitó a Kane la chaqueta. A continuación se dispuso a hacer lo mismo con la camiseta.

Cuando Kane se deshizo de la camiseta, Claire pudo comprobar a la luz del sol, situado por encima de las cumbres del oeste, el musculoso pecho de Kane. Empezó a palpárselo.

–Estás jugando con fuego, cariño… -le advirtió.

Pero ella no se detuvo. Continuó contemplando su físico, fascinada. Kane sintió un escalofrío cuando Claire le acarició el pezón plano con la punta de los dedos.

–Claire… no pares… yo no puedo… -Su tono era serio-. ¿Sabes lo que me estás haciendo?

–¿Qué?

–Todo -admitió.

Alcanzó la cinturilla del pantalón de Claire. Con un movimiento rápido, le

desabrochó todos los botones. Le deslizó el pantalón por las caderas con sus hábiles manos.

–Claire -le dijo mientras la besaba en el abdomen. Su aliento húmedo y cálido le envolvió el ombligo-. Claire… dime… si no es esto lo que deseas.

–Te deseo a ti.

–Más tarde te arrepentirás.

–No… -¿Iba a rechazarla?-. Te necesito.

Kane emitió un gemido casi animal.

–¿Estás segura?

–Sí… Oh, Dios, sí.

Los dedos ansiosos de Kane hurgaron en la ropa interior de la chica. Apartó el tejido suave de algodón y empezó a tocar a Claire íntimamente, investigando en aquella región oscura y femenina, húmeda de placer en aquel momento.

Claire susurró el nombre de Kane repetidas veces mientras él descendía, deslizándole las bragas por las nalgas, besándole los muslos, lamiéndole las rodillas, abriéndole las piernas tan lentamente que ella creía que iba a morir de tanto placer.

El aliento de Kane excitaba cada una de las curvas de Claire, quien notaba cómo todo su interior se veía envuelto en una espiral de deseo. Una necesidad salvaje de hembra, un fuego sin control le ardía en la sangre, empapando todo su cuerpo en sudor.

–Por favor -gimió ella.

Kane la tocó muy delicadamente al principio, y seguidamente la abrió como

un regalo especial y la besó de manera tan íntima que a Claire se le saltaron las lágrimas.

–Siempre te desearé -le prometió, con el sonido de las olas del mar golpeando sobre las rocas y los latidos de Claire como fondo.

Kane se quitó los vaqueros, sin dejar de acariciarla. Claire se retorcía de placer, pedía más, necesitaba todo lo que él pudiese entregarle. Deseosa, empezó a despegar las caderas del suelo.

–Kane… oh… Ooooooh…

Kane colocó las rodillas de Claire sobre sus hombros y ahondó más profundamente. La tierra bajo sus cuerpos crujía, los árboles sobre sus cabezas se agitaban sin control. El alma de Claire se elevó al cielo, su cuerpo se estremeció y convulsionó.

–Eso es -susurró Kane. El gesto en su rostro evidenciaba que no podía contenerse-. Déjate llevar.

Y así lo hizo Claire. Jadeó y se retorció como si estuviera montando un caballo salvaje de rodeo, mientras Kane le proporcionaba placer con sus manos y lengua. Claire apenas podía respirar, tenía el desnudo cuerpo empapado y sudoroso. Finalmente, Kane se colocó encima de ella y le abrió las piernas con las rodillas.

–¿Qué quieres? – preguntó con voz entrecortada.

–Sólo a ti, Claire. Eres todo lo que siempre he querido.

Y la tomó.

Con un empujón fuerte y un gemido animal, la penetró. A pesar de que Claire estaba agotada, su corazón se aceleró, tomó oxígeno, se movió siguiendo el ritmo de Kane, clavándole los dedos en los hombros, rodeándole la cintura con las piernas.