Susurros

Lisa Jackson · Capítulo 15 de 37

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Susurros

Capítulo 14

–¿Mi oferta? – Entonces recordó-. Ah.

–Eso es -Kendall se puso recta y se volvió para mirarle. Tenía la piel suave blanca como la tiza-. Necesito quedarme embarazada, y rápido.

Weston no pudo evitar sonreír. Sus pensamientos sobre Miranda y Tessa Holland desparecieron.

–Tú me conoces, Kendall -le dijo, caminando tranquilamente por la habitación, observándola como un depredador observa a su presa-. Siempre estoy dispuesto a hacer favores.

Capítulo 14

–Así que por fin es oficial, las dos familias más ricas en todo el maldito estado se van a unir. – Jack Songbird se colgó el rifle al hombro, entrecerró un ojo, y apretó el gatillo. Cayó una lata desde lo alto de una bola de heno, situada a lo lejos en un campo cercano a la playa. El cielo estaba nublado, oscuro, a punto de estallar una tormenta-. Harley Taggert se va a casar con Claire Holland.

A Kane aquella noticia le sentó como un tiro. Se negaba a imaginarse a Claire pasando el resto de su vida con el pardillo de Taggert. Diablos, ¿qué tenía aquel tío aparte de dinero y más dinero?

–Eso sólo sucederá si las dos familias lo permiten.

Kane ya había escuchado aquel rumor local en peluquerías, tiendas de comestibles, grupos de catequesis, tabernas, cafeterías, restaurantes y licorerías. Se extendía con la rapidez de un incendio en un bosque. Había

llegado a todas las pequeñas ciudades a lo largo de la costa.

–¿Y qué pueden hacer?

–Claire es menor. Necesitará la firma de su padre.

–A menos que esperen a que cumpla los dieciocho años.

Todos los músculos del cuerpo de Kane se contrajeron de repente, como la cuerda de un arco. ¿Qué más le daba? Claire Holland podía casarse con quien le diera la gana. No era más que una rica presumida con carácter, y sus sentimientos hacia ella eran completamente estúpidos, un sentimiento colegial que había ido alimentando a medida que pasaban los años. Sin embargo, no podía dar marcha atrás y hacer como si no le importase, cuando se sentía así. Habían pasado casi dos semanas desde la última vez que se habían visto, y pronto se uniría al ejército. El tiempo se le agotaba.

Kane cogió una botella, bebió hasta acabarla y la tiró al suelo. Luego levantó su pistola del calibre 22 y apuntó concentrado. Apretó el gatillo y falló. Jack soltó un whoop que recordaba a los indios de las películas.

–Patético hombre blanco -se burló. Era su broma habitual.

–Sí, veamos cómo lo haces con una flecha y un arco.

–Seguro que mejor que tú. – Miró el reloj y le insultó-. Hijo de puta.

Maldito hijo de puta. – Luego sonrió-. Llego tarde a trabajar.

–No deberías perder la noción del tiempo.

–¿Te gustaría trabajar para Weston Taggert? – Cruzó los labios con una expresión de desprecio, y el odio se hizo palpable en su rostro.

–No.

–A mí tampoco. Precisamente me he peleado esta mañana con mi madre

por ese motivo. Le he dicho que lo iba a dejar, y ella me ha dicho que nunca encontraré otro trabajo por aquí. Hice que llegara tarde a trabajar. Tío, ¡no veas cómo se cabreó! – Se apartó un mechón de pelo color azabache de la cara y con una expresión pícara contrajo las marcadas facciones de su rostro.

–¿Sabes qué necesita Weston Taggert?

–Se me ocurren muchas cosas.

–Alguien debería entrar por la noche en su cuarto y asustar a ese jodido cabrón arrancándole parte de la cabellera, al menos el pelo. Por pura diversión.

Seguidamente apuntó y pegó tres tiros seguidos, los cuales rozaron dos latas e hicieron pedazos una botella.

–Buen ojo -comentó Kane, admirando la obra de Jack. En el suelo había tres botellas hechas pedazos y las numerosas latas que habían derribado.

–Estaba imaginando que apuntaba a la horrenda cara de Taggert.

«No eres el único», pensó Kane mientras se quedaba quieto para apuntar a la última botella, sin embargo, no llegó a apretar el gatillo.

–Ten cuidado con lo que dices por aquí.

–Sí, podría llegar a sus oídos, por mi hermana. – Jack vio un halcón volando en círculos y apuntó hacia él, como si quisiera pegarle un tiro-. No alcanzo a entender por qué se empeña en ser la puta de ese cabrón. – La afilada lengua de Jack era cruel-. Sólo la está utilizando.

–Utiliza a todo el mundo.

–Quizá yo debería empezar a follarme a su hermana pequeña, a ver qué tal sienta.

–Sólo es una cría, y graciosa. Es un bicho raro.

Según Kane, Paige Taggert estaba loca, pero en realidad qué iba a saber él, si sólo era un trozo de basura blanca y pobre. Basura blanca pobre enamorada de una de las princesas de la localidad. Si hubiese tenido una pizca de sentido común, habría dejado la ciudad en aquel mismo instante.

Habría insistido en unirse al ejército esa misma semana, en lugar de esperar… ¿a qué? Echó un vistazo al cielo a punto de llover y sintió el mismo mal presentimiento que había tenido durante toda la semana.

Jack seguía despotricando.

–Sí, bueno, Crystal también es una cría, pero bien que se acuesta con ella y no le importa que sea menor cuando se la tira.

–Crystal se dará cuenta.

–O la dejará preñada -refunfuñó Jack, mientras Kane pegaba otro tiro a la última botella.

Ni la rozó. Aquella botella se estaba burlando de él.

–Deberías dejarlo -dijo Jack, alzando el rifle y disparando. La botella se rompió y los trozos cayeron al suelo-. No eres bueno en esto. – Se colgó el rifle a la espalda y empezó a caminar apresuradamente por el campo-. Nos vemos luego. Con un poco de suerte quizá me despidan.

–Tú no te vas a casar con nadie, y menos con un Taggert. Y no hay más que hablar -dijo Dutch en la mesa del comedor.

Sus labios apenas se movieron. Estaba irritado y la cólera le palpitaba bajo la mandíbula.

–Demonios, estoy sólo dos días fuera de la ciudad ¿y qué sucede? A ti -

miró a su hija menor con ojos azules y fríos- te ven bebiendo, bebiendo, a ti, cuando tienes seis años menos de lo permitido, en el complejo, mi complejo, y encima, más tarde, con Weston Taggert, y tú -centró su atención de lleno en Claire de nuevo, con actitud severa- eres lo bastante estúpida para pensar en casarte con el mayor imbécil de esa maldita familia.

Apartó el plato en un arrebato de furia. La salsa de carne de ternera salpicó el mantel de lino. Se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta para coger un puro.

–Por el amor de Dios, Benedict, contrólate. – Dominique tenía el rostro tenso y blanco, con la boca arrugada por el disgusto-. Al menos los hijos de Taggert poseen respetabilidad.

–Querrás decir dinero -corrigió Tessa.

Miranda deseó que su hermana pequeña cerrara el pico. Cuando su padre estaba de aquel humor no había manera de hablar con él.

–No hay la más mínima respetabilidad en esa apestosa familia. – Dutch estaba en pie, con el puro entre los dientes-. Sabía que esto sucedería,

¿sabes? – le dijo a su mujer, mientras descansaba una mano en el picaporte de las puertas francesas. El puro se movía en su boca-. ¿No te lo dije?

Cuando cada una de ellas nació. Problemas.

–Tú querías hijos varones -dijo Dominique, mostrando rechazo y desilusión en sus palabras.

Claire se mordió el labio superior, Tessa hizo un gesto con los ojos y Miranda, que ya había escuchado aquella discusión en otras ocasiones, empezó a sentir dolor de cabeza.

–Pues claro que quería hijos. Grandes y robustos muchachos que heredaran todo por lo que he trabajado. Yo provengo de una familia de hombres, Dominique.

–Esto no tiene que ver con ella -le interrumpió Tessa.

–Claro que sí. Con todas vosotras. Me siento como pez fuera del agua en mi maldita casa. ¡Chicas! He estado a punto de enviaros a un internado.

Demonios, a vuestra madre le encantaría que estudiarais en Suiza, o en la puñetera Francia, y, creedme, os mandaré a las tres al extranjero si escucho algo más acerca de casaros con un Taggert.

–Pero… -dijo Claire, levantándose de la silla.

–No estoy bromeando. Ponme a prueba y cogerás el primer vuelo que te saque de Portland.

–¡Yo le quiero! – declaró Claire, temblorosa, enfrentándose a su padre, desafiándole por primera vez en su vida.

Miranda deseó darle una patada a su hermana por debajo de la mesa para hacer que se callara. Aquel no era el momento. Debía dar a su padre tiempo para que se le pasara.

–Que le quieres -murmuró Dutch-. ¿Amor? Y supongo que él también te quiere.

–S… sí-dijo ella, tragando saliva con dificultad.

–¿Y por eso sigue yendo detrás de la hija de los Forsythe?

–¿Qué?

–Dutch, no -dijo Dominique.

–Claire debería saber con quién está tratando. He hecho que uno de mis hombres de seguridad vigile a Harley Taggert, porque sospechaba que algo así podría suceder.

Miranda se quedó helada.

–Eso es. Y tu preciado Harley, el mismo hipócrita que te dio ese puñetero anillo, te ha estado engañando.

–¡No!

Dutch sacudió la cabeza ante la negativa de Claire.

–Por supuesto que es verdad. Pero tú estás demasiado enamorada como para percatarte de lo evidente. Igual que Weston -dijo, mirando de reojo a su hija pequeña-, es tan fiel como un perro sarnoso detrás de una perra en celo. Ese tipo no puede dejar de bajarse los pantalones, así que las dos, manteneos alejadas de los Taggert. Tú, al menos pareces tener algo de sentido común en lo que refiere a los chicos.

Miranda se marchitó por dentro. Ella era la hipócrita. Sus hermanas no se escondían, en cambio ella estaba viendo a Hunter en secreto, por miedo a la reacción de su padre. Estaba harta de seguir en su línea de buena chica.

–Chicas. Mierda. – Meneó la cabeza, y a continuación se calló.

Pero Miranda sabía lo que rondaba por su mente. Había oído las mismas discusiones entre sus padres durante años. Dominique había fallado a Dutch por tener sólo hijas. Ningún hijo. Él le había suplicado, rogado, berreado y exigido que tuviesen otro hijo, pero ella se había negado, afirmando que su último embarazo casi acabó con su vida. No quería arriesgar su salud nunca más por tener otro hijo.

Las peleas nunca habían sido en presencia de las chicas. Miranda pensaba, mientras colocaba los guisantes alrededor del plato, que hasta aquella noche Tessa y Claire no conocían la profunda decepción de su padre por no tener hijos. Miranda no había tenido ese lujo, ya que su habitación estaba al lado de la de sus padres. No había ningún baño enorme ni armario que amortiguara el sonido de las discusiones o el de cuando hacían el amor. Por suerte, esto último era bastante infrecuente. Le ponía enferma la idea de que su madre y su padre estuviesen enrollados desnudos en la cama, haciéndolo,

especialmente después de una de sus peleas. Durante años había oído las quejas de su padre y las respuestas de Dominique, quien decía que el sexo que tenían sus hijas era por su culpa. Obviamente, él no era lo suficiente hombre para engendrar varones en cuatro intentos. Incluso su primer hijo, un bebé que se perdió a principios del segundo trimestre de gestación, había sido una niña.

De pequeña, Miranda se había sentido culpable, como si el hecho de haber nacido mujer fuese culpa suya. Había intentado complacer a Dutch, ganarse su aceptación, ser el hijo que nunca había tenido. Miranda era lista, una estudiante excelente, era la capitana del equipo de debate, trabajaba en el periódico de la escuela, fue admitida en varias universidades de élite, pero, maldita sea, no podía conseguir que le crecieran partes masculinas en su anatomía, y por el hecho de ser mujer sería castigada de por vida.

A los dieciocho años estaba empezando a entender que jamás complacería a su padre. Ningún logro haría que se sintiese orgulloso de ella. Así pues, dejó de intentar satisfacerle e intentó, desde entonces, darse gusto a sí misma. Con Hunter.

Vio a Dutch pegar un portazo con las puertas francesas, lo que provocó un temblor en las ventanas y en los candelabros. La luz de cientos de velas se balanceó en las paredes y se reflejó en las ventanas formando agitados puntos.

Dominique echó una mirada a la silueta de su marido y suspiró, con aquella paciencia que había desarrollado a lo largo de los años que llevaba conviviendo con aquel hombre inestable. Se echó un cucharón de salsa de queso sobre los tacos de patatas y dijo con tranquilidad:

–Dejad que se le pase. Es su forma de ser y no podemos hacer nada para cambiarlo.

–Es un cerdo -dijo Tessa, siempre con el corazón en la mano, sin controlar la rabia.

Dominique levantó las cejas.

–Es vuestro padre. Tenedlo en cuenta.

Tessa frunció el ceño y jugueteó con el agua en su vaso.

–No veo por qué. Podrías divorciarte de él.

–¡Tessa! – chilló Claire-. No lo dices en serio.

–Claro que sí. No es ningún pecado, ¿sabes?

En el fondo, Miranda se preguntaba por qué sus padres continuaban juntos.

–Dije que hasta que la muerte nos separe y así será -dijo Dominique seria-.

Somos una familia.

–¿Y eso significa que tenemos que hacer todo lo que él quiera? Nos dice qué es lo que hemos de hacer y nosotras le hacemos caso. ¿Claire debería dejar a Harley y yo… yo debería dejar mi vida? – Tessa sacudía sus furiosos dedos en el aire, a la vez que miraba con odio hacia su padre, apoyado en la baranda, contemplando el agua, con la punta del puro roja y brillante en mitad de la oscuridad.

–Yo desapareceré antes de que me mande a una escuela a Europa.

–Eso son sólo palabras -dijo Dominique-. Dejad que se le pase.

Claire echó la silla hacia atrás.

–No puede evitar que me case con Harley

–Claro que puede, cariño -dijo Dominique. Su rostro de repente pareció mayor.

–¡Eso son tonterías! No puede decirme qué tengo que hacer. – Tessa apartó

la silla bruscamente y corrió hacia la parte delantera de la casa.

–Tessa me preocupa -continuó Dominique- tan exaltada, y tú -se acercó a Claire, tocándole la mano, con aquellos largos dedos que llevaban el anillo de compromiso- no es bueno enamorarse tan profundamente de alguien.

–¿Por qué no? – preguntó Claire.

Parecía nerviosa y apartó la mano de su madre.

–Siempre deberías reprimirte un poco. Por si acaso.

–¿Por si acaso qué?

–Por si acaso el hombre al que amas no te ama igual a ti.

–Harley me ama -dijo Claire apresuradamente, mientras apartaba la silla de la mesa-. ¿Por qué nadie me cree?

Luego salió de la habitación. En aquel momento Miranda pudo vislumbrar la duda en sus ojos. La preocupación nublaba su mirada.

–Oh, Señor -dijo Dominique una vez que estuvieron solas Miranda y ella.

El sonido de los violines tocando una conmovedora pieza flotaba suavemente por la casa y sustituía el doloroso silencio-. Aprende una lección, Randa. – Sonrió con tristeza- supongo que no hace falta que te hable de este tipo de cosas.

–No, mamá, no hace falta -dijo Miranda, aunque sabía que estaba mintiendo entre dientes.

–Bueno, algún día un chico te tocará de una manera especial y entonces, por el amor de Dios, ten cuidado.

–¿Es lo que te sucedió a ti con papá?

El rostro de Dominique se cubrió con una máscara realmente triste. Miró por la ventana, hacia el porche donde su marido estaba exhalando nubes de humo en aquella noche estrellada.

–No -admitió-, lo cierto es que yo crecí sin dinero, ¿sabes? Tu padre era rico y yo… yo decidí que era mi única escapatoria. Me quedé embarazada.

–¿A propósito? – susurró Miranda, pensando en aquel bebé que murió en el vientre de su madre. La hermana mayor que nunca había tenido.

Dominique se encogió de hombros.

–Hice lo que tenía que hacer, y nunca me he arrepentido. Bueno, excepto en ocasiones como ésta. No entiendo por qué esta familia no se puede sentar sencillamente y disfrutar de una comida civilizada juntos.

Jack Songbird se subió el cuello de la chaqueta vaquera. Se había levantado viento procedente del Pacífico. Se avecinaba una tormenta. Bien. Le gustaban las tempestades. ¡Que lloviese! Estaba algo bebido. Echó una mirada a lo que quedaba de la hoguera. Las brasas rojas y calientes alumbraban aquella noche. Pegó un buen trago a la botella de güisqui y miró al cielo, contemplando unas pocas estrellas visibles a través de las nubes. Allí, en la cumbre, se sentía superior a todo. La ciudad de Chinook a lo lejos brillaba con sus luces artificiales. Pretendían imitar a las estrellas.

En algún lugar, allá abajo, su padre y su madre seguramente se estarían preguntando dónde estaba. Bueno, podían seguir preguntándoselo. Le daba igual.

Ligeramente borracho, sacó una navaja y sonrió. Recordó cómo se había sentido al rayar la pintura de aquel elegante coche con la afilada hoja del cuchillo. Se había sentido bien. Genial. Nunca lo sabrían. Nadie podría probar que él había sido el vándalo. Si sus padres lo averiguasen alguna vez, se morirían de vergüenza. Parecía que aceptasen lo que les había tocado en la vida sin preocuparse demasiado. Tenían amor propio, en su identidad, pero parecían no aceptar la realidad: que se trataba realmente mal

a los nativos americanos. Sus padres parecían defender a sus antepasados y sus costumbres, pero no hacían nada por avanzar. No les indignaba tener que vivir casi al nivel de la pobreza, aceptando los salarios que les imponían gilipollas como los Taggert o los Holland.

Mierda.

No era justo.

Y luego Crystal. Por Dios, ¿en qué estaba pensando? Saliendo con Weston Taggert cuando éste la trataba a patadas. Cómo se estaba echando a perder.

Crystal era lista y guapa. Demasiado buena para Taggert.

Jack bajó la mirada hacia el filo del cuchillo y frunció el ceño. Había estropeado el coche, sí, pero rayarle la pintura había sido un acto de cobardía. Lo que de verdad necesitaba era clavarle a Weston aquel puñal en el pecho, enseñarle a aquel cabrón lo que merecía por tratar a una buena mujer como a una puta. Deslizó la hoja entre los dedos índice y pulgar, probándola. Sabía que nunca tendría las suficientes agallas para matar a aquel cabrón, incluso cuando se había estado beneficiando a Crystal y tratándola como si fuese basura.

«Solamente estás enfadado porque te ha despedido.»

Bueno, en parte así era. Jack volvió a dejar el chuchillo en la mochila.

Seguidamente, dio un buen trago a la botella. Tal vez ahora podría desaparecer de aquel pueblucho, coger su furgoneta y dirigirse al sur. A California. Abandonar Chinook e ir a algún lugar mejor. Pero antes debía echar una meada. Mierda.

Oyó un ruido entre los árboles, justo en la zona donde no llegaba la luz de la hoguera. El vello de la espalda se le puso de punta. Sabía que en las colinas, un poco más arriba, se habían visto pumas y linces, y los osos solían merodear por aquella zona.

Jack ladeó la cabeza y aguzó el oído para oír mejor. Quizá no fuese nada.

Una conejo o una zarigüeya o algún pájaro nocturno… No escuchó nada aparte del sonido del viento, el chisporreteo del fuego y el monótono rugido del océano, que chocaba contra las rocas de la orilla a cuarenta metros de profundidad.

Sólo era su imaginación, nada más. El viento.

Sin embargo… Sintió caer las primeras gotas de lluvia y pensó en marcharse, en volver a casa, en enfrentarse a la furia de sus padres al enterarse de que le habían despedido. Por Dios, a Ruby le daría un ataque, pero su padre se pondría aún peor, le impondría el castigo del silencio. Sí, era el momento de irse.

Mientras se ponía en pie, oyó otro sonido. ¿Pisadas? Se volvió rápidamente.

Le pareció ver movimiento entre las sombras. Jack se quedó inmóvil.

–¿Quién está ahí? – gritó, estrechando los ojos bajo un abeto, lejos del alcance de la luz del fuego.

No hubo respuesta.

Demonios, se estaba volviendo paranoico.

Demasiada bebida, poca comida. Necesitaba volver a la ciudad. Paseó para que se le bajara el alcohol que había ingerido. Admitió que eran imaginaciones suyas. Tambaleándose, caminó hacia el extremo de la cumbre. Allá, imaginaba, era donde habían vivido sus antepasados. Y sobre el mar era donde orinaba siempre que iba a aquel lugar. Se disponía a bajarse la cremallera, cuando escuchó otra vez ruidos. Era el sonido de pisadas corriendo hacia él. Se volvió enseguida. Vio un destello de algo en movimiento. Una piedra de superficie irregular y del tamaño de una pelota de béisbol le golpeó en la frente. ¡Crac! El punzante y cegador dolor le invadió el cráneo. Se tambaleo hacia atrás y resbaló con las botas en el fango, mientras buscaba algo con las manos.

–¡Muere, bastardo! – susurraba una voz maléfica en la oscuridad.

Muerto de miedo, Jack cayó hacia atrás, chocando contra las rocas del acantilado, y finalmente se fue de cabeza al furioso y oscuro mar.

–¡Estás fuera de tus cabales! – Weston golpeó con el taco de billar sobre la mesa donde estaba practicando tiros justo antes de que Harley apareciese y le diese aquella noticia de locos.

–Tú no te puedes casar con nadie.

–¿Por qué no?

Weston reposó el trasero en el filo de la mesa de billar y miró a su hermano, como si Harley fuese un auténtico idiota.

–¿No tenías algo con Kendall que no había acabado del todo?

–Eso se acabó.

–¿Ah sí?

Weston echó una mirada hacia la entrada, ya que había percibido una sombra que se deslizaba escaleras abajo. Paige. Joder, aquella cría siempre estaba fisgoneando, metiendo la nariz en todo. Weston se preguntaba cómo podía ser familia de aquel hermano imbécil y aquella hermana chiflada.

Según Weston, Paige necesitaba ir al psiquiatra. ¿Y tú? bromeaba su mente, buscándole las cosquillas.

Harley cogió la bola número ocho y empezó a jugar con ella nervioso, puesto que aquella situación era para estarlo. Siempre estaba en apuros, y ni él sabía hasta qué punto. Si las cosas iban según lo previsto, en poco tiempo Kendall le soltaría aquella noticia de que estaba a punto de ser papá, bueno, en realidad, tío.

–Kendall parece creer que vosotros dos aún seguís juntos.

–Pues no sé por qué lo piensa.

–Quizás es porque no te puedes apartar de su entrepierna.

Harley se ruborizó. Por Dios, no tenía agallas.

–No estoy viéndome con ella.

–De acuerdo. Entonces puedes casarte con Claire Holland y vivir una vida perfecta, ¿no es eso lo que quieres? Incluso aunque papá te desherede y no vayas a la universidad. ¿Acaso no sabes que tendrás que conseguir trabajo de mecánico, camarero o peón de fábrica? Eso si lo consigues. Vivirás en un apartamento asqueroso en una zona baja de Portland o Seattle o de donde sea, siempre y cuando encuentres a alguien lo bastante estúpido para contratarte. Papá no te recomendará, eso por descontado, y nunca has trabajado en tu vida. En cuanto a Claire, ella también tendrá que trabajar.

De secretaria, recepcionista… Ah no, que a ella no se le da bien nada de eso

¿no? Tal vez pueda amaestrar caballos, enseñar equitación o algo así.

Entonces todo será genial. ¡Perfecto!

–No sucederá así.

–Claro que sí, Harley. Claire no tendrá dinero, ni tú tampoco. Incluso tu coche está a nombre de papá. Supongo que no le habrás dado la noticia aún,

¿verdad?

–Lo haré cuando vuelva a la ciudad.

El teléfono sonó con un ruido estridente y la sombra desapareció escaleras arriba. Genial. Paige conseguía sacar a Weston de sus casillas. El porqué no lo sabía. Simplemente era una niña torpe.

–Cuando papá vuelva de Louisiana, ¿crees que aprobará la idea de que te vayas a casar con una de las hijas de su archienemigo? Claro que sí, Harley.

Eso sucederá cuando a mí me crezcan cuernos.

–Tengo una noticia, Weston. Ya te han crecido.

–¡Weston! ¡Teléfono para ti! – gritó Paige en dirección a las escaleras-. Es Crystal.

–¡Mierda!

Harley tuvo las narices de sonreír.

–Al menos yo no me estoy acostando con una chica por el simple placer de hacerlo. Supongo que su hermano no estará muy contento con el hecho de que estés utilizando a su hermana como a una nativa a la que poder tirarte.

¿No es ese el término que utilizas cuando hablas de ella? Quizás alguien debería contárselo a Jack.

–Jack Songbird es un gilipollas.

–Yo no le haría enfadar.

–No me da miedo. Nadie me da miedo.

–¡Te he dicho que Crystal está al teléfono.! – La voz de Paige era chillona como una bocina.

–¡Dile que no estoy! – gritó Weston.

Los pasos de Paige retumbaron por las escaleras.

–Ya le he dicho que estabas aquí abajo jugando al billar.

–Maldita seas, Paige. Usa la cabeza.

Se acercó a la barra, esperando que hubiese alguna buena bebida, y cogió el teléfono.

–Mira, ahora mismo estoy ocupado. Te llamo luego.

– Espera un momento. ¿Ha aparecido hoy Jack por el trabajo?

Se le revolvieron las tripas.

–Llegó tarde.

– Pero estuvo.

–Hasta que le despedí.

– ¿Que tú… que tú qué?

–Se ha ido. Es historia. Tu hermano era el peor trabajador en la fábrica, Crystal. Le eché.

– ¡No puedes haber hecho eso!

Weston notó la decepción en la voz de Crystal y se la transmitió. Había algo en ella que le había calado hondo, por eso dudaba en romper la relación definitivamente. Crystal sería su amante de por vida.

–Lo hice. Pregúntale.

– Lo haría, pero aún no ha vuelto a casa.

–Yo le buscaría en el bar. Quizá tu hermano esté ahogando las penas.

– Eres un cabrón -le dijo calmada.

–Siempre lo he sido.

Antes de colgar, Crystal musitó algo en el dialecto chinook, una costumbre odiosa que sabía que molestaba a Weston. Éste detestaba no entender aquel idioma de galimatías, y aunque seguramente Crystal sólo le llamaba el

equivalente a gilipollas en nativo americano, y le preocupaba que pudiera haberle echado una maldición, aunque en realidad no creía en las maldiciones de las tribus indígenas. Sin embargo, se le puso la piel de gallina al colgar el teléfono.

–¿Problemas con la muchachita? – se burló Harley.

Señor, su hermano podía llegar a ser de lo más irritante.

–No para mí.

Weston cogió el taco, le arrebató a Harley la bola número ocho de los débiles dedos, y se dispuso a tirar de nuevo. No tenía por qué preocuparse por los comentarios de su hermano, por las excéntricas payasadas de su hermana, o por alguna zorra y sus maldiciones. Después de todo, él era Weston Taggert.

Podía hacer todo lo que le saliera de las narices.

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