Susurros

Lisa Jackson · Capítulo 27 de 37

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Susurros

Capítulo 26

–¿Así que no recibiste ninguna carta de Riley? ¿Ninguna llamada? ¿Nada?

– preguntó Denver, sentado en una de las sillas con respaldo de mimbre que había colocadas alrededor de una pequeña mesa de cocina.

Tenía un pie colocado encima de otra de las sillas. A lo largo de su conversación, observaba a Miranda con ojos de lince, sin perder detalle y haciendo que Miranda quisiera apartarse de su vista. Pero no lo hizo. Se había enfrentado a asesinos, violadores, maltratadores de mujeres, y había trabajado duro para conseguir que acabaran entre rejas. Se había mostrado fría ante prestigiosos abogados defensores, incluso había sobrevivido después del ataque con cuchillo de Ronnie Klug. Es más, había conseguido mentir y mantener escondida durante dieciséis años la verdad de lo sucedido aquella horrible noche. No importaba lo intimidatorio que resultase Styles, no podría obtener de ella lo que se proponía.

–No supe nada de Hunter. Ninguna carta, ninguna llamada telefónica. Nada.

La luz del sol se colaba a través de las ventanas, calentando la espalda de Miranda. El ejemplar del periódico del Metro de aquella mañana estaba abierto por la sección de The Oregonian, tendido junto a una cesta de fruta.

La estropeada cazadora de Styles se encontraba colgada sin ningún cuidado sobre el respaldo de una silla. Parecía llevar allí desde siempre.

En dos tazas de cerámica había café, el cual perfumaba el ambiente. Sin embargo, a ninguno de los dos les apetecía beber. El teléfono móvil de Styles sonó, pero lo ignoró.

–¿Y no pensaste que era raro?

–Sí, pero… supuse que se debía a los cargos de los que se le acusaba.

–¿Abusos a menores y robo de vehículos? – preguntó.

Obviamente, Styles había hecho los deberes.

–Sí.

–Ninguno de los dos casos prosperaron.

–Lo sé, pero pensé que por eso se había marchado del país.

–Existen procesos de extradición, ¿sabes?

Por supuesto que lo sabía. Ahora. Pero por aquel entonces era mucho más joven y estaba menos informada sobre la ley. Se sentía dolida por el hecho de que Hunter la hubiese traicionado y pudiese haber estado engañándola con otra. Cuando perdió el contacto con él, le fue más fácil cerrar los ojos e intentar olvidar, pensar en lo peor. Además, por aquel entonces ya no importaba, en realidad. Había perdido el bebé. Y de alguna manera, había sobrevivido a noches oscuras y agotadoras.

Aquel dolor pasado, que intentaba desesperadamente cerrar con llave en algún lugar, le había arrebatado las fuerzas, apretándole el corazón tan fuerte que apenas podía respirar. Dios Santo, cómo deseaba tener ese niño, necesitaba aquella parte especial que Hunter le había dejado.

–Era joven -admitió, pasando los dedos por el borde de la taza de café-. Y

estaba asustada.

–Y embarazada.

Aquella palabra pareció resonar por toda la habitación como el eco de una campana en una capilla. Resonó también en su corazón.

–Sí. – No había razón para mentir; Styles sabía demasiado. Sin lágrimas en

los ojos, le miró y se negó a permitir que Styles pudiera ver el dolor que aún, después de tantos años, le invadía-. Aunque no creo que sea asunto de nadie.

Un destello de ternura y comprensión recorrió la áspera mirada de Styles, pero despareció enseguida, mientras Miranda se preguntaba si habían sido imaginaciones suyas. Styles no era de los que sentían empatía.

–Sólo hago mi trabajo.

–Escarbar en la mierda de la gente. Un trabajo estupendo.

Styles levantó una de sus cejas oscuras.

–No como el tuyo, abogada.

–Yo siempre busco la verdad.

–Como yo -dio un trago al café, ya tibio, y volvió a dejar la taza sobre la mesa. Su voz se suavizó al continuar preguntándole-: Así pues, ¿qué le sucedió al bebé?

Miranda cerró los ojos y dijo:

–Es algo de lo que no quiero hablar.

Oh Dios, qué dolor. Perder al bebé, perder una parte de Hunter. Y todo por culpa de… por culpa de… Se sintió mareada.

–Lo sé.

–No puedes saberlo -susurró-. Nadie puede.

–De acuerdo, basta de tópicos.

Styles la miró fijamente: pareció presenciar todo el pasado de Miranda,

todas sus mentiras, todas sus verdades. Pasaron varios segundos en silencio.

Finalmente Miranda abrió los ojos. ¿Qué importaba lo que aquel tipo supiera?

–Lo perdí.

–¿Cuándo?

–La noche en que perdí el control de mi coche y terminé en el lago Arrowhead. Estoy segura de que has leído los informes médicos. Deben mencionar un aborto.

Aquello no lo sabían demasiadas personas. Por aquella época tenía dieciocho años y sus padres nunca supieron que estaba embarazada y que sufrió la pérdida del bebé. Miranda conocía por entonces bastante bien la ley y los derechos de confidencialidad entre paciente y doctor.

Si su padre lo había llegado a averiguar, jamás lo había mencionado. Así pues, el tema se enterró. Pero de algún modo Denver Styles había conseguido aquella información. ¿Cómo? Se frotó los brazos al sentir un escalofrío repentino.

–¿Cómo contactaste con mi padre? – preguntó Miranda, intentando indagar.

Era un hombre interesante pero amenazador. Un hombre que no tenía pasado. Si Petrillo no lograba encontrar nada sobre él, significaría que nadie más podría.

–Él vino a buscarme.

–¿Y cómo te encontró? – preguntó-. No creo que salgas en las guías o en Internet.

Styles esbozó un amago de sonrisa y sus ojos grises chispearon por un instante.

–A través de un conocido en común. – Terminó el café y se dispuso a coger la chaqueta-. Pero no estamos aquí para hablar de mí, ¿recuerdas? – ¿Cómo podría olvidarlo?

Styles se acercó a ella.

–Sabes, Miranda, eres una mujer inteligente. Lista. Pero no fuiste tan lista hace dieciséis años. Personalmente pienso que la historia que contaste al departamento del sheriff sobre la noche de la muerte de Taggert es pura basura. Pienso que tú y tus hermanas hicisteis una especie de pacto para ser la una la coartada de la otra. Y pienso, lo aceptes o no, que toda esta porquería va a explotarte en la cara. Ahora bien, puedes contarme la verdad, que quedará entre nosotros y tu padre, o Kane Moran o los enemigos políticos de tu padre se aferrarán a dicha verdad y la convertirán en el escándalo más sonado de la historia de Chinook, Oregón. Tu decisión tendrá consecuencias. Tessa podría terminar necesitando más de un psiquiatra, y Claire creerá que el pequeño escándalo de su marido en Colorado es sólo una anécdota en su vida comparada con el vendaval que se avecinará cuando se descubra todo.

–Te equivocas -insistió Miranda. La rabia le fluía por las venas. Sin embargo, las palabras de Styles le dejaron aterrada-. Y si has terminado, creo que no tenemos nada más que hablar.

Styles echó la silla hacia atrás.

–Cambiarás de opinión.

–No tengo otra opinión.

–Ya lo veremos. – Cogió la cazadora del respaldo de la silla cercana, se metió la mano en el bolsillo y dejó sobre la mesa una tarjeta de un motel en Chinook, el Tradewinds-. Si quieres hablar conmigo, me alojo en la habitación veinticinco. Mi número de teléfono móvil es…

–No gastes saliva. – Miranda no se molestó en recoger la tarjeta de color

blanco. Cuanto menos supiera de él, mejor. Por primera vez en su vida no se aferraba a la verdad, no sabía cómo hacerle frente.

Styles se colgó la chaqueta al hombro y tocó a Miranda en la nuca ligeramente con la mano que le quedaba libre.

–Piénsalo, Miranda -dijo en voz baja-. No es necesario que me acompañes a la puerta.

La piel de Miranda se acaloró al sentir el contacto de los dedos de Styles Escuchó los pasos de Styles alejándose. Aún tenía la piel cálida donde él la había tocado. Un segundo más tarde, el pestillo de la puerta delantera se abrió, y a continuación se volvió a cerrar suavemente. Ya se había ido.

Miranda expulsó el aire, suspirando. Todo se estaba desmoronando. Todas aquellas mentiras que había planeado con tanto cuidado.

Se mordió el labio inferior y se echó las manos a la frente.

–Dios, ayúdame -susurró, consciente de que se aproximaba el final.

Aunque tuviese que luchar contra viento y marea, Denver Styles no descansaría hasta terminar con su trabajo.

Tessa sintió la brisa salada en la cara y deseó encontrar algo de paz en su mente. El tipo de paz que se supone que una persona alcanza cuando contempla la inmensidad del océano. Aquella calma que siente la gente caminando sobre la arena. Sin embargo, pasear por la orilla del mar, sentir la marea espumosa mordisqueándole los dedos de los pies una y otra vez, sólo la alteraba y le provocaba nervios.

Nunca debía haber vuelto a Oregón. Debería haber permanecido lejos. Pero uno de sus psiquiatras, aquel calvo de barba pelirroja, el doctor Terry, le había dicho que tarde o temprano debía enfrentarse a sus demonios. Tenía que volver a su infierno personal, a aquel lugar de Oregón, y hacer frente a

los que la habían utilizado y habían abusado de ella.

La arena estaba blanda bajo sus pies. Se podían divisar, aquí y allá, agujeritos redondos producidos por las almejas, o pequeños huecos en forma de cucharadas, los cuales indicaban que un cangrejo escarbaba debajo de la superficie. Algas y plantas acuáticas rotas, cáscaras de cangrejos y almejas, y trozos de medusas transparentes sembraban la arena blanca de la playa que rodeaba Stone Illahee. Allí vivía Tessa ahora, en una suite con yacusi, sauna, dos camas enormes y una vista espectacular al océano. Podía permanecer en aquella suite tanto tiempo como quisiera.

Dutch quería que se sintiera cómoda.

–Muchas gracias, papá -dijo Tessa, acelerando el paso hasta el punto en que casi trotaba.

Había vuelto a Oregón con un único propósito y, ahora, paseando por la playa, no pudo evitar saborear el dulce sabor de la venganza. Había esperado dieciséis años para volver a aquel lugar, y tenía la esperanza de que la necesidad de reencontrarse con todas las personas que la habían tratado injustamente desapareciera gracias a los consejos médicos. Pero se equivocaba. Durante el tiempo que había permanecido en California, lejos de sus hermanas y de los recuerdos de aquella infernal y angustiosa noche, había conseguido quitarse de la cabeza aquel sentimiento vengativo, pero ahora, de nuevo en Oregón, frente a los martirios de su juventud, sólo podía pensar en una cosa. Necesitaba recuperarse, y luego, los que la habían herido en el pasado, se las pagarían. Ya verían.

Desde el desván situado sobre el garaje, Claire y Samantha estaban redecorando el estudio. Claire oyó el ruido del motor de una motocicleta.

Asomó la cabeza por la ventana y le dio un vuelco el corazón. Montado sobre una Harley-Davidson, Kane Moran se acercaba por el paseo. Llevaba unas gafas estilo aviador, unos vaqueros viejos y la misma cazadora de siempre. Claire se acordó de aquellos paseos en moto. El viento soplándole sobre el cabello, los brazos rodeando el torso enfundado en cuero de Kane, el aroma a cuero y tabaco penetrándole por los orificios nasales. Pensó en

los días en que le había echado de menos y en las noches en que había deseado abrazarle más que ninguna otra cosa.

El pelo de Kane brillaba bajo los últimos rayos del sol de aquella tarde, y Claire no pudo reprimir recordar cuánto le había amado, cuánto le había importado.

–Oh, Dios-musitó.

–¿Qué? ¿Qué pasa? – preguntó Samanta, de puntillas, intentando mirar por encima del hombro de su madre-. ¡Guau! – dijo asombrada.

Sean estaba encestando en una canasta vieja que había montado en el garaje. Cuando escuchó y vio la motocicleta, se detuvo, colocó el balón entre la muñeca y la cadera, y se quedó mirando a Kane con expresión de asombro. Kane frenó la moto y la aparcó a metro y medio de Sean.

–¿Es tuya? – le preguntó Sean mientras Kane se puso en pie.

–A partir de hoy, sí.

Sin saber que su madre le estaba viendo, Sean exclamó un silbido largo y agudo.

–¡Joder!

–¡Sean! – dijo Claire desde la ventana.

–Pero mamá, mira, ¡una Harley!

«Harley.» Claire volvió a recordar.

–Vaya cosa -murmuró Samantha en voz baja.

Kane se pasó la mano por la cara.

–¿Te gusta?

–¿Que si me gusta? – repitió Sean-. ¿Cómo no me va agustar?

–¿Quieres dar una vuelta?

–¿Quieres decir que me dejas llevarla?

–¡Un momento! – Claire salió de la habitación precipitadamente y bajó las escaleras. En poco segundos apareció por el garaje hasta llegar al exterior-.

Sean no tiene carné de conducir, ni siquiera permiso en Oregón.

–Jo, mamá, venga. – Sean empezó a botar el balón, sin separar los ojos de aquella enorme y reluciente moto.

–Ni hablar. ¿No tienes que tener un carné especial para conducir una de éstas?

–Legalmente -contestó Kane, balanceando la máquina entre las piernas.

–A mí sólo me importa lo legal.

–Pero, mamá…

–Sean, por favor.

Claire lanzó a Kane una mirada que le atravesó el corazón y vio de nuevo el parecido entre padre e hijo. La mandíbula rectangular, las cejas gruesas, la nariz recta y larga. ¿Cómo era posible que ellos no se diesen cuenta?

–Te diré lo que haremos: súbete y daremos un paseo -le dijo Kane al chico, sin saber aún que era su hijo.

Sacó un casco de la parte trasera de la moto y se lo ofreció a Sean, quien lo aceptó, soltando el balón naranja, que botó en dirección al garaje.

–¿Y yo qué? – preguntó Samantha.

–Tú luego -prometió Kane.

Claire tuvo el claro presentimiento de que Kane trataba de manipularla.

Sean se acercó al vehículo. Sus ojos examinaban cada pequeño detalle de la brillante moto.

–¡Cómo mola!

–Vamos.

Kane hizo un gesto a Sean para que montase y el chico no necesitó que le animara más. A pesar de sus comentarios sobre que odiaba a aquel gilipollas, subió a la moto, colocándose detrás de Kane, con el casco en la cabeza. A continuación, en lugar de agarrarse a la cintura de Kane, se cogió con fuerza al sillín.

Kane hizo revolucionar el motor y la motocicleta salió disparada.

–¡Tened cuidado! – gritó Claire al viento, pues la moto ya había salido zumbando en tercera antes de tomar la curva.

Seguidamente, desaparecieron entre los árboles.

–Pensaba que Sean odiaba a ese tipo -comentó Samantha, mientras se echaba el pelo hacia atrás.

–Y yo también.

–Ha echado una mirada a la moto y ha cambiado de opinión. – Sam meneó la cabeza-. Hombres -añadió.

–Amén -le dio la razón su madre.

A lo lejos, podían oír cómo rugía la motocicleta. En aquel momento Claire fue consciente de la situación. Padre e hijo estaban solos. Se le saltaron las lágrimas, aunque ninguno de los dos pudiera comprender el importante significado de aquel paseo en solitario. Se le hizo un nudo en la garganta y parpadeó para no romper a llorar delante de Samantha. De algún modo, como fuera, tenía que encontrar las palabras para explicarle la verdad a Kane: que él era el padre de Sean. Pero no podía estropearlo. Existían demasiadas emociones, había demasiados corazones en juego. Cuando Kane lo descubriera, seguramente la odiaría por mentirle, por simular que Sean era hijo de otro hombre, por ocultárselo a todo el mundo, incluido a Sean. El chico le odiaría por no contarle que su verdadero padre había dejado a su madre para unirse al ejército, y más tarde se había convertido en un periodista medio famoso, y en un escritor decidido a arruinar la vida de su abuelo. «Que Dios nos ayude», rogó en silencio. El sonido de la gran moto se fue aproximando. Con los últimos rayos solares, ambos aparecieron por la curva y se detuvieron en el stop situado cerca del garaje.

–Ahora te toca a ti -le dijo Kane a Samantha, mientras Sean bajaba de la motocicleta a regañadientes.

Aunque Samantha se mostraba fría e indiferente ante el hecho de subirse en la Harley, no pudo evitar que los ojos le chispearan cuando se colocó el casco y partieron.

–Pues no sé por qué quiere montar -se quejó Sean-. A ella le gustan los caballos, los perros y esas tonterías.

–Quizás haya cambiado de opinión.

–¡Bah! – pero parecía preocupado y echó varias canastas hasta que la motocicleta y Sam volvieron.

–Impresionante -dijo Samantha, bajándose de la moto y sacudiéndose las manos.

–Ya está.

–¡Hemos subido al acantilado de Illahee!

–¿Ah, sí?

Kane inclinó la cabeza. Ocultos tras las gafas, sus ojos miraron a Claire de un modo que hizo que a ésta se le cortara la respiración. Claire tuvo que apartar la mirada, fijarse en otra cosa, ya que podía adivinar en los ojos de Kane una proposición sexual a la que no podía negarse.

–¿Y qué pasa contigo? – preguntó Kane con una voz ronca que hizo que a Claire se le pusiera la carne de gallina.

Claire dudó un instante, antes de que Sam dijera:

–Venga, mamá. Diviértete un poco.

–No sé…

–Ahora me toca a mí -insistió Sean.

–Luego -le dijo Kane.

Claire, a sabiendas de que estaba jugando con fuego, no pudo resistirse.

Aunque estaba cometiendo un grave error, y recordaba su reacción cuando se habían encontrado a solas en el embarcadero, en mitad de la noche, no podía evitar querer estar a solas con él. Sólo con él, mecidos por el viento y la noche. Colocó una pierna por encima del sillín, rodeó a Kane con los brazos por la cintura y sintió un subidón de energía cuando la moto salió disparada por el camino.

En el prado, el caballo moteado relinchó con fuerza y, con el rabo levantado, corrió hacia la verja. Abetos cubiertos de musgo y hiedra se convirtieron en manchas borrosas. Claire descansó la cabeza entre los hombros de Kane, tal y como había hecho cuando no era más que una adolescente.

«Ten cuidado», la advirtió una voz molesta en su interior, pero se dejó llevar a la vez que sentía los músculos de Kane moverse al cambiar de marcha. El corazón le latía con fuerza. Podía notar la tensión de Kane provocada por el contacto de ambos cuerpos.

Dios, era estupendo abrazarle. Durante unos cuantos minutos de gloria, Claire olvidó el pasado, olvidó que ya no eran amantes. Con el sol en el horizonte, dejó que su mente fantasiosa evocara imágenes donde besaba a Kane, le tocaba, le hacía el amor una y otra vez.

Una brisa húmeda, procedente del océano, despeinó el cabello de Weston.

Esperaba en el muelle junto a Stephanie, un yate de carreras del que se sentía orgulloso y feliz. Lo había comprado el año anterior. Miró su reloj.

Las ocho y cuarto y ni rastro de Denver Styles. Mierda, aquel tipo iba a dejarle plantado. ¿Quién era aquel cabrón? ¿Y por qué le había contratado Dutch Holland? ¿Con qué propósito? Dutch siempre tenía una razón. ¿Pero cuál?

Introdujo la mano en el bolsillo de la chaqueta. Encontró un paquete de Marlboro y encendió un cigarrillo.

¿Quién demonios era Styles, un hombre del cual no parecía haber constancia? Era como si aquel tipo hubiese aparecido de la nada. ¿Y qué se proponía? Dios, era exasperante.

Echó la ceniza en el agua y vio cómo el sol avanzaba hacia el Pacífico.

Durante los últimos años, Weston disfrutaba arrebatando empleados clave a Dutch. Y lo que es mejor, había unos cuantos hombres que aún trabajaban en Holland International y que se habían ganado la confianza de Dutch, pero se dejaban sobornar e informaban en secreto a Weston de todo lo que sucedía en la sede de la compañía, situada en Portland. Ninguno de ellos sabía nada de Denver Styles, por tanto, Weston pensó que tendría que ver con la candidatura de Dutch a las elecciones para gobernador. O quizá con el asqueroso librejo que estaba escribiendo Kane Moran. Aquel libro

molestaba a Weston. Le gustaba la idea de que se descubrieran todos los trapos sucios de los Holland; sin embargo, podría salirle el tiro por la culata.

Había demasiados secretos de familia comunes entre los Taggert y los Holland. Podrían desenterrarse demasiadas maldades en la vida de Weston.

–Hijo de puta -murmuró, mirando en dirección a la zona de aparcamiento del puerto deportivo.

¿Dónde demonios se había metido Styles?

Su teléfono móvil sonó. Arrojó la colilla sobre la baranda antes de comenzar a caminar hacia el camarote principal.

–Weston Taggert -dijo bruscamente. Comprobó de nuevo el reloj. ¿Styles se estaba burlando de él?

– Bueno, Weston, ¿qué tal estás? -preguntó una voz femenina y sexy.

A Weston casi se le detuvo el corazón. Debía de conocer aquella voz, pero había habido multitud de mujeres a lo largo de los años. Debía encontrar un rostro que encajase con aquella voz sensual.

–¿Quién es?

– ¿No te acuerdas?

–¿Debería? – La ansiedad le empezó a pellizcar el cerebro.

–Mmmm. Creo que sí.

Dios, ¿quién era? Aquella»zorra se estaba quedando con él.

–No estoy para tonterías.

– ¿No? No es eso lo que me parece recordar. Oh, Weston, no me digas que has cambiado ahora que te has convertido en un honrado y honesto hombre

de familia.

¿Quién? ¿Quién? ¿Quién?

Una docena de rostros recorrieron su mente, pero enseguida los descartó.

–¿Quién es? – exigió.

– ¿No te acuerdas? -preguntó, desilusionada.

Weston tuvo la sensación de que estaba jugando con él

– Eso me duele. -Sonó un suspiro y luego colgó.

–¡Espera!

Pero se había ido. Weston se quedó mirando el teléfono durante más de un minuto, esperando que volviese a llamar, pero no fue así. A medida que pensaba sobre la conversación empezó a encajar las piezas. Era alguien de su pasado, alguien con quien se había enrollado antes de casarse y empezar una familia. Mierda, aun así la lista seguía siendo larga.

Oyó el sonido de pisadas en el muelle, miró por la portilla y vio a Denver Styles acercándose al Stephanie. Aunque estaba desconcertado debido a la llamada, consiguió volver a centrarse en el problema de Dutch Holland.

Holland. ¡Eso era! Sus labios se curvaron, formando una sonrisa áspera.

Había mantenido una relación con la mujer de la llamada, con aquellos preciosos ojos.

–Espera y verás -dijo en voz baja.

Comenzó a pensar en la manera de volver a ver a Tessa Holland. Dieciséis años atrás, Tessa había sido una virgencita cachonda; ahora, con un poco más de edad y madurez, probablemente sería incluso más ardiente. Sonrió entre dientes. Tessa se había atrevido a llamarle y a burlarse de él como una