Susurros
Segunda Parte:
su cuerpo sudado y húmedo. Sensaciones en lo más profundo de su ser la agitaban, y sabía que a pesar de lo que se había jurado, hacer el amor con él sería una experiencia por la que merecería la pena correr cualquier riesgo sobre la tierra, una oportunidad única que la condenaría de por vida.
Ahora, años después, miró a través de aquellas mismas aguas oscuras, y sintió añoranza por aquellos recuerdos enterrados, el deseo palpitante que había sentido de joven, y que no la dejaba dormir. Se agarró el pecho con la mano, y esperó no ser tan tonta como para repetir otra vez la misma historia.
Si haber estado con Kane Moran una vez había sido malo, estar dos ya no tendría remedio.
SEGUNDA PARTE:
Dieciséis años antes
Capítulo 6
–No sé qué ves en Harley Taggert. – Tessa enrolló un mechón de su rubia cabellera en otro rulo. Llevaba sólo sujetador y bragas, y estaba sentada con actitud vanidosa en el baño, con la cara en perfecta concentración mirando el reflejo de Claire en el espejo-. En mi opinión, Weston es el más interesante.
–Y un imbécil.
Claire no confiaba en el hermano mayor de los Taggert. Weston era tan delicado como el motor de un coche nuevo y tenía tan buenos modales que resultaba sospechoso.
–Sí, pero tendrás que admitir que Harley es bastante paradito. ¡Me cago en la leche! – Tessa aspiró sobresaltada, agitó la mano, y dejó caer el rulo-.
Siempre me pasa lo mismo.
Con cuidado, Claire recogió el rulo ardiendo y lo depositó en el estuche de Tessa.
Chupándose el dedo, Tessa frunció el ceño.
–El problema de Harley…
–Harley no tiene ningún problema.
–Claro que sí. Le tratan como a un trapo. Siempre hará todo lo que le pida su padre.
–Eso no es cierto -dijo Claire, aunque albergaba pequeñas dudas sobre sus propias convicciones. Si Harley tenía algún fallo, cosa casi imposible, era que no tenía tanta fuerza de voluntad como le gustaría a Claire.
–Entonces ¿por qué no ha roto aún con Kendall? – preguntó Tessa, levantado sus cejas elegantes y curvadas durante una fracción de segundo, mientras cogía otro rulo-. Te acuerdas de ella, ¿no? Kendall Forsythe de Portland, hija de uno de los magnates urbanísticos más importantes, o como quieras llamarle, que vivían en San Francisco antes de que la familia se mudase a esta zona y…
–Sé quién es Kendall.
–Harley y ella están comprometidos.
–Eso nunca se ha hecho oficial.
Claire odiaba el sentimiento que la obligaba a defenderle. Harley era bueno y dulce y agradable, así que ¿qué más daba si no era el atleta o el estudiante o el donjuán que era Weston? ¿A quién le importaba que a veces tuviese problemas para decidirse? Se debía solamente a que era una persona pensativa.
–Kendall parece pensar que sí es oficial. Ayer hablé con la hermana pequeña de Harley en la playa, y dice que todas las rupturas y peleas se acabaron. Paige dice que Kendall ha estado pasando tanto tiempo como le es posible en la casa de sus padres junto a la playa, para estar más cerca de Harley.
–Paige Taggert es como un grano en el culo.
Claire había intentado ser amiga de la única hija de los Taggert, pero Paige le había girado la cara, con aquella nariz recién operada, y no se había dignado a escucharla.
–Bueno, ella adora a Kendall y piensa que todo lo que Kendall diga o haga es tan verdad como lo que aparece en los evangelios. – La frente lisa de Tessa se le arrugó mientras se ajustaba el último rulo-. Si quieres saber mi opinión, pienso que está enferma. Que tiene un lío con Kendall o algo así.
–La única que está enferma eres tú.
–Te lo digo en serio, es algo muy raro -Tessa se limpió la cara con un pañuelo-. Harley no ha llamado hoy, ¿verdad?
–No, pero…
–¿Y ayer?
–Ha estado ocupado…
–¿Y anteayer?
–No me acuerdo.
–Claro que sí. Te has quedado esperando en casa, dando saltos cada vez que sonaba el teléfono, esperando a que fuese Harley quien estuviese al otro lado de la línea. ¿Por qué no le llamas? – le preguntó Tessa, mientras se ajustaba la tira del sujetador. A continuación cogió su pintalabios color coral-. Eso es lo que yo haría.
–Ya sé que es lo que tú harías, pero yo no soy como tú.
–Ése es el problema, eh. Yo, de ningún modo, de ningún modo, andaría con cara mustia solamente por un chico, ni siquiera por Weston Taggert. No es sano. Créeme. Ningún chico se lo merece, y menos Harley Taggert.
Claire puso los ojos en blanco y decidió que no merecía la pena seguir aquella conversación. Todo el mundo, incluso Tessa y Randa, desaprobaban que viese a Harley. Como si fuera Judas o algo así. El ambiente en casa estaba cargado, así que decidió, como siempre sucedía cuando sus hermanas la molestaban, dejar a Tessa arreglándose y a Randa con sus libros, e ir a dar un paseo por las montañas. Siempre le había encantado estar al aire libre y a veces no soportaba estar encerrada.
Pasó por la puerta de la habitación de Miranda, y vio a su hermana mayor en una esquina de la repisa, con un libro en las manos, pero con los ojos fijados en la ventana abierta, como si estuviera mirando a alguien.
Últimamente Miranda estaba diferente, no tan mandona, y en ocasiones desaparecía durante horas. Nadie sabía adónde iba, pero siempre se llevaba un libro y Claire imaginaba que había encontrado algún lugar secreto en el bosque donde leía. Lo extraño era que Miranda aún estaba leyendo la misma novela, El clan del oso cavernario, el mismo libro que llevaba leyendo durante semanas. Normalmente Randa se liquidaba un libro en días. Algo raro le sucedía, pero Claire no tenía tiempo ni ganas de preguntarse qué era, así que se apresuró a bajar las escaleras.
Hacía mucho bochorno, todas las ventanas estaban completamente abiertas, y el son de una canción de amor de algún musical de Broadway resonaba por el vestíbulo. Sin duda su madre estaba tocando el piano otra vez, poniéndole música a la casa que tanto odiaba.
Oh, Dominique lo intentaba. Siempre había flores recién cortadas en el vestíbulo y el comedor. La música clásica invadía la casa. La vajilla de plata se limpiaba y usaba una vez a la semana, y la de cantos dorados cada día.
Tenían profesores de francés, violín, ballet y esgrima e instructores de equitación de estilo inglés. Todos ellos desfilaban por los sagrados muros de aquella vieja casa.
Claire recorrió con los dedos la lisa superficie de la baranda de la escalera y se detuvo en el escalón final, donde el borde estaba más gastado y redondeado por el contacto con los dedos que adoraban aquella casa. Pero a Dominique no le gustaba. Pensaba que todo en aquella casa era desagradable: la chimenea de piedra tan rústica; las desagradables lámparas hechas con cornamentas de animales.
A Claire le encantaba todo aquello.
Con unos pantalones cortos y una camiseta, salió corriendo por el pasillo, cruzando la cocina. Ruby Songbird estaba amasando pan con sus gruesos dedos, a la vez que tarareaba alegremente en voz baja al ritmo de las tristes notas del piano. Ruby era una mujer escultural, de rostro liso, ojos oscuros y vivos, y una extraña sonrisa que podía alumbrar toda la habitación. Si alguna vez se hubiese soltado el pelo, le llegaría hasta las rodillas, pero siempre llevaba recogidos sus mechones grises en un moño tirante en la base del cráneo, donde, Claire estaba segura, tenía otro par de ojos, pues a Ruby nada parecía escapársele.
Según Claire, puesto que era algo que nadie más parecía apreciar, Ruby había cambiado un poco, y últimamente estaba preocupada, ya que parecía insatisfecha al realizar las tareas diarias como cocinar y limpiar. Por supuesto, Claire la ayudaba, pero Ruby sabía que las cosas en aquella casa se hacían como quería Dominique.
–Hola -le dijo Claire, cogiendo una manzana que había en una cesta de fruta, sobre la mesa de la cocina.
–¿Vas a salir a dar un paseo otra vez? – le preguntó Ruby mirándola de reojo, sin perder el ritmo de los dedos sobre la pasta blanda.
–Eso había pensado.
–Hmm.
Era desconcertante cómo aquella mujer podía adivinar su pensamiento. A veces Claire se preguntaba si poseía percepciones extrasensoriales o algo así. Ruby decía ser descendiente del último chamán o jefe importante de su tribu, y tal vez había heredado algo de su magia. Aunque Claire realmente no creía en todo aquello.
–Ten cuidado.
–No iré lejos.
Ruby chasqueó con la lengua:
–Pero a veces, este bosque…
El labio superior le sobresalió y «se calló, como si hubiese hablado demasiado.
–¿Qué? ¿Qué pasa con este bosque? – Claire dio un mordisco, y la manzana se rompió.
–Está encantado.
–Sí, claro.
–Hace tiempo fue tierra santa.
–No me pasará nada -contestó Claire, evitando picar el anzuelo y seguir aquella conversación.
Ruby insistió, y quizá con derecho, ya que las tribus indias de aquella zona habían sufrido a manos de hombres blancos. Claire no quería discutir sobre aquello. Había leído suficiente historia para conocer las atrocidades que se habían llevado a cabo contra las tribus, pero en realidad no se sentía responsable de reparar las equivocaciones de sus antepasados, incluso aunque fuesen intolerantes blancos de los estados del sur. Por suerte, los hijos de Ruby, Crystal y Jack, no parecían sentirse perseguidos como su madre. Crystal era una chica guapa y de espíritu libre, y no consideraba que sus raíces nativo americanas fueran algún tipo de insignia honorífica, ni tampoco las consideraba una carga. En cuanto a Jack, era un demonio puro y simple, y su color de piel no tenía nada que ver.
–Sólo te digo que tengas cuidado -le advirtió Ruby por encima del hombro una vez más, mientras enrollaba hábilmente la masa y la separaba en dos moldes.
En el porche, Claire se puso su par de botas preferido y vio un pequeño nido de avispas construido en el alero del tejado. La avispa trabajaba constantemente, moviendo el cuerpo negro y brillante, y abriendo y cerrando las mandíbulas.
Qué sabía Tessa acerca del amor, pensó Claire, mientras tiraba al suelo el resto de la manzana. Siguió un sendero de piedras que dirigía a la cuadra, y colocó las bridas a Marty. Su padre había comprado aquellos caballos ya con nombre. Eran dos caballos castrados, ambos moteados, que se llamaban Spin y Marty, nombres tomados de los héroes de un antiguo programa de televisión del que Claire no había visto ni oído hablar nunca. La yegua se llamaba Hazle, por un personaje de cómic y de serie de televisión. Eran nombres tontos, pensó Claire, chasqueando la lengua. Condujo a Marty fuera de la cuadra, cruzando una puerta.
No se molestó en ensillarlo, simplemente se montó sobre su gran lomo.
Marty agudizaba los oídos con entusiasmo a lo largo del trote entre los abetos del bosque. Los rayos de sol penetraban entre las gruesas ramas de los árboles, poniendo así notas de color a las oscuras montañas, a medida que seguían un viejo camino de ciervos que serpenteaba el acantilado de Illahee, montaña arriba.
El viento era fuerte y no dejaba respirar. Olía a sal y a algas, y las nubes inmóviles en el cielo sobre sus cabezas se amontonaban en las cimas de las montañas situadas en la costa. Claire intentó quitarse de la cabeza las advertencias que le había hecho Tessa sobre Harley, pero no podía. Sus palabras seguían en su mente. Eran el eco de sus propias preocupaciones.
¿Desde cuándo le importaba la opinión de Tessa? Se reprendió y tiró de las riendas. El caballo respondió y comenzó a galopar rápidamente, lo que hizo que a Claire le costara respirar y que se le saltasen las lágrimas. Golpeando con las herraduras, Marty corría a través de los árboles, saltando sobre los troncos caídos que se encontraba por el camino. Sólo se espantó una vez, cuando un urogallo asuntado empezó a aletear desesperado entre unos heléchos.
Marty tropezó, pero enseguida recuperó el paso, alargando las zancadas, y continuó la carrera, siempre hacia arriba. En la cumbre, Claire tiró de las riendas. El caballo resopló y se detuvo. Tenía el abrigo empapado de sudor.
–Estás hecho un campeón -le dijo, dándole palmaditas en el lomo y mirando el paisaje.
Al oeste, el océano pacífico se estrechaba cada vez más formando una sombra gris. Al este, las aguas tranquilas del lago Arrowhead reflejaban el cielo color azul oscuro. Entre ambos, la cumbre donde se encontraba, un lugar que visitaba a menudo cuando quería estar sola.
Chasqueó la lengua y dirigió a Marty al borde del acantilado para contemplar Stone Illahee, el complejo turístico que su padre había levantado junto a la playa. Estiró el cuello y miró hacia abajo por el empinado acantilado, hacia el océano, bajo las dentadas rocas. Olas
atronadoras se abalanzaban contra la orilla. Se rompían salvajemente y dejaban una espuma congelada y blanca en el ambiente.
Claire suspiró. Sus preocupaciones desaparecieron. Las cosas funcionarían con Harley. Tenían que funcionar.
Una tos seca rompió la tranquilidad.
Se le pusieron los pelos de punta, y con el corazón latiéndole deprisa se volvió sobre el lomo moteado de Marty. Estaba en una propiedad privada, de su padre, y nadie que valorara su vida se atrevería a traspasarla. Entre latido y latido pensó en la advertencia de Ruby.
Frenéticamente, buscó por el bosque, hasta que, a través de unos cuantos árboles, vio al chico de los Moran, un salvaje delincuente juvenil que estaba haciendo novillos. El chico trabajaba como recadero en un periódico local propiedad de un familiar suyo, y siempre era sospechoso de cualquier crimen que se cometiese cerca de la pequeña ciudad de Chinook. Tenía el pelo demasiado largo, sin cepillar, necesitaba afeitarse la perilla. Tenía los vaqueros llenos de polvo y casi blancos de tantos lavados. Estaba agachado, cerca de los restos de una fogata apagada, con un palo en la mano con el que esparcía las brasas y cenizas negras. Sus ojos, del mismo color que el brandy que su padre tomaba cada noche después de cenar, no dejaban de mirarle. A pesar de su mala reputación, Kane Moran la intrigaba un poco, le causaba curiosidad, y sabía, con las pocas veces que se habían visto, que él la consideraba a ella igual de interesante, o incluso más, ya que cuando se encontraban Kane la miraba de arriba abajo. Era el tipo de chico al que se debía evitar, de esos que sólo causan un profundo daño emocional a las chicas.
–No sabía que estabas aquí -le dijo ella, acercándose con el caballo.
–Nadie lo sabe.
–Ya sabes que es propiedad de mi padre.
Kane levantó una ceja dorada.
–¿Y? No hay ningún cartel que diga que no se puede pasar.
Sonrió picaramente. Se balanceó y la miró.
–Ah vale, ya lo entiendo. Eres parte del departamento de policía de Stone Illahee. Es tu trabajo estar por aquí. – Hizo un gesto con su palo quemado y dijo-: y echar a la gente.
–No, pero…
–¿Sólo a mi?
–No te estoy echando.
Sopló enojado.
–Igualmente no me iba a ir, princesa.
Aquella palabra cariñosa, si se podía llamar así, la irritó.
–Me llamo Claire.
–Ya lo sé. Todo el mundo en Chinook lo sabe.
–¿Qué estás haciendo aquí?
–Escaparme de todo -dijo, los ojos le chispeaban un poco-. No podía permitirme pagar el alojamiento en el complejo de tu padre, así que pensé que pasaría aquí algún tiempo.
–¿De verdad crees que me voy a tragar eso?
–Bah -sacudió la cabeza, se puso en pie y Claire pudo ver lo alto y corpulento que era-. En realidad no me importa lo que pienses.
Claire miró su campamento: un viejo saco de dormir, una cámara cara, una mochila y una botella vacía de güisqui agrio. Al lado, brillando tras unos arbustos, había una motocicleta de color negro cromado que utilizaba para correr por la autopista o para ir por la ciudad. Pero había algo extraño, o que llamaba la atención a Claire: había pasado la noche allí fuera, solo, cerca del fuego, mirando las estrellas y escuchando el eterno rugido del océano.
Era algo que Claire no esperaba de aquel pequeño delincuente.
–Bueno, te toca a ti -dijo Kane, acercándose a Marty y tocándole el morro suavemente-. ¿De qué estás huyendo?
–Yo no estoy huyendo.
Sus ojos delataban que estaba mintiendo.
–Lo que tú digas.
–Sólo quería salir de casa.
–¿Tu viejo te da problemas? – se puso tenso, con los extremos del labio hacia abajo.
–¿Qué? No. No, todo va bien… A veces necesito salir de esas cuatro paredes.
–¿Y dónde está Taggert?
–¿Qué? – la pregunta le sorprendió. Aunque ella y Taggert habían estado saliendo durante un par de meses, no era algo que la gente supiera o que fuera el problema de nadie, especialmente de alguien al que realmente ni conocía.
–Tu novio, princesa. ¿Te acuerdas? ¿Dónde está?
Introdujo una mano en el bolsillo de la camisa y encontró un paquete de
cigarrillos. Sacó un par, le ofreció uno a Claire, y cuando ella lo rechazó sacudiendo la cabeza, un lado del labio se le movió, como si aquello le hiciera gracia. Encendió el mechero con un clic, y dio una profunda calada al cigarrillo.
–¿Y a ti qué te importa?
–A mí nada -dijo él tras una nube de humo-. Sólo intento tener una conversación agradable.
Se estaba burlando de ella, Claire lo sabía, pero no podía evitar picar, como pica un salmón el cebo de un pescador.
–Una conversación desagradable.
Se encogió de hombros.
–Lo que sea.
–Mira, no me gusta hablar de mi vida privada con extraños.
–No soy un extraño, Claire. Llevo viviendo toda mi vida al otro lado del lago.
–Ya sabes a lo que me refiero.
–Claro, cariño -dio otra calada al cigarrillo y expulsó el humo por un costado de la boca-. Claro.
No añadió nada más, sólo golpeó suavemente el lomo de Marty, cerca de las patas delanteras y se volvió. Sin decir una palabra, recogió sus cosas, se colgó la tira de su cámara alrededor del cuello, enrolló el resto de pertenencias con el saco de dormir y lo enganchó con cuerdas elásticas en la parte trasera de su motocicleta.
–¿Quieres dar un paseo? – le preguntó.
Claire sacudió de nuevo la cabeza.
–Ya he dado uno -contestó señalando a Marty.
Para su sorpresa, Kane cogió la cámara, tomó varias fotografías de ella montada a caballo, luego volvió a meter la cámara de treinta y cinco milímetros en su funda, arrojó la colilla en las frías brasas del fuego y encendió el motor de su gran moto. Marty se encabritó al oírlo, pero Claire se agarró con fuerza. A continuación Kane Moran se marchó, desapareciendo tras una columna de humo azul producida por el tubo de escape de la moto y que le persiguió en su carrera a través del camino empedrado.
Claire se quedó allí con una débil sensación de desilusión y desprecio. No llegaba a comprender aquella sensación, pero definitivamente tenía que ver con Kane Moran.
–¡Por el amor de Dios, hijo mío, mantente alejado de Claire Holland!
Neal Taggert arrojó disgustado una carpeta sobre la esquina de su escritorio.
Los papeles volaron, desparramándose como una bandada de pájaros asustados y cayeron desordenados sobre la elegante carpeta. Neal no pareció percatarse. O quizá simplemente no le importó.
Harley quería escarparse y desaparecer. Las rabietas de su padre siempre le habían dado pánico, pero se mantuvo firme, frente al refinado escritorio color caoba. Dejó que su padre despotricara. Esta vez no iba a dar marcha atrás.
–Estoy enamorado de ella.
–Por Dios Santo. ¿Enamorado? -Neal soltó una serie de palabrotas que casi hicieron estallar los oídos de Harley-. Eso no es amor, y, déjame que te diga
-de pie, señaló con su carnoso dedo la nariz de Harley y le lanzó una mirada
de odio- la noción de amor está sobrevalorada.
–No voy a dejar de verla.
–¡Claro que lo harás! – Se apartó de la mesa más rápido de lo que Harley esperaba, Neal era sorprendentemente ágil-. Escúchame, chaval. Perderás el interés por esa chica rápidamente -chasqueó los dedos-. O te desheredaré,
¿me has oído?
Durante unos instantes el corazón de Harley permaneció tranquilo, pero justo después se imaginó su vida, y la de Claire, delante de sus ojos. No tendría dinero, ni lujos, vivirían en un bloque de apartamentos sobre un garaje o sobre un restaurante italiano, donde el ruido de la clientela y de las cazuelas en la cocina traspasarían los muros, junto al hedora ajo y a otras salsas picantes. Tendría que renunciar a su Jaguar. Cerró los puños y apretó los dientes.
Como si estuviera leyéndole la mente, Neal sonrió, mostrando los dientes, uno de los cuales era de oro.
–No es una imagen agradable, ¿verdad?
–No me importa. No voy a dejarla.
Neal suspiró y se pasó una mano por el escaso pelo que le quedaba en la coronilla.
–Mierda, hijo, no tienes que fingir conmigo. Oh sí, claro que te gustaría pensar que eres noble y romántico y toda esa porquería, pero la verdad de todo esto es que no eres mejor que yo o que Weston. Amas la buena vida más de lo que amas -resopló de nuevo- a cualquier mujer.
–Pero Claire…
–Es una Holland. Como su padre. Apoyó la cadera en la esquina de la mesa y suspiró profundamente; parecía venirle del alma, si es que tenía. En aquel
momento algunos asuntos ocuparon su conciencia o espíritu-. Intenté llevarme bien con Dutch, ya lo sabes. Cuando llegué aquí le sugerí que formásemos… bueno, una alianza más que una sociedad, pero Benedict Holland es como un animal territorial, y no se fijó en todo el dinero que podríamos conseguir si trabajásemos juntos en lugar de competir el uno contra el otro. Siempre, desde que tu madre y yo nos mudamos aquí, Dutch ha estado buscando la forma de librarse de mí, de tu madre y de todo lo que tuviera que ver con los Taggert. En mi opinión, aunque sé que no te interesa, Dutch probablemente esté pagando a su hija para que se fije en ti sólo para llegar hasta mí.
–Eres increíble -dijo Harley en voz tan baja que parecía un susurro-. Estás tan jodidamente centrado en ti mismo que piensas que todo gira a tu alrededor. Esto es diferente, y voy a seguir viendo a Claire lo apruebes o no.
–Entonces deberías ir pensando en mudarte y olvidarte de volver a Berkeley en otoño. Y el coche… sólo es alquilado, lo sabes, así que estaré esperando a que me devuelvas las llaves.
Harley se tragó el miedo que le invadía, el miedo contra el que había luchado desde que era un niño, el miedo de no ser, de algún modo, lo bastante bueno. Durante años había vivido a la sombra de Weston. Su hermano mayor, el Dios alto y atlético tanto en el campo de fútbol como en el asiento trasero del coche. Weston, que aprobó el instituto con los ojos cerrados y había entrado en Stanford con una maldita beca. Weston, el genial, el rey, el grano en el culo.
–No conseguirás intimidarme, papá – insistía Harley, notando cómo se le movía la nuez de la garganta.
–Claro que sí, hijo. – Neal parecía tranquilo. Se frotaba las manos, como si estuviera saboreando aquel pequeño juego de poder-. ¿Cuánto tiempo crees que vas a durar en el mundo real, con un trabajo miserable y un montón de facturas por pagar? Claire Holland tiene gustos caros, como tú. No sería feliz «viviendo del amor» o como demonios quieras llamarlo. Ni tú tampoco.
Paige, la estúpida hermana de Harley, no se molestó en llamar a la puerta, simplemente la abrió y se coló en la habitación.
–¡Kendall está aquí!
Harley, con el corazón hundido, miró por la ventana abierta del estudio y vio pararse el coche rojo de Kendall, cerca del garaje. La chica bajó. Era una muchacha de aspecto delicado y piel clara, con el pelo más claro aún, y unos ojos grandes y azules que tenían por costumbre acusar a Harley de traición, engaños y demás pecados. El día iba de mal en peor.
–Espero que puedas explicárselo mejor a ella de lo que lo has hecho conmigo -dijo Neal, poniéndose recto mientras Harley se acercaba, cruzando las puertas dobles, por el vestíbulo, a la puerta de la casa que Paige estaba abriendo justo en aquel momento.
–Pensaba que estabas en Portland -dijo Paige, sonriendo a Kendall, más mayor y guapa.
Paige adoraba a Kendall de la misma manera que veneraba a las animadoras o a las reinas de alguna promoción o fiesta juvenil. De la misma manera que había adorado a sus estúpidas muñecas Barbie hacía unos cuantos años. Se trataba de una pasión obsesiva, exagerada y empalagosa.
Kendall tuvo la decencia de ruborizarse un poco.
–Bueno, yo he venido a ver a Harley. – Le miró con unos ojos apenados que le hicieron horrorizarse por dentro.
–Ah -el rostro de Paige cambió, y desapareció la gran sonrisa que lucía.
–Pero me pasaré luego a verte, antes de irme. – Añadió a su promesa una sonrisa, y Harley se preparó para lo que seguía a continuación.
–¡Kendall! – gritó Neal con una sonrisa de oreja a oreja-. ¿Cómo estáis tú y
tu familia?
–Bien.
–¿Y los campos de golf de tu padre?
–Tan mal como siempre, según él.
–No lo creo -dijo acompañado de una fuerte risa.
Neal le dio una palmadita paternal en el hombro, ignoró a su hija y miró a Harley. No le dijo una palabra, pero el mensaje estaba claro: «Hijo, ésta es la mujer que te conviene.»
Harley pensaba diferente. Cuando su padre volvió al estudio, y Paige se marchó a regañadientes, Harley y Kendall avanzaron por la casa.
–Ya sé qué es lo que estás haciendo aquí -le dijo él, mientras abría la pesada puerta corrediza.
Dejó pasar primero a Kendall, y luego la siguió, hasta llegar al porche posterior hecho con la madera de los cedros que quedaban encima del gran cañón. Por donde el río Chinook fluía furiosamente por el barranco, en dirección al mar. Las ramas más altas de los abetos les cobijaban del sol de verano, y el fuerte sonido de la corriente amortiguaba sus voces. Tomando aliento con fuerza, Kendall simplemente dijo:
–Te quiero.
–Ya hemos hablado de eso.
–Quiero casarme contigo. – Kendall parecía angustiada, tenía la piel translúcida.
–No, no quieres.
–Por el amor de Dios, Harley, sabes que sí. – Se acercó a él para que la fragancia de su perfume superara el olor frío que les rodeaba del bosque-.
Hicimos el amor. Justo aquí, en este porche. En tu coche. En tu cama. Yo era virgen, y tú… tú me dijiste que me querías y luego…
Harley apretó los dientes. Tenía las manos en la barandilla y se le saltaron las lágrimas.
–¿Qué pasaría si… si estuviera embarazada? – dijo ella. El corazón de Harley se detuvo por un segundo, luego continuó latiendo. ¿Embarazada?
¿Kendall? Se le cayó el mundo encima. No podía ser. Habían tenido mucho cuidado. Él había tenido mucho cuidado.
–No estás embarazada.
–No -negó con la cabeza, con el sol brillándole sobre la rubia coronilla-.
Ojalá lo estuviera.
–Así me casaría contigo.
–¡Sí! Yo te haría feliz, Harley -prometió, acercándose a él, cogiéndole una mano entre las suyas.
Comenzó a llevársela a los labios, pero él se la quitó, no quería verla arrastrarse, ya se sentía bastante mal.
–Se acabó, Kendall. No sé qué más tengo que hacer o decir para convencerte.
–Todavía me quieres.
–No.
Kendall se estremeció como si le hubiesen golpeado con una estaca.
Comenzó a llorar desconsoladamente, a la vez que sollozaba. Harley nunca había sido cruel. Tonto, sí. Ingenuo en más de una ocasión, pero ¿cruel?
Nunca. Y no podía soportar verla llorar.
Consciente de que iba a cometer un error colosal, suspiró y la abrazó entre sus brazos.
–Lo siento, Kendall -le dijo al oído-. De verdad que lo siento.
–Sólo quiéreme, Harley. ¿Es eso demasiado pedir?
Levantó la cabeza y parpadeó, luego le besó con una pasión que sorprendió a Harley. El beso era apasionado, ardiente, y sabía a la sal de sus lágrimas.
Durante unos segundos se dejó llevar, los huesos se le empezaron a derretir, pero de repente se apartó, y dejó caer los brazos a ambos lados.
–Lo siento -dijo.
Nunca había querido herirla o engañaría, era sólo que le resultaba muy difícil tomar una determinación. Ahora que la había tomado, se sentía como un cabrón.
–Esto es por Claire Holland -comentó ella entre sollozos, como si una nube borrosa bloqueara el sol que cubría la tierra.
–Lo que sucedió entre nosotros no tuvo nada que ver con Claire.
–¡Mentira! – Se frotó los ojos con la yema de los dedos, manchándoselos con la máscara de pestañas, y levantó un poco la cabeza-. Si tengo que luchar por ti, lo haré.
–Esto no es una batalla.
–Para ti quizás no, pero para mí sí.
–¿Kendall?
La voz de Paige resonó por el cañón, y, echando un vistazo hacia arriba,
Harley pudo ver a su hermana sentada junto a la ventana abierta. Tenía el pelo castaño recogido en una coleta baja, y sus ojos miraban a su hermano como acusándole de algún crimen. Probablemente había escuchado toda la discusión, había presenciado toda aquella escena. ¡Genial! Justo lo que necesitaba. Más presión, esta vez por parte de su hermana pequeña.
–Subo… subo en un minuto -dijo Kendall, luciendo una sonrisa aunque tenía los ojos enrojecidos, el rostro triste y los hombros hundidos.
Cuando Paige se metió en la habitación, Kendall susurró:
–Esa niña debería meter la nariz en sus propios asuntos.
Por una vez Harley estuvo de acuerdo con ella, y se preguntó cuántas personas más habrían presenciado su intercambio de palabras. Aquella casa de tres pisos estaba llena de ventanas con vistas al barranco, completamente abiertas para que la casa se ventilara. Creyó ver otra imagen escondida tras el cristal, junto al reflejo del sol, pero luego pensó que quizá se equivocaba.
–Sólo dame otra oportunidad -rogó Kendall, cogiéndole la mano y atrayéndole hacia las escaleras situadas al lado norte del porche, allá donde florecía una clemátide al sol, una flor de color lila.
Harley miró de reojo, descendió siguiendo a Kendall, y se dijo que aquello era peligroso. Ella le llevaba por el sendero que cruzaba el bosque, siguiendo el curso del río, y no estaba dispuesta a parar hasta que llegasen al lugar donde se habían detenido una docena de veces antes. Se trataba de una cañada sombreada donde la luz del sol se colaba entre los árboles, y la brisa mecía la hierba alta y brillante por el reflejo del sol.
–Creo que deberías irte, Kendall -le dijo, pero el corazón se le aceleró, y cuando ella le puso los brazos alrededor del cuello para besarle, el instinto masculino superó a la razón-. No -susurró él, sin mucha convicción mientras Kendall le metía los dedos por debajo del suéter-. No, Kendall…
La agarro de los hombros mientras ella le abría el cinturón y le bajaba la