Susurros
Capítulo 34
–He estado intentando localizarte. Tessa ha llamado y…
Weston Taggert estaba de pie, en las sombras del porche.
–¿Y qué?
Un horror tan oscuro como la misma muerte le recorrió la columna.
–Espera. ¿Qué estás haciendo aquí? – preguntó. Tenía los pulmones oprimidos y los extremos de su boca expresaban total desesperación. Las rodillas amenazaban con ceder.
–Creo que deberías venir conmigo -le dijo con una expresión sombría.
–¿Contigo? ¿Por qué?
Pero lo sabía. Oh, Dios, lo sabía con una certeza soterrada.
–Porque, Claire, tengo a tu hijo.
Capítulo 34
Kane conducía como loco. Pisó el acelerador y tomó una curva demasiado deprisa. Los neumáticos chirriaron en protesta y un coche que iba por el sentido contrario le esquivó bruscamente. El conductor hizo sonar la bocina antes de desaparecer en la niebla. Pero a Kane no le importó. Tenía que llegar hasta Claire y encontrar a Sean. Justo cuando colgó, salió por la puerta, y se dio cuenta, con tal seguridad que le provocó escalofríos, de que Claire tenía razón al temer por la vida de su hijo. El motivo: Weston Taggert.
Paige había admitido haber estado en el muelle aquella noche. Había creído ver a una Kendall furiosa, la cual había matado a Harley por salir con Claire. Pero era a Tessa a quien había visto. Al no saber la verdad, había callado durante dieciséis años para proteger a Kendall. Y también había llevado a cabo su propia penitencia cuidando de su padre por no haber ayudado a salvar a su hermano.
Pero Neal Taggert le había facilitado la verdadera clave. La única persona que podría haber salido beneficiado de la muerte de Harley era Weston. Que no hubiese asesinado a su hermano era, según Kane, cuestión de suerte. Los otros dos hombres, sobre los cuales se había rumoreado que eran medio hermanos de Weston, habían encontrado la muerte de manera repentina y prematura. Kane no sabía por qué Paige, la única progenie Taggert que quedaba, había conseguido sobrevivir, pero probablemente tendría algo que ver con el testamento de Neal.
Kane casi dejó atrás el desvío que conducía a la propiedad de los Holland.
Sin embargo, consiguió girar en el último instante. Los rayos de luz de los faros cortaban la niebla, alumbrando los troncos musgosos de los altísimos abetos. Si realmente Weston había matado a todos los hijos de Neal,
¿también querría librarse de los hijos de éstos, es decir, de los nietos de Neal? Jack y Hunter habían muerto sin tener hijos, y Harley también, pero Weston podía estar equivocado. Si había visto a Sean y había hecho cálculos, ¿no supondría que el hijo de Claire era hijo de Harley?
«Ni lo pienses -se dijo-, el chico está enfadado, eso es todo, y salió para calmarse. Estará a salvo en alguna parte. Seguramente ya estará en casa con Claire.»
Apenas visibles a través de la niebla y los árboles, las luces de la vieja casa resplandecían en calma. Kane tomó una última curva y pisó el pedal del freno.
Apagó el motor, se guardó las llaves en el bolsillo y subió las escaleras del porche. La puerta se abrió y apareció Samantha. Llevaba puesto un vestido
negro. De fondo, la luz interior de la casa.
–¿Mamá?… Ah…
–¿No está tu madre por aquí? – preguntó Kane.
–No lo sé. Estaba… -Obviamente, la chica estaba preocupada-. Yo estaba arriba, arreglándome para la fiesta del abuelo y mamá y yo tuvimos una especie de discusión. Luego bajó las escaleras, creo. Pero no está aquí.
–Su coche está aparcado frente al garaje.
–Sí, lo sé.
–¿Falta algún otro vehículo?
Samantha negó con la cabeza.
–Creo que no. – Se mordió el labio. Parecía inquieta-. Estaba preocupada por Sean, y creo que llegó alguien. Vi un coche llegar y luego marcharse.
–¿Quién era?
–No lo sé. Me estaba vistiendo, tenía la radio encendida y, y… ¡ahora ya no está!
La chica se estaba poniendo muy nerviosa. Se volvió a morder el labio.
Parecía que fuese a romper a llorar.
Kane le pasó el brazo por los hombros.
–Escucha, encontraré a tu madre -le dijo-. ¿Puedes llamar a alguien para que se quede contigo? No, mejor, veamos si puedes quedarte en casa de alguien.
–Iré contigo.
–No creo que sea una buena idea.
–¿Por qué no?
–Porque podría tardar un poco hasta encontrarla. ¿No tienes idea de dónde puede estar? ¿O con quién?
–No. Se supone que íbamos a asistir a la fiesta.
–Qué hay del coche… ¿Lo viste?
Samantha negó con la cabeza, luego se quedó quieta.
–No era un coche -dijo entrecerrando los ojos para concentrarse. El labio inferior le temblaba-, creo que era un camión.
–¿Un camión grande?
–Una… una camioneta.
–¿De qué color?
–Negra o… u oscura.
–¿Viste a alguien dentro?
Samantha sacudió la cabeza lentamente.
–Estaba muy oscuro y había demasiada niebla. – Tragó saliva con dificultad. Seguidamente, dijo con un hilo de voz-: ¿Mamá está en apuros?
–No lo sé, Samantha. Pero quiero encontrarla. Vamos a llamar a alguien con quien puedas quedarte.
–Pero yo quiero ir.
–Creo que sería mejor que te quedaras aquí.
Kane oyó el sonido de un coche acercándose. Vio la luz de los faros a través de la niebla.
–Vamos dentro -sugirió, cruzando el umbral justo cuando el coche tomaba la última curva.
La gravilla crujió cuando el Volvo se detuvo. Miranda, que llevaba puesto un vestido largo negro, salió del coche.
–¿Y Claire?
–Desparecida -dijo Kane.
–¿Qué quieres decir? – preguntó Miranda mientras subía los escalones del porche.
–Salió con alguien. Samantha puede explicártelo. Yo voy tras ellos.
–¿Quiénes son? – continuó interrogando.
–No estoy seguro.
–Espera un momento. ¿Qué está pasando?
–Samantha te lo dirá. Creo que Claire y Sean podrían estar con Weston Taggert.
–¿Taggert? ¿Por qué? – preguntó.
–Está metido en todo esto hasta el cuello, sea lo que sea -dijo Kane sin entrar en detalles debido a que Samantha estaba presente.
–Pero Claire me llamó, creo, por algo de Sean.
–Creo que Taggert está detrás de todo. Desde el principio -le dijo para que Miranda pudiera comprender la gravedad de la situación-. Creo que se ha estado cargando, sistemáticamente, a todo aquel que significara una amenaza para la fortuna de su familia.
–Pero Paige…
–En su caso no lo entiendo. Todavía. Pero no tenemos tiempo para sentarnos y hacer conjeturas. Lleva a Samantha dentro y cierra con llave todas las puertas. Después llama al contacto que tengas en el departamento de policía, y dile que busquen una camioneta de color negro o azul oscuro o verde oscuro. ¿Tienes idea de cómo era, cariño? – preguntó mirando a Samantha-. ¿Viste la matrícula?
Samantha estaba junto a Miranda. Tenía los ojos muy abiertos y asustados.
Negó con la cabeza.
–Estaba oscuro y había niebla.
–Shh. No pasa nada -dijo Miranda, obviamente intentando quitar seriedad al asunto-. Me ocuparé de Samantha y llamaré a la comisaría. Tengo un amigo, Petrillo. Él hará que se encarguen de todo.
–Perfecto. Entrad. Cerrad las puertas. Podéis llamarme al móvil -dijo y recitó el número mientras se dirigía al jeep.
La imagen de Weston y Claire juntos hacía que el corazón casi se le detuviera. Weston el violador. Weston el asesino. Weston, quien no se pensaría dos veces matar a Claire o a Sean.
Kane puso el jeep en marcha y salió disparado, derrapando con los neumáticos. Aceleró hacia la carretera. Decidió dirigirse a Industrias Taggert. Los asesinatos habían comenzado con hombres que habían trabajando para Neal Taggert, y ahora Weston estaba al mando de la corporación.
–De acuerdo -dijo Miranda con el teléfono colocado entre la oreja y el hombro. Hablaba con Petrillo. Estar allí encerrada le hacía subirse por las paredes. Por suerte Samantha estaba en el estudio, tapada con una manta y viendo la televisión. Aun así, Miranda hablaba en voz baja-. No me importa que Sean no lleve veinticuatro horas desaparecido. Hablo en serio. Kane Moran piensa que Weston Taggert mató a Jack Songbird y a Hunter Riley.
– ¿Y qué hay de su hermano? ¿Harley?
Miranda hizo de tripas corazón.
–No creo que Weston tuviese algo que ver. – Por Dios, ¿durante cuánto tiempo tendría que mentir? ¿Podría proteger a Tessa? ¿Y dónde demonios se había metido? ¿No había dicho Claire algo sobre que Sean y Tessa estaban juntos? La conversación telefónica se oía a trozos, pero eso era lo que le había parecido entender-. Pero quiero que traigan a Weston Taggert para interrogarle. Ya.
– Hecho -dijo Petrillo, y colgó.
Miranda intentó contactar con Claire a través del móvil… Otra vez… El buzón de voz. El maldito teléfono no estaba disponible. ¿Dónde estaba?
¿Dónde se la habría llevado Weston? Si es que estaba realmente con Weston. Samantha no había visto al hombre con el que Claire se había ido.
¿Se habría marchado por voluntad propia? No, sin lugar a dudas, no habría dejado a su hija sin decirle adónde iba. Lo que parecía más probable era que hubiese salido repentinamente, con el fin de que Samantha no se viese involucrada.
Absurdamente, Miranda pensó en Denver Styles. Marcó rápidamente el único número que tenía de él, un móvil cuyo tono emitió un pitido. Maldito Oregón, con aquellos riscos altos, montañas, simas profundas y pésima cobertura. Le gustara o no, tendría que esperar. Se dirigió hacia el estudio y vio a Samantha acurrucada en el sofá. Tenía cerrados los ojos cargados de maquillaje. Parecía como si estuviera durmiendo. Miranda entró en la
habitación y la muchacha se despertó. Esforzándose por no llorar, le dijo:
–Tú sabes dónde está mamá, ¿verdad?
–Aún no.
–¿Crees que le ha pasado algo malo? – Una lágrima le brotó del lagrimal.
A Miranda se le desgarró el corazón. Aunque Samantha intentara hacerse la dura, la verdad es que estaba aterrada. Miranda se sentó en el sofá y le pasó el brazo por el hombro a su sobrina. Samantha estaba temblando.
–No te preocupes, cariño -le dijo con la esperanza de tranquilizarla-.
Encontraremos a tu madre y a tu hermano.
–Todo es por su culpa -replicó Samantha, con voz ahogada mientras intentaba evitar sollozar-. No debió haberse ido.
–Shh. No sabía que sucedería esto -susurró, y añadió en voz baja-: Ninguno lo sabíamos.
–¿Dónde me llevas? ¿Dónde está Sean? – le preguntó Claire a Weston.
Él ponía cuidado en no sobrepasar el límite de velocidad. Circulaban por la carretera estrecha que serpenteaba a gran altura encima del mar. En la camioneta había un estante para rifles, pero el rifle no estaba allí, sino cerca de la mano izquierda de Weston, un lugar imposible de alcanzar. Cuando Claire vio el arma, sintió un escalofrío. ¿Hasta qué punto estaba desesperado aquel hombre? ¿Dónde estaba Sean? La idea de que su hijo pudiese estar muerto le hizo estremecer. No, no podía pensar en eso.
Sean tenía que estar vivo. Tenía que estarlo. Y ella tenía que salvarle como pudiera.
Aquella noche no podía verse el océano a través de la niebla. El único modo
de saber dónde terminaba el asfalto era mirando la raya blanca que había pintada sobre la calzada, pero ésta se difuminaba en contacto con el arcén.
Con los ojos clavados en la carretera, Weston continuó conduciendo en dirección sur. Aunque Claire no podía ver que faltaban trozos de quitamiedos por aquella carretera, era consciente de que, si cayesen desde aquel acantilado, se precipitarían en el furioso mar, a decenas de metros de profundidad.
–¿Dónde demonios vamos, Weston?
–Ya lo verás cuando lleguemos.
–¿Mi hijo está bien? No le habrás hecho daño, ¿eh, cabrón?
–Cállate.
Pero Claire intentaba distraer a Weston mientras metía la mano en el bolso.
Sus dedos se movieron sigilosamente, buscando el teléfono móvil. No se atrevió a sacarlo, tuvo que hurgar en la oscuridad. Gracias a Dios Weston tenía la radio encendida, escuchaba las noticias, la predicción del tiempo.
Los dedos de Claire encontraron el teléfono. Lo abrió. Tosió y se aclaró la voz, mientras el teléfono hacía un clic. Podía ver la pantalla digital dentro del bolso. Con un movimiento rápido, manejó el teléfono, intentando bajar el volumen. El corazón le latía un millón de veces por minuto y apenas podía respirar. Rogó poder llamar al 911, sin que Weston se diera cuenta de lo que estaba haciendo.
Un coche se aproximó. Podían ver las luces de los faros en el espejo retrovisor. Weston miró por el espejo y redujo la velocidad, esperando a que el coche les adelantara. No fue así.
–Maldita sea -refunfuñó.
Vio un espacio en la calzada, un mirador desde el cual se podían contemplar las vistas del mar en un día claro. El coche que iba tras ellos les adelantó.
Weston comprobó la hora. Seguidamente, retomó la marcha. Claire pudo
ver cómo la pantalla de su teléfono, dentro del bolso, se iluminaba.
Nerviosa, marcó los números, y a continuación, tapó el altavoz con la mano. Miró hacia adelante, y cuando creyó que habían descolgado al otro lado de la línea, dijo:
–¿Dónde vamos? ¿Al sur?
–Te he dicho que no hagas preguntas -contestó Weston.
Claire le pareció oír una voz femenina: «Policía».
–¿Dónde vamos? ¿Dónde está Sean? Se supone que tendría que estar en la fiesta de mi padre, recuerdas. Dutch va a anunciar su candidatura a las elecciones para gobernador esta noche, y yo no estaré presente. Si alguna de mis hermanas, de mis hijos, no asistimos, va a sospechar que algo sucede.
–Todo habrá acabado antes de que se entere.
–Eso no es verdad. Miranda trabaja para el departamento del fiscal en Portland. Te pillarán como a un perro, que es lo que eres. Weston Taggert, si nos haces daño a mí o a mi hijo o a alguien más, te encontrarán.
–¿Igual que descubrieron lo de Harley? – replicó y rió después-. No sabes lo que ocurrió, ¿verdad? Durante todo este tiempo has creído estar protegiendo a tu hermana, Tessa, porque ella golpeó a Harley en la cabeza con una roca.
El corazón de Claire se detuvo.
¿Qué estaba diciendo?
–Eso podría haber servido. Sin embargo, no podía estar seguro. No podía correr ese riesgo. Detesté tener que hacerlo, pero Harley era débil, y ya estaba harto de tener que cargar con él.
–¿Así que tú le mataste? Pero espera, ¿cómo? – dijo Claire, rezando en
silencio para que la policía no hubiese colgado y estuviese grabando la confesión de Weston.
–Yo estaba allí aquella noche. Vi lo sucedido y me tiré al agua. Al principio pensé en salvar al muy hijo de puta, pero luego se me ocurrió dejar que muriera.
–¿Qué hiciste? – preguntó, más asustada que nunca en su vida.
Weston le lanzó una mirada que hizo que Claire sintiera escalofríos. Aquel hombre era pura maldad.
–Simplemente ayudé a que la naturaleza siguiera su curso. Le agarré de los tobillos hasta que dejó de esforzarse por salir.
–Pero tú… ¿cómo podías respirar? Es decir…
–Tengo una capacidad pulmonar increíble. Harley ya había caído al agua, se sumergía cada vez más. Sólo tuve que esperar.
–Oh, Dios.
Su sonrisa era una línea blanca.
–¿Y sabes cuál era mi fantasía por aquel entonces?
Claire no contestó, no quería saberlo. Lo único en lo que podía pensar era en salvar a Sean y a Tessa.
–Conseguir a todas las hermanas Holland. Pensaba que sería la máxima venganza…
Dejó de hablar de repente, cuando vio un desvío en la carretera. Se trataba de un camino viejo de leñadores que bordeaba los pocos árboles que quedaban en dirección norte.
–¿Dónde está Sean? – continuó insistiendo-. Y Tessa.
Weston le lanzó una mirada.
–A salvo.
–Por aquí, en este sendero viejo. ¿Dónde estamos?
–¿No lo sabes? Aquí es donde empezó, Claire. Éste fue el primer campo de leñadores que compró tu padre. Es el lugar apropiado, ya que retrocede a los tiempos de Stone Illahee, justo el lugar donde tu padre va anunciar su candidatura a gobernador. Dios. Vamos, nos están esperando.
–¿Quién?
–Para empezar, tu hijo y tu hermana. Les he reunido. Bueno, yo no. Yo tengo una coartada para el momento en que han desaparecido.
Claire se derrumbó al ver la puerta vieja y oxidada por la que el vehículo cruzó en dirección a la colina. Seguramente la policía le seguiría el rastro…
¿o no? Incluso aunque así fuese, cuando lo hiciesen sería demasiado tarde, pues Claire estaba segura de que Weston tenía el propósito de asesinarles a todos.
A menos que ella le detuviese.
– ¿Lo has oído? -preguntó Petrillo deteniendo la grabación.
Miranda apretaba el auricular, muerta de miedo.
–Sí -consiguió decir, aterrorizada. Había oído la llamada que Claire había hecho a la policía. Había escuchado, con horror, la conversación entre Claire y Weston Taggert. El cabrón que le había violado, había matado a Harley y había dejado que Tessa cargara con la culpa. Había matado a Jack y a Hunter. El corazón se le contrajo por el temor-. Tienes que ayudarles -
susurró, para que Samantha no pudiese oírla.
– Trabajamos en ello. Creemos, por la pistas que nos ha proporcionado tu hermana, que se encuentran en el campo veinticuatro, un risco escarpado situado al sur de Stone Illahee. Ese lugar lleva abandonado cincuenta años.
Ya he mandado a algunos hombres.
–Espero que no sea demasiado tarde.
– Yo también -dijo Petrillo preocupado-. Alguien debería decírselo a tu padre.
Miranda miró el reloj. Casi las nueve. Su padre debía de estar a punto de anunciar la noticia en la sala de baile de Stone Illahee. A Miranda se le contrajo el estómago.
–Ya me encargaré de eso. Tú sólo consíguelo, Petrillo. Coge a ese hijo de puta y asegúrate de que mis hermanas y mi sobrino estén a salvo.
– Hacemos todo lo posible -dijo antes de colgar.
Miranda se volvió y vio a Samantha en la entrada.
–Estás hablando de mamá, ¿verdad?
–La policía cree que la ha encontrado.
–¿Está bien?
–Eso creemos. Lo sabremos pronto. El mejor detective del mundo está trabajando en ello. Ahora, sube, lávate la cara y date prisa. Tenemos que ir a la fiesta y explicarle al abuelo lo que está pasando.
Samantha subió las escaleras como una bala. Rápidamente, Miranda marcó el número del teléfono móvil de Kane Moran. Estaba enamorado de Claire.
Sean era su hijo. Merecía saber qué estaba pasando.
Kane colgó el teléfono y comprobó la hora. Se encontraba a sólo cinco minutos del desvío que llevaba al viejo camino de leñadores. Había estado en la oficina de Weston y el vigilante de seguridad se había empeñado en que aún se encontraba allí, puesto que su coche continuaba aparcado en su plaza. Sin embargo, Kane había insistido para que le llamara y, al no poder contactar, habían ido a su oficina. Weston no se encontraba en el edificio y, tras hablar con un vigilante de un aparcamiento cercano, descubrieron que faltaba una furgoneta color azul oscuro. La misma furgoneta que había visto Samantha. La misma furgoneta a la que había subido Claire. Kane no se atrevía a pensar en ello y en lo que podría ocurrirle a manos de Weston.
Era demasiado doloroso. Pero si aquel cerdo se atrevía a tocarla, Kane le mataría.
Un momento.
«¿Y de qué le servirías a Claire entonces? ¿De qué le servirías a tu hijo?»
Apretó los dientes e intentó mirar a través de la noche. No quería plantearse las consecuencias. Ahora tenía que encontrarles. Oyó sirenas que cortaban el silencio de la noche, pero fue incapaz de ver luces en la niebla. Casi se pasó el desvío de largo. Hundió el coche por el camino de gravilla y polvo.
Las malas hierbas y los baches le dieron la bienvenida. Encontró una verja oxidada abierta. Cambió de marcha y pisó el acelerador. No sabía la longitud de aquel camino, no alcanzaba a ver la cima del risco, donde el estrecho camino serpenteaba rodeando la montaña.
No llevaba arma. Ni pistola. Ni siquiera un cuchillo. Pero había aprendido a pelear cuerpo a cuerpo el tiempo que había estado en el ejército. Sabía lo que significaba matar a un hombre.
Y si Weston Taggert había herido a alguno de ellos, se las pagaría. El motor rugía montaña arriba, anunciando su llegada. Los neumáticos giraban y se adherían al suelo en la pronunciada pendiente. Tuvo que accionar la
tracción en las cuatro ruedas para evitar resbalar colina abajo, envuelto en la nebulosa de la nada.
–Vamos, vamos -dijo con la esperanza de ver aparecer la furgoneta en la oscuridad. De enfrentarse a Taggert. De, por Dios, salvar a Claire. Tenían asuntos pendientes, ambos, y ahora eran cuatro. Decididamente, Sean y Samantha formaban parte del asunto. Y así debía ser.
¿Dónde demonios estaban? Dios, llevaba ascendiendo diez minutos sin parar, y seguía sin haber ni rastro… De repente, Kane llegó a un claro. Dos vehículos con luces tenues estaban aparcados entre unos edificios ruinosos con porches caídos y ventanas rotas. Entre la camioneta oscura y una furgoneta mugrienta gris, iluminado por los rayos, se apiñaba un grupo de personas, rodeado por una niebla semejante a humo. El corazón de Kane empezó a latir vertiginosamente cuando distinguió a Claire y a Tessa, vivas e inmóviles. Weston se encontraba a su lado, amenazándolas con un rifle.
Al otro lado del claro había un segundo hombre que Kane reconoció como Denver Styles. Faltaba Sean.
Con el corazón en un puño, Kane salió lentamente del coche. La mortífera mirada de Weston se centró en él, pero continuó apuntando con el rifle a las mujeres.
–Mira quién ha venido. La puñetera caballería. Arriba las manos, Moran.
Kane hizo lo que le pidió. Sólo tenía que acercarse a Weston lo suficiente para saltar sobre él. El rifle, cuando dejara de apuntar a Claire, ya no sería un problema. Kane había aprendido, hacía años, cómo desarmar a un hombre.
La niebla, densa debido a la bruma del mar, ayudaría a camuflar sus movimientos.
–¿Qué está haciendo él aquí? – preguntó Styles, lanzando una mirada irritada a Kane.
–Intenta hacerse el héroe.
–Todo ha acabado -interrumpió Kane-. La policía está al corriente.
–Por supuesto -se burló Weston, aunque parecía algo nervioso.
La cosa no iba bien. Lo último que Kane quería era que Weston presionara el gatillo a causa de los nervios.
–Nuestro plan sigue adelante. – Weston no pensaba dejar que le disuadieran. Inclinó la barbilla hacia Kane. Desde los árboles próximos, un buho ululó en su soledad-. Simplemente nos aseguraremos de que Moran también sea víctima del accidente. Tan pronto como encontremos al chico.
–Te he dicho que el niño no importa -dijo Styles-. No es pariente tuyo. Es bijo de Moran, no de Harley.
–¿Estás seguro de eso?
–Yo mismo vi los resultados de la prueba de ADN.
¿Cómo? se preguntó Kane. ¿Qué pintaba aquel tipo? ¿Era un matón? ¿Un asesino a sueldo? Styles complicaba las cosas. Kane sabía que podía con Taggert, pero Styles era otro tema. Los dos hombres a los que tenía que reducir se encontraban lejos el uno del otro. Afortunadamente, Styles no empuñaba ningún arma. Pero eso no quería decir que no llevase un arma escondida bajo la chaqueta.
–Pero el chico puede delatarte. Te ha visto la cara.
–Yo voy a desaparecer -dijo Styles-. A esconderme de la policía. Si piensan que el accidente fue planeado, me culparán, ya que es tu camioneta la que se va a despeñar por el acantilado. Nadie podrá saber nunca que tú estas detrás de todo. Así que dame el dinero y yo haré el resto. Puedes largarte, consigue una coartada.
Así que aquel tipo era un asesino a sueldo. Bueno, Styles tendría que acercarse a Taggert para que éste le entregase el dinero. Cuando lo hiciera, Kane actuaría. De ninguna manera iba a permitir que Claire se montara al coche con cualquiera de aquellos dos cabrones. Los músculos se le contrajeron. Estaba de puntillas, listo para abalanzarse.
–¿Y qué pasa con él? – preguntó Weston haciendo un gesto hacia Kane con la boca del rifle.
Kane se quedó helado.
Styles ni le miró. Tenía la mandíbula dura como una roca, los labios formando una fina línea.
–Tal y como has dicho, Moran también irá.
–Cabrones, ¿creéis que os vais a salir con la vuestra? – Claire miró a Kane.
–Shh. No digas nada -le advirtió Tessa. Había algo extraño en su actitud-.
Haz lo que te dicen.
–¿Te has vuelto loca? ¡No pienso hacerlo! Nunca. – Claire estaba furiosa y asustada.
Kane quería encontrar el modo de consolarla.
–Yo tampoco, Taggert. Como te he dicho, la policía lo sabe todo.
–¿Y dónde están? Por Dios, Styles, acabemos con esto. – Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y extrajo un sobre grueso. Kane avanzó-. Aquí está casi todo. Tendrás el resto cuando termines el trabajo, y si me entero de que mientes sobre el chico…
–No miente. Deja a Sean al margen de esto -dijo Claire-. Sea lo que sea. –
Parecía desesperada. Aterrorizada-. ¡Sean no es el hijo de Harley!
Claire se aproximó a Weston, intentando convencerle, ignorando el cañón del arma que apuntaba a su pecho. Kane notó una sensación en los oídos, vio las intenciones de Weston.
–¡No! ¡Apártate, Claire! – gritó, corriendo hacia ella. De reojo, vio moverse a Styles.
–¡Ahora! – gritó Styles a la vez que el cañón del rifle se desvió, apuntando a Kane.
Se abalanzó sobre Weston.
Estalló el sonido de un rifle.
Kane golpeó con fuerza a Taggert. Taggert gritó y ambos cayeron, al igual que el rifle, sobre la tierra. Kane golpeó al hombre con sus puños, una y otra vez, parecía que quisiera incrustarle la nariz en el cerebro. Se empezaron a oír gritos desde todos los lugares. Por el rabillo del ojo, Kane vio a una docena de hombres con uniforme del SWAT salir de entre los árboles. Sonaban sirenas y entonces vio a Claire, con el rostro pálido, corriendo hacia ellos.
–¡Atrás! – ordenó Styles, apuntando con una pistola a Kane-. Déjale ya, Moran. – Sacó una cartera del bolsillo y le enseñó la placa-. ¡Traed a los médicos, ya!
Alguien separó a Kane de Taggert. Este último estaba retorciéndose de dolor en el suelo, expulsando sangre a borbotones por la boca.
–¡Estás herido! – exclamó Claire, mirándole la camiseta y la mancha de sangre que había sobre ella.
–Es de Taggert.
Styles todavía apuntaba a Taggert con su arma.