Susurros

Lisa Jackson · Capítulo 21 de 37

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Susurros

Capítulo 20

Aunque odiaba la idea de verle cara a cara, no tenía elección. Aquella misma noche, pensó, con las nubes de tormenta sobre el Pacífico, se lo diría.

Capítulo 20

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Cuando Miranda llegó a casa tenía una carta esperándola. En la pila de papeles de correspondencia, revistas y facturas que había desparramados sobre la mesa del vestíbulo, había un sobre blanco y delgado. Tenía la dirección escrita a máquina, y el matasellos era de Vancouver, en British Columbia.

–Hunter -dijo Miranda en voz baja.

Sintió una mezcla de miedo y euforia mientras rasgaba la parte superior del sobre y extraía la única hoja que contenía. También estaba escrito a máquina. Sólo la firma de Hunter, al final de la hoja, estaba escrita a mano, indicando así que se trataba de una carta personal.

Miranda se apoyó en la pared. Los dedos le temblaban y el corazón le latía a toda velocidad. Hunter estaba trabajando en British Columbia, en la maderera de los Taggert. Weston le había conseguido un trabajo fuera del país cuando las cosas estaban empezando a complicarse. Se sentía como un cabrón por abandonarla a ella y al bebé, pero sinceramente, creía que Miranda estaría mejor con alguien de su posición, alguien que pudiera darles a ella y a su hijo todo lo que desearan, todo lo que merecían. La amaba y siempre guardaría un lugar especial en su corazón para ella, pero no podía enfrentarse a la responsabilidad que conllevaba ser marido y padre.

Miranda estrujó la carta con las manos, y juntó los labios para no llorar en voz alta. ¿Cómo podía ocurrir aquello? ¿No la quería? Él dijo que se casarían, que las cosas funcionarían.

«Sabes que nada me gustaría tanto como pasar el resto de mi vida contigo…

Siempre he esperado que tuviésemos la oportunidad de vivir juntos…

Miranda Holland, ¿quieres ser mi mujer?»

Quería casarse con ella, ¿no? ¿O quizá se había sentido acorralado, atrapado? Nunca le había dicho «te quiero», y sólo le había propuesto en matrimonio cuando ella le contó lo de su embarazo.

«Esto, el bebé, no formaba parte de mi plan.»

Cerró los ojos, sin embargo las lágrimas seguían cayendo por el rostro. ¿Era posible que hubiese estado tan ciega, tan inmersa en sus sueños, que hubiese cerrado los ojos ante lo que estaba sucediendo? Se asestó un golpe en la cara, mientras sorbía las lágrimas y pensaba en los rumores que corrían por la ciudad, como un reguero de pólvora, acerca de que Hunter había dejado a una chica, una adolescente de catorce años, embarazada.

¿También eso podía ser verdad? Abrigándose el vientre con los brazos, se meció, como si quisiera consolar al feto y a ella misma.

–Todo saldrá bien -dijo, sin creerse aquella mentira.

Ni siquiera el propio padrastro de Hunter confiaba en él plenamente…

Pero, oh, cómo le amaba Miranda. Aquel dolor le desgarraba el corazón.

Extendido sobre la cama, Paige tocó delicadamente aquel pedazo de papel carbonizado. En realidad, se trataba de un documento legal. Eran los restos de un certificado de nacimiento. Los bordes ennegrecidos y encogidos hacían difícil entender lo que en él se decía. Weston, en un ataque de furia, había intentado quemarlo, como si aquel papel pudiese amenazar o hacer daño a alguien. Pero ¿por qué? ¿Qué personas podían aparecer en aquel papel que tuviesen algo que ver con su hermano mayor?

En agosto, hacía veinte años, había nacido un chico. Era hijo de Margaret Potter. ¿Quién era ella? Todo lo demás, excepto el nombre del hospital donde tuvo lugar el alumbramiento, se había quemado.

Paige pasó horas intentando encajar las piezas, pero no llegaba a entender qué podía interesarle a Weston. Debía ser algo importante, así que Paige plegó el papel y lo volvió a guardar en la ranura de su oso panda, junto a sus demás posesiones valiosas y secretas.

Sonó el teléfono y Paige descolgó justo cuando alguien más en la casa había contestado. Se quedó escuchando para enterarse de quién era. Oyó la voz seca de Weston:

– Hola.

–Hola -dijo una voz dulce de mujer.

Sonaba como si hubiese estado llorando. Por un segundo Paige pensó que era Kendall, pero no podía ser. ¿Por qué iba a llamar Kendall a Weston?

–¿Qué quieres?

– Quiero verte.

Hubo una pausa.

–¿Por qué?

– Porque tenemos que concluir algo.

–Oh, por Dios, no creo que… Bueno, ¿qué demonios? Nos vemos esta noche. En el barco. Sobre la medianoche.

Clic.

La línea se cortó y Paige se quedó mirando el auricular. ¿Aquella mujer era Kendall? ¿O era otra persona? ¿Pero quién? ¿Crystal? O alguna otra con la que Weston se estuviese viendo. Paige le había visto en la ciudad con Tessa Holland… ¿o era alguien que Paige no conocía?

Se preguntó qué estaba tramando Weston.

Cuando Tessa se quitó el albornoz, lanzando la tela de toalla por el aire hasta dejarla sobre la hamaca, pidió a Dios poder gritar, golpear o causar

algún tipo de daño. A alguien. A quien fuera. No, aquello no estaba bien.

Sólo quería hacer daño a Weston y a Miranda, porque sabía, podía sentir instintivamente, que ambos se sentían atraídos. Ahora que Hunter había desaparecido, Weston aprovecharía, y Miranda, a pesar de su mala opinión acerca de él, caería rendida a sus pies. Todas caían rendidas. Por Dios, hacía un calor pegajoso. No corría una sola ráfaga de aire. Unas cuantas nubes con apariencia siniestra rondaban el horizonte, parecían estar esperando a que algún chubasco del Pacífico las arrastrase tierra adentro.

Se recogió el pelo en una cola. Tenía que hacer algo para acabar con aquella sensación que le recorría la piel.

Avanzó hacia el trampolín y empezó a contar lentamente, intentando tranquilizarse y concentrándose sólo en nadar, como si estuviera compitiendo. Con ágiles pasos, corrió a lo largo del trampolín, elevándose en el aire, y cortando el agua fría. Cuando salió a la superficie, comenzó a nadar largos, uno tras otro, con el fin de no sentirse sucia y utilizada.

Intentaba ignorar el ansia de venganza que corría por sus venas, ansia presente en todas sus pesadillas.

«Brazada. Uno. Dos. Respira.»

¿Quién se creía Weston para tratarla como a una fulana? Desde la pasada noche, cuando la había amenazado con rajarla si no hacía lo que él quería, Tessa se había sentido furiosa y muerta de miedo.

«Brazada. Uno. Dos. Uno… ¡No! Respira. Brazada. Uno. Dos. Respira. Eso es.»

Nunca antes había pensado que alguien fuera capaz de hacerle daño.

Nunca antes algo le había quitado el sueño, incluso con la puerta de su habitación cerrada con llave y las ventanas a cal y canto.

Nunca antes había mirado de reojo a cada instante, ni se había sentido tan asustada. Incluso ahora sentía la necesidad de salir de la piscina y ponerse a

gritar «asesino», cada vez que recordaba la hoja letal y fría del cuchillo que Weston le había marcado sobre la piel, observándola con aquella mirada, como si hubiese deseado rajarle el pecho.

Debía hacérselas pagar. ¿Cómo es ese viejo dicho? «Quien la hace, la paga.» ¿Cómo podría devolvérselo? Weston le había arrebatado el orgullo, el amor propio, la alegría de ser mujer.

«Cabrón. Cabrón chupapollas de mierda.»

«Brazada. Uno. Dos. Vuelta al final de la piscina y otra vez brazada.» Una y otra vez. La necesidad de rebanarle su desleal corazón le taladraba la mente.

«Tres. Cuatro.»

Oh, Señor, no tenía derecho, ningún derecho a hacer que se sintiera así.

Nadie tenía derecho.

«Quien la hace, la paga.

Esta noche.

Brazada. Uno. Dos.»

–Sólo quiero saber si contrataste a Hunter Riley -dijo Miranda con tono firme. Estaba sentada en la única silla que había en la oficina de Weston.

Las ventanas estaban cerradas, y la temperatura rondaba los treinta grados centígrados, a pesar del zumbido irregular que despedía el aparato de aire acondicionado, sobrecargado y estropeado según ella.

La mayoría de los empleados de la oficina ya se habían marchado. Miranda vio el almacén del aserradero por la ventana. La intensidad de las luces aumentaba y disminuía en aquel ambiente que daba escalofríos. La madera se separaba de la corteza, luego la llevaban a las naves y la dividían en maderos. Miranda, rígida como una estatua, agarró el bolso con los dedos pegajosos y deseó estar en cualquier otro lugar del planeta. Pero debía

descubrir la verdad sobre Hunter, no importaba cómo.

Weston se recostó en la silla del escritorio y colocó las manos sobre la mesa. La miró detenidamente, con sus ojos de color azul intenso. El arañazo en la mejilla casi había cicatrizado, pero aún era visible, aquel recuerdo de su historia con Tessa.

–Y yo pensando que venías a verme.

–Tus ganas.

Haciendo una mueca con la cara, se tiró de la corbata, aflojó el tirante nudo y a continuación extendió la mano para coger un vaso de licor situado en una esquina de su desordenado escritorio.

–Hunter se encontraba en un aprieto. Tenía que salir de la ciudad. Salir del país. Y cuanto antes. Nuestra operación en British Columbia necesita gente, así que hablé con mi padre y le reubicamos. – Cogió la bebida y dio un buen trago.

–¿Sólo eso? ¿Acudió a ti antes que a su padre o a mí? – No se molestó en suavizar el tono escéptico de su voz.

–Sí.

–¿Por qué?

–Supongo que pensó que no le juzgaría tan severamente como su padre o que no me dolería tanto como a ti… teniendo en cuenta tu situación en todo esto. – Se acabó la bebida y abrió un cajón del escritorio, del cual extrajo una botella medio vacía de güisqui de la marca Dewar.

–Deja mi situación fuera de todo esto.

Weston se encogió de hombros y le ofreció la botella.

–¿Te apetece un trago?

–No.

–¿Por el bebé?

–Porque no suelo beber con gilipollas.

Weston sonrió.

–No te gusto demasiado, ¿verdad?

–Nada en absoluto.

–Pero quieres conseguir información de mí.

–Como ya te he dicho -dijo Miranda con sorprendente calma- es la única razón por la que estoy aquí.

–Una mujer con un objetivo.

–Y no demasiado tiempo -dijo, deseando acabar aquella conversación lo antes posible. Pero Weston podía poseer información sobre Hunter.

Información que nadie, ni siquiera la policía, conocía.

Weston se tocó los dientes delanteros con la punta del dedo, como si estuviera absorto en sus pensamientos, aunque seguía teniendo la misma mirada. En sus ojos aún acechaba la pasión por Miranda, quien se preguntó cómo debía de haber estado aquella botella del cajón al comienzo del día.

Miranda sintió un escalofrío. No debía haber ido. Pero tenía que hacerlo.

–Hunter pensó que yo, bueno, mi padre, en realidad, podría darle lo que él deseaba.

–¿Y qué era?

Oyó la voz de la secretaria diciendo «buenas noches» a través de la puerta acristalada. Todos los músculos de su cuerpo se contrajeron, a punto de saltar, pues se dio cuenta de que se iba a quedar a solas con él. No había nadie más en el edificio, y los hombres que trabajaban en la fábrica, al otro lado de la calle, se encontraban a más de ciento cincuenta metros. Si sucediese cualquier cosa, no podrían oír los gritos con el runrún de las sierras, los golpes de los tablones al caer en la cadena y el rugido de los camiones. Pero no iba a suceder nada. Su imaginación se estaba desbordando sólo por que no confiaba en él y porque Tessa le había arañado.

–Hunter necesitaba un refugio.

–Imposible.

Weston elevó una ceja castaña sobre sus apenados ojos, como si comprendiese por lo que estaba pasando Miranda y se sintiese mal por ella.

Dio un sorbo a su bebida y empezó a mover el vaso.

–Sé que es duro para ti, sobre todo porque…

Recorrió con los ojos su abdomen y Miranda colocó el bolso encima, como si de ese modo protegiese al bebé. Era una locura estar a solas con él. Sin embargo, no podía irse. Weston era la única persona en Chinook que parecía tener algún tipo de información sobre Hunter, ya fuese verdad o mentira, y estaba dispuesto a compartirla. Miranda apretó los dientes y continuó plantada en aquella incómoda silla.

–Sé que no quieres oírlo, pero parece ser que Hunter se metió en algunos problemas por aquí. Un lío con una chica de catorce años.

–La que no tiene nombre.

–Oh, claro que sí. Cindy Edwards. Vive cerca de Arch Cape. Si presenta cargos, Hunter tendrá que volver a los Estados Unidos y dar la cara. –

Distraído, se tocó la herida de la cara.

–No te creo -pero Miranda se apuntó mentalmente el nombre de la chica.

Afuera, un silbato estridente anunció el cambio de turno y la pausa para comer.

Weston sacudió la cabeza y se pasó los dedos rígidos por el pelo.

–¿Cuándo vas a darte cuenta de que Hunter no es un santo?

–Tú no sabes nada de él -contestó Miranda, aunque se sentía cazada en una trampa estratégicamente colocada.

–¿No? – Pegó otro trago y cuando volvió a dejar el vaso un poco de güisqui salpicó sobre el escritorio-. Trabajaba ya para esta empresa, eso lo sabes.

Tenía un expediente laboral bastante decente. Leí su ficha personal, y su nuevo curriculum, y hable con él. Créeme, Miranda, conozco mejor a Hunter Riley que tú. – La sonrisa de Weston era fría como el hielo-.

Empezó a salir con Cindy hace unos seis meses, cuando aún prestaba servicios a la comunidad, un coche que decía haber tomado prestado, aunque la dueña aseguraba que lo había robado. De cualquier modo, el servicio a la comunidad y la libertad condicional fueron parte de la sentencia.

–Ya sé todo eso -admitió Miranda. Las axilas y la nuca le sudaban.

–Creo que todo eso sucedió antes de que empezara lo vuestro, o eso es lo que me contó.

–¿Te habló de nosotros?

Aquello no podía ser verdad. Hunter se había mostrado inflexible respecto a que nadie debía conocer su relación. Nadie. Ni siquiera su padre.

–No quería, pero le confesé que sabía lo vuestro y lo del bebé y…

–Oh, Dios -¡Imposible! Miranda se negaba tajantemente. Aquello no le podía estar sucediendo-. Él nunca habría dicho una sola palabra.

Weston suspiró pacientemente, como si esperase a que el enfado de Miranda siguiera su curso. A continuación, apartó la vista de los ojos de Miranda y la dirigió a sus labios, y después al resto de su cuerpo. Luego volvió a mirarla a los ojos con una mirada viva e impaciente.

–Tienes razón. Nunca lo habría hecho. Parecía avergonzado de ello, pero se encontraba entre la espada y la pared, por eso pidió un puesto de trabajo fuera del país, y nosotros se lo dimos. Incluso contrató una póliza de seguros en la empresa con tu nombre como principal beneficiaría. Los documentos originales están en la sede de la compañía, en Portland, pero creo que aquí tenemos copias…

Se puso en pie, casi tropezando, buscó apoyo y salió por la puerta de la oficina, dejando sola a Miranda, quien se enfrentó a sus dudas. ¿Qué había de verdad en lo que Weston estaba relatando? ¿Y con cuántas mentiras se mezclaban aquellos hechos?

Se sintió aliviada durantes esos minutos en que Weston desapareció. Tenía que tranquilizarse, encontrar la manera de demostrar que estaba mintiendo.

Sin embargo, le invadía la funesta sensación de que lo que le habían contado Weston y Dan era la verdad. Aquel sentimiento le oprimía el pecho igual que una cadena de acero fría y gruesa.

¿Podía ser verdad? Todos sus sentidos le decían que Weston estaba mintiendo con aquella dentadura blanca y perfecta, pero no había manera de probarlo. El detective privado que había contratado hacía unos cuantos días no había conseguido averiguar nada.

–Aquí están -dijo Weston, en tono ligeramente bajo, entrando de nuevo en la habitación. Dejó una carpeta sobre el escritorio, ante los ojos de Miranda.

Miranda examinó los documentos. Historial médico, póliza de seguro de

vida, evaluaciones de antiguos trabajos. Todo firmado por Hunter Riley. El corazón se le salía del pecho. Algo de lo que Weston le estaba contado debía de ser verdad, no había otra explicación. Un zumbido, parecido al sonido que hacen los cables eléctricos de alta tensión, empezó a zumbarle en una zona del cerebro. Weston no volvió a sentarse, sino que se quedó tras ella, muy cerca. Miranda seguía examinando los documentos, intentando concentrarse y superar la irresistible sensación de derrota.

Notaba la presencia de Weston. Notaba su calor. Tan cerca. Demasiado cerca.

Weston se le acercó más. Tenía el aliento caliente y apestaba a güisqui.

–Lo quieras aceptar o no, Miranda, lo cierto es que Hunter Riley es un asqueroso hijo de puta. Robaba coches y se tiraba a menores de edad.

Catorce años, por el amor de Dios. ¿Cuántos años tiene él? ¿Diecinueve?

–Veinte.

La cabeza le martilleaba. Aquello era imposible. Imposible. Pero aquellos papeles en blanco y negro que le nublaban la visión eran pruebas consistentes, sólidos testimonios de que Hunter la había abandonado. Sintió punzadas en las entrañas.

–Pero supongo que tendrá alguna cualidad que lo compense -continuó diciendo Weston, ya fuese para hacer sentir mejor a Miranda o para apoyar la decisión de Industrias Taggert por haberle contratado-. Riley es un buen trabajador, cuando no está metido en problemas. Se porta bien con su padre, y quiere manteneros a ti y al bebé… Bueno, al menos una vez muerto.

–No -musitó Miranda, negando con la cabeza.

–Acéptalo.

–No me abandonaría.

–Claro que sí. No tenía elección. – Rodeándola, la miró de frente y le colocó una mano sobre el hombro-. Me gustaría cuidar de ti, Miranda -le dijo.

–No me toques -le advirtió a la vez que intentaba apartarse de él.

–No puedo evitarlo.

El zumbido de la cabeza desapareció y se dio cuenta de que Weston estaba más borracho de lo que ella imaginaba.

–No se te ocurra ni pensarlo -le avisó, pero Weston la estaba acorralando-.

Weston, por el amor de Dios, no.

Weston la rodeó con ambos brazos y la levantó de la silla, sin que aquello le costara esfuerzo alguno.

–Me importas, Randa. Siempre me has importado.

–Me estás confundiendo con Tessa.

Weston soltó una risotada corta y sonora.

–No lo creo.

–Pero…

–¿No te lo ha dicho? Cortó conmigo porque cada vez que la tocaba, o que la besaba, o que le hacía el amor, estaba pensando en ti.

–No quiero oírlo -dijo Miranda, intentando escapar.

La habitación empezó a darle vueltas. Weston la agarró, y la arrimó a su cuerpo.

–No sabes cuánto me cuesta esto.

–Pues para ya. – Dios santo, ¿qué estaba pasando?

–No puedo, Randa, y lo sabes. Tú también lo has sentido, la pasión entre los dos. Nunca deseé a Tessa. Nunca. Ella sólo fue alguien que rellenó el hueco.

Miranda le golpeó, intentó soltarse, pero Weston era fuerte, tenía el cuerpo duro debido a los años que llevaba practicando deporte. Cuando más intentaba librarse, más insistente se volvía él.

–Suéltame, cabrón, no…

Pero los labios de Weston chocaron contra los suyos. Duros. Calientes.

Ansiosos. Con sabor a güisqui.

Miranda sintió náuseas mientras continuaba forcejeando. Le arañó, aunque tenía los brazos atrapados y no podía hacerle daño. Empezó a darle patadas, pero Weston las esquivaba. Miranda abrió la boca, permitiendo así la entrada de la lengua de Weston entre sus dientes. El músculo empezó a hurgar rápida y ágilmente el interior de su boca. Se movía de manera posesiva y repugnante. Miranda se la mordió, pero Weston fue rápido, retirándola. Retorció a Miranda, de manera que le golpeó la rabadilla con el borde del escritorio.

–Pequeña zorra. Reconócelo, lo deseas. Estás tan cachonda como yo.

–No.

Weston tenía su entrepierna pegada al abdomen de la chica. Su pene se marcaba en la entrepierna, completamente erecto y duro. La habitación parecía girar alrededor de Miranda. Weston volvió a besarla. La lujuria, salvaje y animal, se podía palpar en el ambiente.

Miranda se dio cuenta de que nada le detendría. No sabía qué podía haber desencadenado aquello, lo que sí sabía era que Weston no se daría por

satisfecho hasta que no entrara en ella.

Mareada y cansada, luchó contra él, pero Weston la empujó contra el escritorio duro y liso, echándosele encima.

–¡Déjame en paz! – le dijo Miranda cuando se le acercó.

–Yo cuidaré de ti.

–¡Tonterías! Déjame, Weston, o gritaré.

–Nadie te oirá. Las puertas están cerradas, nena, y no queda nadie más.

–¡Vete a la mierda! – gritó tanto que habría despertado a los muertos, pero sólo le contestó el eco de aquella pequeña habitación. No podía quitárselo de encima.

Weston tenía el aliento caliente. Su cuerpo era pesado. Su mente tenía un único propósito.

–Venga, Miranda. No te reprimas.

Agitándose, Miranda consiguió liberar una mano, con la que le abofeteó.

¡Zas! Chocó la mano contra la mejilla. Weston se quejó.

–¡Zorra! ¡Asquerosa zorra! ¡Eres tan zorra como tu hermana!

–No metas a Tessa en esto.

–Debería hacer contigo lo que hice con ella.

–¿Qué?

El rostro de Weston sobre Miranda tenía un gesto amenazador. Tenía la piel colorada y los ojos le ardían, rebosantes de lujuria. Miranda continuó agitándose, pero él era más fuerte, tenía los músculos jóvenes, firmes y bien

trabajados en el campo de fútbol americano. Consiguió sujetarla por las muñecas, arrastrárselas por encima de la cabeza y juntarle las engarrotadas manos.

–Sé que eres una luchadora.

–¡Déjame en paz!

–¿Qué has dicho? ¿Qué te deje en paz? – Su sonrisa era obscena-. Eso es lo que intento, nena. Una y otra vez. Si puedes hacértelo con ese bastardo de Riley, también podrás abrirte de piernas conmigo.

Con la mano que le quedaba libre, se bajó la cremallera, y Miranda se dio cuenta de que no pensaba detenerse.

–No lo hagas, Weston -dijo Miranda, en tono de súplica.

Weston le tiró de la blusa, rompiéndole las costuras. Miranda se revolvió con violencia, a la vez que Weston le desgarraba las bragas. Empezó a gritar de nuevo, pero él le tapó la boca con la suya. Le aplastó los senos y empezó a moverse. Con la mano que le quedaba libre, encontró la hebilla del cinturón y lo arrojó al suelo.

El triunfo se reflejaba en sus ojos, erguido sobre ella encima del escritorio.

–Ahora, nena -gruñó, respirando con dificultad y sudando como el animal que era-, vamos a ver qué es lo que tienes para mí.

El corazón de Claire latía vertiginosamente. Apretaba entre las manos, frías como el hielo, el anillo de compromiso. Mordiéndose el labio, esperaba en el embarcadero, cerca del velero de Taggert. Observaba los destellos del diamante bajo la luz de la estrellas. ¿Qué estaba haciendo? Romper con Harley, con el maravilloso Harley, a causa de una estúpida atracción química que sentía por Kane Moran. «¿Qué pasa con las promesas y compromisos hechos contigo misma y con Harley? ¿Las protestas contra

los miembros de tu familia?»

Cerró los ojos, se apoyó en la baranda y oyó el suave repiqueteo de una boya balanceándose sobre el mar. Kane iba a marcharse, a unirse al ejército, pondría rumbo a lugares desconocidos, y probablemente nunca más volvería a verle. No obstante, Claire estaba segura de que no sería feliz con un chico al que sólo hacía un mes le había jurado amor eterno.

«¡Qué guarra!»

Pero Harley tampoco había sido sincero. Lo aceptara Claire o no, había seguido viéndose con Kendall. Nunca había roto del todo con ella, incluso aunque se suponía que estaba comprometido con Claire.

Suspirando, respiró hondo aire salado y miró hacia el cielo, donde nubes de tormenta se movían constantemente en la oscuridad de la noche.

No estaba sola. El mismo gato esquelético del embarcadero que ya había visto en visitas anteriores al velero salió corriendo, saltando ágilmente en dirección a un pequeño bote amarrado en las proximidades. En otro amarre se encontraba un imponente yate, donde se estaba celebrando una fiesta, con voces altas y animadas, risas y música de los Eagles. «Hotel California» sonaba por encima del rumor del agua de la bahía.

–Venga, venga -susurró Claire con voz baja mientras miraba el reloj y deseaba que apareciera Harley. Ahora que había tomado la decisión quería seguir adelante. Tenía ganas de tomarse un respiro y acabar con aquella farsa de compromiso.

Welcome to Hotel California…

Claire reconoció el sonido del coche de Harley antes de verlo. Poco después, cuando el coche pasó a toda prisa por debajo de una farola, vio el brillo de las llamativas llantas y la pintura del chasis color verde esmeralda.

«Dame fuerza», rogó en silencio, mientras se preguntaba si romper con él le dolería. Quizá se sentiría tan aliviado como ella al librarse de una relación

que les había causado tantos problemas.

… pink champagne on ice…

La garganta se le secó al ver aparecer a Harley con paso rápido por el estropeado paseo del embarcadero.

–Claire -levantó la mano al saludarla, sonrió y caminó por la pequeña distancia que les separaba.

… we are all just prisoners bere, of our own device…

–Dios, cómo te he echado de menos -dijo Harley, abrazándola y dando vueltas con ella.

El corazón de Claire empezó a hacérsele pedazos. Tenía el rostro hundido en el cuello de Harley, mientras él la besaba con emoción contenida, emoción que Claire sintió a través de la elevada temperatura de su piel.

Sin embargo, ella no le correspondió. No podía. Harley intento darle un beso en los labios, pero ella le apartó la cara y se soltó de sus brazos.

–No. – Tenía la voz ronca y estaba a punto de romper a llorar. De pronto, aquello no parecía tan fácil como imaginaba.

–¿Qué pasa? – preguntó Harley, con su atractivo rostro perplejo. Bajó la cabeza para acercarla a la de Claire.

… you can check out any time you hke, but you can never leave…

–Te he dicho que pares.

–¿Va en serio? – Sonrió con aquella sonrisa tímida e insegura que en una ocasión había conseguido derretir el corazón de Claire.

–Muy en serio. Mira, Harley, tenemos que hablar -dijo, separándose de él.

Harley tenía una expresión desconfiada. Miró la mano de Claire, que no llevaba el anillo, y exhaló lentamente.

–Esto es por Kendall, ¿verdad?

A Claire se le partió el corazón. Aunque tenía pensando romper con él, no quería pensar que realmente le hubiese sido infiel. Sin embargo, la realidad se evidenció en la actitud desafiante que mostraba el rostro de Harley.

–No, en realidad no -contestó con voz ahogada. Aquella confesión tan rápida por parte de Harley la había herido profundamente. Suponía que los rumores eran ciertos, pero oírlo de sus propios labios…-. Es por nosotros.

Esto… esto no funciona.

–Oh, Dios -Harley palideció. Su rostro se tornó de color azulado a la luz de los focos situados en el embarcadero.

–Creo que los dos lo sabemos.

Le tomó la mano, colocándole la palma hacia arriba, con los dedos separados, y le devolvió el anillo que anteriormente había llevado en su dedo.

–No -susurró Harley- Claire, no.

–Es lo mejor.

En los ojos de Harley empezaron a brotar lágrimas.

–Pero yo te quiero. Sabes que te quiero.

–No Harley, creo que no.

Él avanzó hacia ella, pero ella retrocedió.

–No.

Pero Harley ya le había agarrado los hombros con los dedos, arrimándose a ella…

–No puedo perderte.

–Hemos terminado.

–Le diré a Kendall que se acabó. Para siempre. Te lo juro. Encontraré la manera de que vea que te quiero. Sólo a ti.

–No, Harley…

La besó. Apretujándola. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas. La volvió a besar. Claire podía notar el sabor salado en sus labios, y también rastros de alcohol.

–Renunciaría a todo por ti -juró-. A todo. – La cogió por el pelo y sollozó entrecortadamente contra su cuello.

–No, Harley, por favor, no… -Le escocían los ojos mientras él se aferraba a su cuerpo.

–Lo solucionaré. Te lo prometo. Nunca te arrepentirás, pero, por favor, Claire, no… No me digas que se acabó.

Claire, con el corazón roto, le abrazó.

–No puedo, Harley.

–Tú no me quieres -le reprochó él.

Claire se sintió tan malvada como la peor criatura del universo.

–No puedo cambiar lo que siento.

–¡Pero yo sí! – La tomó de la mano, y empezó a llevarla en dirección al velero.

–No…

–Hay vino en el barco. Champán.

–No me apetece beber.

–¡Ey! – una voz masculina y áspera se elevó entre el alboroto del yate cercano-. ¿Hay algún problema? ¿Te está molestando ese chico?

Un tipo de pelo canoso, con gorra de marinero, apareció iluminado por foco. En sus gafas se reflejaba la luz de las farolas que se elevaban sobre sus cabezas.

–No, no hay ningún problema -dijo Claire, acompañando a Harley a bordo.

Se lo debía, supuso.

Se sentó en una de las butacas. Harley encontró una botella de Dom Pérignon en el pequeño bar.

–No puedes romper conmigo -dijo, mientras descorchaba la botella, provocando un fuerte estallido. El champan burbujeó por el cuello de la botella. Rápida y urgentemente, llenó dos copas largas.

–Harley, no…

–Es una ley que no está escrita.

Se dirigió de nuevo a la butaca donde Claire estába sentada, e inclinándose hacia ella le ofreció un vaso.

–¿Una ley?

Aceptó tímidamente la bebida. Aquello iba mal. Nada estaba saliendo bien.

–Sí. Nadie rompe nunca con un Taggert. – Ingirió la bebida de un gran trago e inmediatamente se sirvió otra copa.

–Eso no es una ley, es un sueño imposible. Mira, tengo que irme.

Dejó la copa intacta sobre el mueble bar.

–Aún no.

–Adiós, Harley -dijo ella en pie-. Espero que todavía podamos ser…

–No lo digas. Nunca seremos amigos, Claire -comentó, con lágrimas en los ojos. Se terminó la copa, la dejó sobre la moqueta, y pegó un trago directamente de la botella-. Dos amantes nunca pueden ser amigos.

–Nos vemos.

–No, no nos veremos, Claire. Si te marchas de este barco esta noche te juro que me emborracharé tanto que no podré ver con claridad, entonces arrojaré mi culo por encima de la baranda, cayendo sobre la bahía.

–No.

–¿Crees que miento? – suspiró-. Por Dios, Claire, si no te tengo a ti, no tengo nada.

–Eso no es verdad -dijo, pero pudo ver en sus ojos que hablaba con convicción-. Vamos, te llevaré a casa en coche.

Harley se estiró a lo largo de las butacas y comenzó a beber de la botella.

–Quédate.

–No puedo.

–¿Por Kendall? ¿O por Kane?

Claire se sobresaltó. Harley sonrió de lado, el cabelle le tapaba la frente.

–Creías que no lo sabía, ¿eh?

–No hay nada que tengas que saber.

–¡Ja! – dio otro trago.

El velero se mecía suavemente sobre el agua.

–Me encontré a Kane…

–Te encontraste. ¿Sólo te encontraste? Vamos, Claire, puedes hacerlo mejor. No sólo te lo has encontrado, sino que has pasado tiempo con él, y te has montado -agitaba las manos en el aire- en esa maldita moto con él en mitad de la noche.

Claire tenía las mejillas ardiendo, testigos silenciosos de los hechos que Harley estaba relatando. Permanecía de pie en la entrada del barco. La culpa le desgarró el alma.

–Nunca habría estado con él si tú me hubieses sido fiel -dijo, aunque en realidad se preguntaba hasta dónde era verdad-. Yo no te he engañado, Harley. Nunca.

–Aún no. Puede ser -replicó Harley, con el culo de la botella casi vacía sobre el pecho-, pero lo estás deseando. Puedo verlo en tus ojos. ¡Por Dios!

Y pensar que te quería.

–Harley…

–Vete. Fuera de aquí -refunfuñó.

Seguidamente se bebió el resto de champán que quedaba en la botella.

–No puedo, no si vas a…

–Joder, déjame en paz -dijo, como si mencionar a Kane lo hubiese cambiado todo-. Estaré bien. – Su mirada, de pronto, se había vuelto áspera y por un instante se pareció a su hermano-. Vete, puta infiel, o vuelve aquí y recuérdame la razón por la que quiero estar contigo.

Claire sintió cómo el corazón se le salía por la boca. Subió las escaleras rápidamente, en dirección al paseo del embarcadero. Harley estaba borracho, furioso y desagradable, pero Claire no creía que sintiese realmente las cosas que había dicho. Cuando estuviese sobrio… ¿qué? ¿Qué pasaría? No cambiaría nada. Claire se detuvo en la puerta, donde estaba situado el encargado de seguridad, con los ojos cerrados, sentado en un taburete.

–¿Podría comprobar el amarradero número C-13? – preguntó.

–¿El barco de los Taggert?

–Sí, Harley Taggert está dentro y… creo que necesita que alguien le lleve a casa.

El hombre la miró de arriba abajo y, haciendo sonar las llaves, comenzó a bajar la rampa.

–Lo haré, señorita. El señor Taggert querrá saber que su hijo está bien.

–Sí… sí, querrá -dijo, y caminó con paso rápido hacia el jeep de su padre.

Claire aún podía sentir el alboroto de la fiesta, y en algún lugar, no muy lejano, un perro ladraba incesantemente.

Cogió las llaves del coche del bolsillo y se percató de que el curso de su vida, de repente, había tomado un giro inesperado. A mejor o a peor, no