Susurros

Lisa Jackson · Capítulo 33 de 37

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Susurros

Capítulo 32

–Perfecto -dijo Weston. De pronto le empezaba a gustar el estilo de aquel tipo-. Perfecto.

Capítulo 32

–Hay algo de lo que quiero hablarte -dijo Claire cuando Sean entró precipitadamente en casa.

Últimamente su hijo salía mucho y continuaba enfadado por haberse mudado a Oregón. Aunque no le habían vuelto a pillar robando, se había estado juntando con algunos críos que a Claire no le gustaban, llegaba tarde a casa y se quejaba constantemente. A menudo, Claire podía notar el olor a cigarrillos y cerveza, aunque nunca le había pillado con las manos en la masa o borracho. Sean se disponía a subir las escaleras, en dirección a su habitación.

–¿Qué? – A la defensiva, se volvió hacia su madre. Vio que llevaba un vestido color crema-. Joder. Crees que voy a asistir a esa puñetera fiesta,

¿no?

–Es la gran noche del abuelo.

–Le pueden dar al abuelo. No es más que un cabrón manipulador.

–¡Sean!

–¿Qué pasa? Es la verdad. Además, tengo planes.

–¿Con quién?

–¿Y eso qué importa?

–Por supuesto que importa. Sean, a esta fiesta no puedes faltar.

–Claro que sí. Al abuelo no le importa que vaya. Además, ni siquiera le gusto.

–¿Por qué dices eso?

–Lo noto en su mirada.

–Estás paranoico -dijo Samantha mientras bajaba las escaleras con su vestido nuevo, confeccionado con seda rosa que hacía frufrú.

–Sí, y tú eres una…

–Dejadlo, ¿de acuerdo? No tenemos tiempo para esto. Entremos en la cocina, Sean, hay algo de lo que quiero hablar contigo. – «Es ahora o nunca», se dijo. Demasiada gente sabía que Sean no era hijo de Paul. Era hora de que él conociera la verdad.

–Si alguien te ha dicho que he estado robando cosas, es mentira…

–Samantha, necesitamos estar a solas unos minutos -le dijo Claire.

Sam asintió y se dirigió hacia el porche de delante.

–No te ensucies.

–No lo haré, tranquila.

La puerta delantera se cerró de un portazo tras ella.

Claire siguió a su hijo hacia el interior de la cocina. Le observó revolver en el frigorífico hasta que se decidió por una lata de Coca-Cola y un trozo de pollo frío, y se sentó en un taburete, junto a la repisa. Sus ojos mostraban desconfianza, el pelo le cubría el rostro, tenía una expresión de enfado.

Sin embargo, Claire le quería con todo su corazón.

–Hay algo que quiero que sepas. Algo que debí haberte contado hace mucho tiempo.

–¿Sí? – Destapó el refrescó-. ¿Qué?

–Es sobre tu padre.

–Es un pervertido. – Tomó un buen trago a la Coca-Cola.

–No, Sean, no te estoy hablando de Paul.

–Joder, entonces ¿qué…? – Le lanzó una mirada severa.

Claire reposó los dedos en el antebrazo de Sean. Pudo sentir la tensión de sus músculos.

–Paul St. John no es tu padre biológico.

–Pero ¿qué coño…? – se apartó de ella como si estuviera ardiendo-. ¿Qué quieres decir con que no es mi padre biológico?

–Pues eso. Escúchame. No estaba casada cuando me quedé embarazada de ti. Mantenía una relación con una persona, pero él se alistó en el ejército y no llegó a saberlo.

–¿Qué? – Saltó del taburete y avanzó hacia el extremo opuesto de la cocina, donde golpeó la pared-. ¿Qué? Por el amor de Dios, mamá, ¿es esto algún tipo de broma?

–No es ninguna broma.

–Pero… -Sacudió la cabeza incrédulo.

–Tu padre es Kane Moran.

Sean apenas pudo articular palabra.

–¿El tipo de la motocicleta?

–El que te pilló robando en la tienda.

–¿Es mi padre? – Su voz se quebró-. Esto no es más que otra mentira,

¿verdad?

–No -Claire le miró completamente seria.

El rostro de Sean pasó del rojo de un rebelde, al blanco de un fantasma.

–No puede ser.

–Sí, Sean, debí habértelo dicho antes.

–¡Joder que si debías habérmelo dicho! ¿Pero esto qué es, mamá? ¿Vas a decirme que toda mi vida es una mentira?

–No, pero…

–Dios, ¡no me lo puedo creer! – Se le saltaron las lágrimas-. Te estabas tirando a ese tal Moran y luego me hiciste pasar por el hijo de ese pervertido de St. John. Por el amor de Dios. ¿Y Sam? – Su voz se quebró nuevamente y le empezaron a caer lágrimas de los ojos sin que él pudiese evitarlo.

–Paul es su padre.

–Por Dios, mamá.

–Sean, escúchame…

–¡Ni hablar!

Retrocedió, tropezó con el taburete y se dirigió hacia la puerta. Salió corriendo de la cocina, todo lo rápido que le permitieron sus piernas. Claire fue tras él, cruzó las puertas francesas en dirección al porche, pero los tacones se le enganchaban entre las tablillas del suelo, así que no pudo llegar a alcanzar a Sean en su carrera hacia el garaje, hacia el embarcadero, hacia el bosque.

–¡Sean! – chilló- ¡Sean!

–¿Qué ha pasado? – preguntó Sam desde el porche.

–Le he dado una noticia que no quería recibir.

–¿Qué noticia?

–Ya te lo diré luego. Ahora tengo que encontrarle.

–Deja que se le pase -le aconsejó Sam-. En realidad no hace falta que vaya a la fiesta, ¿verdad?

–Debería.

–Si va lo único que hará será molestar -dijo Samantha, sabiamente.

Claire miró hacia el bosque y se sintió impotente. Quizá Sam tuviese razón.

Pero poco después volvió a sentir la necesidad de seguir a su hijo, abrazarle y decirle que todo saldría bien, que sentía haberle mentido, pero que la vida continuaba. Pidió a Dios que su hijo estuviese bien y que ella estuviese haciendo lo correcto.

–Está bien. Démosle un poco de tiempo -le dijo a Samantha, y se dispusieron a entrar en casa.

Cuando llegaron a la cocina, el teléfono sonó. Claire descolgó el auricular

tras el tercer tono.

– ¿Claire? -La voz de Miranda temblaba-. ¿Has visto a Tessa?

–No. ¿Debería?

– Íbamos a asistir juntas a la fiesta, pero no está en su suite ni en cualquier otra parte de Stone Illahee.

Aquello no era ninguna sorpresa.

–Ya sabes cómo es.

– Sé que no quería asistir, pero anoche me dijo que lo haría.

–Sabes que suele cambiar de idea fácilmente.

– Esto es diferente -dijo Miranda.

Una nueva inquietud recorrió la columna vertebral de Claire.

– Hablé con ella hace dos horas y me dijo que estaría lista. Lo que pasa es que creo que había estado bebiendo.

–A veces, cuando necesita un poco de confianza…

– Lo sé, lo sé, se toma un trago. Pero… Oh, en fin, imagino que no puedo hacer nada. Nos vemos en la fiesta. Quizá Tessa aparezca por allí.

–Quizá -dijo Claire, mirando hacia el bosque en donde su hijo se había adentrado.

Sean volvería a casa. Siempre lo hacía, pero no hasta encontrarse bien y listo.

Claire contempló el cielo vespertino y no pudo evitar sentir un mal