Susurros
Capítulo 15
Su padre estaba borracho.
Otra vez.
Especialmente aquella noche le llevaban los demonios. No podía llegar a comprender el porqué, pero desde la noticia que le había dado Jack sobre el compromiso entre Claire y Harley, Kane tenía ganas de pelea. Rabiaba por pegar un puñetazo contra la pared, contra un tronco o contra la cara engreída de Taggert, y no necesariamente en ese orden.
–Hijo de puta -refunfuñó.
Extendió el brazo para coger las llaves situadas en un cenicero sobre la cómoda. Estaban a mediados de mes y Hampton ya había agotado las botellas de alcohol caro. Durante la última semana y media sólo había ingerido güisqui barato, acompañado de quejas hacia su ex mujer, por comportarse como una zorra egoísta y tramposa al abandonarle estando lisiado y con aquel terco chico a su cargo.
–Tú no sabes ni la mitad, papá -musitó Kane entre dientes mientras abría la ventana.
Oyó la silla de ruedas de su padre rodando por el suelo. El televisor emitía a todo volumen risas generadas tras el monólogo de un presentador en un programa de noche. El sonido traspasaba las delgadas paredes de yeso.
Dios, cómo odiaba Kane aquel lugar. Atrapado con aquel inválido que se negaba a aceptar ayuda de familiares o vecinos que se habían ofrecido.
Gente bondadosa de su misma ciudad que asistía a misa regularmente, habían ofrecido a Hampton trabajar en una ferretería, en una fábrica de envasado de pescado, en un almacén de comestibles, incluso en una
empresa de seguros. Sin embargo, Hampton Kane, ex talador de árboles, no estaba dispuesto a aceptar su caridad. No, era feliz revolcándose en la miseria, y siempre había considerado que su trabajo de tala era un arte.
La parte delantera de la casa estaba llena de serrín y de esculturas creadas por Hampton. Se trataba de figuras de madera que no se habían vendido y que parecían que estuviesen protegiendo la casa, como centinelas. Osos gruñendo, indios con expresión feroz, vaqueros de piernas arqueadas y con pitillos en la boca, y caballos encabritados con los ojos salvajes y las crines revueltas. Esculpía todas esas figuras en troncos de árboles. Árboles igual que aquel de donde cayó y que le dejó para siempre en una silla de ruedas.
Era como si Hampton tuviese su batalla particular con los bosques que rodeaban Chinook y Stone Ulahee. Entre sus enemigos se encontraba todo trozo de madera vieja y todo aquel que llevase el apellido Holland.
La gente que se detenía a ver sus esculturas a menudo pensaba que eran curiosas, y que Hampton era un artista excéntrico, un hombre cuyo carácter rudo se debía a su necesidad interior de expresarle, y no al hecho de que le invadiese el odio. Como si aquello fuera un regalo de Dios en lugar del resultado de ahogar su cerebro en alcohol barato.
Según Kane, todo aquello eran gilipolleces.
La puerta delantera dio un portazo y un minuto después la motosierra de su padre rugió de nuevo. Otro trozo de madera estaba a punto de convertirse en un lobo, un salmón o alguna otra imagen del noroeste. Kane no pensaba salir a averiguarlo. Se puso en pie sobre la repisa de la ventana, subió al tejado y poco después se dejó caer sobre la tierra. No se estaba escapando.
No. Su padre ni siquiera le echaría de menos. Simplemente aquella noche no quería darle explicaciones.
Y quería ver a Claire. Aunque sabía que estaba mal, que cometía un error.
Encendió la motocicleta, dejando atrás aquella casa que no le causaba más que dolor. Se adentró a gran velocidad por la carretera en la oscuridad de la noche. Puso a prueba su moto. Necesitaba oír el rugido del motor y sentir
las ráfagas de aire salado. Reposó su cuerpo sobre el manillar, formando una curva cerrada. La Harley zigzagueó un poco, recuperó el equilibrio y siguió flotando sobre la carretera. Kane conducía por las inmediaciones del lago, cada vez más deprisa, como si le estuviera persiguiendo el mismo demonio. A través de los árboles y más allá del reflejo de la luna en el agua, vio la casa de Claire. Tenía docenas de ventanas cálidas y salía humo, apenas visible, de la chimenea, igual que en el cuadro de Currier e Ivés.
La verja estaba abierta y Kane no dudó en entrar. Condujo suavemente a través del camino, con las luces de la motocicleta guiándole. Se detuvo cerca del garaje, apretó los dientes y se dirigió hacia las escaleras del porche. Estuvo a punto de apretar el timbre, pero Claire estaba allí, acurrucada en una esquina del porche, con aquellas piernas largas dobladas, y sus ojos, brillantes a la luz de la luna, le miraron.
–¿Qué estás haciendo aquí?
–Te estaba buscando. – Kane no se movió, simplemente se quedó contemplando el reflejo de las estrellas en el cabello de la chica.
–¿A mí?
–He oído que te vas a casar.
Claire forzó una sonrisa.
–No me digas. Vas a intentar que no lo haga.
–No, si eso es lo que quieres.
–Lo es. – Dobló las piernas por debajo de la barbilla.
Kane se acaloró, imaginándose que la agarraba y salían corriendo todo lo rápido que les permitieran sus piernas. Abrazándola. Si ella no pudiera seguirle el ritmo, él la cogería en brazos. Pero no podían seguir allí, con la presencia de la muerte rondando por el bosque cercano, mirándoles con
ojos posesivos y furiosos, como si no tuvieran escapatoria.
–Entonces espero que seas feliz.
–No lo dices sinceramente. – Abrió las largas piernas-. No has venido aquí a desearme «buena suerte» o «felicidades» -avanzó por el pequeño espacio que les separaba, y Kane pensó que había estado llorando, que tenía los ojos vidriosos. Claire arrimó su rostro para averiguar la respuesta en los ojos de Kane. Sus cuerpos casi se rozaban-. ¿Qué es lo que quieres de mí, Kane Moran?
–Más de lo que puedo conseguir -admitió.
Vio a Claire fruncir los labios un instante. Un buho ululó suavemente en un árbol próximo, y a lo lejos, al otro lado del lago, un perro, probablemente el sabueso viejo y lastimoso de su padre, aulló tristemente.
–Estoy enamorada de Harley Taggert.
–Y ese hijo de puta no te merece.
–¿Por qué no? – preguntó, tan cerca de él que casi podía sentir su aliento-.
¿Por qué todo el mundo en esta maldita ciudad piensa que él no es bueno?
Kane vio las manchas coloradas que aparecieron de pronto en las mejillas de Claire.
–Es débil, Claire. Tú necesitas a alguien fuerte.
–¿Cómo tú? – le desafió.
Kane la miró un instante, justo lo que duró el largo y solitario canto de un ave nocturna y el zumbido de un tren en la lejanía.
–Sí -admitió-. Como yo.
–Tú estás pirado.
–Aún no.
Claire suspiró, dejando los ojos en blanco. Kane no podía hacer otra cosa que continuar con las manos justo donde estaban, cruzadas sobre el pecho, de por vida. Se imaginó estrechando a Claire entre sus brazos y besándola, abrazándola tanto y tan fuerte que no se pudiera mover, inclinándola hacia atrás de tal manera que su cabello tocara las tablas del suelo mientras él la besaba. Pero no se movió, no se atrevía. Simplemente empezó a sudar y reprimió todas y cada una de las imágenes eróticas que ardían en su cerebro.
–¿Qué quieres hacer? – preguntó Claire de pronto. Su voz se suavizó.
Kane soltó una risotada.
–No lo querrías saber.
–Claro que sí.
–No…
–Viniste aquí por una razón, Kane.
–Sólo quería verte otra vez.
–¿Y nada más?
Kane dudó.
–¿Qué?
El viento salado que soplaba procedente del océano le arrebató a Kane su fuerza de voluntad.
–Por Dios, Claire, ¿tú qué crees?
–No lo sé…
–Claro que lo sabes.
–No, Kane…
–Piénsalo.
Clavó su mirada en ella, luego bajó a sus labios. La sangre le hervía y un deseo compulsivo le dominó todos los músculos. Se inclinó hacia ella y le rodeó con las manos la suave y desnuda piel de sus brazos. Claire separó los labios y Kane sufrió una erección. Todo tipo de pensamientos recorrieron su mente, igual que la corriente rápida del río Chinook recorre la cima de las montañas.
–Cualquier cosa que creas que quiero, probablemente sea cierto.
–Sólo dilo -dijo ella, suspirando.
Kane se lo pensó, y decidió que, qué demonios. No importaba lo que Claire pensara.
–De acuerdo, Claire -dijo, con los dedos rígidos sobre los hombros de ella-.
La verdad es que me gustaría hacer cualquier cosa y todo lo que pudiera contigo. Me gustaría besarte y tocarte y dormir contigo entre mis brazos hasta mañana, recorrer con mi lengua tu cuerpo desnudo hasta que te estremecieras de placer, y, más que nada en este mundo, ¡hundirme en ti y hacerte el amor el resto de mi vida!
Claire intentó apartarse, pero él sonrió y continuó en seguida.
–Querías saberlo.
–Oh, Dios.
–Y, créeme, yo nunca, nunca te trataría como te trata ese cabrón de Taggert.
– La soltó.
Con aquellas estúpidas palabras resonándole en los oídos, caminó de vuelta a la moto, apoyó la bota en el pedal de arranque y lo empujó con fuerza. La máquina rugió y Kane condujo alejándose. Claire seguiría en el mismo lugar donde la había dejado, en el borde del porche, riéndose de él y de sus enfermas fantasías románticas.
–Idiota -susurró mientras la motocicleta cruzaba la verja de la propiedad del padre de Claire-. Jodido idiota.
Se dirigió hacia la ciudad, esperando dejar atrás la sensación de haber cometido el peor error de su vida. Fue entonces cuando oyó el primer coche de policía, aproximándose, persiguiéndole. Las luces, de color rojo, azul y blanco, ametrallaban la noche. Las sirenas chillaban.
Miró el cuentakilómetros y supo que la policía le había cazado. Iba a casi ciento veinte por hora, cuarenta kilómetros por encima de lo permitido. Se apartó a un lado de la calzada, pero el coche policía pasó de largo. El oficial ni le miró. Un segundo después apareció una ambulancia a gran velocidad.
En el horizonte, Kane vio llegar otro coche de policía que se acercaba furiosamente y le pasó de largo.
El corazón le latía con fuerza. Volvió a incorporarse a la carretera y se sintió aliviado unos minutos, mientras cruzaba la última colina en dirección a la ciudad. Por muy mala que hubiese sido aquella noche, al menos no le habían puesto otra multa. Volvió a ver a la policía doblando la esquina de Third Street, cerca de la vieja fábrica de alimentos. Los coches policiales estaban aparcados desordenadamente, los policías controlaban el tráfico y los peatones se situaban en la acera izquierda, más allá de la quinta casa de la calle, una casita nueva propiedad de Ruby y Hank Songbird.
Lo primero en lo que pensó Kane fue en Jack, ya que siempre tenía a la policía pegada al culo. Kane estaba seguro de que aquello tenía algo que ver
con Jack. ¿Qué es lo que pasaba ahora? Ya le habían arrestado por robar un coche cuando tenía dieciséis años, por posesión ilegal de alcohol a los diecisiete, por disparar contra buzones y farolas justo antes de cumplir los dieciocho, pero ahora la cosa empeoraría. Le tratarían como a un adulto, como a un criminal serio, y no como a un delincuente juvenil al que sencillamente le dominaba la energía.
Kane se dirigió hacia la plagada calle, siguiendo las vías del ferrocarril que cruzaban aquella parte de la ciudad. Apagó el motor de la moto cuando un policía, el oficial Tooley, al que Kane tenía el placer de conocer personalmente, hizo un gesto con la mano.
–Vamos, dispérsense. Aquí no hay nada que ver.
–¿Qué ha pasado? – preguntó Kane.
–El chico. Ha sufrido un accidente. Se lanzó desde el acantilado de Stone Illahee -dijo uno de los espectadores, un anciano débil vestido con una sudadera con capucha y pantalón deportivo.
Kane no se movió. Su corazón dejó de latir por un segundo.
–¿Jack? – apenas se atrevía a preguntar.
Por el amor de Dios, ¿qué había sucedido? Kane pensó en la última vez que había visto a su amigo, seguro, medio borracho, corriendo con un rifle atado a la espalda.
–Venga, vamos, dispérsense -repetía Tooley mientras agitaba una linterna y los coches se agolpaban en la estrecha calle.
Procedente del interior de la casa, se oía un lamento continuo, el mismo llanto de dolor afligido que sólo podría emitir una mujer completamente desesperada.
–Oh, Dios mío -murmuró una mujer situada tras él, mientras se santiguaba
el pecho con dedos hábiles y acostumbrados a realizar aquella señal.
–Padre Nuestro que estás en el cielo, por favor, escucha nuestras plegarias…
Kane no podía quedarse allí un minuto más. Sin prestar atención a los policías, corrió hacia la puerta de entrada medio abierta por donde se colaba la luz tenue de la casa. Crystal salió corriendo hacia él. Sin decir una palabra, se dejó caer en los brazos de Kane y empezó a sollozar histérica.
Jadeaba con fuerza, de manera desgarradora, sacudía el cuerpo ytenía el corazón destrozado. Justo en aquel momento empezó a llover.
–¡Jack! – gritó-. ¡Jack! ¡Oh, Dios, Jack!
–Shh -susurró Kane. La desesperación le dominaba. La abrazó, acariciándole el cabello, intentando tranquilizarla cuando no podía creer en lo que estaba sucediendo.
–Por el amor de Dios, ¡no! – gritó Crystal.
–Crystal, por favor. Cariño, todo va a salir bien.
–No -contestó ella tan rotundamente que acabó con cualquier esperanza que pudiera albergar Kane-. Oh, señor, Kane. Ha muerto.
–¿Muerto? – aunque era algo que ya sabía antes de que Crystal pronunciara aquellas endemoniadas palabras.
Lo sabía. Jack Songbird, aquel demonio insolente, el arrogante hijo de puta al que Kane consideraba su único amigo, había muerto. La furia corrió por sus venas, y se le hizo un nudo en el estómago al negarse ante aquel hecho.
Se le saltaron las lágrimas y cerró los puños con fuerza. Quería empezar a dar golpes, gritar, desafiar a la muerte. Pero no podía. Aún no, cuando Crystal se desvanecía en sus brazos.
Con la mayor dulzura posible, la guió de vuelta al interior de la casa, a
través de la puerta delantera. Hank, el padre de Jack, estaba situado junto a la chimenea, con los ojos secos. Tenía en el rostro una expresión de dolor indescriptible, y movía los dedos nervioso.
Ruby estaba sentada en una silla cerca también de la chimenea, con los ojos fijos en la alfombra trenzada, contemplando escenas que sólo ella podía ver.
Canturreó en voz baja, con un tono suave y en un idioma que Kane no podía entender. Una tía, Lucy no sé qué, le arrebató a Crystal de los brazos.
–El chico se lo buscó -decía su padre, impertérrito como siempre.
–Jack no ha podido caerse -la voz de Crystal, aunque era temblorosa, sonaba totalmente convencida-. Conocía aquel terreno tan bien como un antílope. Había estado en ese risco millones de veces.
–Estaba borracho. – Hank no aceptaba ningún tipo de argumento.
–Eso no importa.
Ruby cerró los ojos, y empezó a expulsar por los labios palabras ásperas en un idioma extranjero, idioma de sus antepasados. Cuando elevó los párpados, miró directamente a Kane.
–Una maldición -expresó sin lágrimas en los ojos, con los labios y la barbilla temblorosos-. Una maldición sobre aquel hombre que ha asesinado a mi hijo.
Hank resopló.
–Pues entonces has maldecido el alma de nuestro propio hijo, Ruby. – Miró a su mujer con aquellos ojos oscuros e inquisitivos, pero no la tocó, ni le ofreció ningún tipo de consuelo. Ambos sufrían en soledad-. El tonto de Jack mató a nuestro hijo. No es más que eso.
Con un gemido final, Weston se desplomó, sudando. Tenía la imagen de
Miranda grabada profundamente en la mente, mientras le daba un último beso húmedo a Kendall, en unos labios que carecían de pasión. Era normal que Harley hubiese perdido el interés por ella. Hacía el amor como una muñeca de trapo. Solamente se tumbaba, casi con expresión de pena, mientras él tenía que hacer todo el trabajo. Pero a Weston no le importaba.
Necesitaba tiempo para aclarar sus pensamientos, para pensar. Sentía que la vida se le estaba descontrolando y había empezado a actuar de manera temeraria, sin pensar las cosas. No podía permitirse fastidiarlo todo ahora.
Se estaba acostando con Kendall, Tessa y Crystal, algo que más bien le sorprendía en lugar de satisfacerle. Y todavía le preocupaba el hecho de que su padre tuviera una familia secreta, o al menos un hijo que podía aparecer en cualquier momento y reclamar su parte de las posesiones Taggert. Y
luego estaba lo otro… La parte más oscura y siniestra de su persona que había salido a la superficie justo la noche anterior… Tan sólo de pensarlo, la sangre le hervía y le congelaba las venas a la vez.
–Sal de mí. – Kendall le dio un empujón en el hombro.
–Bueno, podrías ayudarme -bromeó, dándole una palmada en el delgado trasero mientras se colocaba a su lado en la cama.
Kendall se encogió.
–Es tan asqueroso.
–¿El qué? – preguntó Weston sonriendo mientras se estiraba para coger el arrugado paquete de cigarrillos-. Oh, Kendall, eso me ofende. – Se puso una mano sobre el pecho, sobre el corazón, mientras sacaba un pitillo con la otra-. Me ofende de verdad.
–Cuéntaselo a quien te crea. – Cogió una camisola de playa que había colgada en una silla cerca de la cama y se la metió por la cabeza.
–Podrías haberte divertido, si te hubieses dejado llevar. – Extendió el brazo para coger el mechero.
–Vamos a dejar algo claro, Weston, esto no es divertido. – Se ató el lazo alrededor de la estrecha cintura y caminó hacia la ventana, donde las sombras se reflejaban -. Sólo espero que funcione.
–Funcionará. Dale tiempo.
Kendall sintió un escalofrío.
–¿Tan mal ha estado? – Encendió el mechero y miró la llama en la punta del cigarrillo.
–No lo entiendes, ¿verdad? Yo quiero a Harley. Es el único con el que he hecho el amor… bueno, hasta ahora, pero esto es diferente. – Su barbilla tembló ligeramente, pero era lo bastante de piedra para derrumbarse-. Sólo estoy haciendo esto por el bebé.
Con el cigarrillo en un extremo de la boca, Weston alcanzó los pantalones arrugados color caqui y se los subió por las pantorrillas.
–Pero quieres seguir adelante, ¿verdad?
–Mientras esté segura, sí. – Tenía los brazos alrededor del tronco, a modo de protección-. Creía que te estabas viendo con Tessa Hollad.
–Las malas noticias vuelan.
–Así que es cierto -dijo, mostrando repugnancia en su tono.
Lentamente, se abrochó la hebilla del pantalón.
–Sí, ¿qué pasa?
–Así que de verdad eres un gato callejero, ¿no? – preguntó, intentando observar algo en la noche, a través de la ventana-. Si estás liado con Tessa,
¿por qué gritabas el nombre de Miranda cuando estabas conmigo?
–¿Lo hacía? – cogió la camiseta. Por supuesto que había dejado fluir libremente sus fantasías mientras trataba de obtener algún tipo de respuesta por parte de Kendall, a la que ahora consideraba la reina de las estrechas.
–Sí.
–Bueno, a decir verdad, siempre ha sido una de mis fantasías.
–¿Una fantasía? – Kendall palideció.
–Sí, hacérmelo con las tres hermanas Holland.
Kendall arrugó la nariz debido al asco.
–No quiero escuchar esto.
–Bueno, no a la vez, claro, a menos que ellas quisieran.
–Weston, basta. Dios, ¿cómo puedes siquiera pensar en eso?
Weston sonreía.
–Pero Kendall, ¿a qué viene este sentido de castidad ahora? No tienes demasiado derecho a juzgar nada cuando hemos estado follando para conseguir un hijo y simular que es de Harley.
–Oh, Dios. – Se tapó el rostro con las manos.
Pero Weston no se detuvo ahí. ¿Quién demonios se pensaba que era?
–Sólo recuerda, Kendall, que te has acostado conmigo para conseguir engañar a Harley y casarte con él.
–Lo sé, pero sólo lo hago porque le quiero. – Kendall sollozó un poco.
–Qué noble eres.
–Tú me odias.
–Claro que no. – Sí, odiaba cuando las mujeres intentaban hacerse las mártires-. Escucha. Tú relájate. Disfruta de lo que estamos haciendo. –
Expulsó una nube de humo por la boca-. Podría ser mucho más divertido, y podrías aprender algunos trucos para cuando finalmente estés con mi hermano de nuevo.
A Kendall le entraron arcadas de verdad. Dios, Weston era un caso para el psiquiatra.
Abotonándose la camisa, le dio una profunda calada al cigarrillo Marlboro.
–¿Mañana? ¿Misma hora, mismo lugar?
Kendall se hundió en la silla, agachando la cabeza. Parecía un cordero al que iban a sacrificar en una matanza.
–Sí -comentó en voz tan baja que Weston apenas pudo oírla.
–Aquí estaré -prometió mientras abría la puerta y desaparecía en la oscuridad de la noche.
La verdad de todo aquello era que Weston estaba disfrutando de aquellos encuentros tanto como ella. Siempre se había sentido orgulloso por su habilidad de producir placer a las mujeres, seduciéndolas simplemente hablándoles o tocándolas. Pero Kendall no había cedido. Él había probado todo tipo de cosas para atraer su atención, pero ella sólo había seguido la formalidad de aquella situación: se había echado en la cama, cerrado los ojos, con las piernas abiertas y los pezones blandos. Y él había actuado como un maldito robot. Si no se quedaba embarazada, le estaría bien empleado.
Pero entonces, aquello echaría a perder sus planes. La idea de plantar su
semilla en el útero de Kendall le reconfortaba. No sólo por el hecho de que Kendall tendría que casarse con Harley, sino también porque el hijo de Harley sería realmente el descendiente de Weston. Podría utilizar su paternidad como chantaje para asegurarse el control permanente de Kendall.
Y si alguna vez surgiera la verdad a la luz, reclamaría a su hijo y cualquier herencia que le correspondiese al niño por parte de la familia Taggert, que le llegaría a través de Harley.
Sí, aquella media hora de trabajo tirándose a Kendall merecía la pena, y no significaba demasiado esfuerzo físico.
Se subió al Porsche, intentando no fijarse en el profundo rayón que iba desde el guardabarros delantero hasta las luces traseras, una marca que le había hecho algún cobarde. Apretó los dientes, furioso por dentro, preguntándose quién se habría atrevido a estropear así su precioso coche.
Tenía un motor que rugía y una pintura que, a la luz, parecía que fluyese.
Ese coche era un clásico. Al arrancar el motor, escuchó aquel zumbido. El Porsche era como una mujer con la que siempre podías contar.
Metió la primera marcha en aquel coche de carreras y desapareció del paseo que llevaba a la casa de la playa de los padres de Kendall. Debería estar molido. Había sido un largo y duro día en la fábrica, que había comenzado con una pelea. Jack Songbird había llegado tarde, y además había sido lo bastante estúpido para intentar hacer trampas con la tarjeta para fichar.
Luego se había burlado de Weston, escupiéndole a los pies. Weston había saboreado al máximo el momento en que le despidió, con los compañeros de Jack presentes. Más tarde, le habían encontrado y… pobre Jack, borracho patético, se había caído del acantilado cerca de Stone Illahee.
Weston sonrió para sí mismo y sintió la navaja en el bolsillo del pantalón, el cuchillo con restos de pintura roja en aquella hoja asquerosa. Encajaba perfectamente con el color de su coche.
Sí, había sido un largo día completamente cargado de emociones. Tan malo que había acabado en la cama fría de Kendall. Lo que se suponía que iba a