Susurros

Lisa Jackson · Capítulo 18 de 37

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Susurros

Capítulo 17

Claire podría morir, también, ya lo sabes. – Hizo un gesto de asentimiento-.

Sólo tienes que desearlo lo suficiente y rezar mucho.

Capítulo 17

Weston encendió el mechero, prendió un cigarrillo y se preguntó por qué había accedido a reunirse en mitad de la noche con Tessa en aquel lugar, a un tiro de piedra de casa de los Holland. Era como si la chica tentase al destino, atreviéndose cada vez más con cada una de sus citas clandestinas.

Debería romper con ella, era algo excéntrica para él, pero le gustaba la idea de beneficiarse a una de las hijas de Dutch, incluso aunque no fuera la que él realmente deseaba.

Caminó por la orilla del lago, oculto tras el seto que iba desde el extremo del garaje hasta el embarcadero. La piel se le puso de gallina al sentirse observado por unos ojos ocultos.

Una telaraña de nubes ocultaba la luna, dejando traspasar una luz tenue. Sin embargo, podía ver el contorno de la casa rodeada por árboles, el garaje, el jardín y senderos de piedra, los cuales tomaban diversas direcciones entre los pinos y abetos. La superficie del lago era lisa, reflejaba la oscuridad como si fuera un espejo. Escuchó el sonido de aleteo de murciélagos sobre su cabeza. Miró el reloj. Tessa llegaba tarde. Señor, aquello era un error.

Justo en aquel momento escuchó pisadas ligeras y apresuradas. Apretó el pitillo. Miró con ojos de miope por entre las ramas del seto y vio acercarse a una mujer, rozando las piedras con pies descalzos. Se dispuso a llamarla.

Abrió la boca, pero no dijo nada. Quien corría en mitad de la noche no era Tessa, sino su hermana mayor, Miranda.

Tenía el pelo oscuro y largo recogido en una cinta de color blanco y

respiraba con dificultad.

A Weston le empezó a latir el corazón a toda velocidad, y notó como si la boca se le llenase de algodón. Miranda llevaba un vestido de gasa color blanco, tal vez un camisón, que hacía ondas y dejaba a la vista sus piernas delgadas.

Tras escuchar un pequeño silbido, Miranda se detuvo, y luego se apresuró camino abajo en dirección al lago.

Weston no puedo evitarlo. La siguió. Moviéndose entre los árboles, observaba las formas del vestido transparente en la oscuridad. Se encontraba a muy poca distancia de ella, e intentaba reprimir el deseo que le palpitaba en las sienes. Dios, qué preciosa era. Miranda se detuvo en la playa, con la luz de la luna sobre el rostro.

Weston se detuvo tras un abeto. Tragó saliva. Apareció un hombre musculoso y alto, el cual, sin mediar palabra, agarró a Miranda y la besó larga y apasionadamente. Ella gimió. A Weston le hervía la sangre.

Reconoció a aquel tipo. Era Hunter Riley, el hijo del maldito portero.

Vestido con unos vaqueros que casi le arrastraban, besó a Miranda hasta que las piernas se le doblaron y cayó sobre la arena.

–Randa -musitó Riley, desabrochándole los botones de la parte delantera del vestido-. Mi bella Miranda.

Con el vestido abierto, los pechos exuberantes y desnudos quedaron al descubierto. Weston tuvo una erección, e hizo lo posible para no empezar a tocarse a sí mismo.

Como un mirón enfermo, vio cómo Hunter acariciaba y besaba aquellos senos, chupándolos mientras gemía de profunda satisfacción. ¡Cabrón!

Quién era él. Un don nadie. Sin embargo, estaba tocando a la mujer que Weston no podía poseer.

Riley le arrancó el vestido y Weston tuvo que apretar los dientes para no gemir. Poco a poco, las largas y flexibles piernas de Miranda se destaparon.

Weston pudo distinguir, bajo la luz de la luna, el glorioso nido de rizos morenos situado sobre los muslos. Riley arrimó la cabeza a su abdomen.

Miranda le pasaba los dedos por el pelo mientras él continuaba bajando, lamiendo, palpando. La respiración de Weston se hizo más profunda. Debía dejar de mirar, apartar los ojos de aquella imagen erótica. Pero no podía. Se bajó la cremallera y se hurgó en los calzoncillos. Allá encontró su pene completamente erecto. Deseó ser él quien estuviese montando aquel pedazo de carne caliente que era Miranda Holland.

Hunter se quitó los vaqueros y separó las piernas de Miranda. Weston se mordió la lengua con fuerza para no gritar.

Los sonidos que emitía la pareja eran suaves y excitados. Miranda se agarraba a su amante, inclinándose hacia él, haciéndole el amor como aquel animal puramente sexual que Weston siempre había pensado que era.

Weston siguió moviendo los dedos, cada vez más rápido, incluso en el momento en que Hunter echó la cabeza hacia atrás y exclamó un grito prolongado de victoria.

Weston se apartó para que no le vieran. Riley, sudando como un cerdo, cayó sobre Miranda, apretándola, aplastándole aquellos magníficos pechos. Le susurró algo al oído y luego levantó la cabeza un instante. Sus ojos, negros en la oscuridad, parecían estar mirando directamente a Weston. Era imposible, por supuesto, no podían verle entre las sombras de los abetos.

Sin embargo, era como si Riley le estuviese mirando.

Weston aguantó la respiración. Gotas de sudor le recorrieron el cuello.

Apartó la mano de los calzoncillos.

Miranda dijo algo y Hunter volvió a dirigir la atención a aquella preciosa mujer de piernas largas que tenía bajo él.

Mientras Weston volvía sendero arriba, el deseo le palpitaba en el cerebro.

Tropezó una vez, chocando con el pie en una maraña de raíces, se arañó el

rostro con las agujas de un abeto, pero finalmente encontró el camino de vuelta al embarcadero.

El corazón casi se le detiene al ver a Tessa al borde del embarcadero, con los pies rozando el agua, a menos de doscientos metros del lugar donde yacía el cuerpo desnudo de su hermana.

Cuando Weston se acercó, Tessa se volvió. Weston notó restos de lágrimas en sus ojos.

–¿Has disfrutado del espectáculo? – le preguntó. Su voz era un susurro áspero que probablemente resonó en todo el lago.

–Salgamos de aquí.

–¿A ti qué te pasa? – exigió-. ¿Por qué sigues viéndome cuando lo que de verdad deseas es estar con ella?

–¿Con quién?

Tessa se apartó el pelo de la cara.

–No te hagas el tonto. Tengo ojos, ¿sabes? Por eso sé que deseas a Miranda.

Ojalá entendiera tu fascinación hacia ella.

Weston no discutió ni Tessa rompió a llorar.

–Está enamorada de Hunter, ¿sabes? – Poniéndose en pie, se sacudió las manos y se limpió cualquier rastro de lágrimas que le quedase en el rostro.

Si tenía algo, era orgullo-. No sé por qué, pero Miranda piensa que el cielo, la tierra y las estrellas giran en torno a él. – Se frotó la nariz con el dorso de la mano y se puso derecha. Cuando Weston intentó tocarla, se apartó de él rápidamente, a punto de caerse en el agua-. ¿Quién lo habría pensado? La princesa de hielo es la princesa del fuego para el hijo del portero. – Dedicó una fría sonrisa a Weston mientras le miraba fijamente-. Duele, ¿verdad?

–Tessa -le dijo, rodeándola por la cintura.

Le apartó la mano.

–No me toques -rechistó, echándose hacia atrás y dándole una bofetada.

Zas. El sonido resonó en el agua-. No me vas a utilizar como a una puta de dos dólares. Vete con Crystal, si lo único que quieres es un revolcón rápido.

Weston enfureció.

–Eh, espera un momento -ordenó, asiéndola por la pequeña cintura.

¿Qué estaba sucediendo? Tessa, que siempre había estado tan dispuesta a complacerle, de pronto se estaba volviendo contra él, mostrándole más pasión de la que había visto en semanas. Weston la arrastró a lo largo de la orilla del lago, por un camino situado lejos de Miranda, lejos de su casa.

–¡Suéltame, cabrón! – Tessa escarbó en la tierra y se agarró a una raíz. Con un sonoro desgarrón, la blusa se le enganchó a una rama y se le rompió.

–¿Por qué?

–¡Porque se acabó!

Tessa forcejeaba y Weston la agarró con más fuerza, a la vez que sentía un calor en la ingle provocado por la pelea.

–Se acabará cuando yo lo diga.

–Déjame en paz, Weston, o te juro…

Le tapó la boca con la mano y sintió cómo Tessa le hundía los dientes en la palma. Pero ni se inmutó. La dejó esforzarse tanto como quiso. Ahora era suya. La ira hacía crecer la pasión en Weston. La furia le provocó una erección. El pene le ardía. Tessa estaba asustada, podía sentir el cambio de su cuerpo, la tensión. El olor del miedo le llegó a los orificios de la nariz.

Weston creyó que iba a correrse en los pantalones.

–¿No sabes que conmigo nadie juega, Tessa? ¿Aún no te has dado cuenta?

Tessa se agitaba, resistiéndose, retorciéndose de tal manera que le dio un rodillazo a Weston en la ingle.

Éste sintió un fuerte dolor en la entrepierna. Expulsó un resoplido.

–¡Puta! – resolló, sacudiéndola-. ¡Maldita puta! ¡Ahora vas a ver!

Se inclinó, la arrastró por encima de las piedras, por entre el ramaje de las moreras que se les enganchaban y arañaban a medida que pasaban, entre los troncos caídos, hasta llegar a un claro donde estaba aparcado su coche. Él sudaba y respiraba con dificultad, pero se encontraban tan lejos de la casa de los Holland que aunque fuera tan estúpida para gritar nadie podría oírle.

No importaba lo que intentase.

Metió una mano en el bolsillo y cogió el cuchillo de Jack Songbird. Lo abrió con un clic y se lo puso ante los ojos.

–No hagas ninguna tontería y no te pasará nada…

La soltó. Tessa le escupió, a la vez que intentaba escapar.

–Te estás buscando problemas -protestó.

–¿Yo? Me parece que eres tú quien necesita ayuda.

–No te tengo miedo, Weston -dijo con suficiente coraje para convencerle.

Pero tenía la voz algo temblorosa y no podía apartar los ojos del arma que acababa de empuñar Weston-. De hecho… ¡creo que eres patético!

Sudaba, y Weston podía notar el olor de su cuerpo. Tessa se volvió, con intención de salir corriendo, pero Weston se abalanzó sobre ella. Exclamó un débil chillido, justo antes de que él le pegara el cuchillo al pecho.

–Suéltame, chupapollas.

–De ninguna manera, Tessa. Teníamos una cita, ¿recuerdas?

La agarró firmemente con los brazos. Notó la columna vertebral de la chica contra su pecho, aquel culo redondito rozándole su entrepierna. Ella intentaba liberarse. Los senos chocaban contra sus brazos y tenía el aliento caliente como el fuego de un dragón.

–Suéltame, maldita sea.

Weston olió el miedo, lo que le provocó aún más. Era un demonio de mujer.

Le lamió la zona del nacimiento del pelo. Ella echó la cabeza para atrás, esperando hacerle daño. Zorra estúpida.

–Cuidado, cariño.

Weston le mordisqueó la piel salada.

Tessa gritó.

–Eso ha sido por la bofetada.

Tessa empezó a temblar. Weston adoraba el sentimiento de poder que le provocaba el temblor. El sentimiento de que él podía controlarla, usarla como si fuera su esclava personal.

–Ahora, vas a hacer exactamente lo que yo quiera, perra, y no vas a parar hasta que te lo diga. Ponte de rodillas.

La tiró al suelo. Agarró el cuchillo como si fuese a utilizarlo en cualquier instante.

–Ahora, preciosa, bájame la cremallera del pantalón.

–No…

Le cogió un mechón de pelo y se lo cortó.

–¡Ahhh!

El cabello rubio cayó al suelo.

–Ahora, bájame la cremallera del pantalón y chúpamela como una buena chica.

–Ve a buscar a Miranda. Es a ella a quien deseas -dijo valientemente, aunque tenía los ojos llenos de miedo y los labios le temblaban.

–Está ocupada.

–¿Qué te importa? A ti te gusta hacértelo con más de una a la vez.

–Ya le tocará.

De repente, Tessa se abalanzó sobre Weston y le pegó un puñetazo por debajo de la mejilla.

–¡Joder! – Contrajo el rostro. Cayó al suelo-. Deja de jugar, zorra -dijo, mientras le caían gotas de sangre en el hombro-. Desabróchame los pantalones y…

–Te odio.

–¿Ah sí? Pues muy mal. Ahora no tienes elección y si vuelves a morderme… te rajo.

–No lo harás -dijo de pie frente a él, comprendiendo de pronto la situación-.

No vas a matarme, ni siquiera a herirme porque te cogerían. Incluso aunque no tuviesen ni la más mínima prueba, mi padre te daría caza como a un perro. La gente nos ha visto juntos, y ahora -le mostró las manos, cuyas

uñas estaban sucias y ensangrentadas- habrá restos de tu sangre en mis manos.

El corazón de Weston se detuvo un instante.

La sonrisa de Tessa reflejaba pura maldad.

–Si me fuerzas a hacer cualquier cosa que yo no quiera, y quiero decir cualquier cosa, se lo diré a mi padre y te denunciaré en la comisaría. Te arrestarán por… invasión de la propiedad ajena, y… agresión y abusos a una menor.

Weston no la creía.

–No serías…

–Cabrón, te mataría antes de volver a dejar que me tocaras.

Weston alargó la mano, pero Tessa la apartó.

–Irás a la cárcel, Weston. Mi padre se encargará.

Le miró con la mandíbula desencajada y los ojos llenos de furia. Tenía la piel manchada de barro y la blusa rasgada. Miraba a Weston como si quisiera hacerle pedazos con sus propias manos.

–Por Dios, no serías capaz.

–Ándate con ojo -le advirtió.

Los ojos le chispeaban como a un animal herido. Weston se acordó de una zarigüeya a la que había cazado con una trampa, y de cómo aquella bestia había gruñido, mostrándole sus dientes afilados, antes de que la rematara.

–Vete de aquí -le ordenó. No estaba bromeando.

Cada músculo del cuerpo de Weston le pedía echarse sobre ella, arrojarla al suelo y arrancarle la ropa. Pero no era lo bastante estúpido para cometer aquel tipo de error. Ahora no. Tessa era, le gustase o no, una niña.

«Más tarde», se dijo a sí mismo. Se encargaría de ella más tarde, cuando estuviese a salvo y Tessa no tuviese la sartén por el mango. Cerró la navaja y subió al coche. Salió zumbando, seguido de un chirrido de ruedas, botando por aquel camino empedrado y viejo que les había llevado a aquel lugar situado en ninguna parte. Con la espalda tiesa por el orgullo, miró a Tessa por el espejo retrovisor, cuya ropa desgarrada parecía más bien una banda honorífica.

Weston agarraba el volante con manos sudorosas. Dobló la esquina y puso segunda. La sangre le hervía en las venas. Las sienes le palpitaban. Si aquella pequeña zorra pensaba que tenía la última palabra, estaba equivocada. Muy equivocada.

–Hijo mío, te estoy diciendo que cuento contigo.

Neal señaló con su grueso dedo en dirección a Weston. Mientras tanto, el viejo aparato de aire acondicionado en la oficina de Weston del aserradero zumbaba a través de la rejilla de la ventilación.

–Alguien tiene que inculcar en tu hermano un poco de sentido común.

¡Nadie, y quiero decir nadie, en esta familia, se va a unir a una Holland! Por Dios santo, ¿es que no se da cuenta de que sólo quiere su herencia?

Paseándose desde un extremo de la oficina hasta el otro,se frotaba la calva con un pañuelo. Su rostro colorado estaba más rojo de lo habitual. Abría los orificios nasales debido a la indignación que sentía y los dientes de oro le brillaban mientras hablaba. Tenía gotas de sudor en la frente, las cuales le mancharon las mangas de la camisa.

–¿Qué demonios te ha pasado en la cara?

Weston forzó una sonrisa, a pesar de que recordar las uñas de Tessa le hacía encolerizar.

–Tuve una discusión con una puta. – Aquello no era del todo mentira.

–Demonios, ¿no sería la hija de los Songbird?– ¿Crystal? No.

–Bueno. No podemos permitirnos hacer enfadar a ninguna tribu local, ya lo sabes. Poseen tierras valiosas en esta zona, tierra que podríamos querer comprar para construir otro complejo que hiciera competencia al del viejo Dutch. Incluso aunque ambos sepamos que Jack Songbird era un vago, sus padres podrían empezar a quejarse con el tema de la discriminación y eso.

Toda la maldita tribu podría verse envuelta.

–No creo que estén dispuestos a empezar una guerra -dijo Weston con desprecio-. Tranquilo.

Neal suspiró como si estuviese harto del mundo entero.

–Quizás tengas razón. Pero seguimos teniendo problemas, empezando por tu hermano y sus estúpidos planes de casarse con una de las hermanas Holland. Joder, qué mierda.

–¿No crees que Claire Holland heredará suficiente dinero de su padre? ¿De verdad crees que también busca el nuestro?

–Por supuesto que sí. Es codiciosa, como el hijo de puta de su padre. Dutch nunca me ha perdonado haber pujado más alto por aquel trozo de terreno situado al norte de Seaside.

–Y por construir Sea Breeze.

–Sí. Aquello le sentó como una patada en el culo. – Neal rió entre dientes.

Los de oro le destellaban al sonreír-. Conseguí que Stone Illahee pareciese una baratija. El cabrón se lo merecía.

–Pero aquello fue hace años.

–Bueno, es que ese viejo pesado es muy rencoroso.

–Quizá haya llegado la hora de enterrar el hacha de guerra.

–Ni hablar. No hasta que Dutch dé el primer paso.

–¿Por qué?

Los ojos de Neal se oscurecieron.

–Esto va más allá de lo profesional, hijo. Es personal.

«Puedes apostar», pensó Weston, y se preguntó si el viejo sabía que su mujer se había estado acostando con su peor enemigo. Mentalmente, Weston vio la pecosa espalda de Dutch y el espejo roto en la casa de campo.

Desde aquel fatídico día, su madre y él no se habían llevado bien. Las mentiras habían estado presentes entre ellos. Siempre.

Neal se aflojó la corbata.

–Así que no juegues a ser el abogado del diablo conmigo. Le dije a Harley que le desheredaría antes de dejar que ninguna zorra Holland pusiera sus asquerosas garras en mi dinero, y lo dije en serio. Lo mismo sirve para ti. –

Se frotó la cara con el pañuelo-. Señor, qué calor.

–Yo no soy quien está pensando en casarse con una Holland -señaló Weston, todavía con un humor de perros debido a la noche anterior, en que había pillado a Miranda con Riley. Y Tessa. Que esperara a que la cogiese a solas. Se iba a arrepentir de lo que le había hecho.

–Lo sé, pero Harley… Oh, jamás ha tenido el más mínimo sentido común.

Siempre ha sido un niño llorón. La primera vez que supe que estaba saliendo con una de las hijas de Dutch imaginé que simplemente era una aventura, un acto de rebeldía, nada de lo que preocuparse. Pero luego no

dejó de verla, seguía saliendo con ella. – Neal se apretó el puente de la nariz como si intentase evitar un dolor de cabeza-. ¿Qué tenía de malo Kendall?

Eso es lo que a mí me gustaría saber. Es mucho más guapa que las tres Holland juntas, y su padre y yo nos llevamos bien, tenemos negocios en común. ¿Por qué demomos Harley no se quiere casar con ella?

–A mí no me lo preguntes.

Weston se hizo el inocente y su padre estaba tan absorto en la necesidad de desahogar su ira que ni se dio cuenta.

–Veremos si le gusta estar sin un solo centavo. Le voy a dar una oportunidad más para que vea las cosas con claridad, y luego, si esa tal Claire Holland no ha desaparecido en una semana, le echaré del trabajo, le quitaré el maldito Jaguar y le echaré de casa. Entonces descubriremos de qué pasta está hecha esa Holland. Apuesto diez a uno a que echa a correr en otra dirección.

Weston no iba a formar parte de aquella apuesta. Pensaba que Claire tenía más aguante del que su viejo padre se creía.

–Quizá sea una amante espectacular -opinó Weston. De nuevo sus pensamientos giraban en torno a Miranda.

–Muy bien. Puede follársela hasta que se acabe el mundo, ¡pero no puede casarse con ella!

–¿Cuál es la diferencia?

Neal miró a su hijo como si Weston acabase de anunciar que quería construir un nuevo complejo en Júpiter.

–La diferencia es que si sólo duerme con ella y la utiliza como a una puta, él gana. En cambio, si ella consigue cazarle y casarse con él, entonces ella gana. Por Dios, no tendría que hacer falta que te lo explicara.

–Así que se trata de respeto.

–Bingo -Neal se frotó la cara, refunfuñó entre dientes , empezó a agitar las manos, como asustando a una mosca molesta-. Tú sólo asegúrate de que entienda lo que está en juego. Ahora, hay un par de cosas de las que tenemos que hablar. Quiero que se realice una auditoría, luego, una reunión con Jerry Best de Best Lumber para ver por qué retiró su cuenta y… una especie de indemnización para la familia Songbird, ya sabes, por la muerte de su hijo.

Weston se volvió bruscamente. Los músculos se le encogieron.

–Jack estaba asegurado en la empresa. Creo que el seguro es vigente, aunque Jack fuese despedido el mismo día de su muerte.

–Lo sé, lo sé, dudo que la compañía de seguros se niegue, les pagamos mucho dinero. Aun así, no es suficiente. Quiero que Aserraderos Taggert haga algo más para la familia, ya sabes, algo que nos dé prestigio.

–No es como si se hubiese matado en un accidente de trabajo -replicó Weston, molesto por el hecho de que su padre se rebajase a tal paripé-. Jack Songbird no era un empleado ejemplar. Echa un vistazo a su ficha personal.

Todos los supervisores que tuvo le tacharon de mal trabajador. Llegaba siempre tarde, nunca se ponía el equipo de seguridad, se tomaba largos descansos, flirteaba con las secretarias, incluso llegó a romper la máquina de refrescos, creo. De cualquier cosa mal hecha, Songbird era el culpable.

–No importa.

–Pero…

–Mira, sé que despediste a ese estúpido hijo de puta, pero por el amor de Dios, Weston, piensa por un momento en la buena prensa que conseguiríamos. La empresa donará diez mil dólares, con lo que empezaremos un fondo de fideicomiso con su familia y con la tribu, ¿no era chinook?

–Clatskanie o algo así -murmuró Weston, fastidiado. ¿A quién demonios le importaba Jack Songbird? El tío era un rufián, un ladrón de poca monta y un vándalo. El mundo, en especial Chinook, en Oregón, estaba mejor sin él.

Weston juntó las manos, apretándose los nudillos-. Si tanto te importan las apariencias, deberías haber ido a su funeral.

–No, tú deberías haber ido. Yo estaba en la convención de Baton Rouge.

–Con Dutch Holland.

Neal hizo una mueca.

–Sí, ese viejo pesado estaba allí, intentando robarme mis cuentas. Me pone enfermo pensar que una de sus hijas tenga las garras puestas en mi hijo. –

Suspiró en voz alta. Miró directamente a los ojos de su hijo mayor-. Harley siempre ha sido un problema.

–Papá…

–Calla, Weston. No te estoy diciendo nada que no sepas. Esperaba que creciera y se volviera más fuerte. Pero supongo que eso no va a suceder. –

La decepción empañó sus ojos-. Ya lo sabes. Tú eras muy difícil de igualar.

Intento recordándomelo día a día. Supongo que tendría que haber tenido más hijos.

–¿Con mamá?

Neal estrechó ligeramente los ojos.

–Pues claro que con tu madre. ¿Con quién si no?

–Dímelo tú.

–Aún crees en ese rumor que dice que tengo un montón de hijos bastardos por ahí esparcidos, ¿no?

–Sólo uno.

–Olvídalo, Weston. Tú eres mi preferido. Eres mi primogénito. Eso es especial, y lo sabes. – Golpeó con los nudillos el escritorio de Weston y a continuación se dirigió hacia la puerta. De repente, tenía el aspecto de un anciano-. No te olvides de darle a Harley mi mensaje. Tal vez si viene de ti se lo creerá.

–Y tal vez no.

–Entonces es que no es tan listo como creía. – Neal dudó un segundo-.

¿Sabes?, cuando tienes un hijo, un recién nacido, la esperanza y el orgullo te llenan. Sabes que se va a convertir en el mejor hombre que jamás haya habido en la tierra. Más tarde, a medida que pasan los años y ves que la decepción y la preocupación se acumula, simplemente esperas a que se las apañe. Con Harley… -Se encogió de hombros-. No sé, sencillamente no sé.

Neal salió de la oficina, cerrando la puerta, y Weston, sonriendo para sus adentros, se recostó en la silla hasta que los viejos muelles chirriaron. Había estado haciéndolo todo al revés, y se maldijo por haber sido tan tonto.

Había estado intentando ayudar a Harley cuando era su mayor rival.

Lo cierto era que Weston iba a heredar la mayor parte del patrimonio de su padre, pero en el testamento existían disposiciones que hacían referencia a Mikki, Harley, Paige y cualquier otro niño que Neal hubiese engendrado, fuese legítimo o no.

Si Harley se casaba con Claire, renunciaría a su trozo de fortuna, la mayor parte de la cual iría a parar a Weston. Neal había dejado bastante claro que sus hijos iban a heredar el negocio y a hacerse cargo de él. Si Harley, muy oportunamente, renunciase, entonces Weston se quedaría a cargo de todo: los terrenos, el aserradero, las operaciones de explotación forestal.

Sonrió de oreja a oreja, entusiasmado. ¿Por qué demonios estaba intentando dejar embarazada a Kendall si aquello favorecía a su hermano? Lo mejor

era que Harley se casase con Claire. Cuando su viejo la palmara, se lo dejaría todo a Weston, excepto la casa y una mísera pensión mensual para su madre y Paige. Sintió vergüenza ajena al pensar en su hermana pequeña.

La fea Paige. La rara Paige. Paige, lo bastante extraña para terminar en alguna institución mental cuyas paredes estuviesen pintadas con colores pastel. Todo lo que Weston tenía que hacer era encontrar algún psicólogo atrevido que necesitara algún dinero extra. Así, Paige pasaría el resto de sus días paseando por caminos con árboles imponentes y estanques relajantes con lirios flotantes. Estaría encerrada de por vida tras puertas de acero.

Por supuesto, antes tenía que morir su padre, pero era sólo una cuestión de tiempo. Neal Taggert podía sufrir un ataque al corazón de un momento a otro. El médico se lo había advertido una y otra vez. Todo lo que Weston debía hacer era ser paciente. Y dejar de verse con Kendall. Esto último no sería difícil.

Evitar a las Holland no le resultaría tan fácil. No le importaba demasiado que Tessa le hubiese rechazado y que no le devolviese las llamadas. Pero cuanto más veía a Miranda más la deseaba, algo que era sencillamente estúpido. Ella sólo significaba problemas, una mujer a la que había que evitar a toda costa. Además, Miranda nunca había escondido el hecho de que detestaba a Weston. Incluso Tessa había reconocido que Miranda se había enfadado al averiguar que su hermana pequeña estaba viéndose con él.

¿Y a ella qué le importaba? ¿Se había opuesto a que Tessa saliese con él, o es que estaba, de manera inconsciente, celosa? La sangre se le calentó ligeramente. Tal vez Miranda poseía una parte alocada que no podía controlar, un ansia por lo prohibido. Dios, cada vez que recordaba sus caderas enterradas en la arena aquella noche… Cerró los puños con tal fuerza que los nudillos se le quedaron blancos.

¿Pero por qué Riley? No era nadie, era un holgazán, el hijastro de un maldito portero. Por alguna razón a Miranda le gustaba juntarse con gente de clase baja, no le daba miedo dar un paseo por el lado salvaje.

Por otro lado estaba Tessa. Aún tenía que pensar la manera de encargarse de ella. Si Tessa hablase más de la cuenta, cumpliendo así sus amenazas, la vida de Weston, tal y como la conocía, podría terminarse.

Si fuese listo, se olvidaría de las Holland y volvería a la universidad antes de cometer más errores. Su violencia iba en aumento. Notó cómo le brotaba la adrenalina. Presintió una nueva situación, y supo que estaba caminando por terreno peligroso. Debía parar. Ya. Pero no soportaba la idea de renunciar a Miranda. Sólo una noche, es todo lo que quería, una noche para demostrarle lo que era sexo hedonístico, animal y apasionado. El tipo de sexo que dejaba la cabeza atontada durante horas y las sábanas arrugadas durante días.

Nervioso, jugueteaba con el bolígrafo, mientras el aire acondicionado se apagaba con un silbido final. Weston consideraba a Riley, le conociese o no, su rival, un hombre que debía andarse con cuidado. Estaba prácticamente seguro de que los motivos de Riley no eran del todo honestos. Aquel tipo tenía un pasado misterioso, ni siquiera era el hijo natural del portero.

¿Quién sería el padre real de aquel bastardo?, se preguntaba Weston, mientras daba vueltas en la silla y miraba a la nada. Una idea le sobrevino al corazón, dejándole tan helado como la misma muerte. Se preguntó si Hunter podría ser el hijo bastardo perdido de Neal. Pero era de locos, ¿no?

Aquella paranoia constante se deslizaba por su sangre.

Le llevaría mucho tiempo descubrir la verdad, ya que, durante las últimas semanas, desde que su obsesión por Miranda había ido en aumento, convirtiéndose en algo más que en un interés pasajero, Weston había hecho algunas averiguaciones por su cuenta. Había descubierto que Riley escondía en el armario mucho más que secretos de familia. Era sólo cuestión de tiempo poder demostrar que aquel hijo de puta era un impostor.

Weston se conformaba con ser paciente. Creía en el viejo dicho de que la cosas buenas les suceden a aquellos que esperan. Bien, Weston estaba dispuesto a esperar mucho, mucho tiempo, con tal de saber que, al final, conseguiría saborear un pedacito de Miranda Holland.