Susurros
Tercera Parte:
–Claire, Claire, Claire… -gemía Kane, mientras la contemplaba y contraía su cuerpo.
Claire se arrimó a Kane, convencida de que el cielo y la tierra chocaban a la vez que sus cuerpos. Kane se corrió dentro de ella.
–Ámame -le susurró él, desplomándose y aplastándole los pechos con el peso de su cuerpo-. Sólo te pido que ames hoy.
–Porque mañana te habrás ido.
Kane no contestó. Rodó por el petate, colocando a Claire por encima de él, y apretó su rostro contra los senos de ella.
Claire permaneció con él hasta el mediodía, haciendo el amor bajo la luz del sol, suspirando juntos en aquel sagrado bosque, olvidando el dolor de la muerte de Harley. Claire era consciente, con una certeza que le dolía, de que cuando el sol se pusiera aquella tarde, nunca más volverían a verse.
TERCERA PARTE:
El presente
Capítulo 23
«Claire, Claire, Claire.»
Kane, sentado ante el escritorio, apretó los dientes, obligándose a mantener la concentración, pero las letras del monitor se volvieron borrosas, mientras la imagen de Claire, hermosa y hechizante, le ardía en el cerebro. De nada servía lo que hiciera o con qué ocupara su mente, ella siempre estaría allí, justo debajo de la superficie de la conciencia, dispuesta a aparecer en cualquier momento.
Era una jodida maldición.
–Estúpido hijo de puta -murmuró en voz baja, mientras cerraba el ordenador portátil y alcanzaba con la mano una botella de guisqui. Su investigación sobre la noche en que había muerto Harley Taggert se había estancado, su interés había tomado un nuevo rumbo. Todo por Claire. Aquel deseo candente que corrió por sus venas hacía dieciséis años había permanecido latente durante años. Sin embargo, ahora estaba renaciendo de nuevo, distrayéndole, provocando que su mente se apartase del firme propósito que le había llevado hasta allí: vengarse de Dutch Holland.
Había varias razones reales y de peso por las que Kane odiaba a Dutch.
Benedict Holland, sin ayuda de nadie, había destrozado su vida. Pero ahora las tornas habían cambiado. Kane tenía la oportunidad de darle a probar su propia medicina.
Sin embargo, ver de nuevo a Claire había enredado un poco las cosas, empañando su objetivo. Dios, era patético. ¿Cómo podía una mujer dar la vuelta a su modo de pensar?
Agarró la botella por el cuello con dos dedos y caminó por la cabaña limpia y recién pintada. Había un par de muebles nuevos sobre el suelo; los había comprado para sustituir el destartalado sofá color rosado y la mesa de metal rota. La frustración le atormentó. Nunca antes había perdido la concentración en un proyecto. Sus principales cualidades eran la claridad y la determinación. Siempre había sabido lo que quería, había ido a por ello y, como un perro con un hueso, no cedía hasta conseguir su premio.
Hasta ahora.
«¡Mierda!»
Con dificultad, se obligó a pensar en los hechos acontecidos aquella tormentosa noche, hacía dieciséis años. La noche en que Harley Taggert había perdido la vida, la noche que había generado tantas preguntas sin respuesta.
No había podido averiguar demasiado. No había obtenido éxito en las tres últimas semanas. Había intentado hablar con los ayudantes del sheriff y con las últimas personas que habían visto a Harley horas antes de morir, o con los testigos que habían presenciado los hechos después de que el coche de Miranda se hundiera en las oscuras aguas del lago. Pero habían pasado muchos años, durante los cuales los recuerdos se habían difuminado, las impresiones se habían alterado y el suceso se había convertido en un caso cerrado de la policía que lo único que hacía era coger polvo en algún armario cerrado con llave.
El sheriff McBain, el oficial a cargo de la investigación, había muerto por un cáncer de hígado, y los demás agentes, de los cuales ninguno permanecía aún en el cuerpo, mantenían la boca cerrada y los recuerdos confusos.
Parecían bastante sinceros, pero eran demasiado mayores, estaban cansados y no parecían lo bastante interesados para reabrir un caso que había concluido confirmando que se trataba de un accidente. Existían rumores de que la investigación se había visto alterada debido a sobornos de Neal Taggert o Dutch Holland.
Kane apostaba a que había sido cosa de Dutch.
Caminó de vuelta al viejo escritorio de madera que había comprado en una tienda de muebles de segunda mano. Echó una ojeada a sus notas, frunció el ceño y se crujió los nudillos. No sólo Harley había muerto en circunstancias sospechosas aquella noche, sino que también Jack Songbird había encontrado la muerte al caer del risco de Illahee días antes. Hunter Riley, al parecer relacionado con Miranda Holland, desapareció de repente, al mismo
tiempo que se extendió el rumor de que había dejado embarazada a una jovencita y había robado un coche. Riley abandonó el país, se fue a trabajar para la industria maderera de los Taggert en algún lugar de Canadá, y más tarde desapareció de la faz de la tierra. Kendall Forsythe, afligida tras la muerte de Harley, terminó por casarse con Weston Taggert.
–¡Piensa! – se dijo, pasando las páginas de los informes policiales originales. La causa oficial de la muerte de Harley Taggert fue asfixia, pero antes de caer al agua se golpeó en la cabeza con una roca o algún otro objeto afilado y dentado. Quizás alguien le hubiese golpeado antes de arrojar su cuerpo inconsciente por la borda.
Cuando la policía rastreó la bahía en busca de pruebas o del arma del crimen, todo lo que encontraron fue un revólver en un contenedor de basura.
¿Estaba aquella pistola relacionada con el crimen? ¿O era una coincidencia que estuviera cerca del cuerpo? Kane cogió un vaso que había sobre la mesa, lo limpió con el borde de la camiseta y se sirvió un buen chorro de alcohol. La clave para descubrir la verdad de lo que había sucedido era hablar con tanta gente como le fuera posible y comprobar sus historias, comparándolas.
Quería empezar con Claire. No porque ella fuera la alternativa más lógica, sino porque quería, necesitaba, verla otra vez. Por Dios, se estaba convirtiendo en una obsesión. «Piensa, Moran, ¡piensa! ¡Usa la maldita cabeza!»
Habían pasado muchas cosas en dieciséis años. Kane había pasado los últimos meses siguiendo pistas, intentando encontrar a todas las personas -
¿o sospechosos?– que tuvieran algo que ver con la muerte de Harley Taggert.
Sentado en el borde de la silla, abrió una libreta donde tenía apuntados los nombres de todas las personas que tuvieron que ver con la tragedia.
Neal Taggert, tras sufrir un derrame cerebral que casi acabó con su vida, había renunciado a la presidencia de Industrias Taggert. Weston cubría en la actualidad dichas tareas ejecutivas. Paige cuidaba de su padre enfermo la mayor parte del tiempo.
En cuanto al hijo mayor de Taggert, Weston, se había casado con Kendall Forsythe y habían tenido una hija, Stephanie, de quince años. Se casaron poco después de la muerte de Harley, y no tuvieron más hijos. Según decía todo el mundo, su matrimonio era tan inestable como firmes las rocas del acantilado de Illahee. Ni Weston ni Kendall poseían coartadas para la noche en que Harley se ahogó, pero la oficina del sheriff les descartó como posibles sospechosos. Igual que descartó a cualquier otra persona. Según los informes oficiales, la muerte de Harley Taggert había sido a causa de un accidente. Nada más.
Hank y Ruby Songbird estaban jubilados y seguían viviendo en Chinook.
Se habían mudado a una casa prefabricada poco después de la muerte de Jack. Ruby nunca superó la muerte de su único hijo varón. Se convirtió en una mujer adusta y meditabunda, conocida por hablar en su lengua nativa.
Se pasaba el día mirando por la ventana hacia el risco en el cual Jack perdió la vida.
Crystal se fue de Chinook después de aquel verano. Terminó el instituto y la universidad. En la actualidad vivía en Seattle y estaba casada con un doctor.
Raramente visitaba a sus padres y no parecía guardar buenos recuerdos de aquella pequeña ciudad costera.
En cuanto a las Holland, eran muy interesantes. Miranda nunca se había casado y apenas quedaba con hombres, según había averiguado Kane.
Estaba totalmente dedicada a su carrera profesional, una carrera que podría verse arruinada si se probase que de algún modo estaba relacionada con la muerte de Harley.
Tessa saltaba de un apartamento a otro en el sur de California. Se ganaba la vida pintando, igual que su madre había hecho antes de casarse con Dutch, o tocando la guitarra y cantando en algún establecimiento de poca categoría
en Los Angeles. Le gustaba la marcha por naturaleza. La habían arrestado por exceder el límite de velocidad, por conducir bajo la influencia de estupefacientes y por posesión de sustancias ilegales, una vez con cocaína y dos con marihuana. Había convivido con varios hombres relacionados con el mundo del espectáculo, pero, al igual que Miranda, nunca la habían llevado al altar y había dado el «sí quiero».
Y por último estaba Claire. La preciosa, alegre y enigmática Claire, que había huido de Chinook, se había casado con un hombre mayor y había tenido dos hijos. Más tarde se había enterado de que su marido estaba liado con la novia de su hijo.
–Cabrón -musitó Kane, ingiriendo otro trago de güisqui.
Claire merecía algo mejor. Cualquier mujer se lo merecía. Kane esperó no encontrarse jamás con Paul St. John.
Miró el reloj, hizo una mueca al ver la hora y pidió a Dios que ojalá no tuviera que asistir a su próxima cita. Pero era necesaria si quería acabar de escribir su libro.
La lluvia matutina había dejado nubes altas, por cuyos huecos penetraban rayos de sol, creando una bruma cálida en el bosque. Había charcos en el camino que conducía a la entrada de la casa, pero cuando Kane subió al jeep, sintiendo de nuevo molestias en su herida de guerra, el agua ya casi se había secado. La última persona con la que le apetecía hablar aquel día era con Weston Taggert, pero necesitaba la versión del hermano mayor de Harley sobre los hechos acontecidos hacía dieciséis años.
Kane se dirigió a Chinook. Aparcó en la zona de aparcamiento del edificio más nuevo de la ciudad, un complejo de oficinas de dos pisos con vistas a la bahía. En el interior se ubicaba la nueva sede de Industrias Taggert. Kane avanzó por el vestíbulo y tomó el ascensor hasta llegar al segundo piso, donde encontró un escritorio situado frente a una doble puerta de roble.
–Kane Moran -le dijo a la diminuta mujer de pelo corto pelirrojo y labios a
juego.
La mujer, que llevaba auriculares, levantó los ojos. Tenía unas pestañas larguísimas.
–Tengo una cita con el señor Taggert.
La mujer examinó la agenda, encontró su nombre, pulsó un botón en el teléfono para anunciar la cita y en poco segundos Kane se encontró sentado en la esquina de una enorme oficina con un ventanal desde el suelo hasta el techo. Había árboles colocados en macetas enormes a lo largo de una moqueta de color bronce. Junto a una pared había un mueble bar. En otra de las esquinas había dos sofás y, frente al ventanal, se erguía un escritorio macizo de palo de rosa, donde Weston le estaba esperando.
Weston llevaba un traje que valdría más de mil dólares. Estaba reclinado en su silla, con los dedos en la barbilla y los ojos medio cerrados en actitud pensativa. Aparte de unas cuantas arrugas alrededor de los ojos, no había envejecido. Aún tenía la mandíbula dura y el cuerpo esbelto. Su cabello no mostraba señal de calvicie o canas. Había llamado a Kane para aquella reunión, en lugar de haber sido al revés.
–Moran. – Se levantó y estrechó la mano de Kane por encima del escritorio-. Toma asiento.
Weston avanzó hacia las sillas situadas frente al escritorio.
–¿Quieres tomar algo? ¿Un café o alguna bebida?
–No, gracias.
Kane se recostó en el sillón de piel rojiza y continuó esperando. Después de todo, verle había sido idea de Weston.
El presidente de Industrias Taggert fue directo al grano.
–He oído que estás escribiendo un libro sobre la muerte de mi hermano.
–Así es.
–¿Por qué?
Kane se movió en el sillón y sonrió para sus adentros. Así que Weston no podía esperar. Genial. ¿Qué secretos guardaba el hermano mayor de Harley?
–Demasiadas preguntas sin respuesta.
–Sucedió hace dieciséis años.
Kane elevó un extremo del labio.
–Bueno, es que he estado ocupado, por eso lo retomo ahora.
–Parece que pienses que servirá de algo escribir ese libro -dijo Weston, tomando la delantera en la conversación.
A Kane no le gustó la sensación que le produjo, pero le siguió el juego.
–Creo que Dutch Holland sabe más acerca de la muerte de tu hermano de lo que cuenta. Y sospecho que él, o quizá tu padre, sobornó a las autoridades locales para que archivaran el caso.
–¿Por qué querrían hacer algo así?
–Una pregunta interesante. ¿Por qué no te lo preguntas a ti?
–Yo no lo sé.
–Piensa, Weston.
–¿Quieres decir que alguien tiene algo que esconder? ¿Que están intentando
encubrir a alguien? – La voz de Weston sonaba incrédula, aunque Kane no acababa de creerle.
–Es sólo una hipótesis, pero merece la pena asegurarse.
–¿Por qué remover la mierda? Es algo que está más que enterrado. Todo el mundo lo ha superado. – Sonrió de oreja a oreja, una sonrisa de empatia.
Sin embargo, su expresión era tan fría como las profundas aguas del océano.
–Yo no lo he superado, y pienso que, dado que Dutch Holland ha decidido presentarse a las elecciones como gobernador, todos sus sucios secretos deberían salir a la luz.
–¿Y a ti que más te da, Moran? A ti te importaba un bledo mi hermano.
–Es algo personal -dijo Kane, respondiendo a la fría sonrisa de Weston con otra sonrisa igual-. Entre Dutch y yo. – Apoyó la región lumbar en el respaldo del sillón-. Además, no sólo me interesa la muerte de Harley, sino los hechos que la precedieron -admitió Kane, proporcionando a Weston un poco de información a cambio de algo por su parte.
–¿Como cuáles?
–Como lo que le ocurrió a Jack Songbird.
Weston se volvió, hurgó en el bolsillo de la chaqueta del traje y extrajo un paquete de cigarrillos Marlboro.
–Jack se emborrachó y cayó por el acantilado.
Encendió el cigarrillo con un mechero dorado. Dio una profunda calada al cigarrillo y expulsó una columna de humo en dirección al techo.
–Tal vez. Algunos piensan que se arrojó al vacío. Otros sospechan que fue asesinado.
–Déjame que adivine: Crystal Songbird, sus amigos y algunos ancianos de la tribu apoyan la teoría del asesinato. Demonios, han estado contando esa historia durante años, pero la verdad es que Jack no era más que otro indio desgraciado que bebía demasiado y que acabó pagándolo.
Los músculos de la espalda de Kane se contrajeron. Hizo lo posible por no apretar los puños y asestarle un puñetazo en aquella cara perfecta. Pero no había razón para demostrar a Weston lo que pensaba en realidad.
Weston examinó el extremo del cigarrillo.
–Sabes, Moran, si escribes algo que pueda difamar a mi familia te demandaré de tal manera que nadie querrá tener tu asqueroso culo cerca.
–Pensaba que querrías descubrir la verdad, a la vez que tener la oportunidad de vengarte de Dutch Holland.
–La verdad no me importa. Como ya te he dicho, es agua pasada, pertenece al pasado. En cuanto a Dutch, me las pagará. De una manera u otra. No necesito tu ayuda para conseguirlo.
– ¿Señor Taggert? -interrumpió la voz de la recepcionista-. Su mujer por la línea uno. Le he dicho que está ocupado pero…
Weston frunció el ceño irritado, a la vez que pulsaba un botón del interfono.
–Cogeré la llamada. Si me disculpas -se dirigió a Kane.
Kane no necesitaba una excusa para marcharse. Tenía lo que había ido a buscar: hacerse una idea sobre la familia Taggert y sobre Weston en particular. Pensaba que todo el clan de los Taggert daría saltos de alegría al enterarse de que un libro pondría al descubierto la verdad de lo sucedido, pero no había sido así. Weston había mostrado aversión hacia su proyecto, como si fuera culpable. Pero culpable ¿de qué?
Kane cruzó la calle sin mirar en dirección al coche. Sintió una sensación de triunfo. Algunas personas se estaban sintiendo molestas con sus preguntas, personas importantes. Iba bien encaminado.
Se metió en el jeep y arrancó el motor. A medida que avanzaba el tiempo, se sentía mejor. Sí, Weston estaba nervioso, pero ¿por qué? Kane tenía otro par de entrevistas aquella tarde. Quería hablar con los periodistas que habían cubierto las muertes de Harley Taggert y Jack Songbird. Había leído sus artículos, por supuesto, se los sabía casi de memoria, pero esperaba que las mentes de los reporteros le proporcionasen más pistas. A continuación quería hablar con las primeras personas que habían presenciado el accidente de coche de Miranda Holland, los buenos samaritanos que habían visto la reacción de las hermanas de primera mano. Quizás esas personas podrían proporcionarle nuevas pistas, una nueva perspectiva de la tragedia. Sólo después de hablar con todos ellos volvería a visitar a Claire.
Miranda miró a Frank Petrillo, situado al otro lado de la rayada mesa de fórmica, en el restaurante de Fracone, el único italiano en toda la ciudad donde Petrillo creía que merecía la pena pagar por una porción de pizza.
–Quiero que averigües todo lo que puedas sobre un tipo llamado Denver Styles.
–¿Te está molestando? – preguntó Frank masticando chicle, a pesar de que acababa de pedir una cerveza-. ¿Es el tipo que te ha estado merodeando?
–No me está molestando. Trabaja para mi padre.
Petrillo elevó una de sus cejas grises, mientras una camarera de pecho voluminoso depositaba las bebidas sobre la mesa. Petrillo dio un sorbo y miró de reojo por encima del vaso.
–¿Cuál es el problema?
–Dutch le ha contratado para que fisgonee en nuestra vida, en la mía y en la
de mis hermanas, y yo no confío en él. – Miranda resumió su encuentro con Denver Styles, sin mencionar la noche en que murió Harley Taggert-. Se supone que es un detective privado de las afueras de la ciudad, creo, pero tengo el presentimiento de que ya le conozco. – Dio un trago a su vino Chardonnay y giró la copa entre sus dedos-. Sólo me gustaría saber quién es en realidad.
Petrillo, pensativo, se frotó la barbilla raspándose la barba.
–Denver Styles. Ese nombre no me dice nada.
–Pronto te dirá.
Petrillo siguió mascando el chicle y dio otro buen trago de cerveza. Los ojos le echaban chispas ante aquel nuevo reto, lo que hizo sentir a Miranda algo mejor. Frank escarbaría en aquel asunto hasta que los dedos le sangrasen, hasta descubrirlo todo sobre aquel nuevo empleado de Dutch.
Miranda sólo esperaba que lo averiguara a tiempo, antes de que Denver Styles o Kane Moran destapasen la verdad. Volvió a beber de la copa de vino justo cuando depositaron sobre la mesa la pizza que había pedido Petrillo, una mezcla de gambas, pimiento verde y olivas.
Frank bromeó con Miranda, intentando tranquilizarla, a la vez que partió una porción recargada de pizza. Sin embargo, Miranda no podía evitar la sensación de sentirse acorralada contra la pared, una pared húmeda, oscura y fría que siempre había visto a lo lejos pero que ahora amenazaba con acercarse.
Se sintió observada. Echó una ojeada al restaurante y se convenció de que la imaginación le estaba jugando una mala pasada. Denver Styles no estaba acechándola junto a las máquinas recreativas, o sentado en una esquina humeante del bar. No, simplemente su mente la estaba engañando otra vez, su culpa estaba resurgiendo de la tumba bajo el mar donde llevaba años enterrada. «¡Ánimo!» se dijo en silencio mientras alcanzaba el pedazo de pizza que realmente no le apetecía. Forzó una sonrisa y dio un mordisco.
–Relájate, pequeña -dijo Petrillo-. Todo saldrá bien.
–¿Estás seguro?
Los ojos marrones de Petrillo echaron chispas.
–Claro que sí, joder.
Miranda sonrió y pidió al cielo poder creerle. Pero, maldita sea, no podía.
Incluso en aquella acogedora pizzería, con gente que reía y hablaba, el camarero que limpiaba la barra y Frank Petrillo que le estaba guiñando el ojo al otro lado de la mesa, podía sentir una sensación horrible en la zona de la nuca. Y estaba asustada. Más asustada de lo que había estado en dieciséis años.
–Háblame de papá.
Samantha se sentó sobre la repisa de la cocina, donde Claire estaba desempaquetando la última caja de la mudanza. Llevaban en Chinook casi una semana, y aún no habían terminado de instalarse.
–¿Qué quieres saber? – preguntó Claire.
–¿Es tan malo como dice Sean?
Claire apretó los dientes. La pena en su corazón había cesado hacía tiempo, la primera vez que había descubierto que Paul la estaba engañando.
Probablemente no había sido la única vez, ya que Paul siempre se había sentido atraído por mujeres jóvenes. Ahora, todo lo que sentía era vergüenza y remordimientos.
–Tu padre no es malo -dijo, preguntándose si estaba mintiendo-. Sólo es débil.
–¿Débil?
–Sí. Le gustan, uh, le gustan las mujeres.
–Las chicas -corrigió Sam.
«Cualquier cosa que lleve faldas.»
–Sí, a veces las chicas también.
–Entonces sí que es malo.
–No quiero que pienses esas cosas de él.
–Pero tú lo haces -la acusó Samantha.
Sus ojos reflejaban sólo una pequeña parte del dolor que invadía todo su cuerpo. Dobló las piernas, arqueando la planta de los pies sobre el borde la repisa y descansando la barbilla en las rodillas. Tenía sucias las piernas largas y también los pies, descalzos, pero Claire no dijo nada. No era el momento de cambiar de tema y empezar a hablar de limpieza y microbios.
–Simplemente no quiero pensar en él y punto.
Claire decidió que tenía que ser sincera. Los niños se daban cuenta cuando mentía. Sam arrugó la nariz.
–¿Irá a la cárcel?
La vergüenza comenzó a trepar por el cuello de Claire.
–No lo sé, puede ser… o puede que consiga que le rebajen la sentencia y que le otorguen la libertad condicional, supongo. Pero tendremos que esperar a ver qué pasa.
–Bueno, si se convierte en un presidiario, no quiero verle -decidió