Susurros

Lisa Jackson · Capítulo 3 de 37

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Susurros

Capítulo 2

sábanas. Un plástico cubría el colchón. Caminó hacia el ventanal, abrió las cortinas y, sorbiendo la bebida, miró hacia la piscina, completamente seca, repleta de hojas y suciedad que atascaban el desagüe. La casita de la piscina, situada cerca del trampolín, estaba cerrada. Así había permanecido durante años. A continuación miró más allá de la piscina, hacia el lago que tanto amaba. Mirando las tranquilas aguas, sintió miedo, como el tic-tac de un reloj sonando incesantemente en su cabeza.

¿Qué pasó tiempo atrás? ¿Qué descubriría? Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Bebió del vaso, sintió cómo el fuerte licor le sacudía la parte inferior de la garganta y le ardía en el estómago. Mientras, bajaba las escaleras, lejos de aquella morgue, con la mente llena de viejos y tenebrosos recuerdos, sexo decepcionante y muy poco amor. Dios, Dominique se había convertido en una zorra.

Una vez en el estudio, sacó la cartera del bolsillo, extrajo una página suelta que había arrancado de una libreta en su escritorio y fijó la mirada en los tres números de teléfono de sus hijas. Ninguna se alegraría de oírle, pero harían lo que les pidiese.

Siempre lo hacían.

Cogió el auricular, escuchó un clic y un tono de línea y tensó las mandíbulas.

Maldito Harley Taggert. Maldito Kane Moran. Y maldita la verdad, cualquiera que fuese.

Capítulo 2

–¡No es justo! No deberíamos mudarnos. No hemos hecho nada malo. ¡No tenemos la culpa! – Sean miraba a su madre con el ceño fruncido. Tenía los ojos en parte ocultos bajo la gran cabellera, y el rostro tenso y duro. En su nariz resaltaban numerosas pecas, a pesar del bronceado de verano. Su rostro irradiaba rebeldía, que se transmitía por su sentimiento de indignación, y abría y cerraba los puños sintiéndose impotente. En la excitación del momento se pareció a su padre. Claire quería cogerle entre sus brazos y no soltarle nunca.

–Es mejor así.

Vació el contenido del cajón superior del aparador en la cama, y colocó los calcetines y ropa interior en una caja de cartón vacía, mientras deseaba que su hijo creyera en sus palabras. El dolor desaparecería algún día, siempre acababa desapareciendo, pero llevaría tiempo. Mucho tiempo.

–¡Papá es quien tendría que irse! – Sean se dejó caer sobre una caja y miró a su madre enfadado, junto a la ventana abierta, por donde se veía un robusto manzano.

En las ramas de aquel árbol se balanceaba un columpio hecho con un neumático al ritmo del viento. La vieja rueda colgaba de una cuerda deshilachada y ennegrecida, triste recuerdo de su infancia e inocencia, que había sido recientemente destruida. Los niños no habían utilizado aquel columpio desde hacía años, hasta el punto que había empezado a crecer hierba en la arena donde antes pisaban. Pero eso parecía haber sucedido hacía siglos, en una época en la que Claire se había autoconvencido de que ella y su pequeña familia eran felices, que los pecados del pasado nunca invadirían sus vidas, que podría encontrar la felicidad en aquella tranquila y pequeña ciudad de Colorado.

Qué equivocada había estado. Cerró de un golpe el cajón vacío y siguió vaciando el siguiente con aires de venganza. Cuanto antes saliera de aquella habitación, de su casa, de aquella maldita ciudad, mejor.

De pie, Sean no dejaba de moverse y de meterse las manos en los bolsillos traseros del pantalón tan llenos de cortes que casi dejaban al descubierto sus delgadas caderas.

–Odio Oregón.

–Es un estado muy grande. Demasiado terreno para que lo odies todo.

–No me quedaré.

–Claro que sí -continuó ella, pero detestaba el sonido de determinación en su voz-. El abuelo está allí.

El chico hizo un sonido de disgusto y desprecio.

–Podría tener un trabajo allí.

–Como profesora suplente. Estupendo.

–Lo es. No podemos quedarnos aquí, Sean. Ya lo sabes. Podrías adaptarte -

se miró en el sucio espejo, donde podía ver el reflejo de su hijo, alto y musculoso, con algo de vello que empezaba a aparecerle en el labio superior y la barbilla. Su rostro tenía una actitud desafiante, muy diferente a la de dulzura de años atrás. Empezaba a tener la apariencia fuerte y dura de un hombre.

–Todos mis amigos están aquí. Y Samantha, ¿qué pasa con ella? Ni siquiera entiende lo que está pasando.

–Yo tampoco, hijo mío. Yo tampoco. Se lo explicaré algún día.

Resopló en señal de desconfianza.

–¿Y qué le vas a decir, mamá? ¿Que el monstruo de su padre se tiraba a una chica sólo unos años mayor que ella? – La voz de Sean se convirtió en un susurro severo y desafiante-. ¿Qué se estaba follando a mi novia? – Se

señaló el pecho con el dedo pulgar-. ¡A mi jodida novia!

–¡Basta ya! – Colocó los camisones en una caja, junto a los calcetines-. No hace falta hablar así.

–¡Joder! Hay un montón de razones. Admítelo. Es por eso por lo que al final te has divorciado de papá después de tantos años de separación, ¿no?

¡Lo sabías! – La cara se le puso roja, tenía los ojos llenos de lágrimas, aunque no acababan de caer-. Lo sabías y no me lo dijiste.

La furia y la humillación consumieron a Claire. Caminó hacia la puerta, la cerró y el cerrojo hizo un suave clic.

–Samantha sólo tiene doce años. No hace falta que sepa que su padre…

–¿Por qué no? – le preguntó Sean, inclinando la barbilla-. ¿Crees que no ha oído hablar a todos nuestros amigos de nuestras cosas? ¿De todos nuestros asquerosos secretos? – Sonrió sin ninguna gana y luego sacudió la cabeza-.

Oh, sí, no se ha enterado de nada, ¿no? Qué suerte tiene. No tiene que escuchar a nadie decir que su padre es un violador pervertido.

–¡Es suficiente! – gritó Claire; su voz se ahogaba a la vez que empujaba con fuerza el segundo cajón de la cómoda, cerrándolo de golpe-. ¿Crees que no me importa? Era mi marido, Sean. Sé que estás dolido, avergonzado y apenado, pero yo también me siento así.

–Así que estás huyendo. Como un perro cobarde con el rabo entre las piernas.

Era tan cínico para ser tan joven… Le agarró por los hombros, clavándole los dedos en los músculos, con la cabeza inclinada hacia atrás para poder ver bien su joven rostro enfadado.

–¡No me vuelvas a hablar así nunca más! Tu padre ha cometido fallos, muchos y… -Vio la mirada de dolor en Sean y algo dentro de ella se resquebrajó, el muro frágil que había intentado mantener en pie-. Oh, Sean.

– Abrazó el cuerpo rígido del insensible chico. Quería romper a llorar. Pero desmoronarse no serviría de nada. Susurró-: Cariño, lo siento mucho.

Mucho.

Sean permanecía inmóvil en sus brazos, como una estatua que no se atrevía a devolverle el abrazo. Lentamente Claire le soltó.

–Tú no tienes la culpa, ¿no? No le llevaste a… -Apartó la mirada. Los colores se le subían por el cuello.

La insinuación resonaba en su cabeza. Se había hecho la pregunta a sí misma cientos de veces. ¿No era suficiente mujer para retener a su hombre?

Su hombre. ¡Vaya broma! En lo más profundo de su ser sabía que lo que había sucedido no era por su culpa. Sólo deseaba haberlo visto venir para que las feas acusaciones, los rumores, el dolor del alma hecha pedazos, no hubieran salpicado a sus hijos. Había pasado toda su vida de adulta intentando protegerles

–Por supuesto que no -contestó con voz temblorosa-. Sé que es duro para ti.

Créeme. Para mí también es duro, pero creo que es lo mejor para todos.

Para ti, para mí y para Samantha. Que empecemos de nuevo en otro lugar.

–No podemos escondernos. – Su mirada era dura y parecía mucho más maduro de lo que correspondía a su edad-. Nos encontrará. Incluso aunque permanezcamos en un pueblucho del maldito Oregón.

Claire sacudió la cabeza, frotándose ia nuca.

–Lo sé, pero para cuando nos encuentre seremos más fuertes y…

–¿Mamá? – La puerta chirrió al abrirse y apareció Samantha, con signos de preocupación en su frente. Entró en la habitación. Era una muchacha desgarbada de doce años. Tenía los brazos y las piernas demasiado largos.

Su cuerpo era más bien larguirucho y atlético, en lugar de curvilíneo.

Llevaba esperando durante casi un año a que le creciese el pecho, pero las pequeñas formas que tenía apenas rellenaban el sujetador deportivo que

tanto odiaba. La mayoría de las chicas de su clase ya se habían desarrollado, y todas parecían saber quién llevaba un sujetador de copa B, quien llevaba una C y quien tenía que soportar llevar una doble A. Samantha era una flor tardía. Para ella esto era una maldición. Sin embargo, a los ojos experimentados de su madre era una bendición-. ¿Qué sucede?

–Sólo estamos haciendo las maletas -dijo Claire mostrándose alegre, excesivamente alegre. Su alegría sonaba tan falsa como lo era en realidad.

Sean puso los ojos en blanco y se dejó caer encima de la cama, sin sábanas ni mantas, sólo cubierta por los cinturones, camisetas, pantalones, bragas y pijamas. Claire metió una hombrera sin pareja en una bolsa desechable que había cerca de la puerta.

–Estabais gritando. – La mirada preocupada de Samantha recorría a su madre y a su hermano.

–Qué va.

–Os he oído.

«Ahora no. No puedo aguantar esto ahora.»

–Sean no se quiere mudar -explicó Claire, metiendo enfadada un bolso en la bolsa con cosas que iban a donar al Ejército de Salvación-. No quiere dejar a sus amigos.

–Todos sus amigos son imbéciles y fuman porros.

Sean se incorporó de golpe.

–¡Tú no tienes ni idea!

–La madre de Benjie North encontró su alijo escondido en una caja de cartas, en su habitación. Marihuana y hachís y…

Claire miró a Sean. Sus peores sospechas se confirmaban. Apenas podía

respirar. Tenía los dedos sujetando la tira de un segundo bolso.

–¿Es verdad?

–Fue una trampa.

–Una trampa. ¿De quién?

Hubo una pausa. Un momento de duda.

–De su hermano mayor -mintió Sean-. Max metió su mercancía en la habitación de Benjie para esconderla de sus padres. Benjie no hizo nada. Lo juro. – Echó una severa mirada a su hermana. La tensión podía palparse en el ambiente.

–Max sólo tiene diecisiete años.

–Puedes drogarte a cualquier edad, mamá.

–Lo sé. – Dejó el bolso que estaba sujetando- Eso es lo que me preocupa.

–¿Te preocupa?

–¿Y qué hay de ti, Sean?

–¡Yo no he hecho nada! – sus ojos tenían una actitud desafiante.

Samantha iba a decir algo, lo pensó mejor y cerró la boca.

Sean tragó saliva.

–Bueno, sólo cigarrillos y algo de tabaco de mascar, pero ya lo sabías.

–Sean…

–Está diciendo la verdad -dijo Samantha, mirando a su hermano.

Ambos compartían un secreto. Con un escalofrío, Claire recordó los secretos que había compartido con sus hermanas.

–¿Cómo lo sabes? – preguntó Claire a su hija.

–He revisado su habitación,

–¿Qué has hecho qué? – susurró Sean en voz baja pero furioso.

Samantha se encogió de hombros.

–Todo lo que tiene son algunos condones, un par de Play-boys y un encendedor.

–¡Rata metomentodo! – Apretó los puños enfadado, cruzó la habitación y la amenazó-. ¡No tienes derecho a mirar mis cosas! Mantente alejada de mi habitación, o leeré tu maldito diario. Ese que crees que es tan secreto.

–No lo habrás…

–¡Basta ya! – ordenó Claire, al darse cuenta de que no iban a llegar a ningún lado-. ¡Es suficiente! Los dos, no toquéis las cosas del otro -a continuación, para ponerle un poco de humor a la situación, añadió-, ése es mi trabajo. Si hay alguna fisgona, soy yo. Yo seré la única que rebuscaré en cajones, armarios y escondrijos.

–Sí, claro -se burló Sean.

–Tú ponme a prueba.

Samantha, estirándose la goma del pelo, se miró en el espejo y sacudió la cabeza enfurruñada.

–Bueno, me alegro de que nos mudemos. Estoy harta de que la gente me mire y me diga todas esas mentiras sobre papá.

«Dios, ¡dame fuerzas!» Claire cruzó los brazos y apoyó la cadera en el escritorio.

–¿Qué mentiras?

–Candi Whittaker dice que papá es un tipo raro. Que hizo algo feo con Jessica Stewart. Pero yo le digo que está equivocado, que Jessica era novia de Sean.

Sean gimió y se volvió, dando la espalda a su hermana.

–¿Y qué dijo Candi a eso? – Claire casi no se atrevía a preguntar.

–Se rió, con una risa escalofriante. Me horrorizó. Entonces le dijo a Tammy Dawson que yo sufría el típico caso de negación y que sabía que se trataba de eso porque su padre era psiquiatra. – Samantha parecía preocupada, pero levantó la cabeza, sin dejarse vencer por lo que ella pensaba que eran mentiras sobre su padre-. No es cierto, ¿no? – De repente tenía un hilo de voz, y jugaba con los dedos preocupada-. Papá no hizo nada desagradable con Jessica ¿verdad? No es por eso por lo que le dejaste, ¿no?

El corazón de Claire se partió. Mordiéndose el labio, intentó evitar las lágrimas y abrazó a Samantha. Rota por dentro, admitió la verdad.

–Papá y yo teníamos muchos problemas, eso ya lo sabes.

–Todo el mundo los tiene. Eso es lo que dices -en la voz de Samantha se percibían dudas. Su cabeza, cubierta de cabellos rubios, que antes se había levantado, ahora se agachaba.

–Es verdad, cariño. Todo el mundo tiene problemas, pero…

–No -intentó apartar a su madre, alejarse de la verdad.

Pero Claire decidió que no había mejor momento que aquel para decírselo,

especialmente si sus amigos se lo estaban haciendo pasar tan mal.

–Pero también es verdad que Jessica dice que papá y ella eran… bueno, íntimos.

El cuerpo de Samantha empezó a temblar con violencia.

–¿Íntimos?

–Quiere decir que papá se la tiraba -explicó Sean.

–¡No!

–¡Calla, Sean! – Claire se acercó más a su hija-. No uses ese lenguaje en casa.

Los ojos de Samantha ardían.

–Pero él no lo hizo, ¿no? Papá no podría… Nunca.

–Fuese lo que fuese lo que pasase, tienes que tener fe en tu padre. – Claire se escuchó a sí misma decir aquello. Las palabras resonaban como el horrible sonido de una campana olvidada. Ella había perdido la fe en Paul hacía mucho tiempo. Le había dejado, a él y la farsa en que se había convertido su matrimonio hacía años. Sólo había aguantado por los niños.

Ahora aquello parecía una broma cruel y desagradable. Los niños siempre lo recordarían-. Papá y yo ya nos habíamos separado cuando… bueno, cuando Jessica dijo que había sucedido aquello.

–¿Estás diciendo que Jessica mintió? – preguntó Samantha, con esperanzas en su débil voz.

–¡De ninguna manera! – contestó con desdén Sean-. Yo les seguí una vez.

¡Estaban follando como perros en celo!

–¡Para ya, Sean!

–¡No! – Samantha sacudió la cabeza con fuerza-. ¡No! ¡No! ¡No!

–Cariño, sólo te digo lo que dice Jessica. – Claire sintió como si se le abriese el pecho al absorber el dolor de su pequeña.

–Pero ¿por qué? – la voz de Samantha disminuyó considerablemente.

–Porque es una perra, y él un pervertido.

–No lo sé -dijo Claire-. Sean, no quiero oírte decir ni una palabra más.

–¡No! ¡Eso no es verdad! – Samantha se irguió, y empujó a su madre-. ¡No te creo! – Corrió hacia la puerta-. ¡Eres un mentiroso, Sean, un asqueroso mentiroso de mierda!

La puerta se cerró tras ella con un fuerte golpe y Claire se volvió hacia su hijo.

–Eso era totalmente innecesario.

–Era la verdad.

–Hay maneras más agradables…

–Sí, ¡como dejar que la jodida Candi Whittaker se lo restriegue por las narices! Enfréntate a ello, mamá, papá es un maníaco sexual al que le gustan las niñas jóvenes. Es mejor que Samantha sepa la verdad. Así nadie volverá a herirla.

–¿Eso crees? – murmuró entre dientes Claire, mientras iba en busca de Samantha por la casa, hacia la puerta delantera, hacia la calle.

La brisa caliente movió las hojas de los álamos que brillaban bajo la luz del sol, y en la casa de algún vecino se oyó ladrar a un perro insistentemente.

Claire esquivó un triciclo. Corría por la acera, por un paseo donde las raíces

de un árbol crecían por encima del cemento. Buscaba a su hija. Samantha sollozaba. Sus cabellos rubios volaban al viento. Sus largas piernas corrían a gran velocidad, como si pudiera dejar en casa aquellas horribles palabras y acusaciones.

«Está huyendo, como tú, Claire. Pero tú no puedes huir. Tarde o temprano el pasado te alcanzará.»

En Center Street, Samantha cruzó con el semáforo en rojo y un camión de reparto paró de un frenazo, a punto de atropellada. A Claire le dio un vuelco el corazón y gritó:

–¡Cuidado! – «No. No. No.»

–Oye, niña, mira por dónde vas -contestó enfadado el conductor, con un cigarrillo en los labios.

Claire tenía el corazón a punto de salirsele por el miedo. Extendió la mano y corrió por delante del vehículo.

–Pero qué demonios…

–Samantha, espera, por favor -gritóClaire, pero Samantha ni la miró.

–¡Jodidas idiotas!

El camión se puso de nuevo en marcha con un estruendo.

A Claire le costaba respirar. Alcanzó a su hija una manzana más allá del parque. El sol quemaba y cegaba al reflejarse en los coches que había aparcados junto a la acera, a lolargo de la calle. Por las mejillas coloradas de Claire corrieron las lágrimas.

–Oh, cielo -susurró Claire-. Lo siento.

–Deberías habérmelo contado -replicó Samantha.

–No sabía cómo.

–¡Le odio!

–No, no puedes odiar a tu padre.

–¡Sí! Le odio. – Tragó saliva, y cuando Claire quiso acercarse más a ella, le dio un empujón-. Y a ti también te odio.

–Oh, Sami, no…

–¡No me llames así! – dijo casi gritando.

Claire se dio cuenta de que Paul siempre la llamaba así.

–De acuerdo.

Respirando con dificultad, Samantha se frotó los ojos con las manos.

–Me alegro de que nos mudemos -dijo, parpadeando con rapidez-. Me alegro.

–Y yo también.

–¡Oh, no! – de repente la cara se le puso blanca.

Se volvió de golpe, mirando hacia la dirección opuesta, intentado evitar el temblor de su cuerpo. Claire echó una mirada y vio a Candi Whittaker, una niña delgada, de cintura diminuta y pechos indecentes para una niña de doce años. Paseaba calle arriba con otra niña que Claire no conocía. Cuando vieron a Samantha y a su madre, ambas niñas se quedaron mirándolas, con la sonrisa en la cara, y comenzaron a susurrar. Claire hizo de escudo con su cuerpo, tapando lo que podía de su hija, esperando hasta que las niñas tomaron un camino que llevaba a las pistas de tenis. Una vez allí, miraron por encima de sus pequeños y rígidos hombros.

–Ya está. No te molestarán. Vamos.

Claire acompañó a Samantha calle abajo, en dirección a casa.

Probablemente Sean tenía razón, mudarse no resolvería sus problemas. No podían huir. Ella ya lo había intentado en una ocasión, hacía tiempo, y el pasado parecía perseguirle siempre, pisándole los talones.

Finalmente la había alcanzado. No les había contado a Sean ni a Samantha que había otra razón por la que se iban a vivir a Oregón, una razón a la que Claire no quería enfrentarse. Pero no tenía otra elección. Su padre, un hombre rico acostumbrado a salirse con la suya, la había llamado la semana pasada y le había pedido que volviera a lago Arrowhead, un lugar que le había hecho sufrir tantas pesadillas que no podía ni contarlas.

Ella protestó, pero Dutch no aceptaba un no por respuesta, y no tuvo otra salida que aceptar. Su padre conocía los problemas con Paul y había prometido ayudarla a trasladarse, interceder por ella en el distrito escolar, dejarle vivir sin cobrarle alquiler en la enorme casa donde se había criado, echarle una mano en lo que necesitara para lograr convertirse en una buena madre soltera.

Habría sido tonta si le hubiese dicho que no, pero había algo más que le preocupaba, el tono misterioso de la voz de su padre le había puesto los pelos de punta. Dutch había insinuado que sabía algo acerca de su pasado.

No todo, pero lo suficiente para convencerla de que debía enfrentarse a ello, al igual que a los hechos que sucedieron hacía dieciséis años. Así pues, Claire aceptó encontrarse con su padre, aunque se le encogía el estómago al pensarlo.

–Vamos -le dijo a Samantha-. Todo va a salir bien.

–No puede ser -replicó Samantha.

«Cuánta razón tienes, cielo.»

–Haremos que todo salga bien. Ya lo verás. – Pero sabía que era mentira.

Todo era mentira.

Tessa encendió la radio y sintió las ráfagas de la brisa veraniega que se colaban entre su pelo. Su Mustang descapotable corría por las montañas Siskiyou, cerca de la frontera de Oregón. El paisaje del norte de California era descolorido y desolador. Las montañas estaban secas. Había estado conduciendo durante horas y pronto tendría que parar, o la vejiga le estallaría debido a la cerveza que había estado tomando durante todo el camino, desde Sonoma. Tenía una botella helada de Coors entre las piernas descubiertas. El cristal empapado refrescaba su piel y las gotas mojaban el dobladillo de sus pantalones cortos. Los envases abiertos de bebidas alcohólicas eran ilegales. Beber y conducir a la vez era ilegal. Bueno, la mayoría de las cosas divertidas en la vida se consideraban ilegales o inmorales. A Tessa en realidad no le importaba ahora que se dirigía de vuelta a lago Arrowhead, tal y como le había pedido su padre.

El temor le corría por el cuerpo. El viejo siempre había intentado meterle miedo y a veces lo había conseguido. Sin embargo, ella siempre había sido una rebelde. Esperaba a que el viejo viera el último tatuaje que se había hecho.

–Cabrón -murmuró.

En la radio se oían desagradables ruidos. Pulsó varios botones, pero sólo escuchaba chillidos y sonidos estáticos. A medida que los cañones aumentaban de tamaño, las emisoras se perdían. La única que podía sintonizar era una en la que sonaban clásicos de rock and roll. En aquel momento sonaba Janis Joplin. Dios mío, aquella mujer llevaba años muerta.

Había pasado al otro mundo, cualquiera que fuese, mucho antes de que Tessa tuviera algún interés por la música. Sin embargo aquel día, aquella cantante de música machacona y voz grave le había llegado a un lugar oscuro e íntimo. Janis cantaba como si conociera el dolor, la verdadera agonía. El mismo tipo de angustia con la que Tessa tenía que vivir a diario.

La música resonaba en el coche.

Tessa pegó un buen trago a la botella, y sacó de su bolso adornado con flecos una cajetilla de cigarrillos.

Take a,

Take another little piece of my heart now, darlin Break a,

Break another…

Eso es, pensó. Rompe otro pedazo de mi corazón. ¿No es lo que habían hecho todos los hombres en los que había confiado?

Tessa se puso un cigarrillo Virginia Slims entre los labios y encendió el mechero. En su mente vio pasar imágenes de su pasado y adolescencia. Pisó el acelerador y el cuentakilómetros marcó casi ciento cincuenta, bastante lejos de los límites legales, pero no lo notaba, no le importaba. Se encontraba inmersa en la tormentosa corriente del pasado, tanto tiempo guardada en su subconsciente, que no estaba segura de si era real o fantasía.

Se encendió el cigarrillo. El humo le salía por los orificios nasales y el viento se lo llevaba, mientras el Mustang corría a toda velocidad por la autopista.

«Didn’t I make you feel…»

Janis aún se lamentaba a la vez que Tessa se terminaba la cerveza. Arrojó la botella fuera del coche, y la oyó hacerse pedazos por encima del ruido del motor. Joplis dejó de cantar. Señor, ojalá pudiera encontrar otra emisora.

Una donde sonara música del siglo actual. Hip hop, rap o techno. Una pena que su reproductor de cedes estuviera estropeado.

Poniéndose bien las gafas de sol con un dedo, Tessa condujo con la rodilla.

Se puso nerviosa. En menos de seis horas tendría que encontrarse con su familia, por primera vez en varios años. Se le hizo un nudo en el estómago.

Dutch, cuando había llamado a su apartamento, había jurado que sus dos hermanas estarían esperándola en lago Arrowhead.

–Cojonudo -murmuró, arrojando la colilla del cigarrillo en la autopista.

Claire y Miranda. La romántica y la princesa de hielo. Habían pasado años desde que Tessa las había visto juntas, desde aquella vez en que, temblorosas y empapadas, habían formado una piña. La vez en que juraron que nunca contarían a nadie lo que había sucedido en las turbias aguas del lago aquella noche.

Agitada, extendió el brazo hacia la parte trasera del coche, abrió la tapa de la nevera y cogió otra botella de Coors situada sobra una bolsa de hielo.

Luego se lo pensó mejor. Pronto llegaría a la frontera. Era hora de despejarse. Tomó aquella decisión a la vez que escuchaba otra desagradable canción de los años sesenta. Había llegado la hora de enfrentarse a una endemoniada canción escrita hacía mucho tiempo que no hacía más que resonar una y otra vez en su cabeza.

–Estuvo aquí de nuevo -anunció Louise mientras asomaba la cabeza en la pequeña oficina de Miranda.

–¿Quién? – preguntó Miranda.

Pero sabía cuál era la respuesta y eso la molestaba. Mucho. A pesar de su apariencia fuerte, tenía sus propios miedos, sus propios demonios, y sólo pensar que pudiera perseguirle un acosador le causaba absoluto pavor.

Aunque pareciese dura por fuera, Miranda sabía que cualquier estudiante de psicología que echara una ojeada a sus relaciones con los hombres se daría cuenta de que tenía problemas. Apretó los dientes, aunque intentaba sonreír.

–El mismo pirado que te ha estado persiguiendo desde hace tres días.

A Miranda se le revolvió el estómago. Louise entró y puso recto el título de abogada de Claire que había enmarcado en la pared. A continuación se agachó hacia el único archivador que había situado en una esquina. Era una mujer de piel suave y negra. Tenía los ojos almendrados y poseía una gran inteligencia. Había trabajado como secretaria en la oficina del fiscal en el condado de Multnomah durante los cuatro últimos años. Ahora, la mirada de Louise era oscura, debido a la preocupación que sentía.

Esto último aumentó el sentimiento de miedo en Miranda.

Miranda no había aparecido por su pequeña oficina en toda la tarde. Sólo había ido a recoger unos papeles. Había estado casi todo el día hablando con el médico forense e informándose sobre Denise Santiago, del caso de asesinato de Richmond. Era gracioso cómo podía llevar casos a diario, crímenes horribles y brutales contra gente y propiedades, siempre y cuando no tuviesen que ver con sus propios temores. Pero la idea de que un hombre la estuviera siguiendo le hacía resurgir en la cabeza imágenes del pasado duras y dolorosas que había mantenido enterradas durante años.

–¿Quién es ese tipo? – preguntó en voz alta, a la vez que luchaba contra aquel miedo que parecía haberse asentado en su estómago, mientras tanto guardaba un fajo de papeles escritos a mano en su maletín.

Miró de reojo una foto que había en una de las esquinas del escritorio: su fotografía preferida de sus dos hermanas y ella. Había pasado mucho tiempo desde aquellos quince inocentes años. Eran tres chicas a punto de entrar en la adolescencia, con los brazos entrelazados como las aguas del océano Pacífico. Tenían las caras redondas, sus sonrisas eran sinceras, sus espíritus libres como el viento que balanceaba sus cabellos. Había pasado una eternidad. Una edad simple que no podrían recuperar jamás. Cerró el maletín.

–Ojalá tuviera alguna idea acerca de quién es.

Louise se encogió de hombros.

–No tengo una sola pista. Pero mis sospechas indican que no traerá nada bueno.

–Ésta es la oficina del fiscal del distrito, por Dios. No estamos lejos de la comisaría de policía. Hay docenas de policías en los alrededores. ¿Cómo consigue entrar?

–Como todo el mundo, por la puerta delantera. Ése es el problema de un edificio público, ya sabes. Está comprado y pagado con dólares recaudados con los impuestos y permite entrar a cualquier idiota. – Louise cruzó los brazos sobre su gran pecho-. A Petrillo le gusta tan poco como a mí que ese tipo ande fisgoneando por aquí. Me dijo que le avisáramos la próxima vez que apareciese.

Frank Petrillo era un detective que había estado trabajando en el departamento durante más años que Miranda. Se había divorciado recientemente, y tenía dos niños, a los que no veía tanto como le gustaría.

Llevaba los últimos tres meses intentando salir con Miranda. Hasta el momento, sólo habían compartido una pizza una noche después de trabajar hasta tarde. Eso era todo lo comprometida que Miranda quería estar. No tenía citas con nadie que trabajase con ella. Era su regla personal, que no estaba escrita, pero que nunca rompía.

–Sencillamente, no entiendo por qué no deja su nombre o un número de teléfono, por qué sigue evitándome.

Su escritorio estaba hecho un desastre. Tenía un montón de archivos apilados en una esquina, libros de consulta abiertos cerca de la pantalla del ordenador, y una taza de café a medias y fría cerca del calendario.

–¿Has pensando que podría ser uno de esos acosadores?

Claro que lo había pensado.

–Se está acercando demasiado. Arriesgándose mucho.

–Encaja con el modus operandi de un acosador, si es lo que me preguntas.

Miranda cogió la gabardina del perchero que había situado detrás de la puerta y se colgó el abrigo de un brazo.

–Dime todo lo que sepas sobre él.

–Es la tercera vez que ha venido -dijo Louise, levantando tres de sus delgados dedos-. Estuvo aquí ayer y anteayer. No dejó su nombre, y cuando le sugerí que hablase con alguien más, pareció desaparecer.

–¿Qué aspecto tiene? – Nunca antes lo había preguntado. No había tenido el tiempo o el interés, pero el hombre estaba empezando a preocuparla y ponerla de los nervios.

–Eso es lo bueno -dijo Louise, mostrando su dentadura blanca en lo que era su primera sonrisa en toda la tarde-. Parece haber salido de un anuncio de Marlboro. Ya sabes a qué me refiero. Un tipo duro, maleducado, con el pelo negro, los ojos grisáceos y el rostro serio. Apasionado. Mediría más de metro ochenta, delgado y siempre con vaqueros y camisa, pero sin corbata, con una especie de chaqueta de cuero vieja.

–Entonces ¿no te asustó?

–En realidad no, pero porque yo no me asusto con facilidad -dijo Louise mientras la sonrisa desaparecía de su rostro. Miranda pensó en el ex marido de Louise, un hombre que la había maltratado y amenazado durante años, antes de que Louise encontrara la fuerza necesaria para escapar y abandonar aquel violento matrimonio-. Pero hay algo en él que me hace sentir desconfianza. Cuando no consiguió intimidarme, se detuvo frente al escritorio de Debbie, apoyó las caderas allí, sonrió y se volvió encantador.

–¿Lo consiguió?

–Sí, un poco. Si te gustan los hombres encantadores. Sonrisa torcida, hoyuelos, a la vez que una actitud dura. Eso fue lo que me asustó, la verdad.

De cualquier manera, empezó a hacerle a Debbie todo tipo de preguntas.

Sobre ti. Preguntas personales. Debbie no podía contestar, por supuesto, se sentía cohibida frente a aquel hombre y cuando pasé por allí él salió pitando.

–Quizás sea periodista -dijo mientras se colocaba la tira del bolso sobre el hombro y cogía el maletín del escritorio.

–Entonces ¿por qué no dejó una tarjeta, un número de teléfono? ¿Por qué no se cita contigo de una vez, eh? Te lo estoy diciendo, hay algo raro en ese hombre. No es normal.

–Tenemos muchos de ésos por aquí.

Louise sacudió la cabeza. Los rizos negros le brillaban bajo las luces fluorescentes.

–No, cielo, no los tenemos en la oficina del fiscal, y aunque el tipo no parezca el típico pirado armado, nunca se tiene el suficiente cuidado.

–Petrillo le está investigando, ¿no?

–Lo está intentando -contestó Louise encogiéndose de hombros.

–No te preocupes -dijo Miranda, parada frente a la puerta-. Tengo algunos días libres. Tal vez, quienquiera que sea lo deje estar y vuelva a lo que él llama casa.

–Como hizo Ronnie Klug.

De repente los músculos del cuello de Miranda se tensaron, y le costó avanzar. Sin querer, se tocó el pecho, sintió la pequeña marca de la cicatriz, y a continuación bajó la mano.

–No lo creo…

–Podría ser otro tipo al que hayamos enviado a prisión, Randa. Has estado trabajando aquí tiempo suficiente para que alguno de esos tipos haya salido de prisión.

–¿El hombre que estuvo aquí era un ex presidiario?

–No lo sé. No lo parecía, pero nunca se sabe. ¿Te acuerdas de Ted Bundy?

Atractivo, alegre. Resultó ser un verdadero asesino de mujeres.

No podía discutir sobre aquello.

–Es cierto.

–Bueno, Petrillo está revisando las fichas policiales de todos los tipos o novios o mujeres que has metido en la cárcel. Lo malo es que la lista es bastante larga.

–Además, siempre podéis contactar conmigo llamándome al móvil o escribiéndome un e-mail.

–Quizás para entonces sea demasiado tarde.

–Mira, Louise. No pierdas demasiado el sueño con esto, ¿de acuerdo? Sólo porque un tío venga por aquí fisgoneando…

–Es razón suficiente para preocuparse. Parecía un hombre decidido, el tipo de persona que no abandona sin una buena zurra. Te recomiendo, Miranda, que te guardes las espaldas estos días que estés de vacaciones.

«Vacaciones. Si Louise supiera lo que Miranda iba a hacer realmente, adónde iba a ir.»

Miranda no solía ponerse de los nervios fácilmente, pero la preocupación de Louise, junto al recuerdo de Ronnie Klug, habían conseguido preocuparla.

Ronnie Klug y su cuchillo de treinta centímetros.

El hecho de que se marchara de la ciudad debido a una reunión con su padre no le ayudaba a quitarse el nudo que tenía en el estómago camino al coche.

Dutch Holland estaba acostumbrado a conseguir lo que se proponía, tanto de su mujer como de sus hijas y sus cientos de empleados. Y ahora, por alguna razón desconocida, quería ver a su hija mayor.

Dejando el maletín y la gabardina en el maletero, echó un vistazo general al aparcamiento del garaje. Luego miró a través de la ventana y en el asiento trasero de su Volvo. No parecía haber nadie. No había ninguna figura siniestra entre las sombras. Gracias a Dios.

Miranda se sentó al volante e ignoró el horroroso dolor de cabeza que estaba empezando a sufrir en las sienes.

Sacó el coche y en pocos minutos se unió al resto de tráfico, mientras conducía resueltamente hacia las afueras de la ciudad. El aire acondicionado no funcionaba demasiado bien, así que bajó la ventana mientras miraba el maletero de un Buick al que seguía. Una ráfaga de aire veraniego refrescó el interior del coche. Miró su propio reflejo en el espejo retrovisor. No era agradable. El lápiz de labios había desaparecido, el rimmel también, y en las órbitas de sus ojos tenía multitud de líneas de color rojo. Tenía el pelo recogido hacia atrás con una coleta, pero se estaba empezando a soltar.

–Genial -murmuró. Se soltó el pelo del todo y dejó la goma elástica en el asiento del copiloto-. Genial.

¿Quién era el tipo que había estado haciendo preguntas acerca de ella? ¿Por qué estaba indagando sobre ella justo ahora, cuando parecía que todas las cosas malas le estaban sucediendo? ¿Cuando su padre, maldito sea, había decidido tomar de nuevo las riendas de su papel como patriarca? ¿Cuando su vida se estaba desmoronando?

–Ánimo -se dijo. No podía permitirse dejarse vencer. Ahora no. Había trabajado demasiado para llegar donde estaba. Había ascendido en la oficina del fiscal tras muchos esfuerzos, y había sufrido mucho emocional y

psicológicamente en aquel proceso. Un tipejo misterioso merodeando por allí no iba a poder con ella. No lo permitiría, no lo podía permitir. No había pasado tantos años sintiéndose perseguida y había gastado tanto dinero en psiquiatras para superar su vida anterior y secretos pasados como para perderlo todo ahora.

Y tampoco sería su perdición aceptar el reencuentro con su querido y anciano padre, el cual le dejó un mensaje en el contestador. Se metió los dedos de una mano entre el pelo, se masajeó el cuero cabelludo y dejó que el viento alborotara los mechones rebeldes. Conducía a un ritmo constante en dirección oeste, hacia el sol.

Dutch Holland le había ordenado reunirse con él en la casa familiar del lago. Miranda pensaba que la vieja casa había estado abandonada durante años. Esperaba que las sábanas y plásticos que cubrían los muebles nunca se retirasen. Rezaba para que los secretos escondidos en esa monstruosa cabaña siguieran enterrados por siempre jamás.

–Maldita sea -murmuró mientras frenó frente a unos obreros de carretera que marchaban a casa después de un día de trabajo.

Maniobró por entre los conos naranjas de la obra, mientras uno de los obreros metía una pala en la parte trasera de un camión de alquitranado.

Una mujer vestida con un chaleco naranja fluorescente, paró para encenderse un cigarrillo antes de entrar en el camión.

A Miranda le cegaba el sol. Aquel misterioso tipo ocupaba sus pensamientos. ¿Era posible que ese hombre que había aparecido haciendo preguntas sobre ella en su oficina fuese alguien relacionado con los propósitos de su padre? ¿O simplemente era casualidad que apareciese en el mismo momento en que su familia, separada durante tantos años, contactaba con ella de nuevo?

De ningún modo. Miranda Holland llevaba demasiado tiempo trabajando para la justicia para creer en las casualidades.