Tal vez tu

Alice Kellen · Capítulo 9 de 37

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Tal vez tu

9 Y entonces llegó él

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Y entonces llegó él

Como todos los viernes, Greenhouse Club estaba lleno. Se habían apuntado al plan Dasha y Clare, las amigas de Hannah, y todas llevábamos un par de copas encima cuando decidimos salir del reservado para ir a la pista a bailar. Hannah había encontrado un local para su negocio la tarde anterior y parecía con ganas de celebrarlo por todo lo alto. Me reí a carcajadas cuando empezó a bailar como si fuese una gallina y sus amigas le hicieron el vacío, avergonzadas. Me acerqué a la barra más cercana y pedí una cerveza a gritos antes de volver a la sala central. Las luces de colores brillaban al son de la melodía que sonaba por los altavoces y terminé cerrando los ojos y bailando junto a todas aquellas personas anónimas que me rodeaban.

—¿Disfrutando de la noche?

Me giré. Era un chico mono, de sonrisa afable y ojos oscuros. Le sonreí y el gesto fue la invitación que necesitaba para acercarse más, posar sus manos a ambos lados de mi cuerpo y acoplarse a mi ritmo, moviéndose al compás de la música.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—Elisa —contesté alzando la voz.

—Encantado. Yo Sean.

Asentí. La verdad es que lo último que me apetecía era hablar, así que me concentré en bailar, en lo agradable que era el tacto de sus manos y en su bonita sonrisa. No me apetecía ir más allá y caer en el típico «¿y a qué te dedicas?» que precede casi todos los inicios. Por una noche, solo quería

pasármelo bien, disfrutar con mis amigas, olvidarme de todo. Olvidarme de él, para empezar. Jack. ¿Por qué no había dado señales de vida en toda la semana? Sacudí la cabeza. Sean, sí. Eso era. Sean sonaba bien. Con una copa más, acabaría sonando aún mejor. Me acerqué a él cuando se inclinó para susurrarme al oído.

—Así que, ¿a qué te dedicas?

Ya. Maldita probabilidad.

Recordé lo descolocada que me había dejado Jack aquella primera noche al preguntarme por mi comida favorita.

—Trabajo en un bufete de abogados.

—Suena muy sexy.

«¿En serio?» Eso era porque nunca había estado en mi oficina y se había cruzado con Henry, o porque directamente en el arte de ligar se defendía tan mal como yo. Bien. Ya teníamos un punto en común. En eso se resumía todo, ¿no? En encontrar afinidades.

—¿Y tú en qué trabajas?

—Agente publicitario.

—Ah, así que eres un tipo creativo… —tonteé.

—Algo así. Para ser sincero, suelo ocuparme de los presupuestos que destinamos a cada proyecto según las acciones que llevemos a cabo y… ¿te estoy aburriendo? Dímelo sin cortarte, de verdad. Hablo sin parar.

—No, es interesante —mentí.

Sonreí sin saber qué más decir. Un silencio algo incómodo se formó entre nosotros, así que empecé a bailar de nuevo con la intención de que entendiese que lo último que me apetecía era seguir con la tópica conversación. Él captó la indirecta y se aproximó más a mí. Lo miré. Tenía las cejas y los dientes demasiado perfectos y el pelo de color castaño claro, muy sedoso, y daban ganas de acariciarlo con la punta de los dedos. Me

pregunté si sería capaz de dejar de ser yo misma tan solo durante unas horas y terminar la noche en mi apartamento, con el tal Sean entre mis piernas.

Allí, bajo las luces palpitantes y la música atronadora, no parecía una idea tan descabellada. Todo lo contrario. Puede que fuese la mejor idea que había tenido en mucho tiempo. Me fijé en sus labios llenos, en esa curvatura que parecía pedir un beso a gritos, y antes de ser consciente de lo que estaba haciendo, me incliné lentamente…

—¡Hermanita! —gritó una voz familiar mientras sentía unas manos rodeándome la cintura y empujándome hacia atrás—. ¿Dónde te habías metido? Llevaba horas buscándote. ¿Otra vez se te ha ido la mano con el ron?

—¡Jack…! —siseé entre dientes.

El aludido sonrió felizmente y le tendió la mano a Sean que, algo aturdido, la aceptó. Jack lo señaló con la cabeza y luego me miró.

—¿Te pone mi hermana? ¡Es una fierecilla! —Le palmeó el hombro a Sean con más fuerza de lo que yo consideraría normal—. Pareces un buen tipo, me gustas. ¿Qué tal se te da lo de cambiar pañales?

Sean frunció el ceño.

—¿Cambiar pañales…?

—Jack, maldito seas, ¡déjalo ya o…!

Jack se tapó la boca con la mano y me miró.

—¿No le has hablado de los trillizos? Oh, joder, lo siento. —Suspiró dramáticamente y se giró hacia un Sean que parecía querer que la tierra se abriese a sus pies y se lo tragase—. Pensaba que ibais en serio, creo que te he confundido con el tipo que conoció mi querida hermana la semana pasada. Pero, eh, tío, te aseguro que mis sobrinos son adorables. Tres. Tres bebés de mofletes sonrosados. Todavía me pregunto cómo es posible que el padre huyese a Canadá. En fin. ¿Te invito a una birra?

—Eh… Yo casi que mejor…

Ni siquiera llegó a murmurar «me voy» antes de dar media vuelta y desaparecer a codazos entre la multitud. Apreté los puños y me giré furiosa hacia Jack. Ojalá hubiese tenido algún súper poder para electrocutarlo con la mirada.

—¿Qué coño ha sido eso?

—Eso ha sido ser un héroe. De nada.

—¿Un héroe?

—Estabas a punto de besar a ese panoli, deberías darme las gracias.

Quizá no te haya dado motivos para creerlo pero, de verdad, puedes aspirar a algo mejor.

Me arrebató la cerveza de la mano y le dio un trago largo.

—¡Joder, dame mi puta cerveza!

—¡Uh, menuda boquita!

—¡Serás…!

Ignorando que estábamos en un sitio público, salté sobre él y alargué el brazo para intentar alcanzar mi botellín, pero él lo alejó más mientras reía y posaba una mano en la parte baja de mi espalda. Hasta que no me estremecí al sentir su aliento cálido, no me di cuenta de que estaba pegada a su cuerpo.

—Nena, si querías una excusa para lanzarte a mis brazos, solo tenías que pedirlo.

Di un paso hacia atrás y me recoloqué como pude el vestido negro y ceñido que me abrazaba como una segunda piel. Joder. Cada vez que ese hombre estaba delante, me sentía desnuda y demasiado expuesta, demasiado… todo. Tiré de la zona del escote para subirme la tela.

—Adiós al paisaje —canturreó.

—Eres un cerdo.

—Va, ¡no te enfades! Te invito a una cerveza.

—Lo que no sería necesario si me devolvieses MI cerveza.

—¿Y qué gracia tendría eso?

—No lo sé. Dímelo tú. Eres el que ha estado ignorándome toda la semana para ahora venir aquí y fastidiarme la noche. Tenía ganas de terminar la velada con ese tío, pero gracias por chafarme el plan.

Jack frunció el ceño con lentitud, como si estuviese meditando mis palabras, y cuando ya pensé que no diría nada, volvió a sonreír travieso.

—Así que por ahí van los tiros. Estás enfadada porque no has tenido noticias mías.

—¿Qué? ¡No! ¡Sí! Demonios, tengo que cumplir con mis obligaciones.

Mi jefe quiere resultados. No sé qué tipo de filosofía cutre de trabajo sigues tú, pero en mi empresa no dejamos las reuniones a medias. Somos así de extraterrestres.

—¿De Marte o de Venus?

—¿Cómo puedes ser tan crío?

—¿Prefieres que me ponga serio…? —Se mordió el labio inferior con gesto seductor y dio un paso hacia mí. Me faltó poco para caer. Suerte que me rodeó la cintura con la mano—. Porque me gusta jugar, pero también se me da bien ir al grano —susurró y a mí se me secó la boca.

Ay, joder, ¿por qué me ponía tanto?

Con un suspiro, aproveché que estaba algo distraído y volví a recuperar mi cerveza tras apartarme de él. Le di un trago intentando aliviar la sequedad y le eché un vistazo a la sala. No había ni rastro de Hannah y las demás chicas. Y de pronto lo sentí: el pecho de Jack pegado a mi espalda, sus manos rodeándome la cintura con delicadeza y su respiración pausada en la nuca. Cerré los ojos. La cosa no podía terminar bien, no, pero era incapaz de alejarme. Sonaba This is what you came for cuando él empezó a

moverse con lentitud, sus caderas acoplándose al ritmo de las mías mientras sus labios me rozaban el cuello. Sentí cómo se me erizaba la piel y contuve el aliento cuando su boca ascendió dejando un camino hormigueante a su paso. Su mano ejerció más presión sobre mi estómago, acercándome a él.

Joder. ¡Olía tan bien…! Era el aftershave. Todo culpa del puto aftershave.

Denunciaría a los fabricantes si era necesario, pero no sucumbiría a la tentación.

Me di la vuelta con el corazón agitado.

—¿Qué pretendes…?

—Tú. Yo. Eso pretendo…

Sonrió. Una sonrisa increíble. Entrecerró los ojos y me miró divertido tras las espesas pestañas negras cuando me crucé de brazos; todavía me temblaban las piernas después de notar sus labios en la nuca. O sería fruto del alcohol. Eso. Sí.

—Definitivamente, el juego termina aquí.

—¿Por qué eres tan aguafiestas?

—¿Por qué eres tú tan capullo?

—Vamos, confiésalo. Admite que nunca haces nada inesperado y ya está.

No pasa nada —alzó las cejas con esa actitud provocadora que me sacaba de quicio—. Me apuesto lo que sea a que lo llevas todo apuntado en tu agenda. Seguro que tienes hasta un horario para ir al servicio y si te pasas de lo previsto, te penalizas —rio antes de imitar mi voz—: ¡Oh, no! ¡Hoy voy estreñida! ¡Adiós a la planificación del día!

—Eres patético ¿lo sabías? ¡Y hago millones de cosas inesperadas! ¡Me encanta improvisar! —mentí a voz de grito.

—Vale, ponme un ejemplo. Demuéstramelo.

Y entonces lo besé. Así, sin más. Lo besé.

No sé qué tipo de locura transitoria se apoderó de mi cabeza, pero lo siguiente que supe fue que mis labios estaban sobre los suyos, moviéndose con cierta torpeza. Jack tardó más de lo previsto en reaccionar pero, cuando lo hizo, sus manos tiraron de mis caderas hacia él y el beso se tornó más furioso, más urgente. Su boca era suave y cálida. Incapaz de parar aquello, enredé los dedos en su cabello oscuro y entreabrí los labios, permitiendo que nuestras lenguas se acariciasen. Jack gimió y creo que fue el sonido más erótico que había escuchado en toda mi vida. Me sobresalté cuando una de sus manos descendió hasta llegar a mi trasero. Me dio un pequeño apretón y sonrió contra mis labios. Contrariada, hice lo mismo. Le toqué el culo, descubriendo que era digno de ser asegurado al estilo Jennifer López, lo que terminé susurrándole al oído en plan pirada total. Él se rio y su pecho vibró contra el mío.

—Y por cosas así me vuelves loco…

—No, tú ya estabas loco cuando te conoc…

—Shh, cállate. No lo estropees.

—¿Por qué tienes que ser tan…?

No me dejó terminar. Su boca atrapó la mía con un hambre voraz. Cerré los ojos y posé una mano en su pecho intentando mantener el poco control que me quedaba. Pero mandé a la mierda ese control cuando me lamió con lentitud el labio inferior. Me temblaban las rodillas, sentía un deseo palpitante entre las piernas y lo cerca que estábamos no aliviaba esa sensación de urgencia. Nos movimos por la pista de baile, ajenos a la música y a la gente que danzaba a nuestro alrededor. Era incapaz de dejar de besarlo, de abandonar esos labios cálidos y exigentes.

Y no sé muy bien cómo, buscando la puerta de salida, terminamos metidos en los servicios.

Los sonidos del exterior sonaban lejanos, amortiguados; en cambio, nuestras respiraciones agitadas se volvieron más nítidas. Jack me aprisionó contra la pared y acabé clavándome el aparatito del que colgaba el papel higiénico, pero en esos momentos ni me importó. En realidad, no me importaba nada más allá de las sensaciones que me sacudían. Lo odiaba. Lo deseaba. Era todo una contradicción. Él me mordisqueó la barbilla antes de entreabrir los ojos y apoyar una mano en la pared que estaba a mi espalda.

Deslizó la vista por mi cuello hasta posarla en mi escote, se mordió el labio inferior de una forma que me hizo desear desnudarlo allí mismo y luego volvió a mirarme.

—Joder, me estás matando… —susurró.

Dejé escapar el aire que estaba conteniendo al sentir su mano derecha descendiendo despacio por mi clavícula antes de internarse en la abertura del vestido. Me estremecí. Bajó un poco la tela y trazó círculos con el dedo pulgar en la zona de piel que el sujetador dejaba a la vista. Dios. Moriría por combustión espontánea de un momento a otro. Jack dejó escapar un suspiro antes de volver a cubrir mis labios con un beso.

—Te lo dije —gruñó y se apretó más contra mí para que pudiese sentirlo.

Y vaya si lo sentí. Lo sentí mucho y muy grande—. Te follaría aquí, en este baño, contra la pared… —Se me dispararon las pulsaciones; era como si todo mi autocontrol lo aplastasen sus palabras, sus manos tocándome, sus labios acoplándose a los míos al deslizar la lengua dentro de mi boca. Y

sabía tan bien… Sabía a vodka y a él, sabía a Jack, a caos y a algo prohibido

—. La primera vez que te vi…

—¿Qué quieres decir?

Jack sacudió la cabeza.

—Olvídalo. Vamos a pedir un puto taxi.

—¿Elisa? ¿Estás aquí…? ¡Elisa!

Parpadeé confusa al escuchar la voz de Hannah. Joder. Joder. Aparté a Jack de un empujón y él abrió los ojos por la brusquedad del gesto antes de fruncir el ceño.

—¡Sí! ¡Ahora salgo! —grité con voz temblorosa.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó con inocente curiosidad tras la puerta.

—Nada. Bueno, sí, quitarme las medias, se me han roto —mentí sin titubear y hasta a mí me sorprendió lo convincente que sonó—. Espérame fuera. Dame un minuto.

Me pasé una mano por la frente, todavía algo aturdida. Miré a Jack, que se había alejado hasta apoyar la espalda en la pared de enfrente. Estaba tremendo. Tenía los labios enrojecidos y el pelo un poco revuelto, pero su mirada gris había adquirido cierta frialdad. Tragué saliva antes de hablar, sin saber muy bien qué decir.

—Yo… tengo que…

—Irte —concluyó secamente.

—Esto ha sido un error —susurré.

No contestó. Dio un paso adelante y abrió la puerta de manera que yo pudiese salir y él quedase tras ella. La cerró en cuanto lo hice. Suspiré profundamente, evitando ver mi reflejo en los espejos que se alineaban en la pared, y salí de allí. Tal como había prometido, Hannah estaba esperándome fuera de los servicios.

—Ya te dije que esas medias te durarían dos días —parloteó mientras me cogía del brazo y avanzábamos entre la gente—. Hemos decidido terminar la noche en el apartamento de Dasha. Mojitos, nachos y un par de películas, suena bien ¿no?

—Genial —contesté.

Tenía un nudo en la garganta. Un nudo que no conseguí que desapareciese ni siquiera con el paso de los días. Y es que ese nudo tenía nombre y apellidos. Jack. Jack Helker y esa mirada enigmática y dura que me había dirigido antes de abrirme la puerta.

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