Tal vez tu

Alice Kellen · Capítulo 21 de 37

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Tal vez tu

21 Confesiones y abrazos

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Confesiones y abrazos

Cuando bajé del taxi, me quedé unos segundos en medio de la calzada, frente a esos escaloncitos que conducían hacia la casa de ladrillo rojo que se alzaba imponente. Aún no tenía claro qué hacía allí, pero, tras terminar la cita con Kevin, le dije a Hannah que esa noche no me apetecía ir a Greenhouse Club y decidí dar un paseo sin rumbo fijo. Tras un rato caminando sola y pensativa, mis pies se acercaron por voluntad propia a la parada de taxis más cercana. Y ahora estaba enfrente de la casa de Jack, con el que, dicho sea de paso, no había vuelto a hablar tras la tensa llamada telefónica del lunes. Lo más probable, además, era que un viernes por la noche no estuviese allí. «O peor aún, que estuviese bien acompañado», pensé.

El cielo oscuro se cernía sobre mí cuando me armé de valor y decidí tocar el timbre.

Jack abrió la puerta y, tras la sorpresa inicial, su rostro se tiñó de indiferencia.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Yo… bueno, no lo sé...

Nos miramos fijamente en silencio.

—¿No lo sabes? —repitió.

—Eso he dicho.

Apoyó la cadera en el dintel de la puerta y suspiró; parecía apático y cansado. Todavía iba vestido de calle, aunque llevaba la camisa algo

arrugada y la corbata gris aflojada. Se tocó el pelo con los dedos antes de dejar caer la mano a un lado.

—¿Qué quieres, Elisa?

—Solo pasaba por aquí… —se me trabó la lengua. Jack había dejado de ser un extraño más y estaba segura de que no podría engañarle sin que él lo notase, así que opté por ser sincera—. Miento. Estaba en la otra punta de la ciudad, pero me apetecía verte —admití.

Jack volvió a suspirar y luego me tendió una mano y tiró de la mía con suavidad hacia el interior de la casa. Cerró la puerta y sus dedos tantearon mi rostro en medio de la oscuridad del recibidor hasta encontrar mis labios y acariciarlos antes de cubrirlos con los suyos. Y fue un beso lento y húmedo y erótico que me dejó en una nube.

—No quiero que nadie más te bese —dijo con un gruñido—. Pensaba que sí, pero no. Al menos, mientras esto dure, hasta que conozcas a alguien que te guste lo suficiente como para que no tengas que volver aquí.

Dejé escapar un jadeo entrecortado cuando pegó su cuerpo al mío y noté lo excitado que estaba. Lo abracé y colé las manos bajo su camiseta buscando el calor que desprendía su piel y el tacto suave y masculino.

—No hubo ningún beso alucinante.

—¿Cómo dices?

—En realidad, no hubo beso, a secas.

Dio un paso hacia atrás para poder mirarme a la cara. Sus ojos echaban chispas; una mezcla entre alivio, enfado y diversión. Sonrió. Una de esas sonrisas ladeadas que no presagiaban nada bueno.

—Esta me la guardo, cariño —susurró y luego sus brazos volvieron a rodearme la cintura y sus labios se posaron sobre los míos—. Estás dispuesta a cualquier cosa con tal de salirte con la tuya, ¿no? Eres inevitablemente controladora.

Mientras nos movíamos, dejé de besarlo para poder hablar.

—No es verdad. Me enfadaste.

—Te enfadé —gruñó tras darme un mordisquito en el cuello; la barba de un día me hacía cosquillas en la piel.

—Por el tonito que usaste.

—¿Y qué tono usé exactamente?

Una de sus manos se coló bajo mi blusa y acarició el borde del sujetador con lentitud. Me contoneé intentando encontrar el ángulo perfecto para que me tocase justo donde quería que lo hiciese. Él apartó la mano a propósito.

—Un tono condescendiente. Ya sabes, puedes ser muy egocéntrico si te lo propones. Y no me gustó que te sorprendiese que mi cita pudiese querer despedirse con un beso, ¿por qué no? No soy tan horrible. Quiero decir, quizá no tan deslumbrante como una de tus dichosas modelos, pero, eh, me conservo bien para mi edad y además…

—Para de hablar —ordenó tras silenciarme al colocar su dedo sobre mis labios. Reprimí la tentación de morderle, me ofuscaba cuando se ponía en plan «mandón líder del pelotón»—. Lo entendiste mal. Cualquier tío querría estar ahora mismo en mi lugar. Eres preciosa. Y me paso el día como un puto adolescente deseando que llegue el momento de besarte, de tocarte…

de lamerte…

Vale, eso era un plus para la autoestima.

Me sujeté a sus hombros cuando tropezamos con el primer peldaño de la larga escalera semicircular que conducía a la planta superior. Conseguimos subir un par de peldaños más antes de terminar en el suelo, quitándonos la ropa. Estaba sentada en uno de esos escalones cuando Jack me subió la falda con brusquedad y me quitó los botines y las medias de un tirón. Sin darme tiempo a asimilar lo que estaba a punto de hacer, apartó a un lado con los dedos la ropa interior y hundió la cabeza entre mis piernas. Creo

que dejé de respirar al sentir su lengua acariciándome a un ritmo lento y enloquecedor. Jamás imaginé que la boca de Jack, esa misma boca que me sacaba de quicio casi todo el tiempo, pudiese llegar a ser tan increíble. Me sujeté al borde del escalón cuando noté que temblaba de placer y aunque, como siempre, intenté mantener el control, lo perdí en menos de un minuto, literalmente.

Jack se apartó y me miró alzando una ceja en alto antes de relamerse los labios.

—¿Ya has terminado? —preguntó.

Asentí con la cabeza, aún con las mejillas ardiendo y el corazón agitado.

Él pareció satisfecho y luego soltó una risita pretenciosa, pero en ese momento podría haber pasado por alto casi cualquier cosa. Me alzó y subió la escalera llevándome en brazos antes de ir directo hacia el dormitorio.

Sentí su mirada hambrienta sobre mí cuando me dejó sobre la colcha azul de su cama. Se despojó de la ropa interior y me quitó a mí la falda que todavía llevaba puesta y arrugada en torno a la cintura. Cogió un preservativo del cajón de la mesita y después me besó la rodilla, el interior del muslo, el ombligo, los pechos y la clavícula; cuando nuestros labios se encontraron, se hundió en mí de una sola embestida. Permaneció quieto unos segundos mientras su boca exploraba la mía y su lengua me buscaba, y luego comenzó a moverse lento, muy lento, sin dejar de susurrarme al oído todo lo que había deseado hacerme durante aquellos días de ausencia y todo lo que sí me haría durante los siguientes.

Cuando terminó, me quedé tumbada en la cama, inerte pero complacida.

Él regresó un minuto después y se dejó caer a mi lado sin mucha delicadeza. Me arropé con el edredón y me acurruqué junto a él, que suspiró hondo. No sé cuánto tiempo estuvimos callados, escuchando nuestras propias respiraciones, pero cuando habló me pareció que hacía una

eternidad que no escuchaba su voz y pensé que quizá me estaba empezando a gustar demasiado ese timbre ronco y profundo.

—¿Entonces no hubo suerte con las citas?

—No, tú tenías razón. Quedé con tres y dos estaban en el otro bando.

—¿Qué pasó con el tercero?

—Coleccionaba braguitas —susurré.

Jack emitió una vibrante carcajada y me rodeó con los brazos pegándome a su pecho firme y desnudo. Le acaricié el estómago con la mano y jugueteé distraídamente con el escaso vello que crecía y se perdía tras la goma de la ropa interior.

—Tengo que cambiar ese perfil… —admití.

—¿Quieres que te eche una mano?

—No, creo que es mejor que a partir de ahora me ocupe de ese asunto por mi cuenta —me moví para poder mirarle desde abajo—. Pero te prometo que mientras tenga algo contigo no habrá besos, tocamientos, ni nada raro,

¿trato?

—Eres una negociadora nata —se burló.

—Puedo hacerlo. De hecho, ahí está la clave. El tío perfecto tiene que quererme por esto —me llevé la mano a la cabeza—, y no por esto —añadí señalándome las tetas; Jack pensó que aquel era un momento de lo más oportuno para pellizcarme un pezón y yo gruñí en respuesta—. Así que sabré que es ÉL si no intenta meterse entre mis piernas a la primera de cambio.

Puso los ojos en blanco y me miró divertido.

—Qué sopor. Eres como un somnífero cuando te pones a hablar del amor y blablablá.

—¿En serio? —Me incorporé y me senté en la cama llevándome el edredón conmigo—. Pues tú te conviertes en un ogro. Eso me recuerda que

sigo enfadada contigo por cómo reaccionaste el otro día. No me gusta que me griten.

—Ni a mí que me toquen los cojones.

—Ya te los he tocado, cierto, lo que significa que ha llegado la hora de irme. Gracias por lo de hoy, ha sido… ha estado muy bien —resumí antes de ponerme en pie y coger mi falda del suelo. Salí de la habitación mientras Jack mascullaba algo a mi espalda y avancé por el pasillo hacia las escaleras para recuperar el resto de mi ropa. Me puse las braguitas y el sujetador. Las medias estaban rotas, «genial».

—¿Adónde crees que vas?

—A mi casa, supongo.

—De eso nada —masculló rodeándome la cintura y atrayéndome hacia él

—. No debería haberte gritado el otro día, lo siento. Pero hay cosas de las que prefiero no hablar con nadie, no es nada personal. Tú también te guardas tus asuntos.

—No es verdad, no tengo nada que esconder.

—Vale, entonces imagino que no te importará hablarme de ese chico que nombraste el otro día. Es más, ¿qué te parece si preparo algo para cenar y hacemos una noche temática sobre «Colin»? Suena bien.

—No tiene gracia, Jack —siseé.

—Lo sé, por eso es mejor que dejemos las cosas tal y como están —me dio un beso en la comisura de la boca y luego otro en los labios, más dulce, más casto—. Nos lo pasamos bien juntos, que es lo que importa. Quiero que te quedes a dormir. Y lo de hacerte la cena iba en serio.

Tardé unos segundos en responder.

—¿Sabes cocinar?

—Me defiendo.

Quince minutos después, los dos estábamos en la cocina. Yo llevaba puesto un pijama rojo de Jack que me había dejado tras asegurarme que era el más pequeño que tenía; había doblado varias veces los camales y las mangas y aun así parecía un duendecillo recién salido de un bosque mágico, o eso mismo había dicho él. Jack también se había puesto cómodo con una camiseta gris y un pantalón deportivo del mismo color. Le miré el trasero mientras se ocupaba de los fogones y luego llevé al comedor vasos y cubiertos cuando me dijo que la cena estaba casi lista. Había preparado una ensalada con tomate, rúcula y queso parmesano para acompañar la carne a la plancha con una «salsa secreta».

—¿De verdad no piensas decirme qué lleva esa salsa? —insistí mientras nos sentábamos en el sofá y él acercaba la mesa auxiliar.

—Lo sabrías si prestases atención en vez de mirarme el culo. —Mojó una rebanada de pan y me la acercó a la boca—. Vamos, pruébala, dime si te gusta.

—Riquísima.

—Eso me parecía —sonrió.

—Tú y tu ego —pinché un trozo de carne y giré la cabeza hacia él sin dejar de masticar—. ¿Qué hubiese pasado si no llego a venir? Quiero decir, no pensabas volver a llamarme, ¿verdad?

Y conforme pronunciaba aquellas palabras, me di cuenta de que me dolía esa idea, la posibilidad de que no volviésemos a vernos así, fuera del trabajo. De pronto, Jack se mostró incómodo y prudente.

—Sí iba a llamarte —aseguró—. Pero he tenido una semana difícil.

Mucho trabajo, ya sabes.

—¿Cuántos casos llevas?

—Demasiados, entre otras cosas.

—¿Qué otras cosas? —indagué.

—Ah, pequeña tramposa, ¿estás intentando conseguir información? —se rio tras tenderme la ensalada y dedicar toda su atención a la carne.

—No, ¡ni que te hubiese preguntado en qué paraíso fiscal esconde Frank Sanders parte de su fortuna! —Me burlé y lo apunté con el tenedor—.

Sabes que ese hombre es un gañán, ¿cierto?

—Un gañán que paga muy bien —añadió—. ¿Y qué tal te va a ti con la inocente Julia Palmer? Ya me imagino vuestras largas conversaciones en el despacho analizando Guerra y paz capítulo a capítulo. Me apuesto lo que sea a que León Tolstoi volvería a la vida solo para apuntar en su bloc de notas todo lo que esa chica tiene que decir.

—Eres cruel —repliqué.

—Vamos, nena, ¡no me digas que no piensas lo mismo! Julia es una cazafortunas de manual. Y además, infiel. No sabe mantener las manos quietas; ni la boca, ya puestos a entrar en detalles.

Me fijé en su expresión contrariada y até cabos antes de deducir que, por alguna razón que se me escapaba, para Jack la lealtad era algo muy importante. Me di cuenta de que no se sentía celoso al pensar que podía besar a otro hombre durante una de mis citas, sino traicionado, que era muy diferente.

Su desconfianza habitual y las barreras que imponía lo mantenían a salvo.

Y quizá eso mismo me ocurría a mí, porque advertí que no había sido diferente a él al ser incapaz de hablarle de Colin. ¿Por qué me daba tanto miedo contarle lo que había ocurrido? ¿Temía que pensase que era tonta, débil o ingenua? Yo no tenía nada de lo que avergonzarme, había sido Colin el que cometió un error.

—No sé si deberíamos hablar de trabajo… —concluí vacilante.

—Ya. Es complicado —suspiró hondo y me miró con interés tras dejar su plato vacío encima de la mesa—. ¿Tú has pensado alguna vez en irte a otro

sitio? —Su expresión cambió y se volvió cauta cuando me vio fruncir el ceño—. Quiero decir, le eché un vistazo a tu currículum hace unas semanas y vi que ganaste ese caso relacionado con la publicidad de comida basura dirigida a un público infantil. Creo que eres buena, muy buena, y que podrías estar trabajando en alguna compañía más grande y ambiciosa.

—Henry me contrató antes de terminar la carrera… —contesté como si eso lo justificase todo. Jack pareció entender que no era una buena idea seguir hablando del tema y se quedó callado mientras yo repasaba con la mirada las películas que tenía en la estantería del comedor—. ¿Te apetece que veamos alguna de Tarantino?

—¿«Kill Bill»? —propuso.

—¿Qué tal «Pulp Fiction»?

Se inclinó para coger una moneda del cuenco de cristal anaranjado, que había dejado de ser decorativo para pasar a estar lleno de trastos inútiles, y la lanzó al aire tras anunciar que él sería cruz. Dada mi suerte habitual, sí, salió cruz. Jack se levantó y puso la película antes de que llevásemos los platos a la cocina y volviésemos a sentarnos en el sofá. Cuando lo hicimos, me cogió de la cintura y me arrastró hacia él.

—¿Qué haces?

—Ponerme cómodo.

Sentí un hormigueo cuando me apretó contra su pecho y aguanté la respiración unos segundos. Jack se había tumbado y yo estaba sobre él, tensa y sintiéndome fuera de lugar. Una de sus manos me abrazaba con despreocupación y mi mejilla estaba apoyada en su pecho. Podía escuchar su corazón latiendo a un ritmo monótono, relajado, justo lo contrario a lo que en esos instantes ocurría con el mío. Apenas presté atención a las primeras escenas. No podía evitar relacionar la situación con Colin. Así era como solíamos tumbarnos en el comedor de casa, abrazados,

encontrándonos al caer la noche después de días de trabajo y estrés y rutina.

Agradecí que la colonia que Jack usaba no se pareciese en nada a la de Colin, porque entonces no habría podido soportarlo. Y el pecho de Jack era cálido y estar tumbada junto a él resultaba agradable, muy agradable.

Intenté centrarme en la película y recité mentalmente algunos diálogos en plan mantra para lograr calmarme: «para aquellos considerados guerreros: cuando entablas combate, el triunfo sobre tu enemigo puede ser la única preocupación. Domina toda compasión y emoción humana. Mata a quienquiera que esté en tu camino, aún si es Dios o el mismo Buda. Esta verdad se halla en el corazón del arte del combate». Pero ni eso impidió que Jack parase la película y se separase un poco de mí para mirarme con el ceño fruncido.

—Llevas media película a punto de sufrir un puto infarto —me cogió la muñeca y pegó la yema de sus dedos contra mis venas para contar mis pulsaciones—. ¿Qué demonios te pasa?

—Solo… nada.

—¿Nada? —replicó.

—Nada que quiera contarte.

Mi respuesta sonó seca y brusca, pero me había puesto nerviosa al sentir los ojos algo irritados porque, para empezar, yo jamás lloraba, eso no iba conmigo, ¿qué sentido tenía que tras más de un año de ausencia ahora me pusiese sentimental y nostálgica? Inspiré hondo recuperando el control y rodeé la cintura de Jack con fuerza, pegándome a él como si necesitase el contacto. Noté su pecho hincharse al coger aire, justo antes de que dejase correr el momento y retomásemos la película.

Estaba a punto de cerrar los ojos cuando salieron las líneas de crédito.

Jack me dijo en voz baja que nos fuésemos a la cama y subimos las escaleras a paso lento sin encender las luces. Me metí bajo el edredón en

cuanto lo apartó y me acurruqué junto a él. Fuera se escuchaba el viento del invierno soplando entre las calles de la ciudad. Me planteé que quizá ya estaría dormido, pero, aun así, las palabras se me escaparon en medio de la oscuridad.

—Estuve con Colin ocho años. Empezamos a salir en la universidad y, aparentemente, teníamos una relación perfecta. Me pidió matrimonio en un restaurante, arrodillándose delante de todo el mundo y gritando a los cuatro vientos que era la mujer de su vida, su gran amor. —Jack alzó una mano y me acarició el pelo con delicadeza—. Lo pillé con otra dos meses más tarde un día que salí del trabajo antes de lo habitual. Quería perdonarlo, quería que todo siguiese tal y como estaba, pero no pude hacerlo. Ya quedó atrás

—suspiré—, pero necesitaba contártelo.

—Siento que tuvieses que pasar por eso.

Y sus palabras fueron sinceras, acogedoras.

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