Tal vez tu
25 De palabras no dichas y de otras que dicen demasiado
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De palabras no dichas y de otras que dicen
demasiado
Aiden se echó a reír al escucharme parlotear a lo loco mientras daba puñetazos a diestro y siniestro sin mucha elegancia. Tras los dos últimos mensajes que intercambiamos la noche del lunes no habíamos vuelto a hablar y, supuestamente, hoy miércoles era el día que habíamos quedado para ir a patinar. Según Aiden, era una tontería y yo me tomaba las cosas demasiado a pecho, su teoría era que decir «no dejo de pensar en ti» podía significar mil cosas dependiendo del tono, de la actitud o de la perspectiva de cada uno. Hannah vino a mi casa el martes por la tarde, se comió todas la nueces que encontró en mi despensa (a veces entendía a la señorita Ardilla) y, tras relatarle lo ocurrido, tan solo llegó a la conclusión de que Jack era
«muy mono». Solo a ella se le podría ocurrir algo semejante. Jack podía ser muchas cosas; un capullo, un canalla, un tío-aplasta-corazones, un amante del caos e incluso ilegal, sí, pero «mono» no era exactamente el adjetivo que hubiese elegido para describirlo, ni mucho menos cuando sonreía de esa manera tan… tan… excitante. Ajá, eso era. Sabía cómo hacerlo. Jack tenía el don de conseguir mostrar una faceta diferente según lo que quisiese lograr; en una realidad paralela, podría haber llegado a desesperar y enfadar al mismísimo Gandhi, pero también tenía sus trucos para resultar encantador cuando le convenía. Y eso mismo era lo que le preocupaba a Emma que, como siempre, había lanzado al aire su opinión, asegurando que me estaba ablandando por su cara bonita y tres pestañeos tontos. Y lo peor de todo es que empezaba a tener un poco de razón.
—¿Estás enamorada? —preguntó Aiden ceñudo.
—¿Enamorada?, ¿ENAMORADA? —me reí como una loca y luego le di un par de puñetazos al saco que él sujetaba—. ¡Por Dios, Aiden, no digas tonterías! Para enamorarme primero tendría que encontrar a un tío decente, valiente, de esos que están dispuestos a comprometerse. Pero, ¡oh, problema!, ¡están en peligro de extinción! ¡No existen! Son como Santa Claus o los unicornios.
—Estás enfadada… —tanteó él con una media sonrisa que se esfumó de inmediato de sus labios ante la punzante mirada que le dirigí—. Vale, vale, calma. ¿Quieres saber mi opinión? Creo que si dejases de obsesionarte con esa idea prehistórica de encontrar a tu príncipe azul, quizá aparecería cuando menos lo esperases, así, sin más.
Me quedé callada antes de volver a golpear el saco de boxeo con rabia.
Puede que Aiden tuviese razón, aunque no era precisamente el más adecuado para dar consejos sobre el amor, pero yo nunca había sido una de esas personas que esperan en vez de actuar; prefería tomar las riendas de la situación, hacer algo, poner empeño y dedicación.
Pensé en Jack y sentí un cosquilleo incómodo ante la idea de volver a verlo por la tarde. Esperaba que ese mensaje, que de ahora en adelante llamaría «el mensaje que no debe ser nombrado» no hubiese trastocado las cosas, porque lo cierto era que no quería que nada cambiase entre nosotros; todo era perfecto así.
Alcé la barbilla.
—¿Tú has estado enamorado alguna vez?
Aiden me miró fijamente antes de contestar.
—Creo que sí.
—Qué sorpresa.
Él suspiró con incomodidad antes de apartarse del saco y dar por finalizado el entrenamiento. Estuvimos hablando un rato más mientras me quitaba los guantes de boxeo, comentando los planes que teníamos esas navidades y me preguntó si ya sabía qué haría la noche de fin de año. Le dije que no tenía ni idea, pero que ese mismo día era el cumpleaños de Hannah y que siempre acabábamos con una resaca tan grande que luego empezábamos el primer mes del año con buen pie al aborrecer (temporalmente) el alcohol. Le conté que el año anterior bebimos demasiado durante la cena y al final terminamos la velada en el puente de Brooklyn, viendo desde allí los fuegos artificiales sobre Midtown mientras Hannah gritaba como loca que el cielo lloraba purpurina de colores.
—Suena divertido.
Me incliné hacia delante para sacudir mi cabello y luego volví a erguirme haciéndome una coleta alta. Miré a Aiden de reojo.
—Apúntate si te apetece.
—Puede que lo haga —asintió.
Seguimos hablando de planes y de trabajo. Aiden me dijo que cerraría tres días el gimnasio porque tenía pensado irse a Kansas para reunirse con su familia y a mí se me ocurrió de pronto que quizá podría invitar a mi madre a mi apartamento en vez de ir a su casa para celebrar el día de Navidad. Sería bueno para ella salir de allí y disfrutar de la gran ciudad; podríamos ir juntas a ver algún musical, caminar por las calles llenas de luces cogidas del brazo y preparar una cena navideña en casa entre las dos, como en los viejos tiempos. Sonaba bien. Sonaba mejor que bien.
Sin embargo, cuando unas horas después se lo comenté, ella no opinó lo mismo. Empezó a poner excusas, como siempre; desde «¿quién limpiará la casa durante esos días?» hasta «sabes que el aire de la ciudad no me sienta bien». Me armé de paciencia, con el teléfono sujeto al hombro mientras
quitaba el polvo de los muebles con un plumero ultra eficiente que ella misma me había regalado por mi cumpleaños dos años atrás. Terminé rebatiendo todas sus teorías y, tras prometerle que solo serían dos días en vez de tres y que le vendría genial salir un poco y abrirse al mundo, accedió. Fue casi un milagro.
Cuando colgué la llamada vi que tenía un mensaje en la bandeja de entrada. Era Garrett, el chico adorable de mi primera cita: De Garrett Jill. Para Elisa Carman.
Asunto: ¡Gracias, gracias, gracias!
Te debo una muy gorda, Elisa. ¿Te he dicho ya que eres un sol cálido y lleno de bondad? Gracias por darme el teléfono de Kevin Miller, ¡es perfecto! No, en serio, es como si el hombre de mis sueños hubiese aparecido de la nada. ¿Te dijo que es voluntario en un refugio de animales?
Es adorable. Se me ocurrió aportar mi granito de arena diseñando los planos para una toma de agua que necesitan en la zona nueva del refugio. El otro día, al terminar nuestra tercera cita, lo invité a casa, le presente a Lady Gaga (mi gata persa) y ella se frotó contra sus piernas, ¿puedes creértelo? (Lady Gaga odia a todos los humanos, y a los no humanos, ya puestos a entrar en detalles). Kevin es maravilloso (aunque, por lo que me ha contado, su madre no tanto). Prometo mantenerte al corriente y convertirte en una de nuestras damas de honor si la cosa acaba en boda.
PD: ¿Sigues tirándote al bomboncito de Jack?
Garrett Jill.
Sonreí. Garrett había sido una gran pérdida, por eso de que era perfecto (tan perfecto como Kevin, dicho sea de paso), pero me alegraba por ellos.
Hacían una pareja estupenda. Le contesté diciéndole que sí, que seguía con
«el bomboncito» y que esperaba de verdad que todo fuese viento en popa y la cosa terminase con un anillo de por medio y fuesen felices y comiesen perdices.
Respiré aliviada unos minutos más tarde cuando Jack me mandó un mensaje diciéndome que pasaría a recogerme en media hora. Estaba agotada después del entrenamiento al que había acudido directamente tras salir del trabajo, llevándome la ropa del gimnasio de casa, pero aun así tenía ganas de pasar la tarde en Bryant Park. Hacía años que no iba. De hecho, la última vez que lo hice fue con Colin.
Sentí una desazón en el pecho al recordarlo. Recordarlo a él, con su cabello castaño claro perfectamente peinado y esa sonrisa que pensaba que se reservaba solo para mí. Recordar sus manos extendidas hacia mí animándome a que patinásemos juntos. Recordar su risa suave, esos gestos que creía sinceros y que aún no sé cuándo dejaron de serlo, su respiración cálida…
Negué con la cabeza, confundida, y metí las narices en el armario intentando encontrar la bufanda más gruesa que tenía. No entendía por qué pensaba tanto en Colin últimamente. Me había ocurrido lo mismo aquella noche, tumbada sobre Jack mientras veíamos Kill Bill, y no, no era porque lo echase de menos. Creo que, aunque suene raro, era porque por fin lo estaba dejando atrás. Ya no estaba enfadada y la rabia había desaparecido, ahora tan solo me sentía triste y desencantada.
Me vestí con unos vaqueros ajustados que había comprado la semana anterior y que esperaba que me quedasen la mitad de bien de lo que me habían parecido dentro de ese probador de luces colocadas estratégicamente para hacerme más esbelta. Luego me puse un suéter de color rojo y una bufanda del mismo color antes de recogerme el cabello castaño en una
coleta desenfadada. Aún no había terminado de ponerme un poco de rímel cuando sonó el telefonillo y Jack me dijo que bajase.
Estaba sentado encima de la moto con los brazos apoyados en la parte superior y gesto pensativo. Sonrió al verme, una sonrisa sincera que me calentó por dentro. Noté que empezaba a sonrojarme y me amonesté con tres puntos menos en mi propio examen mental sobre conducta adecuada.
¿Por qué me sentía así, tan inestable, tan confusa…? Había hecho todo lo que se podía hacer con Jack, no tenía ningún sentido que de pronto me comportase como si fuese la primera vez que quedábamos fuera del trabajo.
—¿Qué te pasa? —me miró divertido, le brillaban los ojos.
—Nada, ¿por qué lo preguntas?
—No lo sé —se encogió de hombros—, tienes pinta de querer lanzarte por un acantilado de un momento a otro, ¿tan pocas ganas tenías de verme?
—ronroneó y posó una de sus grandes manos sobre mi rodilla derecha cuando monté tras él en la moto.
—¿Estás esperando a que lo niegue?
—Bueno, a mi ego le gusta que lo mimen.
—No sé cómo no te cansa mantener esa fachada de tipo narcisista durante todo el día. Eres un fraude, Jack.
Él rio, y no sé si se dio cuenta de que mis palabras eran más un cumplido que otra cosa, pero no añadió nada más antes de que nos incorporásemos a la carretera y avanzásemos entre el tráfico de Nueva York. Abracé a Jack e ignoré cualquier atisbo de sentido común cuando apoyé la mejilla en su espalda. Hacía frío. Mucho frío. Aparcamos poco después cerca de Bryant Park, situado en el corazón de Midtown entre altísimos rascacielos. Casi había anochecido y la decoración navideña envolvía la ciudad ya de por sí llena de luces y magia. Jack me cogió de la mano y la metió en el bolsillo de su abrigo junto a la suya para darme calor. Tragué saliva e intenté
concentrarme en el abeto navideño que habían encendido semanas atrás, con sus características luces azul turquesa, y en las risas y las voces de la gente que nos rodeaba. Rockefeller Center era también un lugar precioso al que acercarse durante esas fechas, pero Bryant Park siempre había sido mi debilidad. El mercado de casitas de vidrio que rodeaba la pista de hielo era auténtico y estaba lleno de productos artesanales, de encanto y de vida.
Molly y Ethan nos esperaban al lado de un puesto lleno de botellines de cerveza de calabaza adornado con guirnaldas parpadeantes. Ella se lanzó a mis brazos en cuanto me vio y Ethan me saludó con un cálido apretón de mano y una sonrisa afable.
—Tienes mejor aspecto que en pijama.
—Gracias. Tú pareces más relajado.
—Es lo que tiene la Navidad, me hace ser mejor persona —dijo entre risas y luego se inclinó hacia mí mientras Jack y Molly seguían a lo suyo, ajenos a lo que Ethan me susurraba al oído—. Sé que la pequeña princesa te puso en un apuro, pero gracias por venir, Elisa. De corazón. Le gustas mucho —añadió.
—No es… no es ninguna molestia —me sinceré.
Ethan asintió lentamente con la cabeza y me miró atento. Tenía la sensación de que estudiaba y analizaba cada uno de mis gestos y sus ojos oscuros y penetrantes me ponían nerviosa, porque no tenía muy claro qué era lo que esperaba encontrar cuando me observaba de ese modo tan calculador.
—Eh, ¿qué estáis cuchicheando vosotros dos? —gritó Jack con Molly canturreando felizmente a su alrededor.
—De los precios de los carburantes.
Me reí ante la ocurrencia de Ethan y su sonrisa falsa hizo gruñir a Jack por lo bajo, pero, antes de que pudiese replicar, Nicole apareció jadeante y
se llevó una mano a las costillas como si acabase de correr la maratón.
—Lamento… llegar… tarde —logró decir.
—¡Nicole! —Molly la abrazó muy fuerte.
—¡Hola, pequeñaja!
A pesar de la carrera, y como siempre, Nicole estaba estupenda. Su cabello largo, lacio y oscuro resbalaba sobre su hombro derecho y tenía la piel tersa y luminosa. Me mostró una sonrisa inmensa en la que distinguí la perfecta hilera superior de sus dientes blanquecinos; correspondí el gesto, aunque imagino que con peor resultado.
—¡Qué alegría volver a verte! Me hizo ilusión saber que vendrías cuando Ethan me lo dijo —torció el labio con gracia—. Tienes muy buen aspecto,
¿te haces algún tratamiento semanal o algo así en el cutis?
—¿Yo? Oh, no, no. Qué va. —El idiota de su hermano se inclinó hacia mí con la excusa de abrocharme bien el pendiente y me susurró al oído que mi aspecto radiante tenía mucho que ver con sus manos (y más concretamente, con lo que sus dedos eran capaces de hacer). Le di un codazo tan fuerte que lo escuché gemir de dolor antes de echarse a reír—.
Tú sí que estás increíble. ¿Qué tal te va todo? ¿Conseguiste esos azulejos exclusivos de cerámica que buscabas?
—¡Sí! ¡Y me costó la vida encontrarlos!
Nicole se quejó cuando Jack le despeinó el pelo con la mano y luego los cinco comenzamos a caminar hacia la caseta correspondiente para alquilar los patines de hielo. Nicole y Molly hablaban por los codos y Ethan parecía feliz y sonriente mientras las escuchaba a las dos parlotear sobre princesas, la última muñeca veterinaria que había salido al mercado (y que Nicole prometió pedirle a Santa Claus de su parte), justo antes de que volviese a resurgir el asunto de tener una mascota (Molly suplicó hasta la extenuación), pero enmudeció al llegar a nuestro destino. Cuando nos
pusimos en la cola, admiré la brillante y reluciente pista de hielo y sonreí emocionada. Llevaba tiempo sin hacer cosas tan sencillas, como cuando el sábado visitamos el acuario, y me gustaban esos momentos en teoría normales y corrientes, pero que quizá no lo eran tanto en medio de la rutina diaria en la que se había convertido mi vida durante el último año.
—¿Preparada para que te machaque?
Puse los ojos en blanco y chasqueé la lengua.
—¿Por qué tienes que tomártelo todo como si fuese una competición?
Jack sonrió malévolo y me dio un mordisquito en el cuello mientras Ethan, Nicole y Molly avanzaban en la cola delante de nosotros sin dejar de discutir el asunto de la mascota.
—Me encanta competir contigo, nena.
—Qué sensato y reflexivo —ironicé.
—Sabes que soy un puto inmaduro —admitió con una sonrisa adorable curvando sus tentadores labios. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no abalanzarme sobre él y besarlo.
Sentí un nudo en la garganta al recordar el caso en el que sí competíamos de verdad. Ahora que por fin lo tenía todo bajo control (aunque Julia aún no me había enviado los datos de contacto del jardinero), no me sentía tan triunfal como cabría esperar, sino dubitativa y extrañamente triste. Reprimí un suspiro melancólico cuando cogí los patines y luego nos acercamos a la zona de las taquillas para prepararnos. Observé cómo Jack ayudaba a Molly a ponerse bien los patines, preguntándome por qué de pronto todo lo que hacía me parecía adorable cuando, en teoría, él era odioso y egocéntrico y superficial. «Por favor, ¿qué me estaba ocurriendo?»
Algo en la forma en la que se relacionaban Nicole y Ethan, que hablaban entre ellos, me hizo olvidarme durante unos segundos del caso, de Jack y de todos los vértices y bordes angulosos de su cambiante personalidad.
Enmudecí hasta que nos adentramos en la pista sujetándonos a la valla baja que la rodeaba. Molly fue la primera en soltarse.
—¿Lista? —Jack me tendió la mano y yo la acepté sin sospechar que se proponía tirar de mí y deslizarse por el hielo como si fuésemos putos bailarines a punto de competir en un mundial de patinaje artístico.
—¡Ay, joder, Jack! ¡Para!
—¿Y tú eras la experta patinadora?
—Sé patinar, no hacer malditas piruetas.
Él se echó a reír y me dirigió una mirada suave y tierna que me encogió el estómago. Ignoré el extraño momento cuando Molly se nos acercó seguida por su padre y Nicole. La pista de hielo estaba llena de gente que danzaba a nuestro alrededor, de voces entusiastas y risas infantiles. Me moví con cierta torpeza tras ellos.
—¿Seguro que estás bien? —preguntó Jack burlón, patinando (lo juro) de espaldas.
—Falta de práctica —atajé, y era verdad, recordaba hacerlo mucho mejor la última vez que había estado en aquel lugar con Colin, moviéndome bajo las luces azuladas del arbol navideño y mirándolo embelesada.
—¡Los esbirros no saben patinar! —rio Molly «la traidora».
—¡Shh! —Jack se llevó un dedo a los labios sin dejar de sonreír ni de moverse con soltura—. ¡No te metas con mi esbirro, pequeña princesa, o me veré obligado a asaltar tu reino!
—¡Inténtalo! ¡Tengo dos aliados! —le sacó la lengua antes de resguardarse detrás de un sonriente Ethan y una callada Nicole de mejillas sonrosadas.
Estuvimos un rato patinando y, muy a mi pesar, me caí un par de veces, algo de lo que obviamente Jack disfrutó como un crío. Cuando me cansé de hacer el ridículo, salí de la pista y me apoyé en la valla que la rodeaba. El
lugar era precioso, lleno de encanto. Reí al ver a Molly a lo lejos chillando como loca mientras Jack la perseguía y ella se deslizaba por el hielo cogida de la mano de Nicole.
—¿Te importa? —Ethan apareció a mi lado y yo negué con la cabeza y me aparté un poco para dejarle espacio, porque no éramos los únicos espectadores que disfrutaban del ambiente—. Se lo están pasando bien.
—Ya lo creo que sí. Parecen profesionales.
No sé si notó el débil resquicio de mala perdedora que impregnaba mis palabras, pero si lo hizo lo ignoró y tan solo se limitó a sonreír nostálgico.
El viento frío le sacudía el cabello rubio; lo llevaba lo suficientemente largo como para que le rozase la nuca.
—A Molly le encanta este lugar. Solíamos venir aquí hace años, pero cuando Lauren enfermó dejamos de hacerlo. Hace un par de Navidades volvimos a recuperar esa vieja tradición y ahora, mírala, parece feliz —
concluyó sin apartar la vista de su hija, que aún huía despavorida del villano de Jack.
—Debió de ser muy duro.
Ethan asintió con la cabeza.
—Aún sigue siéndolo —sus ojos se apartaron de Nicole y se movieron siguiendo el rumbo de Molly. Emitió un suspiro—. Es difícil no pensar en Lauren cuando la miro —admitió apoyando un codo en la valla y girando el cuerpo hacia mí—, son muy parecidas. Los gestos, la sonrisa, esa mirada traviesa…
Me quedé en silencio sin saber qué decir, porque nada de lo que se me ocurrió me pareció que pudiese valer como consuelo. Nada consuela la pérdida, nada sustituye ni enmascara. Ethan me sonrió algo dubitativo mientras se sacaba la cartera del bolsillo trasero del pantalón y la abría. Me
tendió una fotografía y la cogí con las manos temblorosas por culpa del frío invernal.
—Es Lauren. Es… era preciosa.
—Sin duda lo era —admití y no lo dije por compromiso.
Lauren salía tumbada sobre un prado verde salpicado de diminutas flores blancas. Llevaba una camiseta holgada, granate, y unos vaqueros cortos algo deshilachados, pero no le hacía falta nada más para desprender sensualidad y feminidad. Quizá era por su sonrisa adorable, o el brillo de su cabello rubio y largo que descansaba sobre el césped, o puede que el desencadenante de esa exótica belleza tuviese que ver con su mirada inteligente y divertida. Pero, efectivamente, tal y como Ethan decía, Lauren era preciosa y no tenía nada que ver con un atractivo clásico o perfecto.
Le devolví la fotografía.
Nos quedamos callados un rato más.
—¿Te gusta Jack? ¿Te gusta mucho?
—¿Cómo dices…?
Lo miré alzando una ceja.
—¡Vamos! Te prometo que lo que hablemos en este momento no saldrá de aquí —dijo dándome un codazo amistoso—. Soy un hombre de palabra.
Tenía mis dudas. Le eché un vistazo rápido al centro de la pista donde Jack, su hermana y Molly seguían patinando. ¿Nunca se cansaban? Los tres parecían frescos y lozanos como si deslizarse por el hielo no supusiese ningún esfuerzo. Me tragué mis miedos y volví a centrarme en Ethan.
—Aclararé tus dudas si tú también respondes a mis preguntas.
—Ah, ¿es eso?, ¿buscas información? No puedo decirte nada relacionado con ese caso que os traéis entre manos. Además, si te soy sincero, casi nunca presto atención cuando me habla del tema —se adelantó.
—No. Preguntas sobre ti.
Se mostró interesado y flexionó una rodilla.
—¿Y qué puedes querer saber de mí?
—¿Hay trato o no hay trato?
—Trato —accedió sonriente.
—Vale. Contestando a tu pregunta, sí, me gusta Jack. No es lo que busco, pero me gusta. Espero que eso sacie tu curiosidad. Y ahora, en cuanto a ti,
¿tienes intención de rehacer tu vida?
—Espero hacerlo algún día —admitió.
—¿Y por qué no se lo dices?
—¿De qué estás hablando?
—Ethan… he visto cómo la miras.
Él rompió el contacto visual un segundo, solo un segundo, pero ese segundo me bastó para saber que estaba en lo cierto y que no me había imaginado nada. Puede que alguien que pasase tiempo con ellos habitualmente no se diese cuenta, precisamente por eso, por la familiaridad, la costumbre; pero a mí me habían bastado unos minutos para notar que Ethan parecía extrañamente risueño cuando estaba cerca de Nicole y, aún más revelador, que ella se sonrojaba cada vez que él abría la boca para decirle cualquier tontería, algo que desde luego no era propio de una chica que caminaba por ahí con la cabeza alta, pasos seguros y espalda recta como si nada ni nadie pudiese desestabilizarla.
—Jack tiene razón, estás totalmente chiflada —se rio nervioso.
—¿Jack te ha dicho que estoy chiflada? —grité.
—No te alteres; ¡total, a él le encanta eso de ti!
—Estás intentando cambiar de tema —insistí—. ¡Te gusta Nicole! Lo que todavía no consigo entender es cómo es posible que Jack, el infalible Jack que presume de calar a todo el mundo gracias a su gran instinto, no se haya dado cuenta. Y peor aún, ¿por qué no se lo has dicho tú?
—Baja la voz.
—No pueden oírnos desde aquí.
—Joder, Elisa, ¡es su hermana! No puedo… Es una de las leyes más básicas del código de colegas. Nada de hermanas. Está prohibido.
—Seguro que lo único que Jack quiere para los dos es que seáis felices.
Sé que parece un ogro, pero tiene corazón y todo —bromeé intentando disipar la tensión.
Ethan suspiró al tiempo que se frotaba el mentón con aire pensativo.
—Es complicado. Tú no lo entiendes. Y no sé cómo demonios hemos terminado hablando de mí y de mis problemas cuando se suponía que iba a interrogarte sobre Jack en plan «mejor amigo protector».
—Créeme, Jack no necesita que lo protejas. Él solito ya se encarga de ponerse encima varias capas antiadherentes, una armadura de hierro y spray anti-emociones. —Ethan esbozó una sonrisa, pero fue débil y efímera—.
¿Nicole sabe lo que sientes? ¿Se lo has dicho alguna vez?
Él dejó escapar un largo suspiro antes de asentir levemente con la cabeza.
Apoyó la cadera en la valla de la pista de hielo, dándole la espalda a los otros tres.
—Estuve… —guardó silencio—, estuve a punto de besarla. Y de eso hace casi medio año. Fue en verano, un día que se quedó en casa cuidando de Molly; cuando volví del trabajo y la vi allí, en mi cocina…, no sé qué se me pasó por la cabeza. Pero conseguí evitarlo en el último momento; por poco, pero lo hice. Desde entonces, Nicole está… ya sabes… enfadada conmigo, rara. O eso creo. Ya no hablamos como antes ni quedamos a solas… en fin, no sé por qué te estoy contando todo esto, Elisa.
—Porque piensas que no puedes hablarlo con Jack —repliqué con tristeza—. Y eso es horrible. Él es tu mejor amigo, ¿por qué no le explicas esto mismo que me estás diciendo? Seguro que lo entendería.
—No es tan sencillo.
—¿Por qué?
—Me gusta Nicole, la adoro, pero no sé cómo funcionaríamos como pareja, no sé si nuestras vidas encajarían bien… ¿Y si no es así? No es una desconocida que pueda desaparecer en caso de que las cosas no salgan bien entre nosotros. Es su hermana; la persona que Jack más quiere en este mundo.
—Te da miedo arriesgar vuestra amistad…
Ethan hizo un asentimiento con la cabeza y se giró de nuevo hacia la pista de hielo justo para ver a su hija deslizándose a toda velocidad hacia nosotros seguida por los otros dos a la carrera. Casi por arte de magia, sustituyó la expresión taciturna por una espléndida sonrisa que Molly correspondió antes de abrazar a su padre y que éste la cogiese y la alzase para sentarla sobre la valla sin dejar de mantenerla agarrada.
—¿Me has visto patinar, papá?
—Todo el tiempo, princesa.
Nicole posó su mirada en Ethan y cuando él ladeó la cabeza y sus ojos se encontraron, ambos apartaron la vista a la vez. Cogí a Jack del codo antes de que se inclinase para desabrochar los cordones de los patines, a pesar de que Molly insistía en seguir durante un rato más.
—¿Te apetece dar una vuelta por el mercado navideño?
—¿Tú quieres hacerlo? —preguntó dubitativo.
—Sí, no sé, podríamos picar cualquier cosa; llevo media hora oliendo la comida y casi puedo escuchar a mis tripas gritando de frustración. —Jack se rio y asintió.
Unos minutos después, y tras dejar a Ethan, Nicole y Molly inmersos en otra ronda de patinaje, nos perdimos entre la gente y el mercado de Navidad, «Holiday Shops», que reunía a artesanos y vendedores de todo el
mundo. Parecía sacado de un cuento infantil con sus casitas de cristal entre las luces ambarinas. Caminamos a paso lento, sin prisa, disfrutando del ambiente. Olía a café, a calabaza y a gofres recién hechos. Pasamos junto al famoso carrusel y seguimos caminando un rato más envueltos por un cómodo silencio que Jack terminó rompiendo:
—Te gusta esto, ¿verdad?
—¿Esto? ¿Bryant Park?
—Sí, la Navidad, el ambiente —aclaró y yo asentí con la cabeza—. ¿Por qué?
—Es mágico, familiar y cálido. Y también por todo lo que representa.
—¿Y qué representa?
—Cosas buenas. Encuentros, sonrisas, ilusión, recuerdos —le sonreí—.
Cuando era pequeña adoraba el día de Navidad. No es que hiciese nada especial pero… era especial. Ayudaba a mi madre en la cocina y entre las dos preparábamos la cena y el pastel de frutas para el postre mientras escuchábamos alguno de sus discos antiguos y bailábamos… Era divertido
—concluí con la sensación de que había hablado de más; de que, en realidad, Jack no querría escuchar todas esas niñerías de mi infancia. Tragué saliva y, por supuesto, él percibió mi incertidumbre.
—¿Qué ocurre?
—Te estoy contando tonterías.
—Me gustan tus tonterías —sonrió.
—¿Tomamos algo? —pregunté incómoda.
Estábamos frente a un puesto de bebidas, justo en medio de uno de relucientes bolas navideñas pintadas a mano y otro de dulces. Yo me pedí una apple cinder calentita y Jack prefirió un pumpkin spice latte, que era un café con leche con un toque de calabaza, nuez moscada y clavo. Sorbí de mi pajita mientras seguíamos caminando.
—¿Y qué más hacíais?
—Nada. Eso. La cena para las dos.
Tras tragar, Jack ladeó la cabeza mirándome.
—¿No te reunías con tu familia?
—Mi madre es mi única familia —expliqué.
—No lo sabía —añadió en un susurro.
Intenté sonar animada cuando hablé de nuevo:
—¿Y tú? ¿Qué hacías en Navidad?
—Mi madre y yo solíamos celebrarlo con la familia de Ethan. Ya sabes, vivíamos casi puerta con puerta, como ahora; nos reuníamos todos allí y era un poco caos, pero guardo buenos recuerdos de aquello. Desde que ella murió, suelo pasar esos días en casa de mi padre, aunque algún que otro año he terminado aprovechando estas fechas para viajar.
—Lamento lo de tu madre, no tenía ni idea.
Jack abrió la boca para decir algo más, pero volvió a cerrarla.
—Era una mujer muy… triste.
—¿Qué quieres decir?
—Casi siempre estaba deprimida, tenía muchas recaídas —explicó—.
Todo el asunto de mi padre la destrozó, era como si se fuese consumiendo con el paso de los años. Y no pude hacer nada para evitarlo. Era incapaz de dejar de quererlo, estaba obsesionada.
El silencio se deslizó entre nosotros unos segundos, a pesar del jolgorio que nos rodeaba. Me metí la pajita en la boca, le di un trago a mi bebida y degusté los grumos de manzana y el sabor más fuerte y cítrico de la naranja y las especias.
—¿Cómo es tu padre? —me atreví a preguntar.
—Complicado. Sí, esa es la palabra que Riley Daunfrey debería llevar escrita en la frente —se rio a pesar de que el asunto parecía mantenerlo en
tensión y yo me guardé mi opinión sobre lo raro que me resultaba que lo llamase por su nombre—. Es exigente, perfeccionista y duro, pero sobre todo lo primero: exigente.
—¿En qué sentido?
Jack encestó el vaso ya vacío de su bebida en una papelera cercana y se metió las manos en los bolsillos. Por un momento, solo un momento, parecíamos una pareja normal saliendo por ahí, hablando y conociéndonos sin barreras. Era, quizá, la primera vez que estábamos solos fuera de las cuatro paredes de nuestras casas y sin intentar quitarnos la ropa el uno al otro.
—Para él solo sirve aquello que es útil o que puede demostrarse mediante un papel, un contrato o un nuevo puesto de trabajo, qué sé yo, algo que pueda palpar. Es el mejor apartando las emociones a un lado y fijándose tan solo en lo esencial, en lo que de verdad importa.
—¿Qué se supone que es lo que de verdad importa?
—Ganar. Ser mejor. Tener siempre un objetivo. Y ser ambicioso. Muy ambicioso.
Lo miré de reojo antes de hablar en voz baja.
—¿Y tú estás de acuerdo?
—Supongo que sí —se encogió de hombros.
La melodía de su teléfono comenzó a sonar y lo sacó del bolsillo de su abrigo. Era Ethan. Jack habló con él un par de minutos y acordaron verse al día siguiente. Cuando colgó, estaba frotándome las manos entumecidas por el frío.
—¿No vamos a volver con ellos?
—No —sonrió de lado, se acercó y me rodeó la cintura con un brazo—.
Me he dado cuenta de que nunca salimos solos por ahí y he decidido
hacerte una demostración totalmente gratuita de lo que debería ser una cita perfecta con cualquiera de esos pardillos con los que piensas quedar.
Fruncí los labios para evitar reírme.
—¿Buscas una excusa para pasar más tiempo conmigo? —me burlé.
—En un ejercicio de modestia y humildad, admitiré que pasar tiempo contigo no es tan insufrible como pensaba; es más, me atrevería a decir que hace semanas que ya no llevas ese palo en el culo. —Logró esquivar mi puño, que iba directo hacia su cara—. Así que si a eso le añadimos que no quiero que termines en el altar junto a algún capullo del que te divorcies unos meses después… bueno, ¿qué me dices?, ¿vas a negarte a tener una primera y última cita conmigo? Sabes que puedo ser muy persuasivo.
Inspiré hondo. Me sentía enfadada, agradecida y dubitativa, todo a un mismo tiempo. Y sensible, sí, muy sensible, como si cada palabra fuese un cuchillo afilado o una caricia suave. Repasé mi calendario mental, intentando encontrar alguna explicación lógica a esas emociones enrevesadas y sin sentido que cada vez me asaltaban con más frecuencia.
Ah, ¡ahí estaba, sí! En breve me llegaría el periodo. Eso lo explicaba todo,
¿no? La inestabilidad, los cambios de humor y ese alto nivel sensitivo.
Sonreí más tranquila.
—Está bien. Acepto esa cita.
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