Tal vez tu
16 Retomando el control
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Retomando el control
Había quedado con Julia Palmer en un restaurante de comida vegetariana que apenas llevaba dos meses abierto. El lugar era bonito, con plantas de hojas ovaladas en cada esquina y mesas de madera a juego con las sillas.
Me senté cerca del ventanal que daba a una calle de Murray Hill y esperé pacientemente durante veinte largos minutos. Estuve a punto de sufrir un infarto cuando la vi atravesar la puerta principal acompañada por un fornido hombre. Iba vestida con un conjunto de color rojo cereza y pronunciado escote que, desde luego, no parecía demasiado apropiado para las bajas temperaturas que azotaban la ciudad desde comienzos del invierno.
Me puse en pie. Y entonces lo vi.
Llevaba una especie de rata dentro del escote. Era de color negro, con dos ojillos redondos y brillantes y la cabeza calva. Pestañeé confundida.
—¿Qué demonios es eso? —pregunté.
—¿Esto? Ah, ¡ Bigotitos! ¿No es adorable?
—Pero… —comencé a decir.
—Señorita, no está permitido entrar con animales de compañía en el establecimiento. —Se apresuró a sancionar uno de los camareros.
Malhumorada, Julia arrugó la nariz.
—¿Qué tipo de vegetarianos sois? ¡No puedo abandonar a mi perro fuera!
¿Dejaríais que un animal muriese de frío? —gritó, y varias personas que estaban comiendo en el restaurante se giraron para contemplar la escena.
Deseé que se me tragase la tierra.
—Señorita, nosotros no…
—¿Vosotros no qué? ¿No amáis a los animales?
Un agujero. Solo pedía que un agujero se abriese bajo mis pies para poder desaparecer. Me llevé los dedos al puente de la nariz y suspiré hondo.
—Está bien. Puede quedarse si no lo saca de… de… ahí. —El pobre camarero señaló a la mascota que, en aquellos momentos, era como una tercera teta apretujada entre las otras dos—. Ahora les traeré la carta.
Julia y yo nos sentamos, pero su acompañante se disculpó para ir a los servicios. Me incliné un poco sobre la mesa e hice un esfuerzo para apartar la mirada de Bigotitos y centrarla en ella. A decir verdad, el chihuahua era una monada y eso que a mí jamás me habían gustado los perros.
—Espero que no se te haya ocurrido la brillante idea de traer al jardinero
—la advertí.
—¿Qué jardinero? —Julia arrugó el entrecejo.
«No sé, no sé, ¿al que se la chupaste?», estuve a punto de decir a voz de grito. Me mordí la lengua e intenté buscar las palabras adecuadas.
—Tu amante. O algo así.
—Ah, ¡ése jardinero! —soltó una carcajada.
—¿A cuántos jardineros has conocido tú?
—A uno. —Julia me miró extrañada.
Tomé un par de inspiraciones seguidas. Era imposible mantener con ella una conversación coherente; decir que tenía una neurona era ser demasiado optimista.
—Vale, olvídate de eso. ¿Quién es ese hombre que ha venido contigo?
—Su representante —respondió una voz masculina a mi espalda.
El tipo, que tenía una barba pronunciada y la cabeza rapada, se sentó al lado de Julia y metió la mano entre sus tetas para acariciar al chihuahua.
Antes de que pudiese decir nada, apareció el camarero con la carta y poco después tomó nota del pedido. Crucé las manos sobre la mesa.
—No me habías dicho que tenías un representante…
—Claro, porque antes no lo tenía —respondió Julia, tan obvia como siempre—. Lo conocí este fin de semana. Julien se ha ofrecido a convertirme en una estrella. ¿Y no te parece una feliz coincidencia? Julia y Julien. Supe que tenía que ser una señal.
Aproveché que acababan de servirnos las bebidas para darle un sorbo a mi zumo de naranja natural y tomarme unos segundos para procesar la situación. «Cálmate», me dije a mí misma.
—¿Qué clase de estrella? —le pregunté directamente a Julien.
—Quiero potenciar su don natural.
—¡Vuelvo a la barra! —canturreó Julia felizmente.
—¿La barra?
—¡La barra de stripper!
—Oh, ¡no, no, no! —Me faltó poco para escupir el zumo y el chihuahua pareció asustarse cuando alcé el tono de voz—. ¡De ninguna manera, Julia!
Al menos, no hasta que hayamos formalizado todos los trámites del divorcio. Después, por mí puedes dedicarte a la industria del porno si es lo que quieres.
—Uhm, el porno… —tanteó pensativa.
—No se me había ocurrido —Julien me sonrió fascinado como si fuese una descendiente perdida de Einstein.
Cerré los ojos e ignoré que acababa de llegarme un mensaje al móvil.
—Por favor, chicos, centrémonos. Necesitamos mantener una actitud lo más neutra posible hasta que el divorcio quede cerrado; de hecho, quería proponerte que asistieses a alguna actividad de voluntariado durante estas próximas semanas. Por ejemplo, servir la cena de Navidad en algún comedor social. Tenemos que cubrirnos las espaldas y si algo saliese mal y al final hubiese que ir a juicio, no está de más tener ciertas bazas.
Julia arrugó la nariz.
—¿Servir cenas?
—Eso he dicho. Te dará buena imagen.
Julien asintió con la cabeza y me miró con admiración antes de volver a centrar sus ojos en su compañera.
—¡Tiene razón! Imagínate. Podemos explotarlo después del divorcio. Ya veo los carteles con tu fotografía empapelando toda la ciudad con el lema
«De ángel a demonio»; la chica que cambió por amor y perdió su inocencia.
Tampoco es que lo de que se me tragase la tierra fuese primordial. Me conformaba con que un meteorito cayese encima del restaurante. O con un ataque nuclear. No sé, cualquier cosa era mejor que tener que comer con Julien y Julia.
Ella aplaudió animada. Qué sorpresa.
—¡Es maravilloso! —exclamó.
—Bien, entonces harás el voluntariado —atajé y, cuando el camarero pasó por mi lado le pregunté si podía ponerme la comida para llevar porque me había surgido un imprevisto—. Ahora, necesito que me digas qué lugares suele frecuentar Frank cuando está en la ciudad, ¿recuerdas alguno?
—Bueno… le gusta ir a Coudark, una de esas tabernas oscuras. Y
también al club de striptease en el que nos conocimos, claro.
—¿Puedes darme la dirección de ambos sitios?
Salí del restaurante vegetariano con una bolsa de comida en la mano y dos lugares que no me apetecía nada visitar, pero a los que me acercaría para ver si conseguía averiguar algo que me fuese útil. Pensar en el caso me hizo sentir un tirón en el estómago. Jack. No lo había visto desde hacía tres días, pero tenía la sensación de que habían pasado meses desde la última vez que estuvimos juntos en su casa. Me estaba preguntando si él también
estaría trabajando, cuando saqué el móvil del bolso y leí el mensaje que me había llegado antes de bajar a la estación de metro.
De Jack Helker. Para Elisa Carman.
Asunto: ¿Estás libre?
¿Qué haces esta noche? Quiero verte.
Y tengo listo tu perfil…
Jack Helker (con los deberes hechos)
De Elisa Carman. Para Jack Helker
Asunto: ¿Mañana?
Hoy es viernes, he quedado con las chicas.
¿Nos vemos mañana?
PD: Tengo que revisar ese perfil.
Elisa Carman.
De Jack Helker. Para Elisa Carman.
Asunto: No puedo
Dada tu imprevisibilidad habitual, deduzco que estarás por Greenhouse Club, ¿cierto? El sábado por la noche tengo que quedarme con Molly. Te llamo el domingo.
Jack Helker (Holmes)
«¡Qué idiota!»
Aunque, sí, estaría por allí. Pero no porque fuese «predecible» como él pensaba, tan solo era que teníamos la costumbre de quedar en ese lugar…
¿por qué cambiar algo que nos funcionaba genial? Puse los ojos en blanco antes de contestar y meter el móvil en el bolso.
Llegué a casa, comí mientras veía el capítulo ciento veintiocho de la telenovela (la lasaña vegetal estaba riquísima), y luego estuve leyendo un par de informes. Tras cerrar el caso de Kevin, tenía que elegir algún otro del que ocuparme y Henry me había ofrecido dos opciones diferentes. Hacia mitad de la tarde, cansada, llamé a mamá y estuve un rato hablando con ella y escuchando los milagros del último producto de limpieza que había descubierto (una lejía con jabón y olor a hierbabuena, lo que me hizo pensar que el fin del mundo estaba cerca). Después vi otro capítulo antes de meterme en la ducha y empezar a arreglarme.
Esa noche había quedado con Hannah, Dasha y Clare en el local de siempre, pero también con Aiden. Tan solo había ido a entrenar un día en toda la semana y, a raíz de eso, Aiden había creído deducir que seguía enfadada con él, algo que no era cierto. Simplemente sentía… menos estrés.
Y puede que el sexo tuviese algo que ver, sí. La cuestión es que, para que dejase de repetírmelo y convencerle de ello, le dije que se apuntase al plan del viernes por la noche y él aceptó encantado y me aseguró que, además, se traería a su amigo más decente.
Así que tenía una especie de cita…
¿Qué se ponía una para una «especie» de cita?
Cobijada bajo el albornoz, repasé mi armario. Tenía vestidos negros con escotes ovalados, cuadrados, cerrados e incluso uno que se perdía hacia abajo como si quisiese llegar al ombligo y que tenía que ponerme sin sujetador. También había todo tipo de medidas; largos, por debajo o encima de la rodilla y algunos ridículamente cortos. Suspiré. Era como estar dentro de un funeral. La verdad es que el negro me gustaba, y mucho; me parecía elegante y sexy, pero quizá sí debería empezar a ser un poco más abierta, más… impredecible.
Terminé decantándome por una blusa negra, de tela vaporosa y sin mangas, que combiné con una falda en tonos grises que tenía algunas lentejuelas. «Al menos era un poco diferente», me dije mientras me miraba en el espejo, justo antes de ponerme los tacones y coger un bolsito pequeño que pendía de una cadena fina.
Cuando llegamos al local, estaba tan nerviosa que parecía un flan andante. Nos sentamos en el reservado de siempre y pedimos cuatro margaritas. Casi le quité el mío al camarero cuando se acercó con las copas.
—Cualquiera diría que llevas siglos sin tener una cita… —bromeó Dasha.
—Y así es. De hecho, faltaría poco para el siglo —admití.
Hannah dejó de beber y me miró consternada.
—¿Acostarte con Jack Helker no cuenta como cita?
Casi escupo el sorbo de margarita. Las otras dos se llevaron una mano a la boca con los ojos muy abiertos. Mierda. Y más mierda. No es que quisiese mantenerlo en secreto, aunque, era lo más sensato, pero tampoco tenía intención de ir pregonándolo por ahí ni mucho menos delante de personas que lo conocían y se movían en su entorno. Las amigas de Hannah me caían bien, pero no tenía con ellas la suficiente confianza como para relatarles con pelos y señales ese tipo de cosas. Incluso en lo referente a Colin, había sido bastante escueta con ellas: me limitaba a proferir insultos sin ton ni son y poco más.
—¿Te has tirado a Jack? ¿A ese Jack?
—Bueno… es… es una larga historia —mentí.
—¡Genial! ¡Tenemos toda la noche!
Y así fue como me vi obligada a contarles por encima lo que había ocurrido; omití gran parte de la historia y resumí el resto sin entrar en detalles.
—¿Sabes la suerte que tienes?
—Eso me deja un poco a la altura del betún —me quejé.
—No quería decir eso, pero Jack es difícil de «cazar», tú ya me entiendes. Creo que su relación más larga fue con la modelo Kate Rowen, pero la dejó cuando ella se refirió a él como «su pareja» en una entrevista para una revista de moda —explicó Dasha—. Se lo tiene demasiado creído, espero que tú le bajes esos humos.
Me encogí de hombros y le di otro trago a la bebida. Lo cierto es que me daba igual si se lo tenía creído o no, porque a mí lo único que me importaba era lo que tenía entre sus… sí, piernas, ¿para qué adornar la aplastante realidad? De cualquier modo, estaba convencida de que Jack era mucho más inseguro de lo que aparentaba ser y que, quizá, lo camuflaba con su agresividad laboral y ese ego fuera de control. Pero a mí sus dramas personales me parecían menos interesantes que la vida de un guisante desde su concepción hasta la salida de su vaina.
—Es algo esporádico, nada importante. Por eso estoy nerviosa con la cita de esta noche. Quiero decir, me cuesta un poco eso de conocer a alguien de verdad sin tener la intención de pasar por su cama después.
—Es fácil, tú limítate a preguntarle cosas sobre su vida; a los hombres les encanta hablar de sí mismos. Son narcisistas por naturaleza —atajó Clare.
Hannah negó con la cabeza y me sonrió. Una de esas sonrisas suyas que serían capaces de conseguir que un asesino a sueldo dejase las armas y firmase un acuerdo de paz mundial.
—Olvida eso, ¡nada de fingir! Solo tienes que ser tú misma, Elisa.
—¿Has leído esa frase en algún sobre de azúcar? —preguntó Dasha tras soltar una carcajada—. Vamos, fíjate lo que le ocurrió a la pobre con Colin: se relajó, fue ella misma y ¡zas! ¡Infiel a la vista! Por desgracia, todavía no
he encontrado a ningún hombre que acepte que, sí, me tiro pedos, y sí, tengo inquietudes y además…
—¡Madre mía! ¿De verdad esta es la primera copa? —la interrumpió Clare.
—Verdades como puños —concluyó Dasha.
—Chicas, creo que nos estamos desviando del tema. El problema es que no busco un lío, sino al padre de mis futuros hijos —expliqué y Hannah se llevó una mano al pecho y profirió un dulce «ohhh»—. Así que no puedo estar fingiendo durante, no sé, cuarenta años, necesito gustarle. Y que él me guste a mí, claro.
Mi móvil vibró en ese preciso instante. Era Aiden. Habíamos acordado encontrarnos en la puerta cuando llegasen. Le pedí a Hannah que me acompañase y nos encaminamos hacia allí esquivando a los clientes que empezaban a llenar el local. Una enredadera escalaba por el muro de la salida principal y allí, apoyado en la pared, estaba Aiden junto a un chico de cabello rubio, alto y de rasgos angulosos. Hice un análisis completo de él en menos de medio minuto, justo antes de que Aiden me viese.
Primer filtro superado: era atractivo.
—¡Aquí está mi chica! —gritó Aiden mientras me estrechaba entre sus fornidos brazos. Luego me soltó y bajó la barbilla—. Porque sigues sin estar enfadada conmigo, ¿verdad?
—Deja de decir tonterías, nunca he estado enfadada contigo.
Le di un manotazo en el hombro mientras le dirigía una mirada coqueta a su amigo. Visto de cerca era aún más mono, tenía una mandíbula cuadrada y muy varonil.
—Elisa, te presento a Paul.
—Encantado de conocerte.
Me sonrió. Fue una sonrisa bonita.
—Lo mismo digo —correspondí el gesto antes de coger a Hannah del brazo—. Ella es mi amiga Hannah. Tenemos un reservado dentro y nos están esperando, así que, si os parece, podemos tomar algo juntos —
propuse. Me parecía un buen plan poder ir conociendo a Paul estando cerca de los míos, así evitaríamos los silencios incómodos.
Nos encaminamos hacia allí y les presentamos a Dasha y Clare. Yo me terminé lo poco que quedaba de mi margarita y pedí otro. Por suerte, pronto todos los presentes empezaron a hablar y me sentí más cómoda y relajada.
Paul jugueteó con la etiqueta de su cerveza antes de mirarme y dedicarme otra sonrisa radiante.
—Así que entrenas con Aiden y eres abogada.
—Eso es —asentí—. ¿Vosotros os conocéis desde hace mucho tiempo?
—Hará un par de años. Aiden empezó a tontear con mi novia y yo fui a su gimnasio y le di una paliza. Lo bueno es que me libró de casarme con esa chica. Y lo malo que, no me preguntes cómo, pero terminamos por hacernos amigos y ya sabrás que aguantarle no es nada fácil.
Oh, era bueno. Me gustaba que tuviese sentido del humor.
—¿Estáis hablando de mí? —se inmiscuyó Aiden desde el otro extremo del reservado.
—De ti y de lo capullo que eres, sí —respondió Paul.
Me giré feliz y radiante hacia Paul con la copa en la mano.
—¿Sabes? Veo que tenemos muchas cosas en común.
Estuvimos charlando un rato más; la conversación era fluida y agradable, pero tenía la sensación de que un par de nubarrones negros y muy feos se balanceaban sobre nuestras cabezas. Por su forma de abordar los temas más recurrentes, Paul tenía experiencia en esto de las citas y, aunque me caía simpático, echaba en falta esa chispa de anticipación y atracción. Mientras él seguía hablando, me mordisqueé la uña del dedo meñique e intenté borrar
de mi mente el estremecimiento que me sacudió la primera vez que mis ojos tropezaron con los de Jack en ese mismo local. El deseo. Las ganas de besarlo a pesar de no conocerlo de nada. Mi debate interior al alejarme de él…
Paul carraspeó suavemente llamando mi atención y continuó relatándome sus últimas hazañas deportivas con todo lujo de detalles. A decir verdad, nuestras afinidades eran escasas. Para empezar, a él le encantaba el surf, la escalada y cualquier otro deporte de riesgo. Yo odiaba los deportes de ese tipo. Y el primer problema surgió cuando media hora después, mientras bailábamos en la sala central, me propuso acompañarle a una playa cercana el próximo fin de semana:
—¡Claro! ¡Suena genial!
—Estupendo —sonrió.
El problema era que no sonaba nada genial y acababa de soltarle una mentira de las gordas. Sonaba terrible: enfundarse en un incómodo traje de neopreno, meterse en el agua helada en esa época del año, intentar subirme a un trozo de madera como si el Titanic acabase de hundirse y caerme una y otra vez.
Chasqueé la lengua.
—Perdona, pero no. Lo siento.
Paul pestañeó confundido.
—¿Cómo dices…?
—Te he mentido. No me apetece ir a hacer surf, creo que es una cita muy original y estoy segura de que a cualquier otra chica le entusiasmará la idea, pero no es lo mío. Di unas cuantas clases cuando fui con mis amigas de viaje a California el año pasado, pero, si he de ser sincera, no le encontré la gracia.
Paul frunció el ceño en un primer momento, pero terminó suavizando su expresión sin dejar de moverse al son de la melodía que sonaba en la sala.
—Lo entiendo, no importa —dijo, aunque, teniendo en cuenta que un minuto después se alejó de mí y empezó a bailar felizmente con una morena de metro ochenta y culo respingón, supuse que en realidad sí le había importado. En fin. Llegados a ese punto de mi vida, creía que era mejor ser sincera que perder el tiempo en citas que estaban destinadas al desastre desde antes de empezar.
Había perdido de vista a las chicas y a Aiden, así que cerré los ojos y bailé sin pensar en nada ni en nadie, tan solo disfrutando del momento.
Unas manos me rodearon la cintura con delicadeza.
Supe que era él antes de girarme.
—Estás preciosa esta noche —me susurró.
Era increíble que en apenas una semana me hubiese aprendido de memoria el aroma de su colonia y el tacto de sus dedos sobre de mi piel. Me di la vuelta. Jack no bailaba, tan solo estaba allí en medio de todos los que sí lo hacían, quieto, mirándome bajo las luces tenues que palpitaban al ritmo de la música. Noté que se me encogía al estómago al ver lo guapo que estaba. Tenía la insólita capacidad de conseguir que, de repente, el resto de la sala fuese invisible para mí.
—Gracias. No me dijiste que vendrías.
—No pensaba hacerlo. Tenía una cena de trabajo. —Me cogió de la mano y me atrajo hacia su pecho; le rodeé la espalda con un brazo sin dejar de bailar—. Y luego no estaba seguro de querer interrumpirte.
«Así que me había visto con Paul».
—¿Estás celoso? —me burlé.
—Nena, no me hagas reír.
—Solo era una pregunta.
—Una pregunta estúpida —replicó justo cuando apoyaba la cabeza en su hombro y él seguía mis pasos a un ritmo lento y relajado—. ¿Era una especie de cita? —asentí—. ¿Y qué tal ha ido la cosa?
—No muy bien, aunque era majo y eso. Quería que quedásemos el próximo fin de semana para practicar surf y al principio contesté que sí, pero… luego le dije que estaba mintiendo y que en realidad no me gustaba el plan.
—¿No te gusta el surf?
Jack me hizo cosquillas en la nuca al hablar y me estrechó con más fuerza contra su cuerpo. Y era cálido, duro y confortable. Inhalé hondo, llevándome conmigo ese aroma que era una mezcla entre jabón y colonia.
—No. He probado un montón de deportes a lo largo de mi vida, porque a Colin le encantaban, pero a mí tan solo me han gustado el boxeo y correr.
—¿Quién es Colin? —preguntó.
Ni siquiera había sido consciente de estar pronunciando su nombre, compartiendo con Jack esa parte de mi vida; simplemente lo dije como si fuese lo más normal de mundo y él ya estuviese al tanto de mi desengaño amoroso.
—Es… es un chico con el que estuve saliendo.
Jack asintió despacio y pareció captar a la primera que no quería hablar de eso con él. Me gustaba que siempre se diese cuenta de ese tipo de detalles, que pudiese anticiparse a lo que necesitaba en cada momento. Me sostuvo por la barbilla y me vi obligada a mirarle a los ojos antes de que sus labios atrapasen los míos.
Nos besamos como si llevásemos días esperando ese momento.
Sus manos bajaron con lentitud hasta mis caderas y su cuerpo encajó con el mío cuando mi espalda chocó contra la pared de atrás. Nuestros labios se acariciaron, se buscaron y se encontraron durante lo que me parecieron
horas; primero lentamente, suave, después casi con desesperación, ansiosos.
Terminé hundiendo los dedos en su cabello y le mordí con cuidado el labio inferior. Jack sonrió y me besó en la punta de la nariz antes de apoyar su frente sobre la mía.
—¿En qué piensas? —preguntó.
—En nada —mentí.
—Vamos, dímelo.
«Puñetero Jack».
—En que así de fácil debería ser todo.
Jack arqueó las cejas. Sé que me entendió. Entendió que buscaba a un hombre que no se parecía en nada a él, sí, pero que en eso del deseo y la atracción me conformaba con encontrar algo similar a lo que sentía cuando estábamos juntos. Porque no estaba segura de que pudiese ser «más». Tenía las piernas temblorosas, los labios hinchados y aún ávidos de sus besos, y unas ganas terribles de marcharme de allí y pasar un rato con él entre las sábanas.
—Fácil… —repitió Jack en un susurro mientras me separaba un poco de la pared y deslizaba su mano por mi trasero. Me entró la risa tonta un segundo, pero se extinguió de inmediato cuando noté sus dedos acariciando el borde del bajo de la falda.
—¿Qué estás haciendo?
—Shh, ¿no confías en mí?
—No mucho, la verdad.
Él se echó a reír y subió un poco más hasta acariciarme el muslo. Tragué saliva y miré a mi alrededor. Las luces intermitentes tenían la culpa de que apenas se distinguiesen los rostros de la gente que bailaba y saltaba en medio de la pista. Nadie parecía prestarnos atención, pero aun así… aun así…
Tuve que sujetarme de su hombro cuando me presionó el culo con la mano. No estaba muy segura de si quería que parase o que siguiese un poco más. Inspiré hondo, aturdida.
—Joder, llevas tanga… —masculló entre dientes—. ¿Tú quieres volverme loco?
—Vámonos a casa —supliqué.
No hizo falta que se lo repitiese. Jack dejó de acariciarme, me colocó bien la falda y me cogió de la mano antes de encaminarse hacia la salida. Ya en el taxi, hice malabarismos para enviarle un mensaje a Hannah mientras Jack se proponía terminar con todo mi autocontrol y ofrecerle al taxista un espectáculo gratuito (quise pensar que por eso nos cobró menos de lo que debía). Al llegar a casa, no conseguimos entrar en la primera habitación.
Jack me arrinconó contra la puerta y esta vez sus manos se perdieron bajo mi falda sin ningún tipo de control, tirando de la ropa interior mientras yo me encargaba de quitarle la suya. Lo hicimos en el suelo, rápido y fuerte, duro y ansioso como si llevásemos semanas sin tocarnos. Al acabar, Jack rodó hacia un lado, se quitó el preservativo y, cuando nos miramos, ambos empezamos a reírnos a la vez.
—Creo que deberíamos dejar de hacerlo en los recibidores.
—Por intentarlo… —contestó Jack sonriente.
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