Tal vez tu

Alice Kellen · Capítulo 27 de 37

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Tal vez tu

27 Desengaños

27

Desengaños

Henry gruñó en cuanto me vio entrar en la oficina; paró de hablar con uno de mis compañeros cortándole con brusquedad y se dirigió a mí con paso amenazante antes de sisear un «te veo en mi despacho». Así que dejé el maletín en mi escritorio y luego me dirigí hacia allí. Henry estaba sentado tras su mesa, con la mirada fija en un par de papeles que tenía encima y el ceño fruncido. Alzó la cabeza al escuchar el ruido que hice al cerrar la puerta a mi espalda. Me senté.

—¿Todo va bien? —pregunté cohibida.

—Si a ir bien se le puede llamar a entregar dos informes tarde y seguir sin conseguir ni una mísera prueba con la que poder negociar con Helker y su equipo, sí, supongo que todo va bien —ironizó—. ¿A qué demonios estás jugando, Elisa?

—Lo tengo todo bajo control.

—Permíteme que lo dude —replicó enfadado—. ¿Y qué ocurre con esos informes?

Inspiré hondo y solté el aire despacito e intentando calmarme. Llevaba años matándome, anteponiendo mi empleo a todo lo demás, llevándome a casa el exceso de trabajo y dedicándole mis tardes libres, tal como había hecho el lunes de esa misma semana al acercarme con Hannah a los dos lugares que Frank Sanders frecuentaba. Y no me quejaba por lo que hacía, sino porque Henry era incapaz de ver nada de todo eso, valorarlo y reconocer que me esforzaba como nadie.

—Los informes los entregué dentro del plazo.

—Ya, pero es impropio de ti dejarlo para el último momento.

—¿Qué importa eso? Cumplí con mi trabajo, cumplí con el plazo —

repetí—. Llevo años dedicándome a este bufete en cuerpo y alma. No entiendo que estés decepcionado conmigo. He conseguido un buen trato en el divorcio de Julia Palmer teniendo en cuenta la situación, pero a ti no te parece suficiente —me defendí.

Henry me sostuvo la mirada y jugueteó con uno de sus bolígrafos mientras esbozaba una sonrisa lobuna.

—¿Sabes por qué son pocos los becarios que consiguen un contrato fijo en mi empresa y por qué decidí contratarte hace años? Porque busco a los mejores. No quiero gente mediocre, quiero personas ambiciosas. Y tú, Elisa, eras la ambición personificada.

«Y seguía siéndolo», me dije. La única diferencia era que antes solo me importaba eso, no había nada más, y ahora quería poder centrarme también en otras cosas; en mí misma, para empezar, en mis amigas, en mi madre, en salir por ahí al terminar el trabajo a tomar una copa sin pensar en la pila de informes que me esperaban para acompañarme hasta las tantas de la madrugada, y en conocer a alguien y ser feliz, disfrutar, viajar…

Contuve el aliento al recordar las palabras de Jack, esas palabras que habían roto cualquier atisbo de esperanza entre nosotros, y sacudí la cabeza, aturdida, porque no era el momento de pensar en eso.

—Lo siento… Yo… yo…

—Tú tienes que espabilar —gruñó.

—De acuerdo. Creo que el otro día… encontré algo… —balbuceé insegura, porque todavía no le había contado nada sobre las infidelidades de Frank ni la paliza que terminó dándole al famoso jardinero, antes quería tenerlo todo atado y bajo control—. Te mantendré informado.

—Está bien —suspiró sonoramente, como si hablar conmigo fuese un fastidio para él.

—¿Puedo irme?

—Sí, sí, vete —me despidió.

Salí del despacho más confundida que nunca.

Ni siquiera sabía ponerle nombre a lo que sentía. Una mezcla entre miedo, porque era incapaz de imaginarme sin ese trabajo, y al mismo tiempo rabia, porque pensaba que no me merecía el trato que Henry me estaba dando durante las últimas semanas. Caminé a paso rápido hasta mi despacho y cerré la puerta al entrar antes de llamar a Julia Palmer. No lo cogió. Me armé de paciencia y le escribí un mensaje.

De Elisa Carman. Para Julia Palmer.

Asunto: Datos de contacto.

Julia, tal como te pedí hace un par de días, necesito los datos de contacto del jardinero. Gracias.

Elisa Carman.

Contestó a los diez minutos.

De Julia Palmer. Para Elisa Carman.

Aunto: Re:Datos de contacto.

¿Qué jardinero?

Julia Palmer.

«Joder».

Pensé que la vida era demasiado corta para estar perdiendo el tiempo con gente como Julia Palmer o Frank Sanders que, a esas alturas, estaba

convencida de que, en el fondo, hacían una pareja ideal; porque eran igual de mentirosos, egoístas y simples. Podría estar representando a alguien que tuviese un problema de verdad, salvando la selva del Amazonas en un tribunal o especializándome en aquel asunto de la comida basura dirigida a un público infantil que Jack comentó en su día y que tanto me enorgulleció ganar.

De Elisa Carman. Para Julia Palmer.

Asunto: Haz memoria…

El jardinero con el que practicaste sexo oral.

¿Recuerdas que quería ponerme en contacto con él?

Elisa Carman.

Esperaba que no sonase muy brusco, pero a esas alturas mi paciencia estaba bajo mínimos. Y no recordaba haber estado tan distraída en mucho tiempo. No dejaba de repetir en mi cabeza las palabras de Jack: «sí, deberías seguir haciéndolo». Sentí una opresión el pecho. ¿Qué esperaba?

Pues, según mi caótica mente, que hubiese dicho algo como: «no, olvídate de esas citas, intentémoslo nosotros; al fin y al cabo, nos gustamos, nos entendemos y el sexo es brutal». Y que luego me besase hasta la extenuación y me cogiese en volandas a lo Guardaespaldas antes de confesarme que todo ese tiempo había estado equivocado, no por él, sino porque hasta entonces no había encontrado a la mujer de su vida.

Me sobresalté cuando sonó el teléfono.

Era Hannah. Cogí la llamada.

—¿Cómo estás? —saludé.

—Bien… Yo… tenemos que hablar —dijo, pero su voz sonaba entrecortada.

—¿Dónde estás? No te escucho bien.

—Creo… que… enamor…

—¿Hannah?

—Y es perfect… pero… entonces tú…

—Hannah, no tienes cobertura.

Me levanté y me moví por el despacho hacia la ventana, aunque el problema no era mío, que siempre recibía allí llamadas sin sufrir ningún percance, sino tuyo.

—Tenía que… decirte… namorada —siguió.

Escuché el sonido de otra llamada entrante y, al apartarme el teléfono de la oreja, vi que se trataba de Julia Palmer. Puse los ojos en blanco, porque lo último que me apetecía era hablar con esa mujer.

—Hannah, me están llamando y no te escucho bien, hablamos en otro momento.

Colgué y unos segundos después la voz aguda de Julia llegó hasta mis oídos. La escuché reír, diciéndome que no había caído con lo del jardinero y tuve que morderme la lengua para no contestarle de malos modos. Me dijo que me dictaba su correo y su teléfono electrónico y se equivocó tres veces al deletrearlo.

—¿Es cierto que Frank le propinó una paliza? —pregunté para recabar toda la información posible antes de hablar con el tal Michael.

—Sí, le rompió tres costillas. Y la nariz.

—¿En serio? —arrugué la nariz—. Me sorprende que no se filtrase a la prensa.

—Le pagué para que no lo hiciese.

—¿Perdona, cómo dices?

—Le pagué —repitió puntualizando cada letra como si lo que yo no estuviese entendiendo fuese el significado de la palabra «pagar»—. El

pobre Frank estaba celoso.

—No te sigo —admití.

—Me pareció un acto bonito.

—¿La paliza?

—Ajá. Que defendiese mi honor, ya sabes.

Tomé un par de inspiraciones profundas antes de hablar entre dientes. Era como un volcán en erupción, podría haber escupido fuego de habérmelo propuesto.

—PERO TÚ SE LA CHUPASTE —dije.

—¡Ya lo sé! Pero a toda mujer le gusta que dos hombres se peleen por su amor. Fue muy romántico por parte de Frank, así que me aseguré de que el jardinero no hablase. No fui tan mala esposa, sabía valorar y premiar que mi marido hiciese algo bonito por mí —concluyó y yo me alejé de mi mesa llena de bolígrafos porque, a esas alturas, era consciente de que no necesitaba mucho más para intentar cortarme las venas con la punta de uno de ellos o con cualquier otra cosa afilada que encontrase sobre el escritorio.

Quería decirle muchas cosas. Quería decirle que era medio lela y que, para empezar, ni siquiera merecía el dinero que iba a recibir, porque incluso aunque él fuese un cerdo al menos se lo había ganado. Quería gritar que por culpa de mujeres como ella, que se conforman con ser meros floreros o asocian los celos con algo bonito que debe ser recompensado, el mundo iba cada día un poco peor. Quería decirle que el pobre perro no tenía por qué sufrir el tormento de ir todo el día metido entre sus enormes tetas. Y, ante todo, quería decirle que era una de las personas más desagradables que había conocido.

Pero no lo hice. Me quedé callada. Ausente. Fría.

—¿Elisa? ¿Sigues ahí? —gritó.

—Sí, gracias por los datos, veré lo que puedo hacer —logré decir—. Te llamo después de las vacaciones de Navidad.

—Oh, ¡genial! ¡Este año las pasaré en Las Vegas!

—Me alegro por ti. Felices fiestas —mascullé antes de colgar.

Esa misma tarde, en casa, adelanté todo el trabajo que tenía hasta que no quedó nada que hacer. Al terminar y a pesar del relajante ronroneo de mi gato sobre mis piernas, me sentí inquieta, aunque no tenía ninguna razón para estarlo. Me puse un capítulo de la telenovela e intenté relajarme y concentrarme en lo que estaba sucediendo, pero tenía la mente en otra parte.

En otra persona. En él.

Acabé con el teléfono en la mano.

De Elisa Carman. Para Jack Helker.

Asunto: Me aburro.

¿Qué haces?

Elisa Carman.

De Jack Helker. Para Elisa Carman.

Asunto: Ojalá me aburriese.

Todavía estoy trabajando…

Jack Helker (muy responsable).

De Elisa Carman. Para Jack Helker.

Asunto: ¿En serio?

Eres un hombre insaciable (en todos los sentidos).

Elisa Carman.

Sonreí tontamente antes de darle a enviar.

De Jack Helker. Para Elisa Carman.

Asunto: Puedes ser graciosa y todo.

Insaciable… en algunas cosas más que en otras.

Jack Helker (glotón).

De Elisa Carman. Para Jack Helker.

Asunto: Planes.

¿Quedamos mañana?

Elisa Carman.

De Jack Helker. Para Elisa Carman.

Asunto: El deber me llama.

No puedo, nena. Tengo una cena de negocios.

Jack Helker.

De Elisa Carman. Para Jack Helker.

Asunto: Pobre Jack.

¿Mejor el fin de semana?

Elisa Carman.

Contuve la respiración al leer su siguiente mensaje y es que me vino a la cabeza ese presentimiento que había tenido la pasada noche. Los besos dulces y amargos. El sabor de una despedida. La tristeza en sus ojos grisáceos…

De Jack Helker. Para Elisa Carman.

Asunto: Lo siento...

Estaré fuera, te llamo cuando vuelva.

¿Cómo van esas citas?

Jack Helker.

De Elisa Carman. Para Jack Helker.

Asunto: Lo entiendo.

Bien, gracias por preocuparte.

Elisa Carman.

Dejé el teléfono móvil a un lado y abracé uno de los cojines con fuerza.

Regaliz me miró con sus ojos ambarinos desde el otro extremo del sofá y de verdad que su expresión parecía decir «eres estúpida, humana». Puede que estuviese cierto. Que esa chica fuese mi verdadero reflejo.

Estúpida. Tonta. Enamoradiza.

Y de pronto me sentí muy sola. Y el apartamento me pareció enorme y silencioso y demasiado pulcro, con todo en su lugar, sin nada que señalase que aquello era mío. Me fijé en el mueble impoluto y grisáceo sobre el que estaba la televisión; lo había elegido Colin a pesar de que a mí nunca me convenció del todo. Y al lado se alzaban esos jarrones chinos de diferentes tamaños de color rojo que, por cierto, me parecían un esperpento. Suspiré.

No me veía a mí misma en nada de lo que me rodeaba. De haberse desatado un incendio y haberme pedido que eligiese tres cosas que llevarme conmigo, me habría bastado con una: el gato. Todo lo demás era prescindible. Había objetos que me gustaban, claro, muebles, utensilios de cocina (estuve semanas buscando ese cortador de calabacines con forma de espaguetis en un intento fallido por engañar a mi estómago), cuadros y

ropa, pero de pronto deseé cambiarlo todo. Casi todo. Cambiar los muebles que Colin escogió porque, en el fondo, ese aire tan minimalista no iba conmigo. ¿Y la especie de estatua griega que presidía el recibidor? Era horrible. Me asustaba cada vez que abría la puerta de casa.

Tras ponerme en pie, cogí un paquete de patatas fritas de la despensa y engullí varias de golpe. Mastiqué con furia. Cada día me sentía más confusa y no tenía muy claro si estaba perdiendo el control y volviéndome loca o, por el contrario, dándome cuenta al fin de lo que quería y lo que no, valorando mi vida, mis prioridades.

Dejé el paquete sobre la encimera y me dirigí hacia el recibidor. Cogí la estatua y las llaves y salí del, apartamento a pesar de llevar puestas las zapatillas de andar por casa. Dudé un instante cuando llegué a la puerta de la entrada y me crucé con una vecina que me miró como si acabase de ver a un caribú en biquini, pero finalmente salí del edificio e ignoré el aire frío del invierno mientras caminaba a paso rápido hasta el cubo de basura más cercano. Deposité la estatua al lado, que parecía mirarme enfadada en su postura imposible y regresé sobre mis pasos con la extraña sensación de no haber dejado allí solo eso, sino también una parte de mi vida.

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