Tal vez tu
28 Cuarta cita, quinta cita
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Cuarta cita, quinta cita
El fin de semana se presentaba como una de esas solitarias calles con tumbleweed, esos matojos rodantes que aparecen en las películas de Western.
Hannah tenía el teléfono apagado, Michael el jardinero no había respondido aún a mis llamadas ni a mis emails, mi madre se despidió de mí apresuradamente antes de colgar cuando la señora Dorothy llamó el viernes por la tarde a su puerta para tomar el té y de Jack no había vuelto a tener noticias.
Puede que fuese por todo eso por lo que decidí abrir la web de citas con mi flamante contraseña y repasar los últimos candidatos que me habían hablado. O quizá sencillamente lo hice porque estaba cabreada conmigo misma por, en primer lugar, colgarme por un tío que estaba claro que no era para mí y, en segundo lugar, haber tirado a la basura días atrás una estatua horrenda, sí, pero que en su día costó unos trescientos dólares; lo que no significaba que la echase de menos pero, no sé, podría haberla vendido por internet o llevarla a una de esas tiendas de antigüedades.
La cuestión es que terminé con la agenda del sábado ocupada por dos citas. Sí, dos. Había llegado a la conclusión de que era tan difícil encontrar a un tipo decente que lo mejor sería empezar a despacharlos de par en par, para ir rápido y no perder más tiempo. Me sentía tan apática y desencantada que ni siquiera me molesté demasiado en elegir mi atuendo y terminé vistiéndome como lo hacía todos los días, con unos vaqueros, un suéter calentito, botines y el abrigo. Dejé que mi cabello castaño se deslizase
libremente por mi espalda en suaves ondas y me puse un poco de rímel y de brillo en los labios, pero no me maquillé.
Rob Donson me había citado en un local moderno que se encontraba dentro de un hotel. Lo distinguí entre la multitud en cuanto entré, porque su fotografía de perfil era nítida y tenía un rostro anguloso y llamativo que no era fácil confundir. Vestía un traje de chaqueta oscuro, de marca, y leía unos papeles con gesto de concentración. Me acerqué a él y alzó la mirada como si hubiese detectado mi presencia.
—Hola, Elisa.
Sonrió con gesto seductor, se levantó y, en vez de estrecharme la mano, depositó un beso suave en mi mejilla que sacó a flote mis nervios. Me senté en la silla que había enfrente sintiéndome un poco incómoda. Suspiré. Rob llamó al camarero y pidió por mí una especie de cóctel de nombre raro.
Fruncí el ceño.
—Te agradezco el detalle, pero en realidad me apetecía un café.
—Hazme caso, nena, este cóctel te encantará.
Mientras guardaba los papeles que había estado leyendo en el maletín que llevaba, intenté ignorar que ese «nena» sonaba mil veces mejor en los labios de Jack, porque lo decía en un tono diferente; divertido, cariñoso, íntimo.
—Así que… abogada, eso me gusta.
—Bien, me alegro —contesté sin saber qué otra cosa decir. Miré a mi alrededor—. Es… es un lugar bonito.
Rob entornó los ojos.
—No tanto como tú…
—Oh, vaya, eres… eh, bastante directo.
—Según tu perfil, era lo que querías, ¿no? —siguió sin dejar de usar un tono que a mí se me antojaba extrañamente sexual (y no en un buen sentido)—. Ponía «busco a alguien que tenga las cosas claras». Pues te diré
una cosa, Elisa, soy tu hombre, porque tengo claro que quiero que esta cita acabe en una de las habitaciones del hotel.
«¡Hostia puta!».
Estuve a punto de escupir el primer sorbo que acababa de darle al cóctel (que, por cierto, sabía amargo), pero tragué como pude ante la pétrea mirada de Rob. En ese momento decidí que, al fin y al cabo, coleccionar braguitas no es tan malo. Es una práctica sana, inofensiva, ¿no? Bueno, al menos si lo comparaba con tener que lidiar con el típico «macho alfa empresario implacable» que tenía enfrente.
Pero no pensaba amedrentarme.
—Creo que nadie te ha dicho todavía que el rollito Christian Grey está más pasado de moda que los Teletubbies. Tu única posibilidad, y escúchame atentamente, es terminar en la habitación solo y cascándotela en la ducha.
—Me encanta. Una chica guerrera.
—No, lo relevante es que tú eres un…
«Puto cerdo», iba a decir, al menos hasta que su teléfono sonó y me silenció alzando una mano frente a mi cara como si fuese el jodido presidente de los Estados Unidos. Nunca había tenido tantas ganas de golpear a otro ser humano. Se levantó arrastrando la silla hacia atrás y se alejó hacia la puerta de la entrada con el móvil en la oreja, momento que aproveché para guardarme el mío en el bolso, tras comprobar que no tenía mensajes ni llamadas. Me planteé la posibilidad de dejar un billete, pero, ¡a la mierda!; él había pedido ese cóctel y apenas le había dado un trago (y por educación). Por desgracia, antes de que pudiese levantarme, él regresó y ocupó su sitio.
—Perdona, cielo, era la pesada de mi mujer —puso los ojos en blanco y luego sonrió y apoyó una mano en la mesa—. ¿Por dónde íbamos?
Me puse en pie respirando furiosa.
—Íbamos por esa parte en la que la chica se levanta y decide que ha llegado el momento de pirarse antes de que la cosa se le vaya de las manos y termine vomitando del asco —gruñí fuera de control—. Y, por cierto, eres un puto cerdo —añadí solo por el placer de no quedarme con las ganas.
Y ante su mirada afilada, me di la vuelta y salí de allí tan rápido como me lo permitieron mis botines. Durante la siguiente media hora, lo insulté mentalmente alrededor de veintinueve minutos y el minuto restante lo reservé para meditar si lo mejor sería irme a casa y pasar de la siguiente cita. Puede que Aiden tuviese razón con lo que me había dicho la semana anterior; quizá lo único que debía hacer era abandonar la búsqueda de ese príncipe a lomos de un caballo y dejar que el destino marcase las normas.
Porque así era en las películas, ¿no? Un imprevisto, un choque entre dos estudiantes delante de las taquillas y un montón de papeles desparramaos por el suelo; dos personas cogiendo a la vez la última chocolatina del estante del supermercado, sus dedos rozándose, sus miradas conectando y un cosquilleo en el estómago; ese antiguo mejor amigo del colegio que aparece de repente y que resulta que está tan tremendo que ni siquiera lo reconoces hasta que no le echas un segundo vistazo y te das cuenta de que, oh, el tímido y desgarbado chico ahora tiene un aire a Ryan Gosling…
Inspiré hondo. ¿Qué hacía…?
¿Me quedaba? ¿Me marchaba?
Llegué a una conclusión: iría, pero sería la última cita. Y me prometí a mí misma que en cuanto el chico en cuestión empezase a hablarme de Pretty Woman, de braguitas de encaje o de esposas pesadas, me levantaría y me largaría sin molestarme en decir adiós.
Así que cuando entré en la cafetería que había elegido para citarme con Connor Foster, iba decidida a trazar el punto final de aquella fallida
búsqueda. Quizá por eso le saludé escuetamente, e intenté no encariñarme demasiado con esos ojos de color miel que me miraban con curiosidad y esos rizos dorados que acariciaban su frente. Me senté, colgué mi bolso del respaldo de la silla y sonreí sin ganas. Él ladeó la cabeza.
—¿Un mal día? —preguntó.
Tardé en contestar, valorando la posibilidad de mentirle o de escupir por la boca la primera cosa que me viniese a la cabeza. Pero estaba tan cansada, tan enfadada conmigo misma por no dejar de pensar en Jack, que opté por escupir.
—Si se considera un mal día tener una cita con un tío que me ha interrumpido para poder contestar la llamada de su esposa, entonces sí, supongo que sí, he tenido un día de mierda.
Connor se rio. Tenía una risa bonita, sincera.
—Así que estás en esa fase de recurrir a las citas dobles —adivinó—. Te entiendo. Es agotador. La semana pasada quedé con una chica que parecía de lo más normal; era divertida y guapa, así que cuando al acabar la cita me propuso tomar una copa en su apartamento, le dije que sí.
—¿Y qué pasó? —pregunté.
—No pude entrar. En el apartamento, quiero decir —aclaró—. Resulta que vive en una casa de cincuenta metros cuadrados con veintitrés perros.
Apenas conseguí dar dos pasos entre lametazos, colas agitadas y ladridos furiosos.
—¡No me lo puedo creer! —me reí llevándome una mano a la boca.
—Hui despavorido. No me malinterpretes, me encantan los perros, todos los animales en general, pero en esa casa apenas se podía respirar. Olía…
no tengo palabras para describir ese olor —terminó diciendo entre risas.
Una camarera vino a tomarnos el pedido. Connor se mantuvo en silencio mientras yo me decidía por un café con canela y extra de nata, lo que fue un
punto para él dada mi anterior experiencia. Y casi sin darme cuenta terminé relatándole por encima mis anteriores citas, hablándole de lo unidos que ahora estaban Garrett y Kevin y del coleccionista de braguitas. Cuando volví a levantar la vista hacia el reloj que colgaba de la pared de la cafetería, descubrí que llevábamos un buen rato hablando sin parar y, aunque por lo que había visto en su perfil, Connor era un exitoso comercial de artículos deportivos, en ningún momento salió a relucir ningún tema relacionado con el trabajo. En cambio, ante el silencio que precedió su último comentario, dijo:
—Me hizo gracia leer que te gustaba la Navidad. Mi madre es una apasionada de estas fechas. Es… es una locura… Decora la casa con cientos de luces, se pasa días horneando galletas de jengibre y cuando salgo de su casa estoy una semana tarareando villancicos que se me pegan sin remedio.
Me reí alegremente, relajada.
—Tranquilo, no llego a ese extremo, ni siquiera adorno mi apartamento.
Ya no —maticé, recordando que el primer y el segundo año que me mudé con Colin sí que lo hice; después, los dos empezamos a estar demasiado ocupados como para dedicarle tiempo—. Pero sospecho que tu madre me caería genial.
—Ya lo creo que sí. Y cada año nos envía a mí y a mis hermanos calcetines, bufandas y jerséis de lana a juego con motivos navideños. Un infierno. Aunque, ahora que lo digo, hoy me ha venido bien porque a veces soy un desastre y había olvidado hacer la colada —parloteó y estiró la pierna bajo la mesa levantándose un poco el camal del pantalón para enseñarme el calcetín rojo con ramitas de muérdago como estampado.
Sonreí. Era adorable.
Connor siguió hablándome de sus hermanos y de su infancia porque, otra cosa no, pero hablar hablaba mucho. Era totalmente transparente. Era lo
opuesto a Jack. Mientras que él se esforzaba por mantener el muro que había construido a su alrededor, conteniéndose y alejándose de mí, Connor se abría en canal y me descubría a ese chico simpático, tierno y entusiasta que se escondía tras su mirada amable.
Y me gustó. Me gustó que la cita fuese fácil y fluida, que no hubiese silencios incómodos ni esposas esperando al otro lado del teléfono. Me gustó que se dejase conocer, que me hablase de sus sueños más inmediatos (viajar a Berlín) y que no hubiese tensión entre nosotros. Me gustó que me permitiese pagar la cuenta tras insistir, a pesar de que sabía que deseaba hacerlo él, y me gustó que me acompañase hasta la boca del metro dando un paseo y se despidiese de mí con un beso dulce en la mejilla.
—Ha estado bien, ¿no? —preguntó inseguro.
Sonreí y asentí con la cabeza.
—Más que bien.
—¿Eso significa que aceptarías tener una segunda cita conmigo?
—Me gustaría mucho —admití.
Connor tomó aire satisfecho y prometió llamarme el lunes.
Pasé el viaje en metro pensativa, intentando decidir cómo me sentía, pero estaba demasiado confusa para llegar a ninguna conclusión. No podía seguir mintiéndome a mí misma: sentía algo por Jack. Algo que provocaba que el estómago se me encogiese al verlo y que siempre tuviese ganas de pasar más tiempo con él, de escarbar en ese corazón de hielo que no parecía dispuesto a dejarme entrar. Jack me atraía, me retaba, me sacaba de mi zona de confort y me obligaba a replantearme las cosas sin siquiera proponerse hacerlo. Jack era todo lo que nunca había querido y, sorprendentemente, ahí estaba, pensando en él, pensando en su sonrisa traviesa y en su mirada intensa; en sus labios cálidos apretándose contra los míos y en su forma de abrazarme por la espalda cuando dormíamos juntos…
Supongo que al hielo debía de caerle muy mal el señor fuego, pero, claro, a veces derretirse y pasar a convertirse en un charco de agua no es tan malo si el camino resulta delicioso, tentador y lleno de mariposas que aletean sin descanso.
Sacudí la cabeza y dejé de imaginar tonterías. «¿Qué más daba lo que hubiese empezado a sentir?», Jack estaba fuera de mi alcance. Suspiré con la mirada fija en el suelo del metro y pensé en Connor, en sus pestañas rubias, en su mirada cariñosa y en la promesa de un mañana.
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