Tal vez tu

Alice Kellen · Capítulo 35 de 37

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Tal vez tu

35 Conociendo a Jack

35

Conociendo a Jack

Siempre he pensado que el mar tiene algo reparador. No sé si por el sonido de las olas, que calma el alma, o por ese olor a salitre que se te pega en la piel y se queda contigo, pero las tardes paseando por la orilla de la playa junto a Emma fueron terapia. Daba igual que hiciese viento o lloviese, nos poníamos los chubasqueros, nos quitábamos los zapatos y caminábamos descalzas por la arena húmeda, a veces hablando de todo, otras tan solo en silencio, cada una pensando en sus cosas.

Al anochecer, cuando volvíamos de nuestro habitual paseo, Alex solía estar ya metido en la cocina, sonriente y optimista como de costumbre, preparando alguna cena deliciosa sobre la que después nos deshacíamos en halagos chupándonos los dedos.

Los días que pasé allí fueron muy tranquilos y cuando Emma se incorporó al trabajo, aprendí a estar conmigo misma. Por las mañanas salía temprano, caminaba por el paseo y me acercaba a alguna cafetería en la que refugiarme del frío húmedo de la costa. Mientras desayunaba, solía leer el periódico. Algunos días llamaba a mi madre y la escuchaba hablar entusiasmada de Regaliz y de lo mucho que disfrutaba revolcándose en el jardín, a pesar de que luego le dejase la casa hecha una ciénaga (puede que lo de «ciénaga» sonase exagerado, pero no cuando se trataba de ella). A veces también hablaba con Hannah; las cosas con Aiden no podrían ir mejor (exceptuando que los habían vetado en un cine por, según ella, «hacer manitas», aunque, conociendo a su novio, parecía más realista imaginarlos a ambos dándolo todo en el suelo lleno de palomitas).

El resto del día merodeaba por los alrededores, visitaba mercadillos artesanales y compraba cosas que no necesitaba, como bonitos anillos con relucientes gemas azules o pulseritas varias. Cuando regresaba a la hora de comer, Emma solía estar en casa y, juntas, las tardes se deshacían entre películas, paseos por la playa o ratos en los que no hacíamos nada útil, como leer el horóscopo o calificar del uno al diez los culos de nuestros actores favoritos.

No volví a saber nada de Jack.

Cuando regresé a Nueva York, lo hice con tristeza, porque habían sido unos días bonitos, tranquilos. Y porque, además, aunque sabía que en algún momento debía retomar el control, aún no tenía ni idea de qué era lo que quería hacer.

Febrero llegó en silencio tras las largas nevadas del invierno. Pasé las primeras semanas en Nueva York metiendo en cajas de cartón todas aquellas cosas que no deseaba seguir teniendo en mi vida. Adornos.

Recuerdos. Lámparas retorcidas y demasiado minimalistas. Utensilios de cocina que en el fondo sabía que jamás usaría y que solo ocupaban espacio en los cajones. Cuadros. Ropa que siempre guardaba «por si acaso», pero que en realidad no pensaba volver a ponerme.

Un día llamé a Colin, me tomé un café con él y luego le pedí que le echase un vistazo a las cajas que había ido amontonando por si quería rescatar algo. Fue entonces, mientras él rebuscaba entre los viejos recuerdos, cuando me contó que Jack había dejado su trabajo a principios de enero. Fingí no inmutarme, aunque por dentro las preguntas se agolpaban una detrás de otra. Tras varios viajes, Colin terminó llevándose el mueble del comedor ante mi insistencia.

—¿Y dónde pondrás la televisión?

—En el suelo —contesté.

—Estás loca.

—Solo es temporal.

Colin negó con la cabeza antes de llamar a una empresa de transporte.

Cuando finalmente se marchó, el apartamento estaba casi vacío, pero todo lo que había allí dentro lo sentía mío y solo mío. «O casi todo», pensé tras meterme en la cama al caer la noche y ver la bola de cristal que descansaba sobre la mesilla. La cogí, suspirando, y la hice girar dejando que los copos se deslizasen sobre Bryant Park. Recordé aquel día. El brillo de la pista de hielo y el olor a calabaza, nuestras manos rozándose al caminar entre las casitas de vidrio, la cita en aquel restaurante italiano…

Como si hubiese adivinado que esa noche me quedé dormida contemplando la bola de cristal que me regaló, a la mañana siguiente encontré un nuevo mensaje de Jack en la bandeja de entrada: Para Elisa Carman. De Jack Helker.

Asunto: Ella. El comienzo.

Creo que debería empezar por el principio.

La conocí una noche de primavera. Había salido con unos compañeros de la universidad a celebrar el cumpleaños de uno de ellos y terminamos en un bar de copas. Ella estaba sentada en la mesa de al lado con un par de amigas y, cuando la vi, no sé, fue como si se parase el mundo. No podía apartar los ojos de ella. Era preciosa, pero no una de esas chicas guapas de piernas largas, no. Ella tenía algo especial, era una de esas pocas personas que consiguen no solo llamar tu atención, sino mantenerla, engancharte. Daba igual lo que dijese, si salía de sus labios todo parecía interesante. Tenía una sonrisa contagiosa y una mirada inteligente y astuta que, por primera vez, me hizo sentirme real ante los ojos de otra persona.

Al verla, supe que tenía que conocerla.

Y fue el peor error de mi vida.

Esa noche, dos horas después, cuando el local estaba ya casi vacío, terminé follando con ella en los baños de aquel sitio. No sé qué me pasó, pero sentí que conectábamos de algún modo. Me había tirado a muchas chicas durante los primeros años de universidad y me gustaba la libertad, no tener compromisos, pero, de pronto, con ella deseé algo diferente. Volver a verla, volver a tenerla entre mis brazos. Cuando le pedí su número de teléfono, sacó un bolígrafo de su bolso, cogió mi mano y me lo escribió en la piel. Luego sonrió, una de sus sonrisas afiladas que parecían esconder secretos oscuros, y salió de allí sin molestarse en decirme adiós.

Lo cierto es que a día de hoy aún no sé por qué me enamoré de ella como un idiota, no sé si fue porque era la primera tía que no parecía desearme más de lo que yo la deseaba a ella, o si tuvo que ver su actitud despreocupada y ese aire bohemio que me hacía querer siempre más y más.

Pero ella era nicotina. Era noches eternas en la habitación de su residencia perdiéndonos el uno en el otro, hablando en susurros, deseando meterme bajo su piel solo para poder saber qué estaba pensando en cada instante, qué pasaba por su cabeza cuando apoyaba un codo sobre la cama y me miraba fijamente, fumándose un cigarrillo, desnuda y tan suya como siempre; el tipo de chica que en vez de intentar cubrirse con la sábana después de follar, prefería apartarla y dejarse ver con el cuerpo brillante de sudor.

¿Qué puedo decir? Me tenía en la palma de su mano. Bastaba que dijese

«ven» para que fuese y se lo diese todo. Fue la primera persona con la que me abrí de verdad; porque nunca es lo mismo hacerlo con alguien que te acompaña en el camino desde siempre y te observa y te entiende mejor de lo que tú mismo lo haces, que cuando decides dejarte ver por esa chica que dos meses atrás era una extraña más. Como te estarás imaginando, confié en ella ciegamente. Le hablé de mi familia, de mi vida, de mis miedos y mis

sueños. No me guardé nada. Y en ese momento no era consciente de que ella sí se lo estaba guardaba todo; de que, en el fondo, solo quería de mí el placer, el caos, la parte mala, la diversión y las noches juntos.

Tiempo después, me enseñó una lección que me ha marcado hasta día de hoy: la persona que más ames, también será la que más pueda hacerte sufrir, aquella con el poder de joderte el corazón. Así que asegúrate de querer a una buena persona o, mejor aún y más práctico, de no querer a nadie.

Jack Helker.

Aquel día releí varias veces el mensaje, intentando leer entre líneas. Si quería que entendiese por qué no podía arriesgarse a dejar que nadie entrase en su vida después de aquel desengaño de su juventud, llegaba tarde, porque hacía semanas que lo había aceptado. Sabía que en ocasiones hay cosas que marcan demasiado, te atan y te impiden seguir hacia delante.

Pero, a esas alturas y a pesar de sus errores, ni siquiera podía seguir fingiendo estar enfadada con él. De algún modo retorcido, habían sido las manos de Jack las que rompiesen el capullo de seda dentro del que llevaba años viviendo, instándome a salir, a buscar mi propia felicidad y a extender las alas. Lo más probable era que ni siquiera él lo supiese o no fuese algo premeditado, pero le estaba agradecida por ello porque, más que nunca, me sentía cómoda en mi propia piel.

Cansada de pensar en él, de sentir que seguía echándolo de menos, salí a la calle a media mañana y me tomé un café y una porción de pastel en Molly’s Cupcakes, que era mi pastelería favorita del barrio. Y al terminar, cuando iba caminando de nuevo hacia casa, pasé frente a un quiosco y lo vi.

O mejor dicho: los vi.

Cogí la revista.

Julia Palmer y Frank Sanders protagonizaban la portada y ambos salían abrazados y sonrientes mirando a la cámara; ella vestía un top verde chillón a juego con una falda de vuelo y él iba de negro. Bajo la imagen que anunciaba que ambos habían retomado su escandalosa relación, estaba el impactante titular: «Hay mucha gente que no entiende lo nuestro, que piensa que estamos chiflados, pero, ¿qué es el amor sin un poco de locura?

Nos queremos y, aunque los dos hemos cometido errores, estamos ilusionados por volver a intentarlo».

Todavía atónita, pagué el precio de la revista y me la llevé a casa. La dejé encima del sofá para ir a por un vaso de agua mientras me preguntaba cómo estaría Henry, pero todo aquello desapareció de un plumazo de mi cabeza cuando escuché el pitido de otro mensaje y vi el nombre de Jack en la pantalla.

Tragué saliva, nerviosa, y leí:

Para Elisa Carman. De Jack Helker.

Asunto: Ella. El infierno.

No sé si entendiste lo que intentaba decirte en el anterior correo, no sé siquiera si estás leyendo esto o si los ignoras, solo sé que debería haber acabado con todo hace años, desde el principio… Un principio que ahora parece lejano, pero que para mí fue eterno. El infierno que empezó cuando Ethan llamó a la puerta de mi habitación del piso que compartíamos para presentarme a la chica con la que llevaba saliendo desde hacía semanas. La misma chica para la que había preparado una cena especial en la azotea, bajo el cielo de principios de verano.

La vi allí, en el dintel de la puerta, mirándome al lado de un orgulloso Ethan. Solo pareció sorprendida unos segundos antes de retomar el control y estrecharme la mano con una sonrisa sincera, como si menos de

veinticuatro horas atrás esa misma mano que tocaba no hubiese estado entre sus piernas haciéndola suspirar de placer.

Lauren subió con Ethan a la azotea.

Te juro que ni siquiera podía moverme. Me quedé allí, sentado en el suelo de mi habitación con la espalda apoyada en la pared, pensando, pensando y pensando; intentando entenderla. El día anterior habíamos pasado la tarde entre las sábanas de su cama, susurrándonos tonterías, besándonos durante horas. Creo que nunca había sentido algo tan desgarrador en el pecho. Y

quería hacerle daño. Llegué a esa conclusión cuando horas más tarde bajaron a la habitación de Ethan y la escuché reír tras la pared antes de que sus gemidos inundasen mi cabeza. No podía razonar, no podía. Solo tenía capacidad para sentir dolor al imaginarme el cuerpo de Ethan sobre el suyo.

Estuve toda la noche despierto, sin moverme y, a la mañana siguiente, esperé hasta que ella se marchó antes de ir en busca de Ethan. Ahí fue cuando cometí el primer gran error. Tenía la intención de contárselo todo, de decirle que le estaba engañando (y nada menos que conmigo), pero cuando Ethan empezó a hablar de ella, embobado, tan enamorado, las palabras se me atascaron en la garganta. Solo pude quedarme ahí y escucharlo decir lo maravillosa e inteligente que era Lauren, lo perfectas que habían sido todas las citas que habían tenido hasta entonces y lo genial que iba a ser pasar el fin de semana siguiente en la costa para conocer a los padres de ella.

Lo único que se me ocurrió hacer fue ir a su residencia. Si esperaba verla arrepentida o triste por lo que había hecho, no lo demostró. Supongo que, cuando mi hermana va por ahí diciendo que me partieron el corazón sin tener ni idea de lo que ocurrió, podría considerarse que fue en ese instante, cuando tras abrir la puerta me dijo que yo era sexo y diversión, algo temporal, mientras que Ethan era futuro y amor, algo duradero.

Jack Helker.

Noté la mirada acuosa al imaginar en ese Jack joven dispuesto a darlo todo que no se parecía en nada al hombre en el que se había convertido. Y

pensé en llamarlo, en escuchar su voz, no por todo lo que aún sentía por él, sino por esa amistad que habíamos compartido durante aquellas semanas llenas de buenos momentos.

El móvil sonó poco después:

De Jack Helker. Para Elisa Carman.

Asunto: Ella. El final.

Sé que es difícil comprenderlo, pero me sentía como dentro de una mala película que en algún momento llegaría a su fin. Amenacé a Lauren varias veces, le dije que si no se lo contaba ella, lo haría yo. Quería que se responsabilizase de sus actos. Y lo último que deseaba era hacerle daño a Ethan, que estaba más feliz e ilusionado que nunca, pero no encontraba la manera de evitarlo. Me sentía dentro de una encrucijada entre las palabras de Lauren, que aseguraba que lo nuestro no había sido «nada» y que de verdad estaba enamorada de mi mejor amigo, y la sensación de estar metiéndome en un agujero del que no podría escapar. La situación se me fue de las manos. Cada día que pasaba era un poco peor. No dormía, no comía y apenas pisaba el apartamento que compartíamos porque no soportaba la idea de verlos juntos. Y lo peor de todo es que no tenía a nadie con quién hablarlo; por aquel entonces, Nicole era una cría y, aunque no hubiese sido así, estaba demasiado encerrado en mí mismo, en el dolor que me iba llenando…

No lo sé, Elisa, no sé por qué hice las cosas tan mal, si tuve más culpa que la propia Lauren o si me bloqueé y no supe reaccionar ante una

situación que me nublaba la mente. Solo sé que ese año terminé la carrera, encontré un trabajo y me mudé. Empecé a beber. Empecé a centrarme en lo que ocurría dentro de la oficina porque no quería ver lo demás. Y en medio de todo ese caos emocional, también empecé a notar que mi padre se acercaba más a mí cada vez que escalaba un puesto, que conseguía un triunfo, que tocaba ese «más». Entré en ese bucle y, en aquel momento, pensé que al menos aquel lugar era seguro, lejos del sufrimiento. Podía volver a respirar.

Unos meses más tarde, en otoño, aparecí en casa de Ethan borracho y empecé a mascullar sin control todo lo que pensaba sobre Lauren. Que era una mala persona. Que era mentirosa. Que no merecía estar con alguien como él. Que era falsa, solo un envoltorio, un disfraz que sabía cambiarse según quién estuviese delante. Ethan se quedó helado al principio, pero terminó cabreándose mientras yo iba dando tumbos por el pasillo y me cogió del hombro y me obligó a mirarle a la cara antes de decirme que no volviese a hablar de ese modo de la mujer con la que iba a casarse. Y sí, así fue como me enteré de que Lauren se había quedado embarazada y de que ambos pasarían por el altar antes de las próximas Navidades.

No fue algo previsto. Al menos, no por parte de Ethan que ni siquiera había terminado todavía sus estudios. Por suerte, los padres de Lauren tenían dinero y contactos y estaban lo suficientemente encantados con su relación como para hacer la vista gorda ante ese «pequeño percance» y ocuparse de la mayoría de los gastos.

Poco después, Molly llegó a nuestras vidas.

Te diría que la quise desde el primer momento que la cogí en mis brazos en aquella habitación del hospital, pero no es cierto. Tardé un tiempo en hacerlo, en intentar amoldar mi mente y, dadas las circunstancias, pensar en la felicidad de Ethan. Mi relación con Lauren era apenas inexistente más

allá de un par de palabras escuetas que nunca significaban mucho, pero poco a poco me esforcé por tolerarla y reconducir la situación. Ella seguía siendo tan deslumbrante, tan ingeniosa y aguda si se lo proponía, que a veces me olvidaba de lo mucho que la odiaba y volvía a sentir ese tirón en el estómago al verla, esa apremiante necesidad.

Aquel primer año fue el más tranquilo. Yo empecé a tener relaciones cada vez más cortas, porque Lauren seguía en mi cabeza y, en el fondo, jamás me esforcé por conocer a nadie más ni mucho mejor dejé que me conociesen a mí. Era más fácil, más cómodo. O lo fue hasta que tiempo después ella empezó a cambiar de actitud. Lauren no estaba hecha para la vida rutinaria de pareja y tardó poco en agobiarse y comportarse de forma extraña. Ni siquiera sé si Ethan se dio cuenta, porque se pasaba el día cuidando de Molly o trabajando y apenas tenía un minuto para sí mismo.

Sí, por retorcido que pueda parecer, Lauren empezó a buscarme. Aparecía por mi trabajo para almorzar, alegando que casualmente le venía de paso, o se dejaba caer por mi apartamento con cualquier excusa. Y entonces hablábamos, como en los viejos tiempos; abríamos una botella de vino y ella se desahogaba por lo poco que veía a Ethan o por lo llorona que era Molly, por el último corte de pelo que le habían hecho mal o por la mirada afilada que su suegra le había dirigido durante la última reunión familiar. Yo escuchaba. Siempre la escuchaba.

Supongo que a esas alturas debería haberlo visto venir, pero estaba demasiado ocupado intentando no quererla ni necesitarla como para poder fijarme en nada más. Porque sí, hacía eso todo el tiempo, repetirme lo mucho que debería odiarla para que la idea calase más en mí, porque Lauren era mi peor droga; sabía que era mala, que solo me había traído dolor y oscuridad, pero no podía evitar desearla.

Y fue más difícil hacerlo cuando me confesó que se había equivocado, que había cometido un gran error desde el primer momento y que pensaba divorciarse de Ethan. Me dijo entre lágrimas que no estaba enamorada de él y luego me abrazó y sus labios rozaron los míos antes de que fuese consciente de lo que estaba haciendo. No me aparté de ella tan rápido como me hubiese gustado, pero cuando lo hice, cuando la sujeté por los hombros y la miré a los ojos, creo que Lauren entendió que había traspasado una línea en la que no pensaba acompañarla. Me pidió perdón, fingiendo estar avergonzada, algo que me hubiese creído de no conocerla tan bien.

Una semana más tarde le diagnosticaron que tenía cáncer.

Ethan nunca supo de sus intenciones. Y cuando finalmente Lauren murió, no fui capaz de decirle que esa mujer por la que tanto sufría, en realidad, no era la persona que él había visto durante todos aquellos años, sino solo un reflejo borroso. Porque, ¿cómo le dices a tu mejor amigo que ha estado viviendo una mentira por culpa de tus decisiones? No podía. No podía manchar sus recuerdos ni tampoco los de Molly, no podía quitarles lo único que a ambos les quedaba de Lauren. El día del entierro, decidí que me llevaría el secreto a la tumba y que, a partir de entonces, haría las cosas bien e intentaría no tropezar.

Jack Helker.

Abrí el siguiente mensaje con el corazón en un puño por no haber sabido ver todo aquello, el sufrimiento de Jack, su dolor, sus inseguridades tras todos aquellos años, su miedo al amor.

De Jack Helker. Para Elisa Carman.

Asunto: Y entonces apareciste tú.

Te he hablado varias veces de la primera vez que te vi con tu famoso ceño fruncido, tan distante y reservada. Hay una razón, Elisa. Esa noche sentí algo parecido a lo que me ocurrió años atrás con Lauren. Sentí las ganas de conocerte, incluso a pesar de las circunstancias, sentí la necesidad de tenerte entre mis brazos y de averiguar a qué sabían tus besos. Y me acojoné. Joder. Me dabas tanto miedo que me propuse comportarme como el mayor idiota del mundo pero, lo peor, es que hasta eso me gustó de ti; hacerte enfadar, ver cómo me fulminabas con la mirada y resoplabas por lo bajo.

Y fue como luchar conmigo mismo, el deseo contra el sentido común.

Como sabes, ganó el primero. Me dejé llevar, me perdí otra vez y cuando quise dar marcha atrás ya era tarde. Sí, tenías razón, una parte de mí estaba deseando que empezases a salir con alguien, porque no era capaz de parar lo que fuese que teníamos. La otra parte se imaginaba a veces torturando a esos tíos con los que quedabas y odiándome por no poder comportarme como cualquier otra persona normal, pedirte una puta cita y decirte que estaba tan ridículamente pillado por ti que hasta tu idea de la casa a las afueras, el perro labrador y los aniversarios tópicos empezaba a parecerme tentadora.

Pero no podía. Siempre terminaba pisando el freno.

Me obsesionaba la idea de compararte con Lauren. No dejaba de hacerlo.

Y durante todo ese tiempo fui tan idiota que no me di cuenta de que, en realidad, eres justo lo opuesto a ella, la otra cara de la moneda. Ah, por cierto, hablando de monedas… la que tengo en mi casa es falsa, es cruz por ambos lados, de eso se reía Molly el día que nos acompañaste al acuario. Ni siquiera podía recordar la última vez que me había sentido tan cómodo al lado de otra persona; a veces me entraban ganas de alejarte de mí de un empujón y hasta la idea de tocarte me dolía, de verdad; pero la mayor parte

del tiempo lo único que deseaba era estar contigo. Estar, sin más. Ver la televisión, pedir algo para cenar, reírnos de cualquier tontería o conseguir enfadarte antes de arrastrarte hasta la cama. En realidad, fueron dos meses complicados; desde que te conocí, hasta que te perdí. Era como vivir en una contradicción constante que fue a más y al final regresaron todos los miedos, uno detrás de otro; diría que me atraparon pero, en el fondo, supongo que fui yo el que se dejó atrapar.

A veces creo que sigo siendo ese chico que se asomaría a un acantilado y se tiraría si se lo pidiese alguna de las pocas personas que le importan. Sí, tú formas parte de ese grupo de personas, Elisa. Y joder, me asusta pensar que puedas pedírmelo, que me empujes a ser mi peor versión, que esté tan loco por ti que no pueda evitarlo…

Y ese es solo el primero de mis miedos. Tengo muchos más. Como el miedo que me ha dado confesarle a mi mejor amigo todo esto hace apenas un par de semanas. Pero sabía que tenía que hacerlo. Sabía que tenía que dejar atrás los recuerdos y parte de la culpa para poder darte lo mejor de mí.

Eso es lo único en lo que puedo pensar ahora. En dártelo todo. Esta vez de verdad. En abrirme y dejar que cojas lo que tú quieras. En una vida contigo.

Espero que estés leyendo esto. Espero que, si lo haces, te acerques mañana por la tarde a la puerta de la cafetería que hace esquina en la calle 14 y me esperes allí. Sé que no tengo derecho a pedirte que confíes en mí, pero quiero enseñarte algo.

Si no estás, entenderé que llegué tarde, porque debí haber hecho esto mucho tiempo. Sea cual sea tu decisión, espero de corazón que tengas una vida plena y feliz y que te lleves los buenos recuerdos de nuestra historia.

Jack Helker (siempre tuyo)

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