Tal vez tu

Alice Kellen · Capítulo 10 de 37

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Tal vez tu

10 Y will survive

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Y will survive

El viaje hasta el trabajo se me hizo eterno. Era lunes, el metro estaba atestado de gente y el tío que estaba a mi lado todavía vivía en la prehistoria y no había descubierto las ventajas de usar desodorante. Pero eso era incluso soportable al lado de lo que me esperaba aquella mañana: tener que ver de nuevo al hombre con el que dos noches atrás me había liado en los servicios de una discoteca como una adolescente hormonada. Todavía podía recordar su voz grave y ronca diciendo: «Vamos a pedir un puto taxi». Y lo peor de todo es que si Hannah no hubiese interrumpido el momento habría respondido algo como: «¡SÍ!» o «Ni taxi ni leches, hagámoslo aquí mismo».

Evidentemente, llevar más de un año sin sexo me estaba pasando factura.

Mi cuerpo lo echaba de menos. Mi vagina se sentía muy sola y abandonada.

¿Qué otra explicación tenía si no esa alarmante desesperación? Yo era sensata, siempre valoraba las consecuencias y no me dejaba llevar por tontos impulsos.

Además, odiaba a Jack. Me ponía de los nervios. Tenía la asombrosa capacidad de coger mi paciencia y retorcerla como nadie más lo había hecho antes. Así que la fascinación que mi vagina parecía sentir por él no iba en consonancia con mi mente amueblada. Era algo así como cuando un sistema informático se avería y empiezan a saltar errores del tipo 404 Not Found o 409 Conflict.

El viernes, cuando nos fuimos al apartamento de Dasha, seguía tan aturdida que fui incapaz de contarle a Hannah lo que había ocurrido. Me bebí tres mojitos, ataqué el cuenco de los nachos mientras veía con las chicas Leyendas de pasión y aplaudí cada vez que rebobinaron hacia atrás

cuando Brad Pitt salía sin camista. A ese nivel de patetismo había llegado.

Yo, la chica que tiempo atrás parecía tenerlo todo controlado. La gran abogada de la ciudad que se casaría con un abogado igual de brillante llamado Colin y tendría unos hijos simétricamente perfectos.

El resto del fin de semana lo malgasté tumbada en el sofá junto a mi gato, revisando el correo cada pocas horas y pensando en Jack. Lo que, dicho sea de paso, fue muy irresponsable por mi parte. ¿Qué diría Henry si ese beso desleal llegase a sus oídos? Era mejor no imaginarlo. Seguro que dejaría de considerarme su adorable Geppetto y me desterraría al sótano (nadie quería nunca ir «al sótano», que en realidad era una habitación minúscula y sin ventanas llena de informes y archivos que a veces Henry usaba a modo de castigo, porque ordenar, revistar y catalogar casos antiguos era una tortura en toda regla).

Así que el lunes estaba decidida a retomar las riendas y a recuperar el control de mi vida. Cuando entré en la oficina, caminé segura hasta mi despacho, recogí unos papeles que necesitaba y me dirigí a la segunda planta. Había quedado con Julia diez minutos antes en la sala de reuniones para intentar trazar un plan infalible.

—¿Y cuál es ese plan? —preguntó tras sentarse.

—Que no hables.

Julia me miró con los ojos entornados. Ese día llevaba un vestido de tubo estilo años cincuenta de color rosa pálido con botoncitos en la parte delantera y un generoso escote.

—No lo entiendo.

—Es fácil —atajé—. Cada vez que abres la boca, el caso se complica más. ¿Quieres sacar un buen pellizco del divorcio o no?

—Sí.

—Vale. Pues hazme caso.

Julia sonrió como una niña pequeña, se cerró la boca con una cremallera y luego fingió que giraba una llave y la tiraba lejos, al otro lado de la sala.

«Señor, dame paciencia», rogué.

Justo en ese momento la puerta se abrió y Frank entró en la estancia con su habitual actitud de pasotismo. Contuve el aliento cuando Jack apareció.

Madre mía. Inspiré hondo. No era justo que estuviese igual de increíble con ropa de calle que con el traje que vestía para trabajar. Sus ojos se detuvieron en los míos unos segundos, pero rápidamente rompió el contacto y ocupó su lugar.

—Pues ya estamos todos… —me aclaré la garganta, incómoda e incapaz de ignorar el cosquilleo que me asaltaba en cuanto tenía cerca a ese hombre

—. Bien. Empecemos. Creo que la última vez dejamos claro el tema de las acciones y los vehículos. Quizá deberíamos ir hablando de las propiedades.

—Mi cliente propone vender la mansión de California y repartir a medias las ganancias a cambio de que Julia acceda a olvidarse del apartamento de París.

Alcé la cabeza hacia Jack. Estaba muy serio, tranquilo. Nunca lo había visto así dentro de estas cuatro paredes. Sin su permanente sonrisilla canalla ni los mordaces comentarios de crío, casi parecía… normal. Demasiado normal. Eso me descolocó.

Reflexioné su propuesta. No era una mala oferta teniendo en cuenta que, tal y como estaban las cosas, Frank había pasado a representar el papel de

«víctima» dentro de la relación. Y además tenía la simpatía del público. Me froté el entrecejo y releí algunas de las condiciones que yo había redactado.

—En caso de que existiese esa posibilidad, exigiríamos lo mismo con el apartamento de Nueva York. Ponerlo a la venta y repartir las ganancias.

Obviamente, antes de que ambas acciones se llevasen a cabo, se contrataría

el servicio correspondiente para las dos tasaciones por ambas partes —giré la cabeza hacia mi clienta—. ¿Qué te parece, Julia?

Julia me miró. No pestañeó. No abrió la boca.

Jack se removió incómodo en su silla, como si estuviese deseando largarse de allí. No sé por qué había esperado justo lo contrario por su parte: un montón de bromas, indirectas y salidas de tono.

Volví a centrarme en la chica.

—¿Julia? ¿Me estás escuchando?

—Mmmm…

—¿JULIA?

Gimoteó y me miró con ojos de cachorrillo mientras se señalaba la boca cerrada. «Ay, Dios». Respiré hondo. La llave. Que estuviese callada. «De perdidos al río», pensé, mientras, ante la curiosa mirada de Jack, alzaba la mano hacia sus labios y la giraba como si estuviese abriendo una puerta.

Cogí aire de golpe.

—Ya puedes hablar, cielo.

—¡Uff, menos mal! —Se llevó una mano al pecho y me miró—. Pero lo he hecho bien, ¿verdad?

—Demasiado bien —siseé.

—¿Podemos centrarnos en el caso? —se quejó Jack.

Fruncí el ceño. Joder, ¡qué raro era! El tío que el primer día no me dejó abrir la boca, que se quejó de que la reunión no podía continuar porque tenía hambre y que me tiró los trastos la última vez que quedamos en el restaurante, ahora iba de profesional. Ladeé la cabeza. ¿Y si era su gemelo bueno? No podía tratarse de la misma persona. Ni siquiera se molestó en mirarme antes de dirigirse directamente a Julia.

—¿Estás de acuerdo con la oferta?

—Sí, me parece bien —contestó mi clienta.

—Por supuesto, antes de cerrar nada, tenemos que estudiar las tasaciones

—objeté—. El resultado de las mismas será determinante.

—De acuerdo. —Jack asintió con la cabeza mientras le echaba un vistazo al reloj que colgaba de su muñeca—. Si os parece bien, retomaremos las negociaciones cuando obtengamos esos datos. Además, mi cliente estará fuera por asuntos laborales durante este mes; tiene un rodaje en Tailandia. Así que imagino que lo más prudente sería volver a reunirnos después de Navidad —Se puso en pie y se reajustó la corbata.

Los demás también nos levantamos. A Julia le tembló el labio inferior antes de dirigirse a un apático Frank.

—¿Y quién se quedará con Bigotitos mientras no estás?

—El personal del servicio —contestó el actor.

—¿Cómo puedes ser tan cruel?

—Julia… —empecé a decir, pero me callé en cuanto vi en la mirada de Frank algo parecido a la compasión. ¿Sería posible que ese hombre al que nada parecía importarle realmente tuviese corazón? Se rascó uno de los brazos llenos de tatuajes con gesto pensativo antes de señalar a Julia con el mentón.

—Está bien, puedes quedarte con Bigotitos estas semanas —cedió—.

Pero solo si firmas un contrato en el que te comprometas a devolvérmelo cuando vuelva; no me fío de ti. Jack, ¿podemos hacerlo?

El aludido asintió con la cabeza.

—Claro. Mañana mismo lo redactaré.

—Y antes pasará por mis manos —repuse rápidamente, temerosa de que el contrato implicase algo más y Julia firmase sin molestarse en leerlo antes.

—¡Gracias, gracias! —gritó Julia emocionada.

—Perfecto. Pues entonces, todo en orden por ahora —atajó Jack y, sin girarse, siguió a Julia y a Frank hacia el exterior. Confusa y sintiéndome un

poco torpe, lo llamé antes de que se fuese.

—¿Podemos hablar…?

Se giró con lentitud. Alzó una ceja.

—¿Me dices a mí?

—¿A quién si no? Porque todavía te llamas Jack y no te han abducido unos extraterrestres para hacerte un lavado de cerebro ni nada parecido,

¿verdad?

No sonrió. Ni siquiera un poquito. Y, ¡eh, era gracioso!

Suspiró hondo, cerró la puerta a su espalda y se metió las manos en los bolsillos.

—Habla —ordenó.

—No me gusta ese tono.

—Pues es el tono que tengo hoy, nena.

—¿A ti qué coño te pasa?

Dejó escapar una sonrisa irónica.

—¿En serio? Pues, a ver, me pasa que hace tres días una tía se me lanzó, me besó durante un buen rato y luego salió despavorida como si tuviese la puta malaria. En resumen, lo que comúnmente se conoce como una calientapollas.

Sentí que me hervía la sangre.

—¡Eres un idiota!

—Ya, un idiota al que besaste.

—¡Claro! ¡Me pediste que fuese impulsiva!

—¿Y solo se te ocurrió abalanzarte sobre mí?

—¿Qué querías?

—No sé, haber seguido bailando sola, ¿a mí qué me cuentas? —

entrecerró los ojos y me miró fanfarrón como si él fuese una súper estrella

de rock y yo una groupie de poca monta—. ¿O es que no puedes contenerte cuando se trata de besarme?

—Go on now go, walk out the door. Just turn around now, because you're not welcome anymore. —Moví el trasero de un lado a otro al ritmo de la única canción de Gloria Gaynor que me sabía—. Oh no, not I, I will survive, oh, as long as I know how to love, I know I'll stay alive…

—¿Qué cojones haces?

—¡Bailar sola! ¡Eso hago! ¡Y decirte que no quiero besarte! Ni que me beses. Ni nada. No quiero nada contigo más allá de cerrar este caso. ¡Y por supuesto que puedo contenerme! —grité—. Es más, no es que tenga que contenerme, es que tengo que hacer un esfuerzo para no pegarte después de lo que has dicho sobre la contención en eso de besarte y lo de calientapollas y además…

Jack emitió una vibrante carcajada.

—Te estás haciendo un lío, nena. Mira, llámame cuando te canses de luchar contra ti misma.

Furiosa, le seguí hasta la puerta.

—¿Perdona? ¿Qué has querido decir?

—Quiero decir que ahora mismo hay dentro de ti una Elisa prejuiciosa y aburrida que está intentando asesinar a la Elisa que me pone cachondo.

Avísame si la palma la primera.

Y sin más, se marchó con ese aire de superioridad que me sacaba de quicio, como si creyese saber algo sobre mí. Con el orgullo herido y la sensibilidad a niveles preocupantes, regresé a mi despacho. Tiré el maletín sobre la mesa y encendí el ordenador.

De Elisa Carman. Para Jack Helker.

Asunto: Matar el ego de Jack.

¿De qué vas…? Oh, vale, te besé. Pero, primer punto, había bebido.

Mucho. Muchísimo. En plan embudo. Segundo punto, tú también correspondiste ese beso, ¿por qué tengo la sensación de que parece que fue algo que hice a solas? Los dos somos responsables.

Elisa Carman.

Me gustaría decir que contestó al instante, pero no, no lo hizo. Y no parecía ser uno de esos tipos que ignora su móvil durante demasiado tiempo. Pasé el resto de la mañana revisando otros dos casos que llevaba y, durante la hora del almuerzo, me quedé en el despacho comiendo galletitas saladas y viendo el capítulo quince mil quinientos (a saber cuál era) de la dramática telenovela.

De Jack Helker. Para Elisa Carman.

Asunto: Mi ego sigue perfecto, gracias.

¿Jugamos a las diferencias? ¿A ti te apartó alguien de un empujón cuando nos pillaron en los servicios? ¿No? Vale, pues ahí tienes LA DIFERENCIA.

Jack, (y su ego intacto).

De Elisa Carman. Para Jack Helker.

Asunto: Seamos maduros.

¡Obviamente! ¿Qué querías que hiciese?

Elisa Carman.

De Jack Helker. Para Elisa Carman.

Asunto: Vete a madurar…

¿Y entonces qué demonios querías hablar? Me acuesto con tías que tienen las cosas claras, no con niñatas caprichosas que se hacen un puto lío

al hablar de la palabra «contener». Al final tenías razón. Me equivoqué contigo. No te calé. A partir de ahora, ciñámonos a lo estrictamente laborable. Hablamos en enero.

Jack Helker.

Me llevé la punta de los dedos a los labios y respiré hondo. ¿Qué hacer?

¿Responder a ese último mensaje…? ¿No responderlo? Si lo dejaba todo así, las cosas se quedarían tal y como tendrían que haber estado desde el principio.

«¡A la mierda!»

De Elisa Carman. Para Jack Helker.

Asunto: …

¿Pretendías acostarte conmigo?

Elisa Carman.

De Jack Helker. Para Elisa Carman.

Asunto: Aficiones.

No, quería que nos apuntásemos juntos a un curso de ganchillo porque vi la semana pasada una oferta de dos por uno.

Joder, ¡pues claro que quería follarte!

Jack Helker.

Tragué saliva e hice esfuerzos para no comenzar a hiperventilar como una cría idiota. Que incluso a través del correo me pusiese a tono era ya muy triste. Quizá fuese solo por el contraste al compararlo con el único hombre que había tenido entre las piernas. Colin nunca hablaba así. Colin era correcto y educado y usaba frases como «hacer el amor», porque

imagino que las guarradas más subidas de tono se las guardaba para la rubia de su oficina.

Me serené.

De Elisa Carman. Para Jack Helker.

Asunto: Reglas.

Trabajamos en un caso, habría sido poco ético.

Elisa Carman.

De Jack Helker. Para Elisa Carman.

Asunto: Bah.

Pensaba que te habías dado cuenta pero, por si te quedan dudas, me importan una mierda las reglas. La única gracia de que existan es poder saltárselas.

Jack, (rebelde sin causa).

Pensé en seguir con la conversación diciéndole que me gustaba esa película, «Rebelde sin causa», pero al final dejé que el email que había empezado a redactar acabase en la carpeta de borradores y apagué el ordenador a toda prisa como si el teclado estuviese ardiendo. La tentación era demasiado brillante y reluciente y de pronto había mutado y me estaba convirtiendo en una urraca avariciosa.

Puede que a él le fuese eso de saltarse las reglas, pero no a mí. No. Yo había crecido en una casa con cajas catalogadas, la A para las muñecas, la B

para los artículos de manualidades, la C para los cuentos. Si alguna vez rompía el vestido de una de las muñecas, mi madre me enseñaba a coserlo.

Y, por supuesto, era mi tarea lavarlos a mano una vez al mes. Pasar el plumero por las estanterías se convirtió en el juego divertido de los sábados,

igual que gatear por el suelo y atrapar cualquier resquicio de suciedad. A lo largo de mi adolescencia, mis notas nunca bajaron de nueve con catorce, como mi madre solía recordarles a las vecinas constantemente mientras regaba los geranios del jardín al caer la tarde. Me admitieron en todas las universidades que solicité y elegí la de Nueva York porque quedaba cerca de casa. Allí conocí a mis dos mejores amigas, Emma y Hannah, y a un hombre aparentemente modélico, Colin. Años más tarde, entré como becaria en el bufete, me gradué con honores y terminaron contratándome.

El resto era historia. De no ser por la traición de Colin que supuso una mancha imborrable en mi «expediente de vida», mi existencia rozaría la perfección.

Y ahora llegaba el tío más imperfecto del mundo y ponía mi mundo patas arriba en menos de un mes. No, no y no. No caería en el juego. En su juego.

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