Tal vez tu

Alice Kellen · Capítulo 22 de 37

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Tal vez tu

22 Hasta «Jack el Destripador» tiene sus días tiernos

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Hasta «Jack el Destripador» tiene sus días tiernos

Me di la vuelta en la cama envuelta en el grueso edredón e inspiré hondo.

Olía a Jack, a su colonia, a su piel. Y fue entonces cuando recordé que no estaba en mi cama, sino en la suya, en su casa de Park Slope. Abrí los ojos de golpe. Jack no estaba a mi lado y, aunque la oscuridad reinaba en la habitación porque las cortinas estaban corridas, se escuchaban pisadas y voces que provenían de la primera planta.

Estuve un buen rato valorando la situación. La peor alternativa era que su madre estuviese allí abajo. La mejor, que se tratase de su hermana Nicole, porque al menos me caía bien y ya estaba al tanto de lo que nos traíamos entre manos (a pesar de que le había asegurado que solo fue un «desliz aislado», cuando, en realidad, casi podía empezar a considerarlo parte de mi rutina).

Terminé levantándome de la cama para ir al servicio y, gracias a mi suerte habitual, comprobé que la puerta no se abría cuando intenté salir después de asearme un poco frente al espejo y lavarme la cara con agua fría. ¡Mierda!

Bajé la manivela de nuevo un par de veces, pero nada. Pasé al plan dos: golpear la puerta para ver si se desatascaba.

Imagino que hice mucho ruido, porque cinco minutos después Jack estaba tras la puerta del baño riéndose a carcajadas. Nunca había sido de las que tienen mal despertar, pero él tenía la insólita capacidad de cabrearme de buena mañana.

—¿Qué coño has hecho?

—¿Cerrar la puerta? Te lo he dicho, se ha atascado —apunté—.

¿Puedes… puedes dejar de reírte y sacarme de aquí? Mi estómago vacío y yo te lo agradeceríamos mucho.

Escuché más risas. «Más» en toda la extensión de la palabra; no solo Jack se descojonaba tras la puerta, había alguien más. Estaba a punto de pegar la oreja a la madera para poder oír mejor, cuando él me pidió que me apartase y golpeó la puerta un par de veces antes de conseguir abrirla. Y allí, mirándome fijamente como si fuese un marsupial recién descubierto, estaba la niña rubita que había achuchado a mi gato semanas atrás, acompañada por un hombre que tendría la edad de Jack.

—Encantado de conocerte, Elisa —me tendió la mano con gesto firme, a pesar de que parecía estar conteniéndose para no partirse de risa; la acepté algo desubicada—. Jack me ha hablado mucho de ti. Me llamo Ethan, por cierto —sonrió.

—¡Es mi papá! —canturreó Molly.

Todavía confundida, seguí sus pasos escaleras abajo. Jack apoyó una mano en mi espalda sin dejar de caminar tras ellos y se inclinó para susurrarme al oído que había olvidado que hoy le tocaba cuidar de Molly.

Al entrar en la cocina, descubrí que en la mesa había un plato repleto de humeantes tortitas recién hechas y una jarra de zumo de naranja.

—¿Te gustan las tortitas? —me preguntó la pequeña con esa vocecita dulce con la que parecía ser capaz de conseguir cualquier cosa que se propusiese.

—Claro, como a todo el mundo —sonreí.

—Jack las odia, pero las hace para mí.

Alcé las cejas sorprendida y miré al aludido.

—Bueno, supongo que hasta «Jack el Destripador» tiene sus días tiernos.

De pronto, Ethan se echó a reír. Y fue una risa sincera y agradable que consiguió que Jack gruñese en respuesta antes de, ante mi atónita mirada, sacar del armario una caja de cereales para niños y volcar en su taza de leche un montón de esas cositas coloridas que yo había dejado de comer a los ocho o nueve años. Alcé una ceja que él respondió con una mirada desafiante; por suerte, no tuve que esforzarme demasiado, porque Molly se encargó de recalcar que Jack siempre comía «cereales para bebés».

Después, los tres empezaron a desayunar como si fuese lo más normal del mundo hacerlo con una extraña sentada junto a ellos.

Ethan tenía los ojos oscuros, el pelo rubio como su hija Molly y unos rasgos muy masculinos que le daban cierto aire misterioso. Me miró con interés sin dejar de masticar, tragó y se dirigió a Jack.

—No me puedo creer que lleve tu pijama.

Avergonzada, bajé la vista hacia mi propia ropa.

—Ni yo que todavía siga viva —soltó Molly.

—Creo que la estáis asustando —replicó Jack y noté un torrente cálido en el pecho al sentirme arropada por él.

—No quería asustarte, pero es que la otra noche pensé que te irías a morir. Mi profesora de arte, Tina Speark, siempre dice que las drogas cambian a las personas. Su hermano cambió por eso, aunque ahora ya está bien. Nos lo explicó él mismo el día de puertas abiertas.

No estaba segura de que las lecciones que le daban en ese colegio suyo fuesen apropiadas para su edad, pero ella sonrió felizmente; tenía los dientes muy blancos y las palas superiores un poco separadas entre sí, lo que le otorgaba un aire travieso.

—Pues lo mismo me ocurrió a mí, ¡ya estoy curada! —exclamé con una alegría desbordante.

Molly aplaudió animada ante las buenas noticias y luego mordisqueó su última tortita, nos dio a cada uno un sonoro beso en la mejilla y corrió a toda velocidad hacia el comedor gritando que estaban a punto de empezar sus dibujos animados preferidos. Cuando nos quedamos a solas, el silencio se volvió un poco incómodo hasta que Ethan se decidió a romperlo:

—Yo tampoco pretendía asustarte, es que… bueno, Jack no suele dejarle sus pijamas a nadie y, ¡auch! —Se quejó cuando el aludido le dio una patada por debajo de la mesa antes de meterse una cucharada de coloridos cereales en la boca—. ¿De qué vas? ¡Era solo un comentario de nada!

—Cierra la boca, Ethan —gruñó.

Ethan puso los ojos en blanco antes de dedicarme una sonrisa encantadora.

—Así que, cuéntame, Elisa, ¿qué tal te trata la vida?

—Eso sigue siendo «asustar a la gente» —masculló Jack.

—No, no te preocupes —dije tras darle un sorbo al zumo de naranja.

Empezaba a sentirme más relajada—. La vida bien, no me quejo. Podría ir mejor, pero, ya sabes, supongo que siempre queremos más, es inevitable.

¿Qué tal tú, Ethan?

Jack nos miró alternativamente como si no pudiese creerse que estuviésemos manteniendo ese tipo de conversación inverosímil en su cocina.

Ethan suspiró hondo.

—Jodido. ¿Sabes lo difícil que es tener una cita decente en esta ciudad?

La última parecía que había ido bien y de repente, ¡pum!, ayer me manda un mensaje diciéndome que lo siente, que no puede hacerse cargo de la responsabilidad que supone salir con un hombre que tiene una hija.

Nunca me había sentido tan identificada con alguien. No en la situación en sí, claro, sino por el trasfondo de la conversación. Me llevé una mano al

pecho.

—¡A mí me ocurre lo mismo! Ayer tuve una cita desastrosa.

—¿Ayer? ¿Ayer no estabas con Jack?

—Sí, ¿no te lo ha contado? Mantenemos una relación muy especial, que se resume en que tengo citas mientras quedo con él.

Ethan frunció el ceño mientras Jack evitaba su mirada y se levantaba para dejar los platos dentro de la pila de la cocina; parecía incómodo y tenso.

—Ah, mira, pues lleva varias semanas hablando de ti y justo se le olvidó mencionar ese detalle. Qué casualidad. Jack, ¿tienes algo que decir?

—Sí, ¿no entrabas a trabajar a las diez? Vas a llegar tarde, hay tráfico.

Ethan se rio al tiempo que se ponía en pie y se alisaba la camisa azul que vestía. Me miró y negó con la cabeza sin dejar de sonreír; daba la impresión de estar pasándoselo en grande.

—La sutilidad nunca ha sido lo suyo, no se lo tengas en cuenta. Ya en la universidad tenía algunos problemas para dejar de comportarse como un cretino…

—¡Ethan, coño!

—¡Vale, vale! —Alzó las manos en alto y sonrió con inocencia, aunque parecía más bien todo lo contrario—. Ya me voy. Tienes razón, es tarde —

me tendió la mano—. Encantado de conocerte, Elisa. Ha sido un placer.

Espero que volvamos a vernos pronto —añadió con sinceridad.

La estancia se quedó sumida en un silencio tenso cuando Ethan se fue.

Suspiré, sintiéndome llena tras el copioso desayuno, y me puse en pie con la intención de ayudar a Jack a fregar los platos. Él estaba apoyado en uno de los muebles de la cocina y parecía pensativo.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Sí, ¿y tú? —susurró.

—Perfectamente.

—A veces Ethan es un poco entrometido —lo justificó—. Bueno, ahora que lo pienso, casi toda la gente que me rodea es así; mi hermana, mi madrastra…

—Quizá el problema sea que tú eres demasiado reservado.

Me ignoró y me abrazó por la espalda mientras yo enjabonaba un plato; sus manos me rodearon la cintura y sus labios se pegaron a mi cuello dejando un reguero de besos que consiguieron ponerme la piel de gallina.

«Buena táctica para cambiar de tema», pensé. Cuando acabé lo que estaba haciendo, me giré y sus labios encontraron los míos y se fundieron en un beso lento y largo que interrumpimos de golpe cuando Molly entró en la cocina.

—¡Puag, qué asco! —se burló.

—Ojalá digas eso mismo dentro de unos años… —farfulló Jack por lo bajo.

—¿Vamos a ir al acuario de Coney Island? ¡Me lo prometiste!

—No sé si es una buena idea…

—¿Por qué no? ¡Porfa, porfa, porfa!

—Está bien, iremos —accedió.

—¿Los tres? —Una sonrisa inmensa se adueñó de su rostro infantil.

—Es que… tengo muchas cosas que hacer… —me excusé, aunque no sonó muy convincente.

Jack se rascó el mentón y me miró con una sonrisa que no presagiaba que fuese a darse por vencido fácilmente.

—Todo villano necesita un esbirro, nena.

—¿De qué estás hablando?

—¡Yo soy la princesa! —exclamó Molly—. Papá es el héroe, la tía Nicole la doncella de la princesa y Jack el villano.

No pude evitar reírme.

—Diría que me sorprende, pero…

—No intentes hacer un chiste —replicó Jack.

—De todas formas, y aunque me encantaría, no podré acompañaros —

insistí. Lo cierto era que no tenía nada mejor que hacer y pensaba quedarme el día en casa viendo la televisión y adelantando un poco de trabajo—.

Quizá en otra ocasión.

—¡Pero ahora tú eres su esbirro, no puedes irte! —sentenció Molly y luego miró a Jack con inocente curiosidad—. ¿Qué es un esbirro?

—Alguien que tiene que hacer todo lo que se le ordene. —Jack se mostró pensativo unos segundos—. Pero como soy un villano benévolo, he decidido que prescindiré temporalmente de mi poder y lo echaremos a suertes. Cielo, trae la moneda del comedor —le pidió a Molly y ella corrió hacia allí con una sonrisa traviesa.

—¿Qué estás haciendo? —siseé molesta.

—Si sale cruz, nos acompañas. Si sale cara, te llevamos a casa antes de acercarnos al acuario —cogió la moneda que Molly le tendía y la lanzó al aire, dio unas cuantas vueltas antes de caer al suelo produciendo un sonoro tintineo. Salió cruz. Puse los ojos en blanco—. Vamos, sube a cambiarte,

¡no tenemos todo el día, esbirro! —dijo tras palmearme el trasero. Molly se echó a reír.

—¿Acabas de darme una palmada en el culo?

—Manías que tengo los sábados por la mañana.

Los dejé allí riéndose de alguna broma que desde luego se me escapaba, y bajé cinco minutos después lista para ir a un acuario. Jack me explicó que cogeríamos el coche de Ethan y, ya dentro del vehículo, lo convencí para que pasásemos antes por mi apartamento para poder cambiarme de ropa y darle de comer a Regaliz, aunque el día anterior le había dejado el cuenco repleto de comida. Al subir, Molly se entretuvo con el gato y Jack se sentó

en el sofá. Me di la ducha más rápida de mi vida y, bajo el agua, pensé en lo peculiar que era la situación; la estrecha relación que Jack parecía tener con Ethan y su hija, su extraña situación familiar, su hermetismo…

Cuando salí de la ducha, escuché a lo lejos la voz de Don Pedro José Donoso. Frunciendo el ceño, me puse la ropa interior, unos vaqueros y un suéter azul de cuello alto antes de abrir la puerta y acercarme al comedor.

Molly seguía jugando con Regaliz, lanzándole una de sus pelotas que habría encontrado debajo del sofá. Jack, con la vista fija en la pantalla de la televisión, tenía aún el mando a distancia en la mano.

—¿Estás viendo mi telenovela? —pregunté.

Me miró por encima del hombro.

—Sí, ¿qué pasa?

—Es solo que… bueno…

—Dime que Isabel Arroyo muere al final.

—No lo sé, aún no he terminado de verla.

—¡Lástima! Ya me lo contarás —Chasqueó la lengua, apagó la televisión y se puso en pie—. Venga, Molly, levántate; a este paso los peces se habrán dormido de aburrimiento cuando lleguemos al acuario.

Ella se rio mientras bajábamos en el ascensor.

—¡Los peces no pueden dormir! —gritó.

—Eso no es del todo cierto, señorita.

Así que durante casi todo el camino en coche hacia Coney Island, Jack estuvo explicando al detalle los numerosos estados de reposo que adoptaban los peces y las diversas formas de hacerlo en relación a su condición, su especie, su temperatura corporal y varios factores más que ni Molly ni yo estábamos dispuestas a seguir escuchando.

—¡Eres un muermo, Jack! —replicó la niña, quitándome las palabras de la boca—. Cuéntanos algo más interesante.

—¿Interesante?

—Interesante para una princesa.

—Eso limita bastante las cosas —admitió.

—¿Te gustan los cuentos? —Le pregunté mirándola por el espejo retrovisor y ella asintió con la cabeza entusiasmada—. ¿Te apetece que te cuente uno?

—¡Sí, por favor!

—Está bien. —Sonreí al recordar las veces que mi madre me había contado esa historia cuando era pequeña tras arroparme en la cama—. La señorita Ardilla era muy ordenada, siempre tenía sus vestidos de lunares bien planchados colgados en su casa del árbol y colocaba las nueces y las semillas que recolectaba en la estantería; se aseaba peinándose con dos trenzas, salía en busca de comida por las mañanas y tejía por las tardes.

—Pues sí que estaba ocupada la ardilla… —masculló Jack y le lancé una mirada furiosa que le hizo reír antes de que el siguiente semáforo se pusiese en verde.

—La señorita Ardilla vendía las bufandas que tejía y ahorraba todo el dinero que ganaba. Sin embargo, un día de caluroso verano, un pajarito precioso de plumas coloridas apareció en la puerta de su casa. Cuando la señorita Ardilla se dio cuenta de que tenía un ala rota, lo dejó dormir en su morada y le vendó el ala y le abrigó el cuello con su bufanda más gruesa y suave.

Hice una pausa y Molly se mostró intrigada.

—¿Y qué pasó después? ¿Vivieron felices?

—No, no exactamente. Al día siguiente, la señorita Ardilla dejó al pajarito descansando y se fue con una cestita de mimbre a la orilla del río para buscar unas semillas crujientes que caían de un árbol cercano. Tras una mañana de duro trabajo, la señorita Ardilla regresó a su hogar y se lo

encontró todo revuelto. ¡No quedaba nada! El pajarito la había engañado fingiendo que tenía el ala rota y se había llevado el dinero, las bufandas y la comida que llevaba meses recolectando para el invierno —relaté—. Y así fue como la señorita Ardilla aprendió que debía ser más precavida y cauta y se prometió a sí misma que no volvería a confiar en el primer pajarito colorido que llamase a su puerta.

Un silencio aplastante reinó en el coche.

Jack apartó la mirada de la carretera solo un segundo para mirarme con el ceño arrugado. Molly se inclinó en su asiento y posó su manita sobre el mío.

—¿El cuento acaba así? —preguntó.

—Sí, ¿te ha gustado?

—No lo sé —respondió pensativa.

—¿Cómo va a acabar así? Solo le has contado la primera parte —objetó Jack—. Lo divertido llega en la segunda, cuando la señorita Ardilla descubre que en realidad el pajarito solo le estaba gastando una broma para demostrarle que tenía que ser más confiada y no tomarse la vida tan en serio.

—¡Qué pajarito más travieso! —Molly sonrió.

—Sí que lo era —dijo Jack— Y después los dos se dieron cuenta de que estaban hechos el uno para el otro, el pajarito picaba las ramas haciendo caer las semillas y la señorita Ardilla las recogía y se las guardaba en los mofletes. Así que se casaron, tuvieron bebés y vivieron felices.

—¿Cómo son los bebés de un pájaro y de una ardilla? ¿Pueden volar?

—Molly, solo es un cuento —replicó, aunque a mí me pareció que la pregunta tenía toda la lógica del mundo. Yo misma hubiese cuestionado lo mismo de pequeña.

Me mantuve callada hasta que llegamos al acuario. No entendía por qué Jack le había quitado toda la gracia al cuento de la Ardilla que tanto había disfrutado durante mi infancia. Puede que no fuese perfecto, sí, pero las historias con finales ideales abundaban y eran todas iguales; en cambio, mi relato tenía una moraleja y era útil y estaba lleno de sabiduría: nadie debería fiarse de los pajaritos insolentes.

Una vez dentro, Molly empezó a correr de un lado a otro, posando sus pequeñas manitas en el cristal y observando a los llamativos peces de colores y brillantes escamas que danzaban a nuestro alrededor. Una anguila asomó la cabeza tras una roca y nos quedamos rezagados dejando que Molly disfrutase un rato de esa primera zona.

Tenía casi su misma edad la última vez que había visitado el acuario. Lo hice con mi madre y fue una de las pocas escapadas que nos permitimos hacer juntas; recuerdo que era verano y que, después, comimos en el famoso puesto de perritos calientes que está en el paseo de Coney Island, al lado del parque de atracciones. Mi madre llevaba puesto un vestido que me encantaba y que siempre intentaba probarme cuando no me veía; era azul con flores blancas, se ajustaba a la cintura y tenía un corte estilo años cincuenta. Estaba muy guapa. Aún era guapa hoy en día. Me pregunté por qué nunca había intentado rehacer su vida, salir más, confiar de nuevo…

Jack me cogió del brazo cuando Molly se alejó siguiendo a unos peces amarillos.

—¿Qué demonios ha sido eso? —preguntó—. ¿A quién se le ocurre contarle un cuento así a una chiquilla? ¡Acaba de cumplir ocho años!

—No es para tanto. Yo me lo sé desde los seis.

—¿Desde los seis años? ¿Qué problema tienen tus padres?

—Solo madre, no conozco a mi padre, y ni se te ocurra meterte con ella

—repliqué enfadada—. El cuento de la señorita Ardilla es auténtico, una

historia con mensaje.

—¡Oh, claro, qué gran mensaje! No creas en el amor, niña, ¡dedícate solo a recoger putas semillas! Empiezo a entender muchas cosas. Empiezo a entenderte a ti —sentenció y, de repente, su rostro dejó atrás cualquier atisbo de enfado y se mostró compasivo. Sentí que se me erizaba la piel. No me gustaba esa mirada suya, esa especie de lástima que se adivinaba en sus ojos.

—No digas nada más —me adelanté—. Tuve una infancia feliz y plena.

Y me sorprende que no estés de acuerdo con la moraleja de la señorita Ardilla porque, si mal no recuerdo, tú eres el mismo tipo que hace unas semanas alardeaba de no comprometerse con nadie y es evidente que la sola mención de la palabra «amor» te da pavor. A eso se le llama hipocresía.

Se inclinó para susurrarme al oído.

—No soy un hipócrita. Es cierto que no creo en el amor, en las relaciones largas ni en toda esa mierda, pero me parece que Molly tiene derecho a descubrir por sí misma si quiere pasar con un pajarito toda su vida o prefiere buscar alternativas. Se llama libertad. Y por desgracia, ella sabe que no siempre todos los finales son felices, créeme.

—Lo siento, no pretendía herirla…

—No he dicho que hicieses eso, Elisa. Solo te pido que tengas un poco de tacto con ella, en el fondo es muy sensible —explicó—. Olvídalo. Ven, vamos a disfrutar del día, ¿te parece?

Asentí con la cabeza y tomé la mano que me ofrecía, cálida y familiar.

Avanzamos detrás de Molly por un túnel de paredes de cristal hasta llegar a la zona de los tiburones y pensé en las palabras de Jack, en la madre y la esposa que Ethan y Molly perdieron, y en la pobre señorita Ardilla que ahora estaría en su impoluta casa del árbol, mirando sus avellanas alineadas y tejiendo perfectas bufandas, pero sola, muy sola.

Pasamos el resto del día entre risas y bromas, disfrutando del acuario, especialmente de la zona de las medusas, que brillaban y se mecían en el agua capturando toda la atención de Molly. Cuando llegó la hora de alimentar a los animales, uno de los momentos clave de la visita al acuario, estuvo a punto de empezar a hiperventilar de la emoción y no perdió detalle de lo que hacían los voluntarios que trabajaban en el centro.

—¿Te gusta? —me puse de cuclillas a su lado.

—¡Me encanta! Algún día trabajaré aquí —dijo con decisión—. Seré veterinaria y me ocuparé de que todos los animales del mundo estén contentos.

—Eso suena increíble. Ahora entiendo por qué le caes tan bien a Regaliz, no suele ser tan dócil con los desconocidos, ¿sabes?

—¿Lo dices en serio? —preguntó.

—Te lo prometo.

Molly me abrazó y tardé unos segundos en reaccionar y apresar su pequeño cuerpecito entre mis brazos; olía a fresas y parecía feliz y satisfecha.

—Papá no me deja tener animales en casa, dice que casi no tiene tiempo ni para respirar y que es una gran responsabilidad —se quejó.

—En eso último tiene razón.

—¡Pero yo lo cuidaría!

—Molly, no empieces con eso otra vez. —Jack la cogió en brazos, le hizo cosquillas y ella trepó hasta colgarse de su espalda. Comenzamos a caminar bajo el techo lleno de relucientes pececillos—. Algún día tendrás tu mascota, cuando tu padre consiga otro turno de trabajo más cómodo y tú seas lo suficientemente mayor como para encargarte de ello.

Molly refunfuñó por lo bajo, pero no volvió a protestar. Un rato más tarde, salimos del acuario y nos dirigimos a un restaurante de comida rápida. Pedimos tres hamburguesas con sus correspondientes refrescos y patatas fritas. Jack se empeñó en pagar y nos sentamos en una mesa de color granate al lado de la ventana desde la que se veía el mar y el cielo plomizo que lo envolvía. Molly se comió media hamburguesa y unas cuantas patatas antes de convencer a Jack para que la dejase irse sola a la zona de juegos en la que había una especie de castillo hinchable con bolas de colores. Le permitió hacerlo con la condición de que se mantuviese a la vista en todo momento.

—Es muy bonito lo que haces por ella —dije cuando se marchó.

Jack se metió la pajita de su Coca-Cola en la boca y bebió un trago largo antes de contestar.

—No es bonito, es… natural. Molly y Ethan son parte de mi familia.

—Aun así… —insistí, y jugueteé con una patata frita que terminé dejando en la bolsa antes de limpiarme los dedos con la servilleta de papel

—. ¿Cómo os conocisteis Ethan y tú?

—De pequeños. Crecimos en el mismo barrio.

—Ah, creía que fue en la universidad.

—No. Ethan y yo éramos vecinos, vivía en la casa de al lado y solíamos jugar juntos todos los días. Fuimos al mismo instituto y luego cada uno acabó en una universidad, porque él estudió medicina, pero decidimos compartir piso para no tener que tomar rumbos tan distintos. Esa es la historia. Nuestra historia.

—¿Y ella? ¿La madre de Molly?

Jack suspiró hondo.

—Ethan conoció a Lauren en una cafetería y se enamoró de ella al instante. Lauren era guapa, lista, divertida e increíble en todos los sentidos.

Ethan la quiso muchísimo y le ha costado superar…, ya sabes, lo que ocurrió. Todavía intenta hacerlo a día de hoy.

Suspiré hondo.

—¿Y Molly? ¿Sufrió mucho?

—Fue duro. Lauren pasó mucho tiempo en el hospital, tuvo varias recaídas hasta que el cáncer la venció. Molly era muy pequeña por aquel entonces y Ethan pasaba mucho tiempo en el hospital, así que solía quedarse conmigo o con mi hermana Nicole. No recuerda a Lauren tanto como cabría esperar, casi todo lo que sabe de ella es lo que le hemos contado, las fotografías que le enseñamos… —carraspeó y apartó la mirada

—. Suele mirar el álbum casi todas las noches, le encanta hacerlo —

concluyó.

Nos quedamos en silencio mientras Molly jugaba a lo lejos con otros niños y tampoco hablamos demasiado durante el camino de regreso. Ella se quejó y lloriqueó cuando Jack estacionó en West Village enfrente del portal de mi apartamento.

—¿Por qué no puede cenar con nosotros?

Evité mirar por el espejo retrovisor para no ver sus ojos acuosos.

—A Regaliz no le gusta estar solo todo el día —apunté, en un burdo intento por ahorrarle a Jack el mal trago que, de pronto, parecía cansado y perdido en sus propios pensamientos.

—¿Y cuándo volveré a verte?

—No lo sé, pero espero que pronto.

—¿Puede venir a patinar con nosotros la próxima semana, Jack? Papá me prometió que iríamos a la pista de hielo de Bryant Park. Todos los años vamos. ¡Por favor, por favor! —juntó las manos en plan rezo para darle más énfasis a sus palabras.

Nos quedamos en silencio. Jack suspiró hondo, con la espalda apoyada contra el respaldo del coche. Cuando me miró, no supe si estaba complacido o enfadado. O quizá ambas cosas a la vez.

—¿Puedes…? —preguntó con sequedad.

—Lo intentaré —respondí antes de salir del coche.

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