Tal vez tu
14 Un callejón sin salida
14
Un callejón sin salida
Cuando me desperté a la mañana siguiente, Jack ya se había ido, pero me sorprendió descubrir que había trasteado en los armarios hasta encontrar el bote donde guardaba el café y toda la casa olía a ese aroma tan delicioso.
Me serví una taza con una sonrisa en los labios y cogí la nota que Jack había dejado al lado:
«Tres tomates caminan por la calle. Papá tomate, mamá tomate y bebé tomate. El bebé tomate se despista y papá tomate se enfada muchísimo.
Vuelve atrás, le aplasta y dice: Kepchup». Pulp Fiction
Me reí rememorando ese diálogo. Al menos teníamos algo en común: Tarantino. No sé si era demasiado preocupante que la cosa estuviese relacionada con violencia, mucha sangre gratuita y personajes al borde de la locura. Pero lo que sí sé es que ese día el trayecto en metro hasta el trabajo se me hizo más corto de lo habitual, llegué dos minutos tarde (algo aceptable) y cuando les sonreí a las chicas de recepción me miraron extrañadas, como si estuviese a punto de palmarla por algún tipo de enfermedad rara.
Estuve un par de horas trabajando en los casos que tenía pendientes, concentrada, pero cuando me tocó asistir a una reunión general después del almuerzo, empecé a recordar momentos y sensaciones de la noche anterior.
Había sido increíble. Incluso a pesar de que quisiese quedarse a dormir,
porque me di cuenta de que, al final, accedió a cumplir mi fantasía y me desperté sola en la cama, satisfecha y feliz.
—¿Elisa? ¿Tienes el último informe?
—¿El último informe…? —Rebusqué entre los papeles que tenía enfrente intentando encontrar alguno con la palabra «informe» en rojo y con letras muy grandes. Porque, a ver, ¿de qué me estaba hablando? Hacía varios minutos que había perdido el hilo de la conversación—. Pues… ahora mismo… no lo encuentro —susurré muy bajito, como si el profesor me estuviese pegando la bronca delante de todos mis compañeros que, en esencia, venía a ser lo que estaba ocurriendo. La cosa es que a mí jamás de los jamases me llamaban la atención, no hacía falta.
—El informe de la resolución del caso de Kevin.
Henry se cruzó de brazos y me fulminó con la mirada.
—Ah, sí, ya —tragué saliva y se lo tendí.
—Bien. Gracias, Elisa —respondió cortante.
Bajé la cabeza y me quedé en silencio, convenciéndome de que mi despiste no había sido para tanto. Observé a los allí presentes: todos tenían sus ojos fijos en Henry. Tan solo dos abogados llevaban allí más tiempo que yo, los demás eran jóvenes. Henry solía decir que le gustaba la frescura que aportaban, las ganas que todos tenían de comerse el mundo tras terminar los estudios. Y quizá sí que llevaba razón, porque había una chica pelirroja con flequillo que lo miraba con absoluta adoración; me pregunté si años atrás yo también llegué a mirarlo así.
Henry me pidió que me quedase cuando la reunión acabó y todos se marcharon.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—No lo sé, dímelo tú.
Lo miré algo cohibida.
—No me pasa nada.
—Estás distraída, Elisa —refunfuñó—. Y no te pago para que te quedes ahí mirando las musarañas. ¿Qué me dices del caso de Julia Palmer?
—Todo está en orden. Quedamos en proceder con la tasación de las propiedades, lo que llevará su tiempo, y en reunirnos después de las vacaciones de Navidad. ¿Cuál es el problema?
—El problema es que no es suficiente.
—¿Qué quieres decir?
—Te dije que íbamos a comisión. Quiero que saques más beneficio; la gracia de tener un limón en la mano es poder extraer todo el jugo. Y si alguien puede hacerlo, eres tú.
—Pero…
—Confío en ti. Ponte las pilas.
Henry abandonó la sala de reuniones antes de que pudiese decir ni una sola palabra. Me quedé un largo minuto con la mirada clavada en la puerta, preguntándome cómo demonios iba a conseguir sacarle más rentabilidad al caso. Dadas las circunstancias, ya me parecía un milagro lo mucho que había cedido la otra parte y pensaba que los acuerdos estaban siendo justos y buenos. Todavía teníamos que discutir bastantes cosas, pero todo avanzaba por buen camino. ¿Por qué Henry se empeñaba en apretar más las tuercas? No era aconsejable cabrear a Jack. ¡Y madre mía…! Jack. Sentí un hormigueo solo al recordar su nombre.
Si algún día Henry se enteraba de lo que había ocurrido la noche anterior, me desterraría a algún lugar muy feo y muy desagradable: el cruel desempleo. Y tenía que mantener el apartamento, claro, eso era lo primero.
No había sido nada fácil encontrar una casa bonita y asequible en West Village y me encantaba esa zona de Nueva York. Era como un pequeño pueblo europeo en medio de la ciudad y aunque solía estar lleno de turistas
que paseaban por las tiendas y las galerías de arte, el ambiente tenía un toque bohemio y era tranquilo y muy agradable.
Así que regresé a mi despacho con la cabeza hecha un lío y sin saber que lo que me esperaba allí dentro era aún peor. Mi cara de sorpresa debió de ser total al abrir la puerta, porque Nicole se llevó una mano al pecho, apesadumbrada, y me pidió perdón varias veces seguidas hablando muy rápido.
—De verdad que lo siento, la chica de recepción me dijo que estabas en una reunión y que podía esperarte en tu despacho —insistió.
—No, no pasa nada. Tranquila.
Le sonreí, pero la que no estaba nada tranquila era yo. ¿Qué hacía allí la hermana del tío con el que me había acostado hacía unas horas? Ah, claro, el vestido de Dior. Me calmé un poco cuando vi que lo llevaba en la mano dentro de una funda.
—Me gustaría haber podido traértelo antes, pero pasé unos días en Los Hamptons.
—Ya te dije que no tenías que hacerlo…
—Oh, ¡por supuesto que sí! ¿Qué clase de anfitriones seríamos si no?
—Muchas gracias. Dime cuánto te ha costado y yo lo pagaré.
—¡Ni hablar! Esto es una compensación por lo bruto que es mi hermano; espero que no se lo tengas en cuenta, le pierde esa boca que tiene.
Dios. Sí, su boca sí que era mi perdición.
Me obligué a pensar en cualquier otra cosa.
—Jack no es tan horrible. Ya sabes, todos tenemos nuestros días malos.
Nicole, que había estado echándole un vistazo a mi escritorio, se giró de golpe y su cabello oscuro y lacio ondeó como una cortina. Me estudió con los ojos entrecerrados.
—Oh, no, ¿te has acostado con mi hermano?
—¿Qué? ¿Por qué dices eso? —me reí como una histérica. Genial—.
¡No, por supuesto que no! Somos contrincantes. Y profesionales —Y unos mentirosos, también.
—Te has acostado con él. —Esta vez no hubo duda en su voz, fue una afirmación; ladeó la cabeza y me observó con interés—. Tienes que salir a comer ahora ¿cierto? Conozco un sitio que está aquí cerca. Yo invito.
A ver, ¿cómo se rechazaba a la hermana de tu reciente ligue sin que pareciese que lo estabas haciendo? No se me ocurrió ninguna buena excusa y, además, era demasiado simpática como para comportarme como una bruja con ella; se había tomado la molestia de traerme ese vestido en persona. Ella. Una chica que días atrás habría estado haciendo «cosas de ricos» en Los Hamptons, como cepillar a su caballo o vete tú a saber qué.
Solo por pronunciar ese nombre te cobraban. «Los Hamptons». Diez dólares. «Los Hamptons». Veinte dólares. «Los Hamptons». Treinta dólares. Así que al final terminé por dedicarle una sonrisa y aceptar su oferta.
Caminar con Nicole por las calles de la ciudad era parecido a ir con Hannah: todos los tíos giraban la cabeza hacia ella y era difícil culparles por hacerlo, porque las dos llamaban la atención sin siquiera proponérselo, a pesar de que la hermana de Jack parecía ser muy consciente de su atractivo.
Terminamos el paseo en un restaurante de comida japonesa. Yo pedí sushi variado y Nicole un plato de pollo teriyaki.
—Así que os habéis acostado.
—Quizá quieras hablar de otra cosa mientras comemos —sugerí con tacto.
—No, no te preocupes, cielo —se encogió de hombros y sacudió la mano
—. A estas alturas ya estoy acostumbrada. No hay nada que Jack pueda hacer para sorprenderme.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Puede que ya lo hayas notado, pero para Jack no existen los límites.
Hace o dice lo que quiere sin pensárselo demasiado. —Atacó su plato de comida en cuanto nos sirvieron—. Lo curioso de la situación —me señaló con los palillos—, es que el trabajo siempre ha sido lo único sagrado para él. Y ahora también ha traspasado esa línea. Me pregunto por qué.
Me encogí de hombros.
—Quizá se sentía necesitado.
—No sé si eres consciente de ello, pero mi hermano está considerado como un «soltero de oro». Al fin y al cabo, es uno de los cuatro herederos de la fortuna de los Daunfrey.
Abrí la boca, consternada, y volví a dejar en el plato el maki que estaba a punto de tragarme.
—¿Piensas que me acosté con él por eso? Oh, no, no. Te estás equivocando. De hecho, no volverá a ocurrir, puedes estar tranquila. No te ofendas, pero tu hermano no me interesa. Busco un prototipo de hombre…
diferente —aclaré.
—Ya sé que no estás interesada en su dinero —se rio felizmente—. Me refería a que tiene ofertas de sobra si la razón fuese por sentirse necesitado.
Uhm, por cierto, el pollo está riquísimo, ¿quieres probarlo?
La miré un poco cohibida. Era tan impredecible como Jack. Terminé asintiendo con la cabeza y atrapando un trozo de pollo y un par de verduras con los palillos. Pues sí, tenía razón, estaba de muerte. Le ofrecí mi plato de sushi y Nicole cogió un par de salmón.
—¿A qué te dedicas? —pregunté.
—Soy diseñadora de interiores.
—¿Trabajas por tu cuenta?
—Sí —rebuscó en su diminuto bolsito burdeos y me tendió una tarjeta—.
Toma, por si alguna vez me necesitas.
—Gracias. Lo tendré en cuenta.
—¿Eres de Nueva York?
—Sí, me críe en las afueras.
—¿Y tienes hermanos?
—No, soy hija única.
—Una parte de mí te envidia, aunque no podría vivir sin ellos —sonrió de lado y luego comió, tragó y siguió hablando—. Imagino que no lo sabes, pero mis hermanos mayores son gemelos, siempre han estado muy unidos, así que pasé gran parte de mi infancia persiguiéndoles y esforzándome por caerles bien para que me dejasen jugar con ellos, pero no hubo manera. Y
entonces, un día cualquiera, Jack llegó a la familia y así, de repente, tenía un hermano que sí me hacía caso, a pesar de que se la tuviese jurada a mis muñecas.
—Debió de ser difícil —atisbé a decir.
—¡No creas! —sacudió una mano en alto—. Para mí fue genial. Se convirtió rápidamente en mi hermano favorito. No me malinterpretes, adoro a Matt y Anton, pero a veces pueden ser un poco egoístas. Mi madre también lo aceptó muy bien, a pesar de que a raíz de su llegada salieron a relucir las muchas infidelidades de mi padre, pero él… bueno, mi padre es un caso aparte. Ser hijo de Riley Daunfrey te condena a intentar superarte a ti mismo una y otra vez.
—Eso me suena de algo…
—¿Qué quieres decir? —preguntó con interés.
Me removí incómoda por haber hablado de más. No parecía lo más apropiado abrirme y desahogarme con la hermana del tío al que me había
tirado y contra el que, además, tenía que ganar un caso. Un caso que Henry se empeñaba en complicar todavía más.
—Mi madre también puede ser exigente si se lo propone —confesé al final—. Pero reconozco que mi mayor enemiga siempre he sido yo misma.
Ya sabes, a veces parece que nunca tenemos suficiente.
Nicole asintió con gesto pensativo y después terminamos de comer mientras hablábamos de cosas más banales, como de los nuevos azulejos europeos de moda que ella había empezado a incorporar en sus diseños o de las complejidades del mundo del boxeo incluso para principiantes. Al final la convencí y me aseguró que preguntaría por las clases en su gimnasio habitual.
Nos despedimos en la puerta del restaurante.
—Ha sido un placer comer contigo —aseguró.
—Lo mismo digo. Y gracias por lo del vestido.
Estaba a punto de darme la vuelta para volver a la oficina, cuando ella me frenó.
—Una cosa más, Elisa.
—Claro, dime.
—Sé que está mal lo que voy a decir, pero me pareces encantadora y una buena chica y no me gustaría que mi hermano te hiciese daño. Jack no es de los que se comprometen. Solo ha estado enamorado una vez en su vida, hace ya muchos años, y esa persona le rompió el corazón. No cambiará por nadie. Y si te confieso esto es porque puede llegar a ser muy… persuasivo.
Cuando quiere algo, lo consigue.
—No creo que eso vaya a ser un problema conmigo, Nicole.
—Eso espero —suspiró y luego sonrió y lanzó un beso al aire antes de desaparecer entre la multitud que caminaba por una de las principales avenidas de Nueva York.
Negué con la cabeza y regresé a toda prisa a la oficina, porque iba justa de tiempo y después de la pequeña bronca de Henry lo último que quería era darle más motivos para hacerle enfadar. Así que entré, me senté en mi despacho y me propuse adelantar todo el trabajo posible. O, al menos, lo hice hasta que me llegó un mensaje de Jack.
De Jack Helker. Para Elisa Carman.
Asunto: Planes.
¿A qué hora sales del trabajo? Puedo pasar a recogerte. ¿Quedamos a tres manzanas de tu oficina, enfrente de esa floristería que hace esquina?
Jack Helker, (con ganas de verte).
Lo leí varias veces. Ya era casi una costumbre cuando se trataba de sus mensajes. ¿Cómo era posible que lo plantease así, tan natural, como si lo hiciésemos a diario? Tragué saliva al recordar la pasada velada. No es que no me apeteciese repetir. ¡Claro que me apetecía! Pero no podía. La gracia de lo ocurrido era que sería solo algo anecdótico y puntual y que a partir de ahora seguiría adelante con mi vida. Ya había hecho planes para esa misma noche. Planes que consistían en una copa de vino, un trozo de pizza y esa web de citas en la que Hannah me había inscrito. Me habían llegado un par de solicitudes, pero todavía no había encontrado el momento de valorarlas.
De Elisa Carman. Para Jack Helker.
Asunto: Ese era el trato...
Lo siento, pero se suponía que sería solo un lío de una noche. Y a pesar de que te aseguro que me lo pasé genial, no puedo permitirme que vuelva a ocurrir. Espero que lo entiendas.
Hablamos pronto.
Elisa Carman.
De Jack Helker. Para Elisa Carman.
Asunto: Me he perdido algo.
Sácame de dudas, ¿por qué no puedes permitírtelo?
Jack Helker, (cotilla).
De Elisa Carman. Para Jack Helker.
Asunto: Futuro.
Dejando a un lado que sigues siendo mi rival y que lo que hicimos está terriblemente mal (muy, muy mal de verdad), estoy buscando a mi hombre ideal.
Elisa Carman.
De Jack Helker. Para Elisa Carman.
Asunto: Sin sentido.
¿De qué coño estás hablando?
Jack Helker, (confundido).
Suspiré dramáticamente.
No era algo tan difícil de entender, vamos. No sé si fue porque me molestaba estar reprimiendo las ganas que tenía de estar con él o si se me cruzaron un poco los cables, pero mi siguiente mensaje fue algo caótico: De Elisa Carman. Para Jack Helker.
Asunto: Propósitos.
Tengo casi treinta años. O los cumpliré dentro de siete meses y no sé cuántos días más, ya he perdido la cuenta. La cuestión es que necesito
encontrar a un hombre con el que pasar el resto de mis días, un hombre que quiera boda, bebés y ese tipo de cosas que a los tíos como tú os producen urticaria. Así que me he inscrito en una web de citas y me he propuesto encontrar a esa persona especial durante los próximos meses. Por eso no puedo repetir lo que ocurrió. Ya no me queda tiempo que perder.
Elisa Carman.
De Jack Helker. Para Elisa Carman.
Asunto: Es perfecto.
¡Gracias! Hacía tiempo que no me reía tanto. En serio, iba caminando por la calle mientras leía tu mensaje y he tenido que parar… ¿Tan desesperada estás? No te enfades, nena, pero el mundo de las webs de citas es más complejo de lo que parece a simple vista. ¿Sabes? Yo podría echarte una mano. De hecho, sería perfecto, ¿no te parece? Tú y yo divirtiéndonos juntos mientras buscamos al hombre ideal para ti.
Imagino que a las cuatro habrás acabado, te recojo a esa hora enfrente de la floristería. No llegues tarde.
Jack Helker, (especialista en webs de citas).
«¿Pero qué narices…?».
Me encontré a mí misma debatiéndome. Recordé lo que su hermana había dicho sobre que podía ser muy persuasivo. ¡Y vaya si lo era! El problema era que en ese momento de mi vida me sentía muy dada a caer en tentaciones. Dejé el mensaje sin contestar, vacilante, pero no pensé en ninguna otra cosa durante el resto de la jornada. Jack. Jack y esa sonrisa canalla. Jack y el brillo inquieto de sus ojos. Jack y sus manos masculinas y algo ásperas. Sacudí la cabeza. La única certeza era que él y yo estábamos de acuerdo en lo esencial: tenía que encontrar a mi media naranja. Cuando
lo hiciese, todas las piezas encajarían solas. Me olvidaría de esa atracción tonta que sentía por Jack y, al mismo tiempo, seguiría de nuevo el rumbo correcto.
A las cuatro de la tarde llegué a la puerta de la floristería. Ya estaba maldiciendo por dentro por permitirle llegar tarde otra vez, cuando me di cuenta de que el tipo que me miraba subido en una moto al lado del arcén, era él. Vaya, vaya. Pues al final sí que lo imaginaba en moto; de hecho, encajaba con él, con esa actitud despreocupada de la que hacía gala. Sonreí y me acerqué. Jack me tendió un casco y terminé enredándome el pelo en el cierre de seguridad, lo que provocó que él suspirase dramáticamente antes de abrochármelo, como si le pareciese tonta o algo así. Aunque, pensándolo bien, era cierto que mi nivel de lucidez descendía un poco cuando él estaba cerca.
Nos incorporamos a la carretera. Terminé sujetándome a su espalda cuando cogió más velocidad. Avanzamos entre el tráfico antes de cruzar el puente de Brooklyn y dirigirnos hacia el sur. El sol rojizo teñía la ciudad de un tono caramelizado y los árboles desnudos o de hojas marrones reflejaban el invierno. Le rodeé la cintura con más fuerza y de pronto fui consciente de que sí, estaba allí, con él, recorriendo en moto las calles de Brooklyn. Si echaba la vista atrás, mi vida había cambiado mucho en apenas unas semanas. Jack redujo la velocidad cuando llegamos al barrio de Park Slope.
Siempre me había gustado esa zona; próxima al parque más famoso del distrito, con casas unifamiliares a ambos lados de una calzada amplia, algunas de estilo brownstone, y muchas cafeterías, restaurantes y boutiques.
Era, en esencia, un barrio muy familiar y, desde luego, a Jack no le pegaba en absoluto. Me quité el casco de la moto en cuanto bajé con cierta dificultad.
—No me digas que vives aquí…
—¿Te sorprende?
—Un poco —admití.
—¿Tú no eras la señorita que no juzga a nadie? —replicó burlón tras guardarse las llaves de la moto en el bolsillo de la chaqueta y colgarse el casco del codo.
—No es lo mismo «juzgar» que «suponer». Y sí, supuse que vivirías, no sé, en una de las últimas plantas de un rascacielos minimalista con las paredes de cristal en el Upper East Side.
—Has visto demasiadas películas.
Jack negó con la cabeza con una sonrisa y yo lo seguí caminando por la acera. Escondí mi asombro cuando subimos los escalones que conducían hasta la puerta principal de una casa de dos alturas, con una fachada preciosa de ladrillos rojos y ventanales alargados. En el pequeño porche que tenían todas las viviendas de esa calle, crecían arbustos verdosos y plantas con diminutas flores amarillas. La acera estaba llena de hojas secas que habían caído de los árboles.
Entré tras él cuando abrió la puerta, pero antes de que pudiese echarle un vistazo al interior de la casa, Jack me aprisionó contra la pared del recibidor y sus labios chocaron contra los míos, suaves pero exigentes. Respondí con la misma ferocidad. Las llaves produjeron un chasquido cuando las dejó caer al suelo y, un segundo después, nuestras ropas siguieron el mismo camino. No sé cómo lo conseguía, pero con él podía pasar de cero a cien en un segundo. Sus manos me buscaban, acariciando cada tramo de mi piel, memorizando esos puntos más sensibles que me hacían temblar. Mantuve los ojos cerrados cuando Jack me embistió con fuerza allí mismo, contra la pared, de pie, ambos jadeantes y demasiado ansiosos como para esperar hasta llegar al dormitorio. Y si pensaba que nuestra primera vez había sido insuperable, me equivocaba. La segunda fue aún mejor. Fue como celebrar
el cuatro de julio por anticipado y ser testigo de un montón de fuegos artificiales detonando entre ambos.
Cuando terminamos, ya vestidos (aunque él llevaba la camisa arrugada y por fuera), nos miramos fijamente en la cocina mientras bebíamos un vaso de agua. Incluso después de lo que acababa de ocurrir, sentía un deseo latente al observarlo; no sé si era por la pose, los gestos o su forma de moverse, pero cada detalle suyo me resultaba tentador e intrigante. Dejé el vaso vacío dentro del fregadero.
—¿Piensas enseñarme alguna estancia más? Aparte del recibidor, claro.
—Estamos en la cocina. Y la cosa debería ir a orgasmo por habitación. —
Paró de reírse cuando le di un puñetazo en el hombro—. ¡Eh, eso ha dolido!
Sonreí con orgullo.
—Practico boxeo.
—¿Estás de broma?
—No. El chico que conociste la otra noche, Aiden, es mi entrenador.
—Parecía un gilipollas —torció el gesto—. ¿Y por qué lo haces?
—Me ayuda a liberar el estrés. Ahora que lo pienso… retomé las clases gracias a ti. Me sacabas de quicio. Perdón, aún me sacas de quicio. Y Aiden no es ningún gilipollas.
Jack frunció el ceño y me miró con atención.
—¿También te acuestas con él?
—¿Qué? ¡No! ¡Claro que no! Solo somos amigos.
—Un tío no tiene amigas a menos que no sepa de qué otra forma conseguir meterse entre sus piernas —gruñó.
—Suenas tan rancio que paso de contestarte.
Apenas había dado dos zancadas al frente cuando él me retuvo sujetándome de la muñeca con suavidad y, con un pequeño tirón, me atrajo
hacia su pecho. Olía tan bien como siempre. O aún mejor, aunque no sé si eso era posible.
—Está bien, quizá tú tengas razón, pero quiero la exclusividad mientras esto dure.
«Claro, como si me pasase la vida teniendo sexo desenfrenado con unos y con otros». Suspiré hondo e imaginé que, por el contrario, esa sería su rutina habitual. Sacudí la cabeza y recordé lo que estaba haciendo allí.
—Ya, pues auguro que la duración será corta, porque te recuerdo que estoy buscando al futuro y encantador padre de mis hijos.
—No sufras. Me gusta lo «corto» si hablamos de relaciones.
—Qué halagador. Todavía estoy esperando que me expliques eso de
«especialista en web de citas», ¿recuerdas? Lo prometiste.
—Nena, siempre cumplo mis promesas.
Me tendió la mano y yo la acepté. No me soltó mientras recorríamos la casa y me enseñaba las diferentes estancias. Era más pequeña de lo que parecía desde fuera y estaba decorada con mucho gusto; masculina, pero con personalidad. Colores cálidos, estanterías llenas de libros y películas, cuadros atípicos, espacios poco recargados y muy luminosos.
—¿Qué te parece?
—Muy bonita.
—Y eso que aún no has visto lo mejor…
A un lado de su dormitorio, que era sencillo con una colcha azulada, había una puerta corredera. Jack la movió, dejando ver la preciosa terraza que se escondía casi a ras del tejado de la casa. Era de proporciones reducidas, pero eso solo le daba más encanto; había una especie de banco tapizado y lleno de cojines y en el suelo una colorida alfombra y varias macetas con plantas. Era íntima, porque el muro y el propio tejado la mantenían oculta. Y tenía un aire bohemio, único.
—Esta fue la razón por la que compré la casa. No hay otra en toda la manzana que tenga terraza; imagino que el anterior dueño la haría construir
—se encogió de hombros—. Bueno, también tuvo que ver que Ethan y Molly viviesen justo enfrente.
—¿Ethan es tu mejor amigo? —Jack asintió con la cabeza—. ¿No está casado?
—Lo estuvo, pero Lauren murió hace unos años.
—Lo siento. —Nos sumimos en un silencio incómodo, así que me asomé a la terraza poniéndome de puntillas y observé la calle. Recordé la visita de Nicole—. Por cierto, quizá debería habértelo dicho antes, pero tu hermana vino hoy a mi oficina para traerme ese vestido que tú ensuciaste y terminó invitándome a comer.
Jack arrugó la frente.
—¿Y qué quería?
—Nada, solo comer. Ya te lo he dicho.
—Tú no conoces a mi hermana. Es la persona más entrometida del mundo, sobre todo en lo referente a mi vida. Ya tendré una charla con ella.
Apoyó los codos en el muro, a mi lado. El viento frío le sacudía el cabello oscuro. Me mordisqueé el labio inferior, nerviosa. Quizá Nicole esperaba que esa comida quedase entre ella y yo, pero me pareció un poco feo no decirle nada a Jack y, además, tampoco especifiqué nada con ella. Él notó mi debate interior y a una parte de mí le molestó que lo hiciese y fuese tan observador.
—No te preocupes, adoro a Nicole; solo quiero que entienda que no puede ir por ahí hablando de más porque, como la conozco mejor de lo que a veces me conozco a mí mismo, daré por hecho que te contó cosas mías
¿cierto?
Jack alzó una ceja. Tragué saliva.
—No creas. Apenas dijo nada.
—Concreta ese «apenas».
—Va en serio, Jack. Lo único que comentó fue que eras persuasivo y que estás medio pirado, algo que ya tenía claro. Ah, y que te partieron el corazón, sí. Pero no dijo quién, ni cómo ni cuándo, así que, tranquilo.
Además, a estas alturas, deberías saber que no me interesa lo más mínimo lo que sea que te ocurriese en el pasado.
Jack puso los ojos en blanco y rio sin humor.
—¿Dijo que me partieron el corazón? ¡Esa chica cada día tiene más pájaros en la cabeza! —farfulló y se apartó del muro con la intención de volver a entrar en casa. Me miró antes de abrir la puerta corredera que conducía a la habitación—. ¿Nos ponemos en marcha con esa web de citas?
Sonreí, asentí y seguí sus pasos.
OceanofPDF.com