Tal vez tu
31 Cambios, certezas, decisiones
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Cambios, certezas, decisiones
Decir que sentí alivio cuando llegué a la oficina y me enteré de que Henry se había tomado dos días extras de vacaciones, sería quedarme muy corta. Y eso me molestaba. Alegrarme tantísimo por seguir conservando algo que en el fondo sabía que ya no me llenaba ni me emocionaba, pero supongo que el ser humano es adicto a las costumbres, a sentir que tiene ciertas garantías. Mi trabajo, lejos de entusiasmarme, había pasado a ser eso: algo que me garantizaba que llegaría a fin de mes sin problemas.
El primer día llamé a Julia, pero no me lo cogió.
El segundo día, Nicole apareció en mi despacho.
—No quería molestar, pero pensé que estarías libre durante la hora de la comida —dijo algo cohibida. Tenía muy buen aspecto; las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes—. Y necesitaba agradecerte en persona lo que hiciste.
Me puse en pie y cogí el abrigo.
—No sé si me dará tiempo a comer, pero si quieres acompañarme a visitar un par de tiendas… —propuse—. Tengo que comprarle a Hannah una cosa para su cumpleaños.
—Eso está hecho.
Bajamos a la calle y caminamos directas hacia un local de artículos de dudosa utilidad que sabía que a Hannah le encantaba. Como era de esperar, allí terminé encontrando lo que buscaba, que era un peluche gigantesco de un unicornio, con pelaje de color rosa chicle y un cuerno dorado y brillante.
Con total seguridad sus padres jamás le regalarían algo así y a Hannah le
encantaban ese tipo de chorradas. Además, al día siguiente tenía que llegarme por correo la otra parte del regalo, de la que se había encargado Emma, y que era una álbum lleno de fotografías nuestras y adornado por cintas de seda, plumas, comentarios graciosos escritos con rotulador, mucha purpurina y otros artículos de papelería. Decir que a Hannah le gustaban las cosas recargadas y brillantes era quedarse corto.
Durante el camino de regreso, compramos un perrito caliente en un puesto en plena calle mientras me esforzaba por ignorar las miradas curiosas, ya que el inmenso unicornio sobresalía completamente de la bolsa.
Nos alejamos unas manzanas hasta un pequeño parque y nos sentamos en un banco, al lado de un árbol. Nicole estaba feliz y radiante y no dejaba de hablar de Ethan, de lo maravilloso que era, del beso desesperado que le había dado días después de la escapada a la pista de patinaje y de lo tremendo que era entre las sábanas.
—Eh… creo que no necesito más detalles —insistí.
—Es fascinante —siguió—, llámame rara, pero nunca antes lo había hecho debajo de la ducha y te juro que me faltó poco para desmayarme. Y
su boca…
—Basta o empiezo a hablarte de lo que tu hermano sabe hacer.
—¡Eso es cruel! —se rio antes de volver a ponerse seria—. Jack y tú tenéis que arreglar lo que sea que haya ocurrido entre vosotros, lo sabes,
¿no? Mi hermano puede ser un idiota, pero sé que tú eres muy especial para él.
Le di un mordisco al perrito caliente, mastiqué y tragué.
—Hemos terminado —dije intentando que no me temblase la voz.
—No lo creo. Estás colada por él.
—Eso no cambia las cosas.
—Debería cambiarlo todo…
—¿Qué sabes de ella? —pregunté de pronto—. De la chica que le rompió el corazón.
Nicole ladeó la cabeza.
—No mucho. Nada, en realidad. Ni siquiera su nombre. Solo sé que Jack pasó unos años muy triste; bebía demasiado y empezó a centrarse en el trabajo de una forma obsesiva. Yo intenté hablar con él varias veces, porque le hice saber que era consciente de que su problema llevaba falda, pero se cerró en banda. Ni siquiera tiempo después, cuando se recuperó, quiso contarme nada.
Le di otro bocado a mi comida y me fijé en un pajarito que canturreaba posado sobre la rama fina de un árbol. Ay, dichosos pajaritos encantadores…
—Él nunca ha estado así con una chica —siguió, inmune a mi mirada suplicante, porque no quería seguir hablando de él, hurgando en la herida—.
Quiero decir, incluyéndola en sus planes de esa forma… Te lo dije cuando comimos juntas, al principio de todo, te dije que Jack tenía que tener una buena razón para arriesgarse a estar contigo porque, para él, el trabajo es lo primero. Siempre. Mi padre le ha lavado la cabeza lo suficiente como para que piense que su valía tiene mucho que ver con los éxitos que consiga. Y
no es verdad, pero después de tantos años de carencias, Jack es incapaz de verlo cuando se trata de él. Lo sé por experiencia; puede ser el mejor a la hora de dar consejos para los demás, pero no para sí mismo.
—He conocido a alguien —la interrumpí.
—¿Qué? —me miró consternada.
—Se llama Connor. Y puede que no me haga vibrar como Jack ni me lleve al límite con una mirada, tampoco me cabrea el noventa por ciento del tiempo ni se pasa el día haciendo comentarios sarcásticos, pero es real, abierto y sincero.
—¿Eres consciente de que suenas tan emocionada como si hablases de un funeral?
—Quiero cosas, Nicole. Cosas que Jack no puede darme. Lo supe desde que lo conocí, sencillamente en algún momento del camino quise ignorarlo y dejarme llevar.
—Creo que te estás equivocando…
—Ni siquiera depende de mí, Nicole.
—Piénsalo. No solo por ti, sino también por ese chico, Connor. No tiene la culpa de que tú te hayas enamorado de otra persona.
—¡Yo no estoy…!
—Déjalo —se puso en pie, suspirando—. ¿Sabes? Tú y mi hermano os parecéis demasiado. Le das consejos a Ethan que no eres capaz de cumplir cuando es tu vida la que está en juego y te toca arriesgar. Eso es muy hipócrita.
—Nicole… —dije con un tono de advertencia.
—Solo me preocupo por vosotros —se excusó, inclinándose y dándome un beso en la mejilla antes de salir del parque y desaparecer calle abajo.
«Qué difícil es la vida», pensé justo antes de fijar de nuevo la mirada en el pajarito.
Cuando regresé veinte minutos más tarde a la oficina, me sentía intranquila y, tal y como la hermana de Jack había vaticinado, sí, también un poco hipócrita. No paraba de darle vueltas a lo que había dicho sobre Connor, porque ella tenía parte de razón y puede que estuviese siendo injusta con él, privándolo de tener una de esas historias de amor que dejan sin aliento. Me senté en la silla de mi despacho sintiendo cierta culpabilidad y ansiedad en el pecho ante aquella revelación. Recordé que esa noche habíamos quedado para cenar y las dudas empezaron a asaltarme, justo antes de que Henry abriese la puerta de mi despacho.
No lo esperaba hasta el día siguiente.
—¿Qué demonios has hecho, Elisa? —bramó.
—Yo… fue solo que…
—¿Has perdido el juicio?
Como él no tenía intención de sentarse, me puse también en pie. Apoyé las manos en el escritorio, intentando serenarme y explicarme lo mejor posible.
—Me sacó de quicio —terminé diciendo.
Henry tenía la cara roja de la rabia.
—¡Me importa una mierda! ¿Quién te has creído que eres? Esa chica tendrá dentro de nada una cuenta llena de ceros y eso es lo único relevante,
¿todavía no te has dado cuenta? Mientras tenga dinero, el cliente siempre llevará razón y tú te dedicarás a hacer tu trabajo y a besar el suelo que pise.
—Sé que me equivoqué y lo siento, pero…
—Da gracias de que no te despida ahora mismo.
—… no puedo seguir con esto —concluí.
Henry abrió los ojos consternado.
—¿Qué has dicho?
Me dolía el pecho. De pronto, en uno de esos momentos dramáticos más propios de Emma que de mí misma, pensé que si iba a morir por un infarto al corazón o algo parecido, al menos quería hacerlo sabiendo que hasta el último instante estaba siendo fiel a mí misma. Y no quería seguir con ese trabajo. No quería. Había sido feliz allí, sí, había aprendido muchas cosas, volvería a entrar por esa puerta que conducía a la oficina tal como hice años atrás, pero esa etapa había acabado. Porque la vida, de algún modo retorcido, se compone de eso, de etapas que vamos dejando atrás, de sueños de cumplimos, de otros que dejamos por el camino y de los nuevos que llegan y te sacuden gritándote que luches por lo que quieres.
—Lo dejo, Henry —susurré.
—No hablas en serio —replicó airado.
—Lo siento. Sé que ahora estás enfadado, pero quiero que sepas que agradezco todo lo que has hecho por mí durante estos años. Recogeré mis cosas —concluí.
Henry no contestó. Me dedicó una mirada cargada de ira y decepción, y antes de que saliese del despacho dando un sonoro portazo, deseé que algún día llegase a comprender mi decisión con la certeza de que, en realidad, la única razón por la que necesitaba marcharme partía de mí misma, solo que, hasta entonces, no supe verlo.
Cambios. Mi vida durante aquellos casi dos meses había estado llena de cambios, certezas y decisiones. A veces hay momentos tranquilos, llanos, y otros repletos de turbulencias en los que necesitas apoyarte en aquellos que te quieren y saben entenderte.
Esa noche quedé con Connor tal como tenía previsto, pero no hubo ninguna cena romántica, tan solo una velada entre amigos en la que le confesé cómo me sentía.
—Así que estás en esa fase de intentar encontrarte a ti misma —dijo.
—Algo así —lo miré un poco avergonzada—. Tenía que decírtelo, Connor. Llevo mucho tiempo deseando encontrar a alguien como tú. Eres perfecto. Eres todo lo que pensaba que buscaba, pero…
—No soy para ti —adivinó.
—Creo que mereces estar con una mujer que se derrita en cuanto te vea
—le confesé con una sonrisa tímida—. Y ten por seguro que, en algún momento, eso ocurrirá, porque eres maravilloso. No hay muchos hombres
como tú; te lo digo por experiencia, como bien sabes —reí cohibida cuando él también lo hizo.
—Gracias por ser sincera conmigo —dijo.
Le contesté que era lo menos que podía hacer. Y porque era lo que más valoraba de una relación: la sinceridad, la transparencia. Si en su día Colin me hubiese dicho que ya no me quería o que no sentía la misma atracción por mí, lo hubiese entendido. Podríamos haber seguido siendo amigos después de romper, quizá. Podríamos haber sido muchas cosas. Pero prefirió mantenerme bajo su ala por todo lo que representaba egoístamente; por su seguridad, su comodidad y sus sentimientos. En ningún momento pensó en mí, en cómo me haría sentir que estuviese engañándome con otra, en darme la posibilidad de elegir mi camino; se dejó cegar por el deseo, por lo que él quería y necesitaba como si esa relación que manteníamos fuese solo de una sola persona y no de dos. Y es que «relación» implica siempre otro corazón, ya sea el de una madre, una amiga, una pareja o el del vecino de enfrente. Un corazón que siente y sufre.
No fui consciente de todo lo que había cambiado mi vida en un solo día hasta que llegué a mi apartamento. Me senté en el sofá con el gato sobre mis rodillas y asimilé que acababa de perder por voluntad propia al mejor pretendiente para ser el padre de mis hijos y, además, el empleo que pagaba mis facturas y, más concretamente, las cuatro paredes en las que me encontraba en ese preciso instante.
No sentí tristeza, tan solo un poco de vértigo.
Cogí el móvil y sin darme cuenta terminé leyendo algunos de los mensajes antiguos de Jack. Llevaba una semana sin hablar con él y lo echaba tanto de menos que me resultaba incomprensible al pensar en el poco tiempo que había pasado desde que nuestros caminos se cruzaron en aquel club, antes de que el muy idiota se comportase como un cretino en la
sala de reuniones. Recordé aquellos días; su mirada retándome, él engullendo de un solo bocado un cupcake, su ego (ese que ahora sabía que era de cartón) saliendo a relucir cada dos por tres…
Lancé el teléfono a un lado, porque me moría de ganas por hablar con él.
Y no tenía nada que ver con el deseo ni con la atracción, no, sino de lo mucho que me apetecía preguntarle qué tal le había ido el día y contarle lo que había ocurrido en el mío. Algo tan cotidiano como eso.
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