Tal vez tu

Alice Kellen · Capítulo 30 de 37

Páginas del PDF

Tal vez tu

30 Navidad, dulce Navidad

30

Navidad, dulce Navidad

El martes, y a pesar de que sentía que llevaba a Jack conmigo en cada poro de mi piel, quedé con Connor. Cenamos en un restaurante que hacía unas patatas deliciosas con diferentes salsas que probamos y analizamos entre risas como si fuésemos expertos catadores de comida. Estar con Connor era agradable. No despertaba en mí un deseo irrefrenable, aunque era atractivo y tenía una sonrisa preciosa, ni tampoco sentía un agujero en el pecho cada vez que nuestras miradas tropezaban. Pero quizá ahí estaba la clave. Quizá la intensidad tiene poco que ver con el amor, un amor más tranquilo, maduro y puro. O eso fue lo que me dije cuando nos despedimos al terminar y dejé que sus labios rozasen los míos en un beso sosegado y cariñoso.

—¿Nos vemos después de las fiestas?

—Claro. Disfruta de la familia —dije.

—Lo mismo te digo.

Y eso hice. Fui a recoger a mi madre a la parada del autobús correspondiente y después cogimos juntas el metro hacia mi casa. Me reí ante su cara de desconcierto cuando un grupo de hippies entró en nuestro mismo vagón y la adoré porque hiciese el esfuerzo de estar allí, sujetándose a la barra de metal con un bonito pañuelo de algodón que, con toda seguridad, lavaría enérgicamente en cuanto llegásemos a casa.

Una vez en el apartamento, mi madre se convirtió en un halcón capaz de encontrar hasta la última mota de polvo, algo que no era fácil teniendo en cuenta que llevaba toda la semana limpiando de forma obsesiva y

desahogando mi frustración sacándole brillo al mueble del salón. Ese mueble que Colin se empeñó en comprar y que continuaba sin gustarme.

Decidí que algún día no muy lejano seguiría el mismo camino que la estatua que la pasada semana había desterrado de mi pequeño reino.

La acomodé en mi habitación tras asegurarle que el sofá era cómodo y grande y allí dormiría perfectamente. Juntas, sin apenas hablar, cambiamos las sábanas y pusimos las que mi madre se había traído de casa. Otra de sus manías, aunque todas estaban enlazadas entre sí por esa necesidad de mantener el control, de sentirse segura entre sus cosas.

Al caer la tarde fuimos a comprar al supermercado los ingredientes que necesitábamos para la cena de Navidad. Y fue agradable estar con ella, pasear entre las hileras llenas y que resultase algo cotidiano y familiar.

Aparté la mirada de los cereales de colores para niños que tanto le gustaban a Jack y seguí adelante arrastrando el carrito con decisión por el pulido suelo del supermercado. Mi madre apoyó su mano delgada en mi hombro.

—¿Estás bien, cariño?

Hice un esfuerzo y sonreí.

—Sí, claro. No tengo té en casa, por cierto, olvidé comprarlo; vamos a ver si encontramos ese que tanto te gusta.

Eso es lo que pasa cuando una persona desaparece de repente de tu vida, que es imposible que los detalles, las palabras, las miradas y los recuerdos también se vayan igual de rápido, así, en un pestañeo. Jack ya no estaba, pero sí todo lo que había dejado por el camino.

El tiempo se nos escurrió de las manos entre guardar la compra en la despensa y salir a tomar un café con leche calentito. Estuvimos hablando, sentadas en unos mullidos sofás, relajadas (después de que ella hubiese limpiado el contorno de la taza en la que le sirvieron su bebida). Le hablé del divorcio entre Julia Palmer y Frank Sanders y lo mucho que me había

disgustado llevar ese caso desde el principio. Me desahogué hasta quedarme sin palabras, poniéndolos verdes a los dos.

—No me gusta que no estés contenta con tu trabajo…

—No es eso, mamá. Es que… no sé, déjalo.

—Cuéntamelo, Elisa.

Alcé la mirada hacia ella.

—No quiero decepcionarte.

Mi madre posó su mano cálida sobre la mía.

—¿Por qué dices eso? Tú jamás podrías decepcionarme. Estoy muy orgullosa de ti, cariño.

Tragué para deshacer el nudo que tenía en la garganta.

—Desde hace un tiempo ya no me siento como antes ni tengo las mismas ganas de pisar la oficina cada lunes. Y no porque esté dejando de ser ambiciosa, no, creo que es justo lo contrario. Quiero hacer algo diferente.

Quiero luchar por cosas que para mí valgan la pena, que me motiven… —

susurré—. Olvídalo. Es una tontería.

—De eso nada. Elisa, escúchame, puedes hacer todo lo que te propongas.

Siempre lo he sabido. Eres perseverante, lista e intuitiva, mucho más de lo que yo lo fui en su día cuando era joven; ojalá me hubiese parecido un poquito más a ti —dijo con los ojos brillantes—. Si no estás contenta con tu trabajo, déjalo. Ya aparecerá alguna otra oportunidad que te llene.

—¿Lo dices en serio?

No podía creerme que mi madre, la mujer que adoraba la seguridad, la estabilidad y la rutina, me animase a dejar mi trabajo.

—Por supuesto, cariño.

—Pero eso… eso es imposible.

—¿Imposible dejar tu trabajo?

—Tengo que pagar la hipoteca y no vivo en una zona precisamente económica. Tengo algunos ahorros, pero no sé hasta cuándo me durarían sin ingresos y… es demasiado arriesgado. No puedo hacerlo.

Nos quedamos calladas.

Ella le dio un sorbo a su café.

—¿Has conocido a alguien? —preguntó, y lo hizo con la seguridad de saber la respuesta de antemano.

—Sí… bueno, más o menos.

—Una relación complicada.

—Algo así —admití, porque no era fácil explicarle que esa relación ya no existía como tal y que, el hombre con el que había quedado los últimos días y con el que me enviaba algún que otro mensaje diario, era otro. Cada vez que leía «Connor» en la bandeja de entrada, tenía que esforzarme para no desanimarme al no ver ese nombre que tanto echaba de menos. Y me sentía horrible por ser incapaz de dejar de pensar en él, pero, al mismo tiempo, una parte irracional de mí misma deseaba que lo de Connor funcionase, que, quizá, con el tiempo, esa otra persona fuese diluyéndose en el recuerdo entre citas divertidas y besos dulces.

—Todo se arreglará.

Asentí, incapaz de corregirla y sacarla de su error. Cogí la taza con las dos manos, agradeciendo el calor que desprendía, y le di un pequeño sorbo.

—Mamá, ¿puedo preguntarte algo…?

—Dime, cariño —aceptó mientras repasaba el extremo de la mesa de madera con una servilleta de papel que había cogido.

—¿Recuerdas ese cuento que me contabas de pequeña? —Ella asintió con la cabeza, distraída—. ¿Tú… tú eras la Señorita Ardilla?

Me miró sorprendida, como si fuese la última pregunta del mundo que esperase escuchar de mis labios, pero, cuando la asimiló, asintió lentamente

con la cabeza.

—Supongo que sí. Cuando eras una niña me sentía aún muy dolida por todo lo que ocurrió con tu padre. Enamorarme de él fue… fue lo peor que me ocurrió en la vida… pero ahora te miro a ti, que estás aquí, y sé que volvería a pasar por todo aquello sin dudarlo.

Sentí una opresión en el pecho.

—Mamá, no es necesario que me cuentes…

—No, déjame hacerlo. Quiero hacerlo —repitió sin dejar de frotar la mesa, esta vez con manos temblorosas y torpes—. Cuando conocí a tu padre no sabía que estaba casado. Me enamoré de él. Era encantador y muy inteligente. Me dejé llevar y estuvimos viéndonos durante meses a escondidas, porque tus abuelos nunca hubiesen aceptado que saliese con un hombre que era quince años más mayor. Así que, cuando me quedé embarazada, él fue la primera persona a la que se lo conté. Yo estaba asustada, porque era joven y no tenía ni idea de cuidar a un bebé, pero también me sentía ilusionada, porque lo quería y pensé que aquello podía ser el comienzo de una nueva vida para nosotros y que mis padres tendrían que aceptarlo les gustase o no.

—¿Y fue entonces cuando te enteraste…?

Asintió con la mirada perdida.

—No quiso saber nada. A los pocos días, descubrí que tenía otra familia; una esposa, dos hijos de seis o siete años y una pequeña de apenas unos meses. Quería morirme. Pensé en hacerlo, incluso, pero luego recordaba a ese bebé que llevaba dentro y que no tenía la culpa de nada —dijo—.

Terminé contándoles a mis padres todo lo que había ocurrido y, lejos de lo que pensaba, los dos me apoyaron y me ayudaron. Quizá fue un error, pero desde ese instante me propuse no dejar entrar en mi vida al primer pajarito colorido que llamase a mi puerta. Sé que me he equivocado en muchas

cosas, pero intenté hacerlo lo mejor posible. Quería que tuvieses un futuro brillante, una carrera y un buen trabajo con el que poder mantenerte a ti misma sin tener nunca la necesidad de depender de un hombre. Que fueses independiente y lista y todo aquello que yo no pude ser.

Respiré hondo, emocionada, y luego me levanté de mi asiento y me incliné sobre el suyo para abrazarla con fuerza. Aspiré su olor a suavizante y me dije que, para mí, incluso con todas sus rarezas y defectos, mi madre era increíble.

—No podrías haberlo hecho mejor. Gracias, mamá.

Decidí que esos días tenían que ser especiales para ella, lo suficientemente buenos como para que a partir de entonces tuviese ganas de venir a visitarme a la ciudad un par de veces al año. Al día siguiente, la invité a ir al ballet para ver El Cascanueces. Y fue precioso. Me embargó una sensación de alegría y satisfacción al verla emocionarse durante el espectáculo; la música de Tchaikovsky y la coreografía de Balanchine eran brillantes. Al salir, paseamos por las calles, hablamos más que nunca y disfrutamos viendo la decoración espectacular de algunos escaparates.

Un día después, las dos estábamos picando zanahorias y cebolla en la encimera de mi cocina. Aún era media tarde, pero mi madre era una mujer previsora. Me dio un par de órdenes fáciles, asegurando que ella se ocuparía del plato principal, y me quitó el cuchillo de las manos cuando descubrió que los cortes no estaban siendo todo lo precisos y finos que ella esperaba.

Me reí y aproveché el momento para mirar mi teléfono. Tenía varios mensajes felicitándome la Navidad. Uno de Hannah, que hacía días que se había marchado a la casa que sus padres poseían en los Los Hamptons y donde cada año se reunían con la familia materna; me decía que era la mejor amiga del universo (con una efusividad sorprendente hasta tratándose de ella) y que a la vuelta me lo contaría todo con pelos y señales (no le di

mayor importancia porque Hannah solía decir muchas cosas que no entendía). Otro era de Emma y Alex, acompañado por una fotografía en la que salían ambos sonrientes. Había uno de Connor, sencillo y cariñoso. Y

por último, uno de Colin. Respiré hondo, con el pulgar congelado sobre el botón de eliminar. Hacía tiempo que no tenía noticias suyas, pero esto era propio de él, acordarse de fechas señaladas, como hizo en mi pasado cumpleaños. Tan solo me deseaba que pasase unas felices fiestas junto a mi madre, a la que sabía que en su día le había cogido cariño, y que ojalá todo me fuese maravillosamente bien. Quise contestarle, desearle también una feliz Navidad, pero terminé dejando el teléfono a un lado.

—Deberíamos empezar con el postre —dijo mi madre.

—Yo me encargo —le sonreí.

La noche hubiese sido perfecta de no ser por cierta persona a la que estaba empezando a odiar de un modo irracional, quizá, pero no podía evitarlo. Teníamos la mesa lista, con dos velas encendidas en el centro, los platos sobre un mantel granate con bordados en hilo dorado y un olor delicioso flotando en el aire, cuando Julia Palmer decidió llamarme.

Ignoré la primera llamada, porque lo último que quería el día de Navidad era pensar en el trabajo, pero no pude hacer oídos sordos ante la segunda.

Mi madre me animo a cogerlo, asegurándome que no pasaba nada.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—¡Este lugar es horrible!

—¿Estás en el comedor social?

—Sí, bueno, no, ahora he salido —explicó—. Y no pienso volver a entrar ahí. Huele a pobres. En serio. Está todo lleno de pobres. Yo quería servir un plato de comida y que Jules me hiciese una fotografía haciéndolo, pero el hombre que se acercaba con la bandeja tenía el pelo enmarañado y sucio y

no quiero que se me peguen piojos. Así que me he ido corriendo. No soporto la idea de tener que volver a entrar ahí…

—Pues tienes que hacerlo si quieres tener alguna posibilidad. Escúchame bien, es muy posible que pronto se filtren cosas a la prensa relacionadas con Frank —dije recordando las bazas que aún me guardaba bajo la manga—.

Cuando eso ocurra, si intentan ensuciar tu imagen, necesitaré algo que demuestre que eres humana y que tienes corazón, así que entra ahí, sirve la comida y hazte fotografías. Y por favor, no salgas posando, que parezca algo casual.

—¡Tú no eres nadie para decirme lo que tengo que hacer! —gritó—.

¡Llevo encima un vestido de ochocientos dólares y unos zapatos de quinientos, no pienso entrar en ese estercolero humano!

—Es un comedor social…

—Estoy harta. Consigue algo diferente, algo que pueda hacer. Para eso eres mi abogada y la cabeza pensante.

—¿Sabes? Todo esto se habría evitado y hubiese sido mucho más fácil desde el principio si tú no fueses una niñata caprichosa y bocazas.

—¿Qué…? ¿Pero cómo te atreves…?

La oí gritar antes de colgar la llamada.

Me llevé una mano al pecho, respirando con dificultad. Me temblaban las piernas. Mi madre, que había estado escuchándolo todo desde la puerta del comedor, vino y me rodeó la espalda con un brazo protector.

—Está bien, cariño, cálmate.

—He perdido el control… —gemí.

—Eres humana —replicó.

Torcí el gesto. Llevaba tantas semanas al límite aguantando las tonterías de Julia y de Frank, detestando tener que ocuparme de ese caso, alterada emocionalmente…

Conseguí tranquilizarme pasados veinte minutos, con la certeza de que la bronca de Henry sería épica si aquella conversación llegaba a sus oídos, pero también con la seguridad de que no pensaba pedir perdón por ello.

Estaba cansada de lidiar con las mentiras de Julia que lo habían estropeado todo y con la nula colaboración cuando la finalidad era que viviese a costa de otra persona durante el resto de sus días.

Así que me olvidé de lo que acababa de hacer y disfruté de aquella cena con mi madre, comentando lo jugosa que estaba la carne y lo cremoso que nos había salido el postre. Al día siguiente, por la tarde, la acompañé a la estación de autobuses y me despedí de ella con un abrazo y la certeza de haber pasado juntas unos días sencillos pero inolvidables.

OceanofPDF.com