Tal vez tu

Alice Kellen · Capítulo 13 de 37

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Tal vez tu

13 El diablo entre mis sábanas

13

El diablo entre mis sábanas

Esa tarde volví a la tierna adolescencia. Me di una segunda ducha, me depilé, me miré en el espejo durante más de media hora y pasé otras dos probándome diferentes modelitos a cada cual más horrible. Porque, vamos a ver, ¿cómo se viste una cuando ha quedado con su cita en casa? En pijama no, obvio, pero si me ponía unos taconazos parecería demasiado forzada.

Llamé a Emma por Skype y puse el manos libres con Hannah.

—La falda no me convence.

—A mí tampoco —admití.

—¿Estás segura de lo que vas a hacer?

—No quiero pensarlo más. Y una locura al año no hace daño.

—No pareces tú. —Emma rio.

Puede que tuviese razón, puede que quedar con un tío para echar un polvo así en frío no tuviese mucho que ver con la Elisa que todos conocían, pero no siempre lo sabemos todo sobre nosotros mismos. A veces nos sorprendemos. A veces nos damos cuenta de que llevamos tiempo reprimiendo cosas que queremos. A veces nos alejamos de aquello que deseamos ser y nos acercamos a lo que simplemente nos nace hacer. Uno nunca deja de seguir conociéndose. Yo me había pasado ocho años acomodada entre los brazos de un hombre que, al final, no me quiso lo suficiente, y ahora estaba cansada de ceñirme a lo correcto. Seguía deseando encontrar al amor de mi vida, claro, pero la búsqueda podía esperar un día más. Porque solo sería eso, un día, una noche.

—¿Qué vestidos tienes? —preguntó Emma.

—No, vestido no —repuso Hannah—. Si fuese verano, sí. Pero ahora tendrías que ponerte medias, botas… se supone que quieres que piense que no te has esforzado demasiado para recibirle.

—Madre mía, presiento que esto es una mala idea. Ya sabéis que soy un poco bruja y tengo una premotición, premonición, como se diga eso.

—Emma, ¿qué te da de beber Alex en California? —pregunté antes de echarme a reír.

—Caipiriñas, mojitos, mucho tequila. Ya no me quedan neuronas.

—En serio, deja de preocuparte. Tú tuviste tus líos locos en la universidad, yo nunca he podido probar eso de tirarme a un tío y despertarme sola por la mañana en la cama. Y me apetece mucho. Creo que será… liberador, sí.

—¿Podemos volver al tema de la ropa?

—Sí, Hannah, perdona, cariño. Decías que vestido no.

—Ponte unos vaqueros que te queden bien y que te hagan el culo respingón, y lo combinas con algún suéter sencillo que no sea de cuello cerrado y que tenga un buen escote. Te queda bien el pelo suelto, así natural como cuando te lo peinas con los dedos.

Me despedí de ellas un rato después tras asegurarles que al día siguiente las llamaría para ponerlas al corriente. La última vez que mantuve una conversación del estilo con mis amigas fue cuando tenía veinte años y aquel momento parecía tan lejano e irreal… Estábamos en la universidad, en la habitación de Hannah (que era la única que pertenecía a una hermandad porque su madre, su abuela y, en resumen, todas sus antepasadas habían formado parte de esa especie de secta en la que todas se denominaban

«hermanas» pero luego se apuñalaban por la espalda), y recuerdo que pusimos patas arriba su (inmenso) armario y al final terminé vistiéndome con una falda vaquera y una camiseta blanca de lo más simple. ¡Estaba tan

nerviosa…! Al irme, me faltó poco para caerme por las escaleras y, cuando llegué bajo el árbol donde había quedado con Colin, temblaba por dentro como una cría.

Lo cierto es que apenas nos habíamos dirigido un par de palabras durante los primeros años de carrera, pero todo cambió cuando la profesora Faith nos emparejó para hacer juntos el trabajo de fin de año. Yo me enamoré de él en un pestañeo y, cuando me pidió salir aquel 11 de abril, pensé que estaba soñando. Colin era… perfecto. Era encantador, atento, inteligente y divertido. Se le daban bien los deportes, los estudios y las chicas. Estar con él era como vivir dentro de un anuncio de detergente en el que solo hay sonrisas, ropa de un blanco cegador y familias felices que corren alegres por un campo verde. Así que me pasé la mitad de mi vida intentando contentar a mi madre y la otra mitad esforzándome por estar a la altura de mi maravilloso e ideal novio.

Y ahora que por fin era yo misma, sin tener que proyectar ninguna imagen concreta frente a los demás, me sentía un poco perdida; como si necesitase agarrarme al papel de «hija», «novia» o cualquier otra «etiqueta»

para estar completa.

Pero empezaba a tomar mis propias decisiones.

Jack era una de ellas. La atracción que sentía por él había sido sin duda el detonante principal, pero también me llamaba el riesgo, hacer algo «malo»

por una vez en mi vida, sin pensar, sin juzgarme. Hacerlo y ya está.

Desquitarme. Olvidarlo después. Seguir adelante. Encontrar al hombre con el que pasar el resto de mis días…

«¡Ya estoy planificando y esquematizándolo todo!», pensé con cierta molestia. Sacudí la cabeza, me levanté del sofá y me dirigí hacia la cocina.

Hacía rato que había terminado de vestirme y el tiempo parecía haberse ralentizado. Estaba nerviosa e inquieta y, en dos ocasiones, cogí el teléfono

con la intención de mandarle a Jack un mensaje cancelando los planes, pero, no sé por qué, ninguna de esas veces fui capaz de darle al botón de enviar. Suspiré hondo y decidí abrir una botella de vino. Eran las diez y cuarto. Me serví en una copa y le di un buen trago. Diez y diecisiete.

¿Dónde se habría metido? Me fastidiaba tener que esperarle. El timbre sonó a las diez y veintidós.

Esperé junto a la puerta, incómoda, incapaz de mantener las piernas quietas. De pronto me preguntaba qué hacer con mis brazos (eran dos extensiones de mi cuerpo con las que llevaba conviviendo veintinueve años y, así, de golpe y de repente, habían dejado de pertenecerme), ¿por qué estaba tan nerviosa? Yo no me ponía así de nerviosa nunca. Intenté apartar esa sensación mientras abría la puerta, pero, conforme lo hice, regresó con más fuerza. Me quedé mirándolo en silencio, todavía sin dejarlo entrar.

Estaba muy guapo. Demasiado guapo. Vestía unos vaqueros oscuros y una chaqueta negra y azul de motorista, lo que me hizo fijarme en el casco que sostenía en la mano derecha. Imaginé que esa era la razón de que llevase el pelo algo despeinado y, como si estuviese escuchando mis pensamientos, se lo revolvió aún más mientras me sonreía con inocencia.

—¿Piensas dejarme entrar o…?

—Llegas tarde —apunté.

—Puedo explicártelo, nena —ladeó la cabeza—. ¿Has visto? Ya empezamos a sonar como un viejo matrimonio. Vamos, déjame entrar. Sé buena.

Ni siquiera sabía si estaba cabreada o tan solo inquieta por estar a punto de sufrir un infarto, pero terminé apartándome a un lado y él se coló en mi apartamento con naturalidad, como si lo hiciese todos los días. Respiré hondo, con las pulsaciones a mil por hora. Era como si invadiese mi

espacio, el lugar, todo. Se quitó la chaqueta y la dejó con cuidado sobre el brazo del sofá.

—¿Tienes algo para beber?

—Sí, acabo de abrir una botella de vino.

Pasamos a la cocina y le tendí la botella mientras me ponía de puntillas para alcanzar otra copa. Él la alzó en alto y me miró divertido.

—¿Y dices que «acabas» de abrirla?

—Bueno, hace un rato. ¡No llegabas! ¿Qué querías que hiciese? Me estabas… poniendo nerviosa… —me mordí el labio inferior.

—No hagas eso.

—¿El qué?

—Tentarme, morderte así…

Jack dejó la botella a un lado y, un segundo después, estaba frente a mí, con los brazos apoyados en la encimera contra la que acababa de arrinconarme. El corazón empezó a latirme muy rápido; tanto, que temí que él también lo escuchase. Su aliento cálido me hizo cosquillas en la garganta cuando se inclinó y sus labios me rozaron la piel del cuello…

—Aún no me has dicho por qué has llegado tarde.

Me amonesté mentalmente por interrumpir ese momento. Una parte de mí quería que su boca siguiese trazando un camino hasta llegar a la mía, pero la otra parte estaba asustada porque todo estaba yendo muy rápido y necesitaba unos segundos para convencerme de que aquello era real. De que Jack, mi contrincante, se encontraba allí, en mi apartamento.

Él negó con la cabeza y sonrió.

—Sabía que no lo dejarías estar.

—¡Así soy yo! —solté una risita nerviosa.

Por su expresión, supe que Jack se había percatado del miedo que me envolvía; se movió un poco hacia atrás, pero no me soltó.

—Tenía que cuidar de Molly. Pero he venido lo más rápido que he podido, no sé cuántos semáforos me he saltado… —susurró al tiempo que deslizaba los dedos por mi brazo, poniéndome la piel de gallina; llegó al lóbulo de la oreja y lo acarició con lentitud—. ¿Nos tomamos esa copa de vino?

Se apartó de repente y yo pestañeé confundida.

Me humedecí los labios mientras él se servía y lo observé darle un trago largo después. Era extraño, pero me sentía fuera de lugar en mi propia casa.

Jack apoyó una mano en la encimera de la cocina y me miró con curiosidad.

—¿Te encuentras bien?

—Sí —mentí.

—Estás nerviosa.

—¿Tanto se nota?

—Antes estabas temblando.

—Esto ha sido una mala idea… muy mala idea. —Caminé de un lado a otro y me llevé una mano a la frente—. ¿Podemos olvidarnos de todo…? A riesgo de que al final tengas razón y yo sea una calientapollas, creo que no puedo hacerlo… no saldría bien —parloteé histérica.

Paré de moverme cuando Jack me cogió del brazo con suavidad y trazó círculos con el pulgar sobre el dorso de mi mano.

—Eh, cálmate. No tienes que hacer nada que no quieras —aseguró muy serio—. Y la otra vez solo te dije eso porque me sentía dolido, no me gustó cómo me apartaste. Ahora, ¿qué te parece si nos olvidamos de lo que en teoría iba a pasar esta noche y nos tomamos esa copa? No diría que no a algo de picar, por cierto.

—¿No has cenado?

—Solo un puñado de Froot Loops.

Me reí, porque era gracioso imaginar a alguien tan frío comiendo cereales de colores a puñados. Le enseñé lo que tenía en la despensa y terminó conformándose con unas patatas fritas de bolsa. Y así fue como acabé sentada en el comedor al lado de Jack, viendo la televisión y bebiendo vino.

Crucé las piernas encima del sofá.

—Siento lo de esta noche —susurré muy bajito.

—Olvídalo. No tienes que sentir nada.

—¿Molly es la niña que te acompañaba el otro día? —pregunté presa de la curiosidad. Él asintió con la cabeza y, de pronto, caí en la cuenta de algo

—. ¡Ay, joder! ¿Es tu hija? ¿Tienes una hija?

Jack frunció el ceño.

—No. Es la hija de mi mejor amigo.

—Vale —suspiré y lo miré pensativa—. Acabo de darme cuenta de que, en realidad, no sé nada de ti. Por ejemplo, vas en moto —señalé la cazadora que seguía sobre el brazo del sofá y reprimí el impulso de puntualizar que no era el sitio más adecuado para dejarla—. Jamás imaginé que tuvieses moto. No te pega. O sí. No lo sé, es raro.

—Tú también eres rara fuera del trabajo —dijo antes de engullir varias patatas de golpe.

—¿A qué te refieres?

—No pareces la misma. Vamos, que no parece que tengas un palo metido por el…

—¡Cállate! ¿Por qué eres siempre así?

—¿Encantador? ¿Adorable?

—Justo lo contrario. La cuestión es que llevo razón, no nos conocemos.

—Bueno, yo te investigué, ¿recuerdas? Me sé tu rutina semanal al dedillo.

—Ya y lo preocupante es que creas conocerme por eso. Yo también he indagado sobre ti.

Jack se metió una patata en la boca, masticó, tragó y me miró con los ojos entrecerrados. De fondo, en la televisión, estaban emitiendo un viejo programa de cocina.

—¿Qué es lo que sabes? Sorpréndeme.

—No mucho, tan solo que Riley Daunfrey te reconoció como hijo cuando tenías ocho años y que tienes una hermana y dos hermanos. Ah, también que saliste con una modelo, uhm… ¿cómo se llamaba? Bueno, no importa.

El caso es que ese tipo de cosas, como la rutina de una persona, no me parecen esclarecedoras para dictar un veredicto sobre cómo es alguien.

—Deja de hablar como si estuviésemos en los juzgados. —Rompió la tensión del momento con una sonrisa—. Vale, tienes razón. Cuéntame cosas sobre ti. Adelante.

Pensativa, volví a morderme el labio inferior y me estremecí cuando sus ojos grises descendieron hasta mi boca. Fue como si me tocase con la mirada. Ahí había deseo y contención y algo que no supe descifrar. ¿Pero qué estaba haciendo hablando con él de tonterías? Ni siquiera quería que me conociese. Y tampoco sabía qué decirle. ¿Cómo era yo? ¿Práctica, eficiente, profesional…? No eran adjetivos que resultasen muy interesantes.

Tragué saliva. Él me miraba atento, imperturbable. Quizá por eso me obligué a responder y al final dije de verdad lo primero que se me pasó por la cabeza, sin adornos.

—Pues… no sé. Ahora así en frío… Me gustan los días de lluvia, el invierno, la Navidad, los gatos, Tarantino, leer…

Jack me prestó toda su atención.

—¿Tarantino? ¿En serio?

— « Lo que me falta es compasión, perdón y piedad; no raciocinio» —

dije recitando una frase de Kill Bill.

—Me estás poniendo muy cachondo.

Reí con ganas, dejándome llevar, y de pronto me di cuenta de que estaba mucho más relajada. Y no sé si fue eso, o el hecho de verlo lamerse la sal de los labios antes de terminarse la copa de vino de un trago, pero sin previo aviso alcé una mano y la posé en su boca. Bajo su atenta mirada, le acaricié despacio los labios entreabiertos, que eran suaves y tentadores. Me estremecí al sentir su aliento cálido soplar sobre mis dedos y él me sujetó por la muñeca antes de que pudiese apartar la mano. Nos miramos en silencio. Su pecho subiendo y bajando al compás de su respiración; tenía los ojos brillantes y la mandíbula en tensión. Tiró de mí con suavidad y la distancia entre ambos se acortó hasta volverse inexistente. El silencio resultaba turbador y, al mismo tiempo, excitante. Y de pronto todos mis sentidos estaban concentrados en él. En él y el tacto seguro y confortable de sus manos. En él y su ceño fruncido, como si también se sintiese algo descolocado. En él y en el aroma que desprendía, tan masculino, tan atrayente…

Cerré los ojos cuando sus labios rozaron los míos. Y joder, fue como recibir una descarga eléctrica que me hizo reaccionar al fin y responderle casi con desesperación. Hundí la lengua en su boca y acaricié la suya lentamente, disfrutando del sabor de lo prohibido, de ese preciso momento que estábamos compartiendo. Jack acogió mi mejilla con su mano, me chupó el labio inferior y lo siguiente que supe fue que estaba sentada encima de él, a horcajadas, con mis manos enredadas en su cabello y las suyas deslizándose por mi espalda; una de ellas se internó bajo el suéter y su piel más áspera acarició la mía ascendiendo poco a poco.

—Una cosa —susurré con la voz agitada—. Esto no saldrá de aquí,

¿verdad?

—Me gusta saltarme las reglas, pero no soy un suicida.

—Eso me tranquiliza…

Volvió a acoger mis labios entre los suyos con un gruñido seductor que casi hizo que se me fundiesen los cables. Aun así, una parte minúscula de mi cerebro seguía en pleno funcionamiento, atormentándome. Apoyé una mano en su pecho y me aparté hacia atrás respirando con cierta dificultad.

—Jack… espera…

—¿Qué pasa ahora?

—Solo… quiero aclarar que esto es únicamente sexo y nada más. Lo entiendes, ¿no?

Jack prorrumpió en una carcajada.

—Nena, no te ofendas, pero si pensase que esto pudiese ser algo más, no estaría aquí ahora mismo. Yo no me comprometo con nadie.

—Me alegra saberlo.

—Y ahora bésame, porque te juro que esta noche me estás matando. Si es una táctica para volverme loco, tengo que darte la enhorabuena.

—No, en realidad no era ninguna tac…

Jack me silenció con un beso exigente y me apretó más contra él. Ahogué un gemido al notar su erección y de repente los vaqueros que ambos llevábamos puestos me parecieron de lo más innecesarios y prescindibles.

Me froté contra él, ansiosa. Hacía una eternidad que no me sentía así, tan excitada, tan deseable. Él interrumpió el beso para poder quitarme el suéter y luego me mordisqueó la barbilla con suavidad antes de ascender y volver a atrapar mi labio inferior entre sus dientes mientras una de sus manos se colaba bajo el sujetador. ¡Y Dios…! Sentir sus dedos allí, acariciándome el pezón con lentitud, me hizo temblar. Sonrió al advertir mi reacción y un

segundo más tarde la prenda que se interponía en su camino terminó en el suelo. Acogió mis pechos con ambas manos y una mirada ardiente.

—Son perfectos. Eres perfecta.

—No hagas… No digas eso —pedí.

Jack fijó sus ojos en los míos. Era cierto, ni me sentía así ni quería volver a oír la palabra «perfección» estando con él, porque era justo ese momento en el que no tenía que esforzarme para ser aún «mejor» ni demostrarle nada a nadie.

Él alzó una ceja en alto, travieso.

—¿Prefieres que te diga cosas sucias?

—Prueba a ver… —sonreí y luego me centré en arrancarle la camiseta casi a tirones y sacársela por la cabeza sin mucha delicadeza.

Jack se levantó llevándome consigo con las piernas enredadas en torno a sus caderas. Mi espalda chocó contra la puerta del dormitorio y sus manos se hundieron en mi pelo mientras su boca presionaba la mía con fuerza, impaciente. Gemí. Esos labios… esos labios tenían algo que conseguía que dejase de pensar y me centrase solo en lo que estaba sintiendo. Y lo único que sentía eran unas ganas inmensas de tenerlo dentro de mí. Jadeé cuando la humedad de su lengua descendió hasta mis pechos; estaba a punto de empezar a suplicar cuando me bajó y me dio la vuelta. Apoyé las manos en la pared y él se pegó a mi espalda y frotó su excitación con lentitud contra mis nalgas.

No estaba segura de poder pensar en ninguna cosa coherente después de esa noche.

—¿Quieres que te diga la verdad? —preguntó mientras me desabrochaba el botón de los vaqueros y su mano se colaba dentro de mi ropa interior—.

La verdad es que la primera vez que te vi no debería haber hablado contigo.

Había leído el informe del investigador días antes y solo había visto un par

de fotos tuyas —prosiguió y, cuando sus dedos me rozaron ahí abajo, me temblaron las rodillas. Jack me sostuvo rodeándome la cintura con el otro brazo y pegándome aún más a él; su boca me hacía cosquillas en la oreja—.

Pero, después de ir a una cena, pasé por esa calle con la moto y tuve el impulso… el impulso de entrar y comprobar si realmente estabas por allí…

—No pude evitar gemir cuando su dedo resbaló en mi interior al tiempo que seguía acariciándome con el pulgar—. Y cuando te vi… joder, se me puso dura solo con mirarte. Me pareciste preciosa, apoyada en esa pared con el ceño fruncido como si el mundo entero te molestase. Tuve que acercarme.

Y fue un error, porque deseé tenerte como te tengo ahora mismo desde ese momento, así, a punto de correrte entre mis manos, por mis manos… —

sonrió contra mi cuello y, efectivamente, tan solo hicieron falta un par de caricias más para que me sacudiese un orgasmo tan intenso que terminé mareada.

—Joder… Jack… —balbuceé.

—¿Mejor que «Gerard»? —preguntó divertido.

Me di la vuelta con una sonrisa lánguida.

—Mucho mejor.

Volvimos a besarnos y me di cuenta de que había echado de menos eso, el contacto de sus labios, la calidez de su boca. Nos quitamos el resto de la ropa sin dejar de avanzar hacia la cama. Sus ojos estaban llenos de deseo mientras se tumbaba sobre mí y se colocaba un preservativo. Me apartó el pelo de la cara con el dorso de la mano.

—Te tengo tantas ganas… —gruñó instantes antes de resbalar en mi interior de una sola embestida. Cerré los ojos con un gemido y le rodeé la cintura con las piernas, hundiéndolo más en mí. Jack jadeó—. Joder, no hagas eso si no quieres que me corra ya. —Sonrió a duras penas con gesto

de concentración y luego comenzó a moverse lento, muy lento, pero al mismo tiempo también fuerte e intenso, llevándome con él.

Y fue como ver las estrellas. No, mejor aún, como una estrella que estalla en mil pedazos que terminan desintegrándose en la oscuridad. Así me sentí mientras Jack se hundía en mí cada vez más rápido, más profundo; busqué sus labios en medio del vaivén en el que nos mecíamos y le di un beso húmedo que provocó que me embistiese con dureza y que su respiración se volviese más agitada. Sentí sus músculos contraerse sobre mi cuerpo y lo abracé cuando él acabó con un gruñido ronco; me resultó tan erótico, que quise grabar ese sonido en mi memoria.

Jack se apartó con un suspiro, se levantó, fue al servicio, y cuando regresó se tumbó en el mismo hueco que había dejado vacío instantes antes.

Nos quedamos allí, boca arriba, con la mirada fija en el techo de la habitación y las respiraciones aún entrecortadas. Tan solo se escuchaba el murmullo lejano de la televisión que habíamos dejado encendida en el salón. Pasados unos minutos, él se giró y me cubrió el pecho derecho con la mano como si reclamase su lugar. Mi piel se erizó en respuesta.

—Me has puesto a cien con eso de ahora no, ahora sí, ahora no… —Su mano descendió hasta acariciarme la tripa con un suave roce—. Pero puedo mejorarlo.

Me reí, satisfecha y relajada.

—¿Qué dices? Ha sido increíble.

—Entonces supongo que no dirás que no a un segundo asalto…

Sonreí y cerré los ojos mientras sus dedos volvían a colarse entre mis piernas. «Debería haber hecho esto mucho antes», me dije. Porque sí, después de lo de Colin tendría que haber salido, haberme dado el gusto de tener un lío esporádico o de tontear con alguien, vivir al día, dejarme llevar y no encerrarme durante meses en el dolor que sentía.

Jack se aseguró de convencerme del todo con esa segunda ronda.

Terminamos exhaustos y saciados. Hacía una eternidad que no me sentía tan liviana, tan en calma. Deslicé la mirada por el torso desnudo de Jack, admirando los músculos que se adivinaban y la fina línea de vello que conducía hacia mi nueva y gran tentación. Me humedecí los labios. No estaba muy segura de si aquel deseo tenía que ver con el tiempo que llevaba sin tener sexo o todo era cosa de Jack y lo mucho que me atraía, pero lo que sí tenía claro era que iba a ser una gran pérdida no poder disfrutar nuevamente de él. Mundo cruel.

Estaba dándole vueltas a qué frase usar como despedida, porque no quería sonar demasiado brusca, cuando él se puso la ropa interior, apagó la luz y volvió a meterse en la cama. Me pilló tan de sorpresa que tardé unos segundos en reaccionar.

—No vas a quedarte a dormir, Jack.

—Claro que sí. —Me ignoró y pegó su cuerpo al mío todo lo posible.

—No, esto no está bien. Levántate.

—Shh, nena. Si hablas, no puedo dormir.

—Jack… —intenté girarme hacia él, pero me lo impidió sujetándome por la cintura—. Esto no debería ser así, mi fantasía incluía despertarme sola en la cama.

—¿Qué tipo de fantasía de mierda es esa? —Me susurró al oído y agradecí no poder verle la cara porque en ese momento le habría dado un puñetazo en el ojo—. Busca una mejor. Como despertarte con mi lengua entre tus piernas de madrugada, por ejemplo. —No pude evitar estremecerme cuando sus labios dejaron una caricia suave en mi cuello—.

Además, si puedes follarme, no veo cuál es el problema. Solo es dormir. No implica nada.

—Para mí, sí.

—Tenía entendido que tú no eras de ese tipo de tías sensibleras.

Antes de que pudiese decir una sola palabra más, me giré hacia él y enrosqué una pierna alrededor de su cintura. Me pegué a su cuerpo todo lo posible como si fuese un pulpo y mis extremidades tentáculos.

—¿Qué coño haces? —Había una nota de alarma en su voz.

—Te abrazo. ¿Cuál es el problema? No implica nada, ¿verdad? —

contesté repitiendo sus mismas palabras. Hubo un instante de silencio.

—Verdad.

—Genial.

Ninguno de los dos volvió a decir nada. El cuerpo de Jack estaba rígido, notaba la tensión en sus músculos y su pecho subía y bajaba a un ritmo más rápido de lo normal. Sonreí satisfecha. No era nada fácil intimidar a ese hombre. Punto para mí.

No sé cuánto tiempo estuvimos abrazados como dos robots, pero ninguno quiso dar su brazo a torcer y apartarse. En algún momento indeterminado, noté que se relajaba y su respiración se tornaba más pausada y lenta. En cambio, yo tardé horas en conciliar el sueño. Era incapaz de ignorar su presencia; que estaba allí, que la calidez de su cuerpo parecía envolverme y que sus dedos se clavaban en mi cintura como si no quisiese soltarme. Y

olía tan bien que recordé por qué la primera vez que lo vi pensé que debería ser «ilegal»; porque era un peligro para la sociedad, para las chicas demasiado enamoradizas y para mi propio autocontrol, para empezar.

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