Tal vez tu
8 Entre amigas, familia y Gerard Butler
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Entre amigas, familia y Gerard Butler
La cara de Emma ocupaba la pantalla del ordenador que había dejado sobre la mesa auxiliar, frente al sofá. Hannah estaba sentada a mi lado, comiendo palomitas mientras Emma nos ponía al corriente de los últimos avances que había hecho en la editorial que fundó el año pasado en California. Por lo visto, había fichado la trilogía de una tal Rachel Makencie que estaba dando sus frutos.
—Pero no hablemos más de mí —dijo con un suspiro—. Elisa, tienes un problema. De los gordos. Y ni veinte consoladores podrán solucionarlo.
—Bueno, veinte es una cifra que…
—En serio, olvídate de él —me cortó—. No puedes tirarte al enemigo.
—¿Quién ha dicho nada de tirármelo? —grité.
—Te conozco mejor de lo que a veces me conozco a mí misma. Sé que cuando una idea se te mete entre ceja y ceja, no descansas hasta lograr tu objetivo. Y sí, es una desgracia que para una vez que te atrae un hombre sea tu contrincante, pero no me gusta lo que me has contado de él. No me gusta nada.
Si quería dejar de escuchar los consejos de Emma solo tenía que inclinarme un poco y cerrar la tapa del ordenador. En mi cabeza, una irritante vocecita me dijo que el mero hecho de que me plantease hacerlo ya resultaba preocupante. Suspiré dramáticamente y hundí la mano en el bol que Hannah sostenía entre sus piernas cruzadas. Me llevé un puñado de palomitas a la boca.
—Tienes razón —mascullé hablando con la boca llena—. Pero, joder, ¡tú no lo has visto! Es… es… tiene un aire a Gerard Butler.
—Vale, ¡tíratelo!
Las tres nos reímos. Cogí más palomitas.
—Lo decía de broma —aclaró Emma—. Es que es oír Gerard Butler y solo puedo pensar en palabras como «boda», «pene», «dámelo todo» y mayonesa. Sí, eso, añades un poco de mayonesa después de dejarlo reposar al sacarlo del horno…
Hannah y yo sofocamos una carcajada al deducir que Alex estaría cerca y, efectivamente, unos segundos después su cara apareció junto a la de Emma. Nos saludó alzando una mano en alto. No llevaba camiseta, tenía ese moreno que solo parece conseguirse tras horas de surf y el pelo revuelto.
—¿Mayonesa? Eso es porque no habéis probado mi salsa holandesa. —
Sonrió fanfarrón y un hoyuelo se dibujó en su mejilla izquierda—. ¿Cómo va eso, chicas?
—Aquí, debatiendo sobre si Elisa debería tirarse a Jack.
—¡HANNAH! —La fulminé con la mirada.
Alex entrecerró los ojos al reírse.
—Quizá te vendría bien. El sexo pone de buen humor.
—Maravillosa aportación —ironizó Emma y le dio un empujoncito en el hombro con suavidad. Alex se levantó y sus abdominales acapararon la pantalla del ordenador. ¡Señor, lo que me faltaba!—. Qué cotilla eres. ¿No tienes que irte a trabajar?
La cara de Alex apareció por última vez.
—¿Veis? Si hoy me hubiese despertado antes, Emma estaría más feliz.
Lástima. Hablamos pronto, chicas —se despidió.
—¡Serás cerdo! —gritó Emma y, por lo que pudimos escuchar, lanzó algo por los aires. Un minuto después, tras cerrarse una puerta, volvió a acomodarse y se peinó con los dedos—. Vale, ¿por dónde íbamos?
—Gerard Butler —recordó Hannah.
—Cierto. No puedes quedarte solo con el envoltorio. Y no te ofendas, porque aunque lo niegues sé que a ti te ponen a tono los tíos que están un pelín tarados, pero es que, por lo que me has contado de este, apostaría mi brazo izquierdo a que además es de los que va dejando a su paso corazones rotos.
—¿Y por qué no el brazo derecho? —preguntó Hannah.
—Solo era un decir, cielo —aclaró y luego alzó la muñeca y miró su reloj
—. Lo siento, pero tengo que irme ya. ¿Hablamos en otro momento?
—Claro, no te preocupes.
—Mantenme informada.
Nos lanzó un par de «besos virtuales», como ella misma solía decir, y cerré la tapa del ordenador antes de dejarme caer sobre el respaldo del sofá y arrebatarle a Hannah el cuenco de las palomitas. Ella se recogió el largo cabello rubio en una coleta con gesto distraído. Sabía que Hannah solía ser muy despistada, así que le pedí que volviese a relatarme todo lo que conocía de Jack, dado que ambos se movían en el mismo ambiente, a pesar de que llevaba interrogándola desde primera hora de la tarde.
En resumen, había averiguado que Jack era el hijo bastardo de los Daunfrey. Hasta ese mismo día, ni siquiera sabía que siguiese usándose esa palabra, «bastardo». Y no me gustaba como sonaba. La cosa es que, al parecer, el señor Daunfrey tuvo una aventura con la madre de Jack y él fue la consecuencia, aunque no lo reconoció como hijo suyo hasta que cumplió los ocho años. Desde entonces, Jack pasaba dos fines de semana al mes en
la mansión de la familia paterna, junto a su hermanastra, Nicole, y los otros dos hijos mayores. Hannah empezó a coincidir con él durante esa época.
—Creo que no se lleva bien con sus hermanastros —prosiguió—. Y
cuando venía a los cumpleaños, siempre solía jugar solo. Ya sabes, era un poco raro. Muy suyo. Por lo que conozco al señor Daunfrey, seguro que la cosa fue complicada.
Me relamí los labios salados.
—¿Por qué dices eso?
—Porque Riley Daunfrey es muy duro.
—¿A qué te refieres?
—Siempre está cabreado y tiene una voz profunda que da mucho miedo; recuerdo que cuando era una niña evitaba cruzarme con él cada vez que acudíamos a sus fiestas. Ya sabes, es uno de esos hombres que gruñe por todo y nunca parece satisfecho. Por lo que sé de él, no creo que aceptase a Jack como hijo con los brazos abiertos. Y los gemelos, Matt y Anton, tampoco son encantadores. Ambos están ahora a cargo de la empresa familiar, aunque dudo que Riley Daunfrey deje que la dirijan sin su aprobación. Le gusta tenerlo todo controlado, o eso suele decir mi padre.
—¿De qué es la empresa?
—Creo que de seguros.
Emití un suspiro cansado.
—¿Y ella? ¿Nicole?
Hannah sonrió abiertamente.
—Nicole es encantadora. Y quiere mucho a Jack.
—Pues no me lo pareció la otra noche…
—De pequeños siempre intentaban fastidiarse el uno al otro; ella escarbaba entre sus cosas y él le rompía los juguetes. Recuerdo un día que Nicole estuvo llorando toda la tarde porque Jack le arrancó la cabeza a una
de sus muñecas —rio—. Pero en el fondo se adoran. Con los gemelos no tiene una relación tan estrecha. Y no sé mucho más. Ya sabes que en el mundo de los Daunfrey los trapos sucios se lavan en casa.
«Y en el de ella» advertí, recordando la cantidad de asuntos turbios que Hannah me había contado sobre sus padres a lo largo de los años; desde infidelidades, negocios fallidos, enemistades… Sentí un escalofrío cuando pensé en lo felices que parecían los señores Smith el otro día en la fiesta, cogidos de la mano, sonriéndose con complicidad. Y todo era falso. A saber los secretos que guardarían los Daunfrey a pesar de parecer perfectos de cara a la galería. Me removí incómoda en el sofá al darme cuenta de que a veces yo misma era un poco así, porque la imagen eficiente e impoluta que mostraba en mi trabajo distaba mucho de la realidad. Mi realidad. Y algo parecido había ocurrido con Colin. Colín, sí, que parecía el novio ideal y al final terminó siendo una rana más. Venenosa. Y de las que te dejan tocada.
—Debería irme, he quedado con una agente inmobiliaria para echarle un vistazo a algunos locales. Esto de encontrar el lugar para abrir la empresa está siendo una pesadilla. —Hannah se inclinó y me dio un beso en la mejilla tras coger su bolso—. ¿Nos vemos el viernes donde siempre?
Greenhouse Club. Pensar en aquel sitio hizo que me diese un vuelco el estómago. La semana anterior habíamos roto nuestra fiel rutina porque Hannah no se encontraba bien y la otra… Negué con la cabeza al recordar mi primer encuentro con él cuando aún pensaba que era «Jack-debería-ser-ilegal» y no «Jack-el-gilipollas».
Qué desperdicio de hombre.
Suspiré desilusionada.
—De acuerdo. A las nueve en la puerta.
—¿Prefieres que pase en taxi a por ti?
—No, iré por mi cuenta. Además, creo que intentaré salir un poco antes del trabajo para acercarme a ver a mi madre… —medité, sintiendo de pronto una punzada de culpabilidad—. Te mando un mensaje si veo que se me hace tarde. Y suerte con la búsqueda de ese local —añadí antes de despedirme de ella con un abrazo.
*** ***
No supe nada de Jack desde el lunes. Cuatro días. Cuatro insoportables días mirando la bandeja de entrada del correo cada dos por tres a la espera de ver su nombre parpadeando en los «no leídos». Algo que, dicho sea de paso, nunca ocurrió. Y eso que el miércoles, presa de la desesperación, rompí mis propias reglas y le envié un email pidiéndole si podíamos seguir con las negociaciones. De momento, habíamos avanzado en dos puntos y Henry volvía a mostrarse relajado y conforme tras saber que no iríamos a juicio y que la cosa progresaba por el buen camino.
Lancé el móvil en mi bolso de mala gana tras comprobar que seguía sin tener noticias y apoyé la cabeza en el cristal del autobús. Era un viernes frío, a pesar de que el cielo tenía un tono azulado. Observé nostálgica la urbanización a las afueras en la que me había criado y me puse en pie cuando vi a lo lejos la parada en la que tenía que bajar. Caminé un par de manzanas con gesto distraído y paré enfrente de la casa con cortinas blanquecinas que tan bien recordaba. Abrí la pequeña valla de madera y entré. Supuse que me habría visto llegar, porque mi madre me recibió en la puerta antes de que pudiese llamar al timbre.
—¡Cariño! —Me estrechó entre sus brazos—. ¡Qué sorpresa me llevé cuando me llamaste! Ya pensé que no te vería hasta Navidad. Vamos, entra.
Todo estaba impoluto, como siempre. El suelo brillaba demasiado, los cristales estaban tan limpios que daba la impresión de que la ventana estaba abierta, y olía a desinfectante y a limón.
—¿Qué tal estás? —pregunté.
—¿Yo? Bien, bien, como siempre.
En cuanto colgué el abrigo en el perchero, ella empezó a quitar todas las minúsculas bolitas que encontró en la tela. Una a una. Con los ojos entornados.
—Mamá, déjalo.
—Espera… solo una más…
—Venga, mamá. —Tiré de la manga de su suéter y me miró con esos ojillos pequeños que se escondían tras las redondas gafas—. ¿Te ayudo a preparar la comida?
—Ya está hecha. Pizza de cuatro quesos, tu preferida.
Entré en la cocina. Efectivamente, olía a masa recién horneada. El rallador de queso, los platos y el rodillo ya estaban fregados. Mi madre era el tipo de mujer que apretaba la yema del dedo sobre la superficie de las mesas para cazar motas de polvo; después no las sacudía sin más, sino que se levantaba, iba hasta el cubo de la basura, y dejaba caer dentro ese microscópico trozo de suciedad. Era obsesiva. Y aunque yo intentaba evitarlo, sabía que también había caído un poco en ello. No dominaba «el arte de la limpieza» a su nivel, si tenemos en cuenta que mi madre ni siquiera entendía ciertos aspectos básicos como no limpiar los cristales cuando estaba lloviendo. Llo-vien-do. Le llamabas la atención y te miraba extrañada, como si te hubiese crecido un tubérculo en la nariz, y después se giraba y seguía frotando y frotando la translúcida superficie.
—Sacaré la pizza, encárgate tú de la mesa.
—De acuerdo.
Obedecí. Puse el mantel antes de llevar los cubiertos, los vasos y las servilletas con dibujos florales. Nos sentamos la una frente a la otra y empezamos a comer en silencio. Me fijé en el mueble del comedor, con todas las figuritas impolutas y alineadas. En eso me parecía a ella, aunque no era de extrañar teniendo en cuenta que había crecido entre cajas numeradas de juguetes y en una casa donde pronunciar la palabra
«bacteria» era casi un delito penal. El orden era control. Y el control, estabilidad.
—Está riquísima —dije.
—Gracias, cariño. —Se limpió la boca con la servilleta—. Pero cuéntame qué tal te van las cosas. Quiero saber todo lo que hace mi pequeña en la gran ciudad.
—Bueno… pues… Tengo varios casos entre manos, sí. Uno de ellos, el de Kevin, está casi ganado, así que el trabajo marcha bien, más o menos.
—¿Más o menos?
—Es un decir, ya sabes.
Ella me miró con preocupación y yo tragué para deshacer el nudo que tenía en el estómago. Margaret, mi madre, había invertido todo su dinero en mi educación. Todo. Además de limpiar, su otra gran obsesión era que yo lograse un futuro prometedor. Cuando era pequeña, cada noche al arroparme en la cama me daba un beso en la frente y me susurraba «yo te veré triunfar».
«¿Presióooon? No, para nada. Cero».
—Todo va genial, mamá.
—¿Y has conocido a algún chico?
—No, nada nuevo bajo el sol.
—Todavía no puedo entender lo de Colin, parecía encantador. Recuerdo la última visita que me hicisteis juntos, cuando me ayudó a doblar las
sábanas limpias. No sé qué locura se le pasaría por la cabeza para hacer lo que hizo. ¿Sabes algo de él?
Negué con la cabeza, aunque algo sí sabía. Tras romper nuestro compromiso, había tenido que cancelar los pocos preparativos para la boda que había concretado hasta la fecha. Colin estuvo meses pidiéndome perdón, rogándome que no tirase por la borda una relación de ocho años por
«un desliz de nada». Y sí, me avergonzaba reconocer que por momentos estuve a puntito de pasar por alto lo que había ocurrido, pero Emma y Hannah me hicieron darme cuenta de que me merecía algo mejor. A día de hoy, todavía recibía de él algún mensaje suplicante y poco original que terminaba con un lastimero «te echo de menos»; casi siempre ocurría durante los fines de semana, lo que reafirmaba mi teoría de que a Colin nunca le sentó nada bien tomarse dos copas de más (algo que solía negar y por lo que discutíamos cada dos por tres).
Tenía entendido que actualmente Colin trabajaba en otro bufete de abogados. O eso fue lo que escuché un día cuando un par de compañeras cotilleaban delante de la máquina de café. Por suerte, a pesar de que a menudo ambos pisábamos los juzgados, solo me había cruzado con él en una ocasión. Ocurrió en el pasillo de la sala de espera mientras mi cliente rellenaba unos documentos en la zona de recepción y, por supuesto, intentó
«arreglar» lo nuestro. Supongo que, en ocasiones, hay cosas que se rompen y pueden repararse, pero la relación que tuvimos no era una de esas cosas.
Y sí, fue duro ignorarlo todo; los años de idílico noviazgo en la universidad, los primeros pasos juntos en la gran ciudad, la búsqueda de un apartamento que compartir, el día que me pidió matrimonio arrodillándose en el suelo de aquel famoso restaurante como si estuviésemos dentro de nuestra propia película romántica, los sábados visitando tiendas de decoración e
imaginando lo bien que quedaría ese cuadro turquesa en el salón donde nos acurrucábamos cada noche…
—Deberías salir con alguien —sentenció mi madre.
Puse los ojos en blanco y le di otro bocado a mi pizza.
—Ya sabes que no tengo mucho tiempo…
—Tienes tiempo de sobra —replicó—. Cariño, no quiero que te quedes sola. Por desgracia, sé lo duro que es mirar cada noche el otro lado vacío de la cama. Me duele pensar en esa vida para ti. ¿Ya no recuerdas lo bonito que es estar enamorada? El tirón en el estómago, los nervios, la ilusión…
—Por favor, mamá, ¡pareces una novela rosa andante!
Me reí y ella también lo hizo. A veces olvidaba lo mucho que la quería.
Cuando iba de visita, me frustraba verlo todo tan reluciente. Me veía a mí reflejada en ella. Era claustrofóbico. Agobiante. Tanto, que me daban ganas de salir corriendo. Luego me tranquilizaba, consciente de que mi madre había sufrido lo suyo por culpa de mi padre, un hombre casado que jamás quiso hacerse cargo de mí y que le pidió que no se acercarse a su
«verdadera» familia al enterarse de que estaba embarazada. Sola, únicamente con la herencia de mis abuelos para empezar desde cero, me había sacado adelante. Tomó las riendas, recuperó el control y se propuso tener la casa más pulcra del barrio y la hija más ordenada en cien millas a la redonda. Y vaya si lo logró.
—Ya encontraré a alguien —le dije.
—Eso espero. Quiero nietos.
—Y yo un Ferrari. ¿Queda café hecho?
—Sí, cariño, pero…
—No, no te levantes. Yo me encargo —me apresuré a decir mientras recogía los platos vacíos de la mesa—. ¿Con una de azúcar? —asintió complacida y me sonrió.
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