Tal vez tu
32 La calma que precede a la tormenta
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La calma que precede a la tormenta
Cuando unos días después llegó la noche de fin de año, hice balance de todo lo que había cambiado en tan poco tiempo y supe que había tomado la dirección correcta, incluso a pesar de la caja de cartón que descansaba en el suelo llena de las cosas que había recogido de la oficina o de ese agujero en el pecho que sentía cada vez que la ausencia de Jack se tornaba más real y definitiva.
No tenía ni idea de los siguientes pasos que daría, había arrancado de la pared el calendario sobre el que solía garabatear y por primera vez en mi vida estaba improvisando sin saber qué me depararía el nuevo año. Así que, con la certeza de que quería empezarlo con buen pie, el día anterior me había ido de compras (era una mujer desempleada y con mucho tiempo libre), y había terminado llevándome a casa un vestido rojo y sencillo, pero cuya tela caía hasta los pies y tenía un lateral abierto hasta el muslo. En el probador me había mirado desde todos los ángulos, (derecha, izquierda, girándome, inclinándome), y estuve a punto de conformarme con un básico negro hasta que me dije: «¿Qué narices? El vestido rojo te queda tremendo», razón por la que, horas antes de que la famosa bola que simbolizaba el fin de año descendiese desde el edificio de Times Square, estaba intentando meterme en ese impresionante vestido.
Hannah había conseguido entradas para una fiesta en un local de copas de ambiente cálido e íntimo al no ser demasiado grande, y al final habían terminado uniéndose al plan Dasha y su nuevo y flamante novio, Clare, Aiden y dos amigos suyos.
Me maquillé, resaltando los ojos y los labios de un rojo intenso similar al del vestido. Piqué lo primero que encontré por casa y luego metí en el bolso de mano el móvil y la cartera antes de salir de casa y pedir un taxi. Llevaba un abrigo marrón por encima, pero el frío era punzante y unos nubarrones oscuros cubrían el cielo amenazando tormenta. Llegaba casi una hora tarde, porque me había tomado las cosas con calma y porque, aunque no me dirigía a una zona de la ciudad demasiado concurrida, el tráfico era caótico.
Terminé bajándome del taxi a un par de manzanas de distancia y cuando llegué al local ya empezaba a arrepentirme de haberme comprado esos zapatos de tacón. ¿Tan difícil era fabricar algo bonito y medianamente cómodo?
El lugar estaba lleno de gente y, a pesar de que seguían sirviendo bandejas con sándwiches y hamburguesas en miniatura y llamativos montaditos de comida, la mayoría de los presentes ya habían pasado a la segunda fase y sostenían coloridas copas en los dedos. Era uno de esos sitios modernos, pero agradables, con luces tenues, a pesar de las decenas de bombillas que colgaban del techo, y muebles blancos y azules. Me quité el abrigo y lo dejé en la zona del guardarropa junto a los regalos de Hannah.
Por suerte, rápidamente distinguí a Dasha entre la multitud. Me presentó a su nuevo novio, que debía de medir como poco dos metros de altura y tenía unas facciones rudas que le daban un aire muy atractivo. Ella me abrazó y se rio tontamente confirmándome que casi con total probabilidad iría por la tercera copa.
—¡Has estado desaparecida! —gritó.
—Han sido unas semanas complicadas.
—¡Hannah está radiante! —Sonrió.
—Seguro que sí. Por cierto, ¿dónde está?
—Al fondo, creo.
—Ahora vuelvo.
Dejé que me diese «un beso de borracha» casi en la comisura de los labios antes de internarme entre la gente y dirigirme hacia la otra punta del local. La calefacción estaba alta y olía a algún ambientador floral que habían echado en exceso. Hannah llevaba puesto un vestido dorado, muy en su línea para despedir el fin de año, y su cabello rubio y ondulado se deslizaba por su espalda descubierta. Se giró como si hubiese sentido mi presencia y me dedicó una sonrisa inmensa antes de tirarse encima de mí y abrazarme. Otra que había bebido más de la cuenta.
—¡Feliz cumpleaños, rubia! —Le susurré—. Sé que aún faltan un par de horas, pero quería asegurarme de ser la primera. Ya sabes lo mucho que odio perder —bromeé.
—¡Gracias! ¡SOY TAN FELIZ! —gritó.
Me reí, porque Hannah era así, imprevisible, algo alocada. Que vale que celebrar el cumpleaños y despedir el año fuera algo bonito, pero su felicidad resultaba un poco desmesurada. Negué con la cabeza y le quité la copa que llevaba en la mano, porque me moría de sed y Hannah y yo éramos de compartir lo que nos metíamos en el estómago. Ella empezó a hablar con voz chillona sin dejar de toquetearse el pelo con las manos.
—¡Tengo que contarte un millón de cosas!
—¿Lo pasaste bien en Los Hamptons?
—Sí, bueno, como siempre, pero…
La interrumpí al ver a Aiden acercarse por detrás. Sonreí. Estaba como una cuba. Llevaba en la cabeza un gorro gigante de Papá Noel, tenía los ojos vidriosos y alegres y una sonrisilla traviesa en los labios. Me dio un achuchón que por poco me deja sin respiración y, después, ante mi mirada patidifusa, cogió el pequeño rostro de Hannah entre sus manos y chocó sus
labios contra los suyos en un beso salvaje y húmedo que conseguiría avergonzar al mismísimo Hugh Hefner.
«¿Pero qué demonios…?»
Aún con los ojos como platos, logré reaccionar y cogerlo del cuello de la camisa por detrás para tirar de él y separarlo de mi amiga. El corazón me latía a trompicones, furioso. Le dirigí una mirada que podría haber derretido el Polo Norte.
—¿Qué coño crees que estás haciendo? —bramé.
Aiden pestañeó confundido, borracho, y luego miró a Hannah de reojo.
—¿No dijiste que se lo habías contado? —le preguntó.
—¿Contarme qué? —siseé.
Hannah clavó sus ojos asustadizos en los míos y ese efímero contacto me bastó para entenderlo todo; su felicidad desmedida, la ilusión y esa expresión soñadora que la acompaña siempre y que parecía haberse acentuado aún más.
—Te lo conté por teléfono. Te dije que estaba enamorada de Aiden.
—Oh, joder, ¿estáis juntos? ¿Juntos en serio?
—Muy en serio —añadió Aiden.
Me llevé una mano al pecho, sin tener aún muy claro si estaba emocionada u horrorizada; pero antes de poder decidir hacia qué lado se decantaba la balanza, me hice un hueco entre los dos y los dejé atrás caminando directa hacia los servicios. Y no, mi reacción no tenía ningún sentido a los ojos de los demás, pero sí para mí. De pronto me sentía como la peor amiga del mundo por no haber insistido con Hannah en pedirle que me contase aquello que la tenía tan distraída y empecé a atar cabos y la culpa se tornó más grande. Y luego estaba eso otro, lo mucho que me preocupaba que saliese con Aiden. Un montón de pensamientos se
enredaron en mi cabeza y supe que necesitaba unos segundos para empezar a quitar nudos.
Entré en los servicios y dos chicas que estaban retocándose el maquillaje frente al espejo alzaron la vista hacia mí sin mucho interés. Escuché la puerta abriéndose a mi espalda y supe que Hannah me había seguido. Pero no era ella. No a menos que se hubiese transformado en un tío y su presencia hiciese gritar a las allí presentes.
—¡Este es el baño de chicas! —exclamó una de ellas con el pintalabios en la mano.
—¡Calma, cariño! —Aiden alzó las manos en alto y se balanceó un poco hacia un lado—. ¡Soy gay! ¡Soy súper gay! Y mi amiga acaba… acaba de descubrir que… su gato tiene un tumor, ¿os importa que la consuele?
—Oh, qué mono —la morena puso morritos—. Pasa, pasa.
—Siempre igual, ningún tío bueno está disponible —susurró la amiga sin ser consciente de lo difícil que era no oírla.
Puse los ojos en blanco y entré en el último cubículo seguida de Aiden, que era también el más grande porque tenía uno de esos sitios para cambiarles el pañal a los bebés. Benditos bebés, porque necesitaba algo de espacio y de silencio al lado el ruido que había en la sala.
—Ni se te ocurra volver a decir que mi gato tiene un tumor ni en broma, a ver si vas a ser gafe —siseé, porque fue lo primero que se me ocurrió y no sabía cómo romper el hielo y hablar de lo que de verdad me importaba, porque, ¿Hannah y Aiden juntos? Todavía seguía pareciéndome una broma de lo más original y rebuscada.
Él se pasó una mano por el pelo y me salvó de seguir diciendo tonterías al ir directo al grano.
—La quiero.
—Aiden…
—Estoy enamorado de ella.
Me quedé callada, mirándolo.
—Eres un mujeriego…
—Era —puntualizó—. Y te juro que porque hasta entonces no había encontrado a la mujer ideal para mí. Hannah es maravillosa. Es divertida y me paso el día riéndome con ella; está dispuesta a hacer cualquier locura que se me pase por la cabeza y es imprevisible y atolondrada y un poco caos como yo, pero nos entendemos bien…
«Ay, joder, qué bonito». Inspiré hondo.
—Te juro que como le hagas daño…
—No lo haré —aseguró y vi en sus ojos que estaba siendo sincero.
Lo abracé, más calmada, sintiendo que las cosas encajaban al fin. Me separé de él cuando alguien llamó a la puerta con golpecitos suaves.
—¡Ocupado! —grité.
—Soy yo, chicos —la voz de Hannah llegó desde el otro lado y quité el pestillo de inmediato. Ella nos miraba cohibida—. ¿Va todo bien?
—Sí, sigo vivo —contestó Aiden.
Le di una colleja mientras salíamos del cubículo. Él se inclinó hacia Hannah y la besó de nuevo, como si realmente no pudiese dejar de hacerlo.
Ella se apartó con las mejillas encendidas y una sonrisa tonta en la cara antes de insistir en que nos tomásemos una copa a solas.
Así que eso hicimos.
Nos sentamos en uno de los extremos de la barra que cruzaba el local. Yo tuve que hacer malabarismos para que no se me viese todo por culpa de la abertura lateral del vestido, pero conseguí acomodarme cuando nos sirvieron dos margaritas. Brindamos, sonrientes, y ambas le dimos un trago.
—Necesito que me lo cuentes.
—A ver, ¿por dónde empiezo…?
—El primer día —la animé.
—Sí, fue esa noche que lo invitaste a Greenhouse club y fue acompañado por un amigo, ¿recuerdas? Tú desapareciste, imagino que con Jack, así que terminamos la noche en otro local. Dasha conoció al tipo que ahora la acompaña, Clare se enrolló con su amigo en los lavabos en plan lío de una sola noche, y yo acabé tomándome una copa con Aiden. La cosa se alargó y cuando quise darme cuenta estábamos caminando por una calle cualquiera, dando un paseo y, no sé, estar con él es tan divertido…
—Entonces fue un flechazo.
—Más o menos —se encogió de hombros—. Me dijo que si en algún momento quería clases gratis, solo tenía que ir a su gimnasio. Y un día que estaba aburrida y cansada de trabajar, terminé pasándome por allí y una cosa llevó a la otra y… en fin.
—¿Qué significa «en fin»?
—Lo hicimos en el suelo del ring.
—¿Qué? Mierda. No pienso volver a entrenar allí.
—¡Lo siento! —Alzó las manos, yo me terminé la copa de un trago—. Es que me pone mucho cuando va en plan entrenador exigente.
—Necesito otra copa.
—¿Mojito o algo más fuerte?
—Tequila —terminé decidiendo justo cuando el camarero nos prestó atención.
—Que sean dos —dijo Hannah.
—Vale, sigue con la historia.
—Después de eso a Aiden le entró una especie de ataque de pánico al pensar que lo matarías si llegabas a enterarte, así que me pidió que no te dijese nada todavía. ¡Y no te imaginas lo difícil que fue! ¡Quería contártelo
a todas horas! ¡Soñaba que te lo contaba! Y siento haber sido una bruja traidora y una amiga aún peor.
—No digas tonterías —repliqué con el tequila quemándome la garganta.
—Aiden me pidió una cita días más tarde y luego otra y otra. Así que cuando quise darme cuenta ya estaba más que pillada y le dije que teníamos que dejarlo. Te había oído hablar de él alguna vez y sabía que no era de los que se comprometen, pero…
—Pero… —sonreí.
—Casi se pone a llorar cuando le propuse dejarlo. En serio, te lo juro —
suspiró en «plan Disney» y yo me terminé el mojito—. Me dijo que nunca había sentido nada así por nadie, que solía aburrirse de las mujeres con las que salía incluso en la primera cita y me pidió que le diese una oportunidad… ¡Y, en fin, aquí estamos!
Suspiré emocionada.
—Sabes que me alegro muchísimo por ti, ¿verdad? Es solo que al principio me ha costado asimilarlo. El otro día, cuando me llamaste por teléfono, no oía nada de lo que decías porque no tenías cobertura, así que no me lo esperaba.
Hannah apartó los vasos que se interponían entre ambas y me cogió de la mano. Eran las once de la noche, en una hora dejaríamos atrás aquel año y habían pasado tantas cosas…
—¿Y tú? ¿Qué ha ocurrido con Jack…?
—¿Con Jack? Eso sería solo la punta del iceberg. Ya te dije que dejé el trabajo, que no pienso volver a entrar en esa web de citas y que mi futuro ahora mismo es una hoja en blanco y no tengo ni idea de qué escribir en ella…
Empecé a divagar, efectos secundarios de la bebida, hablando de todo y de nada en realidad.
—Para lo demás puedes tomarte tu tiempo, me apuesto el dedo índice, bueno, mejor el meñique —corrigió haciéndome reír—, a que en un par de meses vuelves a tener un montón de planes. Eso no me preocupa. Pero Jack… Te gusta. Mucho. A mí puedes decírmelo.
Por una vez dejé de intentar aparentar que estaba bien, que aquello era solo una piedra en el camino que olvidaría en menos de lo que dura un pestañeo. Porque, por mucho que intentase convencerme de ello, no era cierto. Lo echaba de menos. Echaba de menos poner una película y acurrucarme junto a él, dormir a su lado, verlo comer cereales y hasta discutir, sí. Replicarle cualquier tontería, descubrir ese brillo juguetón y contenido en su mirada. Abrazarlo muy fuerte mientras él conducía por la ciudad o justo después de hacer el amor. Por favor, si incluso echaba de menos a la pequeña Molly…
—Él no quiere nada más conmigo.
—¿Le has dicho lo que sientes?
—Algo así, sí. Creo —susurré.
—Eso no suena muy convincente.
—Déjalo. Es demasiado difícil.
—¡No puedo entender que tú, justamente tú, digas algo así! —exclamó
—. ¿Dónde está mi amiga Elisa y qué has hecho con ella? La chica que conozco se apuntó a una maratón solo porque un compañero de clase le dijo que tenía pinta de tener unas «rodillas envejecidas». Y esa misma chica fue a todas y cada una de las revisiones de sus exámenes solo para asegurarse de que todo estuviese correcto, no porque tuviese nada que reclamar. Esa chica que luchó siempre por lo que quería, aunque fuese la cosa más pequeña para los demás, no se rendiría a la primera de cambio en algo tan importante. Arriesgaría. ¿Vas a dejarlo escapar así, sin más, sin siquiera decirle lo que significa para ti…?
Estuve un buen rato mirándola con la boca abierta, alucinada. Creo que jamás había escuchado a Hannah pronunciar un «discurso» tan largo y tan sentido. Cada palabra fue como si me aguijonease el corazón. Y me vi, me vi a mí misma todos aquellos años sin conformarme, superando cada reto que se me ponía delante o esforzándome por lo que quería. No me gustaba dejar las cosas al azar. Y sin embargo, allí estaba, sentada frente a una de mis mejores amigas negando con la cabeza y dando por perdida la partida antes siquiera de intentar ganarla.
—No puedo…
—¿Por qué no? Siempre has sido muy valiente.
—Pero es que Jack… él… no sé…
Sentí que el alcohol se me subía a la cabeza.
—Vamos, te conozco y sé que si no lo haces, si no sueltas todo lo que llevas dentro, te arrepentirás y no dejarás de preguntarte qué hubiese ocurrido.
—Me da miedo que me diga que no siente nada por mí… que todo este tiempo… no ha significado nada —tragué saliva—, no sé si estoy preparada para oír eso.
—Si fuese el caso, sería mejor saberlo que tener esa duda eternamente.
—Sacó el móvil de su bolso de mano dorado—. Es más, ¿sabes qué? Voy a llamar a Nicole para preguntarle dónde está su hermano.
—¿Qué? ¡No, has bebido demasiado!
—¿Todo bien, chicas? —Aiden apareció de repente, le dio otro apasionado beso a Hannah y me miró sonriente antes de que ella se bajase del taburete y se alejase unos metros para hablar por teléfono.
—No, tu novia —puntualicé como si aún intentase asimilarlo— está intentando averiguar el paradero de Jack porque piensa que debería
presentarme allá donde esté como una pirada total y gritarle lo que siento por él.
—Creo que es la mejor idea que Hannah ha tenido en su vida. Y eso que tiene ideas geniales todo el tiempo. ¿Te he contado que el otro día se le ocurrió que sería súper divertido comer comida mexicana con palillos japoneses?
—¡Estáis chiflados! —exclamé.
—Venga, Elisa, ahora en serio, nadie va a obligarte a hacer nada que no quieras. Eres tú la que debe tomar esa decisión, pero creo que si Hannah insiste es porque te conoce muy bien y sabe que necesitas quitarte esa espinita para poder seguir adelante, sea cual sea el camino.
—¿Qué coño os pasa a los dos hoy, eh? ¿Qué le echan a la bebida de este bar? —repliqué y luego enterré el rostro entre las manos porque, joder,
¡tenían razón! Eso era lo peor. Saber que ambos estaban en lo cierto y que necesitaba cerrar esa puerta que conducía a Jack o abrirla de par en par, pero no podía seguir dejándola entornada.
Hannah regresó con una sonrisa.
—Está en una fiesta privada en un hotel, no muy lejos de aquí. Tengo contactos, puedo meterte en la lista de invitados haciendo una llamada, ¿qué me dices?
Me daba vértigo, miedo, pavor.
Y luego estaba esa otra parte, esa que se moría de ganas por verlo, esa que era incapaz de acallar y mantener bajo control.
Me puse en pie con decisión.
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