Tal vez tu

Alice Kellen · Capítulo 18 de 37

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Tal vez tu

18 Primera cita

18

Primera cita

Me miré en el espejo una última vez antes de salir de casa y coger el metro. Me había vestido informal, pero eligiendo cada prenda meticulosamente. Un poco como la cita a la que asistía. Había leído el perfil de Garrett Jill unas cuatro veces antes de atreverme a decirle que sí, que quedaríamos para tomar algo en un local de copas en el barrio del Soho. Por lo que me había dicho Hannah (aunque últimamente estaba más distraída de lo normal y no me había devuelto la llamada del día anterior), lo más clásico era quedar para cenar, pero me parecía demasiado «íntimo» para una primera toma de contacto. Si solo pedía una copa y el candidato no me convencía, podía largarme de allí en menos de media hora.

Era lunes. Tras la huida (injustificada) de Jack, me había pasado el resto del fin de semana organizando mi vida. Es decir, que había impreso un calendario y había marcado en rojo los días en los que tendría citas (hoy lunes, miércoles y viernes). En azul había señalizado la llegada de Frank Sanders para tenerlo presente e intentar acercarme antes a esas dos direcciones que Julia me había dado. Y luego había usado el naranja para marcar los festivos por Navidad y los días que vería a mi madre.

Eso era lo que necesitaba. Orden. Control.

Garrett Jill era arquitecto, tenía treinta y dos años y un perfil tan perfecto que suspiré tres veces al terminar de leerlo. Le gustaban las comedias románticas, pedir comida a domicilio, los gatos y, por encima de todo, valoraba la sinceridad. Era como leer un informe detallado de cómo quería

que fuese mi futuro marido. Supongo que por eso estaba entre nerviosa y emocionada cuando llegué al lugar donde habíamos quedado.

Era un local pequeño, de luces anaranjadas y altos taburetes de madera alrededor de la barra principal. Sin embargo, lo encontré sentado en una de las pocas mesas que allí había. Se levantó en cuanto me vio. Era muy guapo y su corte de pelo, con la raya ligeramente a un lado y típico de los niños de papá, me recordó un poco a Colin. Unas atractivas arrugas aparecieron en la comisura de sus ojos cuando sonrió tras estrecharme la mano. Me quité el abrigo y me senté en la silla que estaba libre.

—Bonita blusa —halagó.

—Oh, ¡gracias! —sonreí.

Supongo que en ese momento debería haber empezado a sospechar, pero,

¿quién no desea que un hombre se fije en su ropa cuando asiste a una cita?

Además, la blusa era preciosa, de color verde botella, y me la había comprado esa misma mañana (después de admitir que no podía seguir con un armario propio de una viuda de los años cincuenta).

Pedimos un par de refrescos y empezamos a hablar sobre la web de citas en las que nos habíamos conocido. Le conté que me inscribió mi amiga Hannah y él me dijo que terminó ahí por casualidad buscando un poco de

«aire fresco».

—¿Aire fresco? ¿A qué te refieres? —pregunté.

—Las que están especializadas son un engorro. Tengo la sensación de que todos los perfiles son iguales, todo está mucho más enfocado a ir directamente al grano, no sé, no es lo que busco en este momento. —¡Ay, podría enamorarme perfectamente de él…!—. La cuestión es que necesito algo más profundo —sacudió la cabeza y se metió la pajita en la boca para darle un sorbo a su bebida. Tragó y me sonrió—. Cuando vi tu perfil sentí una especie de conexión. Todas tus respuestas se parecían a las mías. Me

dije que teníamos tantas cosas en común que debíamos conocernos en persona. ¿Sabes…? Hace solo unos meses que me mudé a Nueva York y no conozco a mucha gente.

Ya. Esa forma densa de hablar y el acento de Alabama solo lo hacía aún más atractivo. Me fijé en su ropa, en los puños perfectamente abotonados de su camisa y en lo bien planchada que estaba (mi madre le hubiese dado el aprobado alto solo por eso).

—Lo entiendo. Debe de ser duro dejar atrás a tu familia.

—Mucho. Mis padres son encantadores.

Sumaba puntos por momentos…

—¿Te gusta Nueva York?

—Sí, es fascinante, aunque al principio me costó un poco acostumbrarme. Vengo de un pueblo muy pequeño de Alabama, así que el contraste fue duro. ¿Tú eres de aquí?

Durante lo que me pareció una eternidad, estuvimos hablando de películas, de lugares, de costumbres, de música, del trabajo…, cuando quise darme cuenta eran casi las nueve de la noche y llevábamos más de una hora y media sentados en esa mesa. Me levanté con una sonrisa, dejé el móvil y el bolso encima de la mesa y le dije que necesitaba ir al servicio. Al hacerlo, eché en falta no haber cogido al menos el pintalabios o haberme arreglado un poco más antes de asistir a la cita. Salí unos minutos más tarde y, cuando me acerqué, vi que Garrett tenía mi móvil en la mano.

—¡Lo siento! No quería… de verdad que no quería mirar, pero te ha llamado un tal Jack dos veces y la pantalla se ha iluminado… —Volvió a dejarlo encima de la mesa y me miró con inocencia—. Es muy guapo —

añadió.

Pestañeé confundida, hasta que caí en la cuenta de que días atrás había cogido la fotografía que Jack tenía en linkedin para asociarla a su tono de

llamada. Me senté con lentitud, procesando sus palabras.

—No te preocupes —susurré.

—¿Es alguien importante? —preguntó.

—Eh… bueno, no exactamente.

—¡Vamos, a mí puedes contármelo! —Alargó una mano por encima de la mesa y cogió la mía, sus dedos eran cálidos y me envolvieron con cariño—.

¿No tienes tú también la sensación de que nos conocemos desde siempre?

Ese Jack tiene pinta de ser un canalla. Créeme, sé lo que me digo por experiencia.

Fijé la mirada en la etiqueta de la Coca-Cola que ambos habíamos pedido, pero, no, no llevaba alcohol, obviamente. Así pues…

—Creo que me estoy perdiendo algo —logré decir.

—¿Tienes un lío con él?

Soltó mi mano y se tocó las puntas del pelo mientras me miraba con interés, como si estuviese esperando pacientemente a que le relatase todas mis memorias.

—No parece apropiado que hablemos de esto.

—¿Por qué no? ¡Somos amigos!

—¿Amigos? Sí, claro, pero también…

—¡Oh, mierda! —Se llevó una mano al pecho—. Cariño, no pensarás que… oh, mierda —dijo otra vez y cerró los ojos mientras suspiraba—.

Elisa, soy gay.

—Eres gay —repetí como si necesitase decirlo en voz alta para convencerme de ello.

—Exacto. Cariño, esto es un poco…

—No, no te disculpes.

—Te he dicho que mi película preferida es Pretty Woman —insistió.

—Esto ha sido un error.

—Cuando leí tu perfil me pareciste encantadora y me sentía un poco solo, pensé que podríamos ser amigos. A mí también me encanta la Navidad y los gatos y los días de lluvia…

Suspiré profundamente.

Lo miré. ¡Era tan perfecto! Demasiado perfecto, sí, ahora lo veía claro.

Su expresión de incertidumbre me hizo reír. Lo cierto es que resultaba adorable y yo era incapaz de levantarme y largarme de allí, así que pedimos otra ronda, esta vez de cervezas, y nos quedamos toda la noche hablando.

Terminé contándole la historia de Jack casi sin filtros, incluyendo el detalle de que él mismo había rellenado mi perfil de la web (aunque más tarde acabase cambiando la mitad de las respuestas) y él se desahogó y aseguró que estaba harto de los hombres y de que solo se interesasen por el sexo.

Garrett buscaba pareja estable y le estaba costando mucho encontrar a un tipo decente con el que compartir su vida. Visto en perspectiva, teníamos muchas cosas en común.

—Así que cuando leí que querías a un hombre bueno, sincero, que supiese escuchar y fuese tu mejor amigo, supe que estábamos en el mismo barco —explicó mientras caminábamos por las calles de Nueva York cogidos del brazo como hacen las ancianas cuando van a pasear.

—Un barco que se hunde —me reí.

—Puede ser. Nos hundiremos juntos —añadió tras soltar una carcajada.

Luego nos quedamos un rato callados, pero no fue un silencio incómodo—.

Así pues, ¿qué piensas hacer con el tal Jack? Es evidente que lo vuestro no ha terminado porque acaba de llamarte hace un rato.

—Creo que con él solo puedo improvisar.

—Suena bien. Y excitante.

—No creas, porque eso significa que, más que nunca, tendré que planificar bien el resto de mi vida. No puedo dejar que las cosas se tuerzan.

No puedo perder el control.

Garrett gritó «¡así se habla!» y un rato más tarde nos despedimos en la entrada de la boca del metro tras prometer que quedaríamos pronto para tomar algo.

Cuando llegué a mi apartamento, me acurruqué en el sofá dispuesta a ver un nuevo capítulo, pero antes de que mis manos encontrasen el mando dieron con el teléfono y cuando quise darme cuenta estaba devolviéndole a Jack la llamada, a pesar de que me había prometido esperar al menos hasta el día siguiente como demostración sutil de lo mucho que me había molestado esa reacción tan desmedida.

—Hola —saludé.

—¿Qué quieres?

«¡La madre que lo parió…!»

—Me has llamado tú —contesté.

—Ah, sí, cierto. Ya no me acordaba —replicó con desgana.

—¿Crees que soy idiota?

—No lo sé, ¿eres idiota, Elisa?

—No, pero empezaré a ser violenta a no ser que te dejes de juegos y empieces a comportarte como un tío medio normal —farfullé enfadada.

—Así que estamos jugando… —ronroneó—. ¿Qué llevas puesto?

—No me jodas. Jack esto no es…

—Podemos joder por teléfono.

—Se supone que estamos enfadados. Deberíamos hablarlo —dije en un alarde de sensatez, aunque hubiese preferido lo del sexo telefónico.

—Pues ya no estoy enfadado, ahora solo tengo ganas de tocarte.

—Jack, acabo de llegar, estoy cansada y quiero que dejemos algunas cosas claras.

—¿Dónde has estado?

Dudé, pero solo un segundo.

—Tenía una cita.

—Uhmm. Vale.

—¿Qué significa «uhmm»?

—Que me alegro mucho por ti, eso significa —replicó y noté un cambio apenas perceptible en el timbre de su voz—. ¿Y bien? ¿No piensas contarme qué tal ha ido?

—Ha estado bien. Muy bien.

No vi necesario añadir que Garrett era gay.

—¿Hubo beso de despedida? —preguntó burlón. Y creo que fue precisamente ese tonito chistoso lo que me hizo cabrearme de nuevo con él.

¿Por qué lo decía así, como si fuese algo insólito que de verdad pudiese interesarle a un hombre? Apreté el teléfono hasta que se me quedaron los nudillos blancos—. Elisa, ¿sigues ahí?

—Sí, sigo aquí, perdona, estaba recordando el beso —mentí, incapaz de tragarme el orgullo y la decepción—. Y por si también te lo preguntas, ha sido magnífico. Ahora tengo que colgar, creo que voy a darme una ducha de agua fría para calmarme un poco.

Y, evitando pensar y valorar lo que acababa de hacer, colgué.

Lancé el teléfono hasta el otro extremo del sofá, preguntándome qué demonios me pasaba. Algo estaba ocurriendo. Algo que no era capaz de entender. ¿Por qué reaccionaba así? ¿Por qué Jack me hacía comportarme como una niñata en plena etapa de la pubertad? ¡Por favor! Si era una mujer adulta, tenía un trabajo estable, un apartamento propio, un gato algo arisco, y ahí estaba, inventándome batallitas y sintiéndome más insegura que nunca.

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