Tal vez tu

Alice Kellen · Capítulo 11 de 37

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Tal vez tu

11 Alcohol, fantasmas y héroes

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Alcohol, fantasmas y héroes

Le di un puñetazo al saco de boxeo.

—Tenía que desear tirarme a mi enemigo número uno. No podía, no sé, fijarme en ese vecino mono de la puerta veintitrés que se mudó el mes pasado, o en el camarero de la cafetería o…

—En mí —sonrió Aiden.

—Sí, ¡hasta eso sería una opción más razonable! —Negué con la cabeza y me señalé la frente con el guante de boxeo aún puesto—. Algo no está bien aquí dentro ¿verdad?

Aiden dejó escapar una carcajada.

—No, tiene mucho sentido si te paras a pensarlo. Tú eres competitiva hasta la muerte, así que te atraen los hombres igual de competitivos y exigentes. Colin lo era. Jack lo es. Necesitas que la cosa sea difícil, un reto.

—¡No es verdad! No busco eso.

—Puede que no conscientemente.

Respiré a trompicones, agotada, y me aparté del saco dando por finalizado el entrenamiento. Era sábado y tras el ventanal del gimnasio se distinguía el cielo oscuro, así que debía de ser tarde. Aiden había aguantado como un campeón mis golpes erráticos, mi mal humor y mi conversación poco fluida. El día anterior le había pedido a Hannah que fuésemos a otro local de copas solo para demostrarle a Jack lo «impredecible» que era, aunque probablemente él estaría por ahí con alguna tía que soportase escucharlo durante más de dos minutos seguidos y jamás averiguaría mi

gran acto de valentía. Me quité los guantes y suspiré hondo tras apartarme algunos mechones del rostro que habían escapado de la coleta.

—Creo que hice algo malo en otra vida.

—¡No exageres! Va, ve a cambiarte. Te invito a tomar algo.

—¿Ahora? ¿Hoy? Es sábado.

—Ya, por eso mismo.

—¿Y alguien como tú no tiene nada mejor que hacer un sábado por la noche?

—¿Sinceramente? Sí, llevo una semana tonteando con dos gemelas rusas que quieren montárselo conmigo a la vez. Pero soy un buen amigo. —Me dio un empujoncito en el hombro para instarme a ir a los vestuarios—. No tardes.

Media hora más tarde estábamos los dos en un local abarrotado cerca de Chinatown. Aiden engulló casi sin respirar dos platos de fideos fritos con gambas y yo intenté que me entrasen un par de bocados. Los comensales que estaban en la mesa de al lado hablaban en un idioma que no conocía y la calefacción estaba demasiado alta. Sonriente, Aiden alzó su móvil en alto para enseñarme la fotografía de, efectivamente, dos gemelas rubias y esbeltas con una mirada tan soez que pensé que si no hacían una mamada pronto les daría un infarto.

—Muy… interesante —logré decir.

—Lo sé. Hemos quedado mañana por la noche.

Miré a Aiden. No me sorprendía que pudiese montárselo con quien quisiese, porque tenía unos hombros fuertes y anchos y era muy guapo, el tipo de chico que consigue que una se descoyunte el cuello cuando va caminando tranquilamente por la calle. Qué fácil habría sido la vida si me hubiese sentido atraída por él. Podría haberle pedido que se acostase conmigo como un pequeño favor para acabar así con ese hormigueo

incómodo que me acompañaba durante los últimos días. Por desgracia, aunque agradecía las vistas, no despertaba en mí ningún indicio de deseo.

—¿De verdad te satisface? Quiero decir, acostarte con dos chicas que ni siquiera eres capaz de distinguir entre ellas y de las que no sabes nada.

Aiden frunció el ceño.

—¡Claro que sé distinguirlas! Y lo haré aún mejor cuando les vea las tetas, porque creo que Natasha se puso una talla más que Karenina.

—¡Qué asco, Aiden!

—¿Las tetas te dan asco?

—¡No! Tu forma de hablar.

—¿Y qué esperabas? ¡Soy un tío! Podría hablarte de su inmenso corazón, porque seguro que son bondadosas y maravillosas, pero si te digo la verdad solo las he visto una vez. Mi objetivo número uno son las tetas.

Mi objetivo número dos, el culo. Mi objetivo número tres, conseguir su teléfono. El resto va sobre la marcha.

Me negaba a creer que todos los tíos fuesen así. Es decir, había visto Leyendas de pasión la semana anterior y, vale, no es que pidiese tropezarme con un tipo como Tristan Ludlow, seamos realistas, pero me conformaba con alguien parecido a cualquiera de sus hermanos. Tenía los pies en la tierra.

—Tú también deberías probar lo del sexo sin compromiso. ¿Por qué no te acuestas con el tarad… digo, Jack? ¿Cuánto tiempo estuviste saliendo con Colin? ¿Casi una década? Eso no puede ser bueno para la salud. —Dio una palmada en la mesa con decisión como si estuviese defendiendo la abolición de la esclavitud—. Date un respiro a ti misma, Elisa. ¡Sal por ahí, disfruta, deja de analizarlo todo!

—Yo no analizo nada —protesté.

—Seguro que has hecho un informe mental detallado sobre los pros y los contras de este restaurante y la posibilidad de pedirle al dueño el certificado de sanidad.

—Eso no es… —me callé y me mordí la lengua—. Las leyes están para algo.

—Sí y tú ya te las has saltado.

—¡Solo fue un beso!

—Eso es como la excusa de «solo la puntita» que usaba con mi primera novia cuando tenía quince años. —Puso los ojos en blanco—. Si las cosas se hacen, se hacen bien y punto. A ver, dame tu móvil, déjame leer esos correos que os habéis enviado.

Chasqueé la lengua, pero al final se lo tendí con un gesto de resignación.

Tener una «perspectiva masculina» no ayudaba en absoluto; prefería mil veces los consejos de Emma, que se resumían en: «es un capullo», «no te merece», «ya le gustaría meterse en tus bragas, hazle sufrir por todas esas mujeres a las que les habrá roto el corazón». Y sí, mi amiga era bastante dada al dramatismo, pero en el fondo tenía razón.

Aiden terminó de leer los correos con una sonrisa en los labios y me devolvió el teléfono deslizándolo por encima de la mesa.

—Este tío quiere follarte.

—Ya. Qué perspicaz —bromeé.

—¿Por qué no lo haces y ya está?

—¡Porque no puedo! Podría enumerarte unas mil razones, pero basta con saber que mi trabajo estaría en juego y, además, sigo buscando al hombre de mi vida y no puedo permitirme perder el tiempo con tíos como Jack.

Cumpliré treinta años dentro de siete meses… cuatro días y nueve horas —

resumí haciendo cálculos.

Él se rio y pidió dos chupitos de tequila.

—No exageres. Nadie va a despedirte por un polvo rápido.

—Está claro que no puedo hablar contigo de estas cosas.

—¿Qué cosas? ¿Sexo? Soy el tío más abierto del mundo en ese tema.

—Precisamente por eso.

En cuanto el camarero dejó los chupitos sobre la mesa me lancé a por uno de ellos, porque de verdad que necesitaba aliviar el nudo que me oprimía la garganta. Un nudo que había aparecido ante la posibilidad de acostarme con Jack. ¿De verdad podía hacerlo? Un encuentro aislado era todo lo que necesitaba para desquitarme y volver a ser yo misma. Los riesgos son fruto de la desesperación, ¿no? Me bebí el trago de tequila de golpe.

—Admite que le doy una nueva perspectiva a esta historia tuya con el tarado de Jack y eso te molesta. ¿O prefieres que me limite a decir lo mismo que seguramente te aconsejarán tus amigas? —bromeó antes de empezar a hablar con voz de pito imitando a una mujer—. «Oh, no, nena, no dejes que ese impresentable se meta en tu cama. Tú vales más que todo eso y él solo busca un polvo». Pero la pregunta que de verdad debes hacerte es qué estás buscando tú, porque a menos que tengas en mente casarte con Jack y tener un montón de bebés, no veo cuál es el problema.

—¡No, claro que no! Por Dios. Sé que es cruel lo que voy a decir, pero deberían prohibirle tener hijos. Quiero decir, seguro que el diablo lleva una eternidad esperando su oportunidad para conquistar la tierra y esa oportunidad pasa por los espermatozoides de Jack.

—Me caes bien cuando bebes. —Aiden se rio y chasqueó los dedos para llamar la atención del camarero que pasaba a nuestro lado—. ¿Nos pones dos Blue Hawaii?

—Ahora mismo —respondió solícito.

—No pienso emborracharme —espete.

—Lamento decirte que ya estás un poco tocada. A ver, ¿por dónde íbamos? Los espermatozoides de Jack. Reconozco que me da un poco de tirria hablar de este tema, pero, como soy un amigo increíble, dejaré que te desahogues.

—¡No hablábamos de eso! No exactamente.

—Matices, matices… —se burló.

Le di un trago largo al Blue Hawaii y tosí mientras dejaba la copa en la mesa.

—¡Joder! Se han pasado con el ron.

—¡Qué va! Está en su punto. —Aiden se relamió los labios y le guiñó el ojo a las tres chicas que ocupaban el reservado de al lado cuando advirtió que lo miraban. Le di una patada suave por debajo de la mesa.

—Córtate. Se supone que hoy eres mi cita.

—¿En plan exclusivo?

—Sí, totalmente.

—Vale, sigamos con la terapia. —Emitió un suspiro de resignación—.

Pongamos que tienes razón, así que descartemos a Jack de momento. ¿Qué es lo que buscas en un tío? Porque tengo algunos amigos que quizá pueda presentarte.

Aplaudí emocionada. Vale, sí, él tenía razón y el alcohol empezaba a afectarme, pero la realidad era que llevaba más de un año sin tener citas, entristecida junto a mi solitaria vagina, sin apenas sociabilizarme. Quedar con uno de los amigos de Aiden para tomar algo sonaba extrañamente bien.

Arreglarme para salir, los nervios, las ganas, esa primera impresión…

—No tengo un prototipo… —respondí mientras removía con la pajita los restos de mi copa—. Pero me gusta que sean sinceros. Eso lo primero. Nada de mentiras ni infidelidades. Y que estén dispuestos a comprometerse.

—Perfecto, eso descarta al 80% de mis amigos.

—Que sea bondadoso, detallista y humilde.

—Creo que estás describiendo a Aladdín.

—No me interrumpas justo ahora que me estoy viniendo arriba —

repliqué y me terminé el Blue Hawaii de un trago—. También quiero que sea independiente y que no me ponga límites. Ya sabes, no soporto al típico tío que piensa que por metértela pasas a ser de su propiedad y desea tatuarte un puto código de barras en el culo.

Aiden rio y le faltó poco para escupir su bebida.

—¡Ah, y el sexo, sí, importante! Que sea complaciente en la cama, que sepa que el sexo oral es algo recíproco y que entienda el significado de la palabra «preliminares».

—¿Preli… qué? —Se burló Aiden inclinándose hacia delante—. Ahora que lo mencionas, nunca me has contado qué tal se le daba a Colin el asunto.

—Eres una cotilla de barrio.

—Lo sé, no puedo evitarlo. En el gimnasio uno acaba enterándose de todo y al final terminas cogiéndole el gustillo. Como dijo ese hombre que se llama como mi desayuno, «El conocimiento es poder».

—Pobre Francis Bacon.

—¡Lo tenía en la punta de la lengua! Pero, eh, no cambies de tema.

Aiden pidió dos margaritas más. El ambiente en el local se había vuelto más animado y distendido. Las chicas de la mesa de al lado seguían con los ojos fijos en Aiden y la pareja que ocupaba el reservado de delante no dejaba de reír y hacerse manitas por debajo del mantel. Había unos farolillos diminutos en el centro, entre las dos copas, que invitaban a que la conversación se volviese más íntima.

—Supongo que era normal. No sé, él… él… —noté que empezaba a tener la boca un poco pastosa, así que le di un sorbo al margarita—. Al

principio se esforzaba más. Ya sabes, mi vida siguió un curso lógico y ordenado: primer beso en el patio del instituto a los quince, luego baile de graduación con sus manoseos correspondientes en el asiento trasero de la furgoneta de Jim y, más tarde, pérdida de la virginidad en la universidad, cuando conocí a Colin. Y estaba… bien. Era agradable, ya sabes.

Aiden me miró en silencio durante un eterno minuto desde el otro lado de la mesa. Tenía la boca ligeramente entreabierta y los ojos algo vidriosos por el alcohol.

—¡Coño! A ver si lo he entendido, ¿intentas decirme que solo te has acostado con un tío en toda tu vida? ¿EN TODA TU VIDA? —repitió alzando el tono de voz.

Me giré avergonzada y me removí en el asiento con cierta incomodidad, pero nadie parecía prestarnos atención. Respondí un «sí» muy bajito y él se recostó en el respaldo con una mueca de asombro cruzando su rostro. A ver, vale, lo cierto es que a primera vista no aparentaba ser la típica mujer que solo ha tenido una experiencia sexual, pero, claro, había estado saliendo con Colin durante ocho largos años, lo que, en resumen, limitaba bastante mi tiempo de experimentación. Nada de tríos locos en la universidad ni escarceos en el baño de alguna fiesta. Y después de la infidelidad de Colin lo último que me apetecía era tener un lío esporádico. Estaba decidida a encontrar al hombre perfecto; mi media naranja, la horma de mi zapato, mi Ken perdido y…

—Vale, necesito detalles —pidió Aiden.

—No hay nada que explicar. Perdí la virginidad con Colin y ese mismo tío me engañó hace poco más de un año. Haz cálculos.

—Tenemos que ponerle remedio.

—No me va el tema de la prostitución —puntualicé.

Empezaba a estar muy borracha y mis movimientos eran un poco torpes.

Aiden rio a carcajadas, se levantó y me tendió una mano para ayudarme a hacer lo mismo. Me tropecé, a pesar de que, al ser sábado, había acudido al gimnasio vestida con vaqueros, cómodas zapatillas y una camiseta amarilla.

Era oficial: estaba como una cuba. ¿Sabes ese tipo de mareo brutal que no notas hasta que te pones en pie? Pues justo fue lo que sentí al salir del reservado. Las luces del estrambótico local parecieron volverse más difusas y pequeñas a mi alrededor, pero seguí a Aiden sin rechistar cuando salimos de allí.

Unos minutos después, los dos estábamos dentro de otro lugar más ruidoso, más grande y más caótico si cabe. Pedimos un par de cervezas en la barra, Aiden empezó a relatarme algunos de sus escarceos amorosos y se le escaparon un par de cotilleos de lo que ocurría dentro del gimnasio (al parecer, la señora Anne-Lise estaba enamorada de Rick y la semana anterior se había colado desnuda en los vestuarios masculinos al grito de «soy toda tuya» que, poco después, fue precedido por un llanto tras el educado rechazo de Rick, por lo que a Aiden le tocó consolarla durante horas). Me reí, ajena a todo, disfrutando de la noche. La sensación de mareo se volvió más leve, y empecé a sentirme liviana y relajada. Era liberador dejar de controlarlo todo durante unas horas, incluso en lo referente a mí misma.

—Tenemos que encontrarte un ligue.

—¿Qué? ¡No! —protesté—. Se suponía que ibas a presentarme a uno de tus amigos.

—Ya, pero ninguno se acerca a tu descripción; lo que tú buscas se llama

«robot».

Aiden ignoró mis protestas mientras me empujaba hacia la zona de baile.

En cuanto empezó a moverse al son de la música con gesto seductor, varias chicas aparecieron a nuestro alrededor, contoneándose y bailando de forma

exagerada. Eran como moscas. En mi época, las cosas eran diferentes. Y

darme cuenta de que acababa de decir mentalmente «en mi época» me hizo sentirme como una mujer octogenaria. Le di un trago a la cerveza que todavía llevaba en mano, balanceándola peligrosamente, y pasé un buen rato dando vueltas por ahí, danzando sola, riéndome como loca cada vez que un tío intentaba entrarme (creo que eso los espantó, sí). Media hora después, cuando volví al lugar donde había dejado a Aiden, entrecerré los ojos al ver que una de las chicas le acariciaba el pelo con los dedos. Vale, él me ponía menos que una oliva rellena de anchoas (las olivas están de muerte), pero, eh, ¡era mi cita de esa noche! Me acerqué hasta ellos al ritmo de la canción latina que sonaba y la aparté de un manotazo antes de lanzarme a sus brazos y alejarlo de la manada que lo rodeaba.

—¿Sabes? Tienes razón, consígueme un tío. ¡ Quieeeero echar un polvo!

—grité enloquecida—. ¡Quiero hacerrrr alguna locura!

Aiden se rio y me quitó la cerveza.

—¿Cuánto has bebido?

— Poquíshimo.

—Mañana vas a querer matarme —bromeó, me rodeó la cintura y salimos juntos de allí. El aire frío de Nueva York me golpeó en el rostro y reprimí una arcada. Sí, todo muy bonito—. Te prometo que te presentaré a un amigo la próxima semana, pero ahora será mejor que pidamos un taxi —

dijo mientras nos acercábamos a trompicones a la fila de vehículos amarillos que estaban aparcados a un lado de la calzada—. ¿A dónde le digo que te lleve?

—¡A la cama! —grité.

—Tu dirección, Elisa.

—La calle de la Piruleta…

Me reí rememorando el capítulo de una de mis series preferidas. Aiden empezó a ponerse serio, aunque él también iba algo tocado, y le pidió al taxista unos segundos, pero este se negó a esperar cuando otras chicas aparecieron y se montaron en el asiento trasero del coche. Reí más fuerte.

Eso tuvo su gracia, sí. La cosa es que… no recordaba exactamente mi dirección. Uhm… Calle Pirulet… no, Calle Raintraine… no. Mierda. Lo tenía en la punta de la lengua, justo al lado de las náuseas que me sacudían el estómago. ¿Iba a vomitar en medio de la calle delante de toda esa gente?

¿Qué diría Henry si me viese en ese estado? Y lo que es peor, ¿por qué pensaba en mi jefe un sábado por la noche? Tendría un pase si estuviese bueno, pero no era el caso; a menos que pudiese considerarse atractivo que alguien guardase unas diez semejanzas con los mamíferos pinnípedos: focas, elefantes marinos, morsas y otros amigos varios.

—Dame tu teléfono —pidió Aiden.

Se lo tendí sin dudar. En esos momentos, podría haberme perdido que le diese mis bragas y me las habría quitado ahí mismo. Era como un monigote.

Lo vi buscar algo en el móvil antes de llevárselo a la oreja. Mientras él hablaba con alguien, yo reía y me lamentaba a la vez. Reía porque me parecía de lo más gracioso el perro que un hombre trajeado paseaba por la calle de enfrente. Y me lamentaba porque mi vida era un verdadero fracaso.

Mi trabajo ya no era un terreno en el que me sintiese segura. El que iba a ser mi futuro marido estaría ahora tirándose a alguna rubia por ahí y yo ni siquiera podía controlar mis movimientos y caminar sin tropezarme.

—¿A quién has llamado?

Aiden me metió el teléfono en el bolso.

—Jack viene hacia aquí.

—¿Qué has hesho qué?

—¡Era el único contacto de tu móvil que me sonaba! No sé dónde vives,

¿qué querías que hiciese? —Se defendió antes de sonreír lentamente—.

Pero, eh, lo de la Calle de la Piruleta ha sido un puntazo. Mira, a ver qué te parece esto: un hombre dice «¡tiraos a la mar!», y la mar se quedó preñada.

—¡No me hace gracia!

—¿Por qué no? Es bueno.

—¡Has perdido la cabeza!

—¿Sabes por qué un elefante no puede viajar? Porque la huella digital no le entra en el pasaporte.

—¿Cómo se te ocurre llamar a Jack?

—No te enfades. Me das miedo cuando te enfadas —admitió.

—¡Pues estoy muuuuy enfadada! —repliqué—. No entiendo nada y hemos acabado aquí… en la calle… una calle que se mueve como plastilina.

—Coño, estás como una cuba.

—¡No es verdad! ¿Cómo te atreves a llamarme borracha…? —balbuceé e intenté pegarle un puñetazo en el pecho, pero acabé golpeando la pared de enfrente y solté un alarido de dolor—. ¡Ay, joder!

—Hostia, ¿te has hecho daño?

Gimoteé como una cría idiota.

—¡ Jamazz volveré a salir contigo de fiesta!

—Vamos, la cosa se ha descontrolado un poco, pero lo hemos pasado bien, ¿no? Ven, cariño, enséñame esa mano. Curasana, curasana, si no se cura hoy se curará maña…

Incluso en mi lamentable estado, pude notar la presencia de Jack antes de que apartase a Aiden y se inclinase hacia mí. Y es que, demonios, ¡olía tan bien! Olía como me imaginaba que deberían oler los ángeles. Un cielo de Hugo Boss. No quise pararme a pensar en la peste a alcohol que yo

desprendería en esos momentos. Sus ojos eran hielo puro mientras evaluaba mis dedos con detenimiento. Después, con gesto serio, se giró hacia Aiden y le estrechó la mano con mucha fuerza, porque el otro se quejó, antes de pedirme que me despidiese de él y dirigirme con determinación hacia el taxi con el motor encendido que nos esperaba estacionado a un lado. Entré tras él, casi obligada por el tirón que me dio, y fue entonces cuando reparé en que, sentada en el otro extremo, con las manos cruzadas sobre el regazo, había una niña de unos ocho años.

—Hacia West Village —dijo Jack.

¡Oh, sí, justo ahí estaba mi apartamento!

Noté una sacudida en el estómago cuando el taxi se puso en marcha y las calles de la ciudad se convirtieron en un dibujo difuso tras la ventanilla. Le presté a la niña toda mi atención. Era rubia, con dos graciosas coletas a ambos lados de un rostro redondeado y unos bonitos ojos azules. Llevaba puesto un vestido de color azul pálido y en la mano derecha sostenía un peluche de un mono. Entrecerré los ojos. ¿Estaba teniendo visiones?

—Creo que hay un fantasma de una niña en el taxi… —balbuceé.

—Shh, cierra la boca. —Jack se giró hacia la pequeña—. Y esto es lo que pasa cuando bebes. Por eso estamos en contra de las drogas,

¿entendido?

—Entendido —respondió dulcemente.

—Así me gusta.

La niña se inclinó hacia delante y me miró.

—¿Se va a morir?

—No creo —contestó Jack.

—¡Eh, claro que no pienssso palmarla! —grité—. Todo esto ha sido por tu… por tu culpa. Eres lo peor. Me hiciste comprar un consolador al que

llamé «Gerard» y ni eso funcionó, ashí que… tuve que salir… buscar hombres… alivio…

—¿Qué es un consolador? —preguntó la niña.

—Es un aparato que consuela a las personas que están tristes y solas —

explicó él con sorprendente calma antes de dirigirse a mí—. ¿Crees que podrías mantener la boca cerrada hasta que lleguemos a tu apartamento?

— Shí.

—Perfecto.

Tenía ganas de llorar. De pronto, me entró un inmenso bajón. Ya no me sentía liviana, ni mucho menos libre; tan solo notaba un malestar profundo y ganas de dejarme caer sobre un colchón con la firme intención de no volver a levantarme jamás. Me dolía la cabeza, el estómago y me picaban los ojos.

Cuando llegamos a West Village, Jack le pagó al taxista y los tres bajamos (yo con cierta dificultad). Al menos estaba lo suficientemente despierta como para advertir que la escena era de lo más surrealista. La adorable niña nos miraba en silencio con el mono colgando de su mano mientras él me arrebataba el bolso del brazo y rebuscaba en su interior hasta encontrar las llaves. Las sacó, se dirigió a la puerta de mi edificio, y abrió sin vacilar. Los seguí cuando se metieron dentro, aunque tuve que apoyarme en la pared del pasillo para no caerme. Maravilloso. Una noche estupenda.

—¿Qué piso es? —preguntó Jack en el ascensor.

—El tres. Creo.

La niña se me adelantó y apretó el botón con decisión. Sus ojos vivaces se clavaron en los míos y me dedicó una sonrisa infantil.

—Gracias por enseñarme las consecuencias de las drogas —dijo.

—Oh, no hay de qué. Eres un encanto —chapurreé.

Jack puso los ojos en blanco y suspiró sonoramente. El ascensor se paró en la planta tres y, antes de que me diese cuenta, estaba por fin dentro de mi apartamento. Mi adorado y seguro y confortable apartamento. Me dije que nunca volvería a salir de estas cuatro paredes. Regaliz se estiró y bostezó antes de darnos la bienvenida.

—¡Un gatito! ¡Es un gatito! —exclamó la chiquilla antes de apresarlo entre sus brazos.

Y no sé cómo ocurrió exactamente, pero cinco minutos después, ella estaba sentada en mi sofá, bebiéndose un tetrabrik de zumo de mi nevera, viendo mi televisión, con mi mascota sobre sus piernas.

Empecé a pensar que quizá todo fuese una alucinación mía. Puede que no solo hubiese bebido como un ruso a cincuenta grados bajo cero, existía la posibilidad de haber caído en la tentación de fumar un poco de maría.

Sabía que me afectaba muchísimo, porque en la universidad Emma le compró un día un cogollo a un tipo de su clase y solo nos hizo falta darle cinco caladas para terminar bailando desnudas una canción de los Backstreet Boys en el salón del piso que compartíamos.

—¿Puedes esperarme un momento viendo ese canal en el que emiten dibujos todo el día? —le preguntó Jack y ella asintió—. No tardaré, lo prometo.

Acto seguido, me cogió del brazo con firmeza y me llevó hasta la cocina.

—¿De verdad no es un fantasma? —insistí.

Jack me ignoró antes de preguntarme en qué cajón guardaba las pastillas.

Sacó una, llenó un vaso con agua y me pidió que me la tragase.

—Mañana me darás las gracias. De rodillas —siseó.

—¿«De rodillas» en plan sexual o solo lo dices enfadabo?

—Jodidamente enfadado. Y tómate la pastilla.

—Está bien. —La cogí, me la tragué de golpe e hice una mueca al notar una sacudida en el estómago—. ¡Mierda!

—¿Qué pasa?

—Tengo ganas de…

—¡Joder! Venga, corre.

Y allí estaba yo, sí, arrodillada enfrente del retrete, vomitando mientras mi archienemigo (que, además, me ponía un montón) me sujetaba el pelo y me dedicaba alguna palabra de consuelo, algo que, dicho sea de paso, no era muy propio de él. Me preparó el cepillo de dientes cuando terminé y esperó pacientemente mientras me lavaba la cara e intentaba serenarme.

Menuda noche. Definitivamente, primera y última vez que salía por ahí con Aiden; nos limitaríamos a entrenar juntos.

—¿Mejor? —preguntó Jack.

Asentí. La niña, todavía sentada en mi sofá con el gato durmiendo sobre sus piernecitas, nos saludó felizmente con la mano cuando cruzamos el comedor para ir hasta la habitación. A esas alturas, ni me habría inmutado si se colasen por las ventanas unos cuantos Umpa Lumpa.

Jack suspiró hondo tras encender la luz.

—Podrás desvestirte tú sola ¿verdad?

—¿Te estás inshinuando?

Alzó una ceja al mirarme.

—Te aseguro que no.

¡Estaba tan guapo…! En serio, llevaba unos vaqueros desgastados y un suéter oscuro que le daba un aire muy sexy y tenía esa mandíbula tan masculina con la barba de un día y los ojos claros y brillantes…

Posiblemente todo eso fue lo que me impulsó a lanzarme hacia él y rodearle el cuello con los brazos, pegándome a su cuerpo. Jack me miró serio, casi sin pestañear.

— Teníasss razón. Shí que deberíamos acostarnos.

—Me merezco algún tipo de premio honorífico por esto —comentó apartándome de él con delicadeza. Luego, hizo a un lado las mantas de la cama—. Quítate las zapatillas.

—¿Vamos a hacerlo ahora? —pregunté con la voz gangosa.

—Claro, nena. Empieza por esas zapatillas.

Lo vi contener la risa, pero estaba demasiado borracha como para pararme a analizar el gesto y no me lo pensé dos veces antes de alzar los brazos y quitarme la camiseta. Del rostro de Jack se borró cualquier indicio de diversión.

—¿Pero qué demonios…?

—¡Jack! ¿Falta mucho? ¿Puedes preguntarle si tiene galletas de chocolate? —Se escuchó la voz almibarada de la niña tras la puerta, hacia la que él se lanzó para impedir que pudiese abrirla.

—¡Cariño, no hay galletas! ¡Salgo enseguida!

Para cuando volvió a girarse, ya me había desprendido de los vaqueros y de las zapatillas. Lo vi respirar profundamente mientras sus ojos se deslizaban por mi cuerpo y me gustó el deseo que encontré en ellos. Hacía una eternidad que nadie me miraba así; tan intenso, tan contenido. Jack cerró los ojos, sacudió la cabeza y me dio un empujoncito para que me metiese en la cama.

—Ni se te ocurra moverte, Elisa. Ahora vas a dormir, ¿entendido?

Cuenta ovejas, respira hondo o haz lo que quieras, pero quédate quieta.

¿Dormir? ¿Quién quería dormir teniendo enfrente a ese hombre? Yo no, desde luego. Intenté decírselo, pero tenía la boca tan pastosa que terminé atragantándome y tosiendo. Jack me tapó con las mantas, metiéndolas bajo el colchón como si intentase encarcelarme dentro de la cama, y luego me dio las buenas noches, abrió la puerta y salió. Escuché susurros a lo lejos, la

voz suave de una niña de coletas rubias y el tono más grave de Jack respondiéndole que «esto que había visto solo era una de las muchas consecuencias que acarreaba consumir drogas». Después, con la garganta dolorida y los parpados pesados, me sumí en un profundo sueño.

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