Tal vez tu

Alice Kellen · Capítulo 24 de 37

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Tal vez tu

24 Asunto: no dejo de pensar en ti

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Asunto: no dejo de pensar en ti

Nunca imaginé que los beneficios del sexo fuesen tan palpables en el día a día. Es decir, el lunes, cuando entré en la oficina, no apreté los dientes al ver a las chicas de recepción perdiendo el tiempo hablando del último pintalabios de Chanel que habían probado, tampoco me entró un sarpullido cuando todos mis compañeros se largaron con quince minutos de antelación a almorzar y horas más tarde, cuando Henry me echó la bronca en su despacho por estar siendo demasiado «conformista», apenas me importó que estuviese decepcionado, tan solo pensé que era un hombre muy pesado y que no entendía por qué siempre tenía que alzar la voz para hacerse respetar.

—A finales de esta semana te asignaré otro caso.

—¿Qué? ¡Pero si no tengo ni un minuto libre!

—Ya se te ocurrirá algo.

Salí furiosa de su despacho. Estuve a punto de decirle que, quizá, todo estaría mejor organizado si no se dedicase a contratar siempre a jóvenes recién graduados, a los que les pagaba una miseria, para ocupar puestos que exigían cierta experiencia. El último informe que una de esas chicas me había enviado parecía hecho por una niña de cinco años y no precisamente porque hubiese usado unos seis bolígrafos de colores diferentes para escribirlo, sino por el desastroso contenido.

Intenté concentrarme durante el resto del día y decidí comer en el despacho para seguir adelantando un poco de trabajo y no tener que llevármelo a casa, porque esa misma tarde había quedado con Hannah para

acercarme a los locales que Frank Sanders solía frecuentar. Y, además, el miércoles había accedido a ir Bryant Park con Jack, su hermana Nicole, Ethan y Molly; algo que, según Emma, era un tremendo error.

—¿Eres consciente del lío en el que te estás metiendo? —me había preguntado la pasada noche durante nuestra llamada semanal de rigor.

—No dramatices, la cosa se lio un poco porque Molly insistió y no fui capaz de negarme. A fin de cuentas, somos amigos —dije, aunque semanas atrás Jack había matizado secamente que «no éramos amigos», pero decidí omitir ese detalle—. Y pienso seguir teniendo citas, muchas citas, así que encontraré a mi hombre ideal en menos de lo que dura un pestañeo. —

Sonaba tan falso que ni siquiera me enfadé cuando Emma emitió una risita cínica—. Pero mientras tanto…

—¿Tan bueno es? —preguntó.

—Depende de si consideras que «bueno» es «maravillosamente genial» o

«quiero morirme entre sus brazos». —Las dos nos reímos a la vez y luego no pude evitar suspirar—. Es diferente. Quiero decir, que lo que hacemos en la cama está muy bien, pero, además, él es diferente a lo que pensé en un primer momento. No es tan… capullo. Solo un poco. Un poquitín.

—¡Madre mía! Eres como un mendrugo de pan que se cae dentro de un vaso de agua y se hincha, se reblandece y deja de estar duro y entonces…

—Estás totalmente pirada, Emma. En serio, dile a Alex que eso de tomaros todos los días una caipiriña mientras veis el atardecer en la playa en plan hippies de los sesenta te está pasando factura.

Estallamos en risas seguidas de un silencio cómodo.

—Ten cuidado, ¿vale? —insistió.

—Lo tendré, no te preocupes.

—Y recuerda lo del regalo de Hannah.

—De acuerdo. Saluda a Alex de mi parte.

El cumpleaños de Hannah coincidía con la noche de fin de año. Sí, llegó al mundo el uno de enero como un ángel que aparece para dar la bienvenida a un nuevo año. Así que, teniendo en cuenta que Hannah recibía regalos navideños como un coche (eso ocurrió a los veinticuatro) o un viaje a las Bahamas (cortesía de su madre al cumplir los veintiséis), Emma y yo teníamos que devanarnos los sesos buscando alguna idea original que pudiese competir con el bolsillo de los señores Smith, aunque, ¿a quién queríamos engañar?, ellos jugaban con demasiada ventaja.

Esa tarde, cuando me reuní con Hannah, intenté tantear el terreno mientras nos dirigíamos al primer local que Julia Palmer me había sugerido.

—¿Te siguen gustando los unicornios?

—¿Y a quién no? —Abrió mucho los ojos al mirarme—. ¡No me digas que a ti no te gustan! Yo me cortaría el dedo meñique a cambio de tener un unicornio.

Reprimí una carcajada. Hannah era así, soltaba barbaridades sin pensar mucho en lo que estaba diciendo. Aunque con los años había ido cambiando, para mí siempre sería esa eterna adolescente entusiasta, soñadora e impulsiva.

—¿Qué tal va el negocio?

—Más o menos, espero empezar a cubrir gastos dentro de unos meses. Y

sigo esperando que me llame esa clienta que estaba interesada en la boda campestre. ¿Te imaginas? ¡Lo veo todo claro en mi cabeza! —exclamó emocionada—. ¡Vestidos color champagne, ramos con florecitas silvestres, mesas de madera y guirnaldas colgando de las copas de los arboles…! Creo que podría hacer un gran trabajo, lo único que necesito es que me dé la oportunidad.

—Por lo que me contaste, parecía estar casi convencida.

—Eso espero. —Paramos de caminar frente a un semáforo y Hannah se apartó los mechones rubios del rostro cuando una ráfaga de aire sacudió su perfecta melena—. ¿Todo sigue igual con Jack?

—Sí, ¿por qué lo preguntas?

—Simple curiosidad.

La cogí de la muñeca y las pulseras que llevaba tintinearon.

—¿Hay algo que quieras contarme, Hannah? Estas últimas dos semanas estás un poco rara, más distraída de lo normal. El otro día no me devolviste la llamada.

—¡Es culpa del trabajo! Lo siento.

—No te disculpes. Y si necesitas ayuda, sabes que puedes contar con Emma y conmigo.

Parada en medio de aquella transitada calle, Hannah me miró y se sonrojó. Y no sé si fue porque la conocía desde hacía casi una década o porque es una de esas personas que no puede mentirle a la gente que quiere, pero supe que no me estaba contando toda la verdad. Bajó la cabeza justo antes de que el semáforo se pusiese en verde y empezásemos a movernos al ritmo de los demás peatones. Sopesé la idea de presionarla un poco más, pero al final decidí dejarlo correr por el momento. Estaba casi segura de que se trataba de algo relacionado con sus padres; el señor Smith era cruel en lo que se refería al negocio de Hannah y, a pesar de haber accedido a darle un préstamo tras meses de súplica, seguía convencido de que sería mucho mejor para su hija no dedicarse a organizar eventos, sino asistir a ellos como futura heredera de los Smith que era.

Aunque el atardecer ya se ceñía sobre la ciudad de Nueva York, el primer local acababa de abrir cuando llegamos. La persiana estaba medio bajada y tuvimos que agacharnos para entrar y descubrir al tipo fornido que limpiaba la barra con gesto hosco. El lugar era la típica taberna diminuta de mala

muerte y me sorprendió muchísimo que Frank Sanders acudiese asiduamente a un sitio como aquel. Hannah no estaba acostumbrada a ese tipo de ambientes, algo que explicaba su mirada atemorizada. Me cogió de la manga del suéter y estiró antes de susurrarme al oído.

—Creo que deberíamos irnos de aquí.

—Espera un momento, cielo —pedí.

—¿Qué se os ha perdido? —refunfuñó el hombre.

—Queríamos hacerle unas preguntas sobre Frank Sanders.

—¿Qué ocurre con mi primo? —masculló.

¿Su primo? ¡Eso sí que no me lo esperaba…! Pero ahora que lo miraba bien, tenían cierto parecido, sí; además, eso explicaba que Frank se dejase caer por aquí de vez en cuando a tomarse un par de copas en busca de un lugar más familiar, lejos de los fans que probablemente lo acosarían a diario. Dado el parentesco, no iba a poder sobornarlo en plan película de Tarantino (en mi mente, la escena era genial), así que intenté pensar algo rápido y dije lo primero que se me ocurrió:

—Somos… somos… ¡periodistas! —exclamé más alto de lo esperado y luego acompañé esa información con una radiante sonrisa—. Hemos oído que Frank Sanders suele venir por aquí y queríamos entrevistarlo a usted brevemente, si no es molestia.

El tipo arrugó el ceño y sus facciones se endurecieron.

—¿Una entrevista? —gruñó.

Hannah se movió incómoda a mi lado.

—Sí, queremos hacerle un reportaje especial recordando sus grandes éxitos y hablando de sus nuevos proyectos, incluido en el que está inmerso ahora mismo en Tailandia —añadí con la esperanza de sonar convincente.

—Sí que estás informada, no sabía que lo de Tailandia se hubiese filtrado a la prensa.

—Oh, bueno, conozco a Frank, no es el primer reportaje que le hago —

puntualicé—. Pero en esta ocasión quería enfocarlo desde otra perspectiva, mostrar lo que el público piensa de él, darle un toque original.

—No suena mal. De acuerdo, sentaos en esa mesa de allí, ¿os pongo una birra para beber? —ofreció amablemente.

—¿Tiene soda de frambuesa? —preguntó Hannah y yo la fulminé con la mirada.

—Creo que no, rubia.

—¿Y de cereza?

—¡Hannah! —exclamé.

—Vale, un poco de agua me sentaría genial. —Mi amiga le sonrió y el aludido asintió con la cabeza y se sentó frente a nosotras tras tendernos las bebidas.

Saqué una libreta pequeña que tenía en el bolso y un bolígrafo. Aunque ya sabía que siendo su primo no sacaría gran cosa, empecé con las preguntas más básicas; su película preferida de todas las que había protagonizado, su opinión sobre su último proyecto y los puntos que pensaba que lo diferenciaban del resto de los actores del estilo.

—Frank es único, auténtico. El mejor.

—Estoy totalmente de acuerdo —contesté—. ¿Y qué puede decirme de su relación con Julia Palmer?, ¿qué opina de ella?

El tipo dudó, se rascó el mentón pensativo y luego pareció enfadado y noté que Hannah se apartaba un poco hacia atrás en su silla.

—¡Es una fulana! Mi pobre primo —se llevó una mano al pecho—. Para nosotros la familia lo es todo, por eso confió en ella y se casó sin pensárselo. Una decisión terrible, sí. Es lo que tiene la fama, nunca sabes quién se acercará a ti por mero interés, pero la familia… la familia es por y para siempre.

—¡Oh, qué bonito! —Hannah aplaudió y yo le di una patada por debajo de la mesa.

—Yo se lo advertí… —siguió—. ¡Menos mal que le dio una buena tunda a ese jardinero y lo mandó derechito al hospital! —dejó escapar una risotada y después se puso serio—. No sacará esto último en la entrevista,

¿no? —preguntó alarmado.

—No, no, por supuesto que no —me apresuré a decir antes de fingir que no sabía nada del tema—. ¿De qué jardinero está hablando?

—Déjelo, me he ido de la lengua.

Y en ese momento supe que la entrevista había terminado. El hombre se puso en pie con pesadez y nosotras imitamos sus movimientos. Me ofrecí a pagarle la cerveza y el agua de Hannah pero insistió en que invitaba la casa así que, tras despedirnos con un apretón de manos, salimos de allí.

—¡Qué tensión! —gritó ella emocionada—. ¡Éramos como Sherlock y Watson!

—¡Por Dios, Hannah! Me has puesto de los nervios, ¿una soda con frambuesa? ¿En serio?

Se encogió de hombros.

—Me apetecía, ¿y ahora adónde vamos?

—Ahora cenaremos juntas por ahí. El otro sitio es el local de striptease en el que conoció a Julia y quiero acercarme cuando ya esté bastante lleno.

—¡Un local de striptease! ¡Siempre he querido ir a un sitio de esos!

Me reí mientras buscaba mi teléfono móvil en el bolso enorme que llevaba lleno de cosas. Cuando lo encontré, sin dejar de caminar distraída por la calle junto a Hannah, le escribí un email a Julia pidiéndole el nombre completo del famoso jardinero y sus datos de contacto. Después, sintiéndome un poco tonta, pensé en Jack y me decidí a mandarle un mensaje con la excusa de que no habíamos acordado ninguna hora, aunque

lo cierto era que tan solo me apetecía escribirle sin más, encender el móvil dentro de unos minutos y ver su nombre en la bandeja de entrada.

De Elisa Carman. Para Jack Helker.

Asunto: Planes.

¿A qué hora quedamos el miércoles?

Elisa Carman.

De Jack Helker. Para Elisa Carman.

Asunto: Miércoles.

¿Sobre las cinco te viene bien? Por cierto, nena, ¿sabes patinar sobre hielo? Porque no tienes que hacerlo si no tienes ni idea. Ya sabes, siempre puedes animarme desde detrás de la valla como un buen y obediente esbirro…

Jack Helker (terrorífico villano).

Entramos en el primer restaurante que nos pilló de paso. Hannah pidió una ensalada y yo un pescado a la plancha. Aproveché para contestarle a Jack ya que ella también estaba respondiendo algunos correos. Sonreí. A ese punto habíamos llegado. Al punto de que sus mensajes no me sacaban de quicio, sino que me entretenían.

De Elisa Carman. Para Jack Helker.

Asunto: Los villanos tienen verrugas.

¡Claro que sé patinar! ¿Por quién me tomas? ¡Soy una princesa de hielo!

Elisa Carman.

De Jack Helker. Para Elisa Carman.

Asunto: ¿Princesa? No te pega el papel.

¿Quieres que empiece a llamarte «Elsa» en vez de «Elisa»? ¿Acabaremos cantando juntos «Hazme un muñeco de nieve»? No finjas que no sabes de lo que hablo solo para atacar la parte más tierna de mi (varonil) autoestima.

PD: Dime un solo villano que tenga verrugas.

Jack Helker (con la carita como el culo de un bebé).

Hannah dejó su teléfono a un lado.

—¿Con quién hablas?

—Con Jack.

—Te encanta —se rio.

—También me saca de quicio.

—Ya, pero es que a ti te gusta que te saquen de quicio —dejé de teclear al alzar la mirada hacia ella—. Eres muy competitiva. Te gustan los retos. No lo digo como algo malo. ¿Recuerdas esa vez que sacaste un cinco con cuatro en un examen de la universidad?

—¡La profesora me tenía manía! —repliqué.

—Decías que la odiabas, pero no dejabas de hablar y hablar sobre ella —

soltó una risita—. Incluso Emma tuvo que poner esa norma que te prohibía pronunciar su nombre de viernes a domingo. Pero, ¿sabes?, creo que en el fondo adorabas a la profesora Perks.

—¡No es cierto! —gruñí.

—Le regalaste una caja de bombones al graduarte.

—Es que terminé sacando matrícula de honor en su asignatura.

—¿Lo ves? Te gustó tener que esforzarte, que te llevase al límite.

—Qué imaginación tan grande tienes, Hannah.

Negué con la cabeza mientras ella se reía y guardamos silencio cuando el camarero nos sirvió los dos platos; aproveché el momento para dar un trago

de agua y mandarle el mensaje a Jack.

De Elisa Carman. Para Jack Helker.

Asunto: Eres imprevisible.

¿En serio has visto «Frozen»? Me estoy imaginando a Molly poniéndote una mordaza y sentándote frente al televisor para poner las canciones en bucle una y otra vez.

¿Y tú sabes patinar? A ver si vas a terminar haciendo un ridículo espantoso.

PD: Me encanta «Frozen».

Elisa Carman.

Hannah y yo hablamos de todo y de nada mientras comíamos. En un momento dado, ella insistió en llamar a Emma para preguntarle si en Halloween, durante el tercer año de universidad, fue cuando las tres nos disfrazamos de langostas sangrientas, dado que yo estaba convencida de que ocurrió durante el último curso. Y, efectivamente, así fue. Tenía mi vida estructurada en mi cabeza en orden cronológico, no era fácil ganarme en algo así. Pedimos el postre sin dejar de cotillear sobre el último ligue de Dasha que, al parecer, era un acaudalado hombre de negocios.

Al terminar, tras pagar la cuenta, volví a mirar el móvil.

De Jack Helker. Para Elisa Carman.

Asunto: ¿Sabes con quién estás hablando?

Cariño, claro que sé patinar. Sé hacer de todo. Jugué durante la universidad en un equipo de hockey durante dos años, ¿en cuántos equipos has jugado tú? ¡Ups! Creo que…, ah, sí, EN NINGUNO.

PD: Lo que imaginas no dista mucho de la realidad. Y hablando de mordazas y ese tipo de cosas, ¿te va el tema? No me importaría tenerte atada al cabezal de mi cama.

Jack Helker (muy fan de Elsa).

Sonreí, nos pusimos en pie y nos dirigimos hacia el local de striptease.

Tuvimos que coger el metro para llegar hasta allí, pero no tardamos en encontrarlo. Había un hombre de seguridad en la puerta que tenía pinta de poder tumbar a cuatro tíos de un solo puñetazo. Nos acercamos.

—Buenas noches —dije—. ¿Nos deja pasar?

Nos miró sorprendido. Supongo que no todos los días aparecen dos mujeres con pinta de haberse perdido insistiendo en acceder a un local para ver a un par de tías encaramarse a la barra.

—Hay que pagar entrada.

—No tenía ni idea… —Rebusqué en el bolso, pero al abrir la cartera me di cuenta de que no tenía suelto. Me dirigí a Hannah—. ¿Llevas algo suelto?

—Creo que no…

El segurata se cruzó de brazos y sonrió.

—Un poco más de escote y pasáis gratis.

—¿Perdona? —pregunté.

—O escote o fuera. Vais a espantar a la clientela, parecéis dos esposas despechadas; no quiero que mis chicos se asusten. Nos gusta la discreción.

El tipo dirigió sus ojos hacia la blusa que Hannah llevaba abrochada hasta arriba y silbó soez. En honor a los genes de mi amiga, debo decir que sus tetas son impresionantes. Apreté los dientes para reprimir las ganas que tenía de darle una patada en la entrepierna. Cogí a Hannah del brazo, pero

ella se soltó resuelta y, siguiendo su lógica habitual, soltó lo primero que se le pasó por la cabeza.

—Escucha, tronco —comenzó a decir con su acento pijo que gritaba a los cuatro vientos que vivía en un lujoso apartamento en el Upper East Side—, llevo una pistola en el bolso y estoy muy pirada, así que déjanos pasar o no me hago responsable de mis actos.

El tipo pestañeó confundido.

—¿Te estás quedando conmigo?

—No, yo solo… solo…

Cuando advertí que Hannah empezaba a trabarse, tomé las riendas aun a sabiendas de que iba a ser difícil reconducir la situación. Inspiré hondo, erguí los hombros y puse mi mejor cara de señorita sabihonda.

—Soy una de las abogadas más prestigiosas de la ciudad de Nueva York

—mentí—, he estado grabando la conversación desde que pusimos un pie frente a la puerta de este local —añadí enseñándole el móvil con la mano derecha—, y como no nos dejes entrar ahora mismo pienso denunciarte por acoso sexual y extorsión según el artículo 244 del código penal. Tú eliges; o te apartas, o no solo te veré en los juzgados, sino que mi amiga la pirada montará un buen espectáculo que espantará a tu querida clientela. Está en su derecho, la calle no es de nadie.

—Y puedo bailar una danza africana al grito de «¡infieles, degenerados, me chivaré a vuestras mujeres!» —añadió con una sonrisa en los labios.

El segurata se quedó mudo sin dejar de mirarnos. La nuez de su garganta se movió al tragar saliva y tras echarnos otro vistazo rápido debió decidir que no valía la pena seguir enfrentándose a dos chaladas como nosotras, así que se hizo a un lado y ambas avanzamos hacia el interior del local cogidas del brazo.

El interior era tal y como me había imaginado. Parecía sacado de una película de bajo presupuesto por lo vulgar que resultaba, que no por los tipos que lo frecuentaban. Todos parecían tener pasta, llevaban relojes caros adornando sus muñecas y camisas de marca. La decoración era en tonos rojos y grises, bastante recargada, aunque a juego con la sensual música que sonaba de fondo y que los cuerpos de las bailarinas seguían a la perfección.

Como era evidente que llamábamos demasiado la atención entre un público casi enteramente masculino, decidimos sentarnos en una de las mesas del fondo, casi en la penumbra, para poder estudiar el lugar antes de pasar a la acción. Y sí, puede que hubiese visto demasiadas películas, pero me sentía un poco heroína en medio de aquel ambiente, con ganas de ponerme en pie y gritar: «¡Policía, que nadie se mueva! Quedan todos (o casi todos) detenidos por infieles (como Colin), cualquier cosa que digan podrá ser utilizada en su contra y blablablá». Y al salir, el inspector jefe, Henry, me palmearía la espalda y me diría: «buen trabajo, Carman, buen trabajo, hoy gracias a ti muchas mujeres descubrirán la verdad».

Sacudí la cabeza al escuchar una voz:

—¿Qué van a tomar? —preguntó una camarera que iba disfrazada de estudiante cachonda; nos miró con curiosidad e hizo un globo con su chicle de fresa. Sonrió, como si de pronto cayese en algo—. ¿Pareja de lesbianas buscando nuevas emociones? ¡Habéis elegido el sitio perfecto! Kelly acepta encargos de ese tipo, ¡no soporta los penes!

Hannah estuvo a punto de abrir la boca para sacarla de su error, pero me adelanté antes de que pudiese hacerlo.

—Sí, eso es. Quizá luego preguntemos por ella. Por el momento, tomaré una Coca-Cola light.

—¿Tienen soda de frambuesa?

—¡Por Dios, Hannah! —me quejé.

—Sí que tenemos —aseguró la chica, apuntó el pedido y se alejó de nuestra mesa contoneándose y dejando poco a la imaginación con esa falda minúscula que vestía. Uno de los clientes que estaba en otra mesa le dio un cachete en el trasero cuando pasó por su lado, ella rio coqueta y él le metió un billete en el escote.

Iba a ser una noche muy larga.

Hannah y yo pasamos el rato observando el ambiente y dando pequeños sorbitos a nuestros refrescos. Llevaba quince minutos sentada cuando me decidí a levantarme para hacer algo útil, aunque lo cierto es que no sabía ni cómo empezar. Hannah estaba mandándole un mensaje a alguien y tenía una sonrisa bobalicona en el rostro, así que la dejé a lo suyo, a cambio de que vigilase nuestros bolsos, y me dirigí sola hacia la zona de la barra.

Decidí probar suerte con una chica menuda de cabello pelirrojo que parecía un duendecillo. Cuando le hablé de Julia Palmer, me dijo que el nombre le sonaba pero que no había trabajado con ella porque apenas llevaba unos meses en aquel puesto, pero llamó a otra compañera que sí reaccionó al oír el nombre.

—Ah, Julia. Una chica lista —dijo la morena y a mí me dejó a cuadros, porque Julia podría ser muchas cosas, pero lista, lista, como que no—. Hace tiempo que no trabaja aquí. Cuando se marchó, dijo que vendría a visitarnos de vez en cuando, pero no volvimos a saber nada de ella. Incluso se cambió el número de teléfono y la vimos en algunas revistas de prensa rosa con aires de digna y bolsos de diseño.

—Por lo que veo se conocían bastante…

—Podría decirse que fuimos amigas. Y por cierto, ¿quién eres tú? —

preguntó de pronto con cierta desconfianza tras apartarse el cabello lacio de los hombros y dejar más a la vista la forma en uve de su escote.

Decidí apostarlo todo a una carta.

—Tengo algunos asuntos pendientes con Julia. Digamos que le presté un dinero que no me devolvió —mentí—, así que estaba intentando averiguar si a alguien más le había ocurrido algo parecido con ella, porque estoy pensando en demandarla.

Hubo un momento de tensión antes de que la chica sonriese abiertamente mostrándome el último blanqueamiento mental que probablemente su jefe o algún cliente le habría costeado. Se inclinó en la barra.

—No deberías haberte fiado de ella. Esa chica estaría dispuesta a vender a toda su familia a cambio de un par de dólares. Entre tú y yo, el día que Frank Sanders apareció por aquí se volvió loco por mí y quiso que pasásemos a uno de los reservados —bajó la voz aún más—, pero cuando estaba a punto de dirigirme allí con él, Julia apareció, fingió que tropezaba conmigo y me tiró encima la copa que llevaba en la mano. Me excusé un momento para ir al servicio y cuando volví, ¡sorpresa!, Julia había entrado en el reservado con Frank. Al salir, el muy idiota la miraba embobado como si nunca hubiese visto a una tía. ¡Qué pardillo! —bufó.

—¡Eso es terrible…!

—Lo sé, pero, en fin, tuvo lo que se merecía.

—¿A qué te refieres?

Me dirigió una mirada que parecía decir, «¡es obvio, piensa un poco!», pero la verdad es que no fui capaz de adivinarlo, así que volví a preguntárselo sin rodeos.

—¡No consiguió mantenerlo atado ni un par de meses! ¿No te parece triste? Yo hubiese logrado dejar satisfecho a mi hombre —aclaró resuelta—.

Ni te imaginas lo mucho que disfruté cuando me lo tiré hace un par de meses y conseguí que me regalara esta pulsera —alargó la mano hacia mí

—, es bonita, ¿verdad? Fue como una venganza doble, a él le aseguré que

no volvería a catar este cuerpazo después de llevarme el regalo y además hice que a ella le creciesen aún más los cuernos.

—¿Aún más? —pregunté sin salir de mi asombro.

—¡Claro! Frank Sanders volvió a frecuentar este local dos meses después de su boda. Y como ya te imaginarás, lo de dormir solo no le va —

concluyó.

Seguía en shock mientras caminaba de nuevo hacia la mesa en la que había dejado a Hannah. De pronto, todo había dado un giro de ciento ochenta grados; es decir, que el tipo que había pasado a ser la víctima, ahora era igual que Julia o incluso peor. Sentí un hormigueo en la punta de los dedos y me sentí triunfal, enorme, plena, pero me embargó una cierta desazón al acordarme de Jack. Demonios. ¿Por qué teníamos que seguir los dos metidos en el caso? A veces se me iba un poco la cabeza y llegaba a pensar en la posibilidad de pedirle a Henry que buscase a alguien para sustituirme, pero, en primer lugar, Jack se merendaría con patatas a cualquiera de esos becarios que se paseaban por la oficina y, en segundo lugar, mi orgullo estaba en juego.

—¿Qué tal ha ido todo? —preguntó Hannah.

—Sorprendentemente bien.

—¡Genial! ¡Choca esos cinco, Watson!

—Hannah, estamos en un local de striptease —siseé, pero luego terminé sonriendo como una tonta—. Y en todo caso, tú serías Watson.

Nos pusimos en pie y avanzamos entre las mesas directas hacia la puerta de salida. Un tipo que estaba apoyado en la barra y parecía estar familiarizado con el local, le guiñó un ojo a mi amiga y, toda inocencia, ella le sonrió.

—¿Buscas trabajo, muñeca?

—No, acabo de abrir un negocio.

—A mí me encantaría negociar contigo…

—¿Necesitas organizar algún evento?

Parecía imposible que Hannah no captase la indirecta, pero así era ella.

Puse los ojos en blanco y suspiré hondo al tiempo que volvía sobre mis pasos para no dejarla atrás.

—Hannah, por dios, el único evento que podría interesarle a este hombre es una orgía —repliqué antes de cogerla de la mano y tirar de ella mientras el tipo se reía a nuestra espalda.

¡Qué capullo! Uno más.

Media hora después estaba en mi apartamento, agotada tras la búsqueda de información, pero satisfecha con el resultado. Había sido fácil tirar de algunos hilos, principalmente porque a la prensa rosa les interesaba cualquier tontería; de algo como «le pegó un puñetazo a su jardinero»

seguro que podrían sacar un titular del estilo «casi dejó en coma a su jardinero». Y por eso todo me resultaba útil.

Me di una ducha rápida, me puse el pijama y busqué el móvil en el bolso antes de meterme bajo el edredón y acurrucarme. Hacía frío y habían anunciado nevadas para las próximas semanas. Sonreí al ver que tenía otro mensaje de Jack.

De Jack Helker. Para Elisa Carman.

Asunto: ¿Demasiado para ti?

¿Te has enfadado por lo de atarte al cabezal de la cama?

Jack Helker (dubitativo).

De Elisa Carman. Para Jack Helker.

Asunto: Estaba haciendo los deberes.

He estado ocupada. Aunque sé que te sigue sorprendiendo, a veces hago cosas. Cosas imprevisibles (va en serio). Tengo una vida (muy plena) y, en ocasiones, olvido mirar el móvil (cuando estoy entretenida).

Elisa Carman.

De Jack Helker. Para Elisa Carman.

Asunto: Curiosidad.

¿Has tenido una de tus citas?

Jack Helker.

De Elisa Carman. Para Jack Helker.

Asunto: La curiosidad mató al gato.

Puede que sí o puede que no…

Elisa Carman.

De Jack Helker. Para Elisa Carman.

Asunto: Malévola.

Uhm, si sigues siendo tan mala voy a tener que ir ahora mismo a tu casa y atarte de verdad al cabecero de la cama, ¿es eso lo que quieres, nena?

Jack Helker (con ganas...)

Tragué saliva.

No entraba en mis planes, pero tampoco me negaría, claro. Pensé en seguir con el juego un poco más, pero terminé diciéndole la verdad: De Elisa Carman. Para Jack Helker.

Asunto: Solo porque me gustan los gatos…

No he tenido ninguna cita, he ido con Hannah a un par de sitios y hemos cenado juntas. Estoy agotada, ¿qué tal tú?

Elisa Carman.

De Jack Helker. Para Elisa Carman.

Asunto: No se lo cuentes a tu nutricionista.

Llevo toda la noche trabajando en casa y he vuelto a cenar Froot Loops.

Molly se ha quedado dormida en el sofá y creo que terminaré pidiendo una pizza en cuanto Ethan venga a recogerla.

Jack Helker (también cansado).

Suspiré hondo y noté que el corazón me latía atropellado en el pecho mientras tecleaba. Me hundí más bajo el edredón y dudé, con el pulgar sobre la tecla de enviar, pero finalmente, mientras aguantaba la respiración, terminé apretando el botón.

¿Qué me estaba pasando?

Lancé el teléfono a los pies de la cama y escondí la cabeza entre las rodillas. Dios. ¿Por qué?, ¿por qué?, ¿por qué? ¿Existía la opción de eliminar un mensaje antes de que llegase a su destinatario? Porque ese mensaje… ese mensaje no era propio de mí. No era mío. No. Eso. Fingiría que Regaliz se había sentado encima del móvil, y entre el corrector y su trasero peludo, una cosa llevó a la otra, y entonces… entonces… estaba jodida.

De Elisa Carman. Para Jack Helker.

Asunto: No dejo de pensar en ti.

En lo que hacemos cuando estamos juntos. En tus manos tocándome. En lo bien que hueles...

Elisa Carman.

No hubo respuesta.

Cinco minutos.

No hubo respuesta.

Diez minutos.

No hubo respuesta.

Quince minutos.

Valoré la posibilidad de cortarme las venas.

Diecisiete minutos.

O de comprar un billete de ida al Caribe y esconderme detrás una roca y vivir a base de cangrejos y algas y no volver nunca jamás.

Diecinueve minutos.

De Jack Helker. Para Elisa Carman.

Asunto: Yo tampoco dejo de hacerlo.

Buenas noches, nena.

Jack Helker.

¿Qué? ¿QUÉ SIGNIFICABA ESO? Que él tampoco dejaba de pensar en mí, ¿no? ¿O estaba perdiendo cualquier resquicio de eso llamado

«comprensión lectora»? Tomé varias respiraciones profundas en un vano intento por tranquilizarme. «¿Debería preocuparme por un mensajito de nada?», me pregunté, ¡joder, ¡pues claro que debía preocuparme a nivel de alerta máxima, terremoto inminente! ¿Qué coño había sido eso? «En tus manos tocándome» podía tener un pase, pero «en lo bien que hueles» era de chalada total y me había salido así, solo, como si mis dedos no le hiciesen ni puto caso a las órdenes que gritaba mi cerebro. Cerré los ojos. Puede que

Emma tuviese razón. Puede que la situación se me estuviese escapando un poco.

Me levanté de la cama, fui al comedor a por mi ordenador y volví a meterme bajo las sábanas. Busqué la página de citas y gruñí por lo bajo al poner la contraseña «BuscoMaridoDesesperadamente». Tenía varias solicitudes, pero las eliminé todas. Basándome en mis tres primeros encuentros, estaba claro que tenía que tomar medidas en el asunto. Eso era.

Empezaría desde cero. Abrí el formulario de preguntas y la sonrisa insolente de Jack acudió a mi mente antes de que empezase a teclear.

«¿Qué buscas en un hombre?»

Alguien que tenga las cosas claras, divertido, imprevisible y que quiera conocerme bien y se muestre tal y como es. Que sea sincero, inteligente y que esté dispuesto a arriesgar y hacer locuras por amor. Aviso: no busco amigos, gracias.

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