Tal vez tu
26 La cita perfecta
26
La cita perfecta
Jack condujo en silencio por las calles de Nueva York. Cuando bajé de la moto, sentía las piernas entumecidas por el frío y el vaho escapaba de mis labios, pero me parecía un sufrimiento soportable a cambio de pasar aquella noche con él perdidos en la gran ciudad. Acepté su mano cálida y recorrimos un par de calles antes de parar frente a un restaurante cerca de Little Italy.
Tan solo había cuatro mesas y todas estaban distanciadas entre sí, creando un ambiente íntimo y privado. Sonreí al fijarme en los manteles de cuadros blancos y rojos y en las velas dentro de antiguos farolillos que culminaban la romántica decoración. Las paredes eran preciosas, de ladrillo rojo y olía a pasta y a masa recién horneada.
Jack saludó al camarero antes de apartar mi silla en un alarde de caballerosidad. Lo miré burlona y él entornó los ojos sin dejar de sonreír mientras se acomodaba a mi lado; y me gustó eso, que no se sentase enfrente, sino junto a mí. Su codo rozó mi mano cuando lo posó sobre la mesa y cogió la carta. Como era de esperar, terminé pidiendo una pizza de cuatro quesos y Jack se decantó por la de champiñones.
—Cualquiera diría que tienes experiencia en esto de las citas, Helker —
bromeé.
—¿Intentando sonsacarme información?
Sus ojos claros brillaron traviesos.
—No me interesa lo más mínimo —repliqué.
—Nunca he conocido a una mujer que mienta tan mal como tú lo haces, pero admiro tu tenacidad. —Atrapó mi mano antes de que pudiese apartarla y su dedo pulgar trazó círculos sobre mi piel; me estremecí ante la intensidad de su mirada—. ¿Te he dicho ya que el color rojo te sienta especialmente bien? Estás muy guapa.
Tragué saliva para deshacer el nudo que tenía en la garganta.
—¿Eso debería decir mi cita?
Jack respiró hondo y asintió despacio.
—Luego quizá haría algo así… —alzó la mano que tenía libre y me colocó tras la oreja el mechón de cabello que había escapado de la coleta.
«¿Cómo era posible que un gesto tan sencillo me provocase ese cosquilleo?», me pregunté—. Y aprovecharía para rozarte la nuca o el lóbulo de la oreja —concluyó haciendo eso mismo.
—No está mal —logré decir.
Jack sonrió y soltó mi mano.
—¿Te gusta el sitio? Imagino que no se parece al tipo de restaurante que describías en ese perfil de la web de citas, pero tiene su encanto, ¿no crees?
Fruncí el ceño y resoplé.
—Es precioso y claro que podría encajar.
—Dijiste «cenar en algún restaurante elegante».
—Estaría condicionada. Este lugar es muy bonito.
—¿Condicionada? —Arqueó una ceja y yo me cerré en banda—. Nena, vamos, sé sincera conmigo. Es la gracia de las citas; ser auténtico, ser tal y como uno es.
Inspiré hondo y apoyé un brazo en la mesa.
—¿Piensas serlo tú?
—Te prometo que lo intentaré.
Y no sé si fue su voz ronca o el miedo que encontré en sus ojos, pero supe que estaba siendo sincero, como si esa noche se hubiese quitado al fin todas esas capas que lo protegían. Me pareció real. Me pareció que realmente lo estaba viendo a él.
Nuestras miradas se enredaron unos segundos.
—Está bien —accedí y suspiré—. Creo… creo que estaba condicionada por Colin. Por él y por las películas, sí, eso también… —negué con la cabeza sintiéndome tonta, pero Jack no se rio, tan solo continuó mirándome extrañamente serio y creo que fue eso lo que me impulsó a seguir hablando como si las palabras resbalasen y se me escapasen sin control—. A Colin solían gustarle los restaurantes lujosos y elegantes, los que estaban de moda en un momento determinado. Me pidió matrimonio en un sitio así y, bueno, fue muy de cuento, estábamos rodeados por un montón de comensales que estallaron en aplausos y luego se levantó y me besó y… en fin, uno de los camareros descorchó una botella cara de champagne… —sacudí la cabeza
—. Ahora que lo pienso, ni siquiera recuerdo los detalles, creo que estaba demasiado aturdida como para asimilarlo bien.
—¿Y era eso lo que querías?
Cogí un trozo de pan cuando el camarero dejó la cestita al lado del farolillo y lo mordisqueé distraída. Y fue en ese momento cuando fui consciente de que cenando con Colin nunca hubiese empezado a roer un trozo de pan a secas antes de que nos trajesen la cena, por mucha hambre que tuviese. Me habría contenido. Habría mirado la maldita cesta con deseo, pero jamás hubiese dado el paso de alargar el brazo hacia ella. Y
podía parecer un gesto estúpido o irrelevante, pero para mí fue determinante. Porque no todos los días una descubre que ha estado reprimiéndose durante ocho años delante de otra persona y, aún peor, que es capaz de no hacerlo con una que conoce desde hace apenas un mes.
Alcé la mirada hacia él.
—No estoy segura, Jack; creo que nunca me paré más de un segundo a pensarlo, estaba demasiado ocupada intentando planificar una vida perfecta que nunca existió. Pero, ahora mismo, si viajase atrás en el tiempo, preferiría que hubiese ocurrido en un lugar así, como este, sin aplausos ni espectáculo, solo nosotros.
Jack respiró por la boca y se alejó un poco al dejarse caer hacia atrás y apoyarse en el respaldo de la silla. Fijó la vista en la fulgurante luz de las velas y no la apartó de allí cuando habló de nuevo.
—¿Sigues enamorada de él?
—¿De Colin? No, ya no.
Porque lo había estado. A pesar de todo, a pesar de no poder ser siempre yo misma con él o de lo que hizo al final, lo había querido mucho.
Muchísimo. Había intentado ser mejor, por y para él, aunque no por mí, y me gustaba pensar que nuestros primeros años juntos fueron bonitos e inolvidables.
—Ahora te toca a ti, Jack.
—¿Qué quieres saber?
Estiró las piernas bajo la mesa y rozó las mías.
—Lo que te ocurrió —susurré.
—Supongo que lo mismo que le pasa a todo el mundo —dijo con la voz un poco rota—. Amar duele demasiado. Y a mí me dolió durante mucho tiempo.
Jamás había sido tan sincero, tan claro. Lo noté en su mirada confusa y en el rítmico y nervioso movimiento de su pierna contra la mía.
—¿Quieres contármelo?
—Nunca lo he hecho.
Parpadeé desconcertada cuando entendí lo que quería decir.
—¿No lo has hablado con nadie? —pregunté y él negó con la cabeza—.
¿Por qué no?
—Porque no, porque eso es mío.
—¿El dolor es tuyo? —adiviné.
—Algo así.
Se frotó el mentón con gesto pensativo justo cuando nos sirvieron las dos pizzas. Parecía un poco aturdido, fuera de su zona de confort. Y no soporté verlo así, ver aún el dolor en sus ojos. Me incliné hacia él y lo cogí del cuello de la camisa antes de darle un beso suave en los labios. Al separarme, sonreí al ver su mueca de sorpresa.
—Menuda primera cita más intensa —bromeé y comencé a cortar la pizza como si no acabase de ocurrir nada inusual, como si no fuese la primera vez que Jack se relajaba y se dejaba ver, aunque solo hubiese sido un reflejo fugaz—. Me dejarás probar algún trozo de la tuya, ¿no? Porque lo que te dije la otra vez sobre las berenjenas con atún iba en serio; que me guste algo no significa que no me apetezca comer nada más.
Jack me dedicó una sonrisa minúscula con la que logró que se me disparasen las pulsaciones, porque era íntima y real. Se incorporó en su silla, suspiró más tranquilo, y comenzó a cortar su pizza en pequeñas porciones tras coger los cubiertos.
Así que durante el resto de la noche, mientras las velas se consumían y la conversación se volvía más fluida y distendida, hablamos de todo un poco.
Jack me contó que, cuando era pequeño, solía montar en monopatín y escalar árboles y hacer cualquier cosa que implicase algún peligro, algo que explicaba las múltiples cicatrices pequeñas que tanto él como Ethan tenían tras tantas caídas. Yo le hablé de mi madre, de los vestidos para mis muñecas que me enseñó a lavar y a coser, aunque ahora odiaba hacerlo. Y, conforme fueron pasando los minutos, terminé contándole cosas de la
universidad, de Emma y de Hannah, de los muchos momentos que habíamos vivido juntas.
Cuando salimos de aquel restaurante, me llevé conmigo que a Jack le daban miedo las avispas y que los únicos alimentos que no soportaba eran las alcachofas y los espárragos; que a veces lo relajaba darse una ducha justo antes de acostarse, incluso aunque fuese después de cenar, y que tenía cierta debilidad por los cereales y las galletas para niños, razón por la que solía pedirle a Molly que fuese con él al supermercado a comprarlas (según él, porque la cajera lo había mirado mal hasta el día que lo vio acompañado por la dulce niña de coletas rubias).
—¿Adónde vamos? —pregunté.
El frío de la noche me mordía la piel, pero su mano sobre la mía me calentaba por dentro. Nuestros hombros se rozaron al caminar.
—No lo sé. Improvisaremos.
Y eso hicimos. Terminamos entrando en un local que estaba decorado con motivos un poco caribeños y matrículas de diferentes estados adornando las paredes de un amarillo limón. Había bastante gente, la mayoría de ellos de habla hispana, igual que la bailable música que sonaba de fondo. Solo había estado en un lugar semejante durante mi viaje a California el año anterior. Nos sentamos frente a la barra, en uno de los extremos, y pedimos un refresco de piña colada sin alcohol porque Jack tenía que conducir y, además, no parecía muy apropiado llegar al día siguiente haciendo eses a la oficina.
Nos sirvieron las bebidas. Casi todo el mundo estaba en los pocos reservados que habían o bailando en el centro de la sala. No sé si era bachata o algo parecido, porque dejé de observar sus gráciles movimientos cuando Jack posó su mano sobre una de mis rodillas y comenzó a ascender lentamente con una sonrisa canalla en sus labios.
—¿Te estás divirtiendo?
—Mucho —admití.
—Eso pensaba…
—¿Qué estás haciendo? —reí.
—En una cita, esto se llamaría «preparar el terreno». Si deja caer una mano sobre tus piernas, en realidad es que está deseando abrírtelas.
—Qué fino eres —gruñí divertida.
—Sé que te encanta.
Atrapé sus dedos antes de que avanzasen hasta el interior de mis muslos y dedicásemos a los allí presentes un espectáculo gratuito. Jack alzó una ceja y me dedicó una especie de mohín.
—Eso es censura.
—Muy necesaria, en este caso —repliqué—. Además, llevo toda la noche dándole vueltas a algo y creo que debería decírtelo. O quizá no, ¡es que no lo sé! Me confundes, porque nunca sé cómo vas a reaccionar, eres demasiado imprevisible.
Jack ladeó la cabeza y se mostró curioso.
—Habla —ordenó.
—No me mandes así —siseé.
Su rostro se ablandó de forma fingida.
—Cariño, sabes que puedes confiar en mí y contarme cualquier cosa que te preocupe. —Me acarició con el dorso de la mano la mejilla y mi cerebro sufrió una especie de colapso que se disipó en cuanto advertí su sonrisa burlona—. ¿Mejor así? —añadió.
—Eres un cínico, pero sí, mucho mejor —tomé una bocanada de aire—.
El caso es que antes… he estado hablando con Ethan porque, bueno, me he dado cuenta de una cosa, pero prométeme que no te enfadarás.
Jack resopló y se giró hacia la barra poniendo los ojos en blanco antes de volver a enfrentarme.
—¿Qué coño piensas que soy, un puto ogro?
—Bueno, a veces…
—Va, dime qué ocurre con Ethan.
Y ante la impaciencia que escondía su voz, terminé soltándolo todo de golpe. Todo. Que su hermana y él estaban pillados pero eran incapaces de darse una oportunidad por miedo a lo que Jack pudiese pensar. Me pareció tan triste, tan horrible que dos personas que se habían encontrado no pudiesen disfrutar de ello, que supe que tenía que hacer algo en plan alcahueta aunque nadie me lo hubiese pedido. Él escuchó atentamente, sin pestañear, sin moverse.
—¿Y bien? ¿No piensas decir nada?
Repiqueteó con sus largos dedos sobre la barra.
—Ya lo sabía.
—¿Cómo?
—Lo sabía —repitió.
Lo miré confundida.
—¿Y por qué no haces nada?
—Porque no me corresponde a mí hacerlo, no me da la gana —masculló.
—No puedo creerme que seas así, que te interpongas en esto.
—Te estás equivocando, nena. Es justo al revés —aclaró—. Si tuviese que elegir un tío de este planeta con el que me gustaría que Nicole saliese, ten por seguro que mi primera opción sería Ethan.
—No lo entiendo.
—Si de verdad la quiere que lo demuestre, que tenga los cojones de venir a mí y decirme que desea estar con ella, lo apruebe o no. Si no es capaz de
dejar de ser un cobarde, es que lo que siente por Nicole no es suficiente y ella se lo merece todo.
—¡Madre mía, eres un tópico de hermano mayor! —sonreí y cogí su mano cuando empezó a maldecir por lo bajo—. Pero lo entiendo, de verdad que sí. Y es tierno que quieras lo mejor para ella; en el fondo, Nicole parece… sensible.
—Lo es. Nicole lo ha pasado mal. —Se mordió el labio inferior con gesto pensativo antes de darle un trago a la piña colada sin soltar mi mano, que mantenía sujeta bajo la suya—. Mi padre puede ser muy cruel si se lo propone. Todos… todos llevamos lo nuestro.
—¿A qué te refieres?
—Mis hermanos, Matt y Anton, son dos gilipollas que después de más de veinte años siguen llamándome «hermanastro» —confesó con sequedad y arrastrando las palabras al hablar—. Pero ni siquiera lo estúpidos que pueden llegar a ser justifica que mi padre los trate como si fuesen basura; tan solo los tiene trabajando en la empresa familiar para poder mantenerlos controlados y que no hagan nada que a él pueda avergonzarlo. Y luego está Nicole… Nicole tuvo que enfrentarse a él para conseguir dedicarse a lo que le gustaba, porque según mi padre la decoración de interiores es una patraña de lo que, como mucho, debería ocuparse en sus ratos libres. Lo que de verdad él esperaba era que se casase con el hijo de los Jordan, una familia más que acaudalada con la que le interesaba hacer negocios, y sí, Nicole estuvo saliendo con Tom Jordan un par de años, pero terminó rompiendo con él. Mi padre entró en cólera, porque justo entonces estaba a punto de firmar un acuerdo muy interesante con los Jordan que no siguió adelante, pero, como imaginarás, la felicidad de Nicole le importaba entre poco y nada.
—¡Joder, es tan retorcido que parece la trama de una telenovela! —Se me escapó y me llevé una mano a la boca, pero Jack se rio sin darle importancia.
—Después de aquello, Nicole se fue de casa y estuvo unos meses viviendo conmigo, mientras lo preparaba todo para dedicarse por fin a lo que deseaba hacer. Yo le dejé el dinero, algo que a mi padre no le hizo ni puta gracia, pero… bueno, es mi hermana. Nicole es la única persona por la que haría cualquier cosa, aunque eso signifique cabrear al viejo. Ella no es tan fuerte como parece, tiene muchas inseguridades y una gran falta de autoestima; supongo que es inevitable cuando llevas toda tu vida escuchando que tu única función en este mundo será ser la esposa de alguien. —Le dio un trago a la bebida e hizo una pausa antes de seguir—: Imagino que fue durante esos meses cuando la relación entre ella y Ethan cambió, porque al vivir casi puerta con puerta pasaron a verse casi todos los días y siguieron haciéndolo a menudo cuando ella encontró un apartamento cerca de allí a buen precio y se mudó.
Lo miré. Intenté asociar la primera imagen que había conocido de él, esa superficial y egoísta, con la otra parte que ahora me estaba permitiendo conocer. Y advertí que no encajaban. Sentía que había algo que se interponía entre ambas facetas y que, por alguna razón, Jack no podía evitar ser una contradicción en sí misma. Era como si las piezas estuviesen equivocadas. Jack era demasiadas cosas a la vez, demasiado todo; cuidadoso e insensato, cercano y distante, alegre y taciturno, despreocupado y responsable, familiar y solitario…
«¿Cómo era posible que fuese tan incoherente?»
No lo entendía. No tenía sentido.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Qué pasó contigo?
Se rascó la barbilla con aire pensativo.
—Fue complicado. Mi padre no me quería, tan solo me aceptó cuando se demostró que era hijo suyo ante la ley, aunque eso él ya lo sabía mucho antes. Yo iba a su casa dos fines de semana al mes y la mitad de las veces él ni siquiera estaba, así que apenas teníamos trato —suspiró sin apartar su mirada gris de la mía y entendí que estaba siendo sincero, tal y como me había prometido al comenzar la velada en el restaurante—. La primera vez que se dirigió a mí como su hijo fue cuando me gradué en la universidad; recuerdo que se acercó, me estrechó la mano y me dijo «hijo, buen trabajo».
Se me quedó grabado. Y en ese momento entendí que su interés por mí era proporcional a mis triunfos. Lo que, mirando el lado positivo, me convirtió en el hombre que soy ahora y supongo que, al menos, le debo eso.
Sus palabras me oprimieron el pecho.
—¿Y estás satisfecho, era lo que querías?
—Creo que sí. Es el camino que elegí.
—Un camino que implica muchas cosas.
Jack dejó escapar con lentitud el aire que estaba conteniendo y negó con la cabeza con gesto cansado.
—No puedes tenerlo todo, Elisa. A veces hay que tomar elecciones difíciles y seguir adelante hasta el final. Yo intento ser el mejor en mi trabajo, lo que no significa que cuando acabo mi jornada no pueda tomarme las cosas menos en serio, pero sí me exige cierta dedicación. Sacrificios.
—¿Qué tipo de sacrificios?
Él me dirigió una mirada que no supe descifrar.
—Ahora mismo, además de los casos que llevo, estoy inmerso en otros asuntos relacionados con el bufete. Asuntos que implican que, si todo sale según lo previsto, tendré que pasar menos tiempo en la oficina y más tiempo dentro de un avión viajando de un lugar a otro. —No dije nada, tan solo lo observé en silencio, asimilando sus palabras. «¿Qué esperaba, a fin
de cuentas?», no podíamos mantener esa especie de relación temporal toda la vida porque, precisamente, era eso, «temporal», y Jack no tenía la obligación de compartir conmigo en qué andaba metido o cuáles eran sus próximos planes—. Es una consecuencia de tantas, decisiones que nos obligan a dejar el exceso de equipaje por el camino. ¿No te lo has planteado? ¿No te has parado a pensar en que lo tú buscas, amor, familia, seguridad…, afectará a tu trabajo?
Tenía un nudo en la garganta cuando respondí.
—Valdrá la pena —contesté secamente.
—Espero que sí. —Jack suspiró y se puso en pie.
Regresamos sobre nuestros pasos sin apenas hablar, los dos sumidos en un silencio que parecía ir acompañado por enredados pensamientos. Yo lo hacía. Yo pensaba en sus palabras, en lo que había dicho. Era consciente de ello, de que formar una familia y disfrutar de hacerlo, supondría también no pasarme el día en la oficina o, por ejemplo, dentro de un avión, tal y como él pensaba hacer. Pero al contrario de lo que le ocurría a Jack, estaba harta del éxito, de querer perseguir siempre ese «más» que perdía todo su valor una vez alcanzado, de buscar nuevos objetivos y esperar expectante una palmadita en la espalda y una felicitación de Henry para sentirme realizada.
Esas semanas a su lado me habían hecho darme cuenta de muchas cosas.
Adoraba mi trabajo, pero tenía la sensación de que se había comido parte de mi vida, engulléndola sin control. Y al mirar a Jack, vi el reflejo de lo que Colin también había sido. De lo que habíamos sido los dos como pareja, en realidad. Rutinarios, centrados en nuestros empleos y anteponiéndolos siempre delante de cualquier otra cosa.
Pensé en Emma, que el año anterior había dejado su puesto en una prestigiosa editorial de Nueva York y ahora trabajaba para sí misma, tranquila, sin presión, con tiempo para salir por las tardes con Alex a tomar
algo o visitar alguno de los mercadillos ecológicos que tanto abundaban en la zona, ver el atardecer o dar un paseo por la playa…
Jack me abrochó el casco de la moto.
—¿Duermes conmigo?
—Mañana trabajamos…
—Te acerco a casa temprano y luego te dejo a una manzana de la oficina
—instó con la voz ronca y no sé por qué, pero me pareció que necesitaba aquello.
Así que asentí con la cabeza. Me coloqué tras él y, pasadas un par de manzanas, cuando advirtió que no lo abrazaba como de costumbre, cogió mis manos y rodeó con ellas su cintura. Apoyé la cabeza en su espalda.
Tenía un mal presentimiento, una sensación de angustia en la boca del estómago, atormentándome, como cuando tienes una piedrecita dentro del zapato y, sí, puedes caminar con ella, pero no deja de ser molesta, de gritarte que está ahí a cada paso que das.
Al llegar a su casa y, a pesar de que ya era un poco tarde, no me opuse cuando Jack dijo de ver una película. Sin mediar palabra y como si fuese parte de nuestra rutina, metió una bolsa de palomitas en el microondas, me dio mi (su) pijama recién lavado y cinco minutos después los dos estábamos en el sofá, abrazados, viendo Malditos bastardos con el estómago lleno. Y
lo noté diferente, como si memorizase cada detalle, cada roce, cada vez que se inclinaba hacia mí y dejaba un beso salado en mis labios.
Besos que terminaron siendo insuficientes y que consiguieron que parásemos la película a medias y lo hiciésemos allí mismo, en el sofá, lento, muy lento, sin dejar de mirarnos, sin dejar de preguntarnos qué significaba aquel silencio y esa necesidad.
Siguió besándome al acabar. Su boca buscaba el calor de la mía, su lengua húmeda recorría cada recoveco en un beso sincero, pero también
dulce y amargo a la vez. Dulce porque sus labios eran cálidos y tiernos y parecían haber sido hechos para estar sobre los míos. Amargo porque lo sentí triste, como si fuese una especie de despedida.
Entre beso y beso, Jack cogió la manta que descansaba a los pies del sofá y nos tapó con ella. Sus manos recorrieron mi rostro en la oscuridad del salón; noté la punta de sus dedos sobre mis labios, acariciándolos y, sin ninguna razón, me entraron ganas de llorar. Pero no lo hice. No lloré.
Deseaba hacerlo, en el fondo, de algún modo retorcido, pero sencillamente no podía. Tragué saliva con brusquedad. Jack escondió el rostro en mi cuello, entre mi pelo, y las palabras que llevaba días conteniendo se me escaparon antes de que pudiese retenerlas.
—Jack… —susurré con la voz temblorosa.
—Dime, nena.
—¿Crees… tú crees que debería seguir teniendo citas?
El silencio nos envolvió y los segundos que lo precedieron se me antojaron eternos; tenía el estómago encogido y estaba conteniendo la respiración. Deseé que dijese que no. Un «no» decidido, firme y lleno de promesas. Un «no» esperanzador. Pero, en cambio, noté sus dudas antes de sentir el aliento cálido de Jack sobre mi piel cuando respondió:
—Sí, deberías seguir haciéndolo.
OceanofPDF.com