Causas naturales
Prólogo
Dedicado a Luke Harrison Palmer Hola, grandullón Agradecimientos
Las personas que figuran a continuación tienen mucho que ver con el autor y comparten mi gratitud más profunda.
Beverly Lewis, mi editora y amiga, definición personificada de la expresión «don del cielo».
Linda Grey e Irwyn Applebaum mis editores en Bantam, me han brindado apoyo, valiosas opiniones y aliento.
Jane Rotrosen, Don Cleary, Stephanie Laidman, Meg Ruley y Andrea Grillo, de la Agencia Rotrosen, han ejercido influencias importantes en cada uno de mis libros y en mi carrera como escritor.
El doctor Rick Abisla, de Falmouth, Massachusetts, y la doctora Dolores Emspak, de Swampscott, Massachusetts, me brindaron inestimables consejos técnicos en su especialidad.
Las abogadas Marcia Divoll y Joanne Colombani Smith, de Boston, y la señora Ginni Ward me proporcionaron el mismo tipo de ayuda en el aspecto jurídico.
Las enfermeras Jeanne Jackson y Carolyn Moulton, de Falmouth, me proporcionaron libros y me ayudaron a apreciar el poder y las posibilidades de las terapéuticas alternativas.
El doctor Bud Waisbren, de Ipswich, Massachusetts, me dio ánimos e información que me ayudaron a salir de un bloqueo particularmente resistente.
El doctor Richard Dugas me arrastró alguna que otra vez a jugar al bridge, lo que quizá me haya mantenido cuerdo. John Saúl y Michael Sack encontraron las palabras adecuadas en los momentos adecuados.
Y por último, mi amor y agradecimiento a mi esposa, quien una vez más soportó el peso de mis torbellinos de escritor con notable distinción y comprensiva paciencia.
M.S.P. Swampscott, Massachusetts
Prólogo
Las contracciones de Connie Hidalgo habían sido poco más que punzadas durante las primeras dos horas del recorrido; pero mientras ella y su prometido salían de New London por la autopista I-95, en su interior la tensión comenzó a intensificarse.
–Billy, creo que está pasando algo -dijo Connie.
–¡Dame un respiro! Llevas diciendo lo mismo todo un maldito mes y todavía falta otro mes.
–Debería haberme quedado en casa.
–Deberías haber hecho exactamente lo que estás haciendo, que es acompañarme en este viaje a Nueva York y ayudarme a hacer esta compra.
–Bueno, al menos podríamos haber ido con el Mercedes. Este asiento me está matando.
Connie sabía que llevar el bruñido 500SL era impensable. Lo último que deseaba Billy Molinaro era llamar la atención… o atraer a los ladrones de coches. Además, él no era amigo de cambiar la rutina, en especial cuando las cosas marchaban bien. La desvencijada camioneta Ford había sido siempre el vehículo que los llevaba y traía de Manhattan. Por nada del mundo Billy hubiera aceptado hacer algo diferente aquella noche. No le había dicho a Connie cuánto dinero llevaban en las dos bolsas de gimnasia metidas en el hueco de la rueda de repuesto, pero ella sabía que era mucho, más que en otras ocasiones.
Connie se retorcía con otra contracción; miró por la ventanilla tratando de perderse en las luces y los carteles que pasaban. Era una mujer delgada -
toda vientre, no dejaba de decir Billy- con grandes ojos oscuros y una cara suave y agradable que despertaba el deseo de la mayoría de los hombres. A los catorce años, había dado a luz a una niña y la había dado en adopción casi sin siquiera mirarla. Ahora, diez años más tarde, Dios la había bendecido con una segunda oportunidad. Y nada iba a salir mal. Nada.
–Billy, te amo -dijo en voz baja.
–Entonces, enciéndeme esto.
Sacó un grueso cigarrillo de marihuana de debajo del asiento, le dio una lamida experta y se inclinó hacia ella.
–Billy, no. Es malo para el niño.
–El crack es malo para el niño -la corrigió-. Por eso no te he dejado fumarlo desde que nos enteramos de tu embarazo. Confía en mí.
–Bueno, pero al menos abre la ventanilla.
Connie encendió el porro y, muy a pesar suyo, inhaló profundamente antes de pasárselo a él. Como siempre, Billy tenía razón. Ella había fumado a diario durante su primer embarazo (tabaco común y marihuana) y la niña había nacido regordeta y perfecta.
–Ahora escucha -dijo Billy-. Manny Díaz es un baboso, pero después de todos los tratos que ha hecho conmigo, confío en él… sobre todo sí tú estás presente para traducir cuando no quiera hablar inglés. Pero esto es más importante que cualquiera de los otros negocios, así que debemos tomar precauciones extra. Voy a tener que dejarte fuera, pero tú no pares el motor.
Manten las puertas con el seguro echado hasta que yo salga y te diga que todo anda bien. Si te parece que algo va mal, cualquier cosa, sales a toda máquina y llamas a mi primo Richie en Newark. ¿Entiendes?
–Sí. Entiendo.
Otra contracción. Connie apretó los dientes y se palpó el vientre con los dedos. En las dos últimas semanas había tenido dos falsas alarmas de parto y no le cabía duda de que esta vez se trataba de lo mismo. Miró el reloj de Billy. Si las contracciones continuaban con la misma intensidad, comenzaría a controlar el tiempo.
Pero mientras se esforzaba por convencerse de que no tenía por qué preocuparse, Connie empezó a experimentar otra clase de dolor en las yemas de los dedos. Al principio no podía decir que fuera un dolor real. Era más bien un entumecimiento, una desagradable falta de sensibilidad.
Después, cuando iban por Stamford, el entumecimiento había dado paso a una incomodidad persistente, eléctrica, que empeoraba cuando se apretaba el vientre, pero no desaparecía por completo cuando dejaba de hacerlo.
Acurrucada en la oscuridad, tocó las yemas de sus dedos una por una. Todas le dolían.
Eran nervios, nada más que nervios, pensó. Billy había vuelto a encender el porro. Una calada no le haría daño y tal vez la ayudara. Connie acercó la mano de Billy, se llevó el papel húmedo a los labios y aspiró hasta que no pudo más. Hacía casi seis meses que no fumaba marihuana.
Seguramente una calada no haría daño a la criatura. De hecho, razonó, con lo que ya tenía acumulado dentro, el pequeño debía de necesitarla aún más que ella.
A la altura de New Rochelle, Connie llevaba fumado más de la mitad del porro. El dolor de los dedos no había disminuido y las contracciones aparecían cada cinco minutos aproximadamente, pero ninguna de las dos cosas la molestaba demasiado.
–Billy, me siento mejor -le dijo.
–Sabía que así sería, querida.
Al cabo de unos kilómetros, sin embargo, Connie sintió que ese dolor comenzaba a extenderse por los dedos de los pies. Asustada, intentó encender otro porro.
–¡Eh, basta! – la reprendió Billy.
–Creo que el niño quiere nacer.
–Bueno, espero que sepa aguantar hasta que terminemos con este asunto. Te necesito detrás del volante para que todo marche bien. Además, si esto sale mal, será mejor que el chico ni se moleste en salir.
–Billy, te lo digo en serio.
–¿Y cómo crees que te lo digo yo? ¿Piensas que bromeo? – Miró nervioso el reloj-. Justo a tiempo. Si esto sale bien, querida, nos salvamos.
Créeme. Ésta es la prueba que Dominic quería ofrecerme. Y nada me lo va a estropear.
Al oír a su amante hablar con tanta decisión, Connie apretó los dientes para no sentir las palpitaciones en las manos y los pies. Billy tenía razón.
No sólo estaba en juego el dinero de ambos, sino también su futuro. Cuando ella era más joven y gorda y nada atractiva, lo único que los tipos le exigían era sexo. Cuando se transformó en una hermosa mujer, los hombres comenzaron a llevarla a lugares mejores; pero seguían queriendo lo mismo.
Sólo Billy la había tratado de forma diferente. El la convirtió en su chica. Y
desde el primer momento la trató con respeto. Ahora estaban a punto de tener un hijo. Y él le había prometido que, tan pronto como se llevara a cabo la transacción, se casarían.
Cualquier cosa que ella tuviera que hacer para ayudar a Billy Molinaro esa noche, la haría. Si al menos el dolor remitiera… aunque sólo fuera un poco.
Con un malestar que casi la hacía llorar, alzó una mano y encendió la luz del techo.
–Eh, ¿qué haces? – preguntó Billy.
–Sólo… busco una cinta para escuchar música.
Se miró las manos; enseguida se apresuró a apagar la luz y las retiró del alcance de la vista de él. Tenía los dedos, desde el primer nudillo hasta la punta, casi negros. El resto de las manos estaba de un gris negruzco.
–¿Y bien?
–¿Y bien qué?
–Bueno, ¿qué cinta has elegido?
–Ah…, he decidido que prefiero descansar.
«Por favor, Dios -pensó-, déjame aguantar una hora más. Sólo una.»
Poco después de medianoche avanzaron por Harlem River Drive y doblaron por la calle 116. Las fuertes contracciones del útero ya no la preocupaban tanto como el temor a no poder sujetar el volante, y mucho menos conducir, cuando llegaran al lugar de la cita. La mano izquierda, ahora rígida y ligeramente en forma de garra, estaba casi inútil. Aunque Connie podía mover la mano derecha, hasta los menores movimientos le causaban un dolor agudo que le subía por todo el brazo.
«Por favor, Dios…»
–Bueno, hemos llegado, querida -dijo Billy deteniéndose bajo una farola frente a un edificio derruido-. Estos tipos le tienen pánico a Dominic, así que no creo que haya problemas. Pero nunca está de más tomar precauciones, sobre todo con un negocio como este. Así que tú te quedas aquí, con el seguro echado y el motor en marcha. Yo subiré y veré la mercancía. Si es buena, haremos el intercambio aquí mismo, en la calle.
¿De acuerdo? Connie, ¿me has oído?
Connie Hidalgo, con las manos y los pies palpitantes, se mordió el labio mientras un dolor especialmente intenso la desgarraba. Cuando la tensión cedió un poco, sintió algo cálido chorreándole entre las piernas. Estaba rompiendo aguas.
–Por favor, date prisa -logró decir-. El niño no tardará en salir. Creo…
creo que tendremos que ir a un hospital.
Billy cogió el equipo para comprobar la calidad de la mercancía y se ajustó la pistolera debajo del brazo izquierdo.
–Aguanta hasta que yo vuelva -le ordenó en tono tajante-. ¿Entiendes? –
Vio el dolor reflejado en su rostro y su expresión se suavizó-. Connie, querida, todo saldrá bien. Te lo prometo. Terminaré este negocio con Díaz lo antes posible. Y después, si quieres, te llevo al mejor médico de Nueva York.
–Pero…
–Recuerda: ahora echas el seguro a la puerta y te mantienes alerta por si surge algún problema. Te quiero.
–Yo también -dijo Connie. Pero él ya se había ido.
Con gran esfuerzo, Connie se deslizó detrás del volante y aseguró la puerta. Que rompiera aguas no era motivo de alarma, pensó desesperada.
La enfermera del curso de preparación al parto no había dejado de hacer hincapié en eso. Pasaron cinco minutos. Después cinco más. El dolor de las contracciones era infernal. Ansiosa por distraerse, por mirarse los dedos, volvió a encender la luz.
Tenía las manos grises y frías, con las yemas ennegrecidas. Se miró en el espejo retrovisor. Algo le pasaba en la cara. Tardó varios segundos en comprender que unos oscuros hilillos de sangre habían comenzado a manarle de la nariz y le caían por las comisuras de los labios.
–Por favor, Billy. Por favor, date prisa -sollozó.
Buscaba con torpeza el bolso para sacar un pañuelo de papel, cuando vio la intensa mancha carmesí que se le expandía por la entrepierna y los pantalones premamá color crema. Aquello no era el líquido claro o apenas rosado del que había hablado la enfermera. ¡Era sangre! Connie se sintió mareada, confundida. Trató de limpiar la sangre de la nariz, que ahora le entraba en la boca y le salpicaba la blusa. El brazo izquierdo le pesaba como el plomo.
–¡Por favor! ¡Por favor, que alguien me ayude! – gritó. Luego se dio cuenta de que las palabras sólo habían sonado en su mente, que no podía pronunciarlas. Se le había enturbiado la vista y tenía paralizado el lado izquierdo del cuerpo. El pánico se apoderó de ella.
En ese momento, el parabrisas del Ford explotó y Connie quedó cubierta de vidrios. En un instante, sangre, procedente de su frente, cayó en cascada sobre sus ojos. Se pasó el dorso de la mano derecha y logró aclarar un poco la vista. El cuerpo de Billy estaba atravesado sobre el capó de la camioneta; la cabeza destrozada y un brazo colgaban sin vida encima del asiento del pasajero, junto a Connie. Se puso a gritar como una loca.
A través del destrozado parabrisas vio a varios hombres que se aproximaban. Sin otro propósito consciente que el de alejarse, bajó la mano a la palanca de cambios. El Ford salió disparado, golpeando por lo menos a uno de los hombres y chocando contra varios coches aparcados. Mientras la camioneta avanzaba dando tumbos hacia la Tercera Avenida, el cuerpo de Billy cayó. Connie, más muerta que viva, miró a la izquierda justo a tiempo de ver los faros delanteros y la rejilla del radiador de un autobús.
Por un breve instante, hubo un ruido horrible, rechinante, acompañado de un dolor diferente de todos los que Connie hubiera sufrido. Después, de manera igualmente súbita, hubo una oscuridad… y paz.