Causas naturales
Capítulo 37
Encontró la válvula para interrumpir el goteo y detuvo el paso del líquido. Llamó a Sarah por su nombre y le tomó el pulso en el cuello y la muñeca. No sentía nada. Le echó la cabeza hacia atrás, le apretó la nariz con dos dedos e intentó darle aire boca a boca varias veces. A la tercera, le pareció sentir que la mandíbula se movía. Nuevamente gritó su nombre.
Entonces, obedeciendo un impulso, le pegó fuerte en la cara. Ella respondió respirando una vez, con dificultad. La pegó otra vez. De nuevo la médica respiró.
Combatiendo un miedo que nunca antes había sentido, Matt cogió el teléfono y marcó el número de la centralita.
–He encontrado a la doctora Baldwin -dijo sin aliento-. Sufre un paro cardíaco. Quinta planta, edificio Thayer. ¡Por favor, manden un equipo ya!
Capítulo 37
28 de octubre
Era una pesadilla dentro de una pesadilla. En algún lugar de su mente, Sarah luchaba por creer…, por recordar que de adolescente siempre había despertado, siempre a salvo y en su cama. Pero no había nada que pudiera hacer con sus pensamientos y absolutamente nada que pudiera hacer con su cuerpo, para contener la indefensión, el dolor y el terror incesantes. Tal como había sucedido en innumerables sueños en años anteriores de su vida, unas manos ásperas le apretaron la espalda y la sujetaron boca abajo. Luchó por liberarse hasta que los brazos y las piernas le ardieron. Pero las ataduras eran como acero.
Luego unos dedos gruesos y poderosos comenzaron a ponerle a la fuerza un paño entre los dientes. Ella empujó el paño con la lengua. Sacudió la cabeza con violencia de un lado a otro. Pero le metían la mordaza más y más hondo en la boca, atascándole el fondo de la garganta y ahogándola. Se esforzó por respirar a través de las fosas nasales hinchadas y comprimidas.
Sus esfuerzos fueron debilitándose. Rezó por que llegara la pérdida de conocimiento, o incluso la muerte. Pero siempre había aire suficiente para mantenerla viva, apenas lo suficiente para prolongar la agonía.
«¡Por favor, dejadme morir! Por favor, dejadme dormir y morir…»
–Sarah… Querida, escúchame. Soy Matt… Trata de aguantar y escucha… Así está mejor. Mucho mejor. Puedes mantener los ojos cerrados, pero, por favor, escucha… Sarah, te han puesto un respirador. Hay un tubo
que te baja por la nariz y otro por la garganta y dentro de los pulmones, para ayudarte a respirar. Y te han atado. Apriétame la mano si me comprendes…
Bien. Bien. Ahora trata de calmarte, amor mío. Voy a decirle a la enfermera que estás despertando.
Sarah sintió que la enorme y agradable mano de Matt estrechaba la suya y luego se iba. Se desesperó por separar una pesadilla de la otra. Poco a poco fue recordando.
A medida que recuperaba la conciencia, también lo hacía la incomodidad indescriptible del tubo endotraqueal y la temible sensación del ansia de aire. Oía el aparato que vibraba y zumbaba al combatir los intentos de ella por respirar. Era evidente que estaba puesto en automático y no en función de asistencia. Estaba puesto para que respirara por ella, no necesariamente con ella.
«Más despacio -se rogó Sarah a sí misma-. No luches contra el aparato… Recuerda lo que les dices a los pacientes conectados a respiradores… Tranquila… Acompáñalo… Relájate y acompáñalo…
Medita… Encuentra el cisne… Encuéntralo y contémplalo mientras vuela…»
–Sarah, ¿me oyes? Sarah, abre los ojos. Soy Alma. Alma Young… Así, eso es…
Sarah pestañeó para enfocar la vista y defenderse del aguijón de la luz.
Poco a poco su visión se aclaró. La enfermera de la UTIC la miraba preocupada.
–La UTI médica estaba completa -explicó-. De todos modos todos te queríamos aquí, y el doctor Blankenship accedió. Una de las otras enfermeras llamó para contarme lo que había pasado y he venido a atenderte de forma especial. ¿Entiendes?… Bien. Voy a quitarte las ataduras de las muñecas. Por favor, no toques el tubo. ¿Entiendes?… Bien.
Sarah esperó con paciencia que aflojaran y retiraran las anchas correas de cuero. El fuerte dolor de cabeza iba cediendo. Ahora estaba plenamente consciente y recuperaba el control con rapidez. ¡Alguien había tratado de matarla! Alguien le había inyectado debajo del cuero cabelludo algo que actuó con increíble velocidad y potencia. Ahora la habían conectado a un respirador. Todos esos psicólogos y psiquiatras de universidad se equivocaban. Los sueños recurrentes que en otros tiempos tanto habían acosado y trastornado su vida nunca habían sido una representación
distorsionada de algún hecho terrible oculto en su pasado. Más bien eran una profecía, tal como había sugerido el sanador Thai de Louis Han. Esa era la lucha para la cual los sueños la estaban preparando. Ésa era la batalla de su vida. Y había sobrevivido… primero en el barrio chino y ahora en la UTIC. Gracias, de algún modo, a las terribles pesadillas, continuaba aguantando contra cualquiera que fuera el mal que trataba de aplastarla.
«Para todo hay un tiempo, y un tiempo para cada propósito…»
Sarah flexionó la mano para activar la circulación y luego la alzó y señaló el tubo endotraqueal.
–Lo sé, lo sé -dijo Alma-. En cuanto obtengamos los resultados de los análisis de sangre llamaré a anestesia y al doctor Blankenship y veremos si podemos sacarte ese tubo. ¿Estás bien por ahora?… Bien. He cambiado el respirador para que funcione según lo necesites, así que ahora puedes respirar como quieras. ¿Seguro que te encuentras bien? Sarah, sólo quiero decirte que lo que esté sucediendo, sea lo que fuere, pasará si se lo permites.
Nunca hay necesidad de hacer lo que pensaste que debías hacer. Pero podemos hablar de todo eso más tarde… Me alegro de que estés bien.
Entró un auxiliar y extrajo una muestra de sangre del tubo conectado a la arteria radial de Sarah. Durante la interminable media hora que siguió, Matt permaneció junto a ella, haciendo lo que podía para calmarla y poniéndola al tanto de los hechos que rodearon su resucitación.
–En la bolsa de suero había morfina -le dijo-. Los frascos vacíos estaban en el suelo. El doctor Blankenship dice que te encontré justo a tiempo. Lo que te dio el equipo de urgencias actuó increíblemente bien. En realidad te mantuviste despierta la mayor parte de la noche. Pero las enfermeras te estuvieron dando drogas para poder mantenerte en el respirador. La caja de las agujas de acupuntura de cuyo robo informaste estaba en el escritorio de esa habitación, junto con un frasco sin abrir del veneno de serpiente de cascabel y una nota garabateada, sin firmar, en una hoja de recetario en blanco, que decía simplemente: «Lo lamento». La puerta de la habitación estaba cerrada desde dentro. En este momento soy casi el único en este hospital que no cree que hayas tratado de matarte… ¿Tengo razón?
Sarah le apretó la mano y meneó la cabeza lo más vigorosamente que pudo, en respuesta afirmativa.
–Lo sabía -susurró Matt-. Hace por lo menos… eh… tres o cuatro meses que una mujer que fue mi amante no trata de matarse… Apriétame la mano
si te resulta cómico… Ah, ya entiendo… Escucha, han estado pasando algunas cosas muy extrañas en este asunto del polvo ayurvédico… y no es la menor de ellas que Mallon les va a aconsejar a los Grayson que retiren la demanda contra ti. No conciliar, retirar la demanda. Después te contaré los detalles.
»Rosa te contó -siguió Matt- que ha averiguado quién inventó el virus,
¿no? El tartamudo. Pero no quiere decirle a nadie cómo se llama el tipo.
Bueno, ahora cree saber dónde está. Te llamó a tu casa y al hospital para ponerte al corriente. Al final, una de las enfermeras le dijo lo que había pasado y dónde estabas y apareció aquí alrededor de las once de anoche.
Vino de nuevo a las dos de la mañana. De veras te tiene mucho afecto. Me sorprendería que haya dormido más que yo. No quiere decir quién es el tipo del virus, pero hoy irá allá a tratar de encontrarlo. Eli ha dispuesto que use un coche del hospital, sin hacer preguntas…
»Eh, espera, ahí viene Alma, y creo que la acompaña el anestesista.
Las novedades del laboratorio eran excelentes. Los gases de la sangre de Sarah -los niveles de pH, oxígeno y dióxido de carbono- eran todos lo bastante buenos como para poder sacarle el respirador. La sensación de que le succionaban la tráquea, y luego la de cuando le sacaron el tubo endotraqueal, fueron tan desagradables que Sarah rogó no volver a experimentarlas nunca más. Escupió y tuvo arcadas y tosió con espasmos.
Pero una vez más Matt estuvo a su lado, tranquilizándola mientras duraba el acceso de tos, acariciándole el brazo, besándola en la frente.
–Cuidado, no sea que te echen del Colegio -bromeó ella con voz ronca cuando al fin cedió la tos.
–Te he dicho que van a retirar los cargos. No seré más tu abogado.
Podemos salir juntos en público. De hecho, he alquilado una camioneta con altavoz para salir a pasear por las calles y anunciarle a la gente de Boston que te amo y que vamos a llegar al fondo de esto.
–Yo también te amo, Matt. De veras. ¿Qué hora es, dicho sea de paso?
–Las seis. Un poquito más.
–Bien, doce horas desperdiciadas de mi vida.
–Podría haber sido toda tu vida -le recordó Matt.
La respuesta de Sarah fue interrumpida por el sonido de una garganta que carraspeaba cortésmente. A los pies de la cama había un hombre arrugado y canoso. En un brazo sostenía el historial médico abierto de la
UTIC correspondiente a Sarah; lo miró a través de unos anteojos tipo Ben Franklin. Aunque no lo conocía ni lo había visto nunca, Sarah adivinó su especialidad antes de que el hombre se presentara.
–Soy el doctor Goldschmidt -dijo-. Soy psiquiatra. Señor, si nos disculpa unos minutos…
–Es el señor Daniels -se apresuró a decir Sarah-. Es mi… mi abogado.
Goldschmidt miró a Matt unos segundos.
–Tal vez deba quedarse, entonces -dijo-. Si a usted no le importa.
–Por favor -dijo ella con voz ronca.
–Muy bien, entonces. Sé que ha pasado por muchas cosas y que acaban de sacarle el tubo para respirar. De modo que seré lo más breve posible -se humedeció con la lengua los labios finos y azulados-. Dígame, doctora Baldwin, ¿alguna vez ha tratado de hacerse daño antes de esta última noche?
Los ojos de Sarah relampaguearon. Miró de soslayo a Matt, quien le hizo un gesto de que mantuviera la calma.
–La respuesta es no. Pero tampoco anoche traté de hacerme daño, doctor Goldschmidt. Alguien trató de matarme y quiso que pareciera un intento de suicidio.
–Comprendo -repuso Goldschmidt mientras garabateaba algo en el historial de ella-. Pero ¿cómo explica que la puerta estuviera cerrada desde dentro?
–Alguien tenía una llave.
–Tal vez. Pero, por lo que me han dicho, ni siquiera el personal de limpieza y mantenimiento tiene llaves de esas habitaciones.
–Yo no traté de matarme.
–Doctora Baldwin, sólo quiero ayudarla.
–Entonces déjeme irme a casa.
–Sabe que no puede hacer eso.
–¿Por qué? – preguntó Matt.
–El doctor Blankenship me asignó el caso de la doctora Baldwin porque es la política del hospital, en todos los intentos de suicidio, asignar un psiquiatra, y hoy yo estoy de guardia en mi departamento. El diagnóstico actual de la paciente es -leyó del historial- «sobredosis de narcótico, intento de suicidio». Tengo tanto el poder como la obligación de internarla en una unidad de salud mental hasta convencerme de que no es un peligro para sí
misma ni para otros. Seguramente usted, como abogado de la paciente, puede apreciar la importancia de que yo obedezca esas directrices.
–Sí, así es -asintió Matt.
Pensó en todo lo que quería hacer aquel día para aclarar la conexión que vinculaba a Peter Ettinger, la Fundación McGrath y el Centro Médico de Boston. ¿En qué lugar más seguro podía estar Sarah por el momento, que en un pabellón cerrado y estrechamente controlado?
–Sarah -dijo-, creo que tienes que aceptar lo que dice el doctor. Al menos por el momento.
Si el psiquiatra apreció este apoyo, no lo expresó en el rostro, que parecía tenso. Estaba a punto de hablar cuando entró Eli Blankenship y se situó al lado.
–Gracias por venir tan pronto, Mel -dijo-. Sarah, ¿está bien?
–Me siento mejor a cada segundo. Doctor Blankenship, por favor dígale al doctor Goldschmidt que no estoy loca y que no traté de matarme.
–Nadie ha dicho que esté loca.
–Escuche, alguien me inyectó algo aquí mismo, en el cuero cabelludo, y trató de hacerlo parecer un intento de suicidio.
Blankenship le observó el cuero cabelludo con una linter-nita de médico y luego meneó la cabeza.
–Nada.
–Era una aguja fina. Afeíteme la cabeza si es necesario -rogó Sarah-. Lo encontrará.
–Sarah, por favor. Tenga paciencia con nosotros y permítanos hacer nuestro trabajo. Alma dice que sus pulmones están limpios y sus signos vitales son estables. Dentro de una o dos horas, cuando estemos seguros de que su laringe no va a sufrir un espasmo, la trasladaremos fuera de aquí al servicio del doctor Goldschmidt. Al parecer, van a estar muy apretados de camas aquí cuando comience el programa quirúrgico.
–¿Adonde iré?
–Al único lugar al que puede ir y quedarse en este hospital: Underwood Seis.
–Matt, por favor. Eso es un pabellón cerrado. No les dejes que lo hagan.
–Sarah, no será por mucho tiempo. Además, con lo que pasó anoche, me preocuparía si estuvieras en otra parte. Tengo cosas que hacer y gente
que visitar hoy para tratar de averiguar este asunto del polvo. Sólo ve por el momento, y después veremos qué podemos hacer.
–Te digo que hay una marca de pinchazo de aguja en algún lugar bajo el pelo, donde el hombre que trató de matarme me inyectó algo.
–Por favor, doctora Baldwin -intervino Goldschmidt-. Lo lamento si tiene usted algo contra los psiquiatras, o no confía en mí en particular. De veras quiero ayudarla. Pero son las seis y media de la mañana. He estado levantado casi toda la noche y me espera un día lleno de pacientes y consultas. Trate de no hacer esta situación más difícil de lo que es.
–Sarah, escuche -dijo Blankenship-. La intuición me indica que usted se encuentra bien y que está diciendo la verdad. Pero en realidad no hay nada que podamos resolver ahora. Le diré qué haremos. Veinticuatro horas de observación y haré todo lo que esté en mi mano para convencer al doctor Goldschmidt y al personal de que la manden a su casa. Se lo prometo.
Sarah contempló las expresiones resueltas de las caras de los tres hombres y luego accedió de mala gana al traslado. El psiquiatra escribió una breve nota en su historial médico y prometió pasar a verla en Underwood Seis en cuanto dispusiera de un alto en sus actividades. Uno de los residentes de Psiquiatría pasaría a preparar el historial clínico y realizar el examen médico.
–Se me hará interminable la espera -dijo Sarah.
Las cintas de vinilo amarillo de la policía, extendidas de un extremo a otro del umbral de la habitación 512 de Thayer Cinco, no eran diferentes de las que se habían usado en la tienda de Kwong Tian Wen. La puerta en sí, con el panel del centro astillado, estaba cerrada. Matt verificó para asegurarse de que no lo observaban y luego aflojó la cinta y entró. El soporte del suero continuaba aún allí, pero la bolsa con la infusión había desaparecido, lo mismo que la caja laqueada de Sarah. No había prueba alguna de que la habitación hubiera sido espolvoreada con polvo detector de huellas dactilares. No había ningún armario ni ningún espacio para ocultar nada, salvo bajo la cama. Alguien había encontrado un modo de salir y cerrar la puerta tras de sí.
Matt inspeccionó la cerradura, que no parecía diferente de las otras del quinto piso. Ciertamente, quienquiera que fuera podría haber llamado a un cerrajero y haber encargado una copia de la llave. Pero era poco probable que el asesino se hubiera arriesgado a tener semejante testigo. Caminó hacia