Causas naturales

Michael Palmer · Capítulo 52 de 58

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Causas naturales

Capítulo 40

cerca de la línea de visión de cualquiera de las mujeres.

«MANTÉNGANSE LAS VITAMINAS CONGELADAS HASTA SU

ENVÍO», decía en la tapa. Con cuidado hizo girar el pomo y levantó la pesada tapa. El primer anaquel, que contenía planchas de cápsulas de vitaminas, llenaba por completo el espacio superior. Matt observó un momento las planchas. Eran idénticas a las que Annalee Ettinger le había enviado a Sarah. Cada una contenía nueve cápsulas: una provisión para tres meses. Estaba a punto de bajar la tapa del congelador cuando, por ninguna razón en particular, levantó el anaquel.

El cuerpo que había debajo, de un hombre, yacía serenamente de espaldas. Sus ojos abiertos miraban a Matt, sin verlo. Estaba vestido con un traje oscuro y corbata de seda roja, y encajado en el congelador sin dejar más que pocos centímetros libres a cada lado. Las manos y el rostro, bronceados, se hallaban cubiertos por una fina película de escarcha. Pero a Matt no le costó reconocerlo. Lo había visto muchísimas veces en vídeo y había pensado bastante en él las últimas semanas.

Pramod Singh, el factor X del enigma ayurvédico, ya no era factor alguno.

De pronto intranquilo, Matt bajó la tapa del congelador y limpió el pomo con la manga de la chaqueta. Luego saltó por la puerta trasera y se apretó contra el edificio, mientras respiraba hondo para combatir la imagen y las náuseas. Sarah, casi asesinada. Colin Smith y Pramod Singh, muertos.

Peter Ettinger, o bien culpable de matarlos o, más probable, incriminado mediante una trampa para hacerlo parecer culpable. Alguien se apresuraba a atar los cabos sueltos. A alguien le iba invadiendo el pánico.

«Relájate -se dijo Matt-. Sal ahora mismo de aquí y vuelve con Sarah.»

Intuyó la presencia a sus espaldas un instante antes de ver la sombra en la pared: la sombra de un brazo que bajaba hacia su cabeza. Comenzó a reaccionar, pero ya era demasiado tarde. Un objeto pesado y rígido le pegó inmediatamente detrás de la oreja. Sus dientes rechinaron al entrechocar mientras un dolor paralizante estallaba en la cabeza y el cuello. Lo último que vio fue el suelo que avanzaba veloz hacia su cara.

Capítulo 40

Rosa Suárez acababa de pasar la plaza circular de Gloucester al final de la ruta 128 cuando la antigua camioneta rural del Centro Médico comenzó a

andar de manera extraña. Aceleró, preguntándose si quizás habría enganchado una rama. Pero el problema no hizo más que empeorar. Había partido mucho más tarde de lo que hubiera deseado. Si Martha Fezler cerraba el taller temprano por cualquier motivo, ese día, y acaso todo el fin de semana, estaría perdido. Con cuidado dobló el mapa que se hallaba desplegado sobre el asiento del pasajero y se deslizaba de un lado a otro.

Mientras se reprochaba no haber alquilado un coche en lugar de aceptar esa camioneta prestada, se detuvo en el arcén, en medio del resplandor brumoso de la media tarde. El problema, según le resultó evidente enseguida, era el neumático posterior derecho, que estaba hecho pedazos y suelto de la llanta en algunos puntos.

Rosa no había cambiado una rueda en su vida. Abrió el maletero y encontró el gato y la rueda de repuesto. Luego, en la guantera, el manual del vehículo, debajo de una pila de facturas de reparaciones. Pensó que si lo encontraba fácil, lo intentaría. Si no, se arriesgaría a pedir ayuda a alguien que pasara por allí.

Volvió a la parte posterior de la camioneta con el manual de instrucciones.

–Hola.

El hombre que la saludó le produjo tal sobresalto, que se le cayó el manual de las manos.

Se hallaba a pocos metros, con los brazos cruzados, y sonreía con amabilidad. Andaría cerca de los treinta años, calculó Rosa; era apuesto y llevaba gafas de montura metálica. Portaba una gorra tejida de marinero y una cazadora oscura. Su coche estaba a unos seis o siete metros detrás del de ella, con los intermitentes encendidos.

–Disculpe si la he asustado -dijo-. Sólo he parado a ver si necesitaba que le echara una mano.

Rosa respiró hondo, para calmarse, se aseguró de que el corazón seguía latiéndole y levantó el manual.

–Oh, Dios mío -suspiró, palmeándose el pecho-. Sí, la verdad es que me ha asustado. Pero le agradezco que haya parado. Es muy amable. En realidad, si consigo cambiar esta rueda yo sola, será la primera vez que lo haga.

–Me gustaría hacerlo por usted.

El hombre se adelantó y tomó el gato y la rueda de repuesto. Caminaba con una cojera bastante marcada, causada por la pierna izquierda, que no se doblaba bien en la rodilla. Rosa deseó que el problema no fuera permanente.

–Una vieja lesión de cuando jugaba al fútbol en la universidad -explicó el hombre, al tiempo que ponía el gato en su lugar-. A menudo me gustaría volver a aquella época.

–Oh, disculpe. No fue mi intención fijarme.

–No importa. Lo que pasa es que advierto esas cosas. Por desgracia, no noté al tipo que me hizo caer. Si lo hubiera esquivado hacia la izquierda en lugar de a la derecha, ¿quién sabe qué habría sido de mi vida?… ¿Va en dirección a Gloucester?

–Sí. ¿Usted es de allí?

–Por un tiempo. Trabajo como biólogo en el Departamento de Pesca Marina. Estamos elaborando un proyecto con langostas.

–Qué interesante. Yo también soy científica y trabajo para el gobierno.

Epidemióloga del Centro para el Control de Enfermedades.

–Atlanta es un bonito lugar -comentó el hombre-. Aunque un poco caluroso para mi gusto… Uno de los secretos de cambiar una rueda es aflojar siempre los tornillos antes de levantar el coche. Lo hace todo más fácil y seguro. ¿A qué parte de Gloucester iba?

–A un taller llamado Fezler.

–Nunca he oído hablar de él.

El hombre se quitó la gorra y se secó la frente con el dorso de la mano.

Tenía el cabello del color del sol. Poseía todos los atributos de un astro de cine o de un modelo, observó Rosa. Y sin embargo ahí estaba, un científico de elevada formación. Se sintió impresionada.

–Queda en la calle Breen -agregó.

–Tampoco he oído antes esa calle -dijo el rubio mientras colocaba en su lugar la rueda de repuesto y volvía a ajustar los tornillos-. Tal vez deba prestar más atención al lugar donde vivo.

–Sospecho que tiene cosas más importantes en que pensar. Me gustaría pagarle por su ayuda. Estoy muy…

–Qué disparate. Pero me vendría bien una taza de café, si usted quiere.

–Lo lamento. Me agradaría mucho saber más de su trabajo, pero tengo que seguir camino. Ya se me ha hecho tardísimo.

–No se preocupe. Me llamo Darryl. Ha sido un placer.

–Rosa -contestó-. Muchas gracias. – El hombre sonrió con calidez, le estrechó la mano, se fue renqueando hasta su coche y partió. Rosa miró el reloj. El cambio de la rueda había tardado sólo quince minutos.

«Dios provee», se dijo mientras volvía a acomodarse tras el volante y reanudaba la marcha rumbo a Gloucester.

Tras preguntar dos veces el camino en sendas estaciones de servicio y equivocarse dos veces, Rosa encontró la calle Breen. Estaba encajonada entre un laberinto de estrechas callejuelas de la zona del puerto, pavimentadas pero cuyo trazado seguramente correspondía exactamente a cuando empezó la Guerra de la Independencia. El Taller Mecánico y Náutico Fezler era un granero enorme, deteriorado, de tablones, flanqueado por dos depósitos de madera igualmente deteriorados. Rosa condujo casi dos manzanas más antes de encontrar una calle lo bastante ancha para aparcar.

Las dos grandes puertas del lado de la calle y una entrada menor situada a la vuelta de la esquina del edificio estaban cerradas. Rosa llamó una vez, esperó, volvió a llamar, esperó y al final entró y cerró la puerta a sus espaldas. Fue como si hubiera dado un paso hacia atrás en el tiempo.

El interior del taller Fezler estaba tan repleto de cosas y mal iluminado como espacioso era. Diversas herramientas, algunas bastante modernas, muchas otras antiguas, llenaban las paredes. Sogas y cadenas de diversos tamaños colgaban por todas partes. Pesaba en el aire un penetrante olor a aceite, grasa y gasolina. A un lado del taller había un gran escritorio de tapa corredera, colmado de facturas, revistas y catálogos. Encima, colgaba el mismo calendario que Rosa había visto en el dormitorio de Elsie Richardson. En alguna parte del otro extremo del taller alguien escuchaba música clásica. «Casi con seguridad Mozart», pensó Rosa.

–¿Hola? – llamó.

No respondió nadie. Del lado del agua había una suerte de desván, al que se accedía mediante una escalera abierta que subía por una pared. Rosa miró hacia arriba en el momento en que alguien cerró la puerta en lo alto de las escaleras.

–¡Hola! – llamó de nuevo-. ¿Hay alguien ahí?

–En la parte de atrás -respondió una voz áspera.

Rosa siguió la voz hacia la música y el agua. Las enormes puertas del fondo del edificio se abrían al puerto. Un grupo de rieles de acero se elevaba desde el agua, atravesaba una abertura de una estrecha plataforma y se nivelaba sobre el suelo del taller. Sesenta centímetros por encima de los rieles colgaba un gran motor de barco, suspendido a unos nueve metros del techo por medio de una complicada serie de poleas y cuerdas. De pie junto al motor, trabajando en éste, había una mujer. No era demasiado alta, pero sí físicamente imponente en casi todo lo demás. «Grande» fue la única palabra que se le ocurrió a Rosa. No gorda. Ni siquiera pesada, aunque en cierto modo lo era. Sólo grande. Los anchos hombros y la espalda forzaban los tirantes del mono manchado de grasa; los brazos estiraban al máximo las mangas de la camiseta negra. El cabello, oculto debajo de una gorra de Mobil, lo llevaba recogido en cola de caballo.

–Bienvenida -saludó la mujer. Miró a Rosa apenas lo suficiente para examinarla y luego volvió su atención al motor.

–Busco a Martha Fezler -dijo Rosa.

–Pues la ha encontrado. – Aflojó varias tuercas y las dejó caer en una lata de café medio llena de un líquido de olor acre-. El famoso desengrasante de Fezler -explicó-. Gasolina, ácido bórico y la cantidad exacta de saliva. – Miró otra vez a Rosa, sonrió con malicia y guiñó un ojo-.

Ahí hay una caja, junto a las escaleras. Puede darle la vuelta y sentarse, si desea que escuche lo que quiera decirme.

Rosa hizo lo que la mujer pedía. Cuando regresó, Martha Fezler había agarrado una cuerda gruesa y manchada de aceite, e izaba el enorme motor por encima de su cabeza.

–¿Es muy pesado? – preguntó Rosa.

–¿Sin la marcha atrás? Ah, ciento veinte, tal vez ciento cincuenta kilos.

–Qué impresionante.

–No tanto. Con los elementos que tengo acá, podría levantar dos de éstos al mismo tiempo si de veras quisiera o debiera hacerlo… Al menos, creo que podría.

Pasó la cuerda grasienta una sola vez alrededor de un gancho que había en la pared e hizo un nudo debajo, para asegurarla. Rosa no podía creer lo que veía.

–¿Un solo nudo para sostenerlo ahí arriba? – preguntó mientras la mujer alzaba las manos y aflojaba el bidón de aceite.

–Sí, si nadie lo toca -respondió Martha-. Y como trabajo sola, no lo tocará nadie.

Tenía una cara redonda y franca, sin arrugas. Y aunque sus maneras eran bruscas y su voz, rasposa, había en ella algo que atraía. Rosa se presentó.

–Señorita Fezler, necesito su ayuda -dijo.

–Llámeme Martha. Y a menos que tenga un problema con un barco o un coche, no veo cómo puedo…

–Martha, necesito encontrar a su hermano, Warren. Es muy, muy urgente.

Martha bajó las manos y se las limpió con una toalla que parecía incapaz de absorber más grasa. Por un segundo Rosa pensó que iba a negar tener un hermano y pedirle que se marchara. Después, con la misma rapidez, la expresión de la mujer cambió.

–Tal vez debiéramos ir a sentarnos -dijo-. ¿Quiere un café?

La mesita de metal daba al plácido puerto desde un sitio ubicado a un lado de los rieles. Sentada frente a Martha Fezler, Rosa resumió su relación con los casos de CID desde su llegada al Centro Médico de Boston, pasando por el hallazgo del diario de Constanza Hidalgo, hasta llegar a Ken Mulholland y los esfuerzos de ambos por averiguar la fuente del virus VRC113.

–Creo que de algún modo las mujeres que he estado investigando se infectaron con el virus que creó su hermano -concluyó-. Es muy posible que algún componente de ese polvo dietético que todas tomaban estuviera contaminado. No lo sé. Espero que Warren lo sepa. Una vez que el virus entró en las mujeres, las defensas naturales de éstas lo combatieron, pero nunca lo eliminaron por completo. El virus permaneció en sus cuerpos, hasta que el esfuerzo del parto rompió el equilibrio.

–¿Cuántas mujeres han muerto a causa de eso?

–Dos, por lo que sabemos. Y sus respectivos hijos. Una tercera mujer, de quien conseguimos el virus que cultivamos, perdió el niño y casi murió también. Temo que no va a ser el último caso. Por eso necesito encontrar a su hermano.

Martha Fezler se quedó mirando el agua y las alargadas sombras de la tarde. Por último le acercó a Rosa un lápiz y una libreta.

–Escriba su nombre, de dónde viene, el nombre del virus y el nombre de esa enfermedad -indicó. Esperó a que Rosa lo hubiera hecho, luego dobló la hoja y se la guardó en el bolsillo del mono-. Espere aquí.

Subió por la escalera y desapareció por la puerta del desván. Rosa garabateó con aire ausente en la libreta mientras observaba a un par de gaviotas que libraban una estridente batalla por un mejillón. Sólo cuando miró hacia abajo se dio cuenta de que estaba sombreando unas letras que acababa de delinear y que decían «TRZB».

Pasaron cinco minutos. Habría jurado que en un momento dado oyó gritar a Martha Fezler. Las gaviotas resolvieron su disputa y se alejaron planeando por encima del puerto. Por fin la puerta se abrió y entró Warren Fezler, seguido por su hermana. Estaba aún más flaco de lo que recordaba Rosa, de la vez que el hombre había pasado a su lado como un rayo en el campus del CMB. Comparada con él, Martha tenía un aspecto imponente.

Se acercó a Rosa y sonrió con timidez.

–L-la-lamento haberle c-causado t-ta-tantos p-problemas -dijo-. Esta-taba m-muy asus-ta-tado.

Se sentó enfrente de Rosa. Martha llevó otra silla plegable y se colocó allí, frente a los rieles.

–Warren dice que no hay problema si me quedo -aclaró.

–Por supuesto -repuso Rosa-. Créame, Warren, está haciendo lo correcto.

–¿Aunque m-me m-ma-maten?

–Ya nos ocuparemos de que eso no ocurra. Cuando mi jefe de departamento averigüe lo que está pasando, usted obtendrá la protección que necesita. Si estoy en lo cierto, ya han muerto otras personas a causa de ese virus. Se le presenta una buena ocasión para salvar muchas vidas.

–Honestamente n-no sa-sabía que le e-estaba ha-haciendo daño a n-nadie. Él dijo que la d-do-doctora B-Baldwin causó esos p-problemas. N-no el v-virus.

–¿Quién es «él», Warren?

Warren Fezler se frotó los ojos cansados. Se volvió hacia Martha, que le hizo un gesto alentador.

–Blankenship -dijo Fezler de golpe-. Eli B-Blankenship.

Rosa se quedó mirándolo, incrédula. ¡Blankenship! La única persona, aparte de Sarah y Matt Daniels, a quien ella le había confiado toda su

información. Sintió un vacío nauseabundo en las entrañas.

–Explíqueme -dijo.

–T-ta-tartamudeo m-mucho. Lo l-la-lamento.

–No hay nada de que disculparse, Warren. Ni siquiera piense en eso.

Simplemente hábleme del VRC113 y de Eli Blankenship.

–Si ha-hablo muy 1-lento, no l-lo hago t-tan mal.

–Lo está haciendo bien.

Fezler respiró hondo, para tranquilizarse. De hecho, cuando empezó a hablar de nuevo, parecía más compuesto y su voz, más fluida.

–VRC quiere decir «virus relacionado con la coagulación». Descubrí p-por accidente su p-propiedad de causar pérdida de peso. C-creo que se debe a una especie de gen estrechamente r-reiacionado con el cromosona de uno de los virus en que yo e-estaba t-trabajando. El gen relacionado interfiere en la digestión y el almacenamiento celular de la grasa, bloqueando una enzima es-específica. Al aislar los genes coagulantes de sus r-respectivos cromosomas, al parecer dejé fuera los genes que controlan y equilibran el gen inhibidor de la grasa. Mis m-monos comenzaron a perder peso. Muchos m-murieron. Después de darme cuenta de lo que les estaba pasando, experimenté un poco con la magnitud de la inoculación y otras cosas. D-dejaron de morir y simplemente p-perdieron peso… hasta quedarse en los huesos. P-por último ingerí el virus yo mismo. F-funcionó a la perfección.

Adelgacé c-cincuenta kilos en unos meses sin sufrir ningún p-problema ni efecto secundario.

–Pero Cletus Collins dijo que todos sus monos murieron.

–M-me avergüenza d-decirlo, pero los m-maté yo m-mis-mo, para proteger el secreto. Fue idea de B-Blankenship. Eramos compañeros de estudios en la escuela para graduados. Yo también soy médico. Le j-juro que n-nunca pensé que haría daño a nadie. T-tiene que c-creerme.

–Ella te cree, Warren -dijo Martha con tristeza-. Continúa.

–Le c-conté a Eli lo del virus y lo que había d-descubierto. El dijo que podíamos hacernos muy ricos con eso. P-pero había p-problemas.

Para Rosa, las últimas piezas del rompecabezas ya habían encajado en su lugar.

–La patente -dijo.

–Exacto. B-BIO-Vir es el dueño del v-virus.

–Y supongo que el segundo problema era la Dirección de Alimentos y Productos Medicinales.

–Es usted muy 1-lista -se admiró Fezler.

Rosa pensó en cuánto le había contado a Eli Blankenship… en especial en los dos últimos días.

–No tan lista -replicó-. Así que Blankenship inventó lo del polvo dietético de hierbas para evitar cualquier investigación prolongada por parte de la Dirección de Alimentos y Productos Medicinales.

–Que n-nunca lo habría aprobado. Eli lo p-preparó todo. Es increíblemente inteligente. Pero es un d-demonio, también. Un mentiroso, y muy, muy reservado. Nadie de los que trabajaban con él sabía n-nada de lo que hacían los d-demás. Ni s-siquiera Singh ni Ettinger ni Paris, ni siquiera yo.

–¿Ninguno sabía nada acerca del virus?

–Sólo yo… y Eli.

–Pero está en el polvo dietético.

–N-no. En el polvo no. En las v-vitaminas. Una de las cápsulas de vitaminas, la n-número nueve, es d-diferente del resto. La elaboré yo mismo, en un laboratorio que me p-preparó Eli. Al principio le creí cuando d-dijo que la d-doctora Baldwin era responsable de lo que les había pasado a esas mujeres. Después empecé a d-dudar. Me asusté m-mucho por lo que estábamos haciendo. En especial cuando vi la cantidad de g-gente que compraba el p-polvo.

–¿Así que Blankenship trató de matarlo?

–Blankenship no. Un hombre contratado por él. Alto y rubio y…

–¡No!

Rosa estaba a punto de completar la descripción cuando Martha Fezler lanzó un alarido. Tenía los ojos como platos a causa del pánico. En ese instante se oyó un suave chasquido a la derecha de Rosa. Martha volvió a gritar y voló hacia atrás como si le hubieran dado con una bola de demolición. Warren y Rosa se tiraron al suelo y permanecieron allí. Martha respiraba con dificultad; sus ojos estaban vidriosos.

–¡Oh, Dios! – exclamó Warren, mientras tocaba el agujero en el mono, ya empapado de sangre-. Le han d-disparado.

–Excelente deducción, Warren.

Dieron vueltas hacia el sitio de donde provenía la voz, que Rosa había reconocido aun antes de ver al hombre. Darryl se apoyaba cómodamente contra una viga y le sonreía del mismo modo que lo había hecho en la carretera. El revólver con silenciador, que sostenía en la mano, apuntaba a un lugar entre ella y Warren.

–Ese es el ho-hombre -dijo Fezler, de rodillas-. El hombre de Blankenship. ¿P-por qué has disparado a mi hermana, d-desgraciado? ¿Por qué?

–Negocios, Warren -respondió el hombre, al tiempo que daba un paso hacia ellos-. Estoy seguro de que Rosa lo entiende. No se enfadó conmigo cuando le disparé a la rueda de su coche. Sabe que lo hice por negocios; sólo era un modo de averiguar con exactitud adonde iba. Y yo no me enfado contigo porque me hayan disparado a la rodilla la última vez que nos vimos y tenga que ser un maldito tullido el resto de mi vida. Son gajes del oficio.

Negocios. Pero ahora te toca a ti.

–¡Hijo de p-puta! – sollozó Fezler.

–¡Levántate! ¡Ya!

Como aturdido, el científico obedeció. Parecía un hombre resignado a morir.

Darryl alzó el arma. Rosa vio que Fezler no tenía intención de moverse.

Lo empujó con todas sus fuerzas. El científico tropezó y cayó por la plataforma trasera entre los rieles y el edificio. El disparo que Darryl hizo por reflejo astilló el piso donde hasta un momento antes se hallaba Fezler.

–¡Corra, Warren, corra! – gritó Rosa.

Darryl se volvió hacia ella y esbozando una sonrisa tranquila y torcida le disparó al pecho. En un grotesco ballet, Rosa dio media vuelta, agitando los brazos como los de una muñeca de trapo; sus gafas volaron. Cayó pesadamente al suelo, no muy lejos de donde yacía Martha. El dolor estalló en su espalda partiendo de un punto situado por encima del seno derecho.

Gritó, pero no tuvo conciencia de haber emitido ningún sonido. El solo respirar, aunque no fuera de manera profunda, le clavaba dagas en el pecho, le enviaba punzadas hacia el hombro y la mandíbula.

Darryl, que ahora no le hacía el menor caso, se dirigía al sitio donde Warren había caído de la plataforma. Sostenía con soltura el obsceno y silenciado revólver mientras miraba hacia el agua. Echada de costado,

jadeando, Rosa rogó que Fezler hubiera superado su cobardía y tratara de huir.

–P-por f-fa-favor, no d-dispare -le oyó suplicar de pronto.

–Arriba -ordenó Darryl-. Despacio. Ponte de pie.

Rosa maldijo en silencio a ambos hombres. A pesar del dolor, que era diferente de cualquier otro que hubiera experimentado en su vida, se arrastró hacia ellos.

–Ahora, Warren, ven aquí. Vamos… Vamos, muchacho.

Rosa se sintió moverse, una y otra vez, primero sobre el vientre, después sobre las manos y las rodillas. Tenía un pulmón perforado. De eso estaba segura. Percibió el sabor de la sangre y sentía que le subía desde el pecho. Estaba mareada. Tenía la vista borrosa. Mientras se preguntaba si podría avanzar un paso más, su mano rozó la lata de café de Martha Fezler.

Al oír el suave rasguño del metal contra el suelo, Darryl se volvió. Con todas sus fuerzas, Rosa le arrojó el disolvente a la cara. El hombre retrocedió a trompicones, soltando alaridos, palpándose frenéticamente los ojos con la mano libre y disparando el revólver a ciegas con la otra.

Una bala atravesó un brazo de Rosa, pero apenas si lo notó. Se había erguido un poco, agarrándose de una soga, y cayó contra la pared.

–¡Warren, ayúdeme! – gritó con voz ronca.

Darryl, que se retorcía en el suelo junto a los rieles, disparó instintivamente hacia la voz de la epidemióloga. La bala destrozó la pared a unos centímetros de la cara de Rosa.

–¡Por favor, ayúdenme!

Nuevamente otra bala se clavó en la pared junto a su cara. La sangre que le gorgoteaba en la garganta comenzaba a ahogarla. Tosía con debilidad, comenzaba a perder la conciencia. A su alrededor todo giraba sin piedad mientras ella iba deslizándose hacia el suelo. De pronto, a través de la bruma implacable, oyó un estrépito, seguido al instante por el espantoso alarido de Darryl. Luego, de modo igualmente inesperado, se hizo el silencio.

Rosa yacía junto a la pared, apenas consciente, con la mano a escasos centímetros de los ojos. Aun así, tardó un tiempo en darse cuenta de que agarraba la cuerda de seguridad que Martha había atado sin apretar. Escrutó a través de una penumbra que se intensificaba a cada segundo. A seis