Causas naturales

Michael Palmer · Capítulo 6 de 58

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Causas naturales

Capítulo 4

Mientras acompañaba al equipo de urgencias fuera de la casa, haciendo lo que podía para contener el flujo sanguíneo de la nariz y la boca de Lisa, Sarah trató de recordar todo lo que podía de la otra mujer afectada de CID.

Embarazo normal, proceso de parto normal hasta la etapa final, y luego una alteración repentina y catastrófica del sistema de coagulación de su cuerpo.

Exactamente como estaba ocurriendo ese día. Y mientras ayudaba a Lisa a subir a la ambulancia, la pregunta que había confundido a los médicos de aquella otra mujer ardía en la mente de Sarah: ¿Por qué?

Capítulo 4

Seis de los nueve edificios del Hospital Estatal Suffolk, comprados originariamente por el Centro Médico de Boston, aún se hallaban en uso.

Del resto, dos habían sido demolidos y reemplazados por plazas de aparcamiento y, el tercero, una ruinosa estructura de ladrillo de seis pisos con el nombre CHILTON grabado en hormigón sobre la entrada, había sido abandonado y tapiado cuando Sarah comenzó las prácticas, y así había permanecido: un mudo recordatorio de las dificultades financieras del hospital.

El edificio Chilton y los garajes se hallaban separados del resto del hospital por un sendero ancho y circular. Encerrado dentro de éste había un gran terreno cubierto de césped, salpicado por algunos arbustos y media docena de mesas de plástico. El acceso de vehículos a «El Campus», como Glenn París denominaba aquella área, estaba restringido a los administradores y jefes de departamento que poseían plazas de aparcamiento y a los servicios de urgencia.

El trayecto desde la calle Knowlton al CMB, precedido por las sirenas del coche patrulla y la ambulancia, llevó quince minutos. Sentada junto a Lisa Summer en la parte posteríor de la ambulancia, Sarah oyó al conductor avisar por radio que iba en camino una paciente Prioridad Uno. Sarah imaginó al vigilante, de pronto henchido de orgullo, corriendo a abrir la verja de seguridad y a hacer a un lado a todo el tráfico.

Las contracciones de Lisa, que ya se producían cada cuatro minutos aproximadamente, eran fuertes y prolongadas, sin embargo, el suave examen de Sarah había revelado un útero con sólo cuatro centímetros de dilatación, es decir, nada preparado para el parto. La hemorragia de la nariz y la boca era más intensa. Y aunque la mano izquierda y ambos pies aún

conservaban algo de calor y flujo sanguíneo capilar, el brazo derecho estaba pálido y sin vida del codo para abajo.

–Aguanta, Lisa -la animó Sarah-. Ya estamos llegando.

Mientras entraban en el camino de acceso al CMB, Sarah repasó sus conocimientos de la CID. Como durante las prácticas nunca se había enfrentado a ningún caso grave, lo que sabía era, en esencia, lo que había captado en una o dos conferencias en la Facultad de Medicina, algunas lecturas y alguna charla ocasional. Más que una enfermedad única y específica, era una complicación poco común de muchas clases de afecciones y trastornos diferentes. Cirugía, shock, infección generalizada, trauma masivo, sobredosis de drogas, repentina separación de la placenta…

Cualquiera de aquellas numerosas agresiones al cuerpo humano podía originar una CID. Y en parte a causa de la gravedad del estado del paciente, la CID aguda resultaba, la mayoría de las veces, fatal.

Pero Lisa Summer no estaba herida ni enferma. Era una joven sana que estaba al final de un embarazo sin la menor complicación. Tal vez, después de todo, no se tratara de una CID, pensó Sarah.

La sirena se apagó cuando se acercaban al hospital. Sarah hizo un rápido examen de la tensión arterial y del estado general, y comenzó mentalmente a preparar la presentación que le haría al doctor Eli Blankenship. Era su trabajo mostrar los datos de un modo completamente objetivo, evitando con cuidado su propia impresión del diagnóstico, y cualquier otro concepto subjetivo. Hasta que no se estableciera un diagnóstico, suponer uno con exclusión de otros era estúpido y potencialmente peligroso. «Suponer nos convierte en tontos», era el modo en que un profesor solía hacer hincapié en ese principio.

Eli Blankenship, tal vez la mente médica más aguda del hospital, combinaría la información de Sarah con sus propias observaciones. Luego obtendría un enfoque de diagnóstico y tratamiento. Mientras tanto, si no se podía aplicar una terapiahasta que se pronunciara un diagnóstico definitivo, se limitarían a elevar una plegaria silenciosa y seguir adelante con las medidas que parecieran más útiles para mejorar el estado de la paciente.

En este caso, con dos vidas ya pendientes de un hilo, era improbable que pudieran esperar cualquier resultado de laboratorio antes de iniciar un tratamiento. Y el tratamiento para la CID era, por sí mismo, amenazador.

En suma, Sarah sabía que iba a ser un día infernal para Lisa Summer y las

docenas de médicos, enfermeras y técnicos que lucharían por salvar a la paciente y su hijo.

Y mientras tanto, en torno a esa lucha, daría vueltas la persistente y acuciante pregunta: ¿por qué?

Cuando entraban marcha atrás en la plataforma de acceso a la sala de urgencias, Sarah vio a Eli Blankenship, que esperaba junto a la puerta.

Como siempre, le impresionó su aspecto. Si a ella, sin saberlo, la hubieran desafiado a adivinar la profesión de aquel hombre, sus primeros intentos bien podrían haber incluido las de matón de taberna, estibador u operador de máquinas pesadas. El jefe de personal médico del CMB era un hombre semejante a un toro, de menos de un metro ochenta de estatura pero con un pecho y una cabeza macizos. Era calvo, con un oscuro flequillo de monje.

Tenía frente ancha, cejas pobladas y brazos musculosos como los de Esaú.

Incluso recién afeitado parecía tener una persistente sombra de barba.

De sus atributos físicos, sólo los ojos -de un color azul claro y penetrante- daban indicio de su genio. El hombre era especialista en enfermedades infecciosas y atención a pacientes en estado crítico, así como en medicina interna. Pero también se le respetaba como humanista, experto en ajedrez y bridge y un auténtico entendido en artes. Como profesor, en el CMB nadie era más abierto y respetuoso con las opiniones y los planteamientos de los estudiantes y residentes, y nadie les enseñaba con mayor eficiencia.

Blankenship, ya vestido con bata y guantes, recibió la camilla mientras el equipo de urgencias la sacaba de la ambulancia, y de inmediato tomó la mano de Lisa y se presentó a ella. Desde el otro lado de la camilla, donde aplicaba presión en la nariz de la paciente, Sarah vio que, con ese primer gesto, el jefe médico ya había comenzado su examen.

Para cuando llegaron a la Sala A, una de las tres mayores salas para casos de trauma, Sarah casi había concluido la presentación del caso.

Blankenship tenía al flebotomista del laboratorio esperando para extraer sangre, así como a una enfermera de Obstetricia con un monitor fetal. Con un gesto de la cabeza les indicó a ambos que se pusieran a trabajar. En ese momento, la sangre comenzó a manar a través de la gasa que protegía el tubo intravenoso de Lisa. Blankenship observó los procedimientos sin alterarse.

–Ahora, Lisa -dijo con voz serena-, voy a pedirle que tenga paciencia con nosotros y nos perdone si parece que no la mantenemos al tanto de lo que pasa. Le están ocurriendo varias cosas al mismo tiempo, en varios sistemas diferentes de su cuerpo. En unos segundos más, no va a poder contar todos los médicos que estarán trabajando en usted. La principal, aparte de mí, será la doctora Helen Stoddard, que es especialista en sangre, y el doctor Andrew Truscott, que es cirujano. El trabajo de la doctora consistirá en ayudarnos a parar esta hemorragia, y el del doctor en ponerle otra línea intravenosa y atender su brazo, que en este momento no recibe suficiente sangre. Y, por supuesto, tendremos a la doctora Baldwin y al doctor Snyder junto a usted, para ayudarla a traer al mundo a su hijo en cuanto se estabilice.

–¿El niño está bien? – preguntó Lisa.

Blankenship miró a la enfermera de Obstetricia, que hizo un gesto en dirección al monitor fetal. El índice de latidos fetales era más alto que el óptimo, lo cual a menudo constituía un indicio de complicaciones.

–El niño sufre un poco de presión -respondió-. Pero lo estamos observando de cerca.

En ese momento la hematóloga entró en la sala. Helen Stoddard, también profesora, era jefa de departamento en otro hospital y a veces especialista del CMB. Se jactaba de pertenecer a «la vieja escuela» y mostraba una actitud abiertamente crítica hacia los «marginales» del CMB…, ése era el término con que calificaba a los practicantes de medicina alternativa. Durante un seminario patrocinado por el hospital, había sido una de los miembros del jurado reacios a la incorporación de cualquier técnica no comprobada mediante métodos científicos.

Blankenship y Sarah formaban parte de la oposición y abogaban por el uso de ciertos tratamientos empíricamente probados como la acupuntura y la quiropráctica, así como por la cuidadosa evaluación científica de éstos y aquéllos.

–¿Cuál es la situación, Eli? – preguntó Stoddard sin mirar siquiera a Sarah.

–Ya se han encargado los análisis, diez unidades.

–¿También plaquetas y plasma?

–Tantos como podamos hacer.

helen Stoddard completó un rápido examen de la piel, la boca y las matrices de las uñas de Lisa. La gasa que rodeaba la intravenosa ya estaba saturada; goteaba sangre sobre la sábana de la camilla y el suelo. También manaba del punto de punción para extraer la sangre.

–¿Algún antecedente de problemas de extracción de sangre? – preguntó Stoddard a Blankenship.

–Absolutamente ninguno. – Sioddard meditó unos segundos.

–No podemos esperar a! laboratorio. Creo que deberíamos preparar la sangre y el plasma que podamos e inyectarle anticoagulante.

Randall Snyder y Heidi Glassman entraron en la sala, los dos ligeramente sin aliento. Momentos más tarde Andrew Truscott llegó también. Heidi tomó el lugar de Sarah junto a Lisa, mientras Truscott, Sarah y Snyder retrocedían hacia la la puerta

–Lisa está en una situación muy grave -dijo Sarah. Snyder echó un vistazo al monitor fetal.

–Y también el niño -observó-. ¿Han comenzado con la Pitocina

–En la ambulancia. La paciente no ha dilatado más que unos centímetros.

–¡Dios mío!

Truscott se tomó un minuto para examinar los brazos, las manos y los pies de Lisa. Después, con impresionante habilidad y velocidad, inyectó un anestésico en la piel al costado del cuello, localizó los puntos óseos con las yemas de los dedos y deslizó una aguja a través del lugar entumecido directamente en la vena yugular interna. A continuación ensartó un catéter a través de la aguja y la suturó fijándola al lugar. Estableció así una crítica segunda vía intravenosa.

–De un modo u otro, creo que vamos a tener que llevarla al quirófano para encargarnos de ese brazo derecho -dijo Andrew después de regresar a la puerta-. Todavía no puedo decir nada sobre el izquierdo, ni sobre los pies.

¿Pueden practicarle una cesárea?

Snyder se acercó a Helen Stoddard, mantuvo una breve conversación en susurros y volvió cabeceando.

–Es probable que ya hayamos llegado a una situación madre versus feto

-susurró-. Helen y Eli han decidido que no pueden esperar confirmación del laboratorio acerca de la CID. Ya han comenzado con el anticoagulante. Tal

como están las cosas, creen que la chica no tiene ninguna probabilidad de sobrevivir a una cesárea.

Heparina para la CID. Para Sarah, cuya práctica como cirujana se basaba en la meticulosa atención al control de la hemorragia, el tratamiento encerraba una paradoja aterradora: la inyección intravenosa de un poderoso anticoagulante como la heparina a una paciente que ya estaba en peligro de morir desangrada.

La teoría era administrar la droga para disolver los coágulos patológicos y devolver el flujo sanguíneo a las extremidades comprometidas y a los órganos vitales. Al mismo tiempo, se emplearían transfusiones continuas para equilibrar el volumen de sangre perdido y reemplazar los factores coagulantes. El tratamiento suponía una técnica de equilibrio terapéutico de proporciones circenses, y a menudo estaba condenado al fracaso.

Sarah miró a la mujer a la que había cuidado durante los últimos siete meses, ahora apenas visible dentro del grupo de enfermeras, médicos y técnicos. En unos minutos, Andrew había colaborado en gran medida a los esfuerzos de todos, Ella todavía debía hacer su propia contribución. Es cierto, reconoció, él y los otros intérpretes médicos de ese drama eran todos más experimentados que ella.

Pero Lisa Summer seguía siendo su paciente, y había cosas en que ambas habían trabajado, cosas que podían intentar, que podían ayudar, también… siempre que, por supuesto, Helen Stoddard y Eli Hlankenship le dieran la oportunidad de intervenir.

Se disculpó y se apresuró a ir al sótano, donde una serie de tuneles poco iluminados conectaban todos los edificios del CMB. Su armario estaba en el cuarto piso del edificio Thayer, que albergaba las oficinas de administración en los primeros tres pisos y los dormitorios del personal médico permanente en los dos de más arriba. Sarah cogió el ascensor para subir. Minutos después había vuelto a bajar los seis niveles y recorría los túneles a toda prisa hacia la sala de urgencias. Llevaba en los brazos una caja de caoba que contenía sus agujas de acupuntura. La caja había sido un regalo del doctor Louis Han. Había conocido a Han, un misionero cristiano nacido en China, mientras enseñaba con el Peace Corps en las aldeas Meo, al norte de Chiang Mai, Tailandia. El fue su mentor en las artes curativas hasta que murió, tres anos antes. La inscripción de la caja, elegantemente tallada cu

chino por el propio Han, decía: «El poder curativo de Dios está dentro de todos nosotros».

En el momento en que Sarah volvió a entrar en la Sala A, percibió que las cosas habían cambiado para peor. Un tubo insertado en el estómago de Lisa a través de la nariz llevaba mi constante flujo de sangre hacia la botella de succión colocada en la pared. También el catéter urinario drenaba un líquido carmesí. Randall Snyder, con la cara cenicienta, permanecía junto al monitor fetal, donde el latido del hijo no nacido de Lisa había bajado por debajo del índice necesario para mantenerse con vida.

–¿Qué ocurre? – preguntó Sarah acercándose a él.

–Creo que lo hemos perdido -susurró Snyder-. Podríamos intentar una cesárea aquí y ahora, y tal vez aún tuviéramos tiempo de salvar al niño.

Pero Lisa no sobreviviría.

–¿No tiene ninguna posibilidad?

–No sé. Se la ve muy mal.

Sarah vaciló un momento y luego se abrió paso hasta donde estaban Helen Stoddard y Eli Blankenship.

–¿Puedo hablar con ustedes, por favor? – preguntó.

Por un instante pensó que Stoddard iba a echarla. Luego, acaso recordando que Sarah era una de las residentes escogidas personalmente por Blankenship, la hematóloga se movió hacia un lado de la sala. Blankenship la siguió.

–Quisiera tratar de detener la hemorragia de Lisa -dijo Sarah.

–¿Y qué cree que estamos tratando de hacer nosotros? – replicó Stoddard.

Sarah sintió que se le contraían los músculos de la mandíbula. Nunca había impuesto sus conocimientos y técnicas a ningún residente ni miembro facultativo que no las solicitara. Pero Lisa era su paciente y la terapia convencional no parecía funcionar.

–Doctora Stoddard, sé que a usted no le merecen mucho respeto los métodos de medicina alternativa -dijo, esforzándose en mantener la voz tranquila-. Pero sólo deseo lo mismo que usted. Quiero que Lisa salga de esto. Durante los últimos cuatro o cinco meses, mientras nos preparábamos para su parto en casa, Lisa y yo trabajamos en autohipnosis y visualizaciones internas. Creo que realmente llegó a ser muy hábil en ambas cosas.

–¿Y? – la expresión de Stoddard era de hielo.

–Bueno, en combinación con acupuntura, podríamos usar el propio poder de Lisa para tornar más lenta la hemorragia. Es decir, siempre que usted esté dispuesta a darle suficiente protamina para neutralizar la heparina.

–¿Cómo?

–Si logramos reducir la hemorragia lo bastante para poder practicarle una cesárea, usted podrá comenzar de nuevo con la heparina para tratar de disolver los coágulos.

–Eso es ridículo.

Sarah respiró para calmarse. A lo largo de cuatro años de Facultad de Medicina y dos de prácticas, nunca había tenido que enfrentarse de esa manera con un profesor. Pero ya no podía dar marcha atrás.

–Doctora Stoddard, la presión de Lisa está bajando, la hemorragia empeora y puede que ya sea demasiado tarde para el niño.

–Usted es una arrogante, una ignorante…

–Un momento, Helen -intervino Blankenship-. Puede decir lo que le parezca cuando esto haya terminado, pero en este momento tenemos una joven que se va por los tubos, y debemos concentrarnos en ella. La doctora Baldwin tiene razón. La heparina no está siendo útil contra los coágulos y ha acelerado la hemorragia hasta el punto de que no damos abasto con las transfusiones.

–Si hacen eso, salgo del caso -dijo Stoddard.

–Helen, usted es una de las mejores hematólogas que he conocido y una de las médicas más volcadas en su profesión. No puedo imaginar que permita que algo se interponga en lo que es mejor para un paciente.

–Pero…

–Y en el fondo, usted sabe que los pocos minutos que tardará Sarah en comprobar lo que sabe significarán poca diferencia en el resultado final.

–Pero… está bien, maldita sea. Aunque cuando esto termine, pase lo que pase, será mejor que este hospital aclare su política en cuanto a curandería médica, o no seguiré formando parte del personal.

–Lo haremos, Helen. Se lo prometo. Lo haremos. Sarah, ¿en qué podemos ayudar?

–Bueno, primero hay que darle protamina a Lisa.

–¿Helen?

–Maldita sea, Eli. Está bien, está bien… Esto es ridículo -murmuró mientras se dirigía a administrar el antídoto de la heparina-. Absolutamente ridículo.

–Ahora -continuó Sarah, mientras sentía que el pulso se le aceleraba-, por favor dejen a Heidi conmigo, apártense de la camilla todos los que puedan y reduzcan el ruido al mínimo posible.

–Listo. ¿Algo más?

–Una sola cosa. Por favor, apaguen las luces de arriba.

Lisa gritó cuando sintió otra contracción. Sarah le acarició la frente y se arrodilló junto a ella.

–Lisa, cierra los ojos y escúchame -dijo en voz baja-. Tenemos trabajo que hacer. Ha llegado el momento de aplicar lo que practicamos durante tantas sesiones. ¿Comprendes?… Bien. Empecemos con las cosas fáciles, las escenas, ¿de acuerdo? Úsalas durante las contracciones. Yo te ayudaré, y Heidi te ayudará también. Entre contracciones, quiero que te concentres en mi voz y trates de visualizar lo que está pasando en tu flujo sanguíneo y en tu corazón. Todo se está moviendo demasiado rápido…, demasiado rápido.

Puede que haya coágulos que se estén formando ahí, también, y obstruyan tus arterias. Trata de relajarte y verlos. Relájate…, relájate…

Heidi continuó susurrando al oído de Lisa mientras Sarah consultaba rápidamente un folleto de pocas páginas y muy usado. Tras haberse asegurado de los puntos de acupuntura que quería estimular, puso la primera aguja inmediatamente debajo de la clavícula de Lisa. Una a una, fue colocando cinco agujas de acero en diversos puntos, tratando de compensar las limitaciones que imponían a la técnica los vendajes y la posición supina de Lisa.

Un silencio sepulcral había invadido la sala, roto sólo por el sordo zumbido del aparato de succión y el suave resonar del monitor cardíaco.

–Mira -oyó Sarah que susurraba alguien-. Creo que la hemorragia ya está cediendo.

Sarah miró de reojo la botella de succión. De hecho, el drenaje parecía haber disminuido de manera significativa.

–Relájate, Lisa -repitió Sarah, con voz suave pero firme-. Aminora el ritmo de tu corazón…, de tu sangre…, y relájate. Tú tienes el poder…

Pasó un minuto. Luego otro. Lisa permanecía inmóvil, con los ojos cerrados. Llegó otra contracción, que le tensó el abdomen de forma visible.