Causas naturales

Michael Palmer · Capítulo 8 de 58

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Causas naturales

Capítulo 6

se hallaba engañosamente apacible. Un paño en el cuello separaba su cabeza y al anestesista del equipo de cirugía. Del otro lado del paño, Andrew y otro cirujano, ambos del mismo lado de la mesa de operaciones, se concentraban en el brazo de la paciente.

Por un momento Sarah pensó que el segundo cirujano era el mismo que había asistido a Andrew en la intervención anterior. Pero al acercar el pequeño taburete de metal y subirse a él para ver mejor, observó que el otro médico no era un cirujano vascular, sino Ken Browne, el jefe de ortopedia.

Sólo entonces vio el brazo amputado y la mano en forma de garra que descansaba en la bandeja de metal junto a una enfermera, y se dio cuenta de que Browne y Andrew no estaban en absoluto practicando una delicada operación vascular: emparejaban agresivamente lo que quedaba del radio y el cubito -los huesos del antebrazo-, como medida previa a concluir una amputación por debajo del codo.

Sarah sintió que los músculos se le aflojaban y, por un instante, creyó que por primera vez en su vida iba a desmayarse. «Oh, por Dios, no.

Primero el niño… y ahora esto», era todo lo que podía pensar.

Andrew alzó la mirada y la vio.

–¿Estás bien? – le preguntó.

–Andrew, ella era una artista. Ceramista. Sus manos eran…

Discúlpame. Lo que pasa es que pensé que iba a salir bien de esto.

–Y es probable que así sea… ahora -replicó Andrew, algo fastidiado-.

También yo lamento haber tenido que amputar. Pero la gangrena es la gangrena. De veras no había otra elección.

–Entiendo.

Sin embargo, incluso mientras pronunciaba esta palabra, Sarah sabía que, de todo lo que le había pasado a Lisa Summer, en realidad muy pocas cosas lograba entender.

Capítulo 6

La Unidad de Terapia Intensiva de Cirugía era un pabellón de doce camas con una cobertura de una o dos enfermeras por paciente, día y noche.

Rara vez cambiaba un turno sin que por lo menos un paciente sufriera una crisis. Y aunque, salvo en momentos de la más extrema urgencia, la atmósfera de la UTIC era discreta y tranquila, nunca era silenciosa. Cada minuto del día, el equipo de control, los sistemas de succión e infusión y los

respiradores zumbaban como las olas de marejadas oceánicas. Era allí, aún más que en las salas de operaciones, donde se libraban las verdaderas batallas entre la vida y la muerte.

Sarah prefería con mucho el quirófano al trajín cotidiano que suponía el cuidado de los pacientes críticos de la unidad. Pero sí le gustaba el compañerismo que reinaba entre el personal de la UTIC.

A las siete y media de la mañana del 2 de julio, seis de las salas de la unidad se hallaban ocupadas. Las doce quedarían completas cuando concluyeran las operaciones programadas para ese día. Con los ojos ardiéndole por la falta de sueño, Sarah se sentó en el borde de la cama de la sala ocho, esperando que trajeran a Lisa Summer de la sala de recuperación.

Las noticias que tenía de allí eran excelentes. Lisa había salido de la intervención sin hemorragias excesivas. De hecho, su CID se resolvía con rapidez, y la circulación en los ríñones, las piernas y el brazo que le quedaba parecía normal. Era como si, de algún modo extraño, la cesárea hubiera aliviado la crisis hematológica.

La vida de Lisa se había salvado. Su útero, sus sentidos y su sistema nervioso se hallaban intactos y podía caminar.

A su tiempo, aprendería a usar mejor la mano izquierda y a manejar cualquier prótesis que le pusieran en la derecha. Quizás hasta encontrara un modo de continuar expresando su arte. Comenzaría a hacer frente a su dolor y algún día, tal vez, volvería a concebir un hijo. Desde un aspecto puramente clínico, Sarah sabía que todo eso era cierto. Aun así, no podía.distraerse de la realidad de que Lisa era su paciente y que no hacía ni veinticuatro horas se preparaba entusiasmada para dar a luz.

–¿Estás bien?

Sarah revisaba una hoja impresa del ya sustancial número de análisis realizados a Lisa, en busca de un indicio -cualquier indicio- de lo que podría haber causado el desastre. Sobresaltada, alzó la vista y vio a Alma Young, una enfermera veterana de la UTIC, que se hallaba a los pies de la cama.

–Ah, sí, estoy bien, gracias. Sólo un poco cansada, nada más.

–Es comprensible. Bien, tu chica vendrá dentro de unos minutos.

Acaban de llamar de recuperación. Al parecer, está liien, dentro de lo que cabe.

–Qué suerte -dijo Sarah, sin entusiasmo-. No dejo de mirar estos números, esperando que lo que se me pasó por alto salte de pronto de la hoja y me explique lo que sucede.

–Tal vez lo mejor sea que cierres los ojos y eches una siestecilla de unos minutos.

–Tengo miedo de que, si hago eso, mi cuerpo crea que no i ¡ene que sentirse como en este momento y acabe para el resto del día.

–¿Sabes? Todo el hospital habla de lo que hiciste ayer. Las enfermeras de la sala de urgencias dicen que la chica habría muerto con seguridad si tú no te hubieras mantenido en tus trece contra la hematóloga.

–¿Por qué entonces no me siento mejor por eso, Alma?

La mujer, de más edad, se sentó en el extremo de la cama.

–Porque eres una buena médica -respondió-. Por eso. Eres una persona sensible. Te preocupa el sufrimiento y el dolor de las personas… Te preocupa de verdad.

–Gracias.

–¿Puedo decirte algo?

–Claro.

–A veces creo que te preocupas demasiado. Te lo tomas todo de manera demasiado personal. Eso de sentarse aquí, revisando los informes de laboratorio, cuando deberías estar descansando, es un ejemplo perfecto.

Llevas la preocupación demasiado lejos. Aquí he visto toda clase de residentes, y también enfermeras y he podido observar que los que son verdaderamente buenos tienen en común ese pequeño interruptor que pueden controlar y que les permite volverse del todo objetivos cuando hace falta serlo. Tú tienes todo lo que se necesita para ser una de las mejores, pero creo que a veces te dejas llevar por tu sensibilidad.

–¿Así me ves?

–Sí. Y también otras enfermeras. Nuestro deporte favorito es diseccionar a los residentes, ya lo sabes. Todas te tenemos mucha simpatía, Sarah, y nos encanta trabajar contigo. Pero también nos preocupamos por ti.

Es como si siempre pensaras que hay algo más que debieras estar haciendo, en lugar de limitarte a aceptar que sólo puedes hacer lo humanamente posible.

Las observaciones de la enfermera dispararon una oleada de imágenes y emociones, casi todas desagradables, y casi todas centradas en Peter

Ettinger.

–Alma -dijo Sarah-, nunca se me ha dado bien aceptar mis limitaciones.

De hecho, si no pensara siempre que puedo hacer algo más por un paciente, es muy probable que jamás me hubiera doctorado.

–¿Qué quieres decir?

Sarah rió, incómoda.

–¿Dispones de unas horas?

Los ojos de Alma Young mostraron inquietud.

–La verdad -respondió-, no tengo mucho que hacer hasta que llegue nuestra amiga Lisa.

Sarah pensó un momento antes de continuar. Siempre había sido una persona reservada. Y la división de su vida en compartimientos separados -

escuela secundaria en un pueblo norteño del estado de Nueva York, estudios superiores en los suburbios de Boston, Peace Corps en Tailandia, Peter y el Instituto Ettinger, Facultad de Medicina en Italia, y ahora esta residencia- le había hecho fácil mantener su reserva. En cada lugar había comenzado a entablar amistades, salvo con su mentor, el doctor Louis Han, lo bastante fuertes como para sobrevivir a la siguiente mudanza. Y poco a poco comenzó a descubrir que, cuando le pedían que hablara de sí misma -

incluso cuando se sentía inclinada a hacerlo-, simplemente no lo hacía. O

no podía.

En aquel momento, una mujer con la que había trabajado durante más de dos años mostraba un interés sincero en saber quién era ella y cómo reaccionaba ante su caso más difícil. Tal vez fuera hora de abrirse un poco.

–Hace algunos años -dijo por fin-, diez en realidad, vivía en las montañas del norte de Tailandia y construía una clínica mientras enseñaba y estudiaba acupuntura y herbolaria. Un hombre entrado en años era mi amigo y mi mentor. Era… algo así como el padre que nunca tuve. Bueno, murió de golpe. Y poco después, un hombre muy parecido a él, aunque mucho más joven, pasó por nuestra aldea. Era inteligente, deslumbrante y le interesaban las mismas cosas que a mí. En esa época ya gozaba de fama mundial en muchas áreas de la medicina alternativa. Y bien, al cabo de un mes volví a Estados Unidos para vivir con él y su hija y trabajar en su instituto…

Sarah se planteó si compartir o no el nombre de Peter, y decidió que no había razón para hacerlo.

–Durante casi tres años viví con él y la hija adolescente que adoptó en África cuando tenía sólo unos meses. Durante esos tres años fui lo más cercano a una madre que tuvo la niña. Aunque, como ya te he dicho, ese hombre y yo trabajábamos juntos en su instituto, por lo que a él respecta yo sólo trabajaba para él, no con él. Cuando ocurrió lo que te contaré enseguida, me había propuesto matrimonio. Pero tenía un lado oscuro…, un ego enorme, insaciable, y una rigidez que me asustaba…, y eso había comenzado a salir cada vez más a la superficie en nuestra vida en común.

–Continúa, por favor -dijo Alma.

–Él tenía un paciente, un escultor, al que había curado de un caso de artritis reumatoide que los médicos habían calificado de incurable.

–¿Cómo lo hizo?

–Cambios en la dieta y hierbas, además de algunas técnicas parecidas a las que yo utilicé ayer con Lisa. El hombre pasó de ser un lisiado a jugar al frontón todos los días.

–Asombroso.

–No para nosotros. Las terapéuticas alternativas curan a muchísimos pacientes que la medicina occidental da por perdidos. Los médicos occidentales no conocemos casi nada del mecanismo de la enfermedad.

Nuestros microscopios son cada vez más grandes, lo que nos permite ver cosas cada vez más pequeñas. Prescribimos penicilina sin pensarlo dos veces, pero todavía no sabemos por qué la persona A contrajo la enfermedad que estamos tratando, ni por qué la persona B no la contrajo.

»Bueno, la cuestión es que mi amigo se fue de viaje durante un mes y me dejó a cargo de sus pacientes. El seguía tratando al escultor por unos dolores de cabeza; le prescribía hierbas, acupuntura y ajustes quiroprácticos. Yo lo asistí varias veces y cada vez me preocupaba más. Él decía que sus dolores de cabeza mejoraban, o al menos no empeoraban, pero a mí me parecía que caminaba de una forma extraña. Y, lo creas o no, también la sonrisa se le había torcido.

–Había problemas.

–Eso es lo que yo pensé. Llamé al White Memorial y hablé con un neurólogo, que aceptó verlo a las once de la mañana siguiente. Mi amigo debía volver de Nepal esa noche, pero decidí que el paciente necesitaba atención cuanto antes, así que me encargué del asunto. Tal vez parezca una decisión fácil, Alma, pero no lo fue. Todavía tenía que resolver cómo iba a