Causas naturales
Capítulo 18
Mañana a las ocho de la mañana empieza el primer round. De modo que preparémonos.
–Sumamente irregular -oyó Sarah que alguien murmuraba.
Capítulo 18
Salvo la empleada nocturna, Rosa Suárez estaba sola en el archivo médico. Eran cerca de las diez y media y no había comido desde el mediodía. El cuello y la espalda le dolían de tanto inclinarse sobre la mesa de trabajo. Pero en ciertos aspectos la incomodidad le resultaba agradable.
Hacía más de dos años que no dedicaba tantas horas a un proyecto, dos años que no se sentía desafiada de ese modo.
La fase inicial de su investigación quedaría terminada aquella noche, y tanto su marido como su jefe de departamento esperaban con ansiedad su regreso a Atlanta. Ninguno estaría muy complacido con lo que tenía que decirles. Y aún no había encontrado explicación alguna para los extraños casos de CID. No obstante, dos cosas estaban claras. Desde un punto de vista puramente estadístico, no existía prácticamente ninguna posibilidad de que los tres casos fueran mera coincidencia. Y, casi con la misma seguridad, a menos que se determinara y combatiera la causa subyacente de las tragedias, habría más.
Aún necesitaba revisar varias combinaciones en los bancos de datos del CCE y controlar algunos resultados preliminares de cultivos. Luego, con toda probabilidad, el caso volvería a Boston. Hasta la fecha, Rosa había desenterrado docenas de características demográficas y físicas en común entre las tres mujeres afectadas, algunas posiblemente significativas, otras demasiado oscuras para tomarlas en serio. El tipo de sangre de las tres era A positivo y las tres habían vivido a unos cinco kilómetros del hospital. Las tres habían sido pacientes del Centro Médico de Boston durante por lo menos cuatro años y cada una había tenido un embarazo anterior. En cuanto a los datos más oscuros, las tres habían nacido en abril, aunque en años diferentes; todas eran primogénitas y ninguna había cursado estudios universitarios. Además, todas eran diestras y de ojos castaños.
Todavía había más datos que reunir, pero de lejos el aspecto más persistente y problemático de la investigación eran los suplementos prenatales suministrados a las tres mujeres por Sarah Baldwin. Un botánico del Instituto Smithsoniano y un amigo del claustro de profesores de la
Universidad de Emory habían provisto algunos datos preliminares sobre los nueve componentes. Pero se necesitaba información bioquímica mucho más detallada. El instinto le indicaba a Rosa que, aunque los componentes de la mezcla pudieran servir como una suerte de cofactor en una reacción biológica letal, eran, en sí mismos, inofensivos. Pero las herramientas de su actividad eran los números y las probabilidades, no el instinto.
–Disculpe, Ramona -le dijo a la empleada nocturna cuya mesa se hallaba al otro lado de una ancha hilera de archivos-. Sólo quiero asegurarme de que no hay más expedientes en el grupo en el que estamos trabajando.
–Siete años de mujeres que alumbraron aquí y requirieron transfusiones durante sus partos o después… Usted los tiene todos. Señora Suárez, ¿sabe que desde que usted vino al CMB ha pasado más tiempo aquí abajo que todo el personal médico junto?
–Apuesto a que sí. Bueno, ésta será mi última noche por un tiempo.
Mañana volveré a…
Rosa se detuvo en mitad de la frase y se quedó mirando un papel que tenía delante. Pertenecía a Alethea Worthington, el segundo de los casos de CID. Había diseccionado el expediente palabra por palabra, lo mismo que los de Constanza Hidalgo y Lisa Summer. Lo que le llamó la atención en ese momento, sin embargo, no fue lo que encontró en la página, sino entre ésa y la anterior. Tomó el papel y lo miró desde diferentes ángulos.
–Señora Suárez, ¿pasa algo? – preguntó la empleada.
–Eh… No. Todo está bien, querida. Ramona, ¿tendría usted una navaja o una lima para uñas?
–Tengo un cortaplumas del ejército suizo en mi bolso, así que creo que puedo ofrecerle ambas cosas.
–Perfecto. ¿Y podría traerme esos dos gráficos de…?
–Summer e Hidalgo. Ya sé. Ya sé.
–Gracias, querida.
Utilizando sus gafas bifocales a modo de lupa, Rosa miró con atención el sitio donde las hojas del gráfico se mantenían unidas por una cubierta de metal flexible. En el punto donde los ganchos de la cubierta atravesaban las hojas, sobresalían bordes de papel, pequeños y dentados. Rosa marcó las páginas situadas a cada lado de los fragmentos y luego aflojó con cuidado la cubierta. A continuación deslizó la hoja más grande del cortaplumas del
ejército suizo por un hueco junto a uno de los ganchos. Dos diminutos pedacitos de papel cayeron sobre la mesa.
Con delicadeza juntó los fragmentos y los guardó en un sobre. Dos fragmentos similares quedaron atrapados debajo del otro gancho de la cubierta. Dejó ésos en su lugar y volvió a ajustar la cubierta, tal como estaba antes. Definitivamente, se habían arrancado unas hojas -tal vez dos-del historial médico. Le llevó casi diez minutos encontrar fragmentos idénticos en el gráfico de Constanza Hidalgo. Los pedacitos representaban por lo menos dos, y posiblemente tres, hojas desaparecidas.
La carpeta de Lisa Summer era de lejos la más gruesa de las tres. Para cuando Rosa se convenció de que no había evidencias físicas de páginas desaparecidas, eran casi las once. Apiló el historial médico sobre los otros y, por primera vez en dos horas, se puso de pie y se estiró. El significado de su hallazgo no estaba nada claro. Pero aunque la carpeta de Summer parecía intacta, el descubrir que al menos dos de los. tres historiales médicos de casos de CID habían sido alterados resultaba significativo. De eso no tenía dudas.
Afuera, la tormenta había pasado. Algunas estrellas débiles salpicaban el negro cielo aterciopelado. Rosa se sintió fortalecida por el nuevo giro dado en la investigación. Parte de ella deseaba quedarse despierta toda la noche, como lo había hecho tantas veces, estudiando y revisando pistas hasta obtener respuestas. Pero ya tenía sesenta años y el coste de tales excesos era impredecible. Le esperaba un día ajetreado en Atlanta, por lo que debía hacer el equipaje y dormir aunque sólo fuera unas horas antes de coger el avión, temprano a la mañana siguiente.
Ansiaba compartir con alguien lo que había descubierto, cualquiera que pudiera ofrecerle sus propios puntos de vista. Manifestar sus ideas a sus colegas había sido en otros tiempos una herramienta útilísima. Pero las heridas sufridas por el caso TRZB, aunque de ello hacía más de dos años, aún dolían. Y ese dolor refractario le recordaba una y otra vez que confiara lo mínimo necesario.
Recogió sus cosas, dio las gracias a la empleada y prometió no tardar en volver. Salió del edificio por el recinto universitario. Dos mujeres muertas por una misteriosa complicación médica y sus dos historiales médicos alterados. Rosa buscó en su imaginación alguna explicación inocente, pero
no encontró ninguna. Lo que había sido un fascinante acertijo epidemiológico de pronto se había tornado siniestro.
Sarah estrechó la mano a los cinco representantes del CMB y agradeció a cada uno la buena voluntad que demostraban al ayudar en su defensa. La reunión, que se había iniciado en un ambiente tenso y hostil, acabó satisfactoriamente. Todos convenían en que la clave para una rápida resolución del juicio Grayson residía en encontrar un caso idéntico de CID
en una paciente en la última fase del parto -ya fuera en el CMB o en otro hospital- que no hubiera tenido contacto con Sarah.
Por sugerencia de Matt Daniels, Paris y Snyder aceptaron ponerse en contacto con colegas de todo el país y Blankenship, en iniciar una investigación en profundidad dentro de la documentación médica. Arnold Hayden prometió mantenerse en contacto directo con Daniels, y Colin Smith aseguró que cualquier gasto que hiciera Hayden o su personal correría a cargo del hospital. Por último, el grupo se comprometió a presentar un frente unificado ante Jeremy Mallon y la prensa. A menos -y hasta- que se probara su responsabilidad fuera de toda duda razonable, Sarah Baldwin era inocente de cualquier proceder incorrecto. Al día siguiente por la mañana, Eli Blankenship acompañaría a Sarah y Matt a la tienda del herbolario chino.
–Todo ha ido bien esta noche -dijo Sarah mientras Matt cogía el impermeable y el paraguas-. Creo que usted ha sabido manejar con gran moderación y clase una situación muy difícil.
–Por favor… Si usted no me hubiera respaldado, yo habría quedado fuera de juego. – Matt esbozó una sonrisa espontánea. Y Sarah la sumó a la creciente lista de cosas que le gustaban de él-. Todavía no sé por qué el regulador de demandas de la OPMM me eligió a mí para este caso -dijo el abogado-, pero me alegro de que lo haya hecho. No soy tan tramposo como la mayoría de los colegas a los que me enfrento, pero sí soy un luchador y un superviviente. Hago mis deberes y, por suerte, soy más listo de lo que parezco.
–No estoy preocupada, se lo aseguro. Además, mañana mismo espero poder salir a celebrar el fin del caso más corto de su vida. Dígame, ¿cómo se las ingenió para jugar al béisbol y estudiar Derecho al mismo tiempo?
–Bueno -respondió Matt-, era lanzador suplente. Siempre fui bastante bueno, pero nunca destaqué. Más o menos desde mi segundo año en el
equipo, la prensa empezó a escribir que yo no era tan boyante, que los Red Sox no planeaban conservarme y que mi carrera no iba a durar un año más.
Leí tantos artículos despectivos sobre mí, que al final decidí que debía hacer algo. Así que empecé a estudiar Derecho cuando no había béisbol. Y ocho temporadas después había terminado.
–Asombroso.
–No. Todo se debió a dos patas de conejo, un amuleto egipcio de dos mil años de antigüedad y una infame cinta azul que el doctor Blankenship debe de recordar. Más una docena de otros pequeños rituales.
–¿De veras cree en esas cosas?
–Parafraseando algo que dijo Mark Twain una vez sobre Dios, elegí creer en esas cosas por si había algo de cierto en ellas.
–Un abogado supersticioso que cita a Mark Twain y jugaba al béisbol en un equipo importante -comentó Sarah-. Realmente no es usted un tipo vulgar y corriente.
–Tampoco usted -dijo Matt-. Por Dios, son casi las once. Prometí llevar a la niñera a su casa más o menos a esta hora.
–¿Niñera?
Aunque la relación entre ambos era estrictamente profesional y Sarah sabía que Matt estaba obligado por la ética a mantenerla así, la noticia de que estuviera casado la desilusionó.
–Tengo un hijo de doce años. Se llama Harry. Vive con la madre la mayor parte del año.
–Ah, entiendo.
–Bien, ¿nos encontramos mañana por la mañana en casa del señor Kwong?
–Si cree poder encontrar la dirección…
–Ya he pasado por allí con el coche. Como le he dicho, trato de hacer bien mis deberes. Ahora voy a Brookline. ¿Necesita que la lleve?
–Gracias, pero vivo en la parte norte de la ciudad y voy en bicicleta.
Además, ya ha dejado de llover y pedalear después de una tormenta es algo que me gusta mucho.
Matt le estrechó la mano. Las miradas de los dos se encontraron y, por un brevísimo instante, conectaron. Pero con la misma rapidez él desvió la mirada.
–No se preocupe -le dijo-. Nos va a ir bien.
–Lo sé. Pero una última pregunta. Antes de que usted llegara, ese abogado, Arnold Hayden, dio a entender que la mayoría de sus colegas habrían organizado una reunión preliminar como ésta en su propio despacho. ¿Por qué usted no?
Matt se puso el impermeable, sostuvo la carpeta en una mano y el paraguas en la otra.
–Bueno, la verdad es que quería causar una buena impresión… a Glenn Paris y su gente, pero sobre todo a usted. Y mi despacho actual no es justamente el más grande y opulento de la ciudad.
–Entiendo -dijo Sarah otra vez.
–Y para empeorar aún más las cosas, ese maldito socio mío, el señor Goldstein, no es capaz de mantenerlo limpio. La próxima vez le permitiré ver mi despacho. Mientras tanto, duerma un poco. Mañana nos espera un gran día.
Sarah lo observó mientras se alejaba por el pasillo hacia el ascensor.
Cualquier aprensión que hubiera sentido acerca de la reunión del día siguiente en el establecimiento de Kwong Tian Wen quedaba más que compensada por la idea de que, dentro de apenas nueve horas y media, volvería a ver a su abogado.
–¿Ya han terminado aquí?
La mujer de la limpieza llevaba más de una hora pasando pacientemente la aspiradora y quitando el polvo en el pasillo, a la espera de que se vaciara el salón Milsap.
–Ah, sí, disculpe -dijo Sarah.
–No se preocupe… Ese sí que es un hombre atractivo. Muy atractivo. –
Los ojos de la anciana chispeaban.
–¿Sabe? – dijo Sarah-. Yo estaba pensando lo mismo. Pero tengo la impresión de que usted ya se había dado cuenta.
–Bueno, querida, no lo observaba sólo a él -replicó la mujer con picardía-. También la observaba a usted.
Mientras saboreaba el aire dulce y limpio, Sarah salió del edificio médico por el campus y cruzó hasta donde tenía encadenada la bicicleta.
Estaba bastante bien iluminado y vigilado. Y aunque de vez en cuando había denuncias de mujeres acosadas durante la noche y en un caso asaltadas, Sarah no encontraba particularmente amenazador aquel amplio paseo.
Con cierta frecuencia los cuidadores fijaban carteles solicitando que las bicicletas se dejaran sólo en las áreas designadas. Pero, puesto que dichas áreas se hallaban fuera del campus, el personal y las enfermeras que debían quedarse en el hospital hasta después de oscurecer continuaban asegurando sus bicicletas a las verjas de hierro forjado que llevaban a las entradas de muchos de los edificios.
Sarah había encadenado su Fuji a una verja baja, de acero, junto a una entrada lateral del edificio de cirugía. Era un sitio adecuado que había usado a menudo sin problemas. Ahora, mientras doblaba la esquina, la impresionó la oscuridad del lugar. La luz de la entrada estaba apagada, aunque no recordaba que lo hubiera estado antes. Escrutó en la oscuridad y tanteó un paso hacia delante…, luego otro. El hombre estaba pegado contra la pared, a su izquierda.
Al percibir una presencia, Sarah se quedó inmóvil. Entornó los ojos y parpadeó, pero su visión todavía no se había adaptado lo suficiente a la oscuridad. No se oía ni un ruido. Se esforzó por oír alguna respiración o movimiento. Allí había alguien… cerca. Cambió el peso de un pie a otro, dispuesta a salir corriendo.
–Sé que está ahí. ¿Qué quiere? – se oyó decir de pronto.
Pasaron cinco segundos interminables…, diez.
–P-p-por f-fa-favor, n-no c-co-corra -tartamudeó el hombre en un susurro.
Sarah se alejó de la voz instintivamente, aunque se volvió hacia el sonido. El hombre, que ya era una silueta, salió de la protectora oscuridad.
No era mucho más alto que ella, pero sí muy delgado. Sarah apenas pudo distinguir el estrecho contorno de la cara.
–D-do-doctora B-Ba-Baldwin. La e-estoy si-si-siguiendo desde ha-hace d-días. Debo ha-hablar c-c-con…
–Sarah, ¿es usted?
Sarah se dio media vuelta. Rosa Suárez se hallaba a menos de tres metros de distancia, en un ángulo tal que podía ver a Sarah pero no al hombre. Al oír la voz de la intrusa, éste se sobresaltó. Con la cabeza gacha, pasó corriendo junto a Rosa dándole un empujón; la epidemióloga perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer al suelo.
–¡Deténgase, por favor! – gritó Sarah.
Pero el hombre ya cruzaba el césped del campus en dirección a la entrada principal. Con el pulso acelerado, Sarah se apresuró a llegar junto a Rosa.
–¿Se encuentra bien?
–Sí, creo que sí. – Rosa respiraba con dificultad mientras miraba al otro lado del campus desierto hacia donde el hombre había corrido. Se palmeó el pecho-. ¿Quién era?
–No sé. Me llamó por mí nombre y dijo que tenía que hablarme.
Cuando usted me llamó, salió corriendo.
–Qué extraño.
–Tartamudeaba terriblemente… Dijo que me seguía. Y, ahora que lo pienso, me parece haberlo notado. Conduce un coche azul extranjero…, tal vez un Honda. Por Dios, qué raro, precisamente ahora… No puedo creer que me haya quedado parada ahí, sin echar a correr. Ahora no puedo dejar de temblar.
Rosa le tomó las manos. Casi al instante el temblor comenzó a disminuir. Sarah liberó la bicicleta y lentamente, las dos mujeres caminaron juntas hacia el portón principal.
–Lamento no haber podido apoyarla en la reunión de esta noche -dijo Rosa-. ¿Cómo fue?
–Bastante bien, creo. El abogado de Lisa tiene una orden judicial para inspeccionar el establecimiento de mi herbolario mañana por la mañana y tomar muestras.
–¿Eso le preocupa?
–La verdad, me alivia. Cuanto antes controlen las muestras, antes el abogado verá que nunca pude haber sido responsable de lo que me acusa.
Rosa se detuvo y la miró. Para Sarah resultó evidente que la mujer tenía algo en mente…, algo de lo que quería hablar.
–Sarah…, me gustaría mucho que me acompañara a casa -dijo Rosa al fin-. El hostal donde me alojo queda a pocas manzanas de aquí. Me gustaría explicarle por qué preferí no exponer mis hallazgos y opiniones en la reunión.
–No hay necesidad.
–El que la hayan seguido me preocupa. Creo que lo que he descubierto podría ser muy importante, en especial si lo que acaba de ocurrirle tiene algo que ver con el caso.
–Continúe.
–Para empezar, en mi país de nacimiento, Cuba, yo era médica…
Sarah escuchó, arrobada, el esbozo conciso y elocuente de la vida de Rosa Suárez. Exiliada política de Cuba, se encontró de pronto en una serie de campos de refugiados con mínimas nociones de inglés y se dio cuenta con dolor de que nunca podría convalidar su formación ni su título de médica. Tras realizar una serie de trabajos más bien humildes, logró obtener un puesto de auxiliar administrativa en el CCE. Su esposo, poeta y educador en su país natal, trabajaba en una empresa encuadernadora de libros, donde permaneció hasta que se jubiló, pocos años antes.
En poco tiempo, la mente veloz y la experiencia médica de Rosa le merecieron un lugar como epidemióloga de campo. Entre algunos de sus éxitos se contaba el papel relevante que desempeñó en el rastreo del origen de una epidemia de la enfermedad del legionario en Filadelfia, y en el descubrimiento de la relación de un aumento de muertes por leucemia en un condado de Texas con un arroyo contaminado con desechos nucleares, hecho este último del que Sarah había oído hablar. Entonces, cuando se hallaba en la cumbre de lo que había sido una respetable carrera, Rosa fue enviada a investigar una infección bacteriana insólita que había comenzado a brotar en focos geográficos de todo San Francisco. El germen poco común había matado ya a un cierto número de pacientes debilitados y de escasa inmunidad.
Sus datos, acumulados a lo largo de casi un año, que incluían miles de entrevistas y cultivos, señalaban que los responsables directos eran los militares estadounidenses. El ejército, mantenía ella, estaba usando algo que creían era un marcador bacteriano biológicamente inactivo para poner a prueba las últimas teorías sobre guerra de gérmenes y corrientes de aire en los túneles del TRZB: el sistema de Tránsito Rápido de la Zona de la Bahía.
A causa de la delicada naturaleza de su acusación, Rosa no reveló sus hallazgos hasta estar segura de que el caso era indiscutible. Pero en alguna parte durante el proceso, había hablado del tema con la persona inadecuada.
El Congreso designó una comisión experta, compuesta por los más eminentes epidemiólogos y especialistas en enfermedades infecciosas, para validar las conclusiones de Rosa. Lo que encontraron, en cambio, fue que faltaban críticos fragmentos de datos a lo largo de toda la investigación.
Programas informáticos que había diseñado la propia Rosa funcionaban mal
o directamente no funcionaban. Los cálculos de probabilidad no lograban sostener las hipótesis. Los técnicos de laboratorio negaban haber recibido nunca especímenes que ella juraba haber enviado. Por último, y lo más vergonzoso, un experto de la comisión rastreó con toda facilidad la fuente de las bacterias hasta un vertedero situado en los límites de la ciudad. Los directores del laboratorio privado responsable del error lo admitieron enseguida. Fueron sancionados, pero poco después, según descubrió Rosa, fueron los beneficiarios de un generoso contrato con los militares.
–De modo -concluyó- que limpiaron el vertedero y, por supuesto, el índice de infección comenzó a bajar. A mí me metieron en naftalina, por así decirlo, y me asignaron esta investigación sólo porque no había nadie más disponible.
–Sabotearon su trabajo. No lo puedo creer -dijo Sarah-. Rectifico: sí que lo creo.
–Bueno, por lo menos ahora entiende por qué he mantenido cierta distancia de todas las personas involucradas en este caso, incluida usted.
–Por favor, Rosa, no se preocupe por eso. Sólo haga su trabajo.
–Mañana por la mañana vuelvo a Atlanta por un tiempo. Mi investigación todavía está en una etapa muy preliminar. Pero he descubierto algunas cosas que me inquietan, y quería advertirle.
–¿Advertirme?
–No es lo que cree -dijo Rosa, palmeándola en el brazo con gesto tranquilizador-. De hecho, hace varios días que deseo decirle que mis estudios iniciales señalan hacia algún tipo de infección, no una toxina o veneno. Pero… he sido algo reacia a hablar de mi trabajo con nadie.
Habían llegado a la entrada del viejo edificio Victoriano donde se alojaba la epidemióloga.
–¿Entonces de qué quiere advertirme?
–Sarah, usted es una persona comprensiva y responsable, un honor para su profesión. Veo el dolor que le han causado los cargos presentados contra usted. No quiero entrar en detalles todavía, pero tengo razones para creer que alguien puede estar tratando de impedirme llegar a la verdad en estos tres casos. Suponiendo que esa persona no sea usted…, y ésa es la suposición que he elegido hacer…, debe tener cuidado con quién habla y en quién confía.
–Pero…