Causas naturales

Michael Palmer · Capítulo 9 de 58

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Causas naturales

IATROGENIA: Enfermedad o lesión causada por las...

explicar por qué yo iba en contra de todo aquello en lo que mi amigo creía…

Sarah no recordaba la última vez que había compartido con alguien aquel nefasto último día con Peter. Pero Alma Young era una oyente tan maravillosa que la historia salió con sorprendente facilidad. Y aunque Sarah la contó bastante rápido, lo que llegó a decir no eran más que fragmentos de lo que recordaba-Al principio, la noche que resultó un tormento parecía mágica. Peter escuchó en silencio y con atención el relato de Sarah referente al escultor, Henry McAllister. La reacción de Peter -la que ella tanto temía- fue, en esencia: «Te dejé al mando del instituto porque eres una persona responsable. Viste lo que viste, tomaste una decisión y seguiste adelante. ¿Qué puede tener eso de malo?».

Más tarde, aquella misma noche, hicieron el amor: un amor ardiente, apasionado, como había sido al principio.

Peter había salido airoso de la prueba… por ella y por la difícil relación de ambos. Sarah sabía que para él no era fácil, pues honestamente creía que la medicina occidental tradicional se había perdido tanto en la ciencia, la farmacología competitiva y la tecnología deshumanizante, que en general hacía más mal que bien. De hecho, sobre su escritorio había una placa en la que estaba grabada esta leyenda:

IATROGENIA: Enfermedad o lesión

causada por las palabras o acciones de

un médico.

Y en aquel momento se le presentaba la ocasión de desestimar el juicio de Sarah, de imponerle una vez más sus famosas opiniones sobre los médicos y sus métodos. Y no lo había hecho.

Como Peter, Sarah comprendía el milagroso potencial de la relación entre curandero y paciente. Ella tenía gran fe en el poder de los métodos holísticos para diagnosticar y tratar. Pero, al contrario que él, nunca había considerado la medicina tradicional como un último -o nulo- recurso.

Después de todo, en una ocasión había sobrevivido a un apéndice perforado gracias a que la llevaron a un hospital militar estadounidense y le practicaron una operación de urgencia.

Peter tenía cuarenta años, doce más que ella. Esa diferencia de edad, junto con su tamaño imponente -medía un metro noventa-, su enorme

energía y sus éxitos profesionales, convertía en un desafío casi imposible que Sarah no cediera su terreno en la relación. Pero al fin Peter había elegido escuchar en lugar de reaccionar, comprender que su manera de hacer las cosas podía no ser la única.

Al día siguiente se tomaron la mañana libre y pasaron buena parte del día haciendo el amor. Para cuando Sarah llegó al instituto, dispuesta a atender a los pacientes de la tarde, se sentía más centrada y positiva respecto a su vida, como no se había sentido en mucho tiempo.

A las tres, sin embargo, comenzó a preguntarse por qué no había tenido noticias del neurólogo del White Memorial. Ya debía de haber completado al menos parte de la evaluación de Henry McAllister. Si las observaciones de Sarah respecto de los problemas motores del artista eran correctas, se imponía hacerle un escáner de urgencia y otras pruebas. El médico había prometido llamar a Sarah en cuanto tuviera algo de qué informarle.

Las tres y media…, las cuatro…, las cuatro y media…

Volvió a mirar la hora una y otra vez mientras atendía a los pacientes.

Por último, después de que se hubo ido el último, llamó al White Memorial.

–Señorita Baldwin, supuse que ya lo sabía -dijo el neurólogo,

–¿Saber qué? – Sintió una súbita y desagradable tensión en la garganta.

–Cuando llegué a la oficina esta mañana, en mi contestador automático había un mensaje del señor McAllister. Me llamó… eh… a las diez de la noche para decir que había hablado con su consejero médico y que cancelaba la cita conmigo. Pensé que el consejero médico era usted.

–No -dijo ella-. No, creo que se refería a otra persona. Gracias, doctor.

–Bueno, lamento no haber podido ser de mayor ayuda…

Sarah ya había colgado. Avanzó por el vestíbulo hasta la oficina de Peter. Estaba reclinado en el sillón, con los pies en la mesa.

–Peter, ¿por qué no me dijiste anoche que habías llamado a Henry McAllister?

–No creí que fuera importante.

–¿Importante? Casi se me forma una úlcera por preocuparme por él.

–Bueno, ahora ya no tienes de qué preocuparte. – Bajó los pies al suelo.

–Pero me dijiste que yo había hecho lo correcto.

–Y así fue. Lo correcto para ti. Pero no necesariamente para Henry.

–¿Cómo lo sabes? ¿Cómo pudiste decirle que cancelara esa cita sin ver al médico siquiera?

–En primer lugar, no creo que un médico sea capaz de hacer nada que nuestra gente no pueda hacer igual o mejor. Eso lo sabes. Segundo, yo no le dije que cancelara la cita, sino que debía usar su juicio y que, decidiera lo que decidiese, yo lo atendería al día siguiente. Sólo tenía que llamarme y pedir una cita.

–¿Y te llamó? – Sentía que el pulso le latía en las sienes; las mejillas le ardían. Quería saltar sobre el escritorio de Peter y arrancarle a golpes la expresión de seguridad de su cara-. ¿Y? ¿Llamó?

El gesto de Peter se tornó más crispado.

–Yo… Creo que, con toda la excitación que ha habido hoy aquí, no me he dado cuenta. – Echó un vistazo a sus mensajes y llamó a la recepcionista-. Parece que no sintió la necesidad de llamar -dijo después de colgar.

–Peter, eres un hijo de puta. ¿Lo sabías?

Dio media vuelta y volvió casi corriendo a su oficina.

–Eh, tranquila, pequeña -gritó él-. Tranquila.

El historial clínico de Henry McAlíister estaba sobre el escritorio de Sarah. Llamó al número del paciente y esperó mientras el teléfono sonaba doce veces o más. Luego marcó el 911. Si estaba equivocada, quedaría como una tonta. Pero no podía dejar las cosas así. Por primera vez en tres años, sentía que reaccionaba a un desafío como Sarah Baidwin, no como la servidora de Peter Ettinger.

Peter salía de su oficina cuando ella pasó a la carrera a su lado, bajó las escaleras y salió del instituto. Él la llamó, pero Sarah ni siquiera miró atrás.

McAlíister vivía en el desván de una casa del South End, a unas diez manzanas de distancia. Sarah pensó un instante mientras buscaba un taxi.

Luego apretó los dientes, cerró los puños y echó a correr…

–¿Y? – preguntó Alma.

–¿Cómo?

–¿Qué le pasó al escultor? ¡No puedes dejarme con la intriga!

–Ah, disculpa -dijo Sarah, insegura de cuántos de sus pensamientos había compartido-. Bien, en aquella situación, si hubiera aceptado que lo que había hecho era todo cuanto podía hacer, tal vez el hombre hubiera muerto. La policía acabó irrumpiendo en el piso. Lo encontramos inconsciente, en el suelo. Dos horas después estaba en un quirófano del White Memorial. Tenía una enfermedad maligna de crecimiento lento, un

meningioma, en el lado derecho del cerebro. Y, como ocurre a veces, el tumor había comenzado a sangrar, de modo que la presión crecía dentro del cráneo.

–Gracias a Dios que lo encontraste a tiempo. – Alma contuvo el aliento, sinceramente aliviada al saber el destino del hombre cuya crisis había ocurrido siete años antes.

Sarah sonrió ante la reacción de la enfermera.

–Me permitieron quedarme en el quirófano para observar cómo sacaban el tumor. Ahí fue cuando decidí que quería ser cirujana de alguna especialidad. Y al fin elegí Obstetricia y Ginecología.

–¿Y el otro hombre? ¿Tu… eh… amigo?

Sarah se encogió de hombros.

–Al día siguiente me mudé, y desde entonces no hemos vuelto a hablarnos.

–Qué historia.

–Y ésa es parte de la razón de que nunca me sienta cómoda si no hago todo lo posible por un paciente.

–Tal vez. Pero insisto en que te sentirás mejor cuando aceptes que sólo eres humana. Hoy los médicos tienen capacidades notables, pero no son dioses. Nunca lo fueron, nunca lo serán. Si no logras entender que, pese a tus mayores esfuerzos, algunas pacientes van a perder el hijo, o un brazo, o las dos cosas, o algo peor, tarde o temprano esta profesión te va a comer viva.

–Comprendo.

–¿De veras?

–Sí.

Alma Young se le acercó y le dio un abrazo reconfortante.

–En ese caso, doctora Baldwin, no quiero verte castigándote porque una afección horrible con la que no tuviste nada que ver se llevó el brazo y el hijo de la chica. Quiero oírte hablar a los cuatro vientos sobre lo que hiciste ayer para salvarle la vida. Fue algo grande, muy grande, para este hospital.

Y todos los que quieren al CMB se pondrán de tu lado. ¿Entiendes?

Sarah esbozó una sonrisa.

–Aja-dijo.

Las puertas de la UTIC se abrieron y un auxiliar y una enfermera entraron con la camilla en la que iba Lisa. Andrew Truscott llegó unos

minutos más tarde. La noche que acababa de pasar en la sala de operaciones se notaba en las débiles sombras que circundaban sus ojos, pero nadie habría adivinado que hacía ya dos días enteros que no dormía. Aquél era un fenómeno que Sarah había observado también en ella. A cada año de práctica quirúrgica que pasaba, la privación de sueño surtía menos efectos biológicos… al menos por lo que a ella se refería.

–¿Cómo está? – preguntó.

–Estas amputaciones no son de las operaciones más elegantes. Lamento que no haya habido otra alternativa.

–También yo. Pero apuesto a que a partir de ahora a Lisa le va a ir bien.

–Bueno, ¿qué esperabas? La curaste con esas espléndidas agujas tuyas.

–Tonterías. – Como le solía ocurrir a menudo, Sarah no sabía con certeza si el tono sarcástico de Andrew reflejaba o no su verdadera opinión.

–Sarah, doctor Truscott -los llamó Alma Young-, ¿podrían ayudarme a cambiar de lugar a esta chica?

–Ya voy -respondió Sarah.

–Magnífico -dijo Truscott-, porque yo debo atender una consulta. ¿Por qué no nos encontramos en la cafetería dentro de una hora? Tengo algunas preguntas que hacerte sobre el espectáculo de magia de ayer. Alma, las órdenes postoperatorias para nuestra joven paciente están bajo el colchón.

La doctora Músculos, aquí presente, la asistirá enseguida.

Con ayuda de Sarah, Lisa fue trasladada de la camilla a la cama 8.

Luego Sarah se hizo a un lado mientras Alma y otra enfermera conectaban

con rapidez las bombas de infusión intravenosa, el monitor cardíaco y el catéter urinario.

–Es toda tuya -dijo Alma-. Para la chica será largo y difícil, sobre todo sin dinero ni apoyo familiar.

–Le conseguiré servicios sociales lo antes posible.

–Deberías considerar también una consulta psicológica. No ha hablado una palabra con nadie desde que se enteró de la muerte del niño.

–Lo sé. Gracias, Alma. Es una excelente sugerencia.

Se acercó a la cama. Lisa permanecía inmóvil, con la vista fija en el techo. Los labios, aún manchados por algunos puntos de sangre seca, estaban agrietados e hinchados. El brazo derecho, cortado y vendado, sobresalía por debajo de la sábana almidonada. Mientras hablaba, Sarah examinó la zona de la cesárea. Lisa no reaccionó en ningún momento.

–Hola, Lisa, bienvenida a la UTIC… ¿Te duele mucho? Bueno, avisa a las enfermeras si te duele. No tienes obligación de hablar conmigo ni con nadie más hasta que lo desees… Por ahora te diré algunas cosas y después me iré. La hemorragia y los problemas de coagulación han desaparecido.

Eso significa que no habrá más transfusiones… -Sarah buscó alguna chispa de comprensión en los ojos de la mujer, pero no vio ninguna-. Lisa -

prosiguió por fin-, ya sabes que sentimos mucho lo que te ha pasado a ti y… -respiró hondo para calmarse-… y a Brian. Vamos a hacer todo lo que podamos para ayudarte y averiguar por qué ocurrió. Por favor, sé fuerte…

Sarah esperó unos segundos. Como no hubo reacción, rozó la mejilla de Lisa con el dorso de la mano.

–Volveré a verte más tarde.

Se giró para marcharse, pensando que en algún lugar tenía que haber una explicación para todo aquello. Dos casos muy similares en un único hospital en sólo unos meses. En alguna parte había una respuesta. Y se prometió a sí misma que haría cualquier cosa por encontrarla.

Echó un último vistazo a la joven artista que yacía en la habitación ocho y trató, con poco éxito, de imaginar cómo sería el soportar una tragedia tan repentina e inexplicable. Luego salió de la UTIC. Faltaban cuarenta y cinco minutos para verse con Andrew, y tenía una docena de pacientes que ver en el turno de la mañana.

-¿Adonde vas?

-A dar una vuelta.

-Nunca he aceptado esa evasiva por respuesta y esta noche no va a ser diferente.

-Papá, tengo dieciocho años. Las otras chicas no…

-Tú no eres como las otras chicas. Se supone que no eres como las otras chicas.

-Pero…

-Eres una adolescente de dieciocho años que juega al polo, va de vacaciones a Europa e irá a Harvard en otoño. Y, sobre todo, tienes un fondo de fideicomiso de veintidós millones de dólares esperando que cumplas veinticinco años. Eso no es ser como las otras chicas, y nunca lo será. Ahora, ¿adonde vas esta noche?

-Papá, por favor…

-¿Con quién? ¿Saldrás con ese… imbécil y vividor de Chuck, que tú crees que te quiere por tu espíritu y tu alma? Lo eligieron el muchacho más guapo del instituto, y espera ganarse la vida como modelo y ni siquiera piensa en ir a la universidad. ¿Alguna vez te has parado a pensar por qué un muchacho así de pronto se siente atraído por una chica de la academia Stanhope que no sólo no tiene nada en común con él sino que además le sobran veinte kilos de peso?

-Papá, por favor, para.

-No lo haré. Estas son cosas que debes oír. Cosas que tienes que saber.

Tu maravilloso Chuck es una escoria. Pasa, casi todas las noches, cuando no te las ingenias para salir con él a escondidas, con una animadora llamada Marcie Kunkle. Las fotos de la feliz pareja que hizo el hombre que contraté están arriba, en mi escritorio. ¿Te gustaría verlas?

-¿Has hecho que lo siguieran?

-Por supuesto. Soy tu padre. Es mi deber protegerte hasta que tengas la sensatez y la experiencia suficientes como para poder protegerte tú sola.

-¿ Cómo has podido…?

-Querida, escucha. Ya sabes que te quiero. A ese tipo le interesa una sola cosa. El dinero. Ese es el nombre del juego. Y cuanto antes te enteres, mejor. Eres quien eres. Y la única manera de que alguna vez tengas la certeza de que un hombre te quiere de verdad será cuando él tenga más dinero que tú.

-Hijo de puta.

-¡No te atrevas a hablarme de ese modo!