Causas naturales

Michael Palmer · Capítulo 32 de 58

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Causas naturales

Capítulo 25

y mucho menos recibir una disculpa por su parte. Ahora, aquello. Matt la miraba con curiosidad.

No había ninguna razón para creer a Andrew Truscott y sin embargo a Sarah no se le ocurría ninguna segunda intención con sentido. Si lo que Andrew acababa de decirle era cierto, y ellos podían demostrarlo, todo estaba a punto de cambiar para mejor.

–Dice que llamaba desde un restaurante del barrio chino y que el hombre que cambió las hierbas en el negocio de Kwong estaba en el reservado de al lado, hablando de lo que hizo. Quiere que me reúna con él dentro de tres cuartos de hora. ¿Vienes?

–Por supuesto. ¿Le crees?

–¿Acaso importa? Quiero terminar, Matt. No sabes cuánto deseo terminar con esto.

La rodeó con los brazos y la estrechó con fuerza.

–También yo -dijo.

Capítulo 25

–En este lugar deben de servir una comida increíble -dijo Matt-, porque seguro que no permanece abierto por la belleza del local.

El elemento decorativo más cabal del Szechuan Terrace era el plástico.

Lámparas de plástico en el techo; manteles de plástico sobre las mesas; paisajes chinos en bajorrelieves de plástico en las paredes. Incluso los reservados, también de alguna especie de vinilo rojo, estaban separados por cortinas de plástico.

Sarah y Matt habían ido caminando hasta el barrio chino. El aire había refrescado de manera considerable y se veían relámpagos hacia el este. Pero la brisa era agradable y la ciudad vibraba.

–¿Crees que se puede valorar la calidad de un restaurante chino por el número de chinos que allí coman? – susurró Sarah.

–Por supuesto. ¿No cree eso todo el mundo?

–Yo solía creerlo, antes de pasar tantos años en el Extremo Oriente.

Resulta que debe de haber tantos asiáticos afectos a la mala comida china como estadounidenses a la mala comida occidental. Es sólo una cuestión de tiempo hasta que alguien abra un McChino en Beijing.

Matt tomó asiento junto a la larga barra de caoba mientras Sarah vagaba con aire indiferente más allá de los reservados y volvía.

–Andrew no está -dijo al tiempo que se sentaba en un taburete de la barra, cubierto de vinilo, junto a Matt.

–Por la descripción que me has dado de ese Truscott, este cambio repentino es muy extraño.

–En realidad, no. Andrew sabe que yo podría haberle causado un gran problema en el hospital, y no lo hice. También me di cuenta de un resultado anormal de laboratorio que él había pasado por alto. Además, Matt, ¿qué elección tenemos? Ese Tommy Sze-to podría ser la clave de todo.

A las diez menos diez Sarah se aproximó al cajero. El hombre hizo unas preguntas a los camareros y luego le informó que nadie que coincidiese con la descripción de Andrew había estado en el restaurante. No obstante, agregó, la noche había sido muy movida. Hubo una chispa extraña en los ojos del hombre al oír mencionar el nombre de Tommy Sze-to, pero negó conocerlo.

–Aquí nadie recuerda a Andrew -le susurró Sarah a Matt-. Pero creo que el tipo sabe quién es Sze-to. Dice que no, aunque su expresión indica lo contrario.

–Pero ¿dónde diablos está Andrew?

–No lo sé, pero tengo una sensación inquietante aquí mismo, debajo del esternón. Esperemos diez minutos más.

–Tengo una idea mejor.

Matt fue al teléfono público que había junto a la entrada y consultó la guía. Sarah notó que, desde donde se hallaba situado el teléfono, Andrew habría podido ver cuándo Sze-to se iba de casi cualquiera de los reservados.

La intuición le indicaba que Truscott había oído con claridad la conversación que le había mencionado. «Pero si es así -se preguntó, intranquila-, ¿dónde está ahora?»

–S-z-e guión t-o… ¿Es así como se escribe el apellido del tipo? –

preguntó Matt cuando volvió a la barra.

–Eso es lo que dijo Andrew.

–Bueno, hay algunos Sze-to en la guía, pero ningún Tommy.

–No me sorprende.

–Pero hay un tipo que conozco del barrio chino… Benny Hsing. Y

Benny Hsing sí figura en la guía.

–¿Y?

–Benny fue encargado de los vestuarios de los Sox, hasta que lo despidieron. Siempre se metía en los asuntos de todos, y siempre contaba los asuntos de todos al resto de la gente. Si este Sze-to es algo más que un producto de la imaginación de Truscott, Benny debe de conocerlo.

–¿Dónde vive?

–En la calle Regal. Cerca de aquí.

–¿Y hablará contigo?

–Podría ser. La verdad es que yo le caía simpático. Por un lado, mi vida era tan aburrida que nunca me ocasionó problemas desparramando chismes sobre mí. Nadie habría creído que yo andaba en nada fuera de lo común, así que nunca se molestó en decirlo. Por otro lado, cuando Steve Matz lo acusó de robarle la cadena de oro y consiguió que lo despidieran, yo traté de señalar que, legalmente, sin testigos, Matz no podía acusarlo.

–¿Entonces por qué echaron a Benny?

–Bueno, en aquel entonces yo estaba apenas en segundo año de Derecho y no era muy astuto. Y además, Matz era un excelente jugador. Mientras siguiera tirando como tiraba, podía hacer despedir a cualquiera.

–¿Deberíamos llamar a este Benny antes de ir a verlo?

–A Benny nunca le gustó pasar un mal momento. Creo que si nos presentamos en la puerta de su casa, le costará más poner una excusa para no ayudarnos.

A las diez se marcharon del restaurante. Pero antes Sarah llamó a casa de Andrew. Conocía a la esposa de Truscott, Claire, a quien había visto varias veces; siempre le había parecido agradable aunque terriblemente tímida. Nunca la había considerado una pareja adecuada para el tipo ostentoso y mordaz que tenía por marido.

–Yo…, eh…, creí que tal vez lo sabías -dijo Claire-. Como tú y Andrew sois amigos…

–¿Saber qué?

–Estamos separados. Andrew se fue hace unas seis semanas. Vive en un apartamento, no muy lejos del hospital. Tengo su número de teléfono, si lo quieres.

–Claire, lo lamento mucho.

–Gracias. Pero no me va mal. De todos modos, en los últimos años era como si él estuviera casado con el hospital. Y ahora me ha dicho que ha

estado saliendo con otra mujer durante un tiempo. No me dijo quién. Lo creas o no, la verdad es que pensé que tal vez fueras tú.

–En absoluto, Claire. De hecho, Andrew y yo hace semanas que no nos hablamos.

Sarah anotó el nuevo número de Andrew e intentó comunicarse con él antes de volver con Matt. No contestó nadie.

La calle Regal no quedaba lejos de lo que seguía siendo la Zona de Combate, que en otros tiempos fuera la zona favorita de las prostitutas de Boston. Recorrieron a pie las tres manzanas y media bajo la suave lluvia y el retumbar lejano de los truenos. El domicilio de Benny Hsing era un edificio de ladrillo, nada atractivo, que apestaba a orina en la entrada, donde destacaba una columna de timbres, demasiados para el tamaño del edificio.

El nombre de Benny estaba junto a uno de los botones. Tocaron dos veces; el hombre apareció en lo alto de las escaleras del vestíbulo, los miró con atención y se apresuró a abrir la puerta.

–¡El Gato! – exclamó-. Qué alegría me da verte. – Su manera de hablar, rápida e inconexa, contrastaba mucho con el acento lento de Matt.

–Hola, Benny. ¿Cómo te va? – le saludó Matt-. Benny, ésta es Sarah Baldwin. ¿Dispones de un minuto?

–¿Para ti? ¿Para el Gato Negro? Por supuesto, por supuesto. Ven. Subid.

Era un hombre barrigudo, calvo, con la dentadura estropeada y una sonrisa falsa. La camiseta y los pantalones que llevaba estaban sucios; olía a tabaco, sudor y cerveza. Sarah reconoció que podía haber cambiado desde que trabajara para los Red Sox, pero, tal como estaban las cosas, no tuvo que hacer un gran esfuerzo para imaginarse a Benny Hsing robándole a alguien la cadena de oro.

–Mi esposa duerme -dijo Benny, señalando la puerta del dormitorio. Les indicó un sofá cubierto con una manta marrón del ejército-. ¿Os sirvo algo?

¿Una cerveza? ¿Una gaseosa? Por Dios, Gato, qué coincidencia. Hace un rato estaba viendo a los Sox contra Detroit, y pensé en ti…; ya sabes, en los viejos tiempos. Este hombre era un lanzador de mil demonios, señorita. Un lanzador de mil demonios.

–Eso me han dicho -repuso Sarah.

–Y muy listo. Le aseguro, señorita, que ya no los hay tan listos. Ahora eres abogado, ¿eh, Gato?

–Sí. Benny, necesitamos tu ayuda -dijo Matt.

–¿Mi ayuda?

–Estamos buscando a alguien. Un hombre llamado Sze-to. Tommy Sze-to.

Benny se dio media vuelta y señaló a Sarah con un dedo nudoso.

–¡La doctora! Ahora sé quién es usted. La doctora de Kwong Tian Wen.

Por Dios, discúlpeme por decírselo, señorita, pero es mucho más guapa que esa foto suya que salió en los periódicos.

–Gracias -respondió Sarah, incómoda.

–Kwong afirma que alguien le tendió una trampa -dijo Matt-. Jura que alguien cambió de lugar las hierbas en la tienda y luego sacó el opio del sótano y lo plantó en el estante. ¿Has oído algo de eso?

–¡El Gato Negro Daniels, aquí, en mi propia casa! Estoy en deuda contigo, Gato. Tú fuiste el único que me defendió contra ese bastardo de Matz. El único. Desde que me despidieron, las cosas han sido difíciles para mí, Gato. Muy difíciles.

Indicó con un gesto el pequeño apartamento. Matt respondió sacando la billetera y depositando dos billetes de veinte en la mesa baja.

–Es importante, Benny -dijo.

Benny echó un vistazo al dinero con aire despectivo.

–No sé mucho -dijo-. Nada, en realidad.

–Benny, es todo el dinero que tengo. Créeme. Eh, espera, escucha. –

Volvió a meter la mano en la billetera y sacó las dos entradas; las tomó como si fueran de un cristal precioso-. Aquí tengo dos asientos de palco, en primera fila, para ver el partido de los Sox contra los Orioles la semana que viene. Dinos lo que necesitamos saber sobre Tommy Sze-to y serán tuyas, además de los cuarenta dólares.

Sarah comenzó a protestar de que Ricky tuviera que pagar semejante precio por su culpa, pero Matt la detuvo con una mirada rápida. Benny miró las entradas con avidez.

–¿Sabes cuánto hace que no voy a un partido?

–La semana próxima estarás ahí, Benny. Sólo dinos lo que sepas sobre Sze-to y dónde podemos encontrarlo.

–Lo que sé no son más que rumores, Gato. Sólo rumores. Sze-to no es buen tipo. Para nada. Si se entera de que he hablado con alguien, vende mi cuerpo a trozos. Es tong. ¿Sabes lo que quiero decir?

–Que forma parte de una banda, ¿no?

–Los tong son más peligrosos que cualquier banda, Gato. Las bandas comunes operan por aquí sólo si los tong se lo permiten.

–Sigue.

–Se dice…, sólo son rumores, recuerda…, que Sze-to ganó mucha pasta por hacer lo que hizo en lo de Kwong. Muchísima pasta.

–Lo sabía -susurró Matt.

–¿Quién le pagó? – preguntó Sarah, a un tiempo azorada y asustada.

Benny Hsing se encogió de hombros y negó con la cabeza.

–¿Dónde podemos encontrarlo? – quiso saber Matt.

–El va y viene. Viaja mucho a Nueva York. Ya sabes, donde entran los barcos. Aquí está o bien con alguna mujer o, más a menudo, jugando al póquer en casa de Maurice Fang.

Benny echó otro vistazo al dinero y las entradas, pero Matt no hizo ademán de dárselos.

–¿Dónde vive ese Maurice Fang?

–Por favor, Gato. Si Sze-to se entera de que te he dicho algo, soy hombre muerto.

–No se enterará de nada. ¿Dónde queda?

Benny vaciló, luego garabateó una dirección en el reverso de un sobre.

–Segundo piso. Puerta verde. Hay partida de póquer todas las noches, hasta las cinco de la madrugada. Empieza a eso de las diez. Maurice no es malo, pero es el compañero de Sze-to. Sze-to es una serpiente. Debéis tener cuidado.

–Lo tendremos. ¿Cómo reconoceremos a Sze-to?

Benny trazó una línea imaginaria desde debajo del ojo hasta la comisura de la boca.

–Tiene una cicatriz enorme -dijo-. De cuchillo, creo.

Matt dejó el dinero y las entradas. Benny las arrebató. Luego entró corriendo en el dormitorio y volvió con una pelota de béisbol.

–Toma, Gato -le dijo-. Has sido bueno conmigo. Antes y ahora. Ésta es la pelota que lanzaste en el partido contra Toronto. ¿Recuerdas? He estado a punto de venderla media docena de veces, pero siempre me digo: «No. Ésta es la pelota del Gato y algún día tendré oportunidad de dársela».

–Muy amable, Benny. Gracias.

Matt lanzó la pelota al aire un par de veces y luego se la guardó en el bolsillo de la chaqueta.

–Debéis tener mucho cuidado con él -repitió Benny-. Cuidaos, y no nombréis a Benny Hsing. Buena suerte, señorita.

Sarah le dio las gracias y precedió a Matt por las escaleras mal iluminadas hasta el fétido vestíbulo de entrada. Del otro lado de la puerta de vidrio la lluvia era ya más intensa e iba acompañada de ventisca.

–Vayamos a ese bar de la esquina a planear lo que haremos a continuación -propuso Matt.

Sarah señaló el lugar con un gesto y se tapó la nariz.

–Cualquier cosa, con tal de salir de aquí… Qué detalle ha tenido Benny,

¿no crees?

–¿Por qué?

–Por darte la pelota.

–Sí -repuso Matt-. Muy bueno, si no fuera porque la pelota del partido de Toronto la tengo en mi escritorio.

La lluvia continuaba persistente, aunque ya no con tanta fuerza.

Después de tomar un café acompañado por pastel de manzana, Sarah y Matt se marcharon del pequeño bar y fueron corriendo de umbral en umbral hasta un cajero automático de un Banco de Boston. Habían considerado y rechazado todas las opciones que se les ocurrieron, y por último volvieron a la primera: encontrar a Tommy Sze-to y, de algún modo, obligarlo a revelar quién lo había contratado y por qué. Recurrirían a lo que fuera necesario: ruegos, sobornos, amenazas…; incluso, si hacía falta, retorcerle el brazo.

Sarah ya no abrigaba ninguna duda de que alguien había contratado a Tommy Sze-to para cambiar las hierbas en la tienda de Kwong Tian Wen.

Había alguien que quería ver al viejo arruinado o destruida la carrera de Sarah. Posiblemente las dos cosas. Pero las probabilidades de obligar a un matón como Sze-to a permanecer cerca de Boston el tiempo suficiente para interrogarlo a través de las vías legales eran pocas…, casi las mismas que las de despertar el interés de esas vías legales en todo el asunto. En realidad no existía ninguna opción buena. Tenían que encontrar a Sze-to antes de que él se enterara de que lo buscaban y desapareciera. Era así de simple.

El cajero automático se negaba a dar más de 250 dólares, pero Matt sacó todo lo que pudo. Llegaron corriendo y empapados a la dirección que Benny les había dado, donde se desarrollaba la partida de póquer de Maurice Fang, que duraba toda la noche. Aunque sin formular, la pregunta

de qué podría haberle pasado a Andrew Truscott continuaba royéndolos a ambos.

El plan -lo poco que había de él- era actuar como si tuvieran que tratar un asunto legal con Sze-to, tal vez alguna deuda por pagar.

–¿Y si no muerde el anzuelo? – preguntó Sarah.

–Entonces pasamos al plan B, sea cual sea. Al final, todo se reducirá a ver quién es más fuerte.

–O está mejor armado…

El deteriorado edificio de tres pisos estaba en una calleja a una manzana de la tienda de Kwong. La puerta de la calle daba a un vestíbulo repleto de correspondencia publicitaria, no mejor alumbrado que el de la calle Regal.

La puerta color verde aguacate, pintada con esmalte, se hallaba al final del primer tramo de escaleras. A Sarah y Matt les llegaba música de cuerdas y la voz de una mujer que cantaba al otro lado.

–Sólo recuerda dar la impresión de saber lo que haces -susurró Matt antes de llamar.

La puerta se abrió un centímetro, apenas lo suficiente para ver el perfil de una cara y un solo ojo legañoso. La música, ahora más fuerte, era en chino, y resultaba evidente que se trataba de una grabación.

–¿Qué quieren?

La voz era áspera e impaciente.

–Me llamo Matt Daniels. – Sacó una tarjeta comercial y al instante la guardó-. Soy abogado de Hannigan, Daniels y Chung. Si usted es Maurice Fang, necesito hablarle.

–¿Sobre qué?

–Sobre el dinero que se le debe a uno de mis clientes. Mucho dinero.

Señor Fang… Estoy al tanto de la partida de cartas que se desarrolla allá atrás, y no me importa lo más mínimo. Pero no me gusta hablar de negocios en el pasillo. Ahora, por favor, ¿podemos entrar? Es muy tarde y me gustaría acabar con este asunto e irme a casa.

Fuera del alcance de la vista, Sarah movía la cabeza, impresionada con la actuación de Matt. Tras una vacilación momentánea, la cadena de seguridad de la puerta fue descorrida y la puerta color aguacate se abrió. El apartamento de Maurice Fang estaba considerablemente mejor amueblado que el de Benny Hsing, pero también había allí mucho más humo. Una ligera nube salía flotando de una habitación que daba al vestíbulo.

–¿Qué es lo que buscan? – preguntó Fang.

Era un hombre flaco y alto, de tal vez unos sesenta años; llevaba una camisa negra y una corbata blanca, lisa. De inmediato Matt se movió de manera que quedó entre Fang y la habitación llena de humo.

–Como ya le he dicho, soy abogado. Ésta es mi socia, la señorita Sharp.

Estamos tratando de encontrar a un hombre llamado Sze-to. Tommy. Me han autorizado a pagar hasta cincuenta dólares por la información que me ayude a encontrarlo. Hemos estado buscándolo todo el día, hasta que al fin alguien sugirió que intentáramos aquí.

–¿Quién?

–Señor Fang, soy abogado. Todo lo que se me dice tiene carácter confidencial. De ese modo nadie tiene de qué preocuparse. Incluido usted.

–Veamos los cincuenta -dijo Maurice Fang.

Tomó los billetes y ordenó a Matt y Sarah que esperaran en la sala. Pasó por su lado y entró en el cuarto de juego.

Matt permaneció donde estaba. Sarah se le acercó. Al cabo de un minuto, Fang regresó y devolvió los cincuenta.

–Nadie sabe dónde está Sze-to -se excusó-. ¡Eh! ¡Espere un minuto!

Matt se dirigía a la puerta del cuarto de juego.

–Quiero preguntar personalmente -dijo-. Hemos trabajado todo el día.

Sarah fue tras él y pudo ver de inmediato que uno de los seis chinos que jugaban a las cartas y fumaban era Tommy Sze-to. Era pálido y menudo, con rasgos simiescos, bigote fino como un lápiz y una cicatriz impresionante que le atravesaba la cara tal como la había descrito Benny.

Maurice Fang trató de apartar a Matt de la habitación, pero el abogado se soltó con facilidad.

–No sé si alguno de ustedes es el señor Tommy Sze-to -mintió-, pero necesito hablar con él sobre una suma de dinero… Mucho dinero.

Los hombres sentados a la mesa se quedaron mirándolo. Nadie se movió.

–¿Ve? – protestó Fang-. ¿Ve? ¡Ahora, vayase ahora mismo de aquí!

Matt miró de reojo a Sarah. Ambos sabían que tal vez nunca se les presentara una segunda oportunidad. Era evidente que Sze-to no se tragaba la historia de Matt.

–Creo que optaremos por el plan B -susurró Matt por encima del hombro.

Observó la habitación un momento y dio un paso adelante para estrechar la mano derecha de Tommy Sze-to.

–Mucho gusto, señor Sze-to. Mucho gusto -le dijo con efusividad.

Rápidamente, antes de que Sze-to pudiera reaccionar, Matt lo hizo poner de pie de un tirón, le retorció la mano derecha a la espalda y le enganchó el brazo izquierdo alrededor del cuello.

–¿Qué carajo…? – gorgoteó el oriental.

–No voy a hacerte daño, Tommy -lo tranquilizó Matt tras llevarlo al estrecho pasillo-, pero necesitamos hablar. – Lo agarró con más fuerza-.

¿Entiendes?

Sze-to asintió. Matt mantuvo firme el apretón y dio la vuelta al hombre para que viera a Sarah.

–¿Sabes quién es ella? – preguntó-. ¿Lo sabes?

Sze-to se resistió un instante, pero enseguida se rindió. Era por lo menos quince centímetros más bajo que Matt y veinticinco kilos más delgado.

–Suélteme -logró decir.

–¿Sabes quién es ella?

–Sí.

–¿Y sabes por qué estamos aquí?

–Sí. Sí. Suélteme.

Matt aflojó el brazo. Con súbita y sorprendente velocidad, Sze-to dio la vuelta a la mano libre, golpeó a Matt en la cara y lo pateó con fuerza en la ingle. Matt gruñó de dolor y retrocedió pesadamente contra la pared. Sze-to hizo ademán de seguir peleando, pero Matt ya había recuperado el equilibrio. Tras una brevísima vacilación, el matón gritó algo en chino a Maurice Fang, corrió hacia la ventana que había al fondo del vestíbulo, saltó y se escabulló por la salida de incendios. Matt, con los ojos vidriosos y la comisura de la boca sangrando, fue tras él; Sarah lo siguió. Vieron que Sze-to desaparecía por el andamio de la escalera. Luego lo oyeron gritar de dolor desde el callejón.

–Se ha hecho daño -dijo Matt, mirando en la oscuridad barrida por la lluvia a través de lo que quedaba de la ventana-. Podemos atraparlo.

Sin esperar a que Sarah respondiera, salió al resbaladizo andamio de metal. En unos segundos se hallaba junto a él.

–¡Maldito seas, loco desgraciado! – oyeron que gritaba Maurice Fang.

Sze-to, al parecer incapaz de desplegar la escalerilla, había saltado. Se hallaba a unos veinte metros de distancia y avanzaba cojeando bajo el chaparrón hacia otro callejón.

–Debemos apresurarnos -dijo Matt; se arrodilló y desplegó la escalera.

–¿Estás bien? – preguntó Sarah mientras bajaban al callejón enfangado y mal pavimentado.

–¡Ahora no importa! – respondió Matt-. Vamos.

Sarán bajó por la escalera dando traspiés y salió corriendo tras Matt, tropezando en los charcos de barro. Lo alcanzó en la esquina del callejón siguiente que estaba flanqueado por cubos de basura y cajas de cartón desbordadas. Ninguna de las farolas funcionaba. Trataron de distinguir algo en medio de la oscuridad y la lluvia, pero no vieron a nadie.

–¿Qué le gritó Sze-to a Maurice allá arriba? – preguntó Matt, al tiempo que daba unos pasos vacilantes por el callejón-. ¿Lograste entenderlo?

–No estoy segura. «Llama a Guo Ming» o algo así.

Avanzaron con cautela. Más adelante encontraron muchos lugares donde Tommy Sze-to podría estar escondido, tal vez esperando tenderles una emboscada. De pronto un brillante relámpago inundó de luz el callejón.

Unos instantes después estalló el trueno. Luego, otro relámpago.

–¡Allá! – gritó Matt señalando al frente.

Sze-to era una sombra que se deslizaba junto a los edificios, en dirección al otro extremo de la callejuela. En el momento en que oyó la voz de Matt, se escabulló. Corrieron tras él, atravesaron una calle desierta y continuaron hacia los rieles de una vía férrea que conducía a la enorme estación Sur. Delante, Sze-to iba cojeando hacia una fila de vagones de pasajeros vacíos; se agachó entre dos de ellos. Ya sin aliento en medio de la cargada atmósfera, Matt lo siguió; Sarah, que se hallaba en mejor forma física, lo seguía a pocos pasos. Pasaron entre los dos vagones. Entonces se quedaron petrificados.

Sze-to estaba a unos quince metros de distancia. Pero había dejado de correr y les plantaba cara. Junto a él, bajo la lluvia, había otros tres hombres. Dos eran asiáticos; uno sostenía un arma. El tercero era Andrew Truscott.

–Santo cielo -murmuró Matt.

–Matt, ése es Andrew -susurró Sarah, entornando los ojos para ver mejor en la penumbra.