Causas naturales
Capítulo 10
«Si me hubieras escuchado…» -quería gritar-. «Si me hubieras escuchado, nada de esto habría ocurrido.»
–Sé que estás enfadada conmigo -insistió-, pero ahora todo puede arreglarse. Eres lo único que tengo y haré cualquier cosa por tenerte de nuevo conmigo… Por favor, Lisa. Sé que estás ofendida. Quiero ayudarte a que resistas. Quiero ayudarte a averiguar por qué te ha pasado algo tan horrible… a ti y a mi nieto. Y si alguien es responsable, quiero, más que nada, ser el martillo que ayude a aplastarlos… Está bien, está bien -respiró profundamente para calmarse y volvió a la ventana-. Comprendo que tal vez no te resulte fácil después del tiempo que ha pasado. Escucha, me alojaré en el Bostoniano. Te dejaré el número junto a tu teléfono. Voy a disponer que te atienda una enfermera particular y voy a pedirle a Ben Harris que se mantenga en contacto con tus médicos. Por favor, hija. Yo…
te quiero. Por favor, acéptame de nuevo en tu vida.
Vaciló un instante; se dio media vuelta y enfiló hacia la puerta.
–Vuelve más tarde, papá -dijo Lisa de pronto.
Grayson se detuvo. ¿Acaso las palabras eran sólo producto de su mente?
–Esta tarde -agregó la hija-. A las tres. Te prometo hablar contigo entonces.
Su voz, débil y monótona, no contenía ni rabia ni perdón.
Willis Grayson se volvió y la miró. Lisa se hallaba de nuevo inmóvil, con la vista clavada en la ventana.
–Está bien -dijo el padre al fin-. A las tres.
La besó suavemente en la cabeza. Ella no reaccionó.
–Estaré aquí a las tres -susurró Grayson-. Gracias, hija. Gracias.
Se detuvo junto a la puerta y miró una vez más el muñón que antes había sido el brazo y la mano de su hija.
Alguien lo iba a pagar muy caro.
Capítulo 10
Sarah siguió a Glenn Paris por la entrada principal hasta el anfiteatro y el escenario. Sólo las últimas filas del salón estaban vacías y seguía entrando gente. Los tres equipos de televisión de Boston, en representación de las tres grandes cadenas de noticias, tenían cada uno un juego de luces, un camarógrafo y un periodista ubicados entre la parte baja del escenario y
la primera fila de asientos. Aunque Sarah rara vez veía la televisión, reconoció a dos de los reporteros. Era evidente que la posibilidad de un brote de alguna enfermedad extraña tenía un gran atractivo para el público.
El podio, cubierto con terciopelo color vino tinto, estaba rodeado de micrófonos, una docena o más. Detrás había cinco sillas plegables, tres a un lado y dos al otro. Eli Blankenship y Randall Snyder ya se hallaban sentados, con una silla vacía entre ambos. Paris le indicó a Sarah que se sentara allí.
Si Paris estaba nervioso por la conferencia o la ausencia de un representante del Centro para el Control de Enfermedades, no lo reflejaba ni en el semblante ni en la actitud. Escrutó el salón, luego se abotonó la americana y se acercó a los tres médicos.
–Bien, ciertamente no podemos decir que la conferencia haya sido recibida con apatía -comentó en voz baja-. Todo el espectáculo habría sido algo más lucido si el CCE hubiera podido enviar a alguien, pero tendremos que arreglárnoslas así. Yo haré unos cuantos comentarios introductorios, y luego hablará usted, Eli; usted después, Randall, y por último usted, Sarah.
Sugeriría que hicieran declaraciones breves y fueran ampliando a medida que les vayan preguntando. El único consejo que les doy es que recuerden que, cuanto menos digan, más difícil será para ellos citarlos de manera equívoca. Les daré un máximo de diez minutos a cada uno, incluyendo las preguntas. Si me parece apropiado, al final permitiré un poco más de tiempo. Y no se preocupen, lo harán todos bien.
Sarah sabía que el «todos» iba dirigido a ella.
–A él le encantan estas cosas, ¿no? – comentó mientras París se acercaba al podio.
–Ya lo creo -respondió Blankenship-. Y lo hace muy bien. A usted, en cambio, se la ve un poco pálida. ¿Cree que podrá hacerlo?
–Creía que sí hasta que he llegado. Mire esa multitud.
Blankenship extendió una mano carnosa y le dio una palmadita paternal en el hombro.
–Recuerde el viejo proverbio médico -le dijo-. Toda hemorragia acaba deteniéndose.
–Muy tranquilizador. Gracias.
Los comentarios introductorios de París, que hizo sin notas y sin un solo tropiezo, pintaban el cuadro de una institución consagrada a la salud y al
bienestar de los ciudadanos de Boston, y que no temía salir a enfrentarse a problemas que eran motivo de pública preocupación.
–Hemos estado en estrecho contacto con la división de epidemiología del Centro para el Control de Enfermedades de Atlanta -dijo-, que nos prometió enviar uno de sus mejores profesionales a tiempo de participar en esta conferencia -señaló la silla vacía, a su lado-… pero lamentablemente eso no ha sido posible.
Los tres casos de CID, remarcó, no significaban nada más que una coincidencia. No obstante, el enfoque característico del Centro Médico de Boston consistía en coger al toro por los cuernos y comenzar la investigación inmediatamente, mientras se mantenía al público al corriente de los progresos.
A Sarah le molestó que París mencionara la inminente llegada de un epidemiólogo del CCE, cuando acababa de comentarle que no sabía siquiera si lo enviarían. Pero razonó que la exageración era bastante inofensiva y, dadas las circunstancias, comprensible. París no hacía más que tratar de eliminar todas las dudas que pudiera. Y de hecho, para el momento en que presentó a Eli Blankenship, daba la impresión de que el artículo del Herald no lo había presionado en absoluto a llevar a cabo aquella conferencia.
Animada por la actuación del presidente, Sarah sintió que cedía algo de su tensión. Aun así, hasta que Blankenship no hizo los últimos comentarios, no se sintió lo bastante cómoda como para mirar al público. Si, como recordaba haber oído, el anfiteatro tenía capacidad para 250 personas, había por lo menos doscientas. Muchos de los presentes eran residentes y miembros de la Facultad de Medicina, incluyendo a Andrew, que estaba en su tradicional asiento de la última fila. Pero un número significativo, a juzgar por la apariencia y la ropa, eran simplemente personas de la comunidad. Entre ellos, Sarah reconoció a una mujer a la que preparaba para un parto domiciliario, lo mismo que había hecho con Lisa. Era difícil imaginar sus pensamientos y preocupaciones.
Pero fue otra mujer, sentada no lejos de Andrew, la que le resultó más interesante. Era africana por el color de la piel, el peinado, el vestido y las joyas. Y aun bajo las luces y en la distancia, su belleza poco común resultaba evidente. Sarah escrutaba al público cuando se dio cuenta de que la llamativa joven la miraba a ella directamente, sonriendo.
«Te conozco de algo, ¿verdad? – pensó Sarah-. ¿Pero de qué?»
Blankenship volvió a su asiento acompañado por un estallido de aplausos. Sarah le susurró felicitaciones, aunque se dio cuenta de que se había distraído con esa mujer y se había perdido la última respuesta del médico.
Tal como Sarah esperaba, Randall Snyder se mostró práctico y tranquilizador en su presentación y en las respuestas a las preguntas que le formularon. Los tres casos de CID constituían ciertamente una causa de preocupación, admitió. Pero sin una revisión cuidadosa, en especial del modo como se habían hecho los diagnósticos, todavía era demasiado pronto para siquiera relacionarlos. Mientras tanto, concluyó, el público debía tener la tranquilidad de que el departamento que él dirigía se dedicaría a controlar con suma atención a todas las pacientes de Obstetricia, en busca de cualquier anomalía que sugiriera un aumento de susceptibilidad a una enfermedad.
Los aplausos que recibió Snyder fueron bastante más fuertes que los de Eli, aunque su exposición no había sido tan sustanciosa. El poder de la imagen paternal, reconoció Sarah, recordando al mismo tiempo que ella había votado la sustancia antes que la imagen paternal en casi todas las elecciones presidenciales desde que cumplió los dieciocho años, y una sola vez había ganado su candidato.
Por fin llegó su turno. En un esfuerzo por mantener un orden razonable, había impreso las cuestiones a que quería referirse en un juego de tarjetas de siete por doce centímetros. Para cuando concluyó su presentación, que le llevó cinco minutos, había hablado de casi todo lo que contenían. A lo largo de sus comentarios, sin embargo, sintió que un abismo la separaba del público. Sabía que, muy a pesar suyo, sonaba formal y mucho más proselitista y pomposa de lo que se había propuesto.
«¡Oigan, ésta no soy yo! – quería gritar-. Éstos son temas que me importan de verdad. Me encantaría hablar de ellos, pero con ustedes, no a ustedes. ¿Qué les parece si vamos todos al jardín Arnold, echamos unas mantas en el césped y nos adentramos de verdad en la cuestión de por qué las personas enferman, qué significa estar enfermo y qué las hace ponerse bien?»
Concluyó sus comentarios formales, agradeció a todos su preocupación y compromiso e invitó a que le hicieran preguntas. En un instante el
público, que parecía indiferente y medio dormido, se convirtió en un bosque de brazos y manos que se agitaban. Sarah miró primero a Paris para ver si quería acercársele y ayudarla. Pero el presidente se limitó a sonreír y hacerle un guiño. Sarah se encogió de hombros, se volvió hacia el bosque y señaló a una persona.
–¿De veras cree que la acupuntura practicada por usted y los ejercicios mentales de Lisa Summer para imaginar sus células sanguíneas hicieron parar la hemorragia?
«¡Por supuesto que sí, idiota!»
–Creo firmemente que ésos fueron dos de entre otros muchos factores.
Como ya he dicho, se hicieron más esfuerzos al mismo tiempo.
–¿En alguna ocasión anterior había detenido una hemorragia con sus técnicas?
«Tal vez si lo intentara con todas sus fuerzas, señora, podría hablar con un aire de superioridad aún mayor.»
–No específicamente. Pero he asistido a varias operaciones en las cuales sólo se usó anestesia por acupuntura. En cada una de esas ocasiones, el volumen de la hemorragia fue mínimo.
–Cuéntenos más sobre su experiencia. Ha mencionado haber trabajado en un centro de medicina holística. ¿Dónde estaba?
«Glenn, ¿cuánto falta?»
–Aquí mismo, en Boston. Se llamaba Instituto Ettinger.
«¡Annalee!» Incrédula, Sarah miró a través del público a la mujer de la última fila. Annalee Ettinger sonrió y la saludó con la mano. Habían pasado años desde que Sarah viera por última vez a la niña a la que Peter había traído de Mali y luego adoptado. Cuando Sarah se trasladó del apartamento de Back Bay, Annalee era una adorable e interesante jovencita de quince años. Pero también era dolorosamente tímida y con algunos kilos de más.
Su transformación era milagrosa. Su cara, con sus maravillosos pómulos altos, parecía esculpida.
La mirada de Sarah se posó en ella el tiempo suficiente para confirmar que se había establecido la conexión. Annalee sonrió y asintió.
–Ettinger -continuó el que interrogaba-. ¿Es el mismo Ettinger que hace esos programas por televisión en los que promociona el polvo dietético?
–Yo… en realidad no lo sé -respondió Sarah-. Salvo algún que otro programa que veo en la sala de guardia, casi nunca tengo tiempo de ver la
televisión. Y hace muchos años que no mantengo contacto con el señor Ettinger.
–¡Sí, lo es! – gritó una mujer-. Es el mismo hombre. Estoy tomando esa sustancia y ya he adelgazado quince kilos. Es fantástico.
El público rió y Sarah supo que había perdido el control de la sesión.
Glenn Paris se apresuró a acercarse al podio.
–Muchas gracias, doctora Baldwin -dijo.
Le indicó que se sentara y pidió un aplauso al público. Tal vez fue la naturaleza controvertida de la presentación de Sarah, tal vez la falta de un cierre tajante y definido, pero, por la razón que fuese, Sarah sintió que la reacción del público hacia ella era cortés pero muy poco entusiasta.
Sin prestar atención a los susurros de apoyo de Blankenship y Snyder, se concentró en un punto del suelo cercano a los zapatos de Glenn Paris, en espera de las palabras que la enviaran a su casa. Su actuación había sido mucho menos que impresionante, pero no un desastre. Lo mejor de todo era que había terminado. Ahora había preguntas -siete años de interrogantes-que ocupaban sus pensamientos. Y las respuestas estaban todas tan cerca como Annalee Ettinger.
Glenn Paris concluyó la sesión con la promesa de mantener al público informado de cualquier avance en la investigación. De inmediato, una cantidad de reporteros subieron al escenario, dándose codazos unos a otros para procurarse una buena posición alrededor de los micrófonos.
Preocupada por la demora, Sarah dirigió su mirada hacia Annalee, quien le aseguró con un gesto que no tenía prisa alguna.
Por último el grupo de interrogadores comenzó a dispersarse. Sarah aceptó una palmada en la espalda por parte de Paris y estaba a punto de marcharse cuando se acercó una mujer mayor, con un portafolios de cuero bajo el brazo. Sarah había notado que durante toda la conferencia había permanecido de pie al fondo del anfiteatro. Era bastante menuda -de un metro cincuenta de estatura o poco más-, vestía con aire conservador, con una falda recta y oscura y una americana El cabello corto, tocado con una permanente, era una mezcla de gris y castaño a partes iguales. Y aunque la expresión de la cara era agradable y apacible, los rasgos casi se perdían tras unas gafas enormes y redondas, de montura de concha. Mientras escrutaba a la multitud, Sarah había deducido que la mujer era una abuela de la