Causas naturales

Michael Palmer · Capítulo 30 de 58

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Causas naturales

Capítulo 23

El la miró, asombrado de que hubiera comprendido con tanta rapidez y precisión.

–Bien, la cosa es que existe para nosotros una opción que aún no he discutido con usted, pero que creo debería considerar en serio.

–Diga-

El Gato Negro Daniels se mordió el labio inferior y aplastó una colilla con la punta del zapato. – Abandonar -dijo.

Capítulo 23

El edificio de madera, en el que vivían tres familias, estaba en una calle sin salida de una zona decadente de Dorchester. Necesitaba muchos tablones nuevos, canalones y una buena capa de pintura. Cargando con un pesado maletín, Rosa Suárez subió a duras penas por los escalones hasta la entrada. Su recopilación de datos iba bastante avanzada ya, pero aún no había surgido nada que explicara los casos de las tres pacientes de CID del Centro Médico de Boston.

Por insistencia de ella, el CCE había enviado cartas a cientos de hospitales, en busca de otros casos similares. Pero todos los casos de que se había dado parte hasta el momento contaban con explicaciones lógicas y bien fundadas, tales como abruptio placentae, toxemia o alguna infección abrumadora.

Ahora, con la esperanza de encontrar algo que se le pudiera haber pasado por alto, Rosa volvía sobre sus pasos. Comenzó realizando segundas entrevistas con las familias de las dos víctimas fallecidas y más tarde, esa misma semana, con Lisa Grayson. Al mismo tiempo, planeaba comprobar una y otra vez el gran número de cultivos que tenía en marcha.

Aunque su supervisor le había dicho poco de manera directa, los primeros signos de impaciencia ya habían salido a la superficie en forma de un breve memorándum. El doctor Wayne Werner, epidemiólogo de campo, terminaría con su proyecto actual y quedaría libre para una nueva misión en las tres o cuatro semanas, decía el memorándum. Cualquier integrante de ese departamento que necesitara la ayuda de Werner para una investigación en curso debía presentar una solicitud por escrito en las dos semanas siguientes. Rosa sabía que el memorándum suponía al menos una petición de alguna hipótesis probable por su parte y, en el peor de los casos, una amenaza de que pronto la reemplazarían.

El nombre garabateado encima del buzón del primer piso era

«Barahona». Fredy Barahona, un obrero, pasaba en su casa todo el día, todos los días, aduciendo incapacidad por problemas de columna. Su esposa, María, trabajaba en el turno de noche en una fábrica de zapatillas.

La hija de María, de su primer matrimonio -y la única hija que concebiría en su vida-, era Constanza Hidalgo.

Rosa sentía el agotamiento de su intensiva investigación, que ya llevaba siete semanas. Había adelgazado, peleado con su marido por primera vez en varios años y desarrollado un fastidioso tic en el rabillo de un ojo. Pero, aunque estaba asustada, seguiría esforzándose al límite de sus posibilidades.

Deseaba desesperadamente despedirse de su profesión como una triunfadora. Más importante aún, deseaba impedir que se desatara un inminente desastre.

Alguien había arrancado adrede las hojas de los historiales médicos del hospital en por lo menos dos de los tres casos de CID que ella investigaba.

A Sarah Baldwin la seguían y en una ocasión la habían abordado. Y las meticulosas técnicas de investigación que le habían servido con tanta fidelidad a Rosa a lo largo de los años no le estaban dando frutos. Se sentía como si anduviera de puntillas alrededor de una bomba a punto de explotar, sin idea clara de cómo desactivarla. De lo único que estaba segura era de que, a menos que se encontraran respuestas, y pronto, más mujeres y niños nonatos morirían.

María Barahona era una mujer regordeta, agotada por el trabajo, que casi con seguridad había sido muy atractiva en otra época. Trataba de mantenerse animada, pero el dolor de perder a su única hija se le veía en los ojos. En una ocasión, durante la entrevista inicial que mantuvo Rosa con ella, había comenzado a llorar. Pero con la misma rapidez se calmó, se disculpó y siguió contestando preguntas. Ahora, mientras su esposo dormitaba al otro lado de la habitación, en un sillón andrajoso, sirvió una taza de té para Rosa y habló una vez más de Connie. Aunque su inglés era bastante decente, pareció aliviada al poder conversar en español.

–En el coche había drogas, usted ya lo sabrá -comentó-. Nos dijeron que Connie tenía marihuana en la sangre, pero yo no lo creo. Era una chica feliz. Una buena chica. Y tan, tan bonita… Su único crimen fue enamorarse de ese desgraciado de Billy Molinaro. Ay, disculpe, señora Suárez; por favor, perdóneme la grosería.

–Señora Barahona, no tiene por qué disculparse.

–Era muy bonita. Debería haberla visto, señora Suárez. Los hombres dejaban de hacer lo que estuvieran haciendo para verla pasar. Ya habíamos elegido el nombre del niño. Guillermo. Aunque lo habrían llamado Billy, Connie iba a ponérselo así, en español.

Lo mismo que en la primera entrevista, María Barahona se iba por las ramas. Una vez más estaba al borde de las lágrimas. Rosa la interrumpió con cierta desesperación.

–Señora Barahona -dijo-, en algún momento, entre tres y cinco años antes, a su hija la trataron por algo en el Centro Médico de Boston. ¿Tiene alguna idea de qué fue?

Parte de la angustia abandonó el rostro de la mujer cuando se concentró en la pregunta de Rosa.

–No…, no recuerdo nada. Tenía unos dolores de cabeza y algún trastorno de vientre… especialmente con…, ya sabe…, el período. Pero nada que no mejorara cuando tomó los medicamentos. Siempre tuvo gran fe en los doctores del Centro Médico. Si ellos le decían que tomara una pastilla a las cuatro y tres minutos, mi Constanza se sentaba a mirar el reloj hasta las cuatro y tres minutos.

Otro callejón sin salida. Rosa se quedó mirando el suelo mientras trataba de imaginar el creciente terror de Connie Hidalgo durante las últimas y terribles horas de su vida. ¿Había algo más? ¿Algo que ella pudiera intentar, cualquier cosa?

–Señora Barahona, María, sé que Connie vivía con Billy Molinaro -dijo al fin-. ¿Cuándo se fue de aquí?

–Planeaban casarse -respondió María, evidentemente avergonzada-.

Todavía mi hija pasaba muchas noches aquí. Muchas noches.

–Por favor, María. Disculpe. No he querido insinuar nada en absoluto.

Sólo quería saber si la habitación de su hija aún contiene sus cosas. Eso es todo. Si es así, con su permiso me gustaría echar un vistazo.

–Oh. Bueno, si cree que eso serviría de algo, puede mirar lo que quiera.

Es la habitación de atrás, ahí, a la derecha. No he cambiado nada. Pero, si no le importa, me gustaría comenzar a preparar la cena. Trabajo de noche, ya sabe.

–Lo sé -dijo Rosa, echando un vistazo a Fredy Barahona, que necesitaba afeitarse y ni siquiera se había movido desde su llegada. Rosa se preguntó si

alguna vez habría preparado él la comida y reflexionó un momento en la suerte que tenía ella de haber pasado cuarenta años casada con Alberto Suárez-. Gracias, María, me las arreglaré sola.

El cuarto de Connie Hidalgo hablaba de una mujer que en realidad nunca había dejado de ser una niña. La cómoda y la cama, acaso pintadas por la propia Connie, eran blancas con detalles en rosa. Las fundas de las almohadas, también rosadas, tenían volantes y ositos y globos pintados a mano. Y había animales de peluche por todas partes: cien o más. Cebras y elefantes; osos y orangutanes; gatitos y toda clase de perros. Las paredes estaban cubiertas de carteles de románticos refugios isleños y ciudades con luces de neón. Rosa tragó saliva para librarse de la tristeza que le oprimía la garganta. Pese a la marihuana contenida en la sangre de Connie, según los informes, Rosa intuía que la muchacha habría llegado a ser una madre cariñosa y entregada.

Tomó de la cómoda una fotografía enmarcada de doce por diecisiete y subió la persiana para verla mejor. Connie, con aspecto aún más lleno de vitalidad que en la foto del periódico que Rosa guardaba en sus archivos, iba del brazo de un joven moreno, apuesto y sonriente, que sin duda era Billy Molinaro. La foto había sido tomada a bordo de algún barco, posiblemente de los que hacen travesías. Detrás se veía el cielo característico de Manhattan. Connie, con la piel cobriza, delgada pero de pechos llenos, estaba realmente encantadora.

Sin saber bien lo que buscaba, Rosa revisó primero los cajones de la cómoda y luego el contenido de la pequeña biblioteca. Los libros eran en su mayoría novelas en edición de bolsillo y volúmenes de biblioteca pública que nunca se habían devuelto. No había álbumes de fotos ni de recortes, pero sí un anuario -La espada y la rosa- del Instituto de Bachillerato Santa Cecilia. El anuario era evidentemente barato, muy diferente de las producciones en papel lustroso y colorido que Rosa había visto en otros institutos, incluso en el que habían ido sus hijas.

Ojeó las páginas de fotos en blanco y negro en busca de alguna que incluyera a Connie. No había ninguna, al menos en un primer examen.

Tampoco había mensajes de sus compañeras. Los pocos que leyó no eran nada apasionados: «Lo mejor para una chica estupenda… No nos llegamos a conocer bien, pero espero que tengas una vida maravillosa… Buena suerte de tu amiga de Latín…». Rosa echó un vistazo a la mujer radiante y sensual

que compartía un crucero con el joven deslumbrante que habría de convertirse en su marido. Los tibios comentarios de las compañeras de Connie no concordaban para nada con esa mujer.

Ojeó las fotos del final del anuario. Donde los de sus hijas tenían cuatro retratos de color de buen tamaño por página, La espada y la rosa tenía diez, todos en blanco y negro. Impreso en tipografía diminuta junto a cada fotografía había un resumen de las actividades del estudiante durante sus años en Santa Cecilia. Constanza Hidalgo había sido ayudante de la cafetería y miembro del club de artes culinarias. Nada más. Nada de música, teatro, deportes. Rosa se quedó mirando la foto de Constanza. Aun teniendo en cuenta que el retrato estaba desenfocado, Rosa dudaba de haber podido identificar a la muchacha sin ayuda.

Una vez más contempló la foto enmarcada. La chica del anuario era casi con certeza la mujer que estaba con Billy Molinaro… y sin embargo no lo era. La boca era la misma, y también los ojos, aunque no contenían la chispa que se veía en la foto más reciente. Pero la cara del anuario era mucho más redonda y mucho menos interesante. Era como si alguien hubiera eliminado de una tajada la fealdad de la Connie más joven.

Rosa dejó el anuario sobre la cama y finalizó la inspección del cuarto.

No había nada más de interés en la biblioteca ni en el suelo. Abrió el pequeño ropero. Junto con dos vestidos de premamá, había una cantidad de prendas y vestidos bastante elegantes, todos de talla normal, y una docena o más de pares de zapatos. Si lo que Rosa veía era la ropa que Connie había elegido no llevar al mudarse con Billy Molinaro, la ex ayudante de la cafetería y miembro del club de cocina se había convertido en una legítima candidata a cualquier lista de mujeres mejor vestidas.

El suelo del ropero, como casi toda la habitación, estaba cubierto de animalitos de peluche. Rosa nunca sabría qué le llamó la atención, o qué instinto la hizo agacharse y mover a un lado parte de la pila. Pero allí, debajo de los osos, los leopardos y los tucanes, había una caja de zapatos, cerrada con gomas elásticas.

Y dentro de la caja de zapatos, un diario.

Matt deleitó a su secretaria enviándola a casa por el resto de la tarde.

Después compartió con Sarah el sandwich de carne fría con patatas fritas que se había comprado en Gold's y conversaron durante un rato sobre temas triviales.

–¿Tiene que volver pronto al hospital? – preguntó él, mientras servía café para ambos de una cafetera eléctrica muy usada.

–Tengo que dar de alta a algunos pacientes, dictar unas cosas y coger la bicicleta. Pero puedo quedarme un rato más.

–Bien. Hay algunas cosas que debemos repasar.

–¿Como la opción de abandonar?

–Como comprender contra qué luchamos y cómo actúan los aseguradores de mala praxis como la OPMM.

La tensión que Sarah había visto crecer en el curso de las últimas seis semanas parecía indeleblemente grabada en la frente del abogado. Cuando se conocieron, la inocencia de Sarah y el caso en sí resultaban obvios e inequívocos. «¿Y ahora?» Bebió su café y le pidió que continuara.

–En primer lugar -dijo él-, quiero que sepa que creo que hay algo absurdo en todo este asunto. Sé que usted no está convencida, pero yo creo que alguien ha tendido una trampa a Kwong Tian Wen para hacerlo parecer responsable de esos tres casos de CID… A él, y también a usted.

–Pero, tal como están las cosas, no tenemos ninguna prueba de que él y yo no seamos responsables. Sólo la palabra de Tian Wen.

–Y la de su familia. Podemos establecer una defensa basada en la suposición de que hay alguien decidido a hacerla quedar como culpable.

Pero si no sabemos quién y por qué, el argumento no tendrá base.

–Es decir que, si llevamos eso a los tribunales, perdemos.

–Sarah, realmente estamos en un apuro. – Calló de repente; apretó los puños.

–Pero -dijo ella-, ¿no es usted el que me dijo que la mayoría de las veces el sistema legal logra averiguar qué es verdad y qué no lo es?

–«La mayoría de las veces» no quiere decir siempre. Las cosas no son tan simples en este caso. Tian Wen es frágil. Se confunde mucho. Podría obtener un certificado médico que lo eximiera de atestiguar. Pero sería difícil, porque el viejo ya no está tan mal. Y aunque tengamos éxito, Mallon lo hará declarar en su casa, incluso hasta con un circuito cerrado de televisión. De un modo u otro, el jurado llegará a verlo de cerca.

–Pero ¿cómo explicará Mallon por qué hay tantas mujeres que tomaron mi suplemento y no tuvieron ningún problema?

–Sospecho que ya conoce esa respuesta.

–Quiere decir que se limitará a afirmar que Tian Wen se equivocó con algunas remesas del preparado de hierbas y no con otras.

–O que la hierba o las hierbas indebidas reaccionaron en algunas mujeres, por alguna razón, y no en otras. En esta situación, sólo debe encontrar una respuesta que funcione; no necesariamente que sea correcta.

Con Lisa Grayson de su lado y Kwong Tian Wen del nuestro, más la propensión de los jurados a pensar que dirimen casos contra compañías de seguros multimillonarias y no contra gente de carne y hueso, lamento decir que al final deberemos ser nosotros quienes debamos probar en el juicio que no somos culpables. Ya me parece ver a Mallon…

Levantó la pelota y el guante de béisbol y comenzó a caminar de un lado a otro; mientras hablaba hacía saltar la pelota en el bolsillo.

–Esta encantadora y joven artista -siguió Matt adoptando el tono y las palabras que emplearía el fiscal-, con dos brazos sanos y fuertes y un feto sano, deposita su fe y su confianza en la doctora Sarah Baldwin. Pero la doctora Baldwin le hace algo insólito e irregular a la encantadora artista con dos brazos sanos y fuertes y embarazada… Algo que va mucho más allá de la norma aceptada por su comunidad médica. Y de pronto la joven y encantadora artista pierde su hijo y el brazo derecho. Puesto que no sucedió ninguna otra cosa durante el embarazo de nuestra encantadora y joven artista, la doctora Baldwin debe probar a este tribunal que no fue ella la causa de la tragedia.

–Qué espanto.

–En términos legales, ese pequeño efecto final se denomina res ipse loquitor: la cosa, o el hecho, habla por sí mismo. Es un arma legal a la que ningún defensor desea tener que enfrentarse nunca. Pero sucede… en especial, por lo que he podido leer, en los juicios por mala praxis médica.

–Pensé que se suponía que yo era inocente hasta que se probara mi culpabilidad.

–Si Mallon consigue que un juez acepte el res ipse loquitor y nosotros no podemos demostrar que usted no es responsable, aviados estamos. Lo que es más: si perdemos el caso, es casi seguro que otras dos familias vayan a la caza del seguro que usted haya dejado y cualquier otra cosa que posea o incluso pueda llegar a poseer. – Dejó de pasearse y volvió a sentarse en la silla.

–¿Qué cree que deberíamos hacer? – preguntó Sarah.

–Bueno, antes de responderle, hay algo más que debe saber. Tiene que ver con Willis Grayson y me preocupa casi desde que se inició el caso. Por fin hoy, al verlo a él y a su ejército legal en la sala de audiencias, creo que sé de qué se trata. Sarah, él no quiere solamente verla perder este caso. El quiere enterrarla.

–Yo…, no entiendo -dijo ella; de pronto sintió frío.

–Tal como yo lo veo, Grayson tiene más dinero que los ladrones,

¿correcto?

–Supongo.

–Estoy seguro de que no es contrario a aceptar el sesenta por ciento de una gran suma de indemnización impuesta por el jurado. Pero intuyo que eso no significaría mucho para él, teniendo en cuenta su enorme riqueza. Lo que deduzco es que Mallon está en esto por el dinero y para castigar al hospital donde usted trabaja. Pero Grayson quiere que usted, o cualquiera que sea responsable de la tragedia de Lisa, quede fuera de combate por un larguísimo tiempo.

–No lo puedo creer. ¿Que Willis Grayson quiere destruirme a mí? Es una locura, una absoluta locura. ¿Pero quiere conocer una locura aún mayor, Matt? ¿La locura mayor en todo esto? Que ni siquiera sé si Grayson tiene o no justificación.

–Ya le dije lo que pienso al respecto.

–Lo sé. ¿Qué cree que debemos hacer?

–Bueno, podemos intentar algún tipo de arreglo sin admitir culpabilidad. No estoy seguro de poder lograr que la OPMM, Mallon o Grayson lo acepten, pero nunca se sabe. Nosotros decimos que habríamos ganado en el juicio, pero que las costas legales habrían sido más altas que el acuerdo. Nuestros adversarios dicen que, aunque no haya admisión de culpa, el hecho de que la OPMM acepte pagar implica que ellos tenían razón al iniciar la demanda. Después la retórica va muriendo paulatinamente y cada uno vuelve a su vida. Antes de que uno se dé cuenta, las olas se aquietan y el gran estanque vuelve a la tranquilidad.

–¿Podemos hacer eso?

–Podemos intentarlo.

–Y usted cree que deberíamos.

Matt miró por la ventana. Las arrugas que le atravesaban la frente se acentuaron.

–Si ellos aceptaran, la respuesta es sí -dijo al fin-. Sí, creo que deberíamos.

–Necesito pensarlo. ¿Cuánto tiempo tenemos?

–Una semana, tal vez. Un poco más, si le hace falta.

–Gracias.

Se sentía confundida, inquieta, y de repente muy cansada. Kwong Tian Wen… Mallon… Lisa… Willis Grayson…, el hospital…, el desgraciado de Peter…, cargos criminales…, nuevos juicios… ¿Cómo podía haberle parecido tan simple el caso? Dejó la taza sobre la mesa y se dispuso a marcharse.

–La llevaré en mi coche al hospital -ofreció Matt.

–No se moleste.

–No. Yo… deseo hacerlo. Lo deseo mucho.

Sarah se volvió hacia él, pero Matt apartó enseguida la mirada y se puso a guardar papeles en el portafolios.

«Deseo. Lo deseo mucho.» ¿De veras había dicho eso?

–Ofrecimiento aceptado -dijo Sarah.

Mientras conducía fuera de la ciudad su Legacy rojo, Matt fijó la vista en el extremo posterior del coche que iba delante. Sarah jamás habría imaginado una situación en la que le estuviera agradecida al tráfico denso, pero así era aquella tarde. El viaje desde el despacho de Matt, en el centro, hasta el CMB, que debería haber llevado quince minutos, iba a demorarse cerca de cuarenta. Salvo alguna charla superficial no relacionada con el caso, viajaron en silencio. Ella lo miraba directamente cuando hablaba, pero seguía estudiándole la cara por el rabillo del ojo cuando callaba. El momento no podría haber sido peor, se dijo. Enamorarse del abogado que la representaba en un caso de mala praxis no era lo más sabio del mundo. Pero estaba sucediendo. Y no podía hacer nada para evitarlo.

Aunque en realidad él no lo había dicho, Sarah percibía que también Matt sentía atracción por ella. Pero había cuestiones éticas que lo presionaban para no actuar de acuerdo con esos sentimientos ni manifestarlos. Tal vez, si lograban llegar a un arreglo en el caso, esas consideraciones pudieran dejarse de lado y ambos llegaran a conocerse mejor y quizás incluso iniciar una relación de pareja.

Pero antes de que ella aceptara la posibilidad de un arreglo, había algo más que debía saber.

–Matt, dígame. Si usted pudiera definir todo este asunto legal exactamente como lo desea, como más lo beneficiara, ¿cómo sería?

La miró extrañado.

–¡Qué pregunta más rara! ¿Qué quiere decir con «el modo que más me beneficiara»?

–En el aspecto económico y en cuanto a su carrera profesional. Ya me entiende…

Debatió, y luego rechazó, la idea de compartir con él lo que le había contado Ruth. La mujer era demasiado charlatana y tal vez una desventaja para él, pero parecía prematuro causarle problemas.

Por un momento temió que Matt adivinara que ella sabía tanto sobre él.

–Bien -dijo el abogado al fin-, supongo que si las opciones hipotéticas se situaran en orden, la más deseable sería una derrota abrumadora de Jeremy Mallon, una batalla que generara una tonelada de publicidad y honorarios para mí, y para usted un veredicto del jurado de que no hubo negligencia.

–¿Y la menos deseable?

–Exactamente lo mismo, pero perdiendo yo. Eso me liquidaría en cuanto a casos de mala praxis, por no hablar de las malas referencias. En esta profesión, todos saben quién gana y quién no. Y a nadie le gusta poner en juego su vida con un reconocido perdedor.

–¿Por eso me recomienda que tratemos de llegar a un acuerdo?

–¿Es eso lo que usted cree? – preguntó él.

–No… disculpe. No, no es eso lo que creo, y no es lo que quise decir.

Caramba, Matt, no me estoy expresando con claridad. Sólo quiero que todo este asunto termine.

La expresión de él se suavizó. Le estrechó un momento la mano y luego aparcó junto al bordillo.

–Sarah, dejaría que me pusieran astillas de bambú bajo las uñas si pensara que eso nos ayudaría en el juicio. Pero me he estado devanando los sesos y sigo sin encontrar soluciones. Si presiono tanto para llegar a un acuerdo, tal vez sea porque hoy he tenido el presentimiento de cómo va a ir todo.

»Aun así, si eso es lo que usted desea, o si ellos rechazan nuestro ofrecimiento, estoy dispuesto a seguir escarbando y presentar batalla.

Quizas usted no sepa mucho de béisbol, pero los lanzadores suplentes nos