Causas naturales

Michael Palmer · Capítulo 16 de 58

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Causas naturales

Capítulo 12

Su fuerte acento era de la Europa del Este, pero Rosa no pudo distinguir un origen más preciso. Frumanian abrió las cajas con un cuchillo que sacó de un bolsillo del delantal.

-Hematología… Programación avanzada de Informática… Cálculo diferencial… Coagulación. -La mujer iba leyendo los títulos a medida que los apilaba sobre un brazo. Su pronunciación era sorprendentemente buena-.

Dos de mis hijos han acabado la universidad -dijo-. En las vacaciones siempre traían a casa libros como éstos, pero nunca los leían.

–Bueno, yo voy a dedicar bastante tiempo a leer éstos, señora Frumanian.

Rosa llevó a la mujer hasta la puerta con la mayor delicadeza posible.

Debía poner límites si quería realizar su trabajo. Se le había dado esta única oportunidad -la última- para salir ganadora. Esta vez no confiaría en nadie.

Absolutamente en nadie.

Capítulo 12

Willis Grayson, cargado con un ramo de flores exóticas de ciento cincuenta dólares, trotó escaleras arriba hasta la quinta planta del edificio de cirugía. Un ligero resfriado le había impedido nadar en su piscina desde su regreso de la costa, de ahí que ese pequeño ejercicio fuera bienvenido.

Aquella mañana se había marchado exultante del hospital gracias a la decisión de Lisa de aceptar hablar con él. Más tarde él y Ben Harris habían pasado una hora con el doctor Randall Snyder. El tocólogo parecía un tipo bastante decente, aunque no un gigante intelectual. Aun así, Ben quedó impresionado, y eso fue suficiente para ablandar gran parte de la cólera refleja de Willis hacia los médicos que habían atendido a su hija. También alivió parte de su recelo acerca del Centro Médico de Boston. El cuidado que había recibido Lisa parecía haber sido el adecuado, en especial considerando que Snyder y el hospital habían creído desde el principio que la muchacha no disponía de medios para pagar.

Fue decepcionante enterarse de que Snyder y los otros miembros del equipo médico no tenían indicio alguno en cuanto a lo que podría haber causado el problema sanguíneo de Lisa. No obstante, sí parecía que estaban haciendo un esfuerzo por llegar al fondo del asunto. Grayson encargó a Ben Harris que obtuviera los nombres de los principales expertos en ese campo, de modo que pudieran ser incorporados al caso.

La siguiente actividad de Grayson sería hacer una visita, aquella misma tarde, a la jefa de fisioterapia y rehabilitación. Con todo tacto le informaría de que, aunque apreciaba los esfuerzos del departamento, el Instituto Rusk de Rehabilitación de Nueva York supervisaría la selección e implantación de la prótesis de Lisa. Y por último, tal vez a la mañana siguiente, intentaría encontrarse con la residente de obstetricia de la que se comentaba que había hecho más que nadie por salvar la vida de Lisa. Si, en realidad, Sarah Baldwin había desempeñado semejante papel, la gente de Grayson recibiría órdenes de averiguar todo lo posible sobre la mujer y sus necesidades y hacerle llegar una recompensa apropiada.

Estimulado por haber recuperado el control que había perdido durante más de cinco años, Grayson avanzó con paso enérgico por el corredor hasta la habitación 515. Los dos cartelitos de la puerta estaban en blanco. Golpeó una vez y abrió la puerta. Ambas camas estaban recién hechas y la habitación, vacía.

–¿Qué diablos…?

Luchando contra la ansiedad, la confusión y la furia, Grayson revisó los dos armarios metálicos y el baño. Todo estaba vacío y limpio. Después de dejar a Lisa esa mañana, él había tratado de trasladarla a una habitación individual. Cuando le informaron que todas las habitaciones de la planta eran dobles, le había dejado a la jefa de enfermeras estrictas instrucciones de que él pagaría lo que fuera necesario para mantener sin ocupar la otra cama del cuarto 515. ¿Qué diablos podía haber pasado?

Arrojó las flores sobre una de las camas y fue casi corriendo hacia la sala de enfermeras. Enseguida apareció Janine Curtís, con la que había hablado la primera vez, preparada para una confrontación.

–Señorita Curtís -le espetó Grayson-, ¿qué ha sido de mi hija?

Ella le sostuvo la mirada.

–No le ha ocurrido nada, señor -respondió con tono de exagerada paciencia-. Se encuentra bien. La han trasladado a otra habitación.

–Pero esta mañana acordamos que se quedaría donde estaba, sin compañía.

–Ya sé lo que usted pidió, señor. Pero Lisa solicitó que la cambiáramos a otro cuarto, y así lo hicimos.

–Bueno, ¿entonces dónde está ahora? – replicó.

–Lo lamento, pero no puedo decírselo, señor -contestó la enfermera.

–Señorita Curtis, no estoy de humor para juegos.

–Soy la señora Curtis, y esto no es ningún juego. Su hija nos ha dicho con toda claridad que no desea verlo.

–¿Cómo?

–Ha dicho que si usted quiere hablar con ella, que vuelva mañana por la mañana y que entonces decidirá, según como se sienta.

–¡Pamplinas! Hace unas horas me pidió que volviera a las tres de la tarde. ¿Dónde está?

–Señor Grayson, por favor, baje la voz. Nuestra paciente nos ha dado una orden clara y específica, y nos proponemos cumplirla. Le sugiero que haga lo que ella dice y vuelva mañana.

–Y yo le sugiero que tenga mucho cuidado con el modo como me habla.

–Señor Grayson, esta mañana dejó usted muy claro quién es. Para serle franca, para mí no hay ninguna diferencia. Lisa es una persona adulta, con control sobre las decisiones que tienen que ver con su vida. También es mi paciente. Ha pasado por cosas terribles, y haré todo lo que sea para cumplir sus deseos.

Le sonrió fríamente y volvió a su trabajo.

Grayson le echó una mirada furibunda; pensó un instante en registrar todas las habitaciones de la planta, pero enseguida se fue.

La reunión inicial entre Andrew Truscott y el abogado Jeremy Mallon, que había tenido lugar unos dos años y medio antes, fue en un partido de los Red Sox y los Yankees. Antes de que Glenn París cancelara el contrato de OMS Everwell con el CMB, la organización utilizaba el hospital para atender a un modesto porcentaje de sus enfermos que necesitaban ser ingresados. Cada año, como agradecimiento a los residentes, la OMS

contrataba un autobús, lo cargaba de cerveza y llevaba a todo el personal de la casa a una merienda campestre y después al parque Fenway.

Tras haber oído rumores del profundo desencanto de Andrew Truscott con el CMB, Mallon había dispuesto con cuidado los asientos con el fin de sentarse junto a Truscott. Para el final de la tercera entrada, ya habían elaborado códigos sustitutos para el hospital y el personal clave, y establecido la antipatía de ambos por Glenn Paris y sus excéntricas payasadas. Para el final de la quinta entrada, Truscott había dejado en claro que no veía con malos ojos proporcionar información interna de lo que ocurriera en el hospital a cambio de ciertas consideraciones. Y para el

intervalo de la séptima, habían intercambiado números telefónicos y acordado encontrarse otra vez en un futuro próximo.

Ahora, unos treinta mil dólares después, Andrew garabateó un nombre ficticio en el cuaderno de registros del edificio de oficinas de la Plaza de los Cien Federales y tomó el ascensor hasta el vigésimo noveno piso, donde se hallaban las oficinas de Wasserman y Mallon. Su relación con el abogado era dudosa. Andrew no confiaba en él ni le gustaba y, aunque Mallon era demasiado resbaladizo para ponerle una mano encima, el médico sospechaba que el sentimiento era recíproco. No obstante, no se podía negar que cada uno se beneficiaba del otro. Y con la información que Truscott llevaba en su carpeta esa noche, la colaboración de ambos estaba destinada a continuar.

En las placas de latón de las puertas de caoba que daban al apartamento de la empresa figuraban cuatro socios y unos veinte asociados. Jeremy Mallon era el único con título de médico además del de abogado. El espacioso interior, con una biblioteca cubierta de vidrio y los escritorios de múltiples secretarias, exhibía en las paredes un conjunto de óleos originales que incluía una obra de Sargent, una de O'Keeffe y un pequeño Wyeth.

Truscott se preguntó al pasar cuántas victorias y arreglos de casos de mala praxis médica había costado reunir semejante colección.

En cuanto entró en la zona de recepción, Andrew captó un aroma a comida china. Tras detenerse unos instantes ante el Sargent y una llamativa pieza del realista contemporáneo Scott Pryor, siguió el aroma por el pasillo hasta la oficina de Mallon. Aunque la cantidad de cajas de cartón blanco desparramadas sobre la mesa sugería un pequeño banquete, sólo Mallon se encontraba allí.

–Entra, Andy. Entra. – Mallon le indicó con los palillos que se sentara-.

No sabía lo que te gustaba, así que he pedido un poco de todo.

Andrew hizo un gesto de disgusto al oír el apodo, que nunca le había gustado. «Andy.» Pese a los generosos pagos, se mostraba cauteloso ante Mallon, un hipócrita que siempre parecía tener un programa de actividades ocultas. Andrew sospechaba que, si ello servía a sus fines, el abogado lo devoraría con el mismo entusiasmo desapasionado que mostraba hacia aquel pato a la pequinesa.

–Hay vino, cerveza o lo que quieras en la nevera, debajo del minibar -

dijo Mallon-. Perdóname si parezco algo impetuoso, pero Axel no escribirá

su columna hasta recibir noticias mías, y en mi club hay una recepción que mi esposa ha dictaminado obligatoria.

–No hay problema.

«Mi club.» Aunque Andrew se sentía incómodo con el picapleitos en el aspecto personal, admiraba su poder y su estilo. Más de una vez, en el transcurso de los negocios de ambos, se le cruzó por la mente pensar cómo se sentiría él si fuera abogado. En alguna parte al final del camino, una placa de latón podría decir: Wasserman, Truscott y Mallon.

–¿Has visto las noticias de la noche? – preguntó Mallon.

–No, acabo de salir del trabajo.

–El maldito Paris salió en los tres canales. Ya estoy harto de ver esa cara de imbécil por televisión.

–Ya tendrá su merecido -comentó Andrew, dando unos golpecitos en la carpeta.

–Bueno, espero que lo que tengas sea bueno, porque se nos está acabando el tiempo.

–¿Qué quieres decir?

–Sólo eso. La competencia en el tema de la atención sanitaria es cada día más intensa. Nadie se encuentra a salvo y todos andan justificadamente paranoicos. Pero están tan necesitados de camas y espacio para oficinas que han decidido que no pueden esperar mucho más en decidir lo del CMB.

Andan buscando otras opciones, la mejor de ellas costará muchos más millones que la liquidación del CMB. Millones. Y en última instancia, cualquier otra cosa que adquieran rendirá mucho menos en términos de espacio y equipos. Necesitamos ese hospital.

–He oído rumores de inminentes despidos masivos en el CMB. ¿No es acaso una señal de que los problemas financieros empeoran?

–Hay una gran diferencia entre los rumores y los hechos, Andy. Puede que la gente ande hablando de despidos, pero mis fuentes dicen que en realidad el CMB ha empezado a contratar. Y hay más: desde hace siete años mantengo una fuente de información en algunas de las mayores empresas acreedoras del hospital, incluyendo el banco que les otorgó una de sus hipotecas. Y me dicen que en los últimos tiempos París y su asesor financiero, Colin Smith, han dejado de desesperarse por conseguir dinero.

Hasta han empezado a pagar algunas cuentas. Creo que tiene que ser eso a lo que se refirió Paris en el discurso que grabaste.

–Esa fue la primera vez que le oí mencionar el tema -comentó Truscott.

–¿Y estás seguro de que él nunca te dijo el nombre de la fundación?

–Ya has oído la cinta.

–Quiero el nombre, Andy. Si sabemos contra qué nos enfrentamos, tenemos posibilidades de tomar alguna contramedida. Si Paris y Smith logran sacar a ese hospital del agujero, es probable que nunca se nos presente otra oportunidad semejante. Recuerda cuánto hay en juego para nosotros.

–Suponiendo que te diera el nombre -se oyó decir Andrew-, espero que una parte de esos millones vaya a parar a mi bolsillo.

Los ojos de Mallon relampaguearon.

–Hazte un favor, Andy -dijo con fría calma-, y no trates de presionarme,

¿de acuerdo? Tú trae el nombre y déjame a mí elegir la recompensa. Los dos sabemos que no tienes futuro en el Hospital General Granóla. Punto. ¿Y

necesito recordarte que, salvo algunos hospitales perdidos, el mercado ya está saturado de cirujanos generales? Y los pocos que sí son contratados para empleos decentes, fueron jefes de residentes en sus programas de prácticas. Eso es algo que tú nunca podrás poner en tu curriculum. Tu futuro está con nosotros, Andy. Tú lo sabes, y lo sabemos nosotros. Así que limítate a ayudar en lo que puedas, y tráeme ese nombre.

Truscott enrojeció. Era evidente que se hallaba fuera del equipo. Mallon era un profesional de la manipulación y el control. Lo único que Andrew podía hacer era aprender de él. Ya llegaría su momento.

–Entendido -dijo.

–Excelente. Ahora, ¿qué tienes para mí en esa carpeta?

Andrew le entregó la hoja que le había dado Sarah, junto con fotocopias de los tres historiales médicos del hospital y algunas notas que él había tomado.

–Esto involucra a Sarah Baldwin -dijo.

–Ah, sí. Otra de las espinas que tenemos clavadas. Esa mujer se ha convertido en la favorita de los medios de comunicación.

Andrew recordó a Sarah, la próxima jefa de residentes en Obstetricia, sentada frente a él en la cafetería, sermoneándole con aquel aire de suficiencia sobre el poder de la medicina alternativa.

–Bien, tal vez tu amigo Devlin se halle en posición de cambiarlo -

observó.

Mallon leyó la hoja de informaciones prenatales redactada por Sarah.

–Sanguinaria…, hojas de mondragón…, cascaelefantes. ¿Son hierbas?

–Sí. Se hierven y se toman como el té. Como puedes ver, cada artículo tiene varios nombres. Baldwin los recomienda junto con los suplementos estándar que deben tomar las embarazadas. Afirma que un estudio hecho en no sé qué selva demostró que las hierbas son superiores a lo que ella denomina «vitaminas procesadas».

–Fascinante. Continúa, Andy.

–Bueno, en el CMB casi todos pensaban que la chica Summer era el segundo caso de CID ocurrido en nuestro hospital. Pero no lo es. Es la tercera. – Deslizó sobre el escritorio la carta del médico forense de Nueva York-. Como verás, al estudiar los expedientes del hospital que he fotocopiado, las tres mujeres que tuvieron CID (las dos que murieron y la que todavía está ingresada) tienen una determinada cosa en común además de haber sido todas pacientes del CMB. Las tres optaron por tomar la mezcla de hierbas de Baldwin.

Por la expresión de Mallon estaba claro que no era necesario explicar nada más.

–¿Algún otro tocólogo prescribe esa mezcla? – preguntó.

–No.

–¿Y dónde la consigue ella?

–De un herbolario del barrio chino. ¿Quieres que averigüe quién es?

–Por supuesto. Pero esta noche no hay tiempo. En cuanto terminemos voy a enviar esto por fax a Devlin. Y no te preocupes. Nadie más pondrá las manos en estos expedientes. Dime, ¿crees que tomar esas hierbas puede haber causado ese problema sanguíneo?

–Por sí solas, no. No lo creo. Pero hay ejemplos, muchos en realidad, en que una alergia a una sustancia sensibiliza a los pacientes a la acción de alguna otra.

–Dame un ejemplo -pidió Mallon, mientras garabateaba notas en un cuaderno.

–Veamos… Ciertos antibióticos, de los cuales tal vez la tetraciclina sea el más conocido, causan extrema sensibilidad a la luz solar en ciertos pacientes. La reacción no se comprende aún del todo y puede ser gravísima.

No tenemos ni idea de quiénes de los que toman tetraciclina correrán ese

riesgo. Muchos no sufren los efectos. De modo que les decimos a todos los que toman esa droga que no se expongan al sol.

–Sí, ahora lo recuerdo. ¿Has tenido ocasión de estudiar la lista?

–La miré por encima. Nada de lo que contiene tiene mucho sentido para mí. Traté de buscar algunas de las hierbas.

–¿Y?

–Va a hacer falta una persona con más tiempo del que dispongo yo y con acceso a una biblioteca mejor. Los diversos nombres, científicos, occidentales, asiáticos, complican bastante todo el asunto.

–Cuanto más complicado, mejor -dijo Mallon-. En todo esto abundan los problemas potenciales de mala comunicación. Problemas de lenguaje, órdenes de envío confusas…

–Falta de un constante control de dosificación -añadió Andrew-.

Contaminación con otras hierbas o pesticidas…

–Un asunto alarmante… sobre todo si cualquiera de estas hierbas tiene efectos potenciales en la coagulación de la sangre. – Mallon pasó medio minuto con aire ausente golpeando la mesa con la goma de borrar-. Bueno, el asunto entero sería un bombazo si supiéramos más del aspecto biológico

-dijo al fin-. Pero hasta que eso ocurra, sospecho que Devlin podría sacar bastante provecho de lo que tenemos aquí. El material tiene posibilidades, Andy. Grandes posibilidades.

–Estoy de acuerdo.

–Dime, ¿cuál es tu relación con la tal Sarah Baldwin?

Truscott pensó un momento y luego dijo simplemente:

–No tengo ninguna relación.

–Bien. Entonces haz lo que puedas para averiguar algo más sobre ella, Andy. Cualquier cosa. – Mallon cogió dos sobres de la mesa-. Una recompensa por tu lealtad y por la información -dijo, al tiempo que le daba uno-. Y aquí está la carta que pediste, del director médico de Everwell. El puesto que promete da por sentado que Everwell se hará cargo del CMB. Si no es así, no hay puesto. ¿Está claro?

–Sí.

–Bien. Me gustan las cosas claras. Te estás portando bien, Andy. Muy bien. – Mallon guardó los papeles en su carpeta y la cerró-. En lugar de tratar de enviarle esto a Devlin por fax, se lo llevaré en persona. Lamento dar la impresión de que te echo, pero mi esposa me espera.

–No hay problema -dijo Truscott mientras salían-. Tengo como una semana de retraso de sueño y debería intentar ponerme un poco al día…

sobre todo teniendo en cuenta que tengo que reunirme con Willis Grayson mañana por la mañana.

–¿Con el famoso Willis Grayson?

–Sí. ¿No te lo he mencionado? Por Dios, qué tonto. Iba a decírtelo cuando llegué y me entusiasmé tanto con…

–¿Decirme qué? – Mallon se detuvo.

–La chica que sobrevivió a la CID, la que todavía está en el hospital…

–¿Sí?

–Resulta que es la hija de Grayson.

–¿Cómo?

–No conozco toda la historia, pero al parecer hace años que vive al estilo hippie con el nombre de Lisa Summer. Grayson apareció en un helicóptero esta mañana. Se ha citado con todos los médicos que han tenido algo que ver con el caso.

–¿Por qué?

–No lo sé bien. Creo que quiere averiguar exactamente qué pasó.

Mañana a las once se reúne conmigo.

Mallon se acarició la barbilla.

–¿Sabes dónde se hospeda? – preguntó.

–¿Grayson? No. Ni idea.

–No importa. Lo averiguaré. ¿Cómo se encuentra su hija?

–Está profundamente deprimida. Pero médicamente marcha bien. El brazo…, lo que le queda…, está cicatrizando bien.

–¿Y perdió al hijo?

–Así es.

–El nieto de Willis Grayson…

–¿Cómo dices?

–Nada. Nada. – De pronto, olvidándose de Andrew, Mallon tomó el teléfono de una mesa cercana, llamó a Axel Devlin para avisarle de que un mensajero llegaría pronto con un paquete especial para él. Luego marcó otro número-. ¿Quién es? ¿Brigitte?… Ah, Luanne, ¿cómo estás? Soy Jeremy Mallon… Bien, muy bien, gracias. Escucha, ¿conoces la recepción?… Sí, bueno, la señora Mallon está allí en este momento y me espera. ¿Me harías el favor de buscarla y decirle que voy a llegar tarde? No,