Causas naturales
Capítulo 44
hacerlo entrar en razón, la ató a una viga desnuda, del otro lado de la habitación, frente a Matt, y le aseguró los tobillos.
Después, sin volverse para mirar, los dejó en la oscuridad y salió a toda prisa del edificio Chilton.
Un instante más tarde, los altavoces anunciaban que quedaban quince minutos para la demolición.
Capítulo 44
–Es nuestra esperanza, nuestro sueño, que este nuevo Instituto para Estudios Médicos y Curativos forme un puente de oro entre nuestra tecnología médica de rápido avance y las artes curativas, más místicas, a través de los siglos y en todo el mundo…
Glenn París aceptó con orgullo otra salva de aplausos de los casi doscientos dignatarios y otros invitados sentados en la tribuna. La mañana era clara y casi sin viento: condiciones perfectas para el espectáculo que se llevaba a cabo. Alrededor del campus, los pacientes, el personal y las visitas observaban desde azoteas y ventanas. En el extremo opuesto del parque, el edificio Chilton se erguía solo, como una reina depuesta, enfrentándose a la multitud con la poca gracia que le quedaba, mientras esperaba la guillotina.
–Ahora, antes de que el ganador de nuestro sorteo se adelante a emocionarnos a todos, me gustaría hacer una pausa, un minuto de silencio en honor del señor Colin Smith, la principal autoridad financiera de este hospital, que falleció ayer en un trágico accidente con su barco… Me propongo recomendar que nuestra junta directiva bautice un ala de este nuevo instituto en honor de Colin. Lo echaremos de menos… Y ahora, gobernador, señor alcalde, estimados colegas y todos ustedes que han sido tan leales para con el Centro Médico de Boston a lo largo de los años…, me causa un gran placer presentarles al ganador de nuestra rifa. Gracias a los devotos esfuerzos de nuestros vendedores de números, esta iniciativa ha recaudado casi treinta y tres mil dólares para el nuevo instituto… Gracias, gracias. La ganadora está aquí conmigo, y es… -miró de reojo la pequeña tarjeta- la señora Gladys Robertson, de West Roxbury.
Con el acompañamiento de corteses aplausos, una sonriente pero nerviosa señora de mediana edad, de vestido floreado, subió hasta donde se hallaba París y le susurró algo al oído.
–Oh, disculpen -dijo el presidente del hospital por el micrófono-.
Nuestra ganadora es la señorita Gladys Robinson. No soy médico, pero es evidente que tengo letra de médico. – París prolongó todo lo que pudo las risas que siguieron-. Muy bien, señorita Robinson, de West Roxbury -
continuó al fin-, éste es un gran momento. Aquí le entrego el émbolo que hará detonar las cargas colocadas por nuestro equipo de especialistas de fama mundial y le dará a usted un lugar en la historia. Señor Crocker,
¿tenemos luz verde?… Excelente. Señorita Robinson, si nos permite un redoble de tambores…
París señaló a su derecha. De entre los espectadores, se levantaron cinco hombres con pequeños tambores colgados al pecho. La sorpresa despertó un murmullo de aprobación por parte de la multitud. El tamborileo comenzó suave y luego fue in crescendo. París esperó… y esperó… hasta que la tensión se tornó casi palpable.
–¡Ahora! – gritó.
Mil pares de ojos estaban fijos en el edificio Chilton cuando la señorita Gladys Robinson oprimió el émbolo que había sido colocado en el podio.
Durante un momento de suspense, sólo hubo silencio. Entonces, precedido por nubecitas de humo que se levantaron alrededor de la base de los cimientos y ascendieron por las paredes de ladrillos, un estruendo sordo comenzó y se expandió con rapidez. El suelo se sacudió a medida que el ruido aumentaba. Una nube enorme y espesa de polvo gris hizo erupción, envolviendo los primeros dos pisos. Luego, con un rugido atronador, las paredes del edificio cayeron dentro del abismo gris.
Segundos más tarde, reinó el silencio una vez más.
La muchedumbre observaba admirada mientras la densa nube flotaba hacia arriba y comenzaba lentamente a dispersarse en las corrientes de aire cálido, más altas. Luego estallaron los aplausos… y los vítores… y los silbidos y las palmaditas en la espalda. Glenn Paris lo aceptó todo con la confianza y el aplomo de un hombre acostumbrado al éxito. El gobernador le estrechó la mano, y después el alcalde.
Orgulloso, Paris se volvió para contemplar su hospital. De pronto palideció. Su sonrisa se desvaneció. Dos hombres y una mujer, a ninguno de los cuales esperaba ver, se aproximaban a la tribuna a través del césped del campus. Detrás de ellos iban otros dos hombres. Los dos eran altos y de
espaldas anchas y tenían el porte de guardaespaldas. Paris sabía de quién eran los guardaespaldas.
–Buen trabajo, Glenn, muy bueno -dijo alguien, palmeándolo en la espalda.
Pero Paris, con la vista fija en el quinteto que se acercaba, no respondió.
El grupo había llegado a la base de la tribuna cuando Willis Grayson, con el brazo sobre los hombros de su hija, le hizo señas de que bajara.
Flanqueando a Lisa Grayson por el otro lado, cojeando, aunque no mucho, se hallaba Matt Daniels. Estaba sucio y desaliñado, tenía la cara hinchada y demacrada. Pero miró con ojos entornados al hombre que lo había condenado a morir y, con labios partidos y ensangrentados, forzó una sonrisa.
–Lo hizo volar, Glenn -dijo con voz áspera-. Lo hizo volar a lo grande.
–Me decepciona usted, señor Paris -intervino Willis Grayson-. Me decepciona mucho.
Paris buscó frenético con la mirada una vía de escape.
–Ni siquiera lo piense -le advirtió Grayson-. Cualquiera de mis hombres podría correr tras usted y atraparlo. Cinco minutos, Paris. Ese era todo el tiempo que quedaba cuando llegamos al sótano de ese edificio. Cinco minutos. Dejó usted a la doctora Baldwin y al señor Daniels allí, atados e indefensos. Se limitó a marcharse ¡y los dejó para que murieran aplastados!
Es usted un hombre muy cruel, Paris.
El grupo que rodeaba a Glenn Paris retrocedió y se quedó mirando a los recién llegados. Era evidente que muchos reconocían al millonario. El gobernador, que había llegado al pie de la tribuna, se acercó a Grayson, habló brevemente con él y Matt, y luego miró al presidente del CMB.
–Creo que será mejor que baje -dijo en tono tajante.
Glenn París, con el rostro angustiado y macilento, vaciló. Luego sus hombros y su mirada se hundieron y bajó despacio las escaleras alfombradas de rojo.
–Obviamente, si hu-hubiéramos s-sabido el p-problema en que e-estaban usted y su amigo, ha-habríamos tratado de llegar a-antes -dijo Warren Fezler.
El y Sarah avanzaban lo más rápido que podían por los túneles, en dirección a la planta de partos.
–Me alegro de que llegara cuando llegó -respondió Sarah-, ¿Entonces está seguro de que Rosa se encuentra bien?
–P-pasó seis horas en la s-sala de op-operaciones. Pero cuando salimos todos para aquí, nos d-dijeron que se encontraba es-estable.
–Gracias a Dios.
–Después de que le d-dispararan, p-poco antes de perder el conocimiento, R-Rosa anotó el número de la c-casa del señor G-Grayson.
En cuanto le expliqué lo que pasaba, el hombre vino para acá en el he-helicóptero. Rosa me s-salvó la vida. O-ojalá hubiera podido salvar la de mi hermana.
–Es muy triste. Lo lamento mucho. Pero también estoy enfadada… con Blankenship y con todos ustedes.
–La entiendo. N-no sé q-qué puedo hacer.
–Ahora ayúdenme y luego trataremos de enderezar las cosas con ese maldito virus suyo.
Sarah quiso subir por las escaleras hasta la planta de partos, pero su cuerpo exhausto le dictaminó que usara el ascensor.
–Warren, ¿cómo logró encontrarnos? – preguntó mientras esperaban el aparato.
–No f-fue muy difícil para un hombre como G-Grayson. Sabe hacer m-mover a la gente como n-nadie. – Pensó un momento y añadió-: C-con la p-posible excepción de Eli. Empezamos en la UTI y luego fuimos al p-pabellón de Psiquiatría. Allí ha-había un hombre, Wes o a-algo así, que d-dijo que usted había sufrido un ataque durante el d-desa-yuno y estaba en la s-sala de urgencias. T-también dijo que había pasado t-toda la noche observando el edificio Ch-Chil-ton con unos prismáticos. D-después averiguamos que Eli y alguien de traslados la habían llevado en c-camilla.
Y cuando vimos que n-nunca había llegado a la sala de urgencias, c-comenzamos a sospechar dónde estaba. El señor G-Gray-son interrogó al hombre de tr-traslados. Y entonces supimos que estábamos en lo cierto.
–Y entonces fueron al sótano del edificio por la entrada posterior.
–Yo t-tenía las llaves. En una época v-viví ahí, ¿r-recuerda? El señor G-Grayson decidió buscarlos a ustedes en 1-lugar de tratar de d-detener la explosión.
Empujaron las puertas de la planta de partos y de inmediato se vieron confrontados a un sonido que a Sarah le era familiar. Annalee Ettinger
lanzaba alaridos de dolor. Sin preocuparse por las enfermeras, Sarah tomó a Warren de la mano y lo arrastró por el vestíbulo hasta la habitación de Annalee. El guardia uniformado ya no estaba…, lo habían despedido, supuso Sarah, cuando la malvada doctora Baldwin fue encerrada en Underwood Seis. Randall Snyder, evidentemente agitado y al borde mismo del pánico, controlaba el pulso de las muñecas de Annalee.
–Por favor, vuelvan a llamar al doctor Blankenship -le decía a una de las enfermeras que lo ayudaba.
–Pueden llamarlo todo lo que quieran -intervino Sarah-, pero no responderá. Ni ahora, ni nunca. Annalee, ¿me permites hablar contigo, por favor? Es muy importante.
–Me dijeron que tratabas de hacerme daño.
–Se equivocaban. ¿Hablarás conmigo?
–¿Puedes ayudarme a librarme del dolor en los brazos y los pies?
–Puedo eliminarlo.
Instalados en un lateral del salón familiar de Obstetricia, Willis Grayson, Lisa, Matt y Warren Fezler observaban atentos el monitor. Glenn París había instalado el sistema de vídeo como parte de su plan de remodelación del servicio de O/G. La cámara que filmaba la cesárea estaba situada directamente encima de la mesa de operaciones. El campo que proyectaba en ese momento consistía en dos pares de manos -las de Randall y las de Sarah- y el vientre liso y grávido de Annalee Ettinger.
–Muy bien, ¿la sangre fluye? – oyeron que preguntaba Snyder.
–Fluye -respondió la voz de una enfermera.
–¿Signos estables?
–Todos los sistemas bien -dijo el anestesiólogo.
–¿Lista, Sarah?
–Lista.
Lisa Grayson codeó a Matt.
–Muy bien, entonces -dijo Snyder-. Es su caso, doctora. Yo la asistiré.
–Pero…
–¡Rápido!
–Está bien, está bien.
Los cuatro espectadores observaron mientras Sarah y Randall Snyder desaparecían de la pantalla y luego reaparecían, tras haber cambiado lugares ante la mesa de operaciones.