Causas naturales
Capítulo 41
metros de distancia, el asesino contratado de Blankenship yacía boca abajo, inmóvil, con el enorme motor descansando pesadamente sobre su espalda.
–¿Warren? – gimió Rosa, casi sin voz-. Por favor, venga.
No hubo respuesta. Rosa combatía la oscuridad que la invadía. Pero, muy lentamente, sus ojos se fueron cerrando.
–¿R-Rosa? – Fezler susurró con miedo su nombre, mientras le tocaba el hombro-. ¿M-me oye?
La epidemióloga movió la cabeza pero no pudo hablar. Sentía que le manaba sangre de la boca.
–A-aguante. Llamaré una a-ambulancia.
–Espere -jadeó ella.
–¿Q-qué?
–Libreta…, lápiz…, ahí.
Perplejo, Fezler tomó la libreta; levantó un poco la cabeza de Rosa y la apoyó en su regazo. Dolorosa y lentamente, ella le dictó un número de teléfono.
–Llame… ahora-logró decir-. Explíquele… a… él… Sarah… está…
en… el C… M… B… Este… hombre… ayudará.
–Llamaré u-una a-ambulancia -repitió Warren-. ¿Rosa? Maldita sea, Rosa, ¡no!
Los músculos de la cara de la epidemióloga se relajaron. Sus labios se curvaron en una delgada sonrisa.
–Vayase -dijo.
Capítulo 41
29 de octubre
Cada hora que pasaba Sarah en el pabellón de Underwood Seis era más traumática y desagradable que la anterior. El personal parecía estar convencido de que ella no esperara recibir ningún trato especial por el mero hecho de ser médica. Y algunos disfrutaban de manera evidente de tener poder y control sobre una doctora. Cada petición que ella hacía, por menor que fuera, se le prohibía o modificaba debido a alguna regla de la unidad.
Sus principales antagonistas eran los empleados de salud mental, la mayoría recién licenciados en psicología o sociología, que daban la impresión de tomar el trabajo como una actividad temporal mientras trataban de decidir qué hacer con su vida.
–Mi médico no ha venido a verme en todo el día. Para mí es muy importante hablar con él. Por favor, ¿podrían llamarlo?
–Lo lamento. Nunca llamamos a los médicos, salvo que se trate de una emergencia o un problema con la medicación. Vendrá esta noche, más tarde, o por la mañana, como los otros médicos.
–Hola, lamento molestarlo, pero me gustaría ver el vademécum de farmacia de las enfermeras, por favor. Quisiera consultar sobre una compañía farmacéutica llamada Productos Farmacéuticos Hurón.
–Lo lamento. A ningún paciente se le permite ver los libros del personal.
–Bien. Entonces puede buscar lo de Hurón por mí.
–Tal vez más tarde, después del grupo, si hay tiempo.
Por último, Sarah logró contactar por el teléfono público con un amigo que tenía en la farmacia del hospital. Este le informó que no había ninguna compañía llamada Productos Farmacéuticos Hurón. Ni local ni regional ni nacional ni tampoco extranjera. En ninguna parte. Esa información envió a Sarah de nuevo a la batalla contra los empleados de salud mental.
–Estaba convencida de que mi abogado iba a venir durante las horas de visita. Ahora ya han pasado y él no ha aparecido. ¿Podré verlo un momento si llega tarde? Es muy importante.
–Lo lamento. No es posible.
–Si él llamara a la sala de enfermeras, ¿podrían comunicarme con él?
–Sólo pueden hacerse llamadas exteriores a los pacientes mediante el teléfono público.
–Pero ese teléfono estuvo ocupado toda la tarde. Y después, a las diez, le pusieron un candado. Nadie me dijo que esto iba a pasar. Por favor,
¿podría usar el teléfono de la sala de enfermeras para tratar de comunicarme con él?
–Todo será igual mañana por la mañana, Sarah. Tal vez no lo crea, pero así ocurrirá. Ahora, ¿por qué no toma la medicación que ordenó el doctor Goídschmidt, lee un rato y duerme un poco?
Después de enterarse de que el teléfono público se cerraba a las diez, Sarah renunció a saber nada de Matt hasta la mañana siguiente. Pero a cada hora que pasaba su preocupación por él aumentaba. ¿Por qué no había llamado? Se calmaba sólo al razonar que sin querer se le habían pasado las dos cortas horas de visita y luego había sido víctima de una constante señal
de ocupado en el teléfono público. Tal vez había llegado tarde al pabellón y los empleados de salud mental lo habían echado.
En Underwood Seis las horas se arrastraban minuto tras minuto. Eran ya las dos y media de la mañana. Sarah se hallaba sentada en un desgastado sillón de piel junto a la ventana del salón, agradecida de que nadie hubiera sacado a relucir una regla que prohibiera esa conducta en particular. Lo único bueno de ser una paciente de un pabellón psiquiátrico, según se iba dando cuenta, era que uno podía actuar como un loco sin que nadie le prestara mucha atención.
Todavía le raspaba la garganta por las secuelas del tubo endotraqueal y, además de sentirse cansada y débil, tenía una tos bastante desagradable.
Pero también se sentía obligada a permanecer despierta toda la noche si era necesario. Cuando la camioneta de Productos Farmacéuticos Hurón volviera al edificio Chilton, ella quería saberlo. En menos de siete horas, el edificio estallaría. Y sus secretos iban a quedar enterrados bajo los escombros. La gente de Hurón ya podría haber terminado sus actividades dentro del edificio. Pero tal vez, sólo tal vez, no fuera así. Un haz de luz conveniente, una buena mirada al conductor de la camioneta, podía ayudarla a desvelar parte del enigma.
–¿Cómo se siente?
Sarah, que quizá se había adormecido, se sobresaltó al oír la voz.
–Ah, hola -dijo.
El hombre, Wes, era un auxiliar de salud mental. Él y una enfermera componían el personal del turno de noche en Underwood Seis. El hombre, que tendría unos cuarenta años, era mayor que los empleados de salud mental de los turnos de la mañana y la tarde, pero Sarah supuso que su papel tenía más que ver con la seguridad que con la terapia. Tenía el cuerpo delgado y musculoso de un gimnasta o un levantador de pesas, y, en un deltoides, un tatuaje de un cráneo y una daga que parecía exhibir con placer.
La impresión de Sarah era que el tipo estaba bastante pagado de sí mismo.
También dudaba seriamente de que su instrucción formal se extendiera mucho más allá de la escuela secundaria. Desde que había llegado, a las once, ésa era la tercera vez que se le acercaba a hablarle.
–¿Está observando algo interesante?
–En realidad, no. Mañana van a volar ese edificio.
–Ya lo sé. Me voy a quedar aquí a ver la demolición. Éste es el mejor sitio para contemplarla. ¿Trabajó allí alguna vez?
En las conversaciones anteriores, el hombre había dejado en claro que se había enterado de bastantes cosas sobre Sarah por el informe del turno de la tarde y por leer su historial médico. Eso la enfureció.
–¿Cómo? Oh, no. Nunca ha estado abierto desde que trabajo aquí. Sólo tengo curiosidad, nada más.
Sarah continuó mirando más allá del campus, pensando en Matt. La lógica le indicaba que él se encontraba bien. Pero una sensación opresiva, desagradable, del todo ilógica, le decía que algo andaba mal.
–¿Sale con alguien? – preguntó Wes, mirándola con descaro.
«¡Oh, no!», pensó Sarah.
–Sí, sí. Estoy comprometida -se apresuró a responder.
El auxiliar de salud mental quería propasarse. «Lo único que faltaba.»
Pensó velozmente lo útil que resultaría si a todos los futuros médicos se les exigiera que pasaran un tiempo como pacientes. A ese curso podrían llamarlo Indefensión i.
–Bueno, a mí no me molesta, siempre que no le moleste a usted -dijo Wes al tiempo que se ajustaba la manga de la camiseta para exponer plenamente la calavera tatuada-. Aquí hay muchas reglas. Puedo ayudarla a pasar algunas por alto.
Sarah pensó un momento si el hombre iba a tocarla. La perspectiva le dio náuseas. Pero si lo rechazaba con demasiada aspereza, podía pasarle casi cualquier cosa. El pabellón era ocupado en primer lugar por aquellos que se rebelaban de algún modo contra la autoridad del personal.
–Mira…, eh…, Wes. De veras aprecio que te acerques a hablarme. Pero necesito tomar las cosas con calma…, no sé si me entiendes.
El rostro del hombre se iluminó.
–Ah. Ah, sí. Ya te entiendo. ¿Deseas algo ahora? ¿Una bebida fría?
¿Algo dulce? ¿Quizás un polvito blanco? No hay nadie más en tu habitación, y la de al lado está vacía.
La náusea de Sarah se intensificó. Si esa pesadilla terminaba alguna vez, juró regresar a Underwood Seis como médica. Y en nombre de todas esas mujeres que serían alguna vez encarceladas allí, pondría en su lugar a ese desgraciado.
«Si…»
Le rogó a Wes que por el momento dejara de lado todos los favores que pudiera ofrecerle, le dijo que no había problema en que pasara a verla más tarde siempre que ella aún estuviera despierta, y continuó mirando atentamente por la ventana hacia el otro lado del campus. A cada minuto que pasaba se sentía más y más decidida, antes de la gran explosión, a encontrar un modo de salir de Underwood Seis y entrar en el edificio Chilton.
«Qué idea de locos», reconoció sonriendo a medias.
A las tres y media comenzaba a perder la batalla contra el agotamiento.
Sabía que cabeceaba entre mirada y mirada por los prismáticos. Pero no estaba dispuesta a darse por vencida, así que siguió obligándose a permanecer despierta. Rosa, Matt y Eli habían pasado la mayor parte del día desenredando diversos hilos del misterio del VRC113. Ella había pasado el día en el grupo de terapia y la noche manteniendo a raya a un auxiliar de salud mental que se hallaba más perturbado que la mayoría de los pacientes.
La impotencia de su situación era intolerable. De algún modo iba a hacer su contribución al caso, insistió para sus adentros. De algún modo iba a encontrar la manera de…
Sarah sacudió la cabeza para despejarse y se frotó la cara con el paño húmedo que había sido su único aliado a lo largo de la prolongada vigilia de esa noche. Había movimiento en el otro extremo del edificio Chilton.
Apagó las luces fluorescentes del techo, cogió los prismáticos y apoyó firmemente los codos en el alféizar de la ventana. Alrededor del edificio Chilton la iluminación era inexistente. Pero la luna estaba casi llena y las luces de los senderos del campus eran bastante numerosas como para mitigar aún más las sombras. Sarah esperó que sus ojos se adaptaran a la oscuridad, pero ya estaba segura de lo que veía.
La camioneta de Hurón había regresado.
El Gato Negro Daniels sabía que iba a morir. Y, por momentos, durante las violentas horas que había pasado como cautivo de Eli Blankenship, rogó que así fuera. Un tiempo después de que lo dejaran inconsciente de un golpe, volvió en sí y se encontró boca abajo en el fondo de lo que suponía era la camioneta de Productos Farmacéuticos Hurón. Tenía las manos firmemente atadas a la espalda con alambre fino, y los tobillos sujetos a un lado del interior del vehículo. La cabeza le latía sin piedad y el mareo y la náusea debilitantes se negaban a ceder.
La camioneta estaba estacionada en el interior de algo, tal vez un garaje, totalmente a oscuras. Se oían ruidos de la calle -algún coche que pasaba de vez en cuando- pero ninguna voz. La posición en que lo habían dejado era enormemente incómoda. Pero hasta el menor movimiento le causaba un dolor agudísimo en los brazos, que partía del lugar donde el alambre le cortaba las muñecas.
Blankenship hizo su primera visita a la camioneta mucho después de que Matt hubiera recobrado el conocimiento. Le causó cierta sorpresa el ver que era él, pero en verdad no mucha.
–Debería haberlo sabido -dijo Matt.
–Sí. Sí, supongo que sí.
–Usted mató a Colin Smith.
–No tuve más remedio.
–Y a Pramod Singh.
–No tuve más remedio.
–Y le tendió una trampa a Ettinger para echarle la culpa.
–Eso sí que lo hice con ganas. Y bien, ya he respondido a sus preguntas.
Ahora respóndame unas cuantas a mí. Necesito saber si queda algún otro…
digamos… cabo suelto que necesite atar. ¿Hay alguien más por quien deba preocuparme? ¿Alguien más con quien usted haya hablado? ¿Jeremy Mallon? ¿París? ¿Qué le dijeron?
Matt hizo lo que pudo por apartarse un poco, pero Blankenship se limitó a apretarle el codo. El abogado soltó un alarido de dolor.
–No sé nada -gritó-. No sé nada más.
Blankenship le alzó de un tirón la cabeza, sujetándolo por los pelos.
–Espero que esté diciendo la verdad -amenazó-. Ya veremos.
Lo soltó de golpe. La cara de Matt dio contra el piso de metal. Cuando Blankenship volvió a embestir, tenía en la mano una inyección con alguna droga. Matt casi se desmayó del dolor que le causó el solo hecho de que le movieran el brazo para aplicarle la aguja. Al cabo de unos segundos, el dolor se desvaneció. Durante un lapso que podría haber abarcado minutos o días, sólo oyó palabras y frases aisladas, primero con la voz de Blankenship, luego la propia, que flotaban a través de su mente como plumas. Por último la oscuridad y el silencio lo envolvieron.
Cuando recobró el conocimiento, estaba sentado en el suelo de una habitación húmeda, totalmente oscura, con las piernas extendidas y los