Causas naturales
Capítulo 3
Detrás del podio, Glenn París volvía a estar radiante.
–Por favor, no paren por mí. No me molestan los aplausos dijo cuando las manifestaciones de entusiasmo fueron disminuyendo.
–Es astuto -susurró Truscott entre las risas que siguieron al comentario de Paris-, he de reconocerlo.
–Está obrando un milagro.
–Se está inflando.
–Antes de presentar a los que se hallan sentados detrás de mí -prosiguió Paris-, y mientras seguimos con la cuestión de la interferencia exterior en los asuntos del hospital, quiero decir unas palabras sobre el grupito de manifestantes que algunos de ustedes se han visto obligados a atravesar para llegar aquí esta mañana. Varios de nuestros empleados de mantenimiento lideran en la actualidad una acción laboral ilegal y tenemos buenas razones para creer que ha sido instigada y está siendo incitada por una de esas agrupaciones interesadas en nuestra desaparición. No les permitiremos que interfieran en la asistencia a los pacientes ni en nada que concierna a esta institución -golpeó el podio con el puño para dar énfasis a sus palabras-. ¡Pueden ustedes darlo por hecho!
La última frase seguía resonando en toda la sala cuando se produjo un cortocircuito. El sistema de emergencia, que proveía de electricidad a las salas de operaciones, las UCI y parte de la sala de urgencias, se conectó de inmediato. Pero el anfiteatro, que no tenía ventanas, quedó en repentina y tenebrosa oscuridad.
El programa inicial del Día de Cambio había concluido.
Capítulo 3
Sarah tenía un modelo a seguir en su práctica de obstetricia y ginecología: su jefe, el doctor Randall Snyder. Desde su manera de hablar suave hasta su sedán Volvo gris, en él todo era paternal y tranquilizador.
Tenía unos cincuenta y cinco años y continuaba viviendo la medicina en toda su plenitud y humanidad. Cuando se anunciaba una nueva técnica o tratamiento en su campo, él era uno de los primeros en aprenderla. Si una paciente clínica sin seguro médico tenía un embarazo problemático, la aceptaba como paciente particular sin hablar una palabra del pago.
Aquel día Randall Snyder sacaba tiempo de su apretada agenda para llevar a Sarah al área de la ciudad llamada Jamaica Plains. Allí la ayudaría a
asistir a una mujer de veintitrés años sin seguro médico y con un miedo atroz a los doctores y hospitales.
–¿Cómo lo haces? – preguntó Sarah durante el trayecto.
–¿Hacer qué? – Snyder bajó el volumen de la cantata de Bach que sonaba en el radiocasete del coche.
–Seguir practicando la medicina tal como lo haces sin que eso te afecte mucho.
Snyder esbozó una sonrisa a medias.
–¿Quieres definir «eso»?
–Ah, ya sabes…, los comentarios de los colegas, los abogados, las compañías de seguros y el control respecto de lo que puedes y no puedes cobrar por tu trabajo, la montaña de documentos y la constante amenaza de ofender a alguna paciente vengativa o desequilibrada que presente una querella contra ti o te lleve a juicio.
–Ah, eso. – dijo Snyder-. Sarah, por lo que a mí respecta, ni siquiera has aludido a la verdadera tensión de este trabajo: los casos que no salen bien, la gente que padece enfermedades incurables, los que mueren a pesar de todo lo que uno haga.
–Pero eso es medicina. Lo otro es… es…
–Medicina, también. Forma parte del paquete. Créeme, yo no soy la máquina serena que muchos creen. Pero tampoco voy a casa después de una jornada de trabajo y le pego a mi mujer porque no he acertado a la lotería o escrito el best-seller que me permitirá cambiar de profesión. Puedo ocuparme de las cosas de las que me hablas porque todavía me gusta mí trabajo y me siento muy afortunado de que se me haya dado la oportunidad de llevarlo a cabo. ¿Por qué me preguntas todo esto? ¿Tienes problemas?
–No exactamente. Ah, tuerce por la siguiente esquina a la derecha.
–Bien. Dijiste la calle Knowlton, ¿verdad?
–Sí.
–Conozco el camino. Ahora sigue.
–Ya sabes que antes de ir a la Facultad de Medicina trabajé en un centro de medicina holística…
–Por supuesto. Estuve en algunas de tus conferencias. Tema interesante.
Muy interesante.
–Me especialicé en acupuntura y herbolaria. Pero ocurrió algo que me hizo sentir que necesitaba ampliar los conocimientos que tenía.
Ocurrió algo. Eso sí que era decir poco, pensó Sarah. Se preguntó si debía o no entrar en los detalles de su enfrentamiento final con Peter Ettinger, pero enseguida se dio cuenta de que no era ni el momento ni el lugar para desenterrar ese miasma.
–Bien, nuestras técnicas en el centro de medicina holística tenían sus limitaciones -prosiguió-. Eso no lo cuestiono. Pero en casi todos nosotros había una cierta… no sé, llamémosle inocencia… acerca de nuestras metas y el modo en que desempeñábamos la tarea. Cada día íbamos a trabajar y se nos permitía concentrarnos casi exclusivamente en hacer lo que podíamos por nuestros pacientes.
–¿Y?
–Bueno, por lo que sé, la medicina, tal como me la han enseñado, a menudo tiene tanto que ver con el dinero y la seguridad como con los propios pacientes. Gastamos millones y millones de dólares en análisis marginales o innecesarios, para cubrirnos las espaldas por si terminamos en un tribunal. Mientras tanto, la Administración, pensando que ahorra dinero, nos dice cuánto tiempo se nos permite mantener en el hospital a los pacientes con una determinada enfermedad. ¿Y qué pasa si una anciana es enviada a su casa demasiado pronto después de una histerectomía y se cae y se fractura la cadera? Hablamos de estadísticas…, tablas y porcentajes.
Nada que ver con la carne y la sangre.
–Sarah, eres demasiado joven para estar tan hastiada.
–Ojalá hubiera algo para lo que aún fuera demasiado joven, cualquier cosa; y sabes que no estoy hastiada. Siento que he tomado la decisión correcta al querer ser médica. Y me encanta serlo. Sólo que a veces desearía que todo fuera un poco más…, no sé…, puro.
Randall Snyder soltó una risita.
–El jabón Marfil tiene un noventa y nueve coma cuarenta por ciento de pureza -dijo al girar por la calle Knowlton-. Nada relacionado con los seres humanos llega nunca a tal grado de pureza., y en especial en nuestro medio.
Pero escucha, entiendo lo que te perturba y te prometo que continuaremos pronto esta discusión, tal vez después de una cena en tu casa. Por ahora, debes saber que vas camino de convertirte en una magnífica médica…
Exactamente la clase de persona que me gustaría tener como socia en mi consultorio.
–Bueno, gracias. – Sarah no pudo ocultar su sorpresa… o placer. Era la primera vez que oía a Randall Snyder siquiera sugerir que podría considerar la idea de aceptar un socio, y mucho menos a ella.
–Pero por el momento no pienses en eso -dijo Snyder-. Un día de éstos, si lo deseas, nos sentaremos a hablar de negocios. Está muy bien mirar con dureza los aspectos menos atractivos de nuestra profesión, mientras uno no se paralice por lo que ve. Y por el amor de Dios, no pongas a nadie en un pedestal… y menos a mí. – Se detuvo frente al número 313-. Ahora, antes de que entremos, ¿qué te parece.1 me das algunos datos sobre nuestra paciente?
La presentación concisa y altamente especializada de un caso médico era quizá la habilidad en la que más hincapié se hacía durante los estudios de Sarah. Cuando era estudiante, permanecía a menudo sumergida en la bañera, indiferente a la temperatura del agua que iba enfriándose poco a poco, mientras se valía de un cronómetro y hacía una docena o más de ensayos para perfeccionar la exposición del caso de la mañana siguiente.
Ahora la técnica formaba parte de ella.
–Lisa Summer tiene veintitrés años, es soltera, artista, grávida por segunda vez, aborto espontáneo hace tres años. – Segundo embarazo, sin partos anteriores, un aborto, último período menstrual nueve meses antes.
Randall Snyder hizo un gesto con la cabeza para que Sarah prosiguiera-.
Este embarazo no ha presentado anomalías en ningún aspecto. Se ha producido un aumento de peso de quince kilos a partir de un peso base de cinco-tres. En un examen efectuado la semana pasada, el feto se hallaba en posición vértice; la cabeza estaba comprometida, probablemente occipucio izquierdo inferior. Salvo las enfermedades infantiles habituales, Lisa tiene una historia clínica negativa. No fuma, y bebe ocasionalmente. Ningún otro medicamento, excepto el suplemento prenatal natural que yo prescribo.
–Ah, sí -repuso Snyder-. La misteriosa mezcla Baldwin. Estuve en la reunión departamental el año pasado cuando hablaste de eso. En otro momento me gustaría que me enseñaras más al respecto. Por favor, continúa.
Sin apenas historia familiar. Ninguna relación con los padres en el presente; tampoco con el padre del niño.
¡Vaya!
La ayuda una amiga enfermera. Al parecer, de niña, Lisa tuvo una desagradable experiencia en algún hospital. Ahora tiene pánico.
-Ergo, parto a domicilio.
–Ésa es una de las razones. Lisa es…, no sé…, es muy reservada y desconfía mucho de la gente.
–¿Incluso de ti?
–No tanto como al principio, pero sí, incluso de mí.
–Bueno, entonces entremos y tratemos de cambiarlo.
Sarah cogió el equipo de obstetricia.
–Una cosa más -dijo-. Heidi, la amiga que la asiste, dijo que la presión de Lisa había estado bajando ligeramente y que se ha vuelto más difícil de percibir en el brazo derecho que en el izquerdo. La última sistólica era de ochenta y cinco, en el momento justo en que Glenn comenzó a hablar. La más alta, unas horas antes, era uno diez.
–¿Y qué piensas de eso? – preguntó Snyder.
–Baja-normal para esta fase del parto, diría yo. Cuando me llamó, Heidi me informó que Lisa parecía estar bien. Así que tal vez no sea nada.
Sarah vio preocupación en los ojos de Snyder y de inmediato intuyó que ella no había tomado lo bastante en serio la información.
–La cifra por sí sola podrá ser baja-normal -dijo el médico-, pero mi experiencia me dice que no muchas parturientas presentan esa clase de bajada de presión en esta fase.
–Yo… debería haberlo dicho antes, supongo -se excusó Sarah.
–Qué disparate. Soy un alarmista nato. Creo que tienes razón… Lo más probable es que la presión baja se deba a una leve deshidratación.
Mientras bajaban del coche oyeron una sirena, a una o dos manzanas de distancia. No habían dado más de dos pasos cuando un coche de policía, con las luces relampagueantes, dobló la esquina con chirrido de neumáticos y aparcó detrás del Volvo. Un agente uniformado bajó de un salto y sin hacerles caso corrió hasta la puerta del edificio.
–Disculpe -gritó Snyder mientras se precipitaban tras el policía-, soy el doctor Randall Snyder, del Centro Médico de Boston. ¿Qué sucede?
–No sé, doctor -respondió el agente, jadeando-. Pero me alegra que esté usted aquí. Hemos recibido una llamada de urgencia diciendo que había una mujer con serios problemas y que necesitaba una ambulancia. Llegará en cualquier momento.
–¿Cómo se llama la mujer? – preguntó Sarah, que de pronto sintió un nudo en el pecho.
El agente tocó el timbre varias veces y luego empezó a golpear el vidrio de la puerta.
–Summer -dijo-. Lisa Summer.
La verdadera tensión de este trabajo: los casos que no salen bien, la gente que padece enfermedades incurables, los que mueren a pesar de todo lo que uno haga…»
Las palabras de Randall Snyder resonaban en su mente mientras Sarah seguía al policía y a Heidi Glassman por la amplia escalera. Desde arriba llegaba la tos y los gritos de dolor de Lisa. E incluso antes de entrar en el cuarto, Sarah olió la sangre.
Lisa, sentada en el futon con las piernas abiertas, sufría hemorragia nasal y bucal. Sangre fresca y seca cubría la pechera de su camisón y había salpicado el futon, el suelo y la pared. Pero aún fue más perturbador para
Sarah ver un miedo vidrioso en los ojos de la muchacha. Era una mirada que había visto pocas veces en su carrera médica, la más reciente en una mujer de cincuenta años, recién operada, que estaba a punto de sufrir un ataque coronario masivo. En unos minutos aquella mujer se encontró en pleno e irreversible paro cardíaco.
–Comenzó poco después de que la llamara -informó Heidi mientras Sarah y Randall Snyder se ponían guantes y se arrodillaban junto a Lisa para examinarla-. La habría llamado de nuevo, doctora, pero estaba segura de que ya venía para acá.
»Todo marchaba bien… salvo lo de la presión sanguínea de que le hablé. Después, de pronto, Lisa empezó a quejarse de un fuerte dolor en la mano y el brazo derechos. Durante una de las contracciones, se mordió por dentro la mejilla. Al principio el corte sólo le sangraba un poco; después, de repente, salió mucha sangre. Un minuto antes de que usted llegara vomitó sangre de un rojo brillante. Creo que lo que vomitó debió de salir de la parte posterior de la nariz, pero ¿cómo saberlo?
–¿La presión se mantiene? – preguntó Sarah mientras le aplicaba la banda de goma a Lisa y se disponía a hacer una nueva lectura.
–Bajó un poco más. Alrededor de ochenta sistólca. En el brazo derecho no puedo oírla en absoluto.
Sara echó un vistazo al brazo derecho de Lisa y de inmediato supo por qué. Vio que Snyder, que le palpaba el pulso por encima de la arteria radial en la muñeca y la arteria braquial en el hueco del codo, también lo sabía. El brazo, desde por lo menos el codo hasta la mano, estaba negruzco y moteado. Los dedos tenían un color gris más intenso, las arteriolas más pequeñas que proveían sangre a ese miembro se habían bloqueado. En menor grado, la sangre fluía al brazo izquierdo y también ambas piernas parecían afectadas.
–Todavía ochenta -dijo Sarah-. Lisa, sé que esto te asusta. Pero, por favor, haz lo que puedas para mantenerte lo más tranquila posible mientras descubrimos lo que sucede. Este es el hombre del que te hablé, el doctor Snyder. Es mi jefe.
Desde la distancia, alcanzaban a oír el sonido de la ambulancia que se aproximaba.
–¿Qu-qué… me pasa? – preguntó Lisa, tan perpleja como asustada.
Sarah y su jefe intercambiaron miradas. Aunque el diagnóstico necesitaba confirmación de laboratorio, sabía que Snyder sospechaba, igual que ella, que estaban presenciando la rápida evolución de una CID -
coagulopatía intravascular diseminada-, la más dramática y terrible de todas las emergencias de bloqueo sanguíneo.
Sarah pidió una toallita para dársela a Lisa.
–Toma, Lisa, suénate la nariz en esto lo más fuerte que puedas. Una vez que hayamos sacado los grandes coágulos, la presión que aplicas a tu nariz logrará detener la hemorragia con más eficacia.
Lisa, que todavía escupía sangre en un cubo, hizo lo que la médica le indicaba. Pero no había ningún coágulo. Ninguno.
EI diagnóstico de CID era ahora aún más probable. Por alguna razón, fuera lo que fuese, grandes cantidades de coágulos pequeños habían comenzado a formarse en el flujo sanguíneo de Lisa. Esos microcoágulos que circulaban comenzaban a unirse y obstruir las arterias que abastecían de sangre a los brazos y piernas, con lo cual ponían a los miembros en gran peligro.
Aún más alarmante que el bloqueo sanguíneo era la velocidad con la que los coágulos anormales iban consumiendo los factores necesarios para la coagulación sanguínea normal. Como esos factores se hallaban casi agotados, una hemorragia en cualquier parte del cuerpo amenazaba la vida de la naciente. Y un ataque fatal causado por una hemorragia cerebral era una posibilidad aterradora.
–Lisa, en un segundo te explicaré qué creemos que está ocurriendo -dijo Sarah-. ¿Has roto aguas?
Lisa negó con la cabeza.
–Estoy muy asustada -logró decir-. Esta mano me está matando.
–Comprendo. Danos sólo un momento.
Sarah miró a su jefe.
–Necesitamos que llegue esa ambulancia, necesitamos una intravenosa, y también un hematólogo o un internista, preferiblemente ambos, que nos esperen en el CMB -indicó Snyder.
En su voz aún dominaba la calma que lo caracterizaba, pero su expresión era sombría. Éste sería el segundo caso de CID en una paciente del CMB en parto activo en menos de tres meses. El caso anterior -que no era paciente de Snyder ni de Sarah- había muerto en la mesa de operaciones
mientras los médicos trataban desesperadamente de alumbrar mediante una cesárea.
Como la hemorragia había penetrado la placenta, el niño sufrió un serio daño cerebral y se le declaró muerto antes de llegar a la primera semana de vida. La causa de la CID nunca llegó a determinarse.
–Lisa, por favor, escúchame -dijo Snyder-. Y trata de no estar tan asustada. Creemos que algo ha causado que tu sistema de coagulación sanguínea haya dejado de funcionar como es debido. Necesitamos llevarte al CMB para hacerte un diagnóstico y un tratamiento lo antes posible.
–¿Qué es ese «algo»? ¿Qué lo ha causado? – preguntó la paciente-. ¿Mi hijo estará bien?
–Sabremos mejor el estado de tu hijo en cuanto dispongamos de un monitor -respondió Snyder-. En este momento puedo oír con claridad el latido de su corazón.
–Va a ser varón.
–¿Cómo?
–Será un varón. La doctora Baldwin me hizo realizar un ultrasonido. Se va a llamar Brian.
Oyeron que la sirena de la ambulancia se apagaba al tiempo que se detenía frente a la casa.
–Lisa -dijo Snyder-, sé que no es fácil, pero cuanto más relajada puedas estar, más lentamente fluirá tu sangre y mejores probabilidades tendremos de parar la hemorragia. ¿Hay alguien a quien desees que llamemos? ¿Tus padres? ¿Algún hermano o hermana?
Lisa pensó un momento y luego meneó la cabeza con decisión.
–Heidi es toda mi familia -dijo.
–Muy bien. Sarah, ¿puedes llamar al CMB?… ¿Sarah?
Con los ojos cerrados, Sarah había colocado la yema de tres dedos
-índice, medio y anular- sobre la arteria radial izquierda de Lisa, tratando de examinar los seis pulsos localizados allí, que utilizaban sólo los acupuntores y practicantes de la medicina tradicional china. Los pulsos izquierdos reflejaban la condición del corazón, el hígado, el intestino delgado, la vesícula biliar y la vejiga. Muchas veces, en especial en pacientes con dolores poco específicos, la palpación cuidadosa de los tres pulsos superficiales y los tres profundos de cada muñeca daba algún indicio en
cuanto a la fuente del síntoma y ayudaba a la ubicación directa de las agujas de acupuntura.
–Oh, disculpe -dijo. Su examen, influido por el estado agitado de Lisa y la profunda alteración del flujo sanguíneo, no resultaba revelador. Y sin nada de circulación en el costado derecho, tenía poco sentido controlar dicho lado-. Llamaré al doctor Blankenship y le pediré que nos espere con alguien de hematología.
–Gracias.
El equipo de urgencia entró apresuradamente en la habitacion. Tras una breve explicación de Randall Snyder, pusieron a Lisa en una camilla portátil y le colocaron un dispositivo intravenoso en el brazo. Sarah se dirigió al teléfono situado ni el vestíbulo.
–Doctora Baldwin, no me deje -suplicó Lisa.
–Vuelvo enseguida.
–Entonces dígame, ¿voy a morir? Sarah rogó que hubiera en su voz más convicción de la i|iic sentía en ese momento.
–Lisa, éste no es momento para que pienses en esas cosas respondió-.
Es muy importante que te concentres y trates de mantenerte así. Tienes que intentar usar ese material de visualización interna en que hemos trabajado.
¿Crees que eres capaz?
–Yo… lo estaba haciendo antes de que empezara todo esto. Una vez logré ver mi útero. De veras.
–Te creo. Eso es magnífico. Bueno, ahora tienes que empezar a hacerlo de nuevo. Concéntrate en ver tu flujo sanguíneo y las estructuras del interior de tus manos. Es muy importante. Cuando hayamos llegado al CMB te ayudaré con eso. El doctor Blankenship, el interno que te tratará, es un doctor maravilloso. Lo voy a llamar ahora. Él y un hematólogo nos estarán esperando. Juntos superaremos esto.
–¿Me lo promete?
Sarah quitó unos mechones desordenados de la frente húmeda de Lisa.
–Te lo prometo -dijo.
–Hasta la intravenosa -dijo uno de los del equipo de urgencias- ¿Quiere que la paciente permanezca sentada, doctor?
Snyder asintió.
–Sarah, deja que haga yo la llamada mientras tú acompañas a Lisa en la ambulancia. Yo iré enseguida, con Heidi.