Causas naturales
Capítulo 2
preparada.
Lisa tragó saliva y le supo a sangre. Se palpó el interior de la boca con la lengua y encontró la pequeña hinchazón que se había hecho al morderse el interior de la mejilla sin querer. El dolor de la contracción ya había desaparecido por completo, pero el dolor en el hombro y el brazo persistía.
Heidi salió de la habitación y regresó a tiempo para la siguiente contracción. Con ayuda de Heidi y una mejor preparación, esta última le resultó mucho más fácil de soportar. Heidi volvió a tomarle la presión.
Ochenta y ocho sobre cincuenta, y aún más difícil de oír que antes.
–Creo que deberíamos llamar -dijo.
–¿Está todo bien?
–Sí. La presión está bien. Pero creo que es hora.
–Quiero que esto sea perfecto.
–Lo será, Lisa. Lo será.
Heidi le acarició la frente y se dirigió al teléfono del vestíbulo. La bajada de presión era mínima, pero era el comienzo de algo; quería que la doctora Baldwin estuviera cerca.
Del otro lado de la calle, en Knowlton 316, Richard Pulasky se agachó detrás de su coche y separó el potente teleobjetivo de la Nikon. Había obtenido por lo menos dos buenas tomas del rostro de la chica, estaba seguro. Sacó del bolsillo la vieja fotografía de Lisa Grayson. La muchacha de la foto no era exacta a la mujer de la ventana, pero se semejaba bastante.
Era ella, y eso era lo importante. Seis meses de trabajo, pero había valido la pena. La mitad de los detectives privados de la ciudad habían intentado encontrar a la chica, pero era Dickie Pulasky el que había ganado.
Sonriendo para sus adentros, Pulasky subió al coche por la puerta del copiloto. Con un poco de suerte, se embolsaría quince de los grandes esa misma semana
Capítulo 2
Sarah aseguró la bicicleta a la cama metálica de la sala de guardia de Obstetricia. Durante sus dos años de residencia había pasado en el estrecho cubículo casi tantas noches como en su apartamento… y ninguna de ellas nada descansada.
Después de cambiarse y ponerse la bata roja oscura elegida por su departamento, se detuvo ante el deteriorado espejo de la cómoda. Muy rara
vez usaba maquillaje, pero en honor al Día de Cambio se retocó los labios con un poco de carmín rosa pálido. Después, como hacía a menudo antes de comenzar su jornada de trabajo, se observó con tranquilidad unos segundos.
El esfuerzo de aplicarse religiosamente loción para el sol durante los años vividos en Tailandia, había merecido la pena. Su cutis conservaba aún un buen color, con sólo algunas pecas en las mejillas. Le habían salido algunas patas de gallo, pero nada dramático. Su melena oscura -larga hasta la cintura durante la mayor parte de su vida- ahora era corta y apenas salpicada de gris. En general, decidió -teniendo en cuenta los dos años de salario bajo, semanas de cien horas de trabajo, sin ningún apoyo emocional ni financiero del mundo exterior-, la mujer del espejo se conservaba bastante bien.
Como en años anteriores, el comienzo del Día de Cambio en el CMB
era un desayuno a base de café con leche y tostadas y una presentación al personal y los residentes por parte del presidente del hospital, Glenn París, varios jefes de departamento y uno o dos miembros de la junta directiva. Lo que tornaba diferente el inicio de ese año eran los guardias de seguridad que controlaban a la entrada del auditorio las tarjetas de identificación con foto.
Sarah se reunió con Andrew Truscott justo en el momento en que lo autorizaban a entrar.
–¿Piensas ver el espectáculo desde la última fila? – le preguntó. Durante años Truscott había elegido ese lugar en la mayoría de las conferencias.
–He visto diapositivas del viejo París desde ese sitio cuatro años seguidos, así que pensé que podría probar una ubicación más cercana.
–Por mí no hay problema -dijo Sarah mientras se abrían paso por el pasillo del anfiteatro, lleno de bancos, hasta la segunda fila-. A nuestra edad bien podríamos comenzar a aprender cómo lidiar con la presbicia y la otosclerosis. ¿Sabes a qué se debe el control de seguridad?
Truscott meditó un instante.
–Apostaría a que están buscando lunáticos -respondió.
–¿Lunáticos?
–Cualquiera que venga a esta reunión sin tener la absoluta necesidad de hacerlo.
–Muy gracioso.
–Gracias. No tengo ninguna duda de que nuestro intrépido líder se referirá a la intensificación de las medidas de seguridad antes o después de
su recuento anual de la historia de nuestra augusta institución. – Gesticuló exageradamente con la mandíbula, imitando a Glenn París, y siguió remedando su voz-: En 1951, a los cincuenta años, el Centro Médico de Boston se trasladó del centro de la ciudad a las afueras, con el objeto de ocupar los nueve edificios que en otro tiempo comprendieron el Hospital Estatal de Suffolk, más conocido como el manicomio. Y aunque esa transición se completó hace décadas, todavía se rumorea que, en lo profundo de la noche, el fantasma de Freddy Krueger acecha en nuestras salas de operaciones…
–Andrew, ¿qué te pasa hoy? ¿Es por la jefatura de residentes? ¿Estás enfadado por no obtenerla?
–No. – La risa sardónica de Truscott no resultó convincente-. Estoy furioso porque mi cheque, demasiado magro, está firmado por un hombre que sortea las operaciones de cirugía plástica facultativas, envía a sus residentes a visitas domiciliarias que han tenido mucha publicidad, y hace instalar circuito cerrado de televisión en las salas de parto.
–Ha recaudado miles de dólares con esas rifas y pruebas, tal vez cientos de miles. Y a la mayoría de las familias les encanta tener la oportunidad de formar parte de un nacimiento. Nos hemos convertido en el segundo servicio de obstetricia más concurrido de la ciudad.
Antes de que Truscott pudiera responder, Glenn Paris subió al estrado y golpeteó el micrófono. De inmediato cíenlo veinte empleados -médicos, residentes, enfermeras y directores- hicieron silencio.
Glenn McD. Paris, presidente del Centro Médico de Boston, rezumaba confianza y éxito. Medía sólo un metro setenta, pero muchos lo describían como un hombre alto. Su mandíbula era cuadrada y la intensidad de su mirada resultaba cautivadora. Uno de sus seguidores lo había descrito como una mezcla, en partes iguales, de Vince Lombardi, Albert Schweitzer y P. T.
Barnum, con un toque de Donald Trump. Axel Devlin, en cambio, una vez lo había definido como «la infección más desagradable y peligrosa que haya descendido sobre Boston desde los británicos».
Seis años antes, una desesperada junta directiva había logrado atraer a Paris, sacándolo de un hospital importante de San Diego al que el médico había renunciado en un tiempo notablemente breve. El pacto que hicieron con él incluía la promesa de disponer de entera libertad en todos los asuntos relacionados con el hospital, autonomía para recaudar loados, generosos
incentivos económicos, gratificaciones monetarias extra sujetas a cualquier beneficio del hospital y el uso gratuito de un ático en Back Bay, donado a la institución unos años antes por un paciente agradecido. Paris había respondido con una vigorosa campaña para dar al hospital una imagen positiva, fácilmente definible, y poner a cero a cualquier coste los números rojos de la cuenta bancaria.
En algunos aspectos, el hombre había triunfado. Las deudas del hospital se habían saldado, aunque no del todo. Al mismo tiempo, el creciente hincapié que hacía la institución en la medicina integral y el tratamiento personalizado le había merecido una creciente reputación de centro médico interesado en sus pacientes.
Pero todavía subsistía una falta de respeto hacia el CMB en muchos ámbitos, tanto públicos como académicos, así como la sensación, entre algunos directivos, de que, antes de que pasara mucho tiempo, el hospital debería moverse en otras direcciones.
–Buenos días, tropa -comenzó Paris-. Quiero darles la bienvenida al inicio oficial del nonagésimo año del CMB. El propósito de este acto anual es presentarles a nuestro personal permanente y ayudarles a sentirse cómodos. – Con un ademán indicó a los residentes nuevos que se pusieran de pie e inició un aplauso-. Deben ustedes saber -les dijo- que su grupo representa lo mejor que ha tenido el CMB en el programa nacional de residentes.
Nuevos aplausos. Varios de los residentes se movieron incómodos, con el deseo evidente de sentarse. París, radiante como si estuviera dando a conocer a sus hijos, los mantuvo de pie. La noticia del alto nivel de calificación -los hospitales hacían sus listas preferenciales, los futuros residentes hacían las suyas y un ordenador hacía el resto- había tenido muy buena publicidad. Pero él no era de los que perdían la oportunidad de sacar el máximo provecho de tal éxito.
Truscott se inclinó hacia Sarah.
–Observa con qué tacto el intrépido líder olvida añadir que las calificaciones, aunque las más altas en la historia del CMB, aún están por debajo de las de los otros hospitales docentes de Boston.
–¿En serio?
–Blankenship lo dejó escapar en el almuerzo, la semana pasada.
El doctor Eli Blankenship, jefe del personal fijo, era también el director del programa de prácticas de residentes del CMB. Su impresionante conocimiento de terapéuticas alternativas, así como su esclarecida actitud hacia el deseo de Sarah de fusionar sus técnicas, era lo que la había convencido para solicitar el ingreso en el CMB. En aquel momento, en gran medida a causa de su excelente formación y su alta puntuación en las Juntas Médicas Nacionales, otros siete prestigiosos hospitales ya habían manifestado su interés por ella.
–Por favor, siéntense -dijo Paris al fin.
–En 1951, a los cincuenta años… -murmuró Truscott.
–Antes de continuar -prosiguió el presidente-, quiero referirme a la intensificación de las medidas de seguridad a que todos ustedes se han visto sometidos esta mañana. A lo largo de este último año, muchos asuntos de este hospital se han abierto camino hasta ciertos periodistas y otros intereses especiales, quienes se han extralimitado en su afán de pintar una imagen desfavorable y nociva del Centro Médico de Boston. Algunas de esas filtraciones de información se referían a errores menores, cotidianos… No, la mayoría son demasiado triviales para calificarlos de errores… Yo los llamaría «problemas» en el cuidado del paciente, que ocurren en cualquier hospital y que nunca se comparten con el público. Otros se relacionaban con información mencionada en nuestras reuniones y conferencias internas.
Sonó el radiorreceptor de Sarah; el mensaje decía que debía acudir a una visita externa. Se abrió paso hasta el teléfono más cercano del auditorio. Hubiera preferido hacerlo gateando hasta la última fila, pero tuvo que levantarse justo enfrente de Paris.
–Todos los hospitales -continuó Paris- compiten por mantener su número de camas y por tenerlas ocupadas, al menos un porcentaje razonable de ellas. Y, como bien saben ustedes, a menudo dicha competencia es intensa. En la actualidad, hospitales tan grandes y prestigiosos como el White Memorial se anuncian en las páginas amarillas.
La publicidad negativa de que ha sido objeto el CMB, en especial la publicidad negativa sin fundamento, nos hace daño a todos. De ahora en adelante, no se permitirá a ningún personal no autorizado participar en nuestras rondas médicas o reuniones internas. Además, a todo aquel que no pertenezca a nuestra oficina de relaciones públicas y hable sobre asuntos del
hospital con la prensa, se le pedirá que deje de trabajar para esta institución…
Sarah escuchó durante un minuto a su paciente, dio algunas instrucciones y regresó a su asiento.
–Una de mis pacientes está de parto activo -susurró-.Todavía le falta bastante, pero tiene la presión un poco baja. Espero que esta reunión no se alargue demasiado.
–¿Te encargas personalmente de los partos a domicilio? – Truscott la miró con incredulidad.
–No, Andrew. Te aseguro que aunque parezca tonta, no lo soy. El doctor Snyder vendrá conmigo. Este será nuestro segundo caso.
Randall Snyder, el jefe de Obstetricia y Ginecología, era uno de los que se hallaban sentados detrás de Glenn París en el entarimado. Sarah, al hacerle señas, se dio cuenta de que París había dejado de hablar y la miraba.
–Disculpe -dijo ella sólo con los labios, al tiempo que se le arrebolaban las mejillas.
–Gracias -respondió París, también con los labios.
El presidente del hospital se aclaró la garganta y tomó un sorbo de agua.
El silencio que reinaba en el salón era muy tenso.
–Créanme -prosiguió al fin-, esta subversión desde dentro es un asunto serio, muy serio. Como ustedes saben, los intereses externos y algunas instituciones financieramente más seguras están esperando que nos hundamos. La nuestra es una institución atrayente, con una maravillosa ubicación. Pero esa gente se va a llevar un chasco, amigos. Un gran chasco.
Desde hace ya algún tiempo, estoy negociando con un grupo filantrópico muy bien respaldado, cuyo primer objetivo es la mejora de la atención sanitaria. Actualmente nos hallamos en la recta final de una importante solicitud de fondos. Si esa donación nos llega, y hasta ahora todos los indicios son positivos, el CMB poseerá estabilidad financiera y una vasta capacidad de crecimiento. Esa era la meta que me fijé con ustedes hace seis años, y hoy me complace afirmar que es una meta que se encuentra muy cerca de nuestro alcance.
Hubo un estallido de aplausos, que poco a poco se contagió a todo el auditorio, incluyendo a Andrew.
–Ése es el espíritu -le comentó Sarah.
–Se me estaban enfriando las manos -replicó Truscott.